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Apocalipsis 19: El tedéum de los ángeles

Después de estas cosas oí algo que sonaba como la gran voz de una gran multitud en el Cielo, que decía: – ¡Aleluya! ¡La salvación y la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios, porque Sus juicios son auténticos y justos, porque ÉL ha juzgado ala gran ramera que corrompía el mundo con su fornicación, y ha vengado en ella la sangre de Sus siervos! En la descripción de la destrucción total de Babilonia aparecen las palabras: «¡Alégrate sobre ella, oh Cielo, oh santos y apóstoles y profetas, porque Dios ha dictado sentencia a vuestro favor contra ella!» (Apocalipsis 18:20). Aquí tenemos el regocijo que se ha llamado.

Empieza con el grito de una amplia multitud en el Cielo. Ya nos hemos encontrado dos amplias multitudes en el Cielo: la de los mártires, en 7:9, y la de los ángeles, en 5:11. Aquí se trata muy probablemente de la multitud de los ángeles, primeros en el Tedéum de alabanza.

Este grito de gozo empieza con aleluya, que es una palabra muy corriente en el vocabulario religioso, pero que la única vez que aparece en el Nuevo Testamento es en las cuatro ocasiones de este capítulo. Como Hosanna, es una de las pocas palabras hebreas que se han establecido en el lenguaje religioso ordinario. Probablemente llegó a ser tan bien conocida hasta para el miembro más sencillo de la Iglesia por su uso especial como respuesta de alabanza en el culto de Resurrección.

Aleluya quiere decir literalmente Alabad al Señor. Es palabra hebrea, y está formada por el imperativo plural de halal, que quiere decir alabar, y Yah, forma abreviada del nombre de Dios que figura en nuestras biblias como Jehová. Aunque Aleluya no sale más que aquí en el Nuevo Testamento griego, aparece muchas veces en el Antiguo Testamento. Es la primera frase de los Salmos 106, 111, 112, 113, 117, 135, 146, 147, 148, 149, 150. La serie de salmos desde el 113 hasta el 118 se llamaban el hallel, el alabad a Dios, y eran parte de la educación religiosa primaria de los niños judíos. Donde aparece aleluya en el Antiguo Testamento quiere decir alabad al Señor; pero aquí se translitera en griego la frase hebrea sin traducir.

Dios es alabado porque a Él pertenecen la salvación, la gloria y el poder. Cada uno de estos tres atributos de Dios debe despertar la alabanza en el corazón humano. La salvación de Dios debe despertar la gratitud; la gloria de Dios debe despertar la reverencia; el poder de Dios es siempre ejercido en amor, y debe por tanto despertar la confianza en nosotros. La gratitud, la reverencia y la confianza son los tres elementos constitutivos de la verdadera alabanza.

Dios es alabado porque ha ejercido Su justo y verdadero juicio en la gran ramera. El juicio es la consecuencia inevitable del pecado. T. S. Kepler comenta: « No se puede quebrantar la ley moral más fácilmente que la ley de la gravedad; solo se puede ilustrar.» Se dice que los juicios de Dios son verdaderos y justos. Dios es el único perfecto en Sus juicios por tres razones. Primera, porque solo Él puede ver los pensamientos y deseos íntimos de una persona. Segunda, porque Él es el único que tiene esa pureza que puede juzgar sin prejuicios. Tercero, El es el único que tiene la sabiduría para encontrar el juicio correcto y que tiene el poder para aplicarlo.

La gran ramera es juzgada porque corrompió al mundo. El peor de todos los pecados es el de enseñar a pecar a otros.

Hay una razón para regocijarse. El juicio de Roma es la garantía de que Dios nunca abandona a los Suyos de manera indefinida.

El tedéum de la naturaleza y de la iglesia

Y dijeron por segunda vez: – ¡Aleluya, que el humo de ella asciende por siempre jamás! Y los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron y adoraron al Dios Que está sentado en el trono. – ¡Amén! -dijeron- . ¡Aleluya! Y del trono salió una voz que decía: -¡Alabad a nuestro Dios vosotros todos Sus siervos, vosotros los que Le teméis, pequeños y grandes! El ejército angélico canta un segundo Aleluya. Alaba a Dios porque el humo de Babilonia se eleva para siempre jamás; es decir, nunca volverá ella a surgir de sus ruinas. La imagen procede de Isaías: «Los arroyos de Edom se convertirán en brea, su polvo en azufre y su tierra en brea ardiente. No se apagará ni de noche ni de día, sino que por siempre subirá su humo; de generación en generación quedará desolada, y nunca jamás pasará nadie por ella» (Isaías 34:9s).

A ésa sigue la alabanza de los veinticuatro ancianos y de los cuatro seres vivientes. Los veinticuatro ancianos eran prominentes en las primeras visiones del libro (4:4,10; 5:6,11,14; 7:11; 11:16; 14:3) lo mismo que los cuatro seres vivientes (4:69; 5:6-14; 6:1-7; 7:11; 14:3; 15:7). Ya vimos que los veinticuatro ancianos representan a los doce patriarcas y los doce apóstoles, y por tanto representan a la totalidad de la Iglesia. Los cuatro seres vivientes, respectivamente como el león, el buey, el hombre y el águila, representan dos cosas: lo más valeroso, fuerte, sabio y rápido de la naturaleza, y a los querubines. De ahí que el himno de alabanza que entonan los veinticuatro ancianos y de los cuatro seres vivientes sea un Tedéum de toda el pueblo de Dios de todos los tiempos y de toda la naturaleza en toda su fuerza y belleza.

La voz que procede del Trono se ha de entender probablemente que es la de uno de los querubines. « ¡Alabad a nuestro Dios -dice la voz-vosotros todos Sus siervos, vosotros los que Le teméis!» Una vez más Juan encuentra su modelo en palabras del Antiguo Testamento, porque esa es una cita del Salmo 135:1,20.

Se convoca a dos grupos de personas a alabar a Dios. Primero, están Sus siervos. En el Apocalipsis se llaman siervos de Dios especialmente a dos clases de personas: los profetas (10:7; 11:18; 22:6), y los mártires (7:3; 19:2). Primero, entonces, esta es la alabanza de los profetas y de los mártires que han dado testimonio de Dios con sus voces y con sus vidas. Segundo, están los pequeños y los grandes. H. B. Swete dice que esta frase inclusiva abarca « a los cristianos de todas las capacidades intelectuales y categorías sociales, y de todas las etapas de progreso en la vida de Cristo.» Es una cita universal a alabar a Dios por Sus poderosas obras.

El tedéum de los redimidos

Y oí una voz que sonaba como la voz de una extensa multitud y como el estruendo de muchas aguas y como los rugidos poderosos del trueno, que decía: – ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios, el Todopoderoso, ha entrado en Su Reino! ¡Regocijémonos y alegrémonos y démosle la gloria, porque las bodas del Cordero han llegado, y Su Novia se ha preparado, y se le ha concedido que se vista de lino fino, reluciente y puro! Porque el lino fino son las obras justas del pueblo consagrado a Dios.

El grito final son las alabanzas de la multitud de los redimidos. Juan se sale de su camino para apilar símiles que describan el sonido. Era, como dice H. B. Swete, como « el clamor de un gran concurso de gente, el rugido de una catarata, el rodar del trueno.»

Una vez más, Juan encuentra su inspiración en las palabras de la Escritura. En su mente confluyen dos cosas. La primera, recuerda el Salmo 97:1: « ¡El Señor reina! ¡Regocíjese la tierra!» Y la segunda, dice él: «¡Regocijémonos y alegrémonos!» Hay solo otro pasaje del Nuevo Testamento en el que se encuentran juntos estos dos verbos (jaírein y agallián): en la promesa de Jesucristo a los perseguidos: «¡Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en el Cielo!» (Mateo 5:12). Es como si la multitud de los redimidos lanzara su grito de alabanza porque la promesa de Cristo a Sus perseguidos se había cumplido ampliamente en ellos.

A continuación llegan las bodas del Cordero y Su Novia. Esa escena representa la unión final entre Jesucristo y Su Iglesia. R. H. Charles dice hermosamente que el simbolismo del matrimonio «expresa la íntima e indisoluble comunión de Cristo con la comunidad que Él ha comprado con Su propia sangre,» una comunión que «primero alcanza en su plenitud el ejército de los mártires.»

La idea de la relación entre Dios y Su pueblo en términos de matrimonio se remonta al Antiguo Testamento. Una y otra vez los profetas hablaron de Israel como la esposa del Señor. «Te desposaré conmigo para siempre -oye decir a Dios Oseas-; te desposaré conmigo en justicia» (Oseas 2:19s). E Isaías: «Porque tu marido es tu Hacedor, El Señor de los Ejércitos es Su nombre» (Isaías 54:5). Jeremías también oye a Dios decir y clamar: «Convertíos, hijos rebeldes, dice el Señor, porque Yo soy vuestro esposo» (Jeremías 3:14). Ezequiel traza todo el cuadro de lo más plenamente en el capítulo 16.

El símbolo del matrimonio fluye por todos los evangelios. Leemos de la fiesta de bodas (Mateo 22:2); el salón de bodas y el vestido de bodas (Mateo 22:IOs); de los hijos del salón de bodas (Marcos 2:19); del esposo (Marcos 2:19; Mateo 25:1); de los amigos del esposo (Juan 3:29). Pablo habla de sí mismo como el que ha desposado con Cristo a la iglesia corintia como una virgen pura (2 Corintios 11:2). Para él la relación de Cristo con Su Iglesia era el gran modelo de la relación entre marido y mujer (Efesios 5:21-23).

Esta puede que nos parezca una metáfora extraña; pero conserva ciertas grandes verdades. En cualquier matrimonio verdadero debe haber cuatro cosas que deben también darse en la relación entre Cristo y la Iglesia.

(i) Está el amor. Un matrimonio sin amor es una contradicción en términos.

(ii) Está la íntima comunión, tan íntima que el marido y la mujer llegan a ser una sola carne, a participar de una común personalidad. La relación del cristiano con Cristo debe ser la más íntima de la vida.

(iii) Está el gozo. No hay nada como el gozo de amar y ser amado. Si el Evangelio no produce gozo, no produce absolutamente nada.

(iv) Está la fidelidad. Ningún matrimonio puede existir sin fidelidad, y el cristiano debe ser tan fiel a Jesucristo como Jesucristo lo es con él. °

El Todopoderoso y su reino

Este pasaje llama a Dios de cierta manera; y dice que ha entrado en Su Reino. Llama a Dios El Todopoderoso. La palabra griega es pantokratór, literalmente el que controla todas las cosas. Lo significativo de esta gran palabra es que aparece diez veces en el Nuevo Testamento. Una es una cita del Antiguo Testamento, en 2 Corintios 6:18; las otras nueve veces se encuentran en Apocalipsis (1:8; 4:8; 11:17; 15:3; 16:7,14; 19:6,15; 21:22). En otras palabras: este es un título de Dios que es característico del Apocalipsis.

No ha habido ningún período de la Historia en el que estuvieran coaligadas contra la Iglesia tantas fuerzas como cuando se escribió el Apocalipsis. No ha habido ningún otro tiempo en el que un cristiano fuera llamado a pasar por tales sufrimientos y a aceptar tan constantemente la perspectiva de una muerte cruel. Y sin embargo, en tales circunstancias, Juan llama a Dios pantokratór.

Esto es fe y confianza; y la grandeza de este pasaje está en que esa fe y esa confianza son vindicadas.

La Iglesia, la Esposa de Cristo, está vestida de lino fino, puro y resplandeciente. Hay un contraste con el escarlata y oro de la gran ramera. El lino fino representa las buenas obras de los consagrados a Dios; es decir, es el carácter lo que forma el vestido de la Esposa de Cristo.

El único a quien se debe adorar

Y el ángel me dijo: -Escribe: ¡Bienaventurados los que están invitados a la fiesta de las bodas del Cordero! -Y añadió-: Estas son auténticas palabras de Dios. Y yo me postré a sus pies para rendirle culto; pero él me dijo: -¡Guárdate mucho de hacer eso! Yo soy tu consiervo, y el de tus hermanos que poseen el testimonio que dio Jesús. ¡Adora a Dios!

Los judíos tenían la idea de que, cuando viniera el Mesías, el pueblo de Dios sería invitado por Dios a un gran Banquete Mesiánico. Isaías habla de Dios preparando un «banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de sustanciosos tuétanos y vinos generosos» (lsaías 25:6). Jesús habla de muchos que vendrán de Oriente y de Occidente a sentarse con los patriarcas en el Reino del Cielo (Mateo 8:11). La palabra que se traduce por sentarse quiere decir en realidad reclinarse para una comida. La escena es la de todas las personas que participarán del Banquete Mesiánico de Dios. Jesús, en la última Cena, dijo que no bebería ya más del fruto de la vid hasta que lo bebiera nuevo en el Reino de Su Padre (Mateo 26:29). Jesús estaba hablando del gran Banquete Mesiánico futuro.

Bien puede ser que aquella antigua idea judía fuera el origen de la idea de la fiesta de las bodas del Cordero, porque ese sería de hecho el verdadero Banquete Mesiánico. Es una alegoría sencilla que no se ha de tomar con un literalismo pueril, sino que dice sencillamente que en el Reino de Dios todos Sus invitados disfrutarán de Su generosidad. Pero este pasaje nos confronta con algo que llegó a ser de vital importancia en el culto de la Iglesia. Juan se sintió movido a adorar al mensajero angélico; pero el ángel le prohibió hacerlo, porque los ángeles no son más que los consiervos de los seres humanos. La adoración se Le debe solo a Dios. Juan estaba prohibiendo el culto a los ángeles; y esa era una prohibición muy necesaria, porque hubo en la Iglesia Primitiva una tendencia casi inevitable a dar culto a los ángeles -tendencia que nunca ha desaparecido del todo.

(i) En ciertos círculos del judaísmo los ángeles ocupaban un lugar muy importante. Rafael le dijo a Tobías que él era el ángel que presentaba su oración delante de Dios (Tobías 13:1215). En el Testamento de Dan (6:2) se menciona el ángel que intercede por los hombres. En el Testamento de Leví (5:5) se dice de Miguel que es el ángel que intercede por Israel. Un rabino del siglo IV d.C., Rabí Yehudá, dio la curiosa instrucción de que los hombres no deberían orar en arameo, ¡porque los ángeles no entendían esa lengua! La permanencia de todo esto en el judaísmo la subraya el hecho de que ciertos rabinos insistían en que hay que ofrecer las oraciones directamente a Dios, y no a Miguel o a Gabriel.

En el judaísmo se hacía cada vez más hincapié en la trascendencia de Dios, y por esa causa se sentía cada vez más la necesidad de algún intermediario. De ahí surgió la prominencia de los ángeles.

Cuando los judíos se convertían al Cristianismo, algunas veces llevaban consigo esta reverencia especial hacia los ángeles, olvidando que con la venida de Jesús no se necesita ningún otro intermediario entre Dios y la humanidad.

(ii) Un griego se incorporaba a la Iglesia viniendo de un mundo de pensamiento que hacía el culto a los ángeles especialmente peligroso. Primero, venía de un mundo en el que había muchos dioses -Zeus, Hera, Afrodita y todos los demás. Lo más fácil era conservar sus antiguos dioses convertidos en ángeles. Segundo, venía de un mundo en el que se creía que Dios no tenía interés, sino que mantenía contacto con el mundo por medio de daímones, por medio de los cuales controlaba las fuerzas naturales y actuaba en la Historia. Era la cosa más fácil del mundo el convertir los viejos daímones en ángeles, y luego considerarlos objeto de culto.

Juan insiste en que los ángeles no son más que siervos de Dios; y que Dios es el único que debe ser adorado. Y Jesucristo es el único Mediador.

El espíritu de la profecía

El testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía. Tomamos esta frase aisladamente porque es tan ambigua como importante. La ambigüedad surge del hecho de que el testimonio de Jesús se puede entender en dos sentidos.

(i) Puede querer decir el testimonio que da el cristiano de Jesucristo. En ese sentido lo toma H. B. Swete, que dice: « La posesión del espíritu profético, lo que le hace a uno verdadero profeta, se muestra en una vida de testimonio de Jesús, lo que perpetúa Su testimonio del Padre y de Sí mismo.» El mensaje de un profeta radica en el testimonio personal de su vida, aún más que en el testimonio hablado de sus palabras.

(ii) También puede querer decir el testimonio que da Jesucristo a las personas. En este caso la frase querrá decir que ninguno puede hablar a otros hasta haber escuchado a Jesucristo. Se decía de un gran predicador: « Primero escuchaba a Dios, y luego hablaba a los hombres.»

Esta es la clase de doble sentido que se da a veces en griego. Bien puede ser que Juan se propusiera ese doble sentido; y que no tengamos por qué escoger uno y rechazar el otro, sino aceptar los dos. En este caso podemos definir al verdadero profeta como el que ha recibido de Cristo el mensaje que trae a las personas, y cuyas palabras y obras son al mismo tiempo un acto de testimonio de Cristo.

El Cristo conquistador

Entonces vi que se abría el Cielo, y, fijaos: había un caballo blanco, y el Que lo monta Se llama Fiel y Verdadero,

Que juzga y hace la guerra con integridad. Aquí tenemos uno de los momentos más dramáticos del Apocalipsis: el surgimiento de Cristo, el Conquistador.

(i) Juan ve a Cristo como el Conquistador. Cristo es, como dice H. B. Swete, « un general en jefe con un séquito alucinante. »Aquí tenemos una presentación que es típicamente judía. Los sueños judíos estaban llenos del Mesías guerrero, que conduciría al pueblo de Dios a la victoria y arrasaría a sus enemigos. En los Salmos de Salomón .encontramos esta figura: Mira, oh Señor, y suscítales su rey, el Hijo de David, cuando Tú veas, oh Dios, que ha de reinar sobre Tu siervo Israel. Y cíñele de fuerza para que pueda sacudir a los gobernadores injustos, y purgar a Jerusalén de las naciones que la pisotean para destruirla. Sabiamente, justamente, arrojará a los pecadores de la heredad, destruirá el orgullo del pecador como vasija de alfarero, con vara de hierro quebrantará en piezas toda su sustancia, destruirá las naciones impías con la palabra de su boca; a su reprensión huirán las naciones delante de él, y él reprenderá a los pecadores por los pensamientos de sus corazones. (Salmos de Salomón 17:23-27). Una descripción rabínica pinta así al Mesías: « ¡Qué hermoso es el Rey Mesías, que está a punto de brotar de la casa de Judá! Ha ceñido sus lomos y salido a la batalla contra los que le aborrecen; reyes y príncipes matará; enrojecerá los ríos con la sangre de los muertos… Sus vestiduras estarán empapadas de sangre.» El caballo blanco es el símbolo del conquistador, porque un general romano cabalgaba en un caballo blanco cuando desfilaba en triunfo por Roma. Será bueno recordar que todo el trasfondo de esta escena se apoya en las esperanzas judías del futuro, y tiene poco que ver con el Cristo de los evangelios, Que es manso y humilde de corazón.

(ii) Se llama Fiel y Verdadero. Aquí, por otra parte, hay algo que es válido para todas las edades. Se describe a Cristo con dos palabras.

(a) Él es Fiel. La palabra original es pistós, que quiere decir absolutamente digno de confianza.

(b) Él es verdadero. La palabra original es aléthinós, que tiene dos significados. Quiere decir verdadero en el sentido de que Jesucristo es el único Que trae la verdad y Que nunca en ningún tiempo dice nada que contenga la menor falsedad. Y quiere decir también genuino, como opuesto a lo que es falso. En Jesucristo entramos en contacto con la realidad.

(iii) Él juzga y hace la guerra con integridad. De nuevo Juan encuentra esta figura en las palabras proféticas del Antiguo Testamento, donde se dice del Rey escogido de Dios: «Juzgará a los pobres con integridad» (Isaías 11:4). La edad de Juan sabía todo lo que había que saber acerca de la perversión de la justicia; no se podía esperar justicia de un tirano pagano caprichoso. En Asia Menor, hasta el tribunal del procónsul estaba sujeto a soborno y a mala administración. Las guerras eran asuntos de ambición y tiranía y opresión más que de justicia. Pero cuando Cristo el Conquistador venga, ejercerá Su poder con justicia.

El nombre incógnito

Sus ojos son una llama de fuego; tiene en la cabeza muchas coronas reales, y un nombre escrito que nadie conoce excepto Él mismo.

Empieza la descripción de Cristo el Conquistador. Sus ojos son una llama de fuego. Ya hemos encontrado este detalle en 1:14 y 2:18. Representa el poder irresistible de Cristo el Conquistador. Tiene en la cabeza muchas coronas: La palabra original que se usa aquí es diádéma, que es la corona real, distinta de stéfanos, que es la corona de la victoria. El estar coronado con más de una corona puede que nos parezca extraño, pero en el tiempo de Juan era completamente natural. No era extraño que un monarca llevara más de una corona para mostrar que era rey de más de un país. Por ejemplo: cuando Tolomeo entró en Antioquía llevaba dos coronas o diademas -una para mostrar que era el señor de Asia, y la otra para mostrar que era el señor de Egipto (1 Macabeos 11:13). En la cabeza de Cristo el Vencedor hay muchas coronas, que muestran que Él es el Rey de reyes.

Tiene un nombre que no lo conoce nadie más que Él mismo. Este es un pasaje que tiene un sentido oscuro. ¿Cuál es ese nombre? Parecería inútil preguntarlo, porque ya se nos dice que solo Él lo conoce; pero se han hecho muchas sugerencias.

(i) Se ha sugerido que ese nombre es Kyrios, Señor. En Filipenses 2:9- I1 leemos acerca del Nombre que es sobre todo nombre que Dios Le ha dado a Jesucristo por Su total obediencia; y ahí el nombre es casi seguramente Señor.

(ii) Se ha sugerido que el nombre es YHWH. Ese es el tetragrámaton, el nombre inefable, impronunciable, de cuatro letras. En la escritura hebrea, como en las otras lenguas semíticas, no se representan corrientemente las vocales. No se sabe con absoluta certeza las vocales que iban con las cuatro consonantes, ya que ese nombre no se pronunciaba nunca. Solemos transcribirlo por Jehová, pero podemos estar seguros de que esa no era su pronunciación. Las vocales de Yehówáh corresponden a la palabra °dónay, por la que se sustituía corrientemente en la lectura, y que quiere decir Señor, lo mismo que Kyrios, que es la palabra que traduce el tetragrámaton en la Septuaginta, y Dominus, en la Vulgata.

(iii) Puede ser que el Nombre se haya de revelar solamente en la unión final entre Cristo y la Iglesia. En la Ascensión de Isaías (9:5) se dice: «Tú no puedes soportar Su Nombre hasta que hayas ascendido fuera del cuerpo.» Los judíos creían que nadie podía conocer el nombre de Dios hasta que hubiera entrado en la vida del Cielo.

(iv) Puede ser que tengamos aquí los restos de una reliquia de la idea antigua de que conocer el nombre de un ser divino es adquirir cierto poder sobre él. En dos historias del Antiguo Testamento, la de la lucha de Jacob con el ángel en Peniel (Génesis 32:29), y la de la aparición del mensajero angélico a Gedeón (Jueces 13:18), el divino visitante se niega a revelar su nombre.

(v) Puede que nunca sepamos el simbolismo del nombre desconocido, pero H. B. Swete tiene la idea sutil de que en la esencia del ser de Cristo siempre habrá algo que esté más allá de la comprensión humana. «A pesar de la ayuda dogmática que ofrece la Iglesia, la mente fracasa al intentar captar el significado íntimo de la Persona de Cristo, que elude todo esfuerzo encaminado a encasillarla en los términos del conocimiento humano. Solamente el Hijo de Dios puede entender el misterio de Su propio Ser.» «Nadie conoce al Hijo, sino el Padre» (Mateo 11:27; Lucas 10:22).

La palabra de Dios en acción

Estaba vestido con una ropa empapada de sangre, y el nombre por el que se Le conoce es La Palabra de Dios. Aquí hay otras dos figuras más. del Cristo guerrero.

(i) Está vestido con una ropa empapada de sangre, no la Suya propia, sino la de Sus enemigos. Como dice R. H. Charles, hemos de tener presente que el Jefe Celestial no es en esta escena el Inmolado, sino el Inmolador. Como de costumbre, Juan toma esta imagen del Antiguo Testamento, de la escena terrible de Isaías 63:1-3, donde el profeta describe a Dios volviendo de destruir a Edom: «Los aplasté con ira, los pisoteé con furor; su sangre salpicó Mis vestidos y manché todas Mis ropas.» Este es el Mesías de la esperanza apocalíptica judía mucho más que el Mesías que dijo ser Jesús.

(ii) Su nombre es La Palabra de Dios. Aunque las palabras son las del capítulo primero del Cuarto Evangelio, el sentido es completamente diferente y mucho más sencillo. Aquí tenemos la idea puramente judía de la Palabra de Dios. Para un judío una palabra no era simplemente un sonido; hacía cosas. Como dice el doctor John Paterson en The Book that is Alive -El Libro que está vivo: « La palabra hablada era en hebreo aterradoramente viva. No era simplemente un vocablo o un sonido que se deja caer descuidadamente de los labios. Era una unidad de energía cargada de poder. Está cargada para bien o para mal.» Podemos ver esto en la vieja historia de cuando Jacob le birló a Esaú la bendición de Isaac (Génesis 27). La bendición, una vez dada, no se podía revocar.

Si es así con las palabras humanas, ¡cuánto más lo será con las divinas! Por la Palabra de Dios fueron creados los cielos y la tierra y todo lo que hay en ellos. Y dijo Dios es la frase que se repite en el relato de la Creación (Génesis 1: 3, 6, 9, 14, 26). La Palabra de Dios, como dijo gráficamente el profeta Jeremías, es como un fuego, y como un martillo que quebranta la piedra (Jeremías 23:29).

En el Libro de la Sabiduría hay una descripción de las plagas de Egipto, y especialmente de la de la muerte de los primogénitos de los egipcios: «Tu Palabra Todopoderosa saltó hacia abajo desde el Cielo, desde Tu regio trono, como un feroz hombre de guerra, en medio de una tierra de destrucción, blandiendo Tu indiscutible mandamiento como espada aguda, y poniéndose en pie lo llenó todo de muerte; y tocaba el Cielo, pero estaba de pie sobre la tierra» (Sabiduría de Salomón 18:1 Ss).

Fue la Palabra activa la que cumplió el mandamiento de Dios. Encontramos la misma idea en Hebreos 4:12: « La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que ninguna espada de doble filo.»

Cuando Juan llama aquí al Cristo guerrero La Palabra de Dios quiere decir que aquí está en acción todo el poder de la Palabra de Dios; todo lo que Dios ha dicho, y advertido, y prometido, está incorporado en Cristo.

La ira vengadora

Los ejércitos que están en el Cielo Le seguían en caballos blancos, vestidos de lino fino, blanco y puro: Por Su boca sale una espada afilada de doble filo, con la que hiere a las naciones, controlándolas con un cetro de hierro. Él pisará el lagar del ardor de la ira del Dios Todopoderoso. Y en Su vestidura y en Su muslo tiene escrito un nombre: Rey de reyes y Señor de señores. La descripción del Cristo guerrero se va completando.

Tiene consigo los ejércitos celestiales. Con esto podemos comparar las palabras de Jesús cuando fue arrestado, cuando dijo que podía haber tenido doce legiones de ángeles peleando por El (Mateo 26:53). Los ejércitos celestiales son ejércitos de ángeles.

Por Su boca sale una espada aguda de doble filo (cp. 1:16). Esta descripción del Cristo guerrero procede de dos pasajes del Antiguo Testamento tomados en conjunto. Isaías dice del Rey celestial: « Herirá la tierra con la vara de Su boca, y con el aliento de Sus labios matará al impío» (Isaías 11:4). Y el salmista dice del Rey mesiánico: « Los quebrantarás con vara de hierro, como vasija de alfarero los desmenuzarás» (Salmo 2:9). De nuevo debemos recordar que esta figura está trazada en términos judíos.

Él pisará el lagar del ardor de la ira de Dios. La alegoría describe al Cristo guerrero pisando las uvas para producir el vino de la ira de Dios que han de beber Sus enemigos para su perdición.

Nuestra tarea más difícil aquí es descubrir lo que se oculta tras la afirmación de que el Cristo guerrero tiene escrito el nombre Rey de reyes y Señor de señores en Su vestidura y en Su muslo. Se han hecho diversas sugerencias. Una de ellas, que lleva el nombre, o bordado en el cinto, o grabado en la empuñadura de la espada. Se sugiere que está en la falda de su túnica de general, porque allí sería donde se pudiera ver mejor cuando fuera cabalgando. Se sugiere que lo lleva escrito en el muslo, porque era donde se grababan a veces los títulos en las estatuas. Parece claro que el nombre está a la vista de todos; y, por tanto, probablemente la mejor solución es que estaba escrito en la falda de la túnica del Cristo guerrero, cayéndole sobre el muslo cuando iba montado en el caballo blanco. En cualquier caso, el nombre Le identifica como el más grande de todos los señores y como el único Ser divino y Rey universal.

La condenación de los enemigos de Cristo

Y vi a un ángel que estaba de pie en el Sol, que llamaba con voz potente a todas las aves que vuelan por en medio del cielo, y les decía: -¡Venid a reuniros para la gran fiesta que Dios os dará para que comáis carne de reyes, y de capitanes, y de hombres fuertes, y de caballos y de sus jinetes, y carne de todos los hombres, libres y esclavos, grandes y pequeños! Y vi a la bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos reunirse para hacerle la guerra al Que montaba el caballo y a Su ejército. Y la bestia fue hecha prisionera, y con ella el falso profeta que realizaba en su presencia señales con las que engañaba a todos los que habían recibido la señal de la bestia y adoraban su imagen. Esos dos fueron arrojados vivos al lago de fuego ardiendo con azufre; y el resto fueron muertos a espada por el Que cabalga sobre el caballo, la espada que sale de Su boca; y todas las aves se saciaron de las carnes de ellos.

Aquí tenemos una escena macabra de aves de presa que son invitadas a venir de todos los cielos a hartarse de carne de cadáveres. De nuevo notamos que esta es una escena tomada directamente del Antiguo Testamento, de la descripción que hace Ezequiel de la derrota y matanza de las fuerzas de Gog y Magog: « Di a las aves de toda especie y a toda fiera del campo… «Comeréis carne de los fuertes, y beberéis la sangre de los soberanos de la tierra -le carneros, corderos, cabras y toros… Comeréis grasa hasta hartaros, y beberáis sangre hasta emborracharos en la fiesta sacrificial que os he preparado»» (Ezequiel 39:17-19). Esta escena sanguinaria está, de nuevo decimos, más de acuerdo con las expectaciones apocalípticas del Antiguo Testamento que con el Evangelio de Jesucristo.

Aquí tenemos una repetición de la imaginería del capítulo 13. La bestia es Noro redivivus; el falso profeta es la organización provincial que administraba el culto al césar; los que tienen la señal de la bestia son los que se han sometido ante el altar del césar; los reyes de la tierra y sus ejércitos son los ejércitos partos que había de dirigir Nerón contra Roma y contra todo el mundo.

Así es que todas las fuerzas hostiles a Dios se reúnen; pero el Cristo guerrero ha de vencer. El Anticristo y sus aliados son arrojados al lago de fuego; y todos sus partidarios son muertos, para esperar en el Seol el Juicio Final.

El drama cósmico se acerca a su fin. Nada se ha dicho todavía de la suerte de Satanás, que es algo que vamos a ver ahora.

El reino milenario de Cristo y de sus santos

Puesto que la gran importancia de este capítulo consiste en que es lo que podría llamarse el documento fundacional del Milenarismo, será mejor leerlo en conjunto antes de estudiarlo en detalle.

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