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Apocalipsis 19: El tedéum de los ángeles

(ii) Se llama Fiel y Verdadero. Aquí, por otra parte, hay algo que es válido para todas las edades. Se describe a Cristo con dos palabras.

(a) Él es Fiel. La palabra original es pistós, que quiere decir absolutamente digno de confianza.

(b) Él es verdadero. La palabra original es aléthinós, que tiene dos significados. Quiere decir verdadero en el sentido de que Jesucristo es el único Que trae la verdad y Que nunca en ningún tiempo dice nada que contenga la menor falsedad. Y quiere decir también genuino, como opuesto a lo que es falso. En Jesucristo entramos en contacto con la realidad.

(iii) Él juzga y hace la guerra con integridad. De nuevo Juan encuentra esta figura en las palabras proféticas del Antiguo Testamento, donde se dice del Rey escogido de Dios: «Juzgará a los pobres con integridad» (Isaías 11:4). La edad de Juan sabía todo lo que había que saber acerca de la perversión de la justicia; no se podía esperar justicia de un tirano pagano caprichoso. En Asia Menor, hasta el tribunal del procónsul estaba sujeto a soborno y a mala administración. Las guerras eran asuntos de ambición y tiranía y opresión más que de justicia. Pero cuando Cristo el Conquistador venga, ejercerá Su poder con justicia.

El nombre incógnito

Sus ojos son una llama de fuego; tiene en la cabeza muchas coronas reales, y un nombre escrito que nadie conoce excepto Él mismo.

Empieza la descripción de Cristo el Conquistador. Sus ojos son una llama de fuego. Ya hemos encontrado este detalle en 1:14 y 2:18. Representa el poder irresistible de Cristo el Conquistador. Tiene en la cabeza muchas coronas: La palabra original que se usa aquí es diádéma, que es la corona real, distinta de stéfanos, que es la corona de la victoria. El estar coronado con más de una corona puede que nos parezca extraño, pero en el tiempo de Juan era completamente natural. No era extraño que un monarca llevara más de una corona para mostrar que era rey de más de un país. Por ejemplo: cuando Tolomeo entró en Antioquía llevaba dos coronas o diademas -una para mostrar que era el señor de Asia, y la otra para mostrar que era el señor de Egipto (1 Macabeos 11:13). En la cabeza de Cristo el Vencedor hay muchas coronas, que muestran que Él es el Rey de reyes.

Tiene un nombre que no lo conoce nadie más que Él mismo. Este es un pasaje que tiene un sentido oscuro. ¿Cuál es ese nombre? Parecería inútil preguntarlo, porque ya se nos dice que solo Él lo conoce; pero se han hecho muchas sugerencias.

(i) Se ha sugerido que ese nombre es Kyrios, Señor. En Filipenses 2:9- I1 leemos acerca del Nombre que es sobre todo nombre que Dios Le ha dado a Jesucristo por Su total obediencia; y ahí el nombre es casi seguramente Señor.

(ii) Se ha sugerido que el nombre es YHWH. Ese es el tetragrámaton, el nombre inefable, impronunciable, de cuatro letras. En la escritura hebrea, como en las otras lenguas semíticas, no se representan corrientemente las vocales. No se sabe con absoluta certeza las vocales que iban con las cuatro consonantes, ya que ese nombre no se pronunciaba nunca. Solemos transcribirlo por Jehová, pero podemos estar seguros de que esa no era su pronunciación. Las vocales de Yehówáh corresponden a la palabra °dónay, por la que se sustituía corrientemente en la lectura, y que quiere decir Señor, lo mismo que Kyrios, que es la palabra que traduce el tetragrámaton en la Septuaginta, y Dominus, en la Vulgata.

(iii) Puede ser que el Nombre se haya de revelar solamente en la unión final entre Cristo y la Iglesia. En la Ascensión de Isaías (9:5) se dice: «Tú no puedes soportar Su Nombre hasta que hayas ascendido fuera del cuerpo.» Los judíos creían que nadie podía conocer el nombre de Dios hasta que hubiera entrado en la vida del Cielo.

(iv) Puede ser que tengamos aquí los restos de una reliquia de la idea antigua de que conocer el nombre de un ser divino es adquirir cierto poder sobre él. En dos historias del Antiguo Testamento, la de la lucha de Jacob con el ángel en Peniel (Génesis 32:29), y la de la aparición del mensajero angélico a Gedeón (Jueces 13:18), el divino visitante se niega a revelar su nombre.

(v) Puede que nunca sepamos el simbolismo del nombre desconocido, pero H. B. Swete tiene la idea sutil de que en la esencia del ser de Cristo siempre habrá algo que esté más allá de la comprensión humana. «A pesar de la ayuda dogmática que ofrece la Iglesia, la mente fracasa al intentar captar el significado íntimo de la Persona de Cristo, que elude todo esfuerzo encaminado a encasillarla en los términos del conocimiento humano. Solamente el Hijo de Dios puede entender el misterio de Su propio Ser.» «Nadie conoce al Hijo, sino el Padre» (Mateo 11:27; Lucas 10:22).

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