(iii) Está el gozo. No hay nada como el gozo de amar y ser amado. Si el Evangelio no produce gozo, no produce absolutamente nada.
(iv) Está la fidelidad. Ningún matrimonio puede existir sin fidelidad, y el cristiano debe ser tan fiel a Jesucristo como Jesucristo lo es con él. °
El Todopoderoso y su reino
Este pasaje llama a Dios de cierta manera; y dice que ha entrado en Su Reino. Llama a Dios El Todopoderoso. La palabra griega es pantokratór, literalmente el que controla todas las cosas. Lo significativo de esta gran palabra es que aparece diez veces en el Nuevo Testamento. Una es una cita del Antiguo Testamento, en 2 Corintios 6:18; las otras nueve veces se encuentran en Apocalipsis (1:8; 4:8; 11:17; 15:3; 16:7,14; 19:6,15; 21:22). En otras palabras: este es un título de Dios que es característico del Apocalipsis.
No ha habido ningún período de la Historia en el que estuvieran coaligadas contra la Iglesia tantas fuerzas como cuando se escribió el Apocalipsis. No ha habido ningún otro tiempo en el que un cristiano fuera llamado a pasar por tales sufrimientos y a aceptar tan constantemente la perspectiva de una muerte cruel. Y sin embargo, en tales circunstancias, Juan llama a Dios pantokratór.
Esto es fe y confianza; y la grandeza de este pasaje está en que esa fe y esa confianza son vindicadas.
La Iglesia, la Esposa de Cristo, está vestida de lino fino, puro y resplandeciente. Hay un contraste con el escarlata y oro de la gran ramera. El lino fino representa las buenas obras de los consagrados a Dios; es decir, es el carácter lo que forma el vestido de la Esposa de Cristo.
El único a quien se debe adorar
Y el ángel me dijo: -Escribe: ¡Bienaventurados los que están invitados a la fiesta de las bodas del Cordero! -Y añadió-: Estas son auténticas palabras de Dios. Y yo me postré a sus pies para rendirle culto; pero él me dijo: -¡Guárdate mucho de hacer eso! Yo soy tu consiervo, y el de tus hermanos que poseen el testimonio que dio Jesús. ¡Adora a Dios!
Los judíos tenían la idea de que, cuando viniera el Mesías, el pueblo de Dios sería invitado por Dios a un gran Banquete Mesiánico. Isaías habla de Dios preparando un «banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de sustanciosos tuétanos y vinos generosos» (lsaías 25:6). Jesús habla de muchos que vendrán de Oriente y de Occidente a sentarse con los patriarcas en el Reino del Cielo (Mateo 8:11). La palabra que se traduce por sentarse quiere decir en realidad reclinarse para una comida. La escena es la de todas las personas que participarán del Banquete Mesiánico de Dios. Jesús, en la última Cena, dijo que no bebería ya más del fruto de la vid hasta que lo bebiera nuevo en el Reino de Su Padre (Mateo 26:29). Jesús estaba hablando del gran Banquete Mesiánico futuro.
Bien puede ser que aquella antigua idea judía fuera el origen de la idea de la fiesta de las bodas del Cordero, porque ese sería de hecho el verdadero Banquete Mesiánico. Es una alegoría sencilla que no se ha de tomar con un literalismo pueril, sino que dice sencillamente que en el Reino de Dios todos Sus invitados disfrutarán de Su generosidad. Pero este pasaje nos confronta con algo que llegó a ser de vital importancia en el culto de la Iglesia. Juan se sintió movido a adorar al mensajero angélico; pero el ángel le prohibió hacerlo, porque los ángeles no son más que los consiervos de los seres humanos. La adoración se Le debe solo a Dios. Juan estaba prohibiendo el culto a los ángeles; y esa era una prohibición muy necesaria, porque hubo en la Iglesia Primitiva una tendencia casi inevitable a dar culto a los ángeles -tendencia que nunca ha desaparecido del todo.
(i) En ciertos círculos del judaísmo los ángeles ocupaban un lugar muy importante. Rafael le dijo a Tobías que él era el ángel que presentaba su oración delante de Dios (Tobías 13:1215). En el Testamento de Dan (6:2) se menciona el ángel que intercede por los hombres. En el Testamento de Leví (5:5) se dice de Miguel que es el ángel que intercede por Israel. Un rabino del siglo IV d.C., Rabí Yehudá, dio la curiosa instrucción de que los hombres no deberían orar en arameo, ¡porque los ángeles no entendían esa lengua! La permanencia de todo esto en el judaísmo la subraya el hecho de que ciertos rabinos insistían en que hay que ofrecer las oraciones directamente a Dios, y no a Miguel o a Gabriel.
En el judaísmo se hacía cada vez más hincapié en la trascendencia de Dios, y por esa causa se sentía cada vez más la necesidad de algún intermediario. De ahí surgió la prominencia de los ángeles.
