La voz que procede del Trono se ha de entender probablemente que es la de uno de los querubines. « ¡Alabad a nuestro Dios -dice la voz-vosotros todos Sus siervos, vosotros los que Le teméis!» Una vez más Juan encuentra su modelo en palabras del Antiguo Testamento, porque esa es una cita del Salmo 135:1,20.
Se convoca a dos grupos de personas a alabar a Dios. Primero, están Sus siervos. En el Apocalipsis se llaman siervos de Dios especialmente a dos clases de personas: los profetas (10:7; 11:18; 22:6), y los mártires (7:3; 19:2). Primero, entonces, esta es la alabanza de los profetas y de los mártires que han dado testimonio de Dios con sus voces y con sus vidas. Segundo, están los pequeños y los grandes. H. B. Swete dice que esta frase inclusiva abarca « a los cristianos de todas las capacidades intelectuales y categorías sociales, y de todas las etapas de progreso en la vida de Cristo.» Es una cita universal a alabar a Dios por Sus poderosas obras.
El tedéum de los redimidos
Y oí una voz que sonaba como la voz de una extensa multitud y como el estruendo de muchas aguas y como los rugidos poderosos del trueno, que decía: – ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios, el Todopoderoso, ha entrado en Su Reino! ¡Regocijémonos y alegrémonos y démosle la gloria, porque las bodas del Cordero han llegado, y Su Novia se ha preparado, y se le ha concedido que se vista de lino fino, reluciente y puro! Porque el lino fino son las obras justas del pueblo consagrado a Dios.
El grito final son las alabanzas de la multitud de los redimidos. Juan se sale de su camino para apilar símiles que describan el sonido. Era, como dice H. B. Swete, como « el clamor de un gran concurso de gente, el rugido de una catarata, el rodar del trueno.»
Una vez más, Juan encuentra su inspiración en las palabras de la Escritura. En su mente confluyen dos cosas. La primera, recuerda el Salmo 97:1: « ¡El Señor reina! ¡Regocíjese la tierra!» Y la segunda, dice él: «¡Regocijémonos y alegrémonos!» Hay solo otro pasaje del Nuevo Testamento en el que se encuentran juntos estos dos verbos (jaírein y agallián): en la promesa de Jesucristo a los perseguidos: «¡Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en el Cielo!» (Mateo 5:12). Es como si la multitud de los redimidos lanzara su grito de alabanza porque la promesa de Cristo a Sus perseguidos se había cumplido ampliamente en ellos.
A continuación llegan las bodas del Cordero y Su Novia. Esa escena representa la unión final entre Jesucristo y Su Iglesia. R. H. Charles dice hermosamente que el simbolismo del matrimonio «expresa la íntima e indisoluble comunión de Cristo con la comunidad que Él ha comprado con Su propia sangre,» una comunión que «primero alcanza en su plenitud el ejército de los mártires.»
La idea de la relación entre Dios y Su pueblo en términos de matrimonio se remonta al Antiguo Testamento. Una y otra vez los profetas hablaron de Israel como la esposa del Señor. «Te desposaré conmigo para siempre -oye decir a Dios Oseas-; te desposaré conmigo en justicia» (Oseas 2:19s). E Isaías: «Porque tu marido es tu Hacedor, El Señor de los Ejércitos es Su nombre» (Isaías 54:5). Jeremías también oye a Dios decir y clamar: «Convertíos, hijos rebeldes, dice el Señor, porque Yo soy vuestro esposo» (Jeremías 3:14). Ezequiel traza todo el cuadro de lo más plenamente en el capítulo 16.
El símbolo del matrimonio fluye por todos los evangelios. Leemos de la fiesta de bodas (Mateo 22:2); el salón de bodas y el vestido de bodas (Mateo 22:IOs); de los hijos del salón de bodas (Marcos 2:19); del esposo (Marcos 2:19; Mateo 25:1); de los amigos del esposo (Juan 3:29). Pablo habla de sí mismo como el que ha desposado con Cristo a la iglesia corintia como una virgen pura (2 Corintios 11:2). Para él la relación de Cristo con Su Iglesia era el gran modelo de la relación entre marido y mujer (Efesios 5:21-23).
Esta puede que nos parezca una metáfora extraña; pero conserva ciertas grandes verdades. En cualquier matrimonio verdadero debe haber cuatro cosas que deben también darse en la relación entre Cristo y la Iglesia.
(i) Está el amor. Un matrimonio sin amor es una contradicción en términos.
(ii) Está la íntima comunión, tan íntima que el marido y la mujer llegan a ser una sola carne, a participar de una común personalidad. La relación del cristiano con Cristo debe ser la más íntima de la vida.
