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Mateo 15: Pureza e impureza legal

A eso se Le acercaron a Jesús ciertos escribas y fariseos de Jerusalén, y Le dijeron:

-¿Por qué Tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros antepasados? La quebrantan al no lavarse las manos antes de comer pan.

-¿Y por qué vosotros quebrantáis también el mandamiento de Dios para seguir vuestra tradición? -les contestó Jesús-. Porque fue Dios Quien dijo: «Honra a tu padre y a tu madre, « y «El que maldiga a su padre o a su madre, que muera,-» pero, con todo, vosotros decís: «El que le diga a su padre o a su madre: «Lo que podría haberte dado de ayuda Se lo he dedicado a Dios como ofrenda, « aunque deje de honrar a su padre y a ‹su madre no comete pecado. « Habéis anulado el mandamiento de Dios mediante vuestra tradición. ¡Hipócritas! Bien os describió Isaías en su profecía: «Este pueblo me honra de labios para fuera, pero su corazón

– no puede estar más lejos de Mí. Es en vano como me reverencian, porque son mandamientos de humana hechura los que enseñan en su doctrina.»

No es demasiado decir que, por muy difícil y oscuro qué nos parezca este pasaje, es uno de los más importantes de la narración evangélica, y de constante actualidad para el pueblo de Dios. Representa la colisión frontal entre Jesús y los representantes de la ortodoxia judía. Las frases iniciales ya dejan bien claro que los escribas y fariseos habían venido desde Jerusalén a Galilea para interrogar a Jesús. En esta ocasión no hay por qué suponer que las preguntas fueran malintencionadas. Los escribas y fariseos no estaban tratando dé enredar a Jesús astutamente; estaban genuinamente alucinados; y en breve van a sentirse genuinamente ofendidos y escandalizados, porque la importancia fundamental de este pasaje es que no se trata tanto de un enfrentamiento entre Jesús y los fariseos a título personal, sino de mucho más: es la colisión entre dos puntos de vista de la religión y de las demandas de Dios.

Y no había posibilidad de llegar a un compromiso, ni siquiera a una tregua entre esos dos tipos de religión. Era inevitable que uno destruyera «al nitro. Aquí pues, insertada en este pasaje, tenemos una de las supremas contenciones religiosas de la Historia. Para entenderla tenemos de tratar de entender el trasfondo de la religión de los escribas y fariseos.

En este pasaje nos, sale al encuentro toda la concepción de lo limpio o puro y lo inmundo o impuro. Debemos tener bien claro que esta idea no tiene nada que ver con la limpieza física o, salvo remotamente, con la higiene. Es un asunto exclusivamente ceremonial. El que alguien estuviera limpio quería decir que estaba en un estado que le permitía participar del culto y acercarse a Dios; y estar inmundo era estar en un estado en que le estaban vedados el culto y el acceso a Dios.

Esta impureza se contraía por el contacto con ciertas personas o cosas. Por ejemplo: una mujer estaba impura si tenía una hemorragia, aunque fuera la normal de la menstruación; permanecía impura durante un tiempo establecido después de dar a luz; todos los cuerpos muertos eran inmundos, y tocarlos suponía contraer la inmundicia. Todos los gentiles eran inmundos.

La impureza era transferible. Era, por decirlo así, infecciosa. Por ejemplo: si un ratón tocaba una vasija, esta quedaba inmunda, y a menos que se lavara y purificara ritualmente, todo lo que se pusiera en ella quedaba inmundo. En consecuencia, todos los que tocaran esa vasija o comieran o bebieran algo que había contenido contraían la inmundicia; y a su vez, todo el que tocara a la persona que había quedado inmunda así, también quedaba inmundo.

Esta no es una, idea exclusivamente judía. También se encuentra en otras religiones. Para un indio de alta casta, todos los que no pertenecen a ella son inmundos; si una de esas personas se convierte al Cristianismo, es aún más seriamente inmunda. Premanand nos cuenta lo que le sucedió a él: se hizo cristiano, y su familia le expulsó. A veces volvía a ver a su madre, que estaba tras de dolor por lo que consideraba la apostasía de su hijo, pero que le seguía queriendo entrañablemente: Premanand cuenta: «Tan pronto como se enteró mi padre de que yo estaba visitando a mi hermano por el día mientras él estaba en, la oficina, ordenó al portero; campesino res Ram Rup que no me permitiera ir a la casa. « Ratn Rup fue persuadido de que éste relajará la vigilancia: «y mi madre acabó por ganarse al portero Ram Rup, y pude entrar a su presencia. El .prejuicio era tan considerable que hasta los domésticos hindúes de la casa no querían fregar los platos en los que me había puesto comida mi madre. Algunas veces mi tía purificaba el lugar y el asiento en que yo había estado rociándolo con agua del Ganges, o con agua mezclada con estiércol de vaca.» Premanand era inmundo, y todo lo que tocaba se volvía inmundo.

Debemos advertir que no se trataba de nada moral. El contacto con ciertas cosas producía la impureza ritual que excluía de la sociedad humana y de la presencia de Dios. Era como si alguna infección especial formara como un aura en torno a ciertas personas o cosas. Podremos entender esto un poco mejor si recordamos que esta idea no ha muerto totalmente tampoco en la civilización occidental, aunque en ella afecta principalmente al revés. Hay todavía algunos que creen que encontrarse un trébol de cuatro hojas, o una herradura, o un gato negro (que para los ingleses es señal de buena suerte, al contrario que para los españoles) traen buena fortuna.

Así que aquí tenemos una idea que considera la religión como algo que consiste en evitar el contacto con ciertas personas y cosas que se tienen por inmundas; y entonces, si se ha producido ese contacto, en tomar las medidas rituales necesarias para librarse de la impureza contraída. Pero debemos investigar esta cuestión todavía más a fondo.

LOS ALIMENTOS QUE SE INGIEREN

Las leyes de la pureza y de la impureza tenían un área de aplicación todavía más amplia. Establecían lo que se podía comer y lo que no. Por lo general todas las frutas y las verduras eran limpias. Pero en cuanto a los animales, las leyes eran muy estrictas. Estas leyes se encuentran en Levítico 11.

Podemos resumirlas brevemente. Los únicos animales que se podían comer eran los que tienen la pezuña hendida y que rumian. Por eso es por lo que los judíos no pueden comer carne de cerdo, conejo o liebre. Tampoco se puede comer la carne de un animal que haya muerto por causas naturales (Deu_14:21 ). En todos los casos hay que desangrar totalmente el cuerpo del animal; los judíos ortodoxos todavía no comprar carne nada más que en las carnicerías koser, donde se vende carne debidamente sacrificada. La grasa ordinaria que haya sobre la carne se puede comer, pero la que hay en los riñones y el abdomen, lo que llamamos sebo, no se puede comer. En cuanto a los animales marinos, solo se pueden comer los que tienen escamas y aletas. Esto excluye todos los mariscos, como las gambas o los cangrejos, que son inmundos. Todos los insectos son inmundos, con la sola excepción de las langostas. En el caso de los animales terrestres y los peces hay una prueba estándar, como hemos visto, para determinar los que se pueden comer y los que no; pero en el caso de las aves no hay una regla general, así es que se da la lista de las inmundas, que están prohibidas (Lev_11:13-21 ).

Hay ciertas razones identificables para todo esto.

(i) La prohibición de tocar cadáveres, o de comer la carne de un animal que hubiera muerto por causas naturales puede que tuviera que ver con la creencia en los espíritus malos o inmundos. Sería fácil figurarse que un demonio había hecho su residencia en tal cuerpo para así conseguir introducirse en el cuerpo del que lo comiera.

(ii) Algunos animales eran sagrados en otras religiones; por ejemplo: el gato y el cocodrilo eran sagrados en Egipto, y sería muy natural para los judíos considerar inmundo cualquier animal que otra nación adoraba. En tal caso el animal sería una especie de ídolo, y por tanto peligrosamente inmundo.

(iii) Como indica el doctor Randle Short en su utilísimo libro La Biblia y la medicina moderna, algunas de las reglas eran de hecho sabias desde la óptica de la salud y de la higiene. El Dr. Short escribe: «Cierto que comemos cerdo, conejo y liebre; pero esos animales son propensos a infecciones parasitarias, y son inocuos solo si están bien cocinados. El cerdo come cosas inmundas, y puede albergar dos gusanos, la triquina y la tenia o solitaria, que pueden contagiarse al ser humano. El peligro es mínimo en los países civilizados, pero tiene que haber sido muy grave en la antigua Palestina, por lo que era mejor evitar esas carnes.» La prohibición de comer carne en la que quedara algo de sangre procede del hecho de que la sangre era la vida para el pensamiento judío. Esta es una idea muy natural, porque, cuando un animal se desangra, se le va también la vida. Y la vida pertenece a Dios, y solo a Él. La misma idea explica la prohibición de comer sebo: porque es la parte más rica de un cuerpo muerto, y debe ofrecerse a Dios en sacrificio. En algunos casos, escasos, el sentido común subyacía bajo las prohibiciones y las leyes alimentarias.

(iv) Queda un gran número de casos en los que las cosas y los animales eran inmundos sencillamente porque lo eran, sin más razón aparente. Los tabúes son inexplicables casi siempre; son muchas veces supersticiones por las que ciertos seres vivos se relacionaron con la buena o con la mala fortuna, con la limpieza o con la inmundicia.

Estas cosas no tendrían gran importancia en sí mismas si no fuera porque, desgraciadamente, habían llegado a ser cuestiones de vida o muerte para los escribas y fariseos. Para ellos servir a Dios, ser religiosos, era observar estas buenas leyes. Veremos el resultado si expresamos este asunto de la siguiente manera: Para la mentalidad de los fariseos, la prohibición de comer carne de conejo o de cerdo era un mandamiento de Dios tan importante como no cometer adulterio; por tanto, era un pecado tan serio comer cerdo o conejo como seducir a ,una mujer y practicar una relación sexual ilegal. La religión se había mezclado con toda clase de reglas y normas externas; y, como es mucho más fácil observar éstas y acechar a los que no las cumplen, estas reglas y normas habían llegado a ser la verdadera religión de los judíos ortodoxos.

MANERAS DE PURIFICAR

Mateo 15:1-9

Ahora entramos en el impacto concreto de todo esto en el pasaje que estamos estudiando. Estaba claro que era imposible evitar toda clase de impureza ceremonial. Una persona podría evitar cosas impuras; pero, ¿cómo podría saber cuando rozaba en la calle a otro que estaba impuro? Además, esto se complicaba por el hecho de que había gentiles en Palestina, y hasta el polvo que pisara el pie de un gentil era impuro.

Para combatir la impureza se desarrolló un complicado sistema de abluciones cada vez más elaboradas. Al principio se tenía el lavamiento de manos al levantarse por la mañana. Luego se desarrolló un sistema elaborado de abluciones que tenían que hacer los sacerdotes en el templo antes de comer la parte del sacrificio que les correspondía por oficio. Más tarde, estas complicadas abluciones se las exigían los más estrictos judíos ortodoxos a sí mismos, y también a todos los que pretendieran ser verdaderamente religiosos.

Edersheim, en La vida y los tiempos de Jesús el Mesías, describe las más elaboradas de esas abluciones. Las jarras de agua se tenían preparadas para su uso antes de las comidas. La cantidad mínima de agua que se debía usar era la cuarta parte de un log, que se definía como la cantidad de agua necesaria para llenar una cáscara de huevo y media. El agua se derramaba primero sobre las dos manos manteniendo las puntas de los dedos hacia arriba,. y tenía que correr hasta la muñeca, desde donde ya se vertía, porque para entonces ya era impura por haber tocado las manos impuras, y si volvía a pasar otra vez por los dedos los contaminaría. El proceso se repetía con las manos en la posición contraria, con las puntas de los dedos hacia abajo; y luego, ya por último, se limpiaba cada mano restregándola con el puño cerrado de la otra. Un judío verdaderamente estricto hacía todo esto, no sólo antes de cada comida, sino también entre cada dos platos.

La pregunta que Le hicieron a Jesús los dirigentes de los judíos ortodoxos era: «¿Por qué Tus discípulos no cumplen las abluciones que establece nuestra tradición?»

Hablaban de las tradiciones de los ancianos. Para los judíos, la Ley tenía dos secciones. Estaba la Ley escrita, que estaba en la Sagrada Escritura; y estaba la ley oral, que incluía las deducciones, tales como los lavamientos de manos, que los escribas y los expertos habían desarrollado a través de muchas generaciones; y todas estas elaboraciones eran la tradición de los ancianos, y se consideraban tan obligatorias, si no más, como la Ley escrita. De nuevo debemos detenernos a recordar el punto principal: para los judíos ortodoxos todas estas ceremonias rituales eran la religión; era eso, ellos creían, lo que Dios demandaba. Hacer estas cosas era agradar a Dios y ser buenas personas. Para decirlo de otra manera: Todo este asunto de las abluciones rituales se consideraba tan importante y tan vinculante como los Diez Mandamientos. Identificaban la religión con un montón de reglas externas. Era tan importante lavarse las manos de una cierta manera como obedecer el mandamiento: «No codiciarás.»

QUEBRANTAR LA LEY DE DIOS PARA CUMPLIR LAS LEYES HUMANAS

Mateo 15:1-9

Jesús no contestó directamente la pregunta de los fariseos. Lo que hizo fue tomar un ejemplo del funcionamiento de/1a ley oral y ceremonial para mostrar que su observancia, lejos de ser obediencia a la Ley de Dios, podía convertirse en la contradicción de esa Ley.

Jesús dice que la Ley de Dios establece que una persona tiene que honrar a su padre y a su madre; y de ahí pasa a decir que si uno dice: «Es un don,» queda libre de la obligación de honrar a su padre y a su madre. Si miramos el pasaje paralelo de Marcos vemos que la frase característica era: «Es korbán.» ¿Qué quiere decir para nosotros este oscuro pasaje? De hecho puede tener dos sentidos, porque korbán tiene dos sentidos.

(i) Korbán puede querer decir lo que se Le ha consagrado a Dios. Ahora bien: supongamos que uno tiene un padre o una madre en pobreza y en necesidad, y supongamos que acuden a él con una petición de ayuda. Había una manera «legal» de evitar dársela. Podía dedicar todo su dinero y sus posesiones a Dios y al templo; sus propiedades serían entonces korbán, dedicadas a Dios; entonces le podía decir a su padre o a su madre: «Lo siento, no te puedo dar nada; todas mis posesiones están consagradas a Dios.» Podía usar una práctica ritual para evadir la obligación fundamental de ayudar y honrar a su padre y a su madre. Podía usar una ley de los escribas para borrar uno de los Diez Mandamientos.

(ii) Pero korbán tenía otro sentido, que es posible que sea el que tenga aquí. Korbán se usaba como fórmula de juramento o compromiso formal. Uno podía decirle a su padre o a su madre: «¡Korbán si algo de lo que yo tengo lo usara alguna vez para ayudarte!» Supongamos que más tarde a esa persona le remuerde la conciencia; supongamos que ha negado la ayuda en un momento de mal genio o de irritación; supongamos que cambia de actitud y se da cuenta de que, después de todo, tiene obligación de ayudar a sus padres. En tal caso, cualquier persona razonable diría que el hombre se había arrepentido genuinamente, y que su cambio de actitud era una buena cosa; y que, puesto que en última instancia estaba dispuesto a hacer lo que debía y obedecer la Ley de Dios, habría que animársele a que lo hiciera. Un escriba estricto diría: «¡No! Nuestra ley dice que no se debe incumplir ningún juramento.» Citaría Num_30:2 : «Cuando alguien haga un voto al Señor, o haga un juramento ligando su alma con alguna obligación, no quebrantará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca.» El escriba razonaría jurídicamente: «Has hecho un juramento, y no puedes incumplirlo de ninguna manera.» Es decir: el escriba comprometería al hombre a cumplir un juramento impropio, dado en un momento de pasión, y que obligaba, a quebrantar la Ley suprema de la humanidad y de Dios.

Eso es lo que Jesús quería decir: «Estáis usando vuestras propias interpretaciones y vuestras tradiciones para impulsar a las personas a deshonrar a su padre y a su madre aun cuando ellas mismas se habían arrepentido y habían decidido cumplir la ley de Dios.»

Lo extraño y trágico era que los escribas y fariseos de aquel tiempo iban en contra de lo que habían enseñado los grandes rabinos del pasado. Rabí Eliezer había dicho: «La puerta está abierta para un hombre por causa de su padre y de su madre;» con lo cual quería decir que si un hombre había hecho un juramento que faltaba al honor debido a su padre y a su madre, y se había arrepentido tenía la puerta abierta para cambiar de sentido y seguir un curso diferente aun cuando hubiera hecho un juramento. Como a menudo, Jesús no estaba presentándoles una verdad desconocida, sino recordándoles lo que Dios ya les había dicho, que habían sabido y olvidado porque preferían sus propias ingeniosidades a las grandes sencilleces de la Ley de Dios.

Aquí tenemos el choque y la colisión; aquí está el enfrentamiento entre dos clases de religión y dos clases de adoración. Para los escribas y fariseos la religión era la observancia de ciertas reglas y normas y ritos externos tales como la manera correcta de lavarse las manos antes de comer; era la estricta observancia de un enfoque legalístico de toda la vida. Para Jesús la religión era algo que tiene su asiento en el corazón; algo que se manifestaba en la compasión y en la amabilidad, que están por encima y más allá del legalismo.

Una de las mejores definiciones de la adoración que se hayan propuesto nunca fue la de William Temple: «Adorar a Dios, darle culto; es avivar la conciencia con la santidad de Dios, alimentar la mente con la verdad de Dios, purificar la imaginación con la belleza de Dios, abrir el corazón al amor de Dios, consagrar la voluntad al propósito de Dios.» Debemos tener cuidado, no sea que nos escandalice la aparente ceguera de los escribas y fariseos y su insistencia en las ceremonias exteriores, y al mismo tiempo seamos culpables de la misma falta a nuestra manera. La religión no se puede basar nunca en las ceremonias y en el ritual, sino siempre en la relación personal entre la persona y Dios.

EL BIEN Y EL MAL VERDADEROS

Mateo 15:10-20

Jesús indicó a la gente que se Le acercara, se puso a decirles:

-Escuchad bien para enteraros: No es lo que entra por la boca lo que contamina a una persona, sino lo que sale por la boca: eso es lo que contamina a una persona.

Entonces Sus discípulos se Le acercaron y Le dijeron:

-¿Sabes que cuando los fariseos oyeron lo que decías se dieron por ofendidos?

Jesús les contestó:

-Todas las plantas que no plantó Mi Padre celestial serán arrancadas. ¡Dejadlos! Son ciegos guías de ciegos. Si un ciego se pone a guiar a otro, los dos acabarán por caerse en alguna zanja.

Pedro Le preguntó a Jesús:

Dinos lo que quiere decir esa historia negra. Y Jesús les contestó:

-¿Es que vosotros tampoco os enteráis todavía? ¿No sabéis que todo lo que entra por la boca pasa al estómago y acaba en el retrete? Pero lo que sale por la boca es lo que procede del corazón, y eso es lo que contamina a la persona. Porque es del corazón de donde salen los malos pensamientos, las obras asesinas, el adulterio, el robo, el falso testimonio, la calumnia. Esas son las cosas que contaminan la persona. El comer con las manos sin lavar no contamina a nadie.

Bien se podría decir que para un judío esto era lo más escandaloso que Jesús dijo nunca. Porque en estas palabras Jesús no sólo condena la religión ritualista y ceremoniosa de los escribas y fariseos, sino que llega a borrar pasajes enteros del libro de Levítico. Aquí no se limita a contradecir la tradición de los ancianos, sino hasta la misma Escritura. Este dicho de Jesús cancela todas las leyes alimentarias del Antiguo Testamento. Posiblemente tales leyes podrían seguir existiendo como cuestiones de salud e higiene y sentido común y medicina general; pero no podrían seguir existiendo más como cuestiones de religión: De una vez para siempre, Jesús establece que lo que importa no son las observaciones rituales de una persona; sino el estado de su corazón:

No es extraño que los escribas y fariseos se escandalizaran. Jesús les quitó de debajo de los pies el terreno en que se basaba su religión. La afirmación de Jesús era más que alarmante: era revolucionaria. Si Jesús tenía razón,. toda la religión de ellos estaba equivocada. Identificaban la religión y el hacer la voluntad de Dios con la observancia de leyes y normas acerca de la pureza y la impureza; con lo que se podía comer y lo que no, y con cómo se lavaban las manos antes de las comidas; y Jesús identificaba la religión con el estado del corazón, y decía abiertamente que aquellas reglas de los fariseos y los escribas no tenían nada que ver con la religión. Jesús dijo que los fariseos eran ciegos guías, que no tenían ni la menor idea del camino hacia Dios, y que, si la gente los seguía, lo único que se podía esperar era que se salieran de la carretera y se cayeran en la cuneta. Y Jesús tenía toda la razón.

(i) Si la religión consiste en reglas externas y su cumplimiento, es dos cosas. Es demasiado fácil. Es muchísimo más fácil abstenerse de ciertos alimentos y lavarse las manos de una cierta manera que amar lo inamable y lo desamable, y que ayudar a los necesitados a costa del tiempo y del dinero y de la comodidad y del gusto de uno mismo.

Todavía no hemos aprendido del todo esta lección. El asistir regularmente a la iglesia, echar generosamente en la colecta, ser miembro de un círculo de estudio bíblico son todo cosas externas. Son medios que conducen a la religión, pero no son la religión. Nunca nos podremos recordar a nosotros mismos suficientemente que la religión consiste en una relación personal y en una actitud hacia Dios y nuestros semejantes.

Además, si la religión consistiera en el cumplimiento de normas eternas, sería engañosa. Muchos tienen una vida intachable en cuanto a lo exterior, pero tienen amargura y los peores pensamientos en su interior. La enseñanza de Jesús es que todas las observancias externas del mundo no pueden expiar la amargura y el orgullo y la codicia que dominan el corazón.

(ii) La enseñanza de Jesús es que lo que más importa de una persona es el corazón. « Bienaventurados los limpios de corazón, porque serán los que vean a Dios» (Mat_5:88 ). Lo que importa en relación con Dios es no es tanto cómo actuamos como por qué actuamos; no tanto lo que hacemos sino lo que querríamos hacer en lo íntimo de nuestro corazón. « El hombre -decía Tomás de Aquino- mira la acción, pero Dios mira la intención.»

La enseñanza de Jesús -que nos condena a cada uno de nosotros- es que ninguno se puede considerar bueno porque cumpla las reglas y normas externas, sino sólo cuando su corazón sea limpio. Ese mismo hecho le pone fin al orgullo; y la razón por la que cala uno de nosotros lo único que puede decir es « Dios, ten misericordia de este pecador que soy yo.»

LA FE PROBADA Y CONFIRMADA

Mateo 15:21-28

Cuando Jesús se marchó de allí, Se retiró a los distritos de Tiro y de Sidón. Y fijaos: Una mujer cananita de aquella región se dirigió a Él gritándole:

-¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David! Hay un demonio que no hace más que atormentar a mi hija.

Pero Jesús no le contestó nada, y Sus discípulos se dirigieron a Él y Le pidieron:

Despídela, pues viene detrás de nosotros chillando.

Entonces Jesús le dijo a la mujer:

-Yo no he sido enviado nada más que a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.

Pero ella se Le acercó más y se puso de rodillas delante de Él suplicándole:

-¡Señor, ayúdame!

-No está bien -le contestó Jesús- quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perrillos.

Es verdad, Señor -Le contestó ella-; pero también los perrillos comen las migas que caen de la mesa de los señores.

A eso le contestó Jesús:

-¡Cuánta fe tienes, mujer! Que se te conceda lo que quieres.

Y la hija de la mujer recobró la salud en aquel mismo momento.

Este pasaje tiene unas implicaciones tremendas. Aparte de todo lo demás, describe la única ocasión en que Jesús salió del territorio judío. La significación suprema del pasaje está en que prenuncia la salida del Evangelio a todo el mundo; nos muestra el principio del fin de todas las barreras.

Para Jesús este era un tiempo de retirada deliberada. El fin se aproximaba, y Él quería estar un poco tranquilo para prepararse para el final. No era tanto que quisiera prepararse El mismo, aunque sin duda eso también lo tendría en mente, sino más bien quería disponer dé algún tiempo para preparar a Sus discípulos para el día de la Cruz. Había cosas que tenía que decirles, y que tenía que hacerles entender.

No había ningún lugar en Palestina donde pudiera estar seguro de que Le dejaran tranquilo; dondequiera que iba, Le encontraba la gente. Así es que se fue al extremo Norte de Galilea, y de allí pasó a la tierra de Tiro y de Sidón donde vivían los fenicios. Allí, por lo menos por algún tiempo, estaría a salvo de la maligna hostilidad de los escribas y fariseos, y de la peligrosa popularidad de la gente, porque ningún judío se atrevería a seguirle a territorio gentil.

Este pasaje nos presenta a Jesús buscando un tiempo de tranquilidad antes de la conflagración del final. Esto no es una evasión en ningún sentido, sino la preparación que hizo Jesús de Sí mismo y de Sus discípulos para la batalla final y definitiva que habría de producirse muy pronto.

Pero hasta en esas regiones extranjeras Jesús no se vería libre de las demandas clamorosas de la necesidad humana. Allí estaba una mujer que tenía una hija gravemente asediada. Tiene que haber oído algo de las obras maravillosas que realizaba Jesús, y se puso a seguirle clamando desesperadamente por ayuda. Al principio parece que Jesús no le hace ningún caso. Los discípulos se sentían incómodos, y Le dijeron: «Dale ya lo que sea, para que nos deje en paz.» La reacción de los discípulos no era de compasión precisamente, sino todo lo contrario: aquella mujer les resultaba molesta, y lo que querían era librarse de ella lo más pronto posible. Conceder una petición para librarse del solicitante que es, o puede llegar a ser, una molestia para uno es una reacción de lo más corriente; pero es muy diferente de la respuesta de la piedad, la compasión y el amor cristianos.

Pero para Jesús aquello no era un problema. No podemos poner en duda que Se sintió movido a misericordia hacia aquella mujer. Pero era una gentil. Y no sólo eso: pertenecía al pueblo cananeo antiguo, que eran los enemigos ancestrales de los judíos de los que son probablemente descendientes los actuales palestinos. Todavía en aquel tiempo, o no mucho después, Escribía Josefo: « Entre los filisteos, los que más rabia nos tienen son los brios.» Ya hemos visto que, si Jesús había de hacer algún efecto, tenía que limitar Su campo de acción y sus objetivos como sabio estratega. Tenía que empezar por los judíos; y aquí estaba una gentil clamando por misericordia. Jesús no podía hacer más que una cosa: tenía que despertar la verdadera fe en el corazón de aquella mujer.

Así es que Jesús se volvió hacia la mujer, y le dijo: «No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perrillos.» Comparar a una persona con un perro siempre ha sido, especialmente entre los semitas, uno de los peores insultos. Los judíos hablaban con insolencia arrogante de «los perros gentiles,» «perros infieles» y más tarde «perros cristianos.» En aquellos días los perros eran carroñeros inmundos por las calles -escuálidos, salvajes, a menudo enfermos. Pero tenemos que recordar dos cosas.

Muchas veces todo depende del tono y el gesto con que se diga una cosa. Algo que parecería brutal se puede decir con una sonrisa y una palmadita cariñosa. Esto lo sabemos muy bien los españoles y los hispanos, que a menudo usamos los peores insultos como elogios, dependiendo naturalmente del contexto y del tono: «¡Anda, que eres un…!» Podemos estar absolutamente seguros de que la sonrisa en el rostro de Jesús y la compasión en Sus labios y ojos despojaban la comparación de todo sentido ofensivo.

Y también, que Él usó la terrible palabra en diminutivo, no perros, sino perrillos (kynaria), que no eran los perros callejeros sino los animales de comía que vivían en las casas, muy diferentes de los perros parias que andaban por las calles y escarbaban las basuras en busca de comida.

La mujer sería griega de cultura, y por tanto rápida de ingenio para captar la diferencia y la oportunidad. «Es verdad Señor -Le contestó ella-; pero también los perrillos saca algo de las migajas que caen de la mesa de sus amos.» Y los ojos se Le iluminaron de gozo a Jesús ante una fe tan indómita, y concedió la demanda, la bendición y la sanidad que ella tanto deseaba.

LA FE QUE OBTUVO LA BENDICIÓN

Mateo 15:21-28

Hay algunas cosas en esta mujer en las que debemos fijarnos. (i) Lo primero y principal es que tenía amor. Como Bengel dijo de ella: «Hacía suya la miseria de su hija.» Puede que fuera pagana, pero tenía en el corazón ese amor hacia su hija que es siempre el reflejo del amor de Dios hacia Sus hijos. Fue el amor lo que la impulsó a salirle al encuentro a aquel Extranjero; fue el amor lo que la hizo aceptar Su silencio y sin embargo seguir suplicando; fue el amor lo que le hizo encajar el aparentemente duro rechazo; fue el amor lo que le hizo ver la compasión por debajo y por detrás de las palabras de Jesús. La fuerza motriz del corazón de esta mujer era el amor; y no hay nada más fuerte ni más cerca de Dios que esa misma cosa.

(ii) Esta mujer tenía fe. (a) Una fe que creció en el contacto con Jesús. Empezó llamándole Hijo de David; ese era un título popular y hasta político. Se Le aplicaba a Jesús como el gran y poderoso Obrador de maravillas, pero todavía sólo en términos de poder y de gloria terrenales. Llegó pidiendo una merced a Uno al Que tomaba por el Hombre más grande y poderoso. Llegó con una especie de superstición, como si acudiera a cualquier mago. Acabó llamando a Jesús Señor.

Jesús, por así decirlo, la obligó a mirarle a Él, y en Él descubrió algo que no se podía expresar en términos terrenales, porque no era nada menos que divino. Eso era precisamente lo que Jesús quería despertar en ella antes de concederle su petición. Quería que viera que la súplica dirigida a un gran hombre tiene que transformarse en una oración al Dios viviente. Podemos ver crecer la fe de esta mujer al encontrarse cara a cara con Cristo hasta el punto de verle, aunque como a través de la niebla, como El Que Es.

(b) Era una fe que adoraba. Empezó por seguirle, pero acabó de rodillas delante de El; empezó dirigiéndole una petición, pero acabo` hablándole en oración. Siempre que venimos a Cristo, debemos empezar por adorar Su Majestad, y sólo entonces podremos presentarle nuestra necesidad.

(iii) La mujer tenía una perseverancia indómita. Era impermeable al desaliento. Muchas personas, ha dicho alguien, acuden a la oración porque no quieren dejar de probarlo todo. No creen realmente en la oración; pero no descartan la posibilidad de que sirva para algo. Pero esta mujer vino a Jesús, no como a alguien que a 1o mejor la ayudaba, sino como a su única esperanza. Vino con una esperanza apasionada, con un sentimiento de necesidad que clamaba al Cielo y con una determinación de no dejarse desaniMarcos Tenía la única cualidad que es supremamente eficaz en la oración: iba tremendamente en serio. La oración no era para ella una fórmula ritual, sino su manera de derramar delante de Dios el apasionado deseo de su alma, que de alguna manera pensaba que no podía -ni debía, ni tenía por qué- aceptar una respuesta negativa.

(iv) Esta mujer tenía el don del optimismo. Estaba rodeada de problemas; tomaba las cosas apasionadamente en serio; y sin embargo sabía sonreír. Tenía un corazón soleado. Dios ama los corazones alegres, la fe en cuyos ojos brilla siempre la luz de la esperanza, la fe con una sonrisa que puede disipar las sombras.

Esta mujer vino a Cristo con un amor gallardo y audaz, con una fe que siguió creciendo hasta arrodillarse adorante a los pies de lo Divino, con una perseverancia indómita que brotaba de una esperanza irrenunciable, con una alegría que disipaba el desaliento. Esa es la manera de acudir que no puede por menos de encontrar la respuesta a sus oraciones.

EL PAN DE LA VIDA

Mateo 15:29-39

Jesús se fue de allí al Mar de Galilea, Se subió a un cerro y Se sentó allí; pero se Le acercó un gran gentío trayendo a cojos, cielos, sordos y mancos, y Se los dejaron a Sus pies; y El los puso buenos, de manera que toda la gente estaba maravillada oyendo hablar a los mudos, y viendo recuperados a los mancos, y andando a los cojos, y a los ciegos viendo; y alababan al Dios de Israel.

Jesús llamó a Sus discípulos, y les dijo:

-Me da mucha pena de esta gente, porque ya hace tres días que están conmigo y no tienen nada que comer. No los quiero despedir hambrientos, no sea que se desmayen por el camino.

Entonces los discípulos Le respondieron:

-¿De dónde podríamos sacar panes bastantes en un descampado como este para que comiera tanta gente?

Jesús les preguntó:

-¿Cuántos panes tenéis?

Ellos Le respondieron:

-Siete, y unos pocos pescaditos.

A continuación Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo, tomó los siete panes y los pescados, y después de dar gracias a Dios los partió en trozos y se los dio a Sus discípulos para que se los repartieran a la gente, y todos comieron todo lo que quisieron. Y recogieron los trozos que quedaron, siete canastas llenas. Los que habían comido sumaban cuatro mil hombres, aparte de las mujeres y los chicos.

Después de despedir a la gente Jesús Se subió a la barca y Se .dirigió al distrito de Magdala.

Ya hemos visto que cuando Jesús Se dirigió al distrito de las ciudades fenicias iniciaba un período de retirada consciente para prepararse y para preparar a Sus discípulos para los próximos días, que ya estaban próximos. Una de las dificultades que, encontramos en los evangelios es que no nos dan ninguna indicación en cuando a las fechas, que tenemos que deducir a base de sugerencias que encontramos en la narración. Cuando lo hacemos, descubrimos que el tiempo que Jesús Se retiró con Sus discípulos fue mucho más largo de lo que habríamos supuesto leyendo superficialmente la historia.

Cuando Jesús dio de comer a los cinco mil (Mat_14:1521 ; Mar_6:31-44 ), era primavera, porque en ninguna otra estación había hierba verde en aquella tierra tan calurosa (Mat_14:19 ; Mar_6:39 ). Después de Sus discusiones con los escribas y fariseos, Jesús se retiró a las regiones de Tiro y de Sidón (Mar_7:24 ; Mat_15:21 ). Eso ya no era en sí un viaje corto, sobre todo si se hacía a pie.

Para la siguiente referencia al tiempo y lugar tenemos que pasar a Mar_7:31 : « Entonces volvió de la región de Tiro, pasando por Sidón, al Mar de Galilea, por toda la Decápolis.» Esa era una ruta de lo más extraña: Sidón está al Norte de Tiro, el Mar de Galilea al Sur, y Decápolis, la confederación de las diez ciudades griegas, al Este del Mar de Galilea. Es decir: que Jesús se dirigió al Norte para acabar yendo al Sur. Para ir de un lado a otro de la base de un triángulo pasó por el vértice. Es como si fuera de Valencia a Madrid pasando por Zaragoza, o de Buenos Aires a San Rafael pasando por Santiago del Estero. Está claro que Jesús alargó intencionadamente el viaje para pasar todo el tiempo posible con Sus discípulos antes de dirigirse por última vez a Jerusalén.

Por último Se encontró en Decápolis donde, como sabemos por Marcos, tuvo lugar este incidente (Mar_7:31 ). Aquí tenemos la siguiente indicación. En esta ocasión, cuando dijo a la gente que se sentara, se sentaron en el suelo (epi tén guén), en la tierra; para entonces ya era verano, y la hierba estaba agostada,;dejando la tierra reseca.

Es decir: este viaje por el Norte Le llevó a Jesús casi seis meses. No sabemos nada de lo que sucedió en esos seis meses; pero podemos estar seguros de que serían los seis meses más importantes de la vida de los discípulos, porque fue entonces cuando Jesús Se dedicó a enseñarles y prepararlos y abrirles la mente a la verdad. Vale la pena recordar que los discípulos pasaron seis meses retirados del mundanal ruido con Jesús antes que llegara la prueba final.

Muchos investigadores creen que la alimentación de los cinco mil y la de los cuatro mil son versiones diferentes del mismo incidente; pero no hay tal. Como ya hemos visto, la fecha es diferente: el primero tuvo lugar en la primavera, y el segundo al final del verano. La gente y el lugar son diferentes. La alimentación de los cuatro mil tuvo lugar en Decápolis. Decápolis quiere decir literalmente diez ciudades, y Decápolis era una cierta federación de diez ciudades griegas independientes. En esta ocasión habría muchos gentiles presentes, tal vez más que judíos. Ese hecho explica la curiosa frase del versículo 31: «Y alababan al Dios de Israel.» Para la multitud gentil esta fue una demostración del poder del Dios de Israel. Hay otro curioso detalle que muestra la diferencia: En la alimentación de los cinco mil, las cestas que se usaron para recoger los trozos sobrantes se llaman kofinoi; y en la de los cuatro mil, sfyrides. El kofinos tenía un cuello estrecho, como un cantarillo, que los judíos usaban siempre para llevar su propia comida y no verse obligados a comer cosas que hubieran tocado los gentiles y que fueran, por tanto, inmundas. El sfyris se parecía más bien al cesto o canasta; podía llegar a ser tan grande como para llevar a una persona, y lo usaban más bien los gentiles.

Lo maravilloso de esta historia es que en estas sanidades y en esta alimentación de los hambrientos vemos la misericordia y la compasión de Jesús alcanzando a los gentiles. Aquí tenemos un símbolo y adelanto de que el Pan de Dios no sería sólo para los judíos, sino para todo el mundo; que los gentiles también participarían del Que es el Pan de la Vida.

LA GRACIA DE JESÚS

Mateo 15:29-39 (conclusión)

En este pasaje vemos desplegada ampliamente la gracia y la amabilidad de Jesucristo. Le vemos mitigando toda clase de necesidades humanas.

(i) Le vemos curando la incapacidad física. Pusieron a Sus pies a cojos, mancos, ciegos y sordos, y Él los curó. Jesús está infinitamente preocupado por el sufrimiento corporal que hay en el mundo; y los que devuelven la sanidad y la salud siguen haciendo la obra de Jesucristo.

(ii) Le vemos preocupado por los cansados. La gente estaba cansada, y Él quería fortalecerles los pies para un camino largo y duro. Jesús está infinitamente preocupado por los viandantes del mundo, por los trabajadores del mundo, por todos los que tienen la vista y las manos cansadas.

(iü) Le vemos alimentando a los hambrientos. Le vemos dándolo todo para aliviar el hambre y la necesidad físicas. Jesús está infinitamente preocupado por los cuerpos de los seres humanos, lo mismo que por sus almas.

Aquí vemos el poder y la compasión de Dios salir al encuentro de las muchas necesidades que tiene la condición humana.

Al comentar este pasaje Edersheim expone una idea preciosa: señala que Jesús, en tres etapas sucesivas de Su ministerio, acabó cada una de ellas sirviéndole de comer a Su pueblo. La primera, cuando dio de comer a los cinco mil, tuvo lugar al final de Su ministerio en Galilea, porque Jesús ya no volvería a enseñar y a predicar y a sanar allí. La segunda, cuando dio de comer a los cuatro mil, al final de Su breve ministerio entre los gentiles fuera de las fronteras de Palestina -primero en los distritos de Tiro y de Sidón, y luego en la Decápolis. La tercera y última, la última Cena en Jerusalén, cuando Jesús llegó al final de Sus días en la carne.

Mateo 15:1-39

15.1, 2 Los fariseos y los líderes judíos fueron de Jerusalén, el centro de la autoridad judía, a examinar las actividades de Jesús. Por siglos, desde el retorno de la cautividad de Babilonia, habían agregado cientos de tradiciones religiosas a las leyes de Dios. Los fariseos y los maestros de la ley las consideraban todas de igual importancia. Muchas tradiciones no son malas en sí. Ciertas tradiciones religiosas pueden agregar riqueza y significado a la vida, pero no debemos caer en la trampa de dar por sentado que por el hecho de que nuestras tradiciones hayan sido practicadas por años deben ser promovidas al nivel de sagradas. La ley de Dios nunca cambia y no requiere adiciones. Las tradiciones debieran ayudarnos a comprender mejor las leyes de Dios y no constituirse en leyes en sí mismas.

15.5, 6 Esta práctica era conocida como Corbán (literalmente «ofrenda»; véase Mar_7:11). Cualquier persona que hacía el voto de Corbán entregaba el dinero destinado a mantener a los padres para una causa valiosa, usualmente al templo. Se convirtió en una forma religiosa de marginar a los padres, desviando la responsabilidad de los hijos hacia ellos. En lo exterior sus acciones parecían superiores (daban más dinero para Dios), pero descuidaban el mandato de Dios que requería cuidar de las necesidades de los padres. Estos líderes religiosos pasaban por alto el claro mandato de Dios de honrar a los padres.

15.8, 9 El profeta Isaías también criticó a los hipócritas en su tiempo (Isa_29:13). Jesús aplicó sus palabras a estos líderes religiosos. Cuando aseguramos honrar a Dios mientras nuestros corazones están lejos de El, nuestra adoración no tiene significado. No es suficiente actuar como religiosos. Nuestras acciones y actitudes deben ser sinceras. Si no lo son, las palabras de Isaías también nos describen.

15.9 Los fariseos sabían mucho acerca de Dios pero no conocían a Dios. No es suficiente estudiar acerca de la religión ni tampoco estudiar la Biblia. Hay que responderle a Dios.

15.11 Jesús se refería a las regulaciones judías concernientes a la comida y bebida. Estos versículos se podrían parafrasear así: «Uno no se contamina por comer una comida que no ha sido bien inspeccionada o que no haya tenido los requisitos establecidos, sino por lo que uno dice y piensa». Esta declaración ofendió a los fariseos que estaban muy pendientes de lo que el pueblo comía o bebía.

15.13, 14 Jesús dijo que debían ignorar a los fariseos porque estaban ciegos a la verdad de Dios. Cualquiera que escuchara sus enseñanzas corría el riesgo de adquirir ceguera espiritual también. No todos los líderes religiosos son buenos líderes cristianos. Asegúrese de que aquellos a quienes escucha y de los cuales aprende sean personas con una buena visión espiritual. Deben enseñar y vivir los principios de la Biblia.

15.15 Más tarde, Pedro enfrentaría el asunto de los alimentos prohibidos (véase las notas en 15.11 y Act_10:9-15). Luego aprendería también que nada debe ser barrera para proclamar el evangelio a los gentiles (no judíos).

15.16-20 Hacemos todo lo que podemos para mantener nuestra apariencia exterior atractiva, pero lo que está en nuestro corazón es mucho más importante. Lo que seamos por dentro (lo que otros no pueden ver) importa más a Dios. ¿Cómo es usted por dentro? Cuando las personas se convierten a Dios cambian y en su interior son diferentes. El continuará ayudándoles a que cambien si se lo piden. Dios quiere que procuremos pensamientos y motivaciones sanas, no sólo buena alimentación y ejercicios.

MINISTERIO EN FENICIA

Después de volver a predicar en Capernaum, Jesús dejó Galilea para ir a Fenicia, donde predicó en Tiro y Sidón. A su regreso, cruzó la región de Decápolis, alimentó a los cuatro mil junto al mar, y enseguida se dirigió a Magdala.

15.22 Esta mujer se menciona como sirofenicia en el Evangelio de Marcos (7.26), indicando que era del territorio noroeste de Galilea, donde se hallaban las ciudades de Tiro y Sidón. Mateo la llama cananea, refiriéndose a sus antepasados, que eran enemigos de Israel. La audiencia judía de Mateo comprendería de inmediato el significado de que Jesús ayudara a aquella mujer.

15.23 Los discípulos pidieron a Jesús que se librara de la mujer porque los estaba aburriendo con sus lamentos. No mostraron sensibilidad hacia sus necesidades ni compasión por ella. Es posible estar muy ocupado con asuntos espirituales al grado de pasar por alto las necesidades espirituales que existen a nuestro alrededor, sea por prejuicios o simplemente por los inconvenientes que originan. En lugar de aburrirse, esté atento a las oportunidades que lo rodean. Manténgase receptivo a la hermosura del mensaje de Dios para todos y esfuércese en no desechar a los que son diferentes a usted.

15.24 Las palabras de Jesús no contradicen la verdad de que el mensaje de Dios es para todos (Psa_22:27; Isa_56:7; Mat_28:19; Rom_15:9-12). Después de todo, Jesús ministró a los gentiles en muchas ocasiones durante su ministerio. Simplemente estaba diciendo a la mujer que los judíos tuvieron la primera oportunidad para aceptarlo como el Mesías porque Dios quería que ellos presentaran el mensaje de salvación al resto del mundo (véase Gen_12:3). Jesús no la rechazó. Jesús pudo haber querido probar su fe o pudo haber querido aprovechar la oportunidad para enseñar una lección acerca de la disponibilidad de la fe para todos.

15.26-28 Perro era un término que los judíos por lo general aplicaban a todo gentil, porque los judíos consideraban que los paganos parecían perros al no recibir la bendición de Dios. Jesús no estaba degradando a la mujer al usar este término sino reflejando la actitud de los judíos en contraposición con la suya. La mujer no discutió. Usando las mismas palabras de Jesús, estuvo de acuerdo en ser considerada como perra siempre que pudiera recibir la bendición de Dios para su hija. Irónicamente, muchos judíos perdieron la bendición de Dios y la salvación porque rechazaron a Jesús y muchos gentiles hallaron salvación porque reconocieron a Jesús.

15.29-31 Muchos fueron llevados a Jesús por sanidad y El los sanó. Jesús todavía está dispuesto a curar vidas quebrantadas y nosotros podemos ser un puente entre la gente necesitada y Dios. ¿Conoce a alguien que necesite el toque sanador de Jesús? Los puede llevar a Jesús por medio de la oración o explicándoles la razón de su fe (1Pe_3:15). Luego deje que Jesús obre en ellos.

15.32ss Esta alimentación de cuatro mil es un milagro diferente del otro en que se alimentó a cinco mil (14.13-21), confirmado por Mar_8:19-20. Este fue el comienzo de la expansión del ministerio de Jesús entre los gentiles.

15.33 Jesús ya había alimentado a más de cinco mil hombres con cinco panes y dos peces. Ahora, en una situación similar, los discípulos quedaban perplejos otra vez. Con qué facilidad no rendimos en desesperación cuando enfrentamos situaciones difíciles. Como los discípulos, con frecuencia olvidamos que si Dios nos cuidó en el pasado, hará lo mismo ahora. Si está atravesando una situación difícil, recuerde lo que El hizo por usted y confíe en que lo puede repetir.

15.39 Magdala se hallaba en la costa oeste del Mar de Galilea. También es conocida como Dalmanuta (Mar_8:10). De esta región procedía María Magdalena.

Mateo 15:1-9

En estos versículos se nos refiere una conversación que tuvo lugar entre nuestro Señor Jesucristo y ciertos escribas y fariseos. Acaso se piense que en estos tiempos modernos el asunto de dicha conversación carezca de interés. Mas si bien se le examina, no es así en realidad. Los principios que los fariseos profesaban jamás perecen. Las verdades que este pasaje contiene son de grandísimo valor. Veamos cuáles son.

1. Que, por lo general, los hipócritas exageran la importancia de lo externo en religión.

Los escribas y fariseos presentaron ante Jesús un cargo contra sus discípulos. Y ¿sobre qué versaba? No dijeron que eran avaros o hipócritas; mentirosos o duros de corazón; o que hubiesen quebrantado la ley de Dios. Lo que dijeron fue que habían traspasado la tradición de los ancianos; pues no se habían lavado las manos para comer pan. Era que no habían observado una regla de mera autoridad humana que algún Judío decrépito había establecido. En esto consistía todo su crimen, todo su pecado.

Y, por desgracia, en nuestros días existe aún el espíritu farisaico. Hay millares de cristianos que, según parece, no se cuidan de que religión profesan sus prójimos, con tal de que concuerde con la suya en lo meramente externo. Guardémonos de semejante espíritu, pues es la verdadera esencia de la hipocresía.

Que nuestro principio sea el que encarnan estas palabras: «El reino de Dios no es comida ni bebida; sino justicia, y paz, y gozo en el Espirito Santo.» Rom.

14.7.

2. Que siempre que se agregue cosa alguna a la palabra de, Dios se corre gran riesgo de extraviarse de la verdadera senda. Cuando un hombre se empeña en hacer adiciones a la Escritura, por lo regular acaba por dar más valor al fruto de su ingenio que a las Escrituras mismas.

Nuestro Señor llamó la atención a esta verdad cuando dijo a los fariseos que habían acusado a sus discípulos: « ¿Por qué también vosotros traspasáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición.» Y dio así un golpe decidido al sistema de agregar cosa alguna, como necesaria para la salvación, a la ya perfecta palabra de Dios. Para demostrar lo pernicioso del sistema se valió de un ejemplo, el cual fue el de los fariseos que por medio de sus adiciones habían invalidado el quinto mandamiento. De ese modo sentó el gran principio de que las tradiciones humanas tienden a anular la palabra de Dios.

La historia de la iglesia cristiana presenta muchas y muy dolorosas pruebas de esta gran verdad. Como muy bien ha dicho Baxter, «los hombres creen que las leyes de Dios son muy numerosas y demasiado estrictas, y sin embargo ellos confeccionan más y las observan con rigor.» Algunos hombres han elevado los cánones, las rúbricas y las leyes eclesiásticas sobre la palabra de Dios, y han castigado la contravención de ellas con más severidad que los pecados escandalosos como el de la embriaguez y el de la indelicadeza en el lenguaje. La Iglesia de Roma da una importancia tal a los votos monásticos, y a la observancia de fiestas y ayunos, que parece creerlos de más rigor que los deberes de familia y los preceptos del decálogo. Muchas personas hay también que son más escrupulosas en cuanto a la abstinencia de carne en cuaresma que respecto de la pureza de vida. Estos son hechos tristes que están demostrando que todavía existe el espíritu farisaico. No solo entre los Judíos sino también entre los cristianos se nota la tendencia a invalidar la palabra de Dios por medio de la tradición.

3. Que el culto que agrada a Dios es el culto del corazón. Nuestro Señor enseñó esta verdad por medio de la siguiente cita tomada de la profecía de Isaías: «Este pueblo con su boca se acerca a mí, y con sus labios me honra; mas su corazón lejos está de mí..

El afecto del corazón es lo principal en las relaciones de los esposos, de los amigos, de los padres para con los hijos. Y el estado del corazón es lo principal en nuestras relaciones para con Dios. ¿Qué es lo primero que se necesita para ser verdaderos cristianos? La renovación del corazón. ¿Qué sacrificio es el que Dios exige? El corazón contrito y humillado. ¿Cuál es la verdadera circuncisión? La del corazón. ¿En que consiste la verdadera obediencia? En obedecer de corazón. ¿Cuál es la fe que salva? La que emana del corazón. ¿En dónde debe morar Cristo? En nuestros corazones. Persuadámonos de ello: todo culto que se rinda a Dios, ya sea público o privado, es completamente vano en tanto que nuestros corazones « estén lejos de El.»El Mesías dijo a la mujer samaritana, « Dios es espíritu; y menester es que aquellos que le adoran le adoren en espíritu y en verdad.» Joh_4:24

Mateo 15:10-20

Este pasaje contiene dos notabilísimas aserciones que hizo nuestro Señor: con referencia a las falsas doctrinas, la una; acerca del corazón humano, la otra.

Con referencia a las falsas doctrinas nuestro Señor dijo, que es nuestro deber oponernos a ellas, que infaliblemente tendrán al fin que desaparecer, y que no debemos atender a los que las enseñan. Sus palabras fueron estas: « Toda planta que no plantó mi Padre celestial será desarraigada. Dejadlos..

Claramente se percibe al examinar con cuidado el pasaje, que los discípulos se sorprendieron al oír los términos enérgicos en que nuestro Señor atacó a los fariseos y sus tradiciones. Es bien probable que desde su más tierna edad los habían considerado como los hombres más sabios y más virtuosos; y que con tal motivo fue que se sorprendieron de que Jesús los llamase hipócritas, y los acusase de violar los mandamientos de Dios.

El significado de las palabras de nuestro Señor es, que las falsas doctrinas como las de los fariseos, eran plantas con las cuales no se debía usar ninguna indulgencia. No habiendo sido sembradas por su Padre celestial era preciso desarraigarlas, aunque muchos se ofendiesen de ello. No era un acto de caridad el dejarlas crecer, porque eran perjudiciales a las almas de los hombres. Poco importaba que los que las hubiesen sembrado fuesen hombres eruditos o de elevada posición. Si estaban en contradicción con la palabra de Dios, era preciso rechazarlas y atacarlas. Fuerza era, por lo tanto, que sus discípulos comprendiesen que tenían derecho para desechar toda enseñanza que no se armonizase con la Biblia, y para apartarse de todos los maestros que la defendiesen. Tarde o temprano habrían de ver que todas las falsas doctrinas serian demolidas y desacreditadas, y que solo lo que se funda en la palabra de Dios habría de permanecer.

Estamos, pues, en el deber imprescindible de rechazar las doctrinas falsas. Ni el temor de ofender ni el miedo de las censuras eclesiásticas debe hacernos guardar silencio cuando la verdad de Dios está en peligro. Si somos verdaderos discípulos del Señor, es preciso que combatamos decididamente el error.

Estamos también en el deber de abandonar a los falsos maestros, si no desechan sus errores. Ni la delicadeza mal entendida, ni una humildad fingida deben impedirnos el apartarnos del ministro que no se arregla a la palabra de Dios. Al someternos a una enseñanza anti-bíblica ponemos en riesgo nuestra salvación.

Tócanos, por otra parte, ejercer paciencia cuando vemos que abundan las falsas doctrinas. Podemos consolarnos con saber que no han de durar mucho tiempo.

Dios defiende la causa de la verdad. Tarde o temprano toda herejía será desarraigada. No es con armas materiales que debemos lidiar, sino con la paciencia, la predicación, las protestas y la oración.

Relativamente al corazón del hombre nuestro Señor dijo, en los versículos citados, que es la fuente de todo pecado y toda impureza. Los fariseos enseñaban que la santidad consistía en ciertos alimentos y bebidas, y en purificaciones y lavatorios. Según ellos, los que observasen sus tradiciones sobre este particular eran puros y limpios a los ojos de Dios, y todos los que las descuidasen eran culpables e impuros. Nuestro Señor combatió eficazmente esa ruin doctrina demostrándoles a sus discípulos que la fuente de la impureza del hombre no es externa sino interna. «Del corazón,» dice, « salen los malos pensamientos, muertes, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias.» El que desee servir a Dios acertadamente necesita de algo más importante que los lavatorios del cuerpo: es preciso que se esfuerce por tener un corazón puro.

Estemos persuadidos que lo principal de la religión es el estado del corazón. No nos contentemos con concurrir a la iglesia y observar los ritos del culto externo. Penetremos más al fondo y procuremos que nuestro corazón sea recto a los ojos de Dios. Hech. 8.21. El corazón recto es el que ha sido rociado con la sangre de Cristo, y ha sido renovado por el Espirito Santo y purificado por la fe.

Finalmente, hagamos la resolución firme de «guardar nuestro corazón sobre toda cosa guardada» hasta el término de nuestra vida. Prov. 4.23. Aun después de haber sido renovados, están expuestos a debilidades. Aun después de haber experimentado el renacimiento, son engañosos. No olvidemos que el peligro mayor está dentro de nosotros. Feliz el que trae diariamente a la memoria las siguientes palabras de Salomón, «El que confía en su corazón es insensato.» Prov. 28.2

Mateo 15:21-28

Es estos versículos se nos refiere otro de los milagros de nuestro Señor. Examinemos en su orden respectivo cada una de las circunstancias en que se verificó.

Se advierte, primeramente, que la verdadera fe se encuentra muchas veces donde menos se la espera.

Una Cananea pidió socorro a nuestro Señor, a favor de su hija. Esa súplica se habría considerado como una manifestación inequívoca de fe si la mujer hubiera vivido en Betania o en Jerusalén; mas al saber que vino de las costas de Tiro y de Sidón no puede uno menos que maravillarse. Bien demuestra que el creyente debe la fe que profesa no al lugar donde reside, sino a la gracia divina. Puede vivirse en medio de la idolatría y la superstición, como la muchacha que servia en la casa de Naaman, y sin embargo permanecer fiel a Dios y al Crucificado. Es posible habitar en Tiro y en Sidón y, sin embargo, entrar al reino de los cielos.

Véase, en segundo lugar, que la desgracia resulta a menudo en beneficio del alma de la persona que la sufre.

Esa madre Cananea había sufrido mucho sin duda. Había visto a su querida hija atormentada del demonio, y no había podido aliviarla. Sin embargo, ese sufrimiento la encaminó hacia Jesucristo, y la movió a hacer una súplica, una oración. Si no lo hubiera experimentado tal vez habría vivido siempre en la ignorancia y en la indiferencia. Es, pues, evidente que la desgracia fue para su bien. Salmo 119.71.

Meditemos detenidamente sobre este asunto. Con demasiada frecuencia nos olvidamos que cada desgracia, cada sufrimiento es un mensaje que el Altísimo nos envía para nuestro provecho. Los trabajos nos hacen reflexionar, nos separan del mundo, nos encaminan a la Biblia, nos hacen postrar de rodillas en actitud de orar. La salud es un gran bien, mas las enfermedades son otro mayor si nos dirigen hacia el trono de Dios. La prosperidad es una bendición; pero más lo es la adversidad si nos atrae hacia Jesucristo.

Se nota, en tercer lugar, que los cristianos son menos benignos y compasivos que Jesucristo.

Los discípulos no dieron buena acogida a la mujer de Canaán. Talvez juzgaron que una habitante de la costa de Tiro y de Sidón era indigna del auxilio de su Maestro. Por lo menos consta que dijeron: «Envíala, que da voces tras nosotros..

Tales sentimientos son harto comunes entre muchos de los que se llaman creyentes. En vez de estimular y apoyar a los neófitos, muchas veces los desalientan y desaniman ; y dudan de lo real de su fe porque es débil, tratándolos como se trató a Saulo la primera vez que fue a Jerusalén después de su conversión.

Hech. 9.26. En vista de estos hechos, cúmplenos advertir a los que no se hayan convertido que no vayan a juzgar de Cristo por el carácter de sus discípulos. Es él más clemente y pió que el más santo de sus siervos. Los Pedro, los Santiago, los Juan dirán acaso al alma atribulada: « Aléjate. Más semejante palabra jamás salió de los labios del Redentor.

Observase, por último, cuántos estímulos se nos presentan para perseverar en la oración.

Es difícil concebir un ejemplo más notable de esta verdad que el que se nos presenta en este pasaje. Al principio parecía que la súplica de la desgraciada madre había sido desoída, pues Jesús no le contestó palabra. Cuando al fin desplegó sus labios, sus palabras fueron desalentadoras. «No soy enviado,» dijo El, «sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» Sin embargo, la Cananea tornó a suplicar: «Socórreme.» La segunda aserción de nuestro Señor fue aun más desalentadora que la primera: « No es bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos.»No obstante «la esperanza que se alarga» no fue «tormento de su corazón.» Prov. 13.12. Aun en aquel momento no calló, mas suplicó que se la diesen siquiera unas migajas de misericordia. Y, al cabo, su importunidad fue premiada. «O mujer,» dice el Salvador, «grande es tu fe: sea hecho contigo como quieres.» Jamás ha faltado Dios a la siguiente promesa: « Buscad y hallareis..

Mateo 15:29-39

Pasaremos a examinar los tres puntos importantes que contiene el principio de este pasaje.

Obsérvese, en primer lugar, cuánto más se afanan los hombres por la curación de sus enfermedades corporales que por la de sus enfermedades espirituales.

Se nos dice que acudieron a Jesús grandes multitudes que llevaban los cojos, los ciegos, los mudos, los mancos y otros muchos enfermos. Es seguro que muchos de ellos habían andado muchas millas, y sufrido en consecuencia muchas fatigas, pues es bien sabido cuan difícil es trasladar un enfermo de un lugar a otro. Más con la esperanza de una curación se vencen todos los obstáculos.

Quien se sorprende de la conducta de esos pacientes conoce muy poco la naturaleza humana. No hay absolutamente por qué sorprenderse. Sabían que la salud es la mayor bendición de que puede gozarse acá en la tierra; y que el dolor que resulta de las enfermedades es muy difícil de sobrellevar. No hay argumentos que valgan contra las sensaciones que uno experimenta. Cuando un hombre percibe que lo abandonan las fuerzas, que su cuerpo se enflaquece y su rostro se torna pálido, y que empieza a perder el apetito, sabe entonces que está enfermo y que ha menester de un facultativo. Muéstresele en tales circunstancias un médico que tenga fama de no errar cura, y se le verá acudir a él sin tardanza. Empero, no olvidemos que nuestras almas están más enfermas que nuestros cuerpos, e imitemos la conducta de las muchedumbres galileas. Nuestras almas padecen de una dolencia más profundamente arraigada, más difícil de curar que cualquier achaque a que el cuerpo esté expuesto: esa dolencia es el pecado. Menester es que sean curadas, y eso de una manera eficaz, o que perezcan por toda la eternidad. ¿Sabemos esto? ¿Lo entendemos? ¿Tenemos conciencia de ello? ¡Ay! desgraciadamente no puede darse sino una sola contestación a estas preguntas: la mayor parte del género humano se manifiesta insensible sobre este particular. Para obtener la salud del cuerpo se agolpan las salas de los médicos, y hacen largos viajes en busca de aires más puros. Más no se cuidan absolutamente de la salud espiritual. ¡Feliz es a la verdad el hombre que ha descubierto la enfermedad de su alma! Seguro es que no estará tranquilo hasta que no haya encontrado a Jesús.

Notase, en seguida, cuan admirable era la facilidad con que nuestro Señor curaba a los enfermos que le presentaban. Se nos dice que las multitudes se maravillaban viendo andar a los cojos, ver a los ciegos, etc.

Un poder semejante tiene el Señor para curar las enfermedades del alma. No hay dolencia espiritual que se le resista. La fiebre de la concupiscencia, la parálisis de la indiferencia, la consunción de la indolencia y la desidia, y esa enfermedad del corazón llamada la incredulidad–todas ellas desaparecen cuando él hace descender su Espíritu sobre los hijos de los hombres. El pone un nuevo canto en los labios de un pecador, y le hace hablar con amor y reverencia del mismo Evangelio de que antes se reía; ilumina la inteligencia de un hombre de tal manera que vea el reino de Dios; abre los oídos de otro y le concede aptitud y voluntad de oír su voz y de seguirle a donde quiera que vaya; al que antes caminaba en la ancha senda que conduce a la destrucción, lo dirige por el camino que conduce a la vida eterna; y hace que le sirvan y ejecuten su voluntad las manos que eran instrumentos de crímenes y venganzas. La época de los milagros no ha pasado todavía. Cada conversión es un milagro.

Es de advertirse también en el presente pasaje cuan grande es la compasión de nuestro Señor Jesucristo. Se nos refiere que habiendo llamado a sus discípulos les dijo que tenía compasión de la multitud. Un concurso numeroso de hombres y mujeres presenta siempre un espectáculo imponente. La idea de que cada individuo es pecador y tiene un alma inmortal en riesgo de perecer eternamente debiera conmovernos. Ninguno se conmovía tanto al ver una muchedumbre como Jesús.

Es un hecho harto curioso y singular que de todas las emociones que nuestro Señor experimentó cuando estuvo en la tierra, ninguna se menciona con tanta frecuencia como la de la «compasión.» En algunos pasajes se nos refiere que experimentó gozo o gratitud; en otros, ira o celo; en otros, tristeza o admiración; más de ninguna de esas emociones se hace mención con tanta frecuencia como de la compasión. El Espíritu Santo parece indicarnos así en la palabra divina que ese era el rasgo distintivo de su carácter y el sentimiento dominante de su corazón cuando habitó entre los hombres. Por nueve veces (sin incluir las expresiones contenidas en las parábolas), por nueve veces el Espíritu Santo hizo escribir en los Evangelios la palabra «compasión.

Este hecho debe alentar a los que se encuentran dudosos y vacilantes sobre si deben o no empezar a seguir el camino que el Señor ha marcado a los creyentes.

Que recuerden que el Salvador está siempre lleno de compasión. El los recibirá con benignidad; los perdonará sin exigirles tributo; olvidará sus iniquidades.

La misericordia de Jesucristo es un manantial perenne, inagotable.

También debe consolar a los siervos del Señor cuando se encuentren cansados de las vicisitudes de la vida. Jesús que sabe en qué especie de mundo es que viven, que conoce las debilidades del cuerpo humano, y que penetra los designios del grande adversario–Jesús, decimos, se compadece de su pueblo. Que no desmayen pues, mas antes bien tengan presente el siguiente texto: «Sus misericordias nunca desfallecieron.» Lam. 3.22.

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