Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

Logo

Juan 18: El arresto en el huerto

Después de decir aquello, Jesús se fue con Sus discípulos en dirección al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto en el que entraron. Judas, el traidor, conocía el lugar, porque Jesús solía reunirse allí con Sus discípulos; así es que Judas llevó una compañía de soldados con algunos agentes de los principales sacerdotes y de los fariseos, y llegaron allí con teas y antorchas y armas. Jesús ya contaba con todo aquello, así es que les salió al encuentro y les preguntó:

-¿A quién estáis buscando?

-¡A Jesús de Nazaret! -Le contestaron.

-¡Soy Yo! -les contestó Jesús. Judas, el traidor, estaba entre ellos. Cuando Jesús dijo « Soy Yo», retrocedieron y se cayeron por tierra; y entonces Jesús les repitió la pregunta-: ¿A quién estáis buscando?

A Jesús de Nazaret -respondieron.

-Ya os he dicho que soy Yo. Si es a Mí a Quien buscáis, dejad que se vayan estos, para que se cumpla la palabra de la Escritura: «No he perdido a ninguno de los que Me diste.»

A eso Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó e hirió con ella al criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Aquel criado se llamaba Malco. Jesús entonces le dijo a Pedro:

-¡Enfunda otra vez la espada! ¿Es que no voy a beber el cáliz que Me ha asignado el Padre?

Cuando terminaron la última cena, y Jesús acabó de hablar con Sus discípulos y de orar a Su Padre, salieron del aposento alto. Se dirigieron al Huerto de Getsemaní. Saldrían por una cancela, bajarían el empinado valle y cruzarían el canal del arroyo Cedrón. Allí tiene que haber sucedido algo simbólico. Todos los corderos pascuales se mataban en el templo, y su sangre se derramaba sobre el altar como ofrenda a Dios. El número de corderos que se sacrificaban en la Pascua era inmenso. En una ocasión, treinta años después de esta escena, se hizo un censo que dio por resultado el total de 256,000 corderos. Podemos figurarnos cómo estarían de sangre los atrios del templo cuando se echaba toda aquella sangre sobre el altar. Desde este había un canal hasta el torrente Cedrón, y era por donde se drenaba la sangre. Cuando Jesús cruzó el torrente, estaría todavía rojo de la sangre de los corderos que se habían sacrificado; y Él pensaría en Su propio Sacrificio, que habría de consumarse a las pocas horas.

Después de cruzar el canal del Cedrón, llegaron al Monte de los Olivos. En una de sus laderas estaba el Huerto de Getsemaní, que quiere decir «de la almazara», donde se molerían las aceitunas que producían los olivos del monte. Bastantes familias acomodadas tenían allí sus chalés. En la ciudad no había sitio para casas de recreo; y, además, había prohibiciones ceremoniales de usar estiércol en el recinto de la ciudad santa.

Hasta el día de hoy se enseña a los turistas un jardincillo que cuidan amorosamente los franciscanos en el que hay ocho viejos olivos de tal fuste que más parecen rocas que árboles, como decía el famoso viajero de las Tierras de la Biblia H. V. Morton. Su edad se remonta, de seguro, hasta antes de la conquista musulmana de Palestina, y es posible que sean descendientes de los que presenciaron la agonía de Jesús en Getsemaní. De todas maneras, aquellos senderos zigzagueantes fueron los que recorrió Jesús en Sus paseos.

Así es que Jesús fue a aquel huerto. Es probable que algún amigo de Jesús de buena posición Le diera la llave de la cancela y Le permitiera retirarse allí cuando estaba en Jerusalén. Jesús y Sus discípulos solían ir allí en busca de un poco de paz y tranquilidad. Judas sabía que allí podía encontrar a Jesús y sería de lo más fácil perpetrar Su arresto.

Hay algo sorprendente acerca de la fuerza que se movilizó para arrestar a Jesús. Juan dice que era una compañía de soldados, además de algunos agentes de los principales sacerdotes y de los fariseos. Esos agentes pertenecerían a la policía del templo. Las autoridades tenían una especie de cuerpo de policía privada para mantener el orden en el templo, y el sanedrín también tenía guardias a sus ordenes. Los agentes, por tanto, serían policías judíos; pero también había una compañía de soldados Romanos. La palabra es speira, que, si se usa correctamente y estamos en lo cierto, puede tener tres significados. Es la palabra griega para designar la cohorte romana, que solía constar de seiscientos hombres. Si era una cohorte de soldados auxiliares, la speira tendría mil hombres, doscientos cuarenta de los cuales serían de caballería, y los otros setecientos sesenta de infantería. A veces, en raras ocasiones, esta palabra designa un destacamento de hombres que se solía llamar un manípulo («cada una de las treinta unidades tácticas en que se dividía la antigua legión romana», D R.A E.), que estaría formado por doscientos hombres.

Aunque tomemos la palabra en este último sentido, ¡qué expedición se mandó para arrestar a un carpintero galileo desarmado! En los días de la Pascua siempre había soldados extra en Jerusalén, acuartelados en la Torre Antonia que daba al templo, así es que habría hombres disponibles. ¡Qué importancia le daban al poder de Jesús! Cuando las autoridades decidieron arrestarle, mandaron casi un ejército.

Pocas escenas evangélicas nos revelan las cualidades de Jesús tan bien como la de Su arresto en el huerto.

(i) Nos muestra Su valor. En la Pascua había luna llena, y se veía de noche casi como de día, pero los enemigos de Jesús habían venido con teas y antorchas. ¿Por qué? No las necesitaban. Tienen que haber pensado que tal vez tendrían que buscar entre los árboles o por las cuevas del monte. Pero, lejos de esconderse, Jesús les salió al encuentro. «¿A quién estáis buscando?» -les preguntó. «¡A Jesús de Nazaret!» -Le contestaron. Y Jesús a ellos: «¡Yo soy!» El que pensaban que tendrían que buscar entre los árboles y por las cuevas estaba delante de ellos. Aquí tenemos el valor de un Hombre que da la cara. Durante la Guerra Civil española, una ciudad estaba sitiada. Había algunos que se querían rendir; pero surgió un líder que dijo: «Es mejor morir de pie que vivir de rodillas.»

(ii) Nos muestra Su autoridad. Allí estaba un Hombre solo y desarmado. Tenía enfrente centenares de hombres de guerra, armados y equipados. Sin embargo, cara a cara con Él, retrocedieron y cayeron por tierra. Fluía de Jesús una autoridad que Le hacía más fuerte que el poder de los ejércitos.

(iii) Nos muestra que Jesús eligió morir. De nuevo está claro que podría haber conservado la vida si hubiera querido. Podría haber pasado por en medio de ellos y haberse marchado, pero no lo hizo. Hasta ayudó a Sus enemigos a que Le arrestaran. No rehuyó, sino eligió morir.

(iv) Nos muestra Su amor protector. No pensó en Sí mismo, sino en Sus amigos. « Aquí Me tenéis. Yo soy el que buscáis. Así que prendedme a Mí, y dejad que estos se vayan.» Entre las muchas historias inmortales de la Segunda Guerra Mundial resalta la del misionero de Tarrawa, Alfred Sadd. Cuando llegaron los japoneses a su isla, le pusieron en una fila con otros veinte, casi todos soldados de Nueva Zelanda que habían formado parte de la guarnición. Los japoneses pusieron la bandera británica en el suelo y mandaron a Sadd que la pisoteara. Él marchó hacia la bandera y, al llegar, dio media vuelta a la derecha. Le mandaron otra vez que la pisara, y esta vez torció hacia la izquierda. La tercera vez le obligaron a llegar a la bandera, y él cuando llegó, la tomó en sus brazos y la besó. Cuando los japoneses los sacaron a todos para fusilarlos, muchos eran muy jóvenes y tenían miedo, pero Alfred Sadd les dio ánimo. Se pusieron en fila, con él en medio; pero, de pronto, él salió de la fila, se puso delante de los demás y les dirigió palabras de aliento. Cuando terminó, volvió atrás, pero se quedó un poco por delante de los demás, para ser el primero en morir. Alfred Sadd tenía más presentes los problemas de los otros que los suyos. El amor protector de Jesús abrazó a Sus discípulos hasta en Getsemaní.

(v) Nos muestra Su total obediencia. « ¿Es que no voy a beber el cáliz que Me ha asignado el Padre?» Esa era la voluntad de Su Padre, y con eso bastaba. Jesús fue fiel hasta la muerte a Su misión y al Que Le había enviado.

Hay un personaje en esta escena al que tenemos que hacer justicia, y es Pedro. Él, uno solo, desenvainó la espada contra centenares. Muy pronto Pedro había de negar a Su Maestro; pero en aquel momento estaba dispuesto a enfrentarse solo contra centenares por Cristo. Es muy fácil hablar de la cobardía y del fallo de Pedro; pero no debemos olvidar el sublime valor que desplegó en este momento.

JESÚS ANTE ANÁS

Juan 18:12-14, 19-24

La compañía de soldados con su comandante y los agentes de los judíos apresaron a Jesús y, después de atarle, Le llevaron en primer lugar a Anás, que era el suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año. Había sido Caifás el que había aconsejado a los judíos que era mejor que Uno muriera por el pueblo…

EL sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de Sus discípulos y de Su doctrina; y Jesús le contestó:

-Yo le he hablado a todo el mundo de lo más abiertamente, y he enseñado siempre en las sinagogas y en el área del templo donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nunca nada en secreto. ¿Por qué me preguntas a Mí? Pregúntales a los que Me han oído qué es lo que les he dicho. ¡Mira! Ellos saben lo que he dicho.

Cuando dijo eso Jesús, uno de los agentes que estaban vigilando Le dio una bofetada y Le dijo:

-¿Qué manera es esa de hablarle al sumo sacerdote?

-Si he dicho algo inconveniente -le contestó Jesús-, di lo que ha sido. Pero, si he hablado como es debido, ¿por qué me pegas?

Seguidamente, Anás le envió a Jesús atado al sumo sacerdote Caifás.

Para seguir la narración agrupamos aquí los dos pasajes que se refieren a la vista ante Anás, y haremos lo mismo con los otros dos que tratan de la tragedia de Pedro.

Juan es el único de los evangelistas que nos dice que Jesús fue conducido en primer lugar a presencia de Anás. Anás era un personaje célebre. Edersheim escribe de él: «No hay figura de la historia judía de aquel tiempo que nos sea más conocida que la de Anás; ninguna persona era más afortunada o influyente, pero tampoco más vilipendiada, que el ex sumo sacerdote.» Anás era el poder entre bastidores en Jerusalén. Había sido sumo sacerdote entre los años 6 y 15 d C., y cuatro de sus hijos también ocuparon ese puesto, y Caifás, que era su yerno. Ese hecho ya es suficientemente sugestivo y esclarecedor. Había habido un tiempo, cuando los judíos eran libres, en que el puesto de sumo sacerdote era vitalicio; pero, cuando llegaron los procuradores Romanos, se alcanzaba mediante conspiraciones, intrigas, sobornos y corrupción. Se nombraba al mayor sicofanta, al mejor postor, al que consiguiera mantenerse en la cuerda floja con el gobernador romano. El sumo sacerdote era el supercolaboracionista, el que daba facilidades y prestigio y comodidades y poder a los dueños del país, no sólo con sobornos, sino también con estrecha colaboración. La familia de Anás era inmensamente rica, y uno tras otro de sus hijos había alcanzado la cima con sobornos e intrigas, mientras él mismo seguía moviendo todas las marionetas.

Su manera de hacer dinero tampoco era menos objetable. En el Atrio de los Gentiles estaban los puestos de vendedores de animales para los sacrificios, a los que Jesús había echado con cajas destempladas. No eran comerciantes, sino desolladores. Todas las víctimas que se ofrecían en sacrificio en el templo tenían que estar libres de mancha o defecto. Había inspectores que lo comprobaban. Si se traía un animal de fuera del templo, se podía estar seguro de que le encontrarían algún fallo. De esa manera se obligaba al fiel a comprar en el templo la víctima que quisiera ofrecer, que ya habría pasado la revisión y no había peligro de que se la rechazaran. Eso habría sido conveniente y de ayuda si no hubiera sido por una cosa: en el templo todo costaba diez veces más. Todo el negocio era una desvergonzada explotación, y los puestos de venta en el templo se llamaban « El Bazar de Anás», porque eran propiedad de su familia, y la manera en que Anás había amasado su fortuna.

Los mismos judíos odiaban a la familia de Anás. Hay un texto en el Talmud que dice: «¡Ay de la casa de Anás! ¡Ay de su silbido de serpientes! Son sumos sacerdotes; sus hijos son los tesoreros del templo; sus yernos, los guardias del templo, y sus criados arremeten contra los fieles a garrotazos.» Anás y su familia eran célebres.

Ahora podemos entender por qué había dispuesto Anás que le llevaran a Jesús en primer lugar a él: Jesús había atentado contra sus intereses creados, había echado del templo a los vendedores de víctimas y había tocado a Anás en la parte más sensible de su persona, la bolsa. Anás quería ser el primero en regodearse en la captura de aquel perturbador galileo.

La vista ante Anás fue una burla de la justicia. Era uno de los principios de la jurisprudencia judía que no se le podían hacer a un preso preguntas que le pudieran incriminar. Maimónides, el gran judío cordobés que es una autoridad en tantas materias, estableció: «Nuestra auténtica ley no inflige la pena de muerte a ningún culpable por su sola confesión.» Anás violó los principios de la justicia judía cuando interrogó a Jesús. Fue eso precisamente lo que Jesús le recordó. Le dijo: «No Me hagas preguntas a Mí. Házselas a los que Me han oído.» Lo que estaba diciendo era en realidad: «Lleva mi caso como es debido y justo. Examina a tus testigos como es tu derecho y deber. Deja de interrogarme a Mí, que es algo que no tienes derecho a hacer.» Cuando Jesús dijo aquello, uno de los agentes Le dio una bofetada, y Le dijo: «¿Es que vas a enseñarle Tú al sumo sacerdote cómo tiene que conducir un juicio?» Y Jesús le contestó: «Si he dicho o enseñado algo que no es legal, se debe aportar testimonio. No he hecho más que citar la ley. ¿Y me pegas por eso?»

Jesús no tenía la menor esperanza de justicia. Había tocado los intereses creados de Anás y sus colegas, y sabía que estaba condenado antes de ser juzgado. Cuando uno está implicado en un negocio sucio, su único deseo es eliminar a cualquiera que se le oponga. Si no lo puede hacer por las buenas, lo hará por las malas.

HÉROE Y COBARDE

Juan 18:15-18, 25-27

Simón Pedro iba siguiendo a Jesús con otro discípulo. Ese otro era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús al patio de la casa, mientras que Pedro se quedó fuera, a la puerta. El otro discípulo, el que era conocido del sumo sacerdote, salió a hablar con la portera, y metió a Pedro adentro.

La criada que estaba a la puerta le dijo a Pedro:

-Tú no eres uno de los discípulos de Ése, ¿verdad?

-¡Claro que no! -respondió Pedro.

Los criados y los agentes estaban alrededor de un brasero que habían encendido; porque hacía frío, y estaban calentándose. Y Pedro también se puso entre ellos para calentarse…

Simón Pedro estaba de pie, calentándose, cuando le dijeron:

-¡Tú no puedes negar que eres uno de Sus discípulos!

Pero él lo negó, y dijo:

-¡No lo soy!

Uno de los servidores del sumo sacerdote, pariente del otro al que Pedro le había cortado la oreja, dijo:

-¿Es que no te vi yo en el huerto con Él?

Y otra vez Pedro lo negó; y acto seguido cantó el gallo.

Cuando los otros discípulos abandonaron a Jesús y huyeron, Pedro se negó a hacerlo. Siguió a Jesús, aún después del arresto, porque no podía hacer otra cosa. Y así llegó a la casa del sumo sacerdote Caifás en compañía de otro discípulo que tenía acceso a la casa porque era conocido del sumo sacerdote.

Ha habido muchas especulaciones acerca de quién era el otro discípulo. Algunos han dicho que sería simplemente algún discípulo desconocido cuyo nombre no sabremos nunca. Otros le han identificado con Nicodemo o con José de Arimatea, que eran miembros del sanedrín y conocerían bien al sumo sacerdote. Una curiosa sugerencia es quesería Judas Iscariote, que habría estado yendo y viniendo bastante para preparar su traición y ya le conocerían la portera y el mismo sumo sacerdote. Pero lo único que parece descartar esta teoría es que, después de la escena del huerto, la participación de Judas en la traición habría quedado clara, y es increíble que Pedro tuviera el menor contacto con él. El punto de vista tradicional es que el discípulo innominado no era otro que el mismo Juan; y la tradición es tan unánime que es difícil descartarla. La cuestión es, en ese caso, cómo es que el galileo Juan era conocido, y al parecer bastante íntimamente, del sumo sacerdote.

Se han hecho dos sugerencias para explicarlo.

(a) Posteriormente, un cierto Polícrates escribió acerca del Cuarto Evangelio. No dudaba que había sido Juan el que lo había escrito, y que era el discípulo amado; pero dice una cosa muy curiosa acerca de él. Dice que Juan era sacerdote de nacimiento y que llevaba el pétalos, una estrecha banda dorada, o el ziz, con la inscripción «Santidad al Señor», que llevaban los sacerdotes en la frente. En ese caso podría ser que Juan fuera conocido del sumo sacerdote; pero es difícil creer que Juan fuera sacerdote, porque en los evangelios sinópticos se le presenta como pescador galileo.

(b) La segunda explicación es más verosímil. Está claro que el padre de Santiago y de Juan, Zebedeo, tenía un negocio de pesca lo bastante floreciente como para tener empleados Mar_1:20 ). Una de las industrias galileas era la del pescado salado. El pescado fresco era un gran lujo, porque no había manera de transportarlo con los medios de entonces. Por otra parte, el pescado salado era uno de los artículos de alimentación más corrientes. Se ha sugerido que el padre de Juan estaba bien introducido en el negocio del pescado salado, y que era uno de los proveedores de la casa del sumo sacerdote. En ese caso, Juan sería conocido porque a menudo vendría con provisiones. En la leyenda hay algo que confirma esta suposición. H. V. Morton cuenta que, visitando las calles traseras de Jerusalén, encontró un pequeño edificio que era entonces un café árabe. Había en él algunas piedras y arcos que en tiempos habían pertenecido a una iglesia cristiana muy antigua que había estado alojada en la casa de Zebedeo, el padre de Juan. La familia, dicen y creen los franciscanos, eran mercaderes de pescado galileos con una sucursal en Jerusalén que proveía de pescado salado a la casa del sumó sacerdote Caifás, y por eso Juan tenía entrada en aquella casa.

Sean como fueren estas cosas, Pedro fue introducido en el patio de la casa del sumo sacerdote, donde negó por tres veces a su Señor.

Hay aquí un detalle muy interesante. Jesús había dicho que Pedro Le negaría tres veces antes del canto del gallo. Esto es difícil de comprender. Según la ley ritual judía, no estaba permitido tener aves de corral en la santa ciudad, aunque no podemos estar seguros de que se cumpliera esa ley. Pero los Romanos tenían una cierta práctica militar: la noche se dividía en cuatro vigilias -de 6 a 9, de 9 a 12, de 12 a 3 y de 3 a 6. Después de la tercera vigilia, el cambio de la guardia se anunciaba con un toque de trompeta a las 3 que se llamaba en latín gallicinium y en griego alektorofónia, que quieren decir las dos el canto del gallo. Puede que lo que le dijo Jesús a Pedro fuera: «Antes que suene el toque de trompeta del canto del gallo Me habrás negado tres veces.» Todos los residentes de Jerusalén conocerían ese toque de trompeta de las 3 de la madrugada. Cuando sonó por toda la ciudad, Pedro se acordó.

Así es que Pedro, en el patio de la casa del sumo sacerdote, negó a su Señor. No ha habido nadie que haya sido tan cruelmente tratado como Pedro por comentaristas y predicadores. En lo que siempre se hace hincapié es en su fracaso y vergüenza. Pero hay otras cosas que debemos recordar.

(i) Debemos recordar que todos los demás discípulos excepto Juan, si era él el discípulo anónimo, abandonaron a Jesús y huyeron. Pero pensad en lo que hizo Pedro: sólo él desenvainó la espada en notoria desventaja en el huerto, y sólo él siguió a Jesús, aunque fuera sin ser reconocido, a ver lo que sucedía. Lo primero que debemos recordar de Pedro no es su fracaso, sino el valor que le mantuvo lo más cerca posible de Jesús cuando los demás habían huido. Su fracaso sólo le podía ocurrir a una persona de valor superlativo. Cierto que falló; pero en una situación que ninguno de los otros discípulos se atrevió a arrostrar ni de lejos. Falló, no por ser un cobarde, sino por ser un valiente.

(ii) Debemos recordar lo mucho que Pedro amaba a Jesús. Los otros habían abandonado a Jesús; sólo Pedro se mantuvo lo más cerca posible. Amaba tanto a Jesús que no podía separarse de Él. Cierto que falló; pero falló en circunstancias que sólo uno que amara entrañablemente tendría que arrostrar.

(iii) Debemos recordar hasta qué punto Pedro se redimió a sí mismo. Las cosas no le podían haber resultado fáciles. La historia de su negación correría maliciosamente de boca en boca. Puede que la gente, como cuenta la leyenda, imitaran a su paso el canto del gallo. Pero Pedro tenía la constancia y el coraje necesarios para redimirse, para empezar desde el fracaso y llegar hasta la victoria.

La clave del asunto es que fue el auténtico Pedro el que hizo protestas de lealtad en el aposento alto; fue el auténtico Pedro el que desenvainó su solitaria espada en el huerto a la luz de la luna; fue el auténtico Pedro el que siguió a Jesús, porque no podía dejar que se Le llevaran solo; no fue el auténtico Pedro el que se quebró ante la tensión y negó a su Señor. Y eso era lo que sólo Jesús podía ver. Lo tremendo de Jesús es que, por debajo de todos nuestros fallos, Él ve a la persona auténtica. Él comprende. Él nos ama, no por lo que somos, sino por lo que tenemos posibilidad de llegar a ser. El amor perdonador de Jesús es tan grande que ve nuestra personalidad auténtica, no en nuestros fracasos, sino en nuestra lealtad; no en nuestras caídas, sino en nuestro esfuerzo por alcanzar la bondad, aun cuando seamos vencidos.

JESÚS Y PILATO

Juan 18:28-19:16

Luego llevaron a Jesús de Caifás al cuartel general del gobernador. Era de madrugada, y ellos mismos no entraron en el edificio para no contaminarse; querían evitar el contagio de cosas inmundas porque estaban manteniendo la pureza ritual para poder comer la pascua.

Así es que Pilato salió a recibirlos y les dijo:

-¿Qué acusación traéis contra este hombre?

-Si no fuera un criminal no te Le entregaríamos -le contestaron; y él les dijo:

-Lleváosle vosotros, y juzgadle según vuestras leyes.

Los judíos le dijeron a Pilato:

A nosotros no se nos permite ajusticiar a nadie.

Eso era el cumplimiento de lo que había dicho Jesús dando a entender cómo iba a morir.

Entonces Pilato volvió a entrar a su cuartel general, llamó a Jesús y Le preguntó:

-¿Eres Tú el «Rey de los Judíos»?

-¿Dices eso -le preguntó a Su vez Jesús- porque lo has descubierto por ti mismo, o porque te lo han dicho otros de Mí?

-¿Es que soy yo judío? -siguió diciendo Pilato-. Tus propios compatriotas y los principales sacerdotes son los que Te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?

-Mi Reino -le contestó Jesús- no es de este mundo. Si lo fuera, mis súbditos habrían peleado para impedir que fuera entregado a los judíos. Eso prueba que mi Reino no tiene aquí su base.

-¿Entonces, eres Rey? -le preguntó Pilato.

-Tú eres el que dices que Yo soy Rey -le contestó Jesús-. Para lo que fue necesario que Yo naciera y viniera a este mundo fue para dar testimonio de la verdad. Todos los que están de parte de la verdad Me escuchan.

-¡Y qué es la verdad! -le respondió Pilato.

E inmediatamente salió otra vez adonde estaba los judíos y les dijo:

-Yo no Le encuentro ningún delito. Tenéis costumbre de que os suelte a uno para la Pascua. ¿Queréis que os suelte al «Rey de los Judíos»?

-¡No a Éste -se pusieron a gritar-, sino a Barrabás!

Barrabás era un bandolero.

Entonces Pilato se hizo cargo de Jesús y mandó que Le azotaran. Los soldados trenzaron una corona de espinas, y Se la pusieron en la cabeza; y Le pusieron una túnica púrpura, y se pusieron a acercársele diciendo:

-¡Salve, «Rey de los Judíos»!

Y se liaron a darle de bofetadas.

Pilato salió otra vez a decirles:

-¡Mirad! Os Le vuelvo a sacar porque quiero que sepáis que yo no Le encuentro ningún delito.

Y entonces salió Jesús, con la corona de espinas y la túnica púrpura puestas. Y Pilato les dijo:

-¡Ahí tenéis al Hombre!

Pero, cuando Le vieron los principales sacerdotes y los agentes, se pusieron a gritar:

-¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

-¡Lleváosle vosotros y crúcifccadle! ¡A mí no me parece culpable de nada!

-Nosotros tenemos una ley según la cual debe morir, porque pretende ser Hijo de Dios -le contestaron los judíos; y Pilato todavía se alarmó más cuando lo oyó. Entonces volvió a entrar en su cuartel general.

-¿De dónde eres? -Le preguntó a Jesús.

Jesús no le contestó. Pilato entonces Le dijo:

-¿Te niegas a responderme? ¿Es que no sabes que tengo autoridad para soltarte o para crucificarte?

Jesús entonces le respondió:

-No tendrías absolutamente ninguna autoridad sobre Mí si no se te hubiera dado de Arriba. Por eso, el que Me entregó a ti es culpable de un mayor pecado.

Desde ese momento Pilato trató de dejarle en libertad por todos los medios; pero los judíos no dejaban de gritar:

-¡Si sueltas a Éste, no eres amigo del César! ¡Cualquiera que se proclama rey se pone en contra del César!

Al oír eso, volvió a sacar a Jesús, y se sentó en el sillón de juez en el lugar que se llama el Enlosado (en hebreo, Gabatá). Era la víspera de la Pascua, como al mediodía. Y Pilato les dijo a los judíos:

-¡Aquí tenéis a vuestro «Rey»!

-¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale! -siguieron gritando.

-¿Queréis que crucifique a vuestro «Rey»? -dijo Pilato.

Y los principales sacerdotes contestaron:

-¡No tenemos más rey que el César!

Entonces Pilato entregó a Jesús para que Le crucificaran.

Este es el relato más dramático del juicio de Jesús que tenemos en el Nuevo Testamento, y el dividirlo en pequeñas secciones habría sido perder el drama. Tiene que leerse en conjunto; pero requerirá después varios días el estudiarlo. El drama de este pasaje viene dado por el choque y la interacción de las personalidades. Por tanto, será mejor estudiarlo, no sección por sección, sino siguiendo a los personajes que intervienen en él.

Empezaremos por los judíos. En el tiempo de Jesús los judíos estaban sometidos a los Romanos, que les concedían una cierta medida de autogobierno pero no les permitían dictar ni ejecutar sentencias de muerte. El ius gladii, como se llamaba en latín, el derecho de la espada, era atribución exclusiva de los Romanos.

EL Talmud, la gran enciclopedia tradicional del judaísmo, informa: «Cuarenta años antes de la destrucción del templo, se privó a Israel del derecho a juzgar en materias de vida o muerte.» El primer gobernador romano de Palestina se llamaba Coponio, y Josefo, refiriéndose a su nombramiento como gobernador, dice que fue enviado como procurador «haciendo que el poder de vida o muerte estuviera en manos del César» (Josefo, La guerra de los judíos, 2, 8, 1). Josefo habla también de un cierto sacerdote llamado Anano, que decidió ejecutar a algunos de sus enemigos. Los judíos más prudentes protestaron contra aquella sentencia sobre la base de que no tenía derecho ni a dictarla ni a ejecutarla. A Anano no se le permitió llevar a cabo su decisión, y fue depuesto de su cargo por sólo haber pensado hacer aquello (Josefo, Antigüedades de los judíos, 20, 9, 1). Es verdad que algunas veces, como en el caso de Esteban, los judíos se tomaban la ley en sus propias manos; pero, legalmente, no tenían derecho a infligir la pena capital. Por eso tuvieron que traer a Jesús a Pilato, para que Le condenara legalmente a muerte y Le mandara crucificar.

Si los judíos hubieran podido ejecutar la sentencia de muerte, habría sido mediante lapidación. La Ley establecía: «El que blasfemare el nombre del Señor, ha de ser muerto; toda la congregación le apedreará» (Lev_24:16 ). En ese caso, los testigos cuya palabra había probado el crimen tenían que tirar las primeras piedras: «La mano de los testigos caerá primero sobre él para matarle, y después la mano de todo el pueblo» (Deu_17:7 ). Ese es el detalle del versículo 32, que dice que todo aquello estaba pasando así para que se cumpliera lo que había dicho Jesús refiriéndose a la clase de muerte que habría de sufrir. Había dicho que, cuando fuera elevado, es decir, crucificado, atraería a Sí a toda la humanidad (Joh_12:32 ). Si había de cumplirse la profecía de Jesús, tenía que ser crucificado, no apedreado; y por tanto, aun aparte del hecho de que la ley romana no permitía que los judíos ejecutaran la sentencia de muerte, Jesús tenía que recibir la muerte romana, porque tenía que ser elevado.

Los judíos, de principio a fin, estaban procurando* usar a Pilato para sus fines. No podían matar a Jesús por sí mismos, así es que determinaron que los Romanos les hicieran ese servicio.

JESÚS Y PILATO

Juan 18:28 – 19:16 (continuación)

Pero aún quedan otras cosas interesantes acerca de los judíos.

(i) Empezaron por odiar a Jesús, pero acabaron en una histeria de odio, aullando como lobos y con los rostros contorsionados por la amargura: «¡Crucifícale, crucifícale!» Por último alcanzaron tal locura de odio que eran impermeables a todo razonamiento, y a la piedad, y hasta a los más elementales derechos humanos. Nada de este mundo deforma el juicio tanto como el odio. Una vez que una persona sucumbe al odio, ya no puede pensar ni ver ni escuchar nada sin distorsiones. El odio es una cosa terrible porque trastorna los sentidos y el sentido y el sentimiento.

(ii) El odio de los judíos les hizo perder todo sentido de proporción. Estaban tan pendientes de la pureza ceremonial y ritual que se negaban a entrar en el cuartel general de Pilato; y sin embargo estaban haciendo todo lo posible para crucificar al Hijo de Dios. Para comer la pascua, un judío tenía que estar ceremonialmente limpio. Ahora bien: si hubieran entrado en el cuartel general de Pilato, habrían contraído impureza en dos sentidos.

(a) Primero, la ley de los escribas decía: «Las moradas de los gentiles son inmundas.»

(b) Segundo, la Pascua era la fiesta de los panes sin levadura. Una parte de la preparación para la Pascua consistía en una búsqueda y limpieza ceremoniosa de todo resto de levadura o de pan leudado por todos los rincones de la casa, porque era el símbolo de la maldad. Entrar en el cuartel general de Pilato habría supuesto entrar en un lugar en el que no se habría hecho eso ni se mantendría esa limpieza, así que habría restos de levadura; y el entrar en un lugar así cuando se estaban preparando para comer la pascua era arriesgarse a quedar contaminados. Pero, aunque los judíos hubieran entrado en una casa gentil en la que hubiera levadura, el contagio les habría durado sólo hasta la tarde, y entonces habrían tenido que darse un baño ceremonial para quedar limpios otra vez.

Fijaos lo que estaban haciendo los judíos: estaban cumpliendo meticulosamente los detalles de la ley ceremonial y, al mismo tiempo, estaban empujando hacia la Cruz al Hijo de Dios. Eso es algo de lo que somos capaces los humanos. Muchos miembros de iglesia hacen un mundo de fruslerías, pero quebrantan la ley del amor, y del perdón, y del servicio todos los días. Hasta hay muchas iglesias en las que los detalles de las vestiduras, los tapetes, los candelabros y los adornos están relucientes, pero el espíritu de amor y la verdadera comunión no brillan más que por su ausencia. Entre las cosas más trágicas del mundo está cómo se pueden perder el sentido de la proporción y la habilidad de poner lo primero en primer lugar.

(ii) Los judíos no dudaban en tergiversar sus acusaciones a Jesús. En su interrogatorio privado ya habían llegado a la conclusión, si es que no habían partido ya de ella, de que Jesús era culpable de blasfemia (Mat_26:65 ). Sabían muy bien que Pilato no tomaría en consideración una acusación así, y que diría que sus disputas religiosas se las podían resolver solos sin molestarle a él. A sí que los cargos que presentaron los judíos contra Jesús fueron de rebelión y de insurrección política. Acusaron a Jesús de querer proclamarse rey, aunque sabían muy bien que aquello era una mentira. El odio es una cosa terrible, y no duda en tergiversar la verdad.

(iv) Para lograr la muerte de Jesús, los judíos negaron todos sus principios. Llegaron hasta el colmo cuando dijeron: « ¡No tenemos más rey que el César!» Samuel le había dicho al pueblo de Israel que Dios era su único Rey (1Sa_12:12 ). Cuando le ofrecieron la corona a Gedeón, contestó: «Ni yo seré el que os gobierne, ni mi hijo; el Señor será el único que os gobernará» (Jdg_8:23 ). Cuando los Romanos llegaron por primera vez a Palestina, tomaron un censo para organizar los impuestos que tendrían que pagar como pueblo sometido; y se produjo la rebelión más sangrienta, porque los judíos insistían en que Dios era su único Rey, y a Él sería al único que pagarían tributo.

Cuando el líder judío proclamó ante Pilato: «¡No tenemos más rey que el César!» fue la más alucinante volte face de la Historia. El solo oírlo debe de haber dejado a Pilato sin aliento, y seguramente se los quedaría mirando medio alucinado y medio divertido. Los judíos estaban dispuestos a renegar de todos sus principios con tal de eliminar a Jesús.

Es un cuadro horrible. El odio de los judíos los convirtió en una enloquecida chusma de fanáticos y frenéticos vociferadores y frenéticos. En su odio olvidaron toda misericordia, todo sentido de proporción, toda justicia, todos sus principios, hasta a Dios. Nunca en toda la Historia de la humanidad se mostró más claramente la locura del odio.

Ahora nos volvemos hacia la segunda personalidad de esta historia: Pilato. Durante todo el juicio su conducta es, por decir lo menos, incomprensible. Está suficientemente claro, no podía estarlo más, que Pilato sabía que las acusaciones de los judíos eran una serie de mentiras, y que Jesús era totalmente inocente. Le dejó profundamente impresionado, y no quería condenarle a muerte -y, sin embargo, eso fue lo que hizo. En primer lugar trató de sacudirse aquel caso; luego, intentó dejar en libertad a Jesús sobre la base de que se solía soltar a un preso para la Pascua; y después, trató de satisfacer el deseo de venganza de los judíos mandando azotar a Jesús; por último, hizo una última apelación. Pero el caso es que rehusó en absoluto mantenerse firme y decirles a los judíos que no quería saber nada de sus asesinas maquinaciones. Nunca podremos empezar a entender a Pilato a menos que conozcamos su historia, que podemos reconstruir en parte por los escritos de Josefo y en parte por los de Filón.

Para entender el papel que representó Pilato en este drama tenemos que retroceder considerablemente en el tiempo. Para empezar, ¿qué pintaba un gobernador romano en Judasa?

El año 4 a C. murió Herodes el Grande, que había reinado sobre toda Palestina. A pesar de sus muchas faltas fue, en muchos sentidos, un buen rey, y consiguió llevarse bien con los Romanos. En su testamento dividió su reino entre tres de sus hijos, dejando a Antipas Galilea y Perea; a Felipe Batanea, Auranitis y Traconitis, las salvajes y casi despobladas regiones del Nordeste, y a Arquelao, que entonces no tenía más que dieciocho años, Idumea, Judasa y Samaria. Los Romanos aprobaron y ratificaron esta división.

Antipas y Felipe gobernaron pacíficamente y bien; pero Arquelao gobernó con tales extorsiones y tiranía que los mismos judíos pidieron a Roma que le quitara y les mandara un gobernador. Lo más probable es que esperaran que se los incorporara a la gran provincia de Siria; y, si hubiera sido así, la provincia era tan extensa que se les habría permitido seguir más o menos como estaban. Todas las provincias romanas se dividían en dos clases: las que requerían tropas estacionadas estaban bajo el control directo del emperador y eran provincias imperiales; y las que no requerían tropas y eran pacíficas y fáciles de gobernar dependían directamente del senado y se llamaban provincias senatoriales.

Palestina era, sin duda, una tierra conflictiva; necesitaba tropas, y por tanto estaba bajo el control directo del emperador. Las provincias realmente grandes las gobernaba un proconsul o un legado, como en el caso de Siria; las más pequeñas, o de segunda clase, las gobernaba un procurador, que tenía a su cargo la administración militar y judicial de la provincia. Visitaba todos los lugares de la provincia por lo menos una vez al año, y escuchaba los casos y las queSantiago Supervisaba el cobro de los impuestos, pero no tenía autoridad para aumentarlos. Cobraba del tesoro, y tenía estrictamente prohibido aceptar ya fueran regalos o sobornos; y, si se excedía en el cumplimiento de sus deberes, los habitantes de su provincia tenían derecho a informar al emperador.

Fue un procurador el que nombró Augusto para llevar los asuntos de Palestina, y el primero se instaló en el año 6 d C. Pilato fue instalado en el año 26 d C., y siguió en el puesto hasta el año 35 d C. Palestina era una provincia peliaguda, que requería una mano firme y sabia. No conocemos la historia anterior de Pilato, pero suponemos que tendría reputación de buen administrador para ser elegido para la posición responsable de gobernador de Palestina. Había que mantenerla en orden; porque, como se ve por una simple ojeada al mapa, era el puente entre Egipto y Siria.

Pero Pilato fue un fracaso como gobernador. Pareció empezar con un desprecio olímpico y una total falta de simpatía hacia los judíos. Tres famosos, o infames, incidentes marcaron su carrera.

El primero tuvo lugar en su primera visita a Jerusalén. Jerusalén no era la capital de la provincia, sino Cesarea, donde estaban la sede del gobierno y el cuartel general; pero el procurador visitaba Jerusalén con frecuencia y, cuando lo hacía, se quedaba en el antiguo palacio de Herodes en la parte Oeste de la ciudad. Cuando venía a Jerusalén, siempre se traía un destacamento de soldados, que tenían sus banderas, en la parte más alta de las cuales había un pequeño busto de metal del emperador del momento. Al emperador se le consideraba un dios; y, para los judíos, aquel pequeño busto de las banderas era la imagen de un ídolo.

Todos los gobernadores Romanos anteriores, por respeto a los escrúpulos religiosos de los judíos, habían quitado los bustos antes de entrar en Jerusalén; pero Pilato se negó. Los judíos se lo pidieron insistentemente. Pilato se mantuvo firme en la negativa; no iba a ser indulgente con las supersticiones de los judíos. Se volvió a Cesarea. Los judíos le siguieron durante cinco días. Eran humildes, pero insistentes en sus peticiones. Por último, Pilato les dijo que los recibiría en el anfiteatro. Los rodeó de soldados armados, y los informó de que, si no retiraban sus peticiones, los mataría allí inmediatamente. Los judíos descubrieron los cuellos e invitaron a los soldados a matarlos. Ni aun Pilato podía masacrar a hombres indefensos. Se dio por vencido y se vio obligado a quitar las imágenes de las banderas en lo sucesivo. Así empezó Pilato, y fue un mal principio.

El segundo incidente fue el siguiente. El servicio de agua era insuficiente en Jerusalén. Pilato decidió construir un nuevo acueducto. ¿De dónde podía sacar el dinero? Saqueó el tesoro del templo, que era riquísimo. No es probable que se incautara del dinero de los sacrificios y demás servicios del templo. Lo más probable es que tomara el dinero que se llamaba korbán, que procedía de fuentes que hacían imposible el que se usara para fines sagrados. El acueducto era una primera necesidad; se trataba de un proyecto grande y digno; el servicio de agua mejoraría considerablemente; incluso el funcionamiento del templo, que necesitaba limpiar los restos de tantos sacrificios.

Pero el pueblo se lo tomó a mal; hubo levantamientos en todas las calles. Pilato hizo que sus soldados se mezclaran con la multitud vestidos de paisanos, con las armas escondidas y, a una señal convenida, atacaron al gentío y se liaron a palos y a puñaladas con la gente, matando a muchos. Una vez más Pilato puso en contra suya a todo el pueblo, y estuvo en peligro de que le denunciaran al emperador.

El tercer episodio aún resultó peor para Pilato que los anteriores. Como ya hemos visto, cuando estaba en Jerusalén se alojaba en el antiguo palacio de Herodes. Mandó hacer algunos escudos con el nombre del emperador Tiberio, que eran los que se llamaban escudos votivos, es decir, dedicados a la memoria y en honor del emperador. Ahora bien: el emperador era considerado por los Romanos como un dios, así que ahí estaba el nombre de un dios extraño inscrito y desplegado para que se le dieran honores en la santa ciudad. La gente se enfureció; los más nobles, hasta sus más íntimos colaboradores judíos, le pidieron a Pilato que los quitara, pero se negó. Esta vez los judíos le denunciaron al emperador Tiberio, lo que le costó a Pilato el puesto.

Hace al caso cómo terminó Pilato. Este último incidente sucedió después de la crucifixión de Jesús, en el año 35 d C. Hubo una revuelta en Samaria. No fue nada muy serio, peto Pilato lo aplastó con una crueldad feroz y con abundancia de ejecuciones. Los samaritanos estaban considerados como leales súbditos de Roma, e intervino el legado de Siria. Tiberio mandó llamar a Roma a Pilato; pero, cuando estaba de camino, murió Tiberio. Por lo que sabemos, Pilato nunca se presentó a juicio; y, desde ese momento, desaparece de la historia.

Está claro por qué Pilato actuó en el juicio de Jesús de aquella manera. Los judíos le chantajearon para que crucificara a Jesús. Le dijeron: «¡Tú no eres amigo del césar si sueltas a este Hombre!» Lo que equivalía a decirle: «Tu hoja de servicio no está muy limpia; ya te hemos denunciado una vez; si no nos haces caso, informaremos otra vez al emperador y te costará el puesto.» Aquel día en Jerusalén, el pasado de Pilato le alcanzó y desafió. Le chantajearon para que consintiera en la muerte de Cristo porque sus errores anteriores le habían colocado en una posición de inferioridad, imposibilitándole para enfrentarse con los judíos y mantener su puesto. Casi no se puede evitar el sentir pena por él. Quería hacer justicia, pero no tuvo valor para enfrentarse con los judíos. Mandó crucificar a Jesús para conservar su posición.

Hemos visto la historia de Pilato; veamos ahora su comportamiento durante el proceso de Jesús. Pilato no quería condenar a Jesús, porque sabía que era inocente; pero se vio enredado en la maraña de su pasado.

(i) Pilato empezó tratando de echarle encima la responsabilidad a alguna otra persona. Les dijo a los judíos: «Llevaos a este Hombre y juzgadle según vuestras leyes.» Trató de evadir la responsabilidad de encararse con Jesús; pero eso es precisamente lo que nadie puede hacer. Nadie puede tratar con Jesús por nosotros; es algo que tenemos que hacer personalmente cada uno por sí mismo.

(ii) Pilato pasó a tratar de encontrar la salida del embrollo en que se encontraba. Propuso resolver la cuestión de Jesús aplicándole la costumbre de soltar a un preso para la Pascua. De esa manera se libraría de tratar directamente con Jesús; pero, digámoslo otra vez, precisamente eso es lo que nadie puede hacer. No hay escape de una decisión personal con respecto a Jesús; tenemos que decidir cada uno lo que vamos a hacer con Él, si rechazarle o aceptarle.

(iii) Pilato entonces pasó a ver la manera de hacer una decisión final. Mandó que le dieran una paliza a Jesús. Sin duda pensaba que aquello satisfaría, o al menos reduciría la virulencia de la hostilidad judía. Pensó que así se evitaría el dictar sentencia de crucifixión. Pero, otra vez, eso es lo que no se puede hacer con Jesús. Nadie puede llegar a un compromiso con Jesús; no se puede servir a dos señores. O estamos por Jesús, o en contra de Él.

(iv) Pilato entonces pasó a intentar apelar a los sentimientos: hizo que sacaran a Jesús, destrozado por la paliza, para que la gente Le viera. Y les preguntó a los manifestantes: «¿Queréis que crucifique a vuestro «Rey» ?» Trataba de inclinar la balanza apelando a la emoción y a la piedad. Pero nadie puede esperar que el apelar a otros le ahorre el tener que hacer su propia decisión personal; era a Pilato al que correspondía hacer aquella decisión. Nadie puede evitar su propio veredicto personal y su propia decisión personal sobre Jesús.

Por último, Pilato reconoció su derrota. Entregó a Jesús a la voluntad de la chusma porque no tuvo valor para hacer la decisión justa y asumir su responsabilidad.

Pero aún quedan facetas laterales del carácter de Pilato.

(i) Hay una insinuación de una actitud inveterada de desprecio en Pilato. Le preguntó a Jesús si era verdad que era Rey. Jesús le contestó preguntándole a Su vez si Se lo preguntaba sobre la base de lo que él mismo había descubierto, o por la información indirecta que hubiera recibido. La respuesta de Pilato fue: «¿Es que soy yo judío? ¿Cómo puedes esperar que yo sepa nada de las cuestiones judías?» En resumidas cuentas: que era demasiado orgulloso para involucrarse en lo que consideraba disputas y supersticiones judías. Y ese orgullo era precisamente lo que le hacía ser un mal gobernador. Nadie puede gobernar a un pueblo negándose a hacer el menor esfuerzo por comprenderlo y por penetrar en sus pensamientos y sentimientos.

(ii) Hay una especie de curiosidad supersticiosa en Pilato. Quería saber de dónde procedía Jesús -y se refería, sin duda, a algo distinto de Su lugar de nacimiento. Cuando oyó decir a los judíos que Jesús pretendía ser el Hijo de Dios, aún se sintió más inquieto, temiendo que aquello pudiera encerrar algún misterio. Pilato era supersticioso, que es lo que es mucha gente que presume de ser, o de no ser, religiosa. Tenía miedo de llegar a una decisión a favor de Jesús a causa de los judíos; pero también tenía miedo de hacer ninguna decisión en contra de Él porque tenía la vaga sospecha de que Dios pudiera estar de alguna manera en aquel asunto.

(iii) Pero había un anhelo indecible en el corazón de Pilato. Cuando Jesús le dijo que había venido para dar testimonio de la verdad, la respuesta, o más bien pregunta, de Pilato fue: «¿Y dónde está la verdad?» Hay muchas maneras de hacer esa pregunta. Puede hacerse con cinismo y como en broma. Bacon inmortalizó la respuesta de Pilato cuando escribió: «¿Qué es la verdad?, preguntó en broma Pilato; y no esperó la respuesta.» Pero no fue con cinismo como Pilato hizo la pregunta; ni como si no le importara. Aquí estaba el punto débil de su armadura. Lo preguntó anhelante y fatigosamente.

Pilato, según el estándar del mundo, era un hombre con éxito. Había llegado casi a la cima de su escalafón diplomático; era gobernador de toda una provincia; pero había algo que echaba de menos. Allí, en presencia de aquel sencillo, inquietante, odiado Galileo, Pilato se dio cuenta de que la verdad seguía siendo un misterio para él… y se había metido en una situación en la que ya no tenía esperanza de descubrirla. Puede que bromeara; pero era la última broma de un desesperado. Philip Gibbs habla en algún lugar de haber escuchado un debate entre T. S. Eliot, Margaret lrwin, C. Day Lewis y otras personalidades distinguidas sobre el tema: «¿Vale la pena vivir esta vida?» «Es verdad que bromeaban -dijo-, pero bromeaban como si fueran juglares llamando a las puertas de la muerte.»

Así era Pilato. En su vida apareció Jesús, y de pronto se dio cuenta de lo que había estado perdiéndose. Aquel día podría haber encontrado todo lo que se había perdido; pero no tuvo el coraje de desafiar al mundo a pesar de su pasado, y ponerse al lado de Cristo y de un futuro que sería glorioso.

Hemos considerado el cuadro de la multitud en el juicio de Jesús y hemos pensado en la figura de Pilato. Ahora debemos concentrar nuestra atención en el Personaje central del drama: Jesús mismo.

Juan nos traza Su semblanza con una serie de pinceladas magistrales en las que sugiere más de lo que describe.

(i) Lo primero y principal es que no se puede leer esta historia sin percibir la absoluta majestad de Jesús. No hay nada que Le coloque en tela de juicio. Cuando alguien se enfrenta con Él, no es Jesús el que recibe el veredicto, sino la otra persona. Puede que Pilato tratara muchas cosas judías con desprecio arrogante, pero no a Jesús. No podemos por menos de tener la impresión de que es Jesús el Que está en control, y Pilato el que no sabe por dónde tirar y se debate en una situación que no puede controlar ni comprender. La majestad de Jesús nunca brilló más gloriosamente que cuando se presentó a juicio ante la humanidad.

(ii) Jesús nos habla con absoluta claridad acerca de Su Reino. No es, nos dice, de esta Tierra. El ambiente de Jerusalén era siempre explosivo, y durante la Pascua era pura dinamita. Los Romanos lo sabían muy bien, y en el tiempo de la Pascua destacaban más tropa a Jerusalén. Pero Pilato nunca tenía más de tres mil hombres a su mando. Algunos estarían en Cesarea, su cuartel general; otros, en la guarnición de Samaria; no es probable que hubiera más que unos pocos centenares de servicio en Jerusalén. Si Jesús hubiera querido enarbolar la bandera de la rebelión y entablar batalla, podría haberlo hecho con la máxima facilidad. Pero deja bien claras Sus credenciales regias, e igualmente claro que Su Reino no se basa en la fuerza, sino que se establece en los corazones. Nunca habría negado Jesús que se proponía la conquista; pero era la conquista del amor.

(iii) Jesús nos dice para qué había venido al mundo: para dar testimonio de la verdad, para decirle a la humanidad la verdad acerca de Dios, acerca de sí misma y acerca de la vida. Los días de las conjeturas, de las medias verdades y del andar a tientas se habían terminado. Jesús vino a decirnos la verdad. Esa es una de las grandes razones por las que no tenemos más remedio que aceptar o rechazar a Cristo. No hay término medio en relación con la verdad. O la aceptamos, o la rechazamos; y Cristo es la verdad.

(iv) Vemos el ánimo valeroso de Jesús. Pilato mandó que Le azotaran. Eso se hacía atando al reo a una columna dejándole la espalda totalmente expuesta. El látigo era una correa larga con trozos de plomo o huesos puntiagudos incrustados. Literalmente reducía la espalda de la persona a tiras. Pocos eran los que se mantenían conscientes durante el suplicio; algunos morían, y otros se volvían locos. Jesús lo soportó. Y después, Pilato Le sacó a la vista de la multitud y dijo: « ¡Ahí tenéis a vuestro Hombre!»

Aquí tenemos uno de los dobles sentidos característicos de Juan. Debe de haber sido la primera intención de Pilato el despertar la piedad de los judíos. «¡Fijaos! ¡Mirad a este pobre hombre destrozado y sangrante! ¡Mirad esta ruina humana! ¿Es que todavía podéis querer seguir acechándole y arrastrándole a una muerte completamente innecesaria?» Pero casi podemos escuchar el cambio en el tono de su voz al decirlo, y contemplar la admiración que amanece en su mirada. En vez de decirlo medio despectivamente para despertar la lástima, le sale como una admiración incontenible. La palabra que usó Pilato fue ho ánthrópos, que es la que se usaba corrientemente refiriéndose a un ser humano; pero no mucho después la usarían los pensadores griegos para designar al hombre celestial, el hombre ideal, el dechado de la humanidad. Siempre será verdad que, aunque digamos o dejemos de decir otras muchas cosas acerca de Jesús, Su heroísmo integral no tiene paralelo. Aquí tenemos, sin duda, a un Hombre.

(v) Una vez más vemos aquí en el juicio de Jesús Su aceptación voluntaria de la Cruz y el supremo control de Dios. Pilato Le advirtió a Jesús que tenía poder para soltarle y para crucificarle. Jesús le contestó que él, Pilato, no tenía absolutamente ningún poder, excepto el que Dios mismo le había dado. La Crucifixión nunca, de principio a fin, se nos presenta como la historia de un hombre que se encuentra enredado en una maraña inexorable de circunstancias sobre las que no tiene absolutamente ningún control; nunca se nos presenta como la historia de un hombre conducido a la muerte, sino como la de un Hombre cuyos últimos días fueron una marcha triunfal hacia la meta de la Cruz.

(vi) Y aquí tenemos también la escena terrible del silencio de Jesús. Hubo un momento en el que no tuvo respuesta que darle a Pilato. Hubo otros momentos en los que Jesús guardó silencio. Estuvo callado ante el sumo sacerdote Mat_26:63; Mar_14:61 ), y también ante Herodes Luk_23:9 ). Guardó silencio cuando las autoridades judías presentaron los cargos que tenían contra Él ante Pilato Mat_27:14; Mar_15:5 ). Algunas veces tenemos la experiencia, cuando estamos hablando con otras personas, de que hemos llegado a un punto en el que no se puede seguir razonando ni discutiendo, porque no hay terreno común entre nosotros y nuestros interlocutores. Es como si habláramos distintos idiomas. Eso sucede cuando las personas hablan de hecho distintos idiomas mentales y espirituales. Es un día terrible cuando Jesús guarda silencio con una persona. No puede haber nada más terrible para una mente humana que el estar tan cerrada por el orgullo o la propia voluntad que no hay nada que le pueda decir Jesús que pueda tener sentido o suponer ninguna diferencia.

(vii) Por último, es posible que tengamos aquí otro ejemplo magnífico de la ironía dramática de Juan.

La escena llega a su fin cuando se nos dice que Pilato sacó a Jesús; como lo hemos traducido y lo expresa la versión ReinaValera, Pilato salió al lugar que se llamaba el Pavimento de Gabatá -que puede querer decir un suelo de mosaico de mármol- y se sentó en el sillón del juez. Esto era el béma, en el que se sentaba el magistrado para pronunciar la sentencia definitiva. El verbo para sentarse es kathizein, que puede ser transitivo o intransitivo; es decir, sentarse uno mismo o sentar a otro. Es posible que quiera decir que Pilato, en un último gesto burlesco, sacó a Jesús vestido de aquella túnica púrpura y con la corona de espinas en la frente, todo cubierto de sangre, y Le sentó en el sillón del juez, diciendo a continuación con un gesto y tono irónicos: «¿Cómo voy a crucificar a vuestro «Rey»?» El evangelio apócrifo de Pedro dice que, para burlarse, sentaron a Jesús en el sillón del juez y Le dijeron: «¡Haz justicia, Rey de Israel!» Justino Mártir también dice que «sentaron a Jesús en el sillón del juez, y dijeron: «Da la sentencia por nosotros.»» Puede ser que Pilato, en burla, hiciera a Jesús representar el papel del juez. Si fue así, ¡qué tremenda ironía dramática había en aquella escena! Lo que se presentó en burla es en realidad la verdad; y un día, los que caricaturizaron a Jesús como juez se presentarán ante Él como el Juez -y se acordarán de lo que Le hicieron.

Así que en la escena dramática del juicio contemplamos la inmutable majestad, el valor inalterable, la serena aceptación de la Cruz, de Jesús. Nunca se Le vio en la Tierra tan regio como cuando se hizo todo lo posible para humillarle.

Ya hemos visto las principales personalidades que intervinieron en el proceso de Jesús: los judíos, con su odio; Pilato, con su dudoso pasado, y Jesús, con su serenidad y majestad regia.

Pero había otras personas al borde de la escena.

(i) Estaban los soldados. Cuando les entregaron a Jesús para que Le azotaran, se divirtieron con Él de una manera brutal y cruel. ¿Era un rey? Pues entonces Le proveyeron de un manto y una corona. Le pusieron una vieja túnica de púrpura y una corona de espinas, y se entretuvieron dándole de bofetadas. Estaban jugando a una cosa que era antigua y corriente. Filón, en su obra Sobre Flaco, cuenta una cosa muy semejante que hacían los gamberros de Alejandría: «Había un loco que se llamaba Carabás, aquejado no de la clase salvaje y bestial de locura -que pasa desapercibida tanto para los que la sufren como para los espectadores-, sino de otra clase mucho más tranquila y benigna. Solía pasar los días y las noches desnudo en la calle, sin guarecerse ni del frío ni del calor, y era el juguete de los niños y de los jóvenes. Se ponían de acuerdo para llevársele al gimnasio donde, dejándole solo donde todos pudieran verle, le ponían de sombrero una corteza de árbol aplastada, y alrededor del cuerpo una estera como manto, y como cetro un trozo de papiro que uno de ellos había encontrado por ahí tirado. Y una vez que él había asumido los emblemas y las insignias de la realeza como se hace en los mimos teatrales, los jóvenes, con palos al hombro, se ponían a sus dos lados, representando el papel de lanceros cómicos. Luego se acercaban unos como para saludarle, otros como para presentarle algunas reclamaciones, otros como para solicitarle algunas cuestiones sociales. Y entonces, de la multitud de espectadores vibraba un extraño grito de «¡Marín!» -Señor nuestro-, que es el nombre que se les da a los reyes en Siria.» Es patético que los soldados trataran a Jesús como los gamberros podrían tratar a un pobre idiota.

Y sin embargo, de todos los que intervinieron en el proceso de Jesús, los soldados eran los menos culpables, porque no sabían lo que estaban haciendo. Lo más probable es que les había correspondido venir de Cesarea como refuerzo para los días de la Pascua, y no sabían nada de lo que estaba pasando. Jesús no era para ellos más que el criminal de turno.

Aquí tenemos otro ejemplo de la ironía dramática de Juan. Los soldados hacían una caricatura de Jesús como rey, cuando en realidad Él era allí el único Rey. Bajo la parodia se ocultaba y revelaba la verdad eterna.

(ii) El último de todos era Barrabás, cuyo episodio cuenta Juan con suma brevedad. De esa costumbre de soltar a un preso para la Pascua no sabemos más que lo que nos dicen los evangelios. Los otros tres completan la breve noticia de Juan y, cuando lo reunimos todo, descubrimos que Barrabás era un preso notable, un bandolero que había tomado parte en una insurrección en la ciudad y había cometido un asesinato (Mat_27:15-26 ; Mar_15:6-15 ; Luk_23:17-25 ; Act_3:14 ).

El nombre de Barrabás es interesante. Hay dos posibilidades en cuanto a su origen. Puede venir de Bar Abba, que querría decir «Hijo de Papá», o de Bar Rabban, que querría decir «Hijo del Rabino.» No es imposible que Barrabás fuera hijo de algún rabino, un vástago descarriado de alguna familia noble. Y es posible que, con todo y ser un criminal, gozara de las simpatías de la gente del pueblo como una especie de Robin Hood. Es probable que no debamos tenerle por un delincuente vulgar. La palabra que se le aplica es léstés, que quiere decir bandolero. O era uno de los muchos que infestaban la carretera de Jerusalén a Jericó, la clase de personas en cuyas manos cayó el viajero de la parábola; o, todavía más probable, era uno de los celotas que habían jurado barrer de Palestina a los Romanos, aunque tuviera que ser a base de crímenes, asaltos, robos y asesinatos. Barrabás no era un delincuente cualquiera. Era un hombre violento, eso sí; pero de los que se convierten en leyenda y son considerados como héroes populares y azote de las autoridades al mismo tiempo.

Pero hay otro detalle todavía más interesante acerca de Barrabás. Ese era su segundo nombre, y tiene que haber tenido otro, como Pedro, que se llamaba Simón Bar-Yoná, Hijo de Jonás. Ahora bien: hay algunos manuscritos antiguos del Nuevo Testamento y las traducciones siria y armenia que coinciden en dar el nombre propio de Barrabás como Jesús. Eso no es imposible ni mucho menos, porque el nombre de Jesús era bastante corriente, derivado de la forma griega del nombre hebreo Yehoshúa»Yoshúa, Josué. En ese caso la elección del pueblo era aún más dramática, porque gritarían de hecho: «¡No Jesús Nazareno, sino Jesús Barrabás!» Era la elección entre Jesús Bar-Abba (el hijo de un padre cualquiera) y Jesús, el Hijo del Padre Dios.

La elección de la multitud ha sido siempre la elección histórica. Barrabás era un hombre que alcanzaba sus propósitos por medios violentos. Jesús era un Hombre de amor y ternura, cuyo Reino se hace realidad en los corazones. Es un hecho trágico de la Historia que los pueblos escogen muchas veces el camino de la violencia en lugar del del amor, el camino de Barrabás en lugar del de Cristo.

Lo que fue de Barrabás no lo dice la historia, y es tema de reconstrucciones poéticas tan conmovedoras como la de Gabriel y Miró en sus Figuras de la Pasión del Señor. También John Oxenham continúa la historia de Barrabás en uno de sus libros. Al recuperar la libertad, Barrabás no podía pensar más que en que era libre. Luego se quedó mirando al Hombre que iba a tomar su lugar en la Cruz. Algo en Él le fascinaba, y Barrabás se encontró siguiéndole hasta la cima del Monte de la Calavera. Todo el camino, viendo a Jesús cargando con la Cruz, le ardía en la mente un solo pensamiento: «Esa es la cruz que tenía que haber llevado yo. ¡Yo la merecía! Y Él la está llevando por mí.» Y, cuando levantaron la cruz con Jesús colgando de ella, lo único que podía pensar Barrabás era: «¡Soy yo el que tenía que estar colgado ahí, no Él! ¡Él me salvó!» Lo que sí es seguro es que Barrabás fue uno de los pecadores por los que murió Jesús.

Juan 18:1-40

18.3 Los alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos quizás eran miembros de la guardia del templo; eran judíos a quienes los líderes religiosos delegaron autoridad para efectuar arrestos en casos de infracciones menores. Los soldados tal vez hayan sido una pequeña compañía de soldados romanos que no participaron del arresto, sino que acompañaron a la guardia del templo para asegurarse de que la situación no se descontrolara.

18.4, 5 Juan no narra el beso de saludo de Judas (Mat_26:49; Mar_14:45; Luk_22:47-48), pero el beso de Judas marcó un punto de transición para los discípulos. A partir del arresto de Jesús, la vida de cada uno sería radicalmente diferente. Por primera vez, Judas traicionó abiertamente a Jesús delante de los otros discípulos. Por primera vez, los leales discípulos de Jesús se alejaron corriendo (Mat_26:56). El grupo de discípulos sufriría un tiempo de severa prueba antes de transformarse de seguidores vacilantes en líderes dinámicos.

TRAICION EN EL HUERTO

Después de comer la cena de Pascua en el aposento alto, Jesús y sus discípulos fueron al Getsemaní, lugar donde la guardia del templo, guiado por Judas, arrestaría a Jesús. De ahí lo llevarían a la casa de Caifás para el primero de sus muchos juicios.

18.6 Los hombres tal vez se sorprendieron ante el arrojo de la pregunta de Jesús, o ante las palabras «Yo soy», que era una declaración de su divinidad (Exo_3:14). O quizás quedaron abrumados ante el obvio poder y autoridad del Señor.

18.10, 11 Tratando de proteger a Jesús, Pedro desenvainó una espada e hirió al siervo del sumo sacerdote. Pero Jesús dijo a Pedro que metiera su espada en la vaina y permitiera el despliegue del plan de Dios. A veces resulta tentador encargarnos de los asuntos, forzar la situación. La mayoría de las veces esas actitudes nos conducen al pecado. En lugar de eso debemos confiar que Dios llevará a cabo su plan. Considérelo: si Pedro lo hubiese hecho a su manera, Jesús no habría ido a la cruz, y el plan de redención de Dios se habría obstaculizado.

18.11 La copa significa el sufrimiento, el aislamiento y la muerte que Jesús debería soportar a fin de expiar los pecados del mundo.

18.12, 13 A Jesús lo llevaron de inmediato a la residencia del sumo sacerdote, a pesar de que esto ocurrió en medio de la noche. Los líderes religiosos estaban apurados; querían completar la ejecución antes del día de reposo y seguir adelante con la celebración de la Pascua. Esta residencia era un palacio cuyos muros exteriores rodeaban un patio donde siervos y soldados se calentaban junto a un fuego.

18.13 Anás y Caifás fueron sumos sacerdotes. Anás fue el sumo sacerdote de Israel desde 6 a 15 d.C., cuando los gobernadores romanos lo depusieron. A Caifás, yerno de Anás, lo nombraron sumo sacerdote y permaneció en el cargo desde 18 a 36/37 d.C. De acuerdo con la ley judía, esta posición era vitalicia. Por lo tanto, muchos judíos seguían considerando a Anás como sumo sacerdote y lo seguían llamando por ese título. Pero, aunque Anás seguía teniendo mucha autoridad entre los judíos, Caifás tomaba las decisiones finales.

Tanto Caifás como Anás se interesaban más por sus ambiciones políticas que por su responsabilidad de guiar al pueblo hacia Dios. A pesar de ser líderes religiosos, se volvieron malvados. En su condición de líderes espirituales, debieran haber sido sensibles a la revelación de Dios. Debieran haber sabido que Jesús era el Mesías del cual hablaban las Escrituras y debieran haber conducido al pueblo hacia El. Pero cuando hombres y mujeres engañosos buscan hacer el mal, desean eliminar toda oposición. En lugar de hacer una evaluación sincera de las declaraciones de Jesús basándose en su conocimiento de las Escrituras, estos líderes religiosos procuraron satisfacer sus propias ambiciones egoístas e incluso estuvieron dispuestos a matar al Hijo de Dios, si era eso lo que hacía falta para lograrlas.

18.15, 16 El otro discípulo quizás era Juan, el autor de este Evangelio. Conocía al sumo sacerdote y se dio a conocer a la criada que estaba a la entrada. A causa de sus relaciones, Juan logró entrar junto con Pedro al patio. Pero este no quiso identificarse como seguidor de Jesús. Las experiencias de Pedro en las horas subsiguientes le cambiarían la vida. Si desea más información sobre Pedro, véase su perfil en Mateo 27.

18.19ss Durante la noche, Jesús tuvo una audiencia previa al juicio ante Anás antes de que lo llevaran a Caifás y a todo el Sanedrín (Mar_14:53-65). Los líderes religiosos sabían que no tenían de qué acusar a Jesús, así que trataron de acumular evidencias en su contra mediante el uso de falsos testigos (Mar_14:55-59).

18.22-27 Fácilmente podemos enojarnos con el concilio por su injusticia al condenar a Jesús, pero debemos recordar que Pedro y los demás discípulos también contribuyeron al dolor de Jesús al abandonarlo y negarlo (Mat_26:56, Mat_26:75). A pesar de que muchos no somos como los líderes religiosos, todos somos como los discípulos, pues a veces hemos negado que Cristo es el Señor en aspectos muy vitales de nuestras vidas o hemos mantenido en secreto nuestra identidad como creyentes en tiempos de presión. No se disculpe señalando a otros cuyos pecados parecen ser peores que los suyos. Más bien, acuda a Jesús en busca de perdón y sanidad.

18.25-27 Imagínese que usted está parado afuera mientras interrogan a Jesús, su Señor y Maestro. Imagínese también mirando a ese hombre, el cual ha llegado a creer que es el Mesías tan esperado, mientras abusan de El y lo golpean. Naturalmente, Pedro estaba confundido y asustado. Es un pecado serio negar a Cristo, pero Jesús perdonó a Pedro (21.15-17). Ningún pecado es demasiado grande para que Jesús lo perdone si usted está en verdad arrepentido. El perdonará incluso su peor pecado si deja de cometerlo y pide perdón.

18.25 Los otros Evangelios dicen que las tres negaciones de Pedro ocurrieron cerca de un fuego en el patio exterior del palacio de Caifás. En el relato de Juan la primera negación aparece afuera de la casa de Anás y las otras dos afuera de la casa de Caifás. Es probable que hayan ocurrido en el mismo patio. La residencia del sumo sacerdote era grande y Anás y Caifás sin duda vivían cerca.

18.27 Este hecho cumplió las palabras que Jesús dijo a Pedro después que él prometiese que jamás lo negaría (Mar_14:31; Joh_13:38).

18.28 Según la ley judía, entrar a la casa de un gentil convertía al judío en una persona ceremonialmente contaminada. Como resultado, dicha persona no podía participar del culto en el templo ni celebrar las fiestas mientras no se restaurase a un estado de «limpieza». Por temor a contaminarse, estos hombres permanecieron fuera de la casa donde llevaron a Jesús para ser juzgado. Respetaron los requisitos del ceremonial de su religión mientras que en su corazón albergaban homicidio y traición.

18.29 Este gobernador romano, Pilato, tuvo a su cargo a Judea (la región donde estaba localizada Jerusalén) desde 26 a 36 d.C. Pilato no era popular entre los judíos porque saqueó el tesoro del templo buscando dinero para construir un acueducto. No le agradaban los judíos, pero cuando Jesús, el Rey de los judíos, estuvo de pie ante él, Pilato lo halló inocente.

18.30 Pilato sabía lo que ocurría; sabía que los líderes religiosos odiaban a Jesús y no quería servirles de verdugo. No podían condenarlo a muerte, el permiso debía venir de un líder romano. Pero Pilato en un inicio se negó a sentenciar a Jesús sin evidencia suficiente. La vida de Jesús pasó a ser un peón en la lucha del poder político.

18.31ss Pilato intentó cuatro veces llegar a una solución con Jesús: (1) trató de hacer que otro cargase con la responsabilidad (18.31); (2) trató de encontrar una vía de escape para liberar a Jesús (18.39); (3) trató de llegar a un arreglo haciendo que azotasen a Jesús en lugar de entregarlo a la muerte (19.1-3); y (4) trató de apelar directamente a la simpatía de los acusadores (19.15). Todos deben decidir qué hacer con Cristo. Pilato intentó dejar que los demás decidiesen por él y al final salió perdiendo.

18.32 Esta predicción aparece en Mat_20:19. La crucifixión era un método común de ejecución para criminales que no eran ciudadanos de Roma.

18.34 Si Pilato formulaba esta pregunta en su papel de gobernador romano, su intención sería la de averiguar si Jesús estaba estableciendo un gobierno rebelde. Pero los judíos usaban la palabra rey para ponerlo como un gobernante religioso, el Mesías. Israel era una nación cautiva, bajo el poderío militar del Imperio Romano. Un rey rival podría haber sido una amenaza para Roma; un Mesías podría haber sido un líder puramente religioso.

JUICIO Y CRUCIFIXION DE JESUS

Jesús fue llevado del juicio ante el Sanedrín judío al juicio ante el procurador romano Pilato, en la Torre Antonia. Pilato lo envió a Herodes (Luk_23:5-12), pero este no demoró en mandarlo a Pilato. Respondiendo a las amenazas de la turba, Pilato por último accedió a que Jesús fuera crucificado.

18.36, 37 Pilato formuló a Jesús una pregunta directa y este respondió con claridad. Jesús es un Rey, pero un rey cuyo Reino no es de este mundo. Al parecer, en la mente de Pilato no había duda de que Jesús decía la verdad y era inocente de cualquier delito. También parece evidente que a pesar de reconocer la verdad, Pilato decidió rechazarla. Es una tragedia que no reconozcamos la verdad. Es una tragedia mayor reconocer la verdad y no prestarle atención.

18.38 Pilato era un cínico; pensaba que toda verdad era relativa. Para muchos oficiales del gobierno, la verdad era cualquier cosa con la que estuviese de acuerdo la mayoría o lo que fuera que ayudase a promover su propio poder personal y sus metas políticas. Donde no hay una base de verdad, no hay base para lo que es moralmente bueno y malo. La justicia pasa a ser cualquier cosa que dé resultado o lo que sea que ayude a los que ejercen el poder. En Jesús y en su Palabra encontramos una norma para lo que es verdad y para nuestra conducta moral.

18.40 Barrabás era un rebelde contra Roma y, a pesar de haber cometido homicidio, quizás era un héroe entre los judíos. Los judíos detestaban que Roma los gobernase y tener que pagar impuestos al despreciado gobierno. A Barrabás, que dirigió una rebelión fallida, lo liberaron en lugar de Jesús, el Unico que en verdad podía ayudar a Israel. Si desea más información sobre Barrabás, véase la nota a Luk_23:18-19.

LOS SEIS ESCENARIOS DEL JUICIO DE JESUS

A pesar de que el juicio de Jesús duró menos de dieciocho horas, lo presentaron ante seis auditorios diferentes.

ANTE AUTORIDADES JUDIAS

Audiencia preliminar ante Anás (Joh_18:12-24)

Debido a que el oficio de sumo sacerdote era vitalicio, Anás aún era el sumo sacerdote «oficial» ante los judíos, aunque los romanos eligieron a otro. Anás todavía tenía una gran influencia ante los miembros del Sanedrín.

Audiencia ante Caifás (Mat_26:57-68)

Juan 18:12-27

Con estos versículos empieza la relación que San Juan hace de la pasión y crucifixión. De la intercesión hecha por nuestro Señor vamos pues, a pesar al de su sacrificio. Como los demás evangelistas, San Juan narra detalladamente esa triste historia, y, según notaremos después, menciona además varias circunstancias que, por sabias razones sin duda, fueron omitidas por Mateo, Marcos y Lucas.

Es de observarse en estos versículos hasta que extremo puede llegar la dureza de corazón de un apóstata. Judas sirvió de guía a los que aprendieron a Jesús, valiéndose del conocimiento que tenia del paraje a donde nuestro Señor solía retirarse; y se nos dice que cuando la cuadrilla de soldados y oficiales se acercó a Jesús para aprisionarlo él estaba en sus filas. Y sin embargo Judas, por el espacio de tres años había acompañado constantemente a Jesús, había visto sus milagros, había oído sus sermones, había gozado del beneficio de su instrucción privada, se había declarado como creyente suyo y aun predicado y trabajado en su nombre. Razón habría para preguntar: Señor, ¿qué especie de criatura es el hombre? Desde el goce de los más altos privilegios hasta los más profundos abismos del pecado hay una escala no interrumpida. El mal uso de esos privilegios parece embotar la conciencia. El mismo fuego que derrite la cera endurece el barro.

Guardémonos de fincar nuestras esperanzas de salvación en nuestros conocimientos religiosos por grandes que sean, o en los privilegios espirituales que tengamos a nuestro alcance, por crecido que sea su número. «El que se piensa estar firme, mire no caiga.» 1Co_10:12. Y, sobre todo, precavámonos de abrigar en nuestros corazones algún pecado dominante, tal como el amor del dinero o del mundo. Un solo agujero en el casco de un navío puede causar un naufragio, y un solo pecado que no sea resistido puede arrastrar a un cristiano a la ruina eterna. Acordémonos de Judas Iscariote. Su historia nos ha sido trasmitida para que nos sirva de escarmiento.

Notemos, en seguida, que Jesús se sometió al sufrimiento de su propia y libre voluntad. Se nos refiere que la primera vez que nuestro Señor se dio a conocer a los soldados, estos volvieron atrás y cayeron en tierra. No cabe duda de que un poder invisible fue comunicado a las palabras de Jesús cuando dijo: «Yo soy.» No puede explicarse de otra manera como una partida de soldados romanos, avezados a las armas, cayeran atónitos al suelo en presencia de un hombre solo e inerme. La misma fuerza misteriosa que dejó a los fariseos sin medios de ofender cuando nuestro Señor entró triunfante a Jerusalén, que contuvo toda oposición cuando arrojó a los que vendían y compraban en el templo, esa misma fuerza se manifestó en la ocasión a que nos referimos. Fue un verdadero milagro, aunque pocos quisieron apercibirse de él. Precisamente en el momento en que parecía más desamparado e indefenso, nuestro Señor manifestó que era poderoso.

Si sufrió, fue, por lo tanto, espontáneamente. Si murió, no fue porque no pudiera impedirlo, o porque no pudiera libertarse de las manos homicidas de sus enemigos. Es que estaba empeñado con todo el entusiasmo de su espíritu en la obra sacrosanta de nuestra redención. El nos amó y se entregó por nosotros no solo de buena voluntad sino con alegría. Meditemos sobre estas verdades y tengamos buen ánimo. Nuestro Salvador tiene más voluntad de salvarnos que nosotros tenemos de ser salvos. Si no nos salvamos, la culpa es nuestra.

Debemos notar, además, con cuánta ternura veló nuestro Señor por la seguridad de sus discípulos. Aun en eso momento supremo, cuando se acercaban las horas de su pasión, no se olvidó del puñado de creyentes que lo rodeaba. Sabiendo cuan débiles eran, él no ignoraba que no estaban en aptitud de pasar por la dura prueba de presentarse en el palacio del Sumo Sacerdote y en el tribunal de Pilato; y por lo tanto, en su benignidad les proporcionó los medios de escapar.

«Si a mí buscáis,» dijo, «dejad ir a estos.» Es bien probable que en ese caso también sus palabras ejercieron un influjo milagroso en el ánimo de las personas a quienes iban dirigidas. Por lo menos, en nada se molestó a los discípulos.

De esta pequeña circunstancia podemos juzgar de qué manera obra Jesucristo para con los creyentes aun el día de hoy. Jamás permite que sean tentados de una manera más fuerte de lo que puedan resistir. Con su mano poderosa detiene el curso de los huracanes y de las tempestades, y no deja a sus discípulos abandonados a su propia suerte. Vela compasivamente sobre cada uno de sus hijos, y como experto facultativo, calcula con exactitud infalible su fuerza pasiva. «Jamás perecerán y nadie los arrebatará de su mano.» Joh_10:28. Aun en la hora más angustiosa Jesús nos contempla: si confiamos en él, nuestra salvación es, por lo tanto, segura.

Es de advertirse, por último, cuan completamente se sometió Jesús a la voluntad de su Padre. En otro lugar se nos dice que exclamó: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa.» Después exclamó otra vez; «Si no puede esta copa pasar de mí sin que yo la beba, hágase tu voluntad.» Mas en el pasaje de que nos ocupamos se nota que dijo todavía con mayor complacencia: «¿No tengo de beber la copa que mi Padre me ha dado?.

He aquí un ejemplo bien digno de imitación para todos los que se llaman cristianos. Aunque nosotros no podemos llegar a la altura de nuestro Maestro, ese ejemplo es el blanco hacia el cual debemos dirigir nuestros esfuerzos. Del empeño de seguir nuestro capricho y de hacer solo lo que nos gusta dimanan muchas de nuestras desgracias en este mundo. Por otra parte, la costumbre de encomendarnos a Dios por medio de la oración y de pedirle que haga con nosotros lo que sea de su agrado, es una fuente de paz. Fue por su voluntariedad que Adán y Eva cayeron e introdujeron el pecado y la desgracia en el mundo.

Quien subordina su voluntad a la divina, se prepara mejor para entrar a esa celestial morada donde solo reinará la voluntad de Dios.

Juan 18:28-40

En la exposición de este pasaje nos ceñiremos al examen de tres verdades que se descubren a la primera ojeada.

Es de notarse, primeramente, cuan espantosa es la dureza de corazón de los hombres no convertidos. Algunos de los que aprehendieron a nuestro Señor eran probablemente soldados romanos, y los demás eran criados de los sacerdotes y fariseos, y por consiguiente Judíos. Mas en un respecto todos se parecían: todos fueron testigos del poder sobrenatural de nuestro Señor cuando «volvieron atrás y cayeron en tierra;» todos presenciaron el milagro que obró nuestro Señor cuando tocó la oreja de Malco y lo sanó; y sin embargo todos permanecieron impasibles, fríos e indiferentes, como si no hubieran visto cosa alguna extraordinaria, antes bien siguieron cumpliendo su odiosa comisión y, prendiendo y atando a Jesús, le condujeron a la ciudad.

El grado de dureza de corazón y de embotamiento de conciencia a que puede llegar el hombre cuando permanece por muchos años privado da todo influjo religioso, es verdaderamente sorprendente, espantoso. Dios y las cosas celestiales parecen ocultarse a la imaginación: el mundo y todo lo que es mundano parece absorber completamente la atención. Es fácil comprender que bajo tales circunstancias los milagros producirían en el ánimo poco o ningún efecto: el órgano de la vista los contemplaría con la misma indiferencia que un bruto contempla un hermoso pasaje. Precisamente eso fue lo que sucedió en el caso de que nos ocupamos. Muy engañados están los que creen que se convertirían al presenciar un milagro.

Es de notarse, en seguida, cuan extraordinaria fue la condescendencia de nuestro Señor Jesucristo. Fue aprehendido y conducido ante el tribunal como malhechor; fue acusado ante jueces injustos; fue escarnecido y ultrajado. Y sin embargo, en virtud de un solo acto de voluntad pudo haberse libertado de las manos crueles de sus enemigos. Además, él sabía bien que Anías y Caifás y todos sus compañeros tendrían algún día que comparecer ante su supremo tribunal a recibir una sentencia de efectos eternos. El lo sabía todo, y sin embargo se dejó tratar como malhechor.

El amor de Jesucristo hacia los pecadores sobrepuja todo entendimiento. El sufrir por aquellos a quienes amamos y que por algún motivo son dignos de nuestro afecto, es un acto que fácilmente se explica. Someternos resignadamente a una afrenta cuando no nos es dado resistir, es un acto que aconseja la prudencia. Mas sufrir voluntariamente cuando se está en aptitud de impedirlo, sufrir por pecadores desleales e incrédulos, y esto sin que haya precedido la súplica o sin que siga la gratitud, sufrir así es un heroísmo que el entendimiento humano no alcanza a comprender. No debemos olvidar que en eso consistió lo sublime de la pasión y muerte de nuestro Señor. Voluntariamente se dejó aprisionar para que nosotros obtuviéramos nuestra libertad. Voluntariamente se dejó acusar y condenar para que nosotros fuéramos absueltos y declarados inocentes. «Padeció una vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios.» «Por amor de nosotros se hizo pobre, siendo rico; para que vosotros por su pobreza fueseis ricos.» «Á él que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.» 1Pe_3:18; 2Co_8:9; F: 21.

Es de notarse, por último, hasta qué grado tan espantoso puede llegar la bajeza de, un cristiano verdadero. Pedro, el más célebre do los apóstoles, abandonó a su Maestro y se portó como un cobarde. Huyó cuando debía estar a su lado; se avergonzó de reconocerle cuando le debía haber confesado; y, por último, negó tres veces que siquiera le conocía. Y todo eso después de haber recibido la cena del Señor; después de haber oído la oración y el discurso más conmovedores que los mortales hayan jamás oído; después de habérsele prevenido explícitamente, y cuando la tentación no era demasiado fuerte. Al leer la historia de tales hechos uno se siente inclinado a exclamar: «Señor, ¡qué es el hombre para que te acuerdes de él!.

La caída de Pedro debe servirnos de escarmiento: es una señal puesta en la Escritura para que los demás creyentes sepan en dónde están los escollos y no hagan naufragio en la fe. Entre otras cosas nos manifiesta cuáles son las consecuencias del orgullo y la jactancia. Si Pedro no hubiera tenido una seguridad tan plena de que, aunque todos negaran a Jesucristo, él, por su parte, ni lo haría, es bien probable que jamás hubiera caído. También nos demuestra cuáles son las consecuencias de la desidia. Si Pedro hubiera velado y orado, cuando nuestro Señor lo aconsejó que lo hiciera, habría sin duda recibido gracia en la hora do prueba. Demuéstranos, por último, el influjo pernicioso del temor del hombre. Quizá son pocos los que reconocen cuánto más temen al hombre, a quien pueden ver, que a Dios, a quien no pueden ver. Todo esto ha sido escrito para nuestro provecho. Acordémonos de Pedro y obremos con prudencia.

Mas, todo esto no obstante, al terminar este pasaje debe consolarnos la idea do que tenemos un Sumo Sacerdote misericordioso y benigno, que se compadece de nosotros por nuestra flaqueza, y no nos desecha a pesar de nuestros extravíos Es cierto que Pedro cayó de una manera vergonzosa, y que solo recobró el puesto de fiel cristiano después de mucho arrepentimiento y muchas lágrimas. Pero sí lo recobró: no se le dejó que sufriera todas las consecuencias de su pecado, ni se lo desechó para siempre. La misma mano compasiva que lo salvó cuando estaba al ahogarse, porque lo faltó la fe, lo asió tiernamente y lo levantó cuando cayó en el salón del Sumo Sacerdote. ¿Y se atreverá alguien a dudar que después fue mejor y más sabio que antes? Si la historia de la caída de Pedro ha sido motivo de que los cristianos reconozcan más su propia debilidad, por una parte, y la misericordia de Jesús por otra, entonces no nos ha sido trasmitida en vano.

Deja el primer comentario

Otras Publicaciones que te pueden interesar