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Apocalipsis 22: El río de la vida

Y me mostró el río del agua de la vida, reluciente como cristal, que salían del trono de Dios y del Cordero, en medio de la calle de la ciudad. Y a ambos lados del río estaba el árbol de la vida, que produce doce clases de frutos, dando su fruto de acuerdo con cada mes; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones.

Hasta ahora se ha dado la descripción del exterior de la Santa Ciudad; ahora la escena se traslada al interior.

Primero, está el río del agua de la vida. Este cuadro refleja muchos pasajes del Antiguo Testamento. En su trasfondo se encuentra el río que regaba el Huerto del Edén haciéndolo fructífero (Génesis 2:8-16). Aún más cerca se encuentra la descripción de Ezequiel del río que salía del templo (Ezequiel 47:1-7). El salmista canta al río cuyas corrientes alegran la Ciudad de Dios (Salmo 46:4). Y Joel dijo: « Saldrá una fuente de la Casa del Señor» (Joel 3:18). Y Zacarías: «Aguas vivas saldrán de Jerusalén» (Zacarías 14:8). Y en 2 Henoc se describe un río del Paraíso que sale del tercer cielo, y que fluye por debajo del árbol de la vida, y que se divide en cuatro corrientes de miel, leche, vino y aceite (2 Henoc 8:5).

Íntimamente relacionada con esta está la figura tan corriente de la Sagrada Escritura de la fuente de la vida; la tenemos en 7:17; 21:6 de Apocalipsis. Jeremías se queja de que el pueblo haya dejado a Dios, Que es la fuente de aguas vivas, para cavarse cisternas agrietadas que no pueden retener el agua (Jeremías 2:13). Y Henoc advierte: ¡Ay de vosotros, que bebéis agua de cualquier fuente, porque os consumiréis y secaréis de repente, porque habéis abandonado la fuente de la vida (Henoc 96:6). « Manantial de vida es la boca del justo» (Proverbios 10:11). «La instrucción del sabio es manantial de vida» (Pr 13:14). « El temor del Señor es manantial de vida» (Pr 14:27). «Manantial de vida es el entendimiento para el que lo posee» (Proverbios 16:22). Con Dios, dice el salmista, está el manantial de la vida (Salmo 36:9).

«Dios -decían los rabinos en sus sueños de la edad dorada- hará brotar del Lugar Santísimo un río a cuyas orillas crecerán toda clase de frutos delicados.»

H. B. Swete identifica el río de la vida con el Espíritu. En el Cuarto Evangelio dice Jesús: « El que crea en Mí, de su interior brotarán ríos de agua viva.» Y Juan lo explica: «Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él» (Juan 7:38s).

Pero bien puede ser que aquí se trate de algo más sencillo. Los que vivimos en una civilización en la que basta con abrir un grifo para obtener agua fresca, clara y abundante apenas podemos comprender lo preciosa que era el agua en Oriente. En las tierras cálidas y en los desiertos, el agua era, y es literalmente, la vida. Y el río de la vida bien puede representar la vida abundante que Dios provee gratis para Su pueblo.

El árbol de la vida

En este pasaje hay ambigüedad en la puntuación. En medio de la calle de la ciudad se puede tomar, no como el final de la primera frase, sino como el principio de la segunda (como hace la Reina-Valera). No sería entonces el río el que está en medio de la calle, sino el árbol de la vida. Tomando esa frase con el primer versículo parece que presenta mejor la escena.

La figura del árbol de la vida tiene dos antecedentes: el del Huerto del Edén (Génesis 3: 6); y aún más el de Ezequiel: «Y junto al río, en la ribera, a uno y otro lado, crecerá toda clase de árboles frutales; sus hojas nunca caerán ni faltará su fruto.

Su fruto será para alimento y su hoja para medicina» (Ezequiel 47:12). Aquí también llegaron muy cerca los sueños rabínicos del futuro. Uno era: «En la edad por venir Dios creará árboles que producirán fruto todos los meses; y el que coma de ellos, sanará de sus enfermedades.»

El árbol da muchos frutos diferentes. Sin duda podemos ver aquí el simbolismo de los frutos del Espíritu (Gálatas 5:22s). En cada fruto diferente para cada mes del año, ¿no podemos ver simbolizado que en la vida que Dios da hay una gracia especial para cada edad, desde la cuna hasta la sepultura? El árbol de la vida ya no nos está vedado; está ahí, en medio de la Ciudad, para que todos tomen su fruto.

Bien expresaba la amplitud de la invitación evangélica, comparada con la exclusión que fue la consecuencia del pecado, el himno de Navidad: Cambiaron sus funciones – los altos querubines que un tiempo los confines – guardaban del Edén. Al árbol de la vida -ahora al hombre llaman, y al Salvador proclaman – en torno de Belén.

Ni tampoco está reservado el árbol de la vida a los judíos ni a ninguna otra raza; sus hojas son para la sanidad de las naciones. Solamente en el Espíritu de Dios pueden encontrar sanidad las heridas y las grietas de las naciones.

La belleza de la santidad

Ya no existirá más ninguna cosa maldita. Y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y Sus siervos le adorarán, y verán Su rostro, y tendrán Su nombre en sus frentes.

Allí ya no existirá más la noche, ni tendrán por tanto necesidad de luz de lámparas ni de sol, porque el Señor Dios los iluminará. Y reinarán para siempre jamás. Aquí culmina la descripción de la Ciudad de Dios.

No habrá allí ninguna cosa maldita. Es decir: no habrá más poluciones de las que antes amenazaban la vida cristiana. Los siervos de Dios verán Su rostro. Se cumplirá la promesa de que los de corazón limpio verán a Dios (Mateo 5:8). Comprenderemos mejor la grandeza de esa promesa si recordamos que al cristiano se le concede el privilegio que se le negó a Moisés, a quien dijo Dios: « No podrás ver Mi rostro, porque ninguna persona puede verme y seguir viva» (Éxodo 33:20,23).

Solo fijando la mirada de la fe en Jesús podemos ver a Dios perfectamente. Jesús dijo: « El que me haya visto a Mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).

La visión de Dios produce dos cosas. Produce una perfecta adoración; donde se ve siempre a Dios, toda la vida se convierte en un acto de culto. Produce una verdadera consagración; los habitantes de la ciudad tendrán el nombre de Dios en sus frentes, lo que será una muestra de que Le pertenecen exclusivamente a Él.

Juan vuelve a su visión de que en la Ciudad de Dios no puede haber ya nunca tinieblas ni necesidad de ninguna otra luz, porque allí está la presencia de Dios. Al final de la visión llega la promesa de que el pueblo de Dios reinará para siempre jamás. En la perfecta sumisión a Él encontrarán los Suyos la perfecta libertad y la única verdadera soberanía.

Palabras finales

Y me dijo: -Estas palabras son creíbles y verídicas, porque el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, ha enviado Su ángel para mostrarles a Sus siervos las cosas que han de suceder pronto. – ¡Atención: Yo vengo en seguida! ¡Bienaventurado el que guarde las palabras de la profecía de este libro! Fui yo; Juan, el que oí y vi estas cosas; y cuando las oí y vi, me postré a los pies del ángel que me las mostró para adorarle. Pero él me dijo: – ¡Guárdate de hacer tal cosa! Yo soy tu consiervo, y de tus hermanos profetas, y de los que guarden las palabras de este libro. ¡Adora solamente a Dios!

Lo que nos queda del último capítulo del Apocalipsis está curiosamente deshilvanado. Se ponen las cosas sin un orden aparente; hay repeticiones de cosas que han salido antes; y a veces es difícil saber quién es el que está hablando. Hay dos posibilidades. Puede ser que Juan esté sondeando otra vez algunos de los temas que ya han aparecido en el libro, y presentando en escena a algunos de los personajes para el mensaje final. Pero tal vez es más probable que no acabara de poner en orden este último capítulo y que sea solo un boceto.

Tenemos tres interlocutores.

El primero es uno de los ángeles que han sido los intérpretes de cosas divinas para Juan. Una vez más subraya la verdad de todo lo que ha visto y oído Juan. «El Dios de los espíritus de los profetas» quiere decir el Dios que inspiró las mentes de los profetas. Por tanto, los mensajes que ha recibido Juan procedían del mismo Dios Que inspiró a los grandes profetas del Antiguo Testamento, y deben ser tratados con la misma seriedad.

El segundo interlocutor es Jesucristo mismo. Reitera que Su vuelta no se retrasará mucho. Y entonces pronuncia Su bendición para con todos los que lean y obedezcan las palabras del libro de Juan. Swete llama correctamente a esto – « la felicitación del devoto estudiante.» El estudiante devoto es el mejor estudiante. Hay muchos devotos que no son estudiantes, que no aceptan la disciplina del aprendizaje y que aun miran con suspicacia el conocimiento que así se adquiere. Y también hay muchos estudiantes que no son devotos, que están demasiado interesados en el conocimiento intelectual y demasiado poco en la oración y el servicio a sus semejantes.

El último interlocutor es el mismo Juan. Se identifica como el autor del libro. Y entonces, sorprendentemente, hace exactamente la misma advertencia contra el culto a los ángeles de 19:10. O bien Juan habría suprimido este pasaje como repetición innecesaria si hubiera tenido oportunidad de revisar su libro, o era tan consciente de los peligros del culto a los ángeles que creía que era necesario hacer la misma advertencia dos veces. Es cierto que no nos deja la menor duda en cuajo a ese peligro, ni de que solo debemos adorar a Dios.

El tiempo inmediato y el pasado

Y me dijo: No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca. Que el que sea un malvado, siga obrando la maldad, y el que sea un guarro, que siga refocilándose en su guarrería; pero el que sea íntegro, que se mantenga en su integridad, y el que esté consagrado a Dios que se mantenga en su consagración.

Este pasaje insiste en que la venida de Cristo es inminente; debe de ser el Cristo Resucitado el Que está hablando. En los apocalipsis más antiguos, escritos entre los Testamentos, se advierte siempre que se sellen y se guarden para un futuro lejano. En Daniel, por ejemplo, leemos: «Sella -R-V guarda- la visión, porque es para muchos días» (Daniel 8:26). Pero en este caso no es el tiempo para sellar, sino para abrir y leer; porque la venida de Cristo puede tener lugar en cualquier momento.

Entonces, ¿qué sentido tiene este curioso pasaje que parece decir que la gente se quede donde y como esté? Hay dos posibilidades.

(i) Llega un tiempo cuando ya es demasiado tarde para cambiar. En Daniel leemos: «Los impíos procederán impíamente» (Daniel 12:10). Y Ezequiel decía: «El que quiera oír, que oiga; y el que se niegue a oír, allá él» (Ezequiel 3:27). Una persona puede rechazar el camino de Cristo hasta tal punto que acabará por no poder seguirlo. Ese es el pecado contra el Espíritu Santo.

(ii) El antiguo comentador Andreas dice que el Cristo Resucitado está diciendo: «Que cada cual haga lo que le parezca; Yo no obligo a nadie.» En tal caso esta seria otra advertencia de que cada persona escribe su propio destino.

Las credenciales de Cristo

¡Atención, que vengo pronto! Y traigo Mi recompensa conmigo para darle a cada uno según sea su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin.

El Cristo Resucitado anuncia una vez más Su inminente vuelta; y presenta dos credenciales imponentes.

(i) Trae consigo Su recompensa para dar a cada persona conforme sea su obra. H. S. Swete dice: «Cristo habla como el gran Mayordomo que llama a todos los jornaleros a la caída de la tarde del mundo para que reciban su salario.»

(ii) Él es el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin. Esta es una repetición de los títulos usados en 1:17; 2:8; 21:6. Hay aquí más de una idea.

(a) Está la idea de completar. Los griegos usaban la expresión del alfa a la omega, y los judíos del álef a la tau, como nosotros de la a a la z, para indicar la serie completa. Aquí tenemos un símbolo de que Jesús tiene en Sí mismo absolutamente todo, y no necesita de nada de ninguna otra fuente.

(b) Está la idea de la eternidad. Él incluye en Sí mismo todo el tiempo, porque es el primero y el último. .(c) Está la idea de la autoridad. Los griegos decían que Zeus era el principio, el centro y el fin. Los rabinos judíos tomaban esta idea y Se la aplicaban a Dios, con su propia interpretación. Decían que, como Dios era el principio, no recibía Su poder de ningún otro; como era el centro, no compartía Su poder con nadie; y como era el fin, no le pasaba Su poder a nadie.

Los aceptados y los rechazados

Bienaventurados los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas de la Ciudad. Fuera se quedan los perros y los hechiceros y los fornicarios y los asesinos y los idólatras y todos los que aman y practican la falsedad.

(i) Los que laven sus ropas tendrán derecho a entrar en la Ciudad de Dios. La versión Reina-Valera tenía, hasta la revisión del ‹09, en el versículo 14: Bienaventurados los que guardan Sus mandamientos. En griego, las dos frases pueden ser bastante parecidas. Los que han lavado sus ropas es en griego hoi plynontes tás stolás, y los que hacen Sus mandamientos es hoi poiuntes tas entolás. En los manuscritos más antiguos del Nuevo Testamento se escribías todas las palabras seguidas y en mayúsculas. Si ponemos estas dos frases en mayúsculas españolas vemos que son semejantes: HOIPLYNONTESTASSTOLAS HOIPOIUNTESTASENTOLAS

«Los que han lavado sus ropas» es la traducción del texto de los mejores manuscritos, pero es fácil comprender que se pudiera cometer una equivocación al copiar esta frase, sustituyéndola por otra más corriente.

Esta frase muestra la parte de cada persona en su salvación. Es Jesucristo Quien ha provisto en la Cruz esa gracia por la que solamente se puede obtener el perdón; pero cada persona tiene que apropiarse ese Sacrificio. Para poner un ejemplo sencillo: podemos ofrecer jabón y agua, pero no podemos obligar a nadie a que se lave. Los que entran en la Ciudad de Dios son los que han aceptado el Sacrificio de Jesucristo.

(ii) Sigue la lista de los que están excluidos de la Ciudad de Dios. Ya hemos considerado una lista muy parecida en 21:8 de los que fueron arrojados al lago de fuego. El nuevo término aquí es el de perros, que puede tener dos significados.

(a) El perro era el símbolo de todo lo salvaje y sucio. H. B. Swete dice: «Nadie que haya observado los perros que pululan por los barrios de las ciudades orientales se sorprenderá del desprecio y disgusto que su sola mención produce en la mente de los orientales.» Por eso llamaban perros los judíos a los gentiles. Hay un dicho rabínico: «Quienquiera que coma con un idólatra es como si comiera con un perro. ¿Quién es un perro? El que no está circuncidado.» Andreas sugiere que los perros son no solo los desvergonzados y los descreídos, sino también los cristianos que «vuelven al vómito» después del bautismo. Así es que el perro puede ser un símbolo de todo lo repugnante.

(b) Pero hay otra posibilidad. Hay una frase extraña en Deuteronomio 23:18. Este versículo dice: «No traerás la paga de una ramera ni el salario de un perro a la Casa del Señor tu Dios por ningún voto.» La primera parte es suficientemente clara: prohíbe ofrecer a Dios un dinero que se ha ganado en la prostitución. Pero el salario de un perro es más difícil (RV›95: el precio, v. nota). El detalle es que en algunos templos antiguos había no solamente prostitutas sagradas sino también varones prostitutos sagrados, y era a estos a los que se llamaba corrientemente perros. Perro puede designar a una persona totalmente inmoral, y es probable que ese sea su sentido aquí.

Todo el que ama o practica la falsedad está excluido. Aquí hay un eco del salmista: «No habitará dentro de Mi casa el que practica el fraude; el que dice mentiras no permanecerá en Mi presencia» (Salmo 101:7).

El garante de la verdad

-Yo, Jesús, os he enviado Mi ángel para testificar de estas cosas por causa de las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, y la Estrella resplandeciente de la mañana.

Jesús garantiza la verdad de todo lo que Juan ha visto y oído. La razón de esta garantía es la siguiente. El libro empieza prometiendo una revelación que ha de dar Jesucristo (1:1); esta es la confirmación que da Jesús de que la visión procedía de Él. A continuación pasa a exponer, como si dijéramos, Sus credenciales. « Yo soy la raíz y el linaje de David,» dice. Esa es una referencia a Isaías 11:1: «Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces.» Jesús está diciendo que en El se cumple esta profecía, que Él es al mismo tiempo la fuente eterna del ser del que procedía David, y su descendiente prometido.

« Yo soy la Estrella resplandeciente de la mañana,» dice Jesús. El comparar a un hombre con la estrella de la mañana era colocarle muy alto en la categoría de los héroes. Los rabinos, por ejemplo, dieron a Mardoqueo ese nombre. Y más que eso: esto recordaría la gran profecía mesiánica: «Saldrá estrella de Jacob» (Números 24:17).

Esto despertaría otros reinos de pensamiento. La estrella de la mañana es el heraldo del día que destierra las tinieblas de la noche; ante Cristo huye la noche del pecado y de la muerte.

Sin duda esto despertaría todavía otro recuerdo. Jesús había dicho en los días de Su carne: «Yo soy la luz del mundo; el que Me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8:12). Cuando el Cristo Resucitado dijo que era la Estrella de la mañana Se presentaba de nuevo como la luz del mundo y el disipador de las tinieblas del mundo.

La gran invitación

El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven!» Que el que oiga diga: «¡Ven!» Que el que esté sediento venga, y que el que quiera tome del agua de la vida gratis.

Hay dos interpretaciones diferentes de este pasaje.

H. B. Swete toma las primeras dos partes como una llamada a Cristo para que cumpla Su promesa y vuelva rápidamente a este mundo; y toma la tercera parte como una invitación al alma sedienta para que venga a Cristo. Pero parece poco probable que haya tanta diferencia entre las primeras dos partes y la tercera. Es mucho más probable que todo el pasaje sea una gran invitación a todas las personas para que acudan a Cristo. Se descompone en tres secciones.

(i) Está la invitación del Espíritu y de la Esposa. La Esposa, como sabemos, es la Iglesia. Pero, ¿que hemos de entender por el Espíritu? Puede que sea el Espíritu Que habló por los profetas y Que está siempre llamando a las personas para que vuelvan a Dios. Lo más verosímil es que Juan llame el Espíritu a la voz del mismo Jesús. La terminación regular en las cartas a las siete iglesias es la invitación a prestar atención a los que el Espíritu está diciéndoles (2:7,11,17,29; 3:6,13,22). Ahora bien: el Interlocutor a las siete iglesias es el Cristo Resucitado; está claro que el Espíritu y Cristo están identificados. « El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven!»» quiere decir probablemente que Cristo y Su Iglesia se unen en extender-a todo el mundo la invitación a aceptar todo lo que Él tiene para ofrecer.

(ii) « Que el que oiga diga: «¡Ven!»» simboliza la gran verdad de que todo cristiano tiene que ser un misionero. El que ha sido hallado por Cristo debe hallar a otros para Cristo.

(iii) La tercera sección es una invitación a todas las almas sedientas para que acudan a Jesucristo para satisfacer su necesidad. Debe recordarnos la gran invitación de Dios: « ¡Venid, todos los sedientos, venid a las aguas! Aunque no tengáis  dinero, ¡venid, comprad y comed! ¡Venid, comprad sin dinero y sin pagar, vino y leche!» (Isaías 55:1). Y también de la gran proclamación del mismo Jesús: « El que a Mí viene, nunca tendrá hambre; el que en Mí cree, no tendrá sed jamás» (Juan 6:35).

Solamente en Cristo puede el alma anhelante encontrar plena satisfacción. Oí la voz del Salvador – decir con tierno amor: «¡Ven, ven a Mí y descansarás – cargado pecador!» Tal como era, a mi Jesús, – cansado, yo acudí; y pronto alivio, gozo y paz, – por fe, de Él recibí. Oí la voz del Salvador – decir: «¡Venid, bebed. Yo soy la fuente de salud – que apaga toda sed!» Con sed de Dios, del vivo Dios – busqué a mi Emanuel; Le hallé y Él apagó mi sed – y ahora vivo en Él.

La advertencia

Hago esta advertencia a todos los que oigan las palabras de la profecía de este libro: Si alguien les añade algo, Dios le añadirá a él las plagas de las que trata este libro; y si alguno quita algo de las palabras del libro de esta profecía, Dios le quitará su parte en el árbol de la vida y en la Santa Ciudad que se describen en este libro.

Hay algunas cosas que notar en esta advertencia solemne.

(i) No se ha de interpretar con un literalismo absoluto. No se refiere a cada palabra independiente del Apocalipsis. De hecho, resulta que el texto está en malas condiciones, y no sabemos de seguro cuál era la forma original. Contra lo que nos advierte es contra tergiversar la enseñanza que contiene el libro. Es con mucho lo que quería decir Pablo cuando dijo: «Si alguien os está predicando un evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema» (Gálatas 1:8s). Es la verdad, y no la expresión verbal de la verdad, lo que no se debe alterar.

(ii) Esto está lejos de ser un final insólito entre los libros antiguos. Es, de hecho, lo que los autores antiguos solían poner al final de sus libros. Encontramos advertencias parecidas en otros lugares de la Biblia. « No añadiréis a la palabra que yo os mando ni quitaréis nada de ella; para que guardéis los mandamientos del Señor vuestro Dios que yo os mando» (Deuteronomio 4:2). «Toda palabra de Dios se cumple… No añadas a Sus palabras, para que no te reprenda y quedes como un mentiroso» (Proverbios 30:5s). En el Libro de Henoc el escritor demanda que nadie «cambie o quite nada de mis palabras» (Henoc 104:10).

La Carta de Aristeas relata cómo hicieron la Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento, los setenta maestros a petición del rey de Egipto. Cuando concluyeron su tarea, «les pidieron que pronunciaran una maldición de acuerdo con su costumbre sobre cualquiera que introdujera alguna alteración, ya fuera añadiendo algo o cambiando de alguna manera cualquiera de las palabras que se habían escrito u omitiéndola» (Carta de Aristeas 310s). En el prefacio de su libro Sobre los orígenes, Rufino conjura a la vista de Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, a cualquiera que lea o copie su libro, para que no añada, reste, inserte o altere nada. Eusebio (Historia eclesiástica 5.20.2) cita la manera en que Ireneo, el gran maestro cristiano del siglo segundo, pone fin a uno de sus libros: « Te conjuro a ti, que puede que copies este libro, por nuestro Señor Jesucristo y por Su glorioso advenimiento cuando venga a juzgar a los vivos y a los muertos, que compares lo que has de escribir, y lo corrijas cuidadosamente conforme a este manuscrito, y que escribas también este conjuro y lo incluyas en tu copia.»

En los días antiguos, como todos los libros se copiaban a mano y todo el mundo sabía lo fácil que era cometer errores, era costumbre insertar al final del libro una advertencia para evitar las erratas.

Es a la luz de esa costumbre como debemos leer estas palabras de Juan. El usar este pasaje como argumento a favor de la inspiración verbal es un error.

Hay que decir una palabra final acerca de este pasaje. R. H. Charles indica que esta advertencia puede que no fuera parte del libro original. No podemos por menos de advertir las veces que Juan insiste en que Cristo vendrá en cualquier momento (versículos 7,10,12,20). « ¡He aquí que vengo pronto!» es como un estribillo en este capítulo. Y sin embargo esta advertencia parecería implicar una espera prolongada en la que se leyera y copiara este libro muchas veces, cosa que Juan mismo está claro que no esperaba. No es por tanto imposible que estas palabras no fueran de Juan sino de un escriba posterior, preocupado de que nadie alterara el libro en los días por venir.

Ultimas palabras

El que atestigua la verdad de estas cosas dice: « Sí, vengo pronto. » ¡Así sea! ¡Sí, ven, Señor Jesús! La gracia del Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Hay sentimiento y gloria en la manera como termina Apocalipsis. En medio de la terrible persecución de su tiempo, lo único que anhelaba Juan era el rápido regreso de Cristo. Esa esperanza no se materializó como él esperaba, pero no podemos dudar que Cristo cumple abundantemente Su promesa de estar con los Suyos hasta el fin del mundo (Mateo 28:20).

Entonces viene la gloria. Suceda lo que suceda, Juan estaba seguro de la gracia del Señor Jesucristo, y de que era suficiente para todas las cosas. Es sin duda simbólico, y maravillosamente apropiado, el que la última palabra de la Biblia sea GRACIA.

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