Hay algunas cosas que notar en esta advertencia solemne.
(i) No se ha de interpretar con un literalismo absoluto. No se refiere a cada palabra independiente del Apocalipsis. De hecho, resulta que el texto está en malas condiciones, y no sabemos de seguro cuál era la forma original. Contra lo que nos advierte es contra tergiversar la enseñanza que contiene el libro. Es con mucho lo que quería decir Pablo cuando dijo: «Si alguien os está predicando un evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema» (Gálatas 1:8s). Es la verdad, y no la expresión verbal de la verdad, lo que no se debe alterar.
(ii) Esto está lejos de ser un final insólito entre los libros antiguos. Es, de hecho, lo que los autores antiguos solían poner al final de sus libros. Encontramos advertencias parecidas en otros lugares de la Biblia. « No añadiréis a la palabra que yo os mando ni quitaréis nada de ella; para que guardéis los mandamientos del Señor vuestro Dios que yo os mando» (Deuteronomio 4:2). «Toda palabra de Dios se cumple… No añadas a Sus palabras, para que no te reprenda y quedes como un mentiroso» (Proverbios 30:5s). En el Libro de Henoc el escritor demanda que nadie «cambie o quite nada de mis palabras» (Henoc 104:10).
La Carta de Aristeas relata cómo hicieron la Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento, los setenta maestros a petición del rey de Egipto. Cuando concluyeron su tarea, «les pidieron que pronunciaran una maldición de acuerdo con su costumbre sobre cualquiera que introdujera alguna alteración, ya fuera añadiendo algo o cambiando de alguna manera cualquiera de las palabras que se habían escrito u omitiéndola» (Carta de Aristeas 310s). En el prefacio de su libro Sobre los orígenes, Rufino conjura a la vista de Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, a cualquiera que lea o copie su libro, para que no añada, reste, inserte o altere nada. Eusebio (Historia eclesiástica 5.20.2) cita la manera en que Ireneo, el gran maestro cristiano del siglo segundo, pone fin a uno de sus libros: « Te conjuro a ti, que puede que copies este libro, por nuestro Señor Jesucristo y por Su glorioso advenimiento cuando venga a juzgar a los vivos y a los muertos, que compares lo que has de escribir, y lo corrijas cuidadosamente conforme a este manuscrito, y que escribas también este conjuro y lo incluyas en tu copia.»
En los días antiguos, como todos los libros se copiaban a mano y todo el mundo sabía lo fácil que era cometer errores, era costumbre insertar al final del libro una advertencia para evitar las erratas.
Es a la luz de esa costumbre como debemos leer estas palabras de Juan. El usar este pasaje como argumento a favor de la inspiración verbal es un error.
Hay que decir una palabra final acerca de este pasaje. R. H. Charles indica que esta advertencia puede que no fuera parte del libro original. No podemos por menos de advertir las veces que Juan insiste en que Cristo vendrá en cualquier momento (versículos 7,10,12,20). « ¡He aquí que vengo pronto!» es como un estribillo en este capítulo. Y sin embargo esta advertencia parecería implicar una espera prolongada en la que se leyera y copiara este libro muchas veces, cosa que Juan mismo está claro que no esperaba. No es por tanto imposible que estas palabras no fueran de Juan sino de un escriba posterior, preocupado de que nadie alterara el libro en los días por venir.
Ultimas palabras
El que atestigua la verdad de estas cosas dice: « Sí, vengo pronto. » ¡Así sea! ¡Sí, ven, Señor Jesús! La gracia del Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Hay sentimiento y gloria en la manera como termina Apocalipsis. En medio de la terrible persecución de su tiempo, lo único que anhelaba Juan era el rápido regreso de Cristo. Esa esperanza no se materializó como él esperaba, pero no podemos dudar que Cristo cumple abundantemente Su promesa de estar con los Suyos hasta el fin del mundo (Mateo 28:20).
Entonces viene la gloria. Suceda lo que suceda, Juan estaba seguro de la gracia del Señor Jesucristo, y de que era suficiente para todas las cosas. Es sin duda simbólico, y maravillosamente apropiado, el que la última palabra de la Biblia sea GRACIA.
