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Mateo 18: La actitud de un niño

Aquel día los discípulos se Le acercaron a Jesús, y Le dijeron: Entonces, ¿quién es el más grande en el Reino delCielo?

Jesús llamó a un chiquillo, y le puso en medio de ellos, diciéndoles:

-Os diré la pura verdad: A menos que os volváis y os hagáis como niños, no entraréis en el Reino del Cielo. El que sea tan humilde como este chiquillo, ese es el más grande en el Reino del Cielo.

Aquí tenemos una pregunta muy reveladora, seguida de una respuesta muy reveladora. Los discípulos Le preguntaron a Jesús quién era el más grande en el Reino del Cielo. Jesús tomó a un chico y dijo que a menos que ellos se volvieran y llegaran a ser como ese chiquillo, no entrarían en el Reino de ninguna manera.

La pregunta de los discípulos era: «¿Quién será -el más grande en el Reino del Cielo?» Y el mismo hecho de que hicieran esa pregunta mostraba que no tenían ni idea de lo que era el Reino del Cielo. Jesús dijo: «A menos que os volváis.» Estaba advirtiéndoles que iban en un sentido totalmente equivocado, alejándose en lugar de acercarse al Reino del Cielo. En la vida, todo depende de lo que una persona se proponga; si su meta es el cumplimiento de una ambición personal, la adquisición de poder personal, el disfrutar de prestigio personal, la exaltación del yo, se está proponiendo lo contrario del Reino del Cielo; porque ser ciudadano del Reino quiere decir olvidarse completamente de uno mismo, borrar el yo, consumir el yo en una vida que se propone el servicio y no el poder. Mientras uno considere su persona como la cosa más importante del mundo, está de espaldas al Reino; si quiere alcanzar el Reino debe darse la vuelta y encaminarse en sentido opuesto.

Jesús tomó a un chiquillo. Según una tradición, el chiquillo era Ignacio de Antioquia, que llegaría a ser una gran figura de la Iglesia, un gran escritor y finalmente un mártir de Cristo: Ignacio recibió el apodo de Theóforos, que quiere decir llevado por Dios, y la tradición desarrolló la idea de que había sido porque Jesús le había llevado en brazos o puesto sobre Sus rodillas. Puede que fuera así. Pero puede que sea más probable que fuera Pedro el que hiciera la pregunta, y que fuera su hijo el que Jesús tomó y puso en medio, porque sabemos que Pedro estaba casado (Mat_8:14 ; 1Co_9:5 ).

Así es que Jesús dijo que en un niño vemos las cualidades que deben caracterizar a los del Reino. Un niño tiene muchas cualidades encantadoras: la capacidad de maravillarse, hasta que llega a dar por sentada la maravilla del mundo; la capacidad de perdonar y olvidar, hasta cuando los mayores y aun sus padres le tratan injustamente, como sucede con tanta frecuencia; la inocencia, que, como dice hermosamente Richard Glover, lleva consigo el que un niño no tiene más que aprender, y no que desaprender; solo que hacer, no que deshacer. Sin duda Jesús estaba pensando en estas cosas; pero, con ser tan maravillosas, no eran las principales en Su mente. El niño tiene tres grandes cualidades que le hacen el símbolo de los ciudadanos del Reino.

(i) Lo primero y principales la cualidad que es la clave de todo el pasaje: la humildad del niño. Un niño no quiere pretender; más bien prefiere pasar inadvertido. No desea ser prominente; prefiere más bien quedar en la sombra. Solo cuando ya va creciendo y empieza a iniciarse en un mundo competitoivo, con su lucha feroz y competencia por premios y primeros lugares, es cuando deja atrás su humildad instintiva.

(ii) Tenemos la dependencia del niño. Para el niño, un estado de dependencia es completamente natural. Nunca cree que puede enfrentarse solo con la vida. Está contento con ser totalmente dependiente de los que le quieren y cuidan. Si aceptáramos el hecho de nuestra dependencia de Dios, entrarían en nuestras vidas una nueva fuerza y una nueva paz.

(iii) Está la confianza del niño. El niño es instintivamente dependiente, y instintivamente también confía en sus padres para la provisión de sus necesidades. Cuando éramos niños, no podíamos comprar nuestros alimentos ni nuestra ropa, ni mantener nuestra casa; sin embargo, nunca dudábamos de que podríamos vestirnos y alimentarnos, y que encontraríamos protección y calor y comodidad esperándonos cuando volviéramos a casa. Cuando éramos niños, salíamos de viaje sin dinero para pagar el billete, sin idea de cómo llegaríamos a nuestro destino; y sin embargo nunca se nos ocurría dudar de que nuestros padres nos llevaran y nos trajeran de vuelta a salvo.

La humildad de un niño es el dechado del comportamiento del cristiano con sus semejantes, y la dependencia y la confianza del niño son el dechado de la actitud del cristiano para con Dios, el Padre de todos.

CRISTO Y EL NIÑO

Mateo 18:5-7, 10

-Todo el que reciba a un niño así en Mi nombre, Me recibe a Mí. Pero todo el que le ponga una piedra de tropiezo en el camino a uno de estos pequeños que creen en Mí, mejor le fuera que se le colgara una piedra de molino al cuello y se le hundiera en lo más profundo del mar. ¡Pobre del mundo por culpa de los tropiezos! Los tropiezos se tienen que producir; pero, ¡ay de la persona que los produce!

Guardaos muy, mucho de despreciar a uno de estos pequeños; porque os aseguro que sus ángeles en el Cielo contemplan el rostro de Mi Padre Que está en el Cielo.

Hay una cierta dificultad de interpretación en este pasaje que debemos tener en mente. Como hemos visto a menudo, Mateo tiene la costumbre de reunir la enseñanza de Jesús bajo ciertos grandes epígrafes; la coloca sistemáticamente. En la primera parte de este capítulo, está agrupando la enseñanza de Jesús acerca de los niños; y debemos tener presente que los judíos usaban la palabra niño en dos sentidos. La usaban literalmente de personas de muy poca edad; pero a los discípulos de un maestro se los llamaba corrientemente sus hijos o sus niños. Por tanto, un niño también quiere decir un principiante en la fe, uno que acaba de empezar a creer, uno que no es todavía maduro ni experimentado en la fe, uno que acaba de empezar en el buen camino y que todavía puede que se aparte. En este pasaje, el niño representa muy a menudo al de poca edad, y al principiante en el camino cristiano.

Jesús dice que todo el que reciba a un niño así en Su nombre, Le recibe a Él. La frase en Mi nombre puede querer decir una de dos cosas.

(i) Puede que quiera decir por amor de Mí. El cuidado de los niños es algo que se lleva a cabo solamente por amor a Jesucristo. Enseñar a un niño, educar a un niño en el camino que debe seguir, es algo que se hace, no solamente por amor al niño, sino por amor a Jesucristo mismo.

(ii) Puede querer decir con una bendición. Puede querer decir recibir al niño y, como si dijéramos, invocar el nombre de Jesús sobre él. El que trae a Jesús y la bendición de Jesús a un niño está haciendo algo conforme al. carácter de Cristo.

Recibir al niño es también una frase que puede tener más de un sentido. (i) Puede que quiera decir, no tanto recibir a un niño como recibir a una persona que tenga esta cualidad infantil de la humildad. En este mundo altamente competitoivo es muy fácil prestar la máxima atención a una persona que es luchadora, agresiva y llena confianza en sí misma. Es fácil prestar la máxima atención A la persona que, en el sentido terrenal del término, ha tenido éxito en la vida. Bien puede ser que Jesús estuviera diciendo que la gente más importante no son los que avanzan a empellones y alcanzan la cima arrollando o echando a la cuneta a todos los demás, sino las personas tranquilas, humildes y sencillas que tienen un corazón de niño.

(ii) Puede que quiera decir sencillamente recibir a un niño, darle el cuidado y el amor y la enseñanza que necesita para llegar a ser una persona cabal. El ayudar a un niño a vivir bien y a conocer mejor a Dios es ayudar a Jesucristo.

(iii) Pero esta frase puede que tenga otro sentido muy maravilloso. Puede querer decir ver a Cristo en el niño. El enseñar a niños inquietos, desobedientes y rebeldes, puede ser una tarea agotadora. El satisfacer las necesidades físicas de un niño, lavarle la ropa, vendarle las heridas y hacerle las comidas puede parecer a menudo una tarea nada romántica; la cocina y la pila y la cesta de la ropa no tienen nada de ideales; pero no hay nadie en todo el mundo que ayude a Jesucristo más que el maestro de los párvulos y la madre agotada y oprimida en el hogar. Los tales encontrarán una gloria en la tarea si a veces intuyen en el niño a nada menos que al mismo Jesús.

LA TERRIBLE RESPONSABILIDAD

Pero la clave principal de este pasaje está en el terrible peso de responsabilidad que nos deja a cada uno de nosotros.

(i) Subraya el terror de enseñarle a otro a pecar. Es cierto que nadie peca sin que se le invite; y el portador de la invitación es a menudo un semejante. Una persona siempre tiene que enfrentarse con la primera tentación al pecado; siempre tiene que recibir la primera invitación a hacer lo que no debe; siempre tiene que experimentar el primer empujón hacia el camino de las cosas prohibidas. Los judíos tenían el punto de vista de que el más imperdonable de todos los pecados es enseñar a pecar a otro; y por esta razón: porque los pecados de una persona se le pueden perdonar, porque en cierto sentido tienen consecuencias limitadas; pero si enseñamos a otro a pecar, él puede enseñar a otro a su vez, y el tren del pecado se pone en movimiento hacia una meta imprevisible.

No hay nada en este mundo más terrible que destruir la inocencia de alguien. Y, si a uno le queda algo de conciencia, no hay nada que le pueda remorder más.. Alguien cuenta lo que le sucedió a un viejo que estaba muriendo; estaba claro que algo le turbaba profundamente. Por último, consiguieron que dijera qué. «Jugando con otros chicos -dijo-, un día cambiamos la posición de un indicador de direcciones en una encrucijada de manera que señalara en sentido contrario, y no he dejado de preguntarme a cuántas personas haría que tomaran una dirección equivocada.» El pecado más grave de todos es enseñar a otro a pecar.

(ii) Subraya el terror del castigo de los que enseñan a otro a pecar. Si una persona enseña a otra a pecar, mejor le sería que le colgaran al cuello una piedra de molino y la arrojaran a lo más profundo del Marcos

La piedra de molino que se menciona aquí es una mylos onikós. Los judíos molían el grano entre dos piedras circulares. Esto se hacía en las casas; y en cualquier cabaña se podía ver un molino así. La piedra superior, que giraba encima de la inferior, estaba equipada con una manilla, y era corrientemente de un tamaño que permitía que el ama de casa la manejara, porque era ella la que molía los cereales para el uso del hogar. Pero una mylos onikós era una piedra de molino de tal tamaño que tenía que moverla un burro (onos es la palabra griega para asno, y mydos es la palabra griega para piedra de molino). El mismo tamaño de la piedra de molino muestra lo terrible de la condenación.

Además, en griego se dice, no tanto que sería mejor para la persona hundirse en las profundidades del mar, sino que sería mejor que le tiraran a uno al fondo en alta Marcos Los judíos temían al Marcos Para ellos el Cielo era un lugar en el que ya no habría mar (Rev_21:1 ). El que enseñaba a otro a pecar estaría mejor si le hundieran en alta mar en el lugar más solitario de todos. Más aún: La misma imagen de sumergir producía horror a los judíos. Sumergir era a veces un castigo romano, pero nunca judío. Para un judío era el símbolo de la destrucción total. Cuando los rabinos enseñaban que había que destruir completamente los objetos paganos y gentiles decían que había que «tirarlos a la mar salada.» Josefo (Antigüedades de los judíos 14.15.10) tiene un relato terrible de un levantamiento en el que los galileos apresaron a los partidarios de Herodes y los echaron al mar de Galilea. La misma frase contendría para los judíos un cuadro de destrucción total. Las palabras de Jesús estaban cuidadosamente escogidas para mostrar el fin que aguardaba al que enseña a otro a pecar.

(iii) Contiene una advertencia que silencia toda evasión: Este es un mundo infectado de pecado y un mundo tentador; nadie puede pasar por él sin encontrarse las seducciones del pecado. Esto es especialmente cierto cuando se sale de un hogar protegido, en el que no se ha estado expuesto a ninguna mala influencia. Jesús dice: «Eso es absolutamente cierto; este mundo está lleno de tentaciones; son inevitables en un mundo en el que ha entrado el pecado; pero eso no disminuye la responsabilidad de la persona que es la causa de que haya una piedra de tropiezo en el camino de un joven o de un principiante en la fe.»

Sabemos que este es un mundo tentador; es por tanto el deber del cristiano quitar las piedras de tropiezo, nunca ser el causante de que aparezcan en el camino. de nadie. Esto quiere decir que no es solo un pecado poner una piedra de tropiezo en el camino de otro; también es pecado llevar a otra persona a una situación o circunstancia o ambiente en el que pueda encontrar una piedra de tropiezo. Ningún cristiano puede darse por satisfecho y en letargo en una civilización en la que las condiciones de vida y de hogar en que viven los jóvenes no les dejan posibilidad de escapar a las seducciones del pecado.

(iv) Por último, subraya la suprema importancia del niño:

«Sus ángeles -dice Jesús- contemplan siempre el rostro de Mi Padre Que está en el Cielo.» En tiempos de Jesús, los judíos tenían uña angelología sumamente desarrollada. Cada nación tenía su ángel; cada fuerza natural, tal como el viento y el trueno y el rayo y la lluvia, tenía su ángel. Hasta llegaban a decir, muy poéticamente, que todas las hojas de hierba tenían su ángel. Así que creían que cada niño tenía su ángel de la guarda.

Decir que esos ángeles contemplaban el rostro de Dios en el Cielo quiere decir que siempre tenían el derecho de acceso directo a Dios. Se representa el Cielo como una gran corte real en la que solo los más favorecidos cortesanos y ministros y oficiales tienen acceso directo al Rey. A los ojos de Dios, los niños son tan importantes que sus ángeles de la guarda siempre tienen derecho de acceso directo a la presencia íntima de Dios.

Para nosotros, el gran valor de un niño depende siempre de las posibilidades que encierra. Todo depende de cómo se le enseñe y prepare. Las posibilidades puede que no se hagan realidad nunca; puede que se reduzcan o supriman; que lo que se podría haber usado para el bien se desvíe a los propósitos del mal; o que se desaten de tal manera que inunde la Tierra una nueva marea de poder.

Allá por el siglo XI, el duque Roberto de Burgundia era uno de los grandes guerreros y de las grandes figuras caballerescas. Estaba a punto de emprender una campaña. Tenía un hijo que era su heredero; y, antes de partir, hizo que sus barones y nobles vinieran a jurar fidelidad al pequeño infante, en caso de que a él le sucediera algo. Llegaron con sus plumas ondulantes y el estruendo de sus cabalgaduras, y se arrodillaron ante el niño. Un gran barón se sonrió, y el duque Roberto le preguntó por qué, Él le contestó: «¡El niño es tan pequeñito!» «Sí -dijo el duque Roberto-, es pequeño, pero crecerá.» ¡Y vaya si creció! Porque aquel bebé llegó a ser Guillermo el Conquistador de Inglaterra.

En todo niño hay posibilidades ilimitadas para el bien o para el mala Es la suprema responsabilidad de los padres, de los maestros, de la Iglesia Cristiana, ver que se hagan realidad sus posibilidades dinámicas para el bien. Ahogarlas, dejarlas sin explorar, tergiversarlas al servicio del mal, es pecado.

LA AMPUTACIÓN QUIRÚRGICA

Mateo 18:8-9

-Si tu mano o tu pie te resultan una piedra de tropiezo, córtatelos y tíralos. Mejor te es entrar en la vida manco o cojo, que te echen al fuego eterno con dos manos y dos pies. Y si tu ojo se te convierte en una piedra de tropiezo, sácatelo y tíralo. Mejor cuenta te trae entrar en la vida tuerto que te tiren a la gehena de fuego con los dos ojos.

Este pasaje se puede tomar en dos sentidos. Se puede tomar personalmente; puede estar diciéndonos que vale la pena cualquier sacrificio o renuncia para escapar del castigo de Dios.

Tenemos que entender con claridad lo que implica ese castigo. Aquí se llama perdurable, y esta palabra aparece con frecuencia en las ideas judías acerca del castigo. La palabra griega es aiónios. El Libro de Enoc habla del juicio eterno, del juicio para siempre, del castigo y tormento para siempre, del fuego que arde para siempre. Josefo llama al infierno una prisión perdurable. El Libro de los Jubileos habla de una maldición eterna. El Libro de Baruc dice que «no habrá oportunidad de arrepentirse, ni un límite a los tiempos.» Hay una historia rabínica de rabí Yojanán ben Zakkai, que lloraba amargamente ante la perspectiva de la muerte. Cuando le preguntaron por qué, respondió: «Tanto más lloro ahora porque estoy a punto de que me lleven a la presencia del Rey de reyes, el Único Santo, bendito sea, Que vive y permanece para siempre y por siempre y por siempre; Cuya ira, si estuviera airado, es una ira eterna; y si me apresara, sería para toda eternidad, y si me matara, su muerte es una muerte eterna; al Que no puedo aplacar con palabras, ni sobornar con riquezas.»

En todos estos pasajes se usa la palabra niónios; pero debemos tener cuidado en recordar lo que quiere decir. Quiere decir literalmente lo que pertenece a las edades; no hay más que una Persona a la Que se puede aplicar la palabra aiónios con propiedad, y es Dios. Hay mucho más en aiónios que una simple descripción de lo que no tiene fin. El castigo que es aiónios es un castigo que corresponde a Dios imponer, y un castigo que solamente Dios puede imponer. Cuando pensamos en un castigo, solo podemos decir: « ¿Es que el Juez de toda la Tierra no juzgará correctamente?» Nuestros bocetos humanos y nuestros esquemas temporales nos fallan; esto está en las manos de Dios.

Pero hay una clave que sí tenemos. Este pasaje nos habla de la gehena del fuego. Gehena era el valle de Hinom, un valle bajo la montaña de Jerusalén. Era un lugar maldito para siempre, porque había sido el lugar en que, en los días del reino, los judíos renegados habían sacrificado a sus hijos en el fuego al dios pagano Moloc. El rey Josías lo había convertido en un lugar maldito. En días posteriores llegó a ser el vertedero de Jerusalén, una especie de incinerador general. Siempre había basuras ardiendo allí, y un velo de humo y un fuego continuo lo rodeaba.

Así pues, ¿qué era esta gehena, este valle de Hinom? Era el lugar donde se tiraba y se destruía todo lo que era inútil. Es decir: el castigo de Dios es para los que son inútiles, para los que no contribuyen nada a la vida, para los que retienen la vida en lugar dejarla avanzar, los que arrastran la vida en lugar de elevarla, para los que son un tropiezo y no una inspiración para los demás. Una y otra vez el Nuevo Testamento enseña que la inutilidad invita al desastre. La persona que es inútil, la que es una mala influencia en las demás, la que no puede justificar el simple hecho de su existencia, corre peligro de recibir el castigo de Dios, a menos que ampute de su vida las cosas que le hacen ser el tropiezo que es.

Pero es también posible que este pasaje no haya de tomarse tanto personalmente como en relación con la iglesia. Mateo ya ha usado este dicho de Jesús en un contexto diferente en Mat_5:30 . Aquí puede que haya una diferencia. Todo el pasaje es acerca de los niños, y tal vez especialmente acerca de los niños en la fe. Este pasaje puede que esté diciendo: « Si en vuestra iglesia hay alguien que es una mala influencia, si hay alguien que es un mal ejemplo para los que son jóvenes en la fe, si hay alguien cuya vida y conducta están dañando al cuerpo de la Iglesia, debe ser desarraigado y expulsado:» Eso puede que sea lo que quiere decir. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo; si ese cuerpo ha de estar sano y de irradiar salud, lo que contiene las semillas de cáncer y de infección mortífera en sí debe amputarse hasta quirúrgicamente.

Una cosa es segura: En cualquier persona y en cualquier iglesia, sea cual fuere la seducción al pecado, debe suprimirse, por muy dolorosa que sea la escisión; porque si la dejamos florecer, la seguirá un castigo más severo. En este pasaje puede muy bien que se subraye tanto la necesidad de autorrenuncia en el cristiano individual como de disciplina en la iglesia cristiana.

EL PASTOR Y LA OVEJA PERDIDA

Mateo 18:12-14

-¿Qué os parece? Si uno tiene cien ovejas, y se le pierde una, ¿no dejará las noventa y nueve, y saldrá por los cerros a buscar a la oveja descarriada? Y cuando la encuentre -os estoy diciendo la pura verdad- se alegra más con ella que con las noventa y nueve que nunca se le perdieron. Así que no es la voluntad de vuestro Padre que perezca ni uno de estos pequeñitos.

Esta es sin duda la más sencilla de todas las parábolas de Jesús, porque es el sencillo relato de una oveja perdida y de un pastor que la busca. En Judasa era trágicamente fácil el que una oveja se descarriara. Los pastizales se encuentran en la parte montañosa que corre como una columna vertebral por en medio del país. Esta meseta zigzagueante es estrecha, con solo unos pocos kilómetros de anchura. No hay vallas protectoras. En el mejor de los casos, el pasto es escaso, y por tanto hay que dejar que las ovejas deambulen en su busca; y, si se apartan de los prados de la meseta a los arroyos y los barrancos que la rodean, corren peligro de caerse en algún saliente del que no podrán salir ni hacia arriba ni hacia abajo, y de quedarse aisladas allí hasta morirse de hambre. Los pastores palestinos eran expertos en eso de seguir el rastro de sus ovejas perdidas. Podían seguirlo a lo largo de kilómetros; y se arriesgarían a pasar por acantilados y precipicios para recuperarlas.

En los tiempos de Jesús, los rebaños eran muchas veces comunales; pertenecían, no a una sola persona, sino a todo el pueblo. Había por tanto por lo general dos o tres pastores con el rebaño. Por eso el pastor podía dejar las noventa y nueve. Si las hubiera dejado sin que hubiera nadie a su cuidado, cuando hubiera vuelto se habría encontrado con que se habían perdido más; pero podía dejarlas al cuidado de su camarada mientras buscaba la extraviada. Los pastores siempre realizaban los esfuerzos más sacrificados y agotadores para encontrar la oveja perdida. La regla era que, si no se podía traer la oveja viva, había que traer por lo menos, si era posible, un trozo de la piel o algún hueso de ella para demostrar que había muerto.

Podemos imaginar que volverían los otros pastores con sus rebaños al corral del pueblo por la tarde, y cómo dirían que un pastor estaba todavía recorriendo las montañas en busca de una oveja extraviada. Podemos figurarnos cómo todos los del pueblo dirigirían la mirada una y otra vez a las montañas tratando- de descubrir al pastor que no había vuelto a casa; y podemos imaginar el grito de alivio y alegría que resonaría cuando le vieran acercarse por el sendero con su agotada vagabunda a hombros, por fin a salvo; y podemos imaginarnos cómo le recibiría todo el pueblo, y se reuniría a su alrededor con alegría para escuchar la historia de la oveja perdida y hallada. Aquí tenemos lo que era la ilustración favorita de Jesús acerca de Dios y de Su amor. Esta parábola nos enseña muchas cosas acerca de ese amor.

(i) El amor de Dios es un amor individual. Las noventa y nueve no eran suficientes; una oveja estaba por ahí, por las montañas, y el pastor no podía quedarse tranquilo hasta traerla a casa. Por muy numerosa que sea una familia, un padre no puede prescindir de ninguno de sus hijos; no hay ninguno que no importe. Así es Dios; Dios no puede estar tranquilo hasta que el último extraviado llegue al hogar.

(ii) El amor de Dios es un amor paciente. Las ovejas son proverbialmente unas criaturas muy tontas. La oveja no le podía echar las culpas a nadie más que a ella misma del peligro en que se había metido. La gente suele tener muy poca paciencia con los tontos. Cuando se meten en líos, se suele decir: « No es más que culpa suya. Se lo han buscado ellos. No malgastes tu lástima con los tontos.» Pero Dios no es así. La oveja puede que fuera estúpida, pero el pastor arriesgaría su vida para salvarla de todas maneras. Las personas puede que sean tontas, pero Dios ama hasta a los tontos que no le pueden echar las culpas nada más que a sí mismos de su propio pecado y sufrimiento.

(iii) El amor de Dios es un amor que busca. El pastor no se dio por satisfecho esperando que volviera la oveja; fue a buscarla. Eso era lo que un judío no podía entender acerca de la idea cristiana de Dios. El judío estaría muy dispuesto a reconocer que, si el pecador llegaba arrastrándose penosamente al hogar, Dios le perdonaría. Pero nosotros sabemos que Dios es mucho más maravilloso que todo eso, porque en la Persona de Jesucristo vino a buscar y a salvar a los que se habían perdido. Dios no se contenta con esperar hasta que todas las personas vuelvan a casa; Él sale a buscarlas sin pensar en lo que Le puede costar.

(iv) El amor de Dios es un amor que se regocija. Aquí no hay nada más que alegría. No hay recriminaciones, ni hay tal cosa como recibir al que vuelve a regañadientes y con un sentimiento de desprecio superior; todo es alegría. A menudo recibimos a una persona arrepentida echándole un sermón y dejándole muy claro que debe considerarse despreciable, y con la afirmación práctica de que no nos hace ninguna falta y no tenemos intención de liarnos más de ella. Es humano no olvidarse nunca del pasado de una persona, y recordar siempre sus pecados en su contra. Dios se echa nuestros pecados a la espalda; y cuando volvemos a Él, todo es alegría.

(v) El amor de Dios es un amor protector. Es el amor que busca y salva. Hay amores que destruyen; puede que haya amores que ablanden; pero el amor de Dios es un amor protector que salva a la persona para el servicio de sus semejantes, un amor que hace al descarriado sabio, al débil fuerte, al pecador puro, al cautivo del pecado, una persona libre para la santidad, y al derrotado por la tentación, su conquistador.

BUSCANDO AL PORFIADO

Mateo 18:15-18

-Si tu hermano peca contra ti, dirígete a él y trata de hacerle comprender su error estando él y tú solos. Si te hace caso, has recuperado a un hermano. Si no te quiere hacer caso, lleva a uno o dos contigo, para que todo el asunto se establezca por boca de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso a ellos, díselo a la iglesia. Y si se niega a hacer caso a la iglesia, tenle poro gentil y publicano. Esto que os digo es la pura verdad: todo lo que atéis en la Tierra, quedará atado en el Cielo; y todo lo que desatéis en la Tierra, quedará desatado en el Cielo.

En muchos sentidos este es uno de los pasajes más difíciles de interpretar de todo el Nuevo Testamento. Su dificultad radica en el hecho indudable de que no suena a cierto; no suena a Jesús; suena mucho más a los acuerdos de un comité eclesiástico.

Todavía podemos ir más lejos: No es posible que Jesús dijera esto en esta forma. Jesús no pudo decirles a Sus discípulos que llevaran el asunto a la iglesia, porque la iglesia no existía todavía; y el pasaje implica una iglesia plenamente desarrollada y organizada, con un sistema de disciplina eclesiástica. Y más aún: Habla de publicanos y paganos como de los que están fuera sin remedio. Sin embargo a Jesús Le acusaron de ser amigo de publicanos y pecadores; y Él nunca habló de ellos en un sentido despectivo o negativo, sino siempre con simpatía y amor, y aun con alabanza (Cp. Mat_9:10 ss; 11:19; Luk_18:10 ss; y especialmente Mat_21:31 ss, donde se dice precisamente que los publicanos y las rameras entrarán en el Reino antes que los religiosos ortodoxos de aquel tiempo). Además, el tono general del pasaje es que el perdón tiene un límite, que llega el momento en que se puede tomar a una persona como un caso perdido, cosa que no podemos entender que dijera Jesús. Y el último versículo parece realmente darle a la iglesia el poder de retener y de perdonar pecados. Hay muchas razones que nos hacen creer que esto, tal como está aquí, no puede ser un dicho original de Jesús, sino una adaptación hecha por la iglesia en tiempo posterior, cuando la disciplina eclesiástica era más bien cosa de reglas y normas, y no de amor y perdón.

Aunque este pasaje podemos estar seguros de que no es una trascripción exacta de lo que dijo Jesús, es igualmente cierto que se remonta a algo que El sí dijo. ¿Podemos penetrar en su trasfondo para encontrar el verdadero mandamiento de Jesús? En su sentido más amplio, lo que Jesús dijo sería: «Si alguien peca contra ti, no ahorres esfuerzos para hacer que reconozca su falta, y para poner las cosas en su sitio otra vez entre vosotros dos.» En el fondo, lo que quiere decir es que no debemos nunca tolerar ninguna situación en la que se rompa la relación, personal entre uno de nosotros y otro miembro de la comunidad cristiana..

Supongamos que algo va mal, ¿qué tenemos que hacer para rectificarlo? Este pasaje nos presenta todo un esquema de acción para arreglar una relación deteriorada en la comunidad cristiana:

(i) Si estamos convencidos de que alguien nos ha ofendido, debemos expresar nuestra queja inmediatamente. Lo peor que podemos hacer con una ofensa es rumiarla. Eso es fatal. Puede envenenar toda la mente y la vida hasta tal punto que no podamos pensar en nada más que en nuestro sentimiento de haber sido ofendidos personalmente. Cualquier sentimiento de ese tipo debe sacarse a la luz, arrostrarse, expresarse, y a menudo el hecho de exponerlo mostrará lo poco importante y lo trivial que es todo el asunto.

(ii) Si estamos convencidos de que alguien nos ha ofendido, debemos ir directamente al supuesto ofensor personalmente. Más problemas ha causado el escribir cartas que casi ninguna otra cosa en el mundo. Una carta puede que se lea o entienda equivocadamente; puede que transmita inconscientemente un tono que no era la intención original. Si tenemos alguna diferencia con otro, solo hay una manera de zanjarla, y es cara a cara. La palabra hablada puede muchas veces resolver una diferencia que la palabra escrita no habría hecho más que exacerbar.

(iii) Si una entrevista privada y personal no consigue su propósito, debemos llevar a alguna persona, o a algunas personas, que sean prudentes. Deu_19:15 dice: «No se tomará en cuenta a un solo testigo contra alguien en cualquier delito ni en cualquier pecado, en relación con cualquier ofensa cometida. Solo por el testimonio de dos o tres testigos se mantendrá la acusación.» Ese era el dicho que Mateo tenía en mente. Pero en este caso el llevar testigos no era para tener una manera de demostrarle a una persona que había cometido una ofensa, .sino para ayudar en un proceso de reconciliación. Una persona suele odiar a los que más ha ofendido; y bien puede ser que nada -que nosotros digamos pueda hacer que le recuperemos. Pero el hablar del asunto con algunas personas prudentes y -amables presentes es crear una nueva atmósfera en la que hay por lo menos una posibilidad de vernos como nos ven los demás. Los rabinos tenían un dicho sabio: «No juzgues a solas, porque no hay nadie que pueda juzgar a solas salvo Uno, es decir, Dios.»

(iv) Si también eso fracasa, debemos llevar nuestros problemas personales a la comunidad cristiana. ¿Por qué? Porque los problemas no se resuelven nunca llevándolos a los tribunales, o discutiéndolos sin Cristo. El legalismo no hace más que producir más problemas. Es en un ambiente de oración, de amor cristiano y de comunión fraternal donde se pueden enderezar las relaciones deterioradas. Lo que se da por sentado es que la comunidad eclesial es cristiana, y trata de juzgarlo todo, no a la luz de un libro de práctica y disciplina, sino a la luz del amor.

(v) Ahora es cuando llegamos a lo más difícil. Mateo dice que, si tampoco eso tiene éxito, entonces hay que considerar a la persona que nos ha ofendido como si fuera un pagano o un publicano. La primera impresión que nos hace este dicho es que hay que dejar a la persona por imposible y como irrecuperable, pero eso es precisamente lo que Jesús no puede haber querido decir. Él nunca le puso límites al perdón humano. Entonces, ¿qué es lo que quiso decir?

Ya hemos visto que cuando Jesús habla de publicanos y de pecadores siempre lo hace con simpatía .y amabilidad, y con aprecio de sus buenas cualidades. Puede que lo que Jesús quisiera decir fuera: «Cuándo hayáis hecho todo esto, cuando le hayáis dado al ofensor todas las oportunidades sin que deje de estar obstinado y testarudo, puede que le consideres en nada mejor que un publicano renegado o hasta que un pagano idólatra. Bueno, puede que tengas razón; pero Yo no he encontrado que los publicanos y los paganos sean casos perdidos. Mi experiencia con ellos es que ellos también tienen un corazón que se puede tocar; y hay muchos de ellos, como Mateo y Zaqueo, que han llegado a ser mis mejores amigos. Aun en el caso de que el ofensor testarudo sea como un publicano ,o un pagano, todavía le puedes recuperar, como Yo.»

De hecho eso, no es un mandato de perder la paciencia con nadie, dé considerar a una persona un caso perdido; es un desafío a ganárnosla con el amor que puede tocar hasta el más duro corazón. No es decir que hay casos desesperados; es una afirmación de que Jesucristo no ha encontrado que ninguna persona fuera un caso perdido -y nosotros tampoco tenemos por qué llegar a esa conclusión.

(vi) Por último, tenemos el dicho acerca de atar y desatar. Es un dicho difícil. No puede querer decir que la iglesia puede remitir o perdonar pecados, y así zanjar el destino de una persona en el tiempo y en la eternidad. Lo que sí puede querer decir es que las relaciones que establecemos con nuestros semejantes duran no solo un tiempo, sino se transfieren a la eternidad -por tanto tenemos la obligación de mantenerlas como Dios manda.

EL PODER DE LA PRESENCIA

Mateo 18:19-20

De nuevo os digo que si dos de vosotros os ponéis de acuerdo en la Tierra sobre alguna cosa por la que vais a orar, la recibiréis de Mi Padre Que está en el Cielo. Donde dos o tres se reúnan en Mi nombre, allí estaré Yo entre ellos.

Aquí tenemos uno de esos dichos de Jesús cuyo sentido debemos investigar, porque si no nos quedaremos con el corazón deshecho y con una gran desilusión. Jesús dice que si dos se ponen de acuerdo en la Tierra sobre cualquier cosa por la que estén orando, la recibirán de Dios. Si hubiéramos de tomar eso literalmente, y sin ninguna limitación, resultaría claramente incierto. Innumerables veces, dos personas se han puesto de acuerdo para orar por el bienestar físico o espiritual de alguien que les era querido y su oración no ha sido contestada en el sentido literal. Innumerables veces, el pueblo de Dios se ha puesto de acuerdo para orar por la conversión de su propio país, o por la conversión de los incrédulos y la venida del Reino, y esa oración sigue todavía muy lejos de ser contestada plenamente. Hay personas que se ponen de acuerdo para orar y oran desesperadamente y no reciben lo que piden. No tiene sentido negarse a aceptar los Hechos del caso, y nada más que daño puede ser el resultado de enseñarles a las personas que esperen lo que no sucede. Pero cuando llegamos a comprender lo que quiere decir este dicho, descubrimos en él una preciosa oportunidad.

(i) Lo primero y principal es que esto quiere decir que la oración nunca puede ser egoísta, y que una oración egoísta no puede recibir una respuesta satisfactoria. No se supone que hemos de pedir solamente por nuestras propias necesidades, sin tenernos en cuenta nada más que a nosotros mismos; se supone que oramos como miembros de una comunidad, de común acuerdo, recordando que la vida y el mundo no están organizados conforme a nuestro capricho individual, sino para el bien de la comunidad en su totalidad. De otra manera sucedería a menudo que, si nuestras oraciones fueran contestadas, las de otras personas tendrían que ser denegadas. A menudo el éxito que pedimos para nosotros mismos supondría el fracaso de algunos otros. La oración eficaz debe ser la oración en la que se está de acuerdo, de la que se ha suprimido el elemento de concentración egoísta en nuestras propias necesidades y nuestros propios deseos.

(ii) La oración que está totalmente limpia de egoísmo es siempre contestada. Pero aquí, como en todos los otros casos, debemos recordar la ley fundamental de la oración: que en la oración recibimos, no la respuesta que deseamos, sino la que Dios en Su sabiduría y en Su amor sabe que es lo mejor para nosotros. Simplemente porque somos seres humanos, con corazones y temores y esperanzas y deseos humanos, la mayor parte de nuestras oraciones son oraciones de evasión. Pedimos ser librados de alguna prueba, de algún dolor, de alguna desilusión, de alguna situación dolorosa y difícil. Y la respuesta de Dios es siempre ofrecernos, no una evasión, sino una victoria. Dios no nos da el escape de una situación humana; nos permite aceptar lo que no podemos entender; nos permite soportar lo que sin Él nos seria insoportable; nos permite arrostrar lo que sin Él sería inaceptable. El perfecto ejemplo de todo esto lo encontramos en Jesús en Getsemaní. El pidió ser librado de la terrible situación que se Le presentaba; No Se libró de ella; pero recibió poder para salirle al encuentro, para sufrirla y para conquistarla. Cuando oramos sin mezcla de egoísmo, Dios envía Su respuesta pero Su respuesta: la respuesta es siempre Su respuesta, y no necesariamente la que nosotros esperábamos.

(iii) Jesús pasa a decir que donde se reúnen dos o tres en Su nombre, El está entre ellos. Los mismos judíos tenían un dicho: « Donde se sientan dos para ocuparse en el estudio de la Ley, la gloria de Dios está entre ellos.» Podemos tomar esta gran promesa de Jesús en dos esferas.

(a) Podemos aplicarla a la esfera de la iglesia. Jesús está tan presente en una pequeña congregación como en una gran reunión de masas. Está tan presente en una reunión o en un círculo de estudio bíblico de un puñado de personas como en una catedral abarrotada. Él no es esclavo de los Números. Está dondequiera se reúnan corazones fieles, aunque sean muy pocos, porque Él Se da totalmente a cada persona.

(b) Podemos aplicarla a la esfera del hogar. Una de las primeras interpretaciones de este dicho de Jesús era que los dos o tres eran padre, madre e hijo, y eso quiere decir que Jesús es el Huésped invisible de cada hogar.

Hay algunos que nunca se presentan lo mejor posible excepto en las que se consideran grandes ocasiones; pero para Jesucristo cada ocasión en la que, aunque solo sea dos o tres, se reúnen en Su nombre, es una gran ocasión.

COMO PERDONAR

Mateo 18:21-35

Entonces se Le acercó Pedro, y Le dijo:

-Señor, ¿cuántas veces le tengo que perdonar a mi hermano el que peque contra mí? ¿Hasta siete veces?

No te digo que hasta siete veces -le contestó Jesús-, sino hasta setenta veces siete. Por eso es por lo que el Reino del Cielo se puede comparar con lo que le pasó a un rey que quería hacer cuentas con sus siervos. Cuando empezó a revisar las cuentas, le trajeron a un deudor que le debía 500,000,000 de pesetas. Como no tenía posibilidad de pagarle, su amo mandó que le vendieran, juntamente con su mujer e hijos y todo lo que tuviera, para saldar la deuda. El siervo se postró rostro a tierra y le suplicó: «Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.» Al amo del siervo le dio pena de él, y le dejó en libertad, perdonándole la deuda. Pero cuando salió el siervo, se encontró con un consiervo suyo que le debía 1,000 pesetas. Le echó mano, y le agarró por el cuello: «¡Paga lo que debes!» -le dijo. El consiervo se postró y le suplicó: «Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.» Pero el otro no quiso tener paciencia; sino que fue y le metió en la cárcel hasta que pagara lo que le debía. Así que, cuando sus consiervos vieron lo que había pasado, se disgustaron mucho, y fueron a informar al amo de lo que había sucedido. Entonces el amo citó a su siervo y le dijo: «¡Siervo malvado! Yo te perdoné toda esa deuda solo porque tú me lo pediste. ¿No debías tú tener piedad de tu consiervo como yo la tuve de ti?» Y el amo se enfadó tanto con él que le entregó a los carceleros hasta que pagara todo lo que debía. Eso será lo que haga con vosotros Mi Padre celestial si no perdonáis cada uno a vuestro hermano de todo corazón.

Le debemos mucho al hecho de que Pedro tuviera la lengua tan dispuesta. Una y otra vez se precipitó a decir algo de tal manera que su impetuosidad dio motivo a que Jesús impartiera enseñanzas que son inmortales. En esta ocasión, Pedro se creía que estaba siendo muy generoso. Le preguntó a Jesús hasta cuándo tenía que perdonarle a su hermano el que le ofendiera, respondiendo a su propia pregunta con la sugerencia de que podría llegar hasta siete veces.

Pedro no estaba tan despistado con su pregunta. La enseñanza rabínica era que uno debía perdonar a su prójimo tres veces. Rabí Yosé ben Janina decía: « El que le pide perdón a su prójimo no debe repetirlo más de tres veces.» Rabí Yosé ben Yahuda decía: « Si uno comete una ofensa una vez, se le perdona; si comete una ofensa una segunda vez, se le perdona; si comete una ofensa una tercera vez, se le perdona; pero la cuarta vez, ya no se le perdona.» La prueba bíblica de que eso era lo correcto se tomaba de Amós. En los primeros capítulos de Amós hay una serie de condenaciones de las diferentes naciones por tres transgresiones y por cuatro (Amo_1:3; Amo_1:6; Amo_1:9; Amo_1:11; Amo_1:13 ; Amo_2:1; Amo_2:4; Amo_2:6 ). De ahí se deducía que el perdón de Dios se extendía hasta tres ofensas, y que Él visita a un pecador con un castigo a la cuarta. Una persona no podía ser más tolerante que Dios, así que el perdón se limitaba a tres veces.

Pedro creía que llegaba demasiado lejos, porque tomaba las tres veces de los rabinos, las multiplicaba por dos y les añadía una de propina, y sugería, convencido de su generosidad, que sería suficiente si perdonara siete veces. Pedro esperaba que se le alabara; pero la respuesta de Jesús fue que el cristiano debe perdonar setenta veces siete. En otras palabras: que el perdón no tiene un límite computable.

Jesús contó entonces la historia del siervo al que se había perdonado una gran deuda, y que, tan pronto como se vio libre, trató despiadadamente a un consiervo que le debía una deuda que era una fracción infinitesimal de lo que él le había debido a su amo, y que fue totalmente condenado sin remedio por su actitud. Esta parábola enseña ciertas lecciones que Jesús no se cansaba nunca de enseñar.

(i) Enseña la lección que se presenta en todo el Nuevo Testamento de que es imprescindible perdonar para ser perdonado. El que no esté dispuesto a perdonar a sus semejantes, no puede esperar que Dios le perdone a él. « Bienaventurados los misericordiosos -dijo Jesús -, porque ellos obtendrán misericordia» (Mat_5:7). Inmediatamente después de enseñar a Sus hombres Su oración, Jesús pasó a exponer y explicar una de sus peticiones: « Porque si perdonáis a los demás sus ofensas, vuestro Padre celestial también os perdonará; pero si no perdonáis a los demás sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará las vuestras» (Mat_6:14 s). Como dice Santiago: «Porque se hará juicio inmisericorde al que no haya mostrado misericordia» (Jam_2:13). El perdón divino y el humano van de la mano.

¿Por qué debe ser así? Uno de los grandes detalles de esta parábola es el contraste entre las dos deudas.

El primer siervo le debía a su amo 10,000 talentos, es decir, 60,000,000 de denarios; el denario hemos puesto en algún otro lugar que equivalía a 10 pesetas, que era el sueldo diario de un jornalero; por tanto, 10,000 talentos serían 600,000,000 de pesetas. Esa era una deuda increíble. Sería superior al presupuesto de una provincia. Los ingresos totales de la provincia que incluía a Idumea, Judasa y Samaria no eran más que 600 talentos; la renta total de aun una provincia rica como Galilea era solamente 300 talentos. Aquí tenemos una deuda que era superior al rescate de un rey. Eso fue lo que se le perdonó al primer siervo.

Por otra parte, lo que le debía a ese siervo su consiervo era una cantidad insignificante; solamente 100 denariu; un denarius valía unas 10 pesetas; y por tanto la deuda era de 1,000 pesetas. Era aproximadamente un seiscientos mil avo de su propia deuda.

A. R. S. Kennedy hace una comparación para que comprendamos la diferencia cuantitativa que había entre las dos deudas. Supongamos que esas cantidades se reunieran en monedas de 25 pesetas. La deuda de 100 denarios se podría llevar en un bolsillo. 100 denarios = 1,000 pesetas. Los 10.000 talentos requerirían para llevarlos un ejército de unos 8,000 cargueros, cada uno con un saco de 50 kilos; y la fila de los portadores ocuparía, yendo a un. metro de distancia el uno del otro, 8 kilómetros. El contraste entre las dos deudas es alucinante. La lección es que nada que los hombres puedan hacernos se puede comparar ni remotamente con lo que nosotros hemos hecho a Dios; y si Dios nos ha perdonado la deuda que teníamos con Él, nosotros también debemos perdonar a nuestros semejantes las deudas que tengan con nosotros. Nada que nosotros tengamos que perdonar se podría comparar ni remotamente con lo que se nos ha perdonado a nosotros.

Se nos ha perdonado una deuda que no podríamos haber pagado jamás -porque nuestros pecados causaron la muerte del Hijo de Dios-; y por eso, debemos perdonar a los demás como Dios nos ha perdonado a nosotros, o no podremos esperar ser tratados con misericordia.

Mateo 18:1-35

18.1-4 Jesús tomó a un niño para ayudar a sus egocéntricos discípulos a captar la idea. No necesitamos ser infantiles (como los discípulos, que discutían asuntos insignificantes) sino más bien como niños de corazón humilde y sincero. ¿Es usted infantil o como niño?

18.3, 4 Los discípulos estaban tan preocupados con la organización del reino terrenal de Jesús que perdieron la visión de su propósito divino. En lugar de buscar cómo servir mejor, discutían en cuanto a puestos. Cuán fácil es perder nuestra perspectiva eterna y competir por puestos en la iglesia. Cuán difícil es identificarnos con los «niños», gente débil y dependiente sin posición social ni influencia.

18.6 Los niños confían por naturaleza. Confían en los adultos, y al hacerlo estos crecen en su capacidad de confiar en Dios. Por la influencia que tienen en los niños, los padres y los adultos darán cuenta a Dios de la forma en que afecten la capacidad de confiar de estos pequeños. Jesús advierte que cualquiera que aparte de la fe a algún niño recibirá un severo castigo.

18.7ss Jesús advirtió a los discípulos que hay tres diferentes maneras de causar pérdida de fe en los «niños»: por tentación (18.7-9), por menosprecio y por degradación (18.10-14). Como líderes, debemos ayudar a los creyentes jóvenes o nuevos a evitar cualquier cosa o cualquier persona que podría causarles daño en su fe y conducirlos al pecado. Nunca debiéramos tomar superficialmente la educación y protección espiritual de los niños en edad y de los niños en la fe.

18.8, 9 Debemos quitar las piedras de tropiezo que originan en nosotros pecado. Esto no significa que debemos mutilarnos el cuerpo, sino que toda persona, programa o enseñanza en la iglesia que amenace el crecimiento espiritual del cuerpo debe eliminarse. Jesús dice que es mejor ir al cielo con una mano que al infierno con dos. El pecado, sin embargo, afecta no sólo nuestras manos; afecta también nuestro corazón.

18.10 Nuestro interés en los niños debe ser paralelo al trato que Dios les da. Ciertos ángeles tienen la tarea de velar por los niños y tienen acceso directo a Dios. Estas palabras deben escucharse bien en las culturas donde no se le da importancia al niño, se le maltrata o se aborta. Si sus ángeles tienen acceso directo y constante a Dios, lo menos que podemos hacer es permitir que los niños se acerquen a nosotros en lugar de mantenerlos alejados por causa de nuestras ocupaciones.

18.14 Así como un pastor se ocupa de una oveja perdida al grado que va por las colinas a buscarla, Dios se ocupa de cada ser humano que ha creado. («No quiere que nadie se pierda», 2Pe_3:9.) Estamos en contacto con niños que necesitan a Cristo en casa, en el colegio, en la iglesia y en el vecindario. Hay que guiarlos hacia El con nuestro ejemplo, palabras y actos de bondad.

18.15-17 Estas son instrucciones de Jesús para enfrentarnos con los que pecan en contra nuestra. Tienen que ver con (1) cristianos, no con los que no lo son, (2) con pecados cometidos contra usted, no contra otros y (3) con la resolución de conflictos que surgen en el contexto de la iglesia, no en toda la comunidad. Las palabras de Jesús no son una licencia para un ataque frontal a cada persona que nos hiere o margina. No son una licencia para iniciar una campaña destructiva de chismes o pleito de iglesia. Tienen como objetivo reconciliar a los que están en desacuerdo, de modo que todos los cristianos puedan vivir en armonía.

Cuando alguna persona nos ofende, con frecuencia optamos por lo opuesto de lo que Jesús recomendó. Respondemos con resentimiento u odio, buscamos venganza o chismeamos. Sin embargo, debiéramos ir a esa persona primero, por difícil que nos sea. Luego debemos perdonarla tantas veces como se necesite (18.21, 22).

18.18 Las palabras atar y desatar se refieren a la decisión de la iglesia en los conflictos. Entre los cristianos no hay corte de apelación fuera de la iglesia. Lo ideal es que las decisiones sean tomadas bajo la dirección de Dios y basadas en el discernimiento de su Palabra. Los creyentes, por tanto, tendrían la obligación de llevar sus problemas a la iglesia y esta, a su vez, de buscar la dirección de Dios para resolver los conflictos. El enfrentar los problemas dentro del método de Dios tendrá impacto ahora y por la eternidad.

18.19, 20 Jesús tiene en mente el día en que estará presente no en cuerpo sino por medio del Espíritu Santo. En el cuerpo de creyentes (la iglesia), el acuerdo sincero de dos personas es más poderoso que el acuerdo superficial de miles, porque el Espíritu Santo de Cristo está con ellos. Dos o más creyentes, llenos del Espíritu Santo, orarán de acuerdo a la voluntad de Dios, no de acuerdo a la suya, y sus peticiones serán concedidas.

18.22 Los rabinos enseñaban que debían perdonar tres veces a un ofensor. Pedro, procurando ser generoso, preguntó si era suficiente perdonar siete veces, el número «perfecto». Pero Jesús le contestó: «Setenta veces siete». Con esto daba a entender que no debiéramos ni siquiera llevar la cuenta de las veces que perdonamos a alguien. Debiéramos perdonar siempre a los que se arrepienten de verdad, no importa las veces.

18.30 En los tiempos bíblicos, serias consecuencias esperaban a los que no podían pagar sus deudas. El prestamista podía forzar al deudor y su familia a trabajar hasta que la deuda fuera cancelada. El deudor también podía ir a la cárcel, o su familia podía ser vendida en calidad de esclavos para ayudar a pagar la deuda. Se esperaba que el deudor, mientras estaba en prisión, pudiera vender sus propiedades o que sus familiares pagaran la deuda. Si no, permanecía en prisión el resto de su vida.

18.35 Por el hecho de que Dios ha perdonado todos nuestros pecados, no debiéramos negarle el perdón a nadie. Cuando no perdonamos, nos estamos poniendo al margen y por encima de la ley de amor de Cristo.

JESUS VIAJA A JERUSALEN : Jesús dejó Galilea por última vez para enfrentar su muerte en Jerusalén. Volvió a cruzar el Jordán, pasando un tiempo en Perea antes de llegar a Jericó.

Mateo 18:1-14

Lo primero que en estos versículos se nos enseña es lo necesario de la conversión, y de esa conversión que se manifiesta en la humildad infantil. Cuando los discípulos, llenos acaso de orgullosas esperanzas, preguntaron A nuestro Señor quién seria mayor en el reino de Dios, El les dio una contestación que debió desilusionarlos, una contestación que encarna una de las verdades fundamentales del Cristianismo. Es esta: «Si no os convirtiereis, y os hiciereis como niños, no entrareis en el reino de los cielos..

Sin la conversión no puede haber salvación. Todos los hombres necesitamos de un cambio completo de naturaleza. En nuestro estado natural no tenemos ni fe, ni amor, ni temor para con Dios. Es preciso que nazcamos de nuevo. Y esto es cierto de todos los hombres, cualquiera que sea su raza o su posición social.

Todos hemos nacido en el pecado y estamos expuestos A la ira divina, y por lo tanto necesitamos que se nos purifique el corazón y se nos dé un nuevo espíritu.

Y ¿cómo se sabe si uno ha sido convertido en realidad? ¿Qué prueba hay de la verificación de ese cambio? La señal más inequívoca de la conversión verdadera es la humildad. Si hemos recibido el Espíritu Santo, en nuestra conducta se revelará una sencillez infantil. A semejanza de los niños, tendremos opiniones modestas de nuestra aptitud y sabiduría espirituales, y reconoceremos nuestra dependencia de nuestro Padre celestial. A semejanza de los niños no ambicionaremos las grandezas de este mundo; y si tuviéremos el alimento y el vestido además del amor de Dios, estaremos satisfechos. Es fácil convertirse de un partido A otro, de una secta A otra, de un sistema de principios A otro sistema. Mas esas conversiones no producen la salvación de ninguna alma. Lo que necesitamos es convertirnos del orgullo A la humildad–de la presunción espiritual A la modestia, del engreimiento A la contrición, del espíritu del fariseo al espíritu del publicano.

Lo segundo que en estos versículos se nos enseña es, lo grave del pecado de poner ocasión de tropiezo delante de los creyentes. «!Ay del mundo por los escándalos!» «¡Ay de aquel hombre por el cual viene el escándalo!.

Ponemos « ocasión de tropiezo « o motivo de escándalo delante de los hombres siempre que hacemos algo que los aleje de Cristo o los haga desviar del camino de la salvación. Hacemos esto directamente cuando perseguimos, ridiculizamos, contradecimos o disuadimos A los que se proponen hacerse discípulos del Redentor; e indirectamente cuando vivimos de una manera que no se aviene con nuestra profesión de fe, y cuando por medio de nuestra conducta hacemos la religión desagradable y aborrecible.

No basta que deseemos hacer bien en este mundo: es preciso que evitemos hacer mal. Bien que no persigamos abiertamente A los siervos de Cristo; más ¿tenemos seguridad de que no estamos perjudicando A nadie por medio de nuestros hábitos y de nuestro ejemplo? Mucho es el daño que uno que se titula cristiano puede hacer por medio de sus inconsecuencias religiosas. Al incrédulo le ofrece un blanco contra el cual pueda lanzar sus proyectiles; al hombre del mundo le da cómo excusar su indecisión; al investigador de la verdad religiosa lo detiene; A los verdaderos creyentes les infunde desmayo.

Lo último que en estos versículos se nos enseña es lo real de las penas futuras. Acerca de este punto nuestro Señor hizo uso de dos expresiones: «Ser echado al fuego eterno» y « ser echado al fuego del infierno..

El significado de esas palabras es bien claro. Hay en el otro mundo un lugar de sufrimientos indecibles, al cual tendrán que ir todos los que muriesen fuera de la fe y del arrepentimiento. La misma palabra infalible que ofrece el cielo A todos los que se arrepientan y se conviertan, dice de una manera muy explícita que hay un infierno para los impíos.

Que ningún hombre nos engañe con vanas palabras sobre esta grave cuestión. El Dios del amor y de la misericordia es también un Dios de justicia. El diluvio universal y la destrucción de Sodoma deben servirnos de escarmiento. Que existe un infierno, Jesucristo lo expresó con tanta claridad como ninguno.

Lo último que en estos versículos se nos enseña es que Dios estima en mucho aun al más pequeño y humilde de los creyentes. «No es la voluntad de vuestro Padre, que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños..

Pronunció el Señor estas palabras para consuelo de todos los cristianos y no de los niños solamente. Que esto es así se infiere de la relación que tienen en el pasaje A la parábola de la oveja perdida. Nuestro Señor es un Pastor fiel que vela con benignidad de cada oveja que se le ha encomendado A su cuidado. El más tierno y flaco de sus corderillos le es tan querido como el más grande y fuerte. Aquellas palabras que en otra ocasión pronunció se cumplirán al pié de la letra: « De los que me diste, ninguno de ellos perdí.» Juan 18.9.

Mateo 18:15-20

Estas palabras contienen una expresión A la cual se ha dado A menudo una aplicación errada. El mandato de oír A la iglesia « se ha interpretado de tal manera que se le ha puesto en pugna con otros pasajes de la palabra de Dios. Se ha pretendido por algunos que se refiere A la autoridad de la iglesia visible en materias de doctrina, y con ese apoyo se ha ejercido una vergonzosa tiranía eclesiástica. Mas, de que se haya abusado de las verdades de la Escritura no se sigue que nosotros hemos de rehusar hacer uso de ellas: de que algunos hayan desvirtuado un texto y lo hayan convertido en ponzoña no se sigue que nosotros estamos en el deber de rechazarlo.

Merece notarse, en primer lugar, cuan admirables son los reglas que estableció nuestro Señor para subsanar las disensiones entre los hermanos.

Si por desgracia hubiéramos recibido alguna injuria de parte de uno de nuestros correligionarios, el primer paso que debemos dar es visitarlo A solas para decirle la falta que hubiere cometido. Tal vez nos haya ofendido sin intención de hacerlo, como Abimelech A Abrahán; o acaso pueda dar una explicación satisfactoria de su conducta como las tribus de Rubén, Gad y Manases cuando edificaron un altar al volver A su patria. Gen_21:26; Jos_22:24. Más, de todos modos, es por medio del cariño, la sinceridad y la franqueza que puede captarse de nuevo la buena voluntad de un hermano.

Sin embargo, si tal proceder no produjere buenos efectos, debemos entonces dar otro paso, cual es el de llevar dos compañeros y manifestar al hermano, en presencia de ellos, cuál es la falta en que ha incurrido. ¿Quién sabe si se le despierte la conciencia y que se arrepienta cuando perciba que su mala conducta es conocida de los demás? Si así no sucediere, tendremos de nuestro lado el testimonio de dos testigos para manifestar que hicimos todo lo que estaba de nuestra parte A fin de reconciliar A nuestro hermano, y que él rehusó obstinadamente el dar una satisfacción.

Finalmente, si la segunda tentativa fuere también estéril, nos queda el recurso de acudir A la congregación de la cual seamos miembros. Puede suceder que el que haya permanecido impasible ante una reconvención privada, ceda al fin por temor de verse expuesto A la sanción pública. Si así no aconteciere, no podemos opinar otra cosa respecto de nuestro hermano sino que ya ha desechado todos los principios del Cristianismo y está animado solo por móviles tan mezquinos como los de un pagano o publicano.

Es digno de observarse, en segundo lugar, el argumento claro que en estos versículos se encuentra a favor del ejercicio de la disciplina en una congregación cristiana.

Nuestro Señor manda que las desavenencias entre los cristianos que no puedan arreglarse de otra manera, se sometan A la iglesia o congregación A que esos cristianos pertenezcan. Es evidente, pues, que El quiere que toda corporación cristiana vele de la moralidad de sus miembros, ya sea por medio de una disposición colectiva, o por un acto de los empleados o funcionarios A quienes se haya delegado esa autoridad ; y que cada corporación tenga la facultad de excluir de la participación de los sacramentos A los miembros desobedientes o refractarios. Nada dice sobre la imposición de penas temporales o la privación de los derechos civiles. Solo permitió A la iglesia el imponer penas espirituales, las cuales son de mucha significación si se infligen de una manera debida. «Lo que ligareis en la tierra será ligado en el cielo.» Esto es, en sustancia lo que nuestro Señor enseño acerca de la disciplina eclesiástica.

En vista de este pasaje no puede, pues, negarse que la disciplina eclesiástica está en armonía con los preceptos de Jesucristo, y que cuando se la ejerce debidamente, tiende A promover la pureza y bienestar de la iglesia. De ninguna manera seria corriente el que toda clase de gente, por irreligiosa y mala que fuese, pudiera tomar parte en el sacramento de la Cena del Señor sin que nadie se lo prohibiese. Por de contado que sobre la tierra no puede haber ninguna corporación perfecta, mas debe aspirarse A la mayor pureza posible.

Merece observarse, por último, el estímulo que benignamente ofrece Jesús A los que se reunieren en su nombre. Dijo así: « Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos..

En todo acto público para efectos del culto, en toda reunión de plegaria, en toda junta misionera está presente Jesucristo, el Rey de reyes. A veces tal vez nos desalentemos al ver cuan pequeño es el número de los que concurren A tales oficios, comparado con el de los que concurren A juntas políticas o A diversiones. Otras veces quizá nos exasperan la befa y el escarnio de un mundo ingrato. Mas no tenemos razón para desalentarnos: en esas reuniones Cristo está con nosotros.

Mateo 18:21-35

En estos versículos nuestro Señor trata de un asunto de alta trascendencia: el perdón de las injurias. Viviendo como vivimos en un mundo de maldad, no es de esperarse que estemos siempre a cubierto de todo agravio, por bien que nos conduzcamos. Es de grande importancia para el bien de nuestras almas saber qué debemos hacer cuando se nos ofenda.

Nuestro Señor estableció la regla general que debemos perdonar A los demos hasta lo sumo. «No te digo hasta siete, mas aun hasta setenta veces siete..

Compréndese desde luego que es preciso interpretar esa regla con aquellas limitaciones que sugiere la sana razón. Nuestro Señor no quiso decir que se disimulasen las ofensas que se cometen contra las leyes civiles y contra el orden social, ni que se dejase impune el hurto y la violencia. Lo que quiso decir fue, que en las relaciones con nuestros hermanos, hemos de procurar ser benignos e indulgentes, haciendo A un lado la malevolencia, el encono y la venganza, sobrellevando y tolerando muchas sinrazones A fin de evitar querellas.

¡Qué feliz no seria este mundo si esta regla fuera más universalmente conocida y practicada! ¡Cuántas desgracias no ocasionan A la humanidad las disputas, las contiendas, los pleitos, y ese celo exagerado por lo que los hombres llaman sus derechos! ¡Cuántos males no podrían evitarse si los hombres estuvieran más prontos A perdonar y A trabajar por la paz! Un proverbio ingles dice que se necesita siempre de dos personas, A lo menos, para que haya un altercado.

Hagamos firme resolución de que, mediante la gracia de Dios, ninguno de nosotros ayudará A formar el número requerido. Hagamos firme resolución de volver bien por mal, bendiciones por maldiciones; de ese modo venceremos todo enojo, y tornaremos A nuestros adversarios en amigos. Rom. 12.20.

Para estimularnos en el ejercicio del perdón nuestro Señor presenta dos incentivos poderosos. Cuéntanos que había un hombre que debía una enorme suma A su señor y no tenia con qué pagar. Sin embargo, cuando se llegó el tiempo de ajustar las cuentas su señor se compadeció de él y le perdonó todo. Se nos dice también que ese mismo hombre rehusó perdonar A un compañero una insignificante suma, llegando hasta el extremo de arrojarlo en la cárcel, sin ceder en nada de lo que exigía; y como fue castigado ese hombre malo, que después de haber sido tratado con clemencia debió tratar A los demás de la misma manera.

La parábola concluye en estos términos: « Así también hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonareis de vuestros corazones cada uno A su hermano sus ofensas..

Es claro, pues, que una de las razones por las cuales debemos perdonar A los demás nace de la convicción que tenemos, o debemos tener, de que necesitamos el perdón de Dios. Día tras día cometemos muchas faltas, «dejando de hacer lo que debiéramos hacer, y haciendo lo que no debiéramos hacer.»Mal puede correspondemos A nosotros, miserables pecadores, el notar con demasiado escrúpulo los extravíos de nuestros hermanos y el ser tardos para perdonarlos..

Otra razón por la cual debiéramos perdonar A nuestros hermanos surge del conocimiento que tenemos de que habrá un juicio final, y de que seremos juzgados de acuerdo con reglas muy estrictas. En ese día no habrá perdón para los que no hayan perdonado. El alma rencorosa es incapaz de gozar del cielo, morada donde la misericordia es la única divisa, y el único tema de los cánticos eternales.

Penetrémonos bien de estas verdades. Es un hecho doloroso que de los deberes cristianos el que menos se práctica es el de perdonar las injurias. Y sin embargo, no hay ningún deber cuya práctica se recomiende tanto en el Nuevo Testamento, y ninguno cuya omisión cierre al hombre tan eficazmente las puertas del cielo.

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