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Apocalipsis 22: El río de la vida

Su fruto será para alimento y su hoja para medicina» (Ezequiel 47:12). Aquí también llegaron muy cerca los sueños rabínicos del futuro. Uno era: «En la edad por venir Dios creará árboles que producirán fruto todos los meses; y el que coma de ellos, sanará de sus enfermedades.»

El árbol da muchos frutos diferentes. Sin duda podemos ver aquí el simbolismo de los frutos del Espíritu (Gálatas 5:22s). En cada fruto diferente para cada mes del año, ¿no podemos ver simbolizado que en la vida que Dios da hay una gracia especial para cada edad, desde la cuna hasta la sepultura? El árbol de la vida ya no nos está vedado; está ahí, en medio de la Ciudad, para que todos tomen su fruto.

Bien expresaba la amplitud de la invitación evangélica, comparada con la exclusión que fue la consecuencia del pecado, el himno de Navidad: Cambiaron sus funciones – los altos querubines que un tiempo los confines – guardaban del Edén. Al árbol de la vida -ahora al hombre llaman, y al Salvador proclaman – en torno de Belén.

Ni tampoco está reservado el árbol de la vida a los judíos ni a ninguna otra raza; sus hojas son para la sanidad de las naciones. Solamente en el Espíritu de Dios pueden encontrar sanidad las heridas y las grietas de las naciones.

La belleza de la santidad

Ya no existirá más ninguna cosa maldita. Y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y Sus siervos le adorarán, y verán Su rostro, y tendrán Su nombre en sus frentes.

Allí ya no existirá más la noche, ni tendrán por tanto necesidad de luz de lámparas ni de sol, porque el Señor Dios los iluminará. Y reinarán para siempre jamás. Aquí culmina la descripción de la Ciudad de Dios.

No habrá allí ninguna cosa maldita. Es decir: no habrá más poluciones de las que antes amenazaban la vida cristiana. Los siervos de Dios verán Su rostro. Se cumplirá la promesa de que los de corazón limpio verán a Dios (Mateo 5:8). Comprenderemos mejor la grandeza de esa promesa si recordamos que al cristiano se le concede el privilegio que se le negó a Moisés, a quien dijo Dios: « No podrás ver Mi rostro, porque ninguna persona puede verme y seguir viva» (Éxodo 33:20,23).

Solo fijando la mirada de la fe en Jesús podemos ver a Dios perfectamente. Jesús dijo: « El que me haya visto a Mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).

La visión de Dios produce dos cosas. Produce una perfecta adoración; donde se ve siempre a Dios, toda la vida se convierte en un acto de culto. Produce una verdadera consagración; los habitantes de la ciudad tendrán el nombre de Dios en sus frentes, lo que será una muestra de que Le pertenecen exclusivamente a Él.

Juan vuelve a su visión de que en la Ciudad de Dios no puede haber ya nunca tinieblas ni necesidad de ninguna otra luz, porque allí está la presencia de Dios. Al final de la visión llega la promesa de que el pueblo de Dios reinará para siempre jamás. En la perfecta sumisión a Él encontrarán los Suyos la perfecta libertad y la única verdadera soberanía.

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