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Carta de Judas

Judas: Lo que quiere decir ser cristiano

Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago, envía esta carta a los llamados, que son amados en Dios y guardados por Jesucristo. Que la misericordia y la paz y el amor se os multipliquen. Pocas cosas dicen tanto de una persona como la manera como habla de sí misma; pocas cosas son tan reveladoras como los títulos por los que desea que le conozcan. Judas se llama a sí mismo siervo de Jesucristo y hermano de Santiago. Así nos dice dos cosas acerca de sí mismo.

(i) Judas era un hombre que estaba contento con ocupar un segundo lugar. No era tan conocido como Santiago; y se contentaba con que le conocieran como el hermano de Santiago. En esto se parecía a Andrés, que era el hermano de Simón Pedro (Juan 6:8). También él se identificaba por su relación con un hermano más famoso que él. Judas y Andrés podrían haber sentido rencor por vivir a la sombra de sus hermanos; pero los dos tenían el don de aceptar con buena voluntad el lugar subordinado.

(ii) El único título de honor que Judas se permitía era el de siervo de Jesucristo. En griego es dulos, que quiere decir esclavo más que siervo o servidor. Es decir: Judas consideraba que no tenía más que un objetivo y una distinción en la vida: el estar siempre a disposición de Jesús para servirle en Su causa. La más grande gloria que ningún cristiano puede alcanzar es la de serle útil a Jesucristo.

En esta introducción usa Judas tres palabras para describir a los cristianos.

(i) Los cristianos son personas a las que Dios ha llamado. En griego llamar es kalein; y kalein tiene tres grandes áreas de uso.

(a) Es la palabra que se usa para convocar a una persona a una misión, a un deber, a una responsabilidad. El cristiano es llamado a un deber, a una responsabilidad en el servicio de Cristo.

(b) Es la palabra que se usa para invitar a una persona a una fiesta o a una celebración. Es la palabra para una invitación a una ocasión alegre. Un cristiano es una persona que ha sido invitada a la alegría de ser huésped de Dios.

(c) Es la palabra para citar a una persona a juicio. Es la palabra para convocar auna persona a rendir cuentas. El cristiano está convocado para presentarse ante el tribunal de Cristo.

(ii) Los cristianos son personas a las que Dios ama. Es este gran hecho el que determina la naturaleza de la llamada. La llamada a las personas es para ser amadas y para amar. Dios llama a las personas a una tarea, pero esa tarea es un honor y no una carga. Dios llama a las personas a un servicio; pero es el servicio de la solidaridad, no de la tiranía. Por último, Dios llama a las personas a juicio; pero es el juicio del amor, y no solo de la justicia.

(iii) Los cristianos son personas a las que Cristo guarda. El cristiano no está nunca abandonado; Cristo es su constante centinela y su compañero de viaje.

La llamada de Dios

Antes de pasar a otro pasaje, pensemos un poco más sobre la llamada de Dios, y tratemos de ver algo de lo que quiere decir.

(i) Pablo habla de ser llamado para ser apóstol (Romanos 1:1; 1 Corintios 1:1). La palabra que usa en griego es apóstolos, que viene del verbo apostellein, enviar, y por tanto un apóstol es uno que es enviado. Es decir: que un cristiano es embajador de Cristo. Es enviado al mundo para› hablar de Cristo, para actuar por Cristo, para vivir para Cristo. Mediante su vida presenta a Cristo a otras personas.

(ii) Pablo habla de ser llamados para ser santos (Romanos 1:7; 1 Corintios 1:2). La palabra para santo es haguios, que quiere decir literalmente diferente. El sábado es santo porque es diferente de los demás días; Dios es supremamente Santo porque es absolutamente diferente de los hombres. El ser llamados para ser santos es ser llamados para ser diferentes. El mundo tiene sus propios baremos, y sus propias escalas de valores. La diferencia para el cristiano consiste en que Cristo es el único estándar, y la lealtad a Cristo, el único valor.

(iii) El cristiano es llamado conforme al propósito de Dios (Romanos 8:28). La llamada de Dios se dirige a todas las personas, aunque no todas la aceptan. Y esto quiere decir que Dios tiene un propósito para cada persona. El cristiano es el que se somete al propósito que Dios tiene para él.

Pablo tiene mucho que decir acerca de esta llamada de Dios, y podemos exponerlo sólo muy sumariamente. Pone delante de cada persona una gran esperanza (Efesios 1:18; 4:4). Debería ser una influencia unificadora que vinculara a las personas mediante la convicción de que todos tienen parte en el propósito de Dios (Efesios 4:4). Es una llamada hacia arriba (Filipenses 3:14), que le hace a una persona iniciar la marcha hacia las estrellas. Es una llamada celestial (Hebreos 3:1), que hace que uno piense en las cosas que son invisibles y eternas. Es una llamada santa, una llamada a consagrarnos a Dios. Es una llamada que incluye la tarea cotidiana normal de cualquier persona (1 Corintios 7:20). Es una llamada que no cambia, porque Dios no cambia de idea (Romanos 11:29). No reconoce las distinciones humanas, ni su escala de importancias (1 Corintios 1:26). Es algo de lo que el cristiano debe ser digno (Efesios 4:1; 2 Tesalonicenses 1:11); y toda la vida debe ser un esfuerzo prolongado para asegurarla (2 Pedro 1:10).

La llamada de Dios es el privilegio, el desafío y la inspiración de la vida cristiana.

Defendiendo la fe

Amados: Cuando yo estaba decidido a dedicar toda mi energía a escribiros acerca de la fe que todos nosotros compartimos, me sentí impulsado a escribiros una carta para exhortaros a que os comprometáis en la lucha por la defensa de la fe que fue encomendada al pueblo consagrado de Dios de una vez para siempre.

Aquí tenemos las circunstancias en que se escribió la carta. Judas había estado ocupado escribiendo un tratado acerca de la fe cristiana; pero llegaron noticias de que algunos malvados y descarriados habían estado difundiendo una enseñanza destructiva. Entonces llegó a la convicción de que debía dejar de lado de momento su tratado, y escribir esta carta.

Judas asumía plenamente su obligación de ser el vigía del rebaño de Dios. La pureza de la fe estaba en peligro, y él se apresuró a defender tanto a sus ovejas como la fe. Eso implicaba dejar a un lado el trabajo en que había estado ocupado; pero a menudo es mucho mejor escribir una carta para salir al paso de la necesidad del momento presente que un tratado para el futuro.

Nede ser que Judas no volviera a tener otra oportunidad de escribir el tratado que tenía en mente; pero el hecho es que hizo más por la Iglesia escribiendo esta urgente, breve carta de lo que posiblemente habría hecho dejándonos un extenso tratado sobre la fe.

En este pasaje hay ciertas verdades acerca de la fe que sustentamos y nos sustenta.

(i) La fe es algo que se nos ha confiado. Los hechos de la fe cristiana no son nada que hayamos descubierto por nosotros mismos. En el verdadero sentido de la palabra son tradición, algo que se ha transmitido de generación en generación hasta llegar a nosotros. Se remontan en una cadena ininterrumpida hasta Jesucristo mismo. Hay algo que añadir a esto. Los hechos de la fe son desde luego algo que no hemos descubierto nosotros. Es por tanto verdad que la tradición cristiana no es nada que se transmita mediante la fría impresión de libros; es algo que se transmite de persona a persona a través de generaciones. La cadena de la tradición cristiana es una cadena viva cuyos eslabones son hombres y mujeres que han experimentado la maravilla de los hechos.

(ii) La fe cristiana es algo que se nos ha confiado de una vez para siempre. Hay en ella una cualidad inalterable. Eso no es decir que cada edad no tenga que redescubrir la fe cristiana; pero sí es decir que hay un núcleo inalterable en ella -y su centro permanente es que Jesucristo vino al mundo y vivió y murió para traer la Salvación a la humanidad.

(iii) La fe cristiana es algo que se le ha confiado al pueblo consagrado a Dios. Es decir: la fe cristiana no es la posesión de ninguna persona individual, sino de la Iglesia. Se transmite dentro de la Iglesia; se mantiene dentro de la Iglesia, y se entiende dentro de la Iglesia.

(iv) La fe cristiana es algo que hay que defender. Todo cristiano debe ser un defensor de ella. Si la tradición cristiana se transmite de generación en generación, cada generación debe pasarla incorrupta e incontaminada. Hay tiempos cuando esto es difícil. La palabra que usa Judas para defender es epagónízesthai, que contiene la raíz de la palabra española agonía. La defensa de la fe bien puede ser algo costoso; pero esa defensa es un deber que incumbe a cada generación de la Iglesia.

El peligro desde dentro

Porque ciertos hombres se han introducido subrepticiamente en la Iglesia ,que ya estaban señalados para el juicio desde mucho antes, porque son criaturas impías, que tergiversan la gracia de Dios convirtiéndola en una justificación para la más flagrante inmoralidad, y que niegan a nuestro único Soberano y Señor, Jesucristo.

Aquí encontramos el peligro que hizo que Judas dejara a un lado el tratado que estaba a punto de escribir, y tomara la pluma para escribir esta carta flamígera. El peligro venía de dentro de la Iglesia.

Ciertos hombres « se habían introducido subrepticiamente.» En griego pareisdyein- es una palabra muy expresiva. Se usa de las palabras halagüeñas y seductoras de un contendiente astuto que se filtran gradualmente en el interior de las mentes del juez y del jurado; se usa de un fuera-de-la-ley que vuelve secretamente al país del que ha sido expulsado; se usa de la lenta pero segura y sutil intromisión de innovaciones en la vida del Estado que acaban por socavar y resquebrajar las leyes ancestrales. Siempre indica una insinuación sinuosa de algo malo en una sociedad o situación.

Ciertos hombres malvados se habían introducido en la Iglesia. Eran la clase de personas para las que estaba preparado el juicio. Eran criaturas impías, despiadadas en su pensamiento y en su,,vida. Judas menciona dos de sus características.

(i) Pervierten la gracia de Dios convirtiéndola en licencia para una inmoralidad flagrante. La palabra griega que hemos traducido por inmoralidad flagrante es una palabra hosca y terrible, asélgueia. El adjetivo correspondiente es aselgués. La mayor parte de la gente trata de ocultar sus pecados; tienen suficiente respeto a la decencia como para arriesgarse a que se los descubra. Pero el aselgués es el que ha perdido hasta tal punto la vergüenza que no le importa que se conozcan sus crímenes. No es que arrogante y orgullosamente presuma de ellos, sino sencillamente que puede hacer públicamente las cosas más desvergonzadas porque ha dejado de importarle la dignidad. Estos hombres estaban sin duda contaminados de gnosticismo y su creencia de que, puesto que la gracia de Dios era suficientemente amplia para cubrir cualquier pecado, uno podía pecar cuanto quisiera. Cuanto más pecara, mayor era la gracia; por tanto, ¿por qué preocuparse? Pervertían la gracia convirtiéndola en una licencia para pecar.

(ii) Negaban a nuestro único Señor y Soberano Jesucristo. Se puede negar a Jesucristo de muchas maneras.

(a) Se Le puede negar para evitar la persecución.

(b) Se Le puede negar por conveniencia.

(c) Se Le puede negar con la vida y la conducta.

(d) Se Le puede negar difundiendo ideas falsas acerca de Él.

Si estos hombres eran gnósticos, tendrían dos ideas equivocadas acerca de Jesús. La primera, que puesto que el cuerpo, por ser materia, era malo, Jesús solamente parecía tener un cuerpo, pero era una especie de fantasma con la apariencia de un hombre. La palabra griega para parecer es dokein; y estos hombres se llamaban docetistas. Negaban la humanidad real de Jesucristo. La segunda, negaban también Su unicidad. Creían que había muchas etapas entre la materia mala de este mundo y el Espíritu perfecto que es Dios; y creían que Jesús era solamente una de las muchas etapas del camino.

No nos extraña que Judas se alarmara. Se encontraba con una situación en la que se habían introducido subrepticiamente en la Iglesia personas que estaban tergiversando la gracia de Dios y convirtiéndola en una justificación, y hasta en una razón, para pecar de la manera más desvergonzada y desaforada; y que negaban tanto la humanidad como la unicidad de Jesucristo.

Los ejemplos terribles

Me propongo recordaros -aunque vosotros ya poseéis un conocimiento pleno y definitivo de todo lo que hace al casoque, después de sacar el Señor al pueblo de Egipto a salvo, a continuación destruyó a los que fueron incrédulos; y ,que colocó bien guardados con cadenas eternas en el abismo de las tinieblas, pendientes del juicio que tendrá lugar en el gran Día, a los ángeles que no conservaron su propia dignidad, sino que abandonaron el lugar que les correspondía. Así también Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas que de la misma manera que ellas se refocilaron en los pecados sexuales y se descarriaron tras una inmoralidad sexual pervertida, son una advertencia por la manera en que pagaron el castigo del fuego eterno.

El destino de Israel

Judas les hace una advertencia a los malvados que estaban pervirtiendo las creencias y la conducta de la Iglesia. Les dice que, en realidad, no está haciendo nada más que recordarles las cosas de las que son plenamente conscientes. En cierto sentido es verdad que la predicación cristiana no es tanto presentar nuevas verdades como enfrentar a la audiencia con la verdad que ya conocen, pero que han olvidado o están descuidando.

Para entender los dos primeros ejemplos que cita Judas de la Historia debemos tener presente una cosa. Los malvados que estaban corrompiendo la Iglesia no se consideraban enemigos de la Iglesia ni del Cristianismo, sino pensadores avanzados, una categoría superior de cristianos, una elite espiritual. Judas escoge sus ejemplos para dejar bien claro que, aunque una persona haya recibido los mayores privilegios, todavía puede acabar mal, y aun aquellos que hayan recibido los más grandes privilegios de Dios no se pueden considerar a sí mismos totalmente fuera de peligro, sino deben estar en guardia contra los posibles errores.

El primer ejemplo está tomado de la historia de Israel. Acude a buscarlo Judas a Números 13 y 14. La mano poderosa de Dios había librado al pueblo de la esclavitud de Egipto. ¿Qué mayor acto de liberación se podría recordar? La dirección de Dios había guiado al pueblo a salvo a través del desierto hasta las puertas de la Tierra Prometida. ¿Qué mayor prueba de Su Providencia podría haber? Así es que en la misma frontera de la Tierra Prometida, en Cades-barrea, se enviaron exploradores para que inspeccionaran la tierra antes de emprender la invasión final. Con la excepción de Caleb y Josué, los exploradores volvieron con la idea de que los peligros que les esperaban eran tan terribles, y el pueblo de la tierra tan fuerte, que no podrían conseguir entrar en la Tierra Prometida. El pueblo rechazó el informe de Josué y Caleb, que eran partidarios de seguir adelante, y aceptaron el de los que insistían en que la empresa era desesperada. Este fue un claro acto de desobediencia a Dios y de absoluta falta de fe en Él. La consecuencia fue que Dios sentenció que aquellas personas, a excepción de Josué y Caleb, todos los de más de veinte años de edad, no entrarían en la Tierra Prometida, sino vagaran por el desierto hasta morir (Números 14:32s; 32:10-13).

Esta era una historia que había impresionado vivamente también a Pablo y al autor de Hebreos (1 Corintios 10:5-I1; Hebreos 3:18-4:2). Es la prueba de que hasta el hombre que haya tenido el mayor privilegio puede encontrar el fracaso antes de llegar a la meta si se aparta de la obediencia y de la fe. Johnstone Jeffrey contaba el ejemplo de cierto hombre famoso que se negaba a que se escribiera su vida antes de su muerte, «porque, decía, he visto a muchos caer en la recta final de la carrera.»

John Wesley advertía: «Por tanto, que nadie presuma de las misericordias pasadas, como si ya estuviera fuera de peligro.» Juan Bunyan vio en su sueño que desde las mismas puertas del Cielo había un camino al infierno. Judas advertía a aquellos hombres que, por muy grandes que fueran sus privilegios, debían tener cuidado, no fuera que les sobrecogiera el desastre. Es una advertencia que haremos bien en escuchar.

El destino de los ángeles

El segundo ejemplo terrible que aduce Judas está tomado de la caída de los ángeles. Los judíos tenían una angelología muy desarrollada. Entre otras cosas creían que cada nación tenía su ángel de la guarda. En La Septuaginta, la versión griega de las Escrituras hebreas, Deuteronomio 32:8 dice: « Cuando el Altísimo dividió las naciones, cuando separó a los hijos de Adán, puso límites a las naciones según el número de los ángeles de Dios.» Es decir: para cada nación había un ángel.

Los judíos creían en la caída de los ángeles, acerca de la cual se dice mucho en el Libro de Henoc, que parece haber estado a menudo tras el pensamiento de Judas. En relación con esto había dos tradiciones diferentes.

(i) La primera consideraba que la caída de los ángeles había sido debida al orgullo y a la rebelión. Esa leyenda se centraba en torno al nombre de Lucifer, el productor de la luz, el hijo de la mañana. Como lo encontramos en la versión ReinaValera, Isaías escribe: « ¡Cómo caíste del cielo, Lucero, hijo de la mañana! Derribado fuiste a tierra, tú que debilitabas a las naciones» (Isaías 14:12). Cuando volvieron los Setenta con gozo de su misión y Le contaron su éxito a Jesús, Él les advirtió del peligro del orgullo: « Yo vi a Satanás caer del Cielo como un rayo» (Lucas 10:18). La idea que se tenía era que había habido una guerra civil en el Cielo. Los ángeles se levantaron contra Dios, y fueron arrojados; y Lucifer fue el jefe de la rebelión.

(ii) La segunda tradición se hacía eco de la Escritura en Génesis 6:1-4. Según esta línea de pensamiento los ángeles, atraídos por la belleza de las mujeres mortales, abandonaron el Cielo para seducirlas, y así pecaron.

En el primer caso la caída de los ángeles fue debida al orgullo; en el segundo, al deseo de cosas prohibidas. En realidad Judas toma las dos tradiciones y las une. Dice que los ángeles abandonaron su dignidad; es decir, que aspiraron a un oficio que no era para ellos. Y también dice que dejaron su morada; es decir, que vinieron a la Tierra para vivir con las mujeres.

Todo esto nos parece muy extraño; se mueve en un mundo de ideas y tradiciones muy remoto del nuestro. Pero la advertencia de Judas está clara. Dos cosas produjeron la caída de los ángeles: el orgullo y la concupiscencia. A pesar de ser ángeles, y de tener el Cielo como su morada, sin embargo pecaron y quedaron pendientes de juicio por su pecado. Para los que leyeran las palabras de Judas por primera vez, estaba clara su línea de pensamiento, porque Henoc tenía mucho que decir acerca del destino de aquellos ángeles caídos. Así es que Judas estaba hablando a su pueblo en términos que podían entender muy bien, y les estaba diciendo que, si el orgullo y la concupiscencia trajeron la ruina a los ángeles a pesar de todos sus privilegios, podían arruinarlos a ellos también. Aquellos malvados dentro de la Iglesia eran suficientemente orgullosos para creer que sabían más de lo que la Iglesia enseñaba, y eran lo suficientemente codiciosos para pervertir la gracia de Dios convirtiéndola en una licencia para su inmoralidad. Sea cual fuera el trasfondo antiguo de sus palabras, la advertencia de Judas sigue siendo válida. El orgullo que cree saber más que Dios, y el deseo de cosas prohibidas, son el camino de la ruina en el tiempo y en la eternidad.

Sodoma y Gomorra

El tercer ejemplo que escogió Judas es la destrucción de Sodoma y Gomorra. Famosas por sus pecados, estas ciudades fueron obliteradas por el fuego de Dios. En su Geografaá histórica de la Tierra Santa, George Adam Smith señala que ningún otro incidente de la Historia hizo un impacto comparable en la memoria del pueblo judío, y que Sodoma y Gomorra se usan una y otra vez en la Escritura como ejemplos par excellence del pecado humano y del juicio divino; así los citó también el mismo Jesús (Deuteronomio 29:23; 32:32; Amós 4:11; Isaías 1:9; 3:9; 13:19; Jeremías 23:14; 49:18; 50:40; Sofonías 2:9; Lamentaciones 4:6; Ezequiel 16:46, 49, 53, 55; Mateo 10:15; 11:24; Lucas 10:12; 17:29; Romanos 9:29; 2 Pedro 2:6; Apocalipsis 11:8). « El reflejo de Sodoma y Gomorra se extiende por toda la historia de la Escritura.»

La historia de la corrupción a ultranza de Sodoma y Gomorra se nos cuenta en Génesis 19:1-11, y el trágico relato de su destrucción en el pasaje inmediatamente posterior (Génesis 19:12-28). El pecado de Sodoma es uno de los relatos más terribles de la Historia. Ryle lo llamó « un incidente repulsivo.» El verdadero horror del incidente está velado ligeramente en la versión Reina-Valera mediante un giro típicamente hebreo. A Lot le habían llegado dos visitantes angélicos. Ante la insistencia de Lot, entraron en su casa para ser sus huéspedes. Cuando estaban allí, los habitantes de Sodoma cercaron la casa exigiéndole a Lot que sacara a sus visitante para conocerlos. En hebreo, conocer puede querer decir también tener relación sexual. Se dice, por ejemplo, que Adán conoció a su mujer, y ella concibió y dio a luz a Caín (Génesis 4:1). Lo que los habitantes de Sodoma se proponían era tener relación homosexual con los dos visitantes de Lot -Sodomía, es la palabra que designa tradicionalmente este pecado, y sodomitas a los que lo cometen.

Fue después de esto cuando fueron obliteradas de la faz de la tierra. Las ciudades vecinas eran Zoar, Adma y Zeboim (Deuteronomio 29:23; Oseas 11:8). Este desastre se localizó en el terrible desierto de la región del mar Muerto, una región que George Adam Smith llama «esa hondonada terrible, esa parcela de las regiones infernales salida a la superficie, ese averno agostado por el sol.» Fue allí donde se decía que habían estado las ciudades; y se decía que bajo ese suelo calcinado y estéril seguía ardiendo un fuego eterno de destrucción. El suelo es bituminoso a causa del petróleo de debajo, y George Adam Smith supone que lo que sucedió fue que «en este suelo bituminoso tuvo lugar una de esas terribles explosiones y conflagraciones que se han producido en la geología similar de Norteamérica. En tales suelos se forman depósitos subterráneos de petróleo y de gas, liberados repentinamente por su propia presión o por un terremoto. El gas explota, elevando en el aire masas de petróleo que vuelven a caer como lluvia de fuego, y son tan inextinguibles que siguen ardiendo flotando sobre el agua.» Fue tal vez por una erupción de fuego así como fueron destruidas Sodoma y Gomorra. Ese terrible desierto estaba sólo a un día de camino de Jerusalén, y los judíos nunca olvidaron este juicio divino sobre el pecado.

Así pues, Judas les recuerda a estos malvados el destino de aquellos que en los tiempos pasados desafiaron la ley moral de Dios. Es razonable suponer que los que Judas denuncia también habían descendido a la sodomía, y estaban pervirtiendo la gracia de Dios para justificarla.

Judas insiste en que deberían recordar que el pecado y el juicio van de la mano, y deberían arrepentirse antes que fuera demasiado tarde.

El desprecio a los ángeles

De la misma manera, estos también contaminan la carne con sus sueños, y menosprecian a los poderes celestiales, y hablan mal de las glorias angélicas. Cuando el arcángel Miguel mismo estaba disputando con el diablo el cuerpo de Moisés, no se aventuró a lanzar contra él una acusación condenatoria, sino dijo simplemente: « ¡Qué el Señor te reprenda!»

Judas empieza este pasaje comparando a los hombres malvados con los falsos profetas a los que la Escritura condena. Deuteronomio 13:1-5 establece lo que se ha de hacer con «un profeta o soñador de sueños» que corrompa a la nación y aparte al pueblo de su lealtad a Dios. Tal profeta debe morir irremisiblemente. Estos hombres a los que Judas ataca son falsos profetas, soñadores de falsos sueños, seductores del pueblo, y han de ser tratados como tales. Su falsa enseñanza producía dos resultados.

(i) Les hacía contaminar la carne. Ya hemos visto la doble dirección de su enseñanza sobre la carne. Primero, la carne era totalmente mala, y por tanto no tenía ninguna importancia; así es que los instintos del cuerpo se podían satisfacer sin ningún control. Segundo, la gracia de Dios lo perdonaba todo; y, por tanto, el pecado no importaba, puesto que la gracia perdonaba todos los pecados. El pecado no era más que un medio para que la gracia tuviera oportunidad de obrar.

(ii) Despreciaban a los ángeles. Los poderes celestiales y las glorias angélicas eran rangos en la jerarquía angélica. Esto sigue inmediatamente después de la referencia a Sodoma y Gomorra como ejemplos terribles; y parte del pecado de Sodoma fue el deseo de sus habitantes de abusar de los visitantes angélicos (Génesis 19:1-11). Los hombres que Judas ataca hablaban mal de los ángeles. Para demostrar lo terrible que eso era cita Judas un ejemplo del libro apócrifo La Asunción de Moisés. Una de las cosas que extrañan de Judas son las citas de los libros apócrifos. A nosotros nos sorprenden; pero esos libros se usaban ampliamente en el tiempo en que Judas estaba escribiendo, y las citas que se hicieran de ellos serían muy efectivas. El relato de La Asunción de Moisés es como sigue. La historia sorprendente de la muerte de Moisés se encuentra en Deuteronomio 34:1-6. La Asunción de Moisés sigue el tema hablando de la tarea de enterrarle, que se le confió al arcángel Miguel. El diablo le disputó a Miguel la posesión del cuerpo de Moisés. Basaba su pretensión en dos razones. Primera, que el cuerpo de Moisés era materia; la materia era mala; y, por tanto, le pertenecía a él, porque la materia era su dominio. Segunda, que Moisés era un asesino, porque había matado al egipcio que estaba maltratando al hebreo (Éxodo 2:11s). Y, si era un asesino, el diablo tenía derecho a su cuerpo. La lección que Judas ve en esto es que Miguel estaba ocupado en una tarea que le había asignado Dios; el diablo estaba tratando de impedírselo, presentando unos derechos que en realidad no tenía. Pero, hasta en un conjunto de circunstancias así, Miguel no habló mal del diablo, sino simplemente le dijo: « ¡Que el Señor te reprenda!» Si el más importante de los ángeles buenos se negó a hablar mal del mayor de los ángeles malos, hasta en circunstancias tales, no hay duda que ningún ser humano puede hablar mal de ningún ángel.

Lo que estaban diciendo acerca de los ángeles los hombres que Judas está atacando, no lo sabemos. Tal vez decían que no existían; o que eran malos. Este pasaje no tiene mucho sentido para nosotros; pero sin duda contenía una seria reprensión para aquellos a los que Judas se lo dirigió.

Un evangelio carnal

Pero estas personas hablan mal de todo lo que no entienden, mientras que se permiten corromperse por el conocimiento que les reportan sus instintos, viviendo a merced de ellos como bestias irracionales. Judas dice dos cosas de los hombres malos a los que está atacando.

(i) Critican todo lo que no entienden. Consideran sin valor e irrelevante cualquier cosa que esté fuera de su órbita y de su experiencia: Como decía Pablo: «El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender porque se han de discernir espiritualmente» (1 Corintios 2:14). Ellos no tenían discernimiento espiritual, y por tanto eran ciegos y despreciaban todas las realidades espirituales.

(ii) Se dejaban contaminar por las únicas cosas que entendían. No entendían más que de los instintos carnales que tenían en común con las bestias irracionales. Su forma de vida consistía en dejar que esos instintos se salieran con la suya; su escala de valores era exclusivamente carnal. Judas describe a hombres que han perdido toda conciencia de las cosas espirituales, y para quienes las cosas que buscan los instintos animales son las únicas que cuentan.

Lo terrible es que la primera condición es el resultado directo de la segunda. Lo trágico es que no hay nadie que nazca sin un cierto sentido para las cosas espirituales; pero lo puede perder hasta tal punto que dejan de existir para él. Uno pude perder cualquier facultad si se niega a usarla. Eso lo descubrimos en cosas tan sencillas como los juegos y las habilidades. Si dejamos de practicar un juego, perdemos la capacidad de jugarlo. Si abandonamos la práctica de una facultad -como, por ejemplo, tocar el piano, la perdemos.

Esto lo descubrimos en cosas como las habilidades. Puede que sepamos algo de una lengua extranjera; pero, si nunca la hablamos o leemos, la perdemos. Cualquier persona puede oír la voz de Dios; y cualquier persona tiene los instintos animales de los que depende la supervivencia de la raza. Pero, si se niega insistentemente a escuchar a Dios, y hace que sus instintos sean la única dinámica de su conducta, acabará por no poder oír la voz de Dios, y no le quedarán para guiar su vida nada más que sus deseos brutales. Es terrible que uno llegue a una etapa en la que es sordo para Dios y ciego para la bondad; y esa es la etapa a la que habían llegado los hombres a los que se dirigía Judas.

Lecciones de la historia

¡Ay de ellos, porque van por el camino de Caín! Se lanzan al error de Balaam, y perecen en la oposición a Dios de Coré.

Judas pasa ahora a la historia hebrea para encontrar paralelos de los hombres malvados de su propio tiempo. Y de ella saca los ejemplos de tres notorios pecadores.

(i) Primero, está Caín, el asesino de su hermano Abel (Génesis 4:1-15). En la tradición hebrea Caín representaba dos cosas.

(a) Fue el primer asesino de la historia universal; y, como La Sabiduría de Salomón decía: « Él mismo pereció en la furia que le movió a matar a su hermano» (Sabiduría 10: 3). Bien puede ser que Judas quisiera decir que los que seducen a otros no son sino asesinos de sus almas; y, por tanto, los descendientes espirituales de Caín.

(b) Pero en la tradición hebrea Caín llegó a representar algo más que eso. Para Filón era el prototipo del egoísmo. En la enseñanza rabínica Caín es el prototipo del cínico. En el Talmud de Jerusalén se le representa diciendo: «No existen ni el juicio ni el Juez; no hay otro mundo; ninguna buena recompensa se les dará a los buenos, ni se aplicará castigo a los malvados; ni tampoco hay ninguna piedad en la creación o en el gobierno del mundo.» Para los pensadores hebreos Caín era el incrédulo, cínico, materialista, que no creía ni en Dios ni en el orden moral del mundo; y que, por tanto, hacía exclusivamente lo que quería. Así es que Judas está acusando a sus oponentes de desafiar a Dios y de negar el orden moral del mundo. Continúa siendo verdad que la persona que escoge pecar tiene que habérselas con Dios; y que aprender, siempre, con dolor y a veces con tragedia, que nadie puede desafiar impunemente el orden moral del mundo.

(ii) Segundo, está Balaam. En el pensamiento del Antiguo Testamento, en la enseñanza judía, y hasta en el Nuevo Testamento (cp. Apocalipsis 2:14) Balaam es el gran ejemplo de los que enseñaron a pecar a Israel. En el Antiguo Testamento hay dos historias acerca de él. Una es bien clara, y vívida y dramática; la otra es más confusa, pero mucho más terrible; y es esta última la que dejó su impronta en el pensamiento y la enseñanza de los judíos.

La primera se encuentra en Números 22 a 24. Allí se nos dice que Balac intentó persuadir a Balaam para que maldijera al pueblo de Israel porque temía su poder, ofreciéndole cinco veces grandes recompensas. Balaam se resistió a dejarse convencer por Balac; pero su codicia era lo que descollaba, y está claro que fue solo el miedo a lo que Dios pudiera hacerle lo que le detuvo de hacer un convenio terrible. Balaam descuella como un personaje detestable. En Números 25 tenemos la segunda historia. Israel es seducido a dar culto a Baal con terribles y repulsivas consecuencias morales. Más tarde leemos (Números 31:8,16) que fue Balaam el responsable de esa seducción, y él mismo pereció miserablemente por haber enseñado a otros a pecar.

De esta historia compuesta surge Balaam como el representante de dos cosas: (a) Representa al hombre codicioso que está dispuesto a pecar para obtener algún beneficio material. (b) Representa al malvado que es culpable del más grande de los pecados: el de enseñar a otros a pecar. Así es que Judas declara a los malvados de su tiempo que ellos también están dispuestos a abandonar el camino de la integridad por una ganancia material; y que están enseñando a otros a pecar. Pecar para obtener una ganancia material es malo; pero enseñar a otros a pecar es lo peor de todo.

(iii) Tercero, está Coré. Su historia se nos cuenta en Números 16:1-35. El pecado de Coré fue que se rebeló contra la dirección de Moisés cuando los hijos de Aarón y la tribu de Leví fueron reconocidos como los sacerdotes de la nación. Esa fue una decisión que Coré no estaba dispuesto a aceptar. Quería ejercer una función a la que no tenía ningún derecho; y cuando lo hizo, pereció trágicamente, juntamente con todos sus compinches. Coré representa al que se niega a aceptar la autoridad, y se lanza a cosas a las que no tiene ningún derecho. Así es que Judas está acusando a sus oponentes de desafiar la autoridad legítima de la Iglesia, y por tanto de preferir su propio camino al de Dios. Debemos recordar que si tomamos ciertas cosas que el orgullo nos incita a tomar, las consecuencias pueden ser desastrosas.

El retrato de los inicuos

Estas personas son rocas ocultas que amenazan hacer zozobrar vuestras Fiestas del Amor. En ellas arman juergas con sus pandillas sin el más mínimo remordimiento. No tienen el menor sentimiento de responsabilidad con nadie más que consigo mismos. Son nubes que no traen ni una gota de lluvia, sino que pasan de largo arrastradas por los vientos. Son árboles sin fruto aun en el tiempo de la cosecha de otoño, muertos por partida doble y desarraigados. Son fieras olas del mar que espumarajean sus propias obras desvergonzadas. Son estrellas errantes a las que esperan para siempre los abismos de la oscuridad. Fue de ellos de los que profetizó Henoc, el séptimo descendiente de Adán, cuando dijo: «¡Fijaos! El Señor ha venido con miríadas de Sus santos para dictar sentencia contra todos y para condenar a todos los impíos por todas sus acciones impías que han cometido impíamente, y por las palabras blasfemas que los pecadores impíos han dicho contra Él. »

Estos son quejicas que no hacen más que protestar lastimeramente de todo lo que Dios les ha asignado en la vida. Lo único que gobierna su conducta son sus caprichos. No sueltan por la boca nada más que palabras altisonantes. Adulan a la gente para sacar partido.

Esta es una de las grandes invectivas del Nuevo Testamento, surgida de una indignación moral al rojo vivo. Como lo expresaba Moffatt: « Se acude a los cielos, a la tierra y al mar para hacer una descripción del carácter de estos hombres.» Aquí tenemos una serie de cuadros vívidos, todos con su sentido particular. Considerémoslos uno a uno.

(i) Son como rocas ocultas que amenazan hacer zozobrar las Fiestas de Amor de la Iglesia. Este es el único caso en que hay dudas acerca de lo que Judas quiere decir; pero de una cosa no hay duda: los malvados son un peligro para las Fiestas del Amor. La Fiesta del Amor, el Agapé, era una de las primeras características de la Iglesia. Era una comida fraternal que se tenía el Día del Señor. A ella traía cada uno lo que podía, y todos participaban. Era una idea preciosa el que los cristianos de cada grupito casero se sentaran juntos a la mesa el Día del Señor para comer juntos. Sin duda habría algunos que no podrían contribuir con mucho, y algunos con nada más que un poquito. Para muchos de los esclavos sería probablemente la única comida decente de la semana.

Pero los Agapés empezaron a deteriorarse muy pronto. Podemos ver los problemas que se iniciaron en la iglesia de Corinto, porque Pablo declara que en sus Fiestas de Amor no había más que división. Se dividían en grupos y secciones; algunos tenían demasiado, y otros se quedaban con hambre; y la ocasión se había convertido para algunos en una juerga inmoral (1 Corintios 11: 17-22). A menos que el Agapé fuera una verdadera fraternidad, era una parodia, y muy pronto empezó a desmentir su nombre.

Los oponentes de Judas estaban convirtiendo las Fiestas del Amor en una parodia. La versión Reina-Valera dice que Judas los llama « manchas en vuestros ágapes» (versículo 12); y eso coincide con el pasaje paralelo de 2 Pedro 2:13: «inmundicias y manchas.» Hemos traducido la expresión de Judas por « rocas ocultas.»

Lo difícil es que Pedro y Judas no usan la misma palabra, pero sí palabras muy parecidas. La palabra de 2 Pedro es spilos, que quiere decir incuestionablemente una mancha; pero la palabra de Judas es spilás, que es bastante rara. Puede que quiera decir una mancha, porque en griego posterior se podía usar para las manchas o las vetas de una piedra de ópalo; pero en el griego contemporáneo su significado más frecuente era una roca sumergida, o mediosumergida, en la que un barco podía naufragar fácilmente. Creemos que el segundo significado es aquí el más probable.

En las Fiestas del Amor los miembros de la iglesia estaban muy unidos de corazón, y se daban el beso de la paz. Estos malvados usaban las Fiestas del Amor como ocasión para gratificar su concupiscencia. Es terrible que entren personas a la iglesia y usen las oportunidades que da su comunión para sus propios fines pervertidos. Estas personas eran como rocas ocultas en las que la comunión de las Fiestas del Amor corría peligro de naufragar.

El egoísmo de los malvados

(ii) Estos malvados arman juergas por grupos y no tienen sentimiento de responsabilidad para con nadie más que consigo mismos. Estas dos cosas van juntas, porque las dos subrayan su egoísmo a ultranza.

(a) Arman juergas en sus pandillas sin el menor remordimiento. Esta era exactamente la misma situación que Pablo condenó en 1 Corintios. La Fiesta del Amor se suponía que era un acto de comunión; y la comunión se demostraba compartiendo todas las cosas. En vez de compartir, los malvados se mantenían apartados en sus grupitos, y guardaban para sí todo lo que tenían. En 1 Corintios Pablo llega hasta a decir que las Fiestas del Amor se convertían para algunos en borracheras, en las que cada uno se apropiaba de todo lo que podía (1 Corintios 11:21). Ninguna persona que esté en la iglesia para aprovecharse y mantenerse dentro de su grupito puede pretender que se ha enterado de lo que quiere decir ser miembro de la Iglesia.

(b) Hemos traducido la frase siguiente: « No tienen sentimiento de responsabilidad para con nadie más que consigo mismos.» El original quiere decir literalmente « pastorearse a sí mismos.» El deber de un responsable de la iglesia es ser un pastor del rebaño de Dios (Hechos 20:28; 1 Pedro 5:2s). El falso pastor se cuidaba mucho más de sí mismo que de las ovejas que se suponía que estaban a su cuidado. Ezequiel describe a los falsos pastores, a los que debían quitarse los privilegios: ««¡Tan cierto como que Yo estoy vivo! -ha dicho el Señor Dios-, que Mi rebaño ha estado expuesto al robo, y Mis ovejas a ser presa de todas las fieras del campo, porque no tenían pastor; porque Mis pastores no buscaron a Mis ovejas, sino que se apacentaron a sí mismos y no apacentaron a Mis ovejas.» Por eso, pastores, oíd palabra del Señor. Así ha dicho el Señor Dios: «¡Yo estoy contra los pastores y demandaré Mis ovejas de su mano, y haré que dejen de apacentar Mis ovejas!»» (Ezequiel 34:8-10). El hombre que no siente ninguna responsabilidad por el bienestar de nadie más que el de sí mismo es culpable. Así es que Judas condena el egoísmo que destruye la comunión, y la falta de sentido de responsabilidad hacia los demás.

(iii) Los malvados son como nubes que el viento arrastra sin que llueva ni una gota, y como árboles en el tiempo de la cosecha que no tienen ningún fruto. Estas dos frases van juntas, porque describen a las personas que pretenden ofrecer grandes cosas pero que son esencialmente inútiles. Había veces en Palestina -corito en España- que el pueblo oraba por la lluvia.

Algunas veces se podían ver pasar las nubes por el cielo despertando la esperanza de la lluvia, pero no caía ni una gota. Las nubes pasaban volando, y la lluvia no llegaba. En cualquier tiempo de la cosecha había árboles que parecía que estaban cargados de fruta, pero que, cuando los cosechadores se acercaban a ellos no encontraban ni una.

En estos ejemplos se presenta una gran verdad. La promesa sin cumplimiento es inútil, y en el Nuevo Testamento no hay nada que se condene tanto como la inutilidad. Ningún despliegue de alarde externo o de palabras bonitas puede ocupar el lugar de la utilidad para los demás. Como se ha dicho: « Si uno no sirve a nadie, no sirve para nada.»

El resultado de la desobediencia

Judas pasa a hacer una descripción muy gráfica de estos malvados. «Son fieras olas del mar que espumarajean sus propias obras desvergonzadas.» La imagen es la siguiente. Después de una tormenta, cuando las olas han estado azotando la orilla con. sus rociadas y espuma, siempre queda en la orilla una cinta de algas y de maderas de todas clases y toda clase de feos desechos del mar. Esa es siempre una escena desagradable; pero en el caso de cierto mar lo es aún más que en ningún otro. Las aguas del mar Muerto pueden ser azotadas formando olas, y estas olas, también, echan desechos a la orilla; pero en este ejemplo se da una circunstancia exclusiva. Las aguas del mar Muerto están tan saturadas de sal que se comen la corteza de todos los troncos, que, cuando son arrojados a la orilla, relucen de puro blancos, más como huesos que como maderos. Las obras de los malvados son como los desechos inútiles y horripilantes que dejan las olas desperdigados sobre la orilla después de una tormenta, y recuerdan las reliquias macabras de las tormentas del mar Muerto. Así retrata Judas vívidamente la fealdad de las acciones de sus oponentes.

Judas usa otra ilustración más. Los malvados son como estrellas errantes que se sumen en un abismo de oscuridad por su desobediencia. Esta es una figura tomada directamente del Libro de Henoc. En ese libro se identifican a veces las estrellas con los ángeles; y hay una descripción del destino de las estrellas que, desobedientes a Dios, se apartaron de la órbita que se les había señalado, y fueron destruidas. En su viaje por todo el mundo, Henoe llegó a un lugar donde no vio « ni los cielos por arriba ni la tierra firmemente fundada, sino un lugar caótico y horrible.» Y prosigue: « Y allí vi siete estrellas del cielo que estaban atadas juntas, como grandes montañas, y ardiendo con fuego. Entonces yo dije: «¿Por qué pecado están atadas, y en razón de qué las han arrojado aquí?» Y dijo Uriel, uno de los santos ángeles, que estaba conmigo y que estaba a cargo de aquellas: «Henoc, ¿por qué preguntas y por qué anhelas la verdad? Este es un número de estrellas del cielo que han transgredido el mandamiento del Señor, y están atadas aquí hasta que pasen diez mil años, el tiempo señalado hasta que sus pecados hayan transcurrido.»» (Henoc 21:1-6). El destino de las estrellas errantes es característico del de las personas que desobedecen los mandamientos de Dios y, como si dijéramos, siguen su propio camino.

Judas confirma entonces todo esto con una profecía; pero la profecía está tomada también de Henoc. El pasaje dice exactamente: « ¡Y fijaos! Él viene con miríadas de Sus santos a ejecutar juicio sobre todos, y a destruir a todos los impíos; y a condenar a toda carne por todas las obras impías que han perpetrado impíamente; y por todas las palabras duras que los pecadores impíos han hablado contra El» (Henoc 1:9).

Esta cita ha suscitado muchas preguntas con respecto a Judas y Henoc. No cabe duda que en los días de Judas, y en los días de Jesús, Henoc era un libro muy popular, que todos los judíos piadosos conocían y leían. Es normal que, cuando los autores del Nuevo Testamento querían confirmar sus palabras, echaran mano de citas del Antiguo Testamento usándolo como la Palabra de Dios. ¿Habremos de considerar Henoc como Sagrada Escritura ya que Judas lo usa exactamente como usaría cualquiera de los profetas? O ¿hemos de tomar el punto de vista que menciona Jerónimo, que Judas no se puede considerar Escritura porque comete la equivocación de usar como Escritura un libro que no lo es en realidad?

No tenemos por qué gastar tiempo en este debate. El hecho es que Judas, un judío piadoso, conocía y amaba el Libro de Henoc, y se había criado en un círculo en el que era considerado con respeto y hasta con reverencia; y lo cita con perfecta naturalidad, sabiendo que sus lectores lo reconocerían y respetarían. En realidad, el canon hebreo del Antiguo Testamento no se cerró hasta finales del siglo I después de Cristo, siendo una de las razones que impulsaron a ello el hecho de que la Iglesia Cristiana usaba como Escritura libros de los judíos de la Diáspora que no se habían escrito o se conservaban en hebreo. Judas hizo en realidad lo mismo que todos los autores del Nuevo Testamento, y que todos los escritores hacen en todas las épocas: se dirigió a su audiencia en el lenguaje que se podía reconocer y entender.

Características de los malvados

En el versículo 16 Judas especifica tres últimas características de los malvados.

(i) Son protestones, permanentemente descontentos con la vida que Dios les ha asignado. En este cuadro Judas usa dos palabras, una de las cuales que les sería muy familiar a sus lectores judíos, y la otra, a los griegos.

(a) La primera es gonguystés. Esta palabra describe las voces descontentas de los murmuradores y es la misma que aparece frecuentemente en la traducción griega del Antiguo Testamento para las murmuraciones de los israelitas contra Moisés cuando los guiaba por el desierto (Éxodo 15:24; 17: 3; Números 14:29). Parece reproducir onomatopéyicamente el susurro de descontento resentido que surgía del pueblo rebelde. Estos malvados del tiempo de Judas eran la contrapartida moderna de los murmuradores israelitas del desierto, personas llenas de quejas malhumoradas contra la mano guiadora de Dios.

(b) La segunda es mempsímoiros. Está formada por dos palabras griegas: mémfesthai, que quiere decir echar las culpas, y moira, la suerte o la vida de uno. Un mempsímoiros era un hombre que estaba siempre quejándose de la vida en general. Teofrasto, el gran maestro en la descripción de personajes, tiene un estudio cómico y burlesco del mempsímoiros que vale la pena citar completo:

El quejumbroso es el que se pasa de quejarse indebidamente de su suerte en todos los casos. El quejumbroso le dirá al amigo que le trae una porción de su propia mesa: «Esto es una muestra de lo tacaño que eres conmigo, porque no has querido invitarme a comer contigo en persona. » Cuando su amante le está dando un beso, él le dice: «Me pregunto si me estarás besando de corazón, o porque quieres algo de mí. » Está disgustado con Zeus, no porque no le mande la lluvia, sino porque ha tardado algo en mandársela. Cuando se encuentra una cartera en la calle, se pone: «¡Ah! No me encuentro nunca un tesoro que valga la pena. » Cuando ha comprado un esclavo barato después de regatearle el precio al vendedor hasta agotarle, exclama: «¡No será una ganga cuando me lo ha dejado tan barato!» Cuando le dan la buena noticia de que le ha nacido un niño, entonces es que: « Si me dices que esto me va a costar la mitad de mi fortuna me habrás dicho la verdad.» Si gana un pleito mediante un veredicto unánime, está seguro de encontrarle faltas al que ha hecho su defensa por omitir muchas circunstancias que le eran favorables. Y si se ha hecho una suscripción a su favor entre sus amigos, y uno de ellos le dice: «¡Alegra esa cara 1, » él le responde: «¿De qué, si se lo voy a tener que devolver a todos y el chollo será para ellos?»

Aquí, trazado hábilmente por la pluma sutil de Teofrasto, tenemos el retrato de uno de esos que encuentran siempre algo de que quejarse en cada situación. Puede encontrarle alguna pega al mejor dé los negocios, al más amable de los gestos, al más redondo de los éxitos, a la buena suerte más voluminosa. «Gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento» (1 Corintios 6:6); pero los malvados están siempre descontentos con la vida y con todo lo que Dios les asigna. Hay pocas personas que sean menos populares que el quejica crónico, y los tales harían bien en tener presente que su actitud equivale a un insulto a Dios.

(ii) Judas reitera un detalle de estos malvados, que ya ha señalado una y otra vez: su conducta está gobernada por sus deseos. Para ellos la disciplina y el dominio propio no sirven para nada. Para ellos la ley moral no es más_que una carga y un fastidio; el honor y el deber no les incumben; no tienen ningún deseo de servir, ni ningún sentido de responsabilidad; no valoran más que el placer, y su única dinámica es el deseo. Si todo el mundo fuera así, el mundo sería un completo caos.

(iii) Hablan con orgullo y arrogancia, y sin embargo al mismo tiempo están dispuestos a halagar a los grandes si piensan creen que pueden obtener algún beneficio. Es perfectamente posible que una persona sea al mismo tiempo un tipo rimbombante con las personas a las que trata de impresionar, y un adulador halagüeño con las personas que considera importantes. Los oponentes de Judas se ensalzaban a sí mismos y adulaban a los demás según demandara la ocasión; y su progenie se encuentra a veces entre nosotros.

Las características del error

Pero vosotros, queridos hermanos, debéis recordar las palabras que os hablaron en su tiempo los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo; debéis recordar que nos dijeron: «En los últimos tiempos habrá burladores, cuya conducta estará gobernada por sus propios deseos impíos.» Estos son los que provocan divisiones -tipos carnales, sin el Espíritu. Judas les indica a los suyos que no ha sucedido nada que no estuviera previsto. Los apóstoles les habían advertido que en los últimos tiempos surgirían hombres malvados como los que estaban ya entre ellos. Las palabras que cita Judas no se encuentran en ningún libro del Nuevo Testamento. Puede que esté haciendo una de tres cosas: que esté citando algún libro apostólico que no poseemos; o no de un libro, sino de alguna tradición oral de la predicación apostólica, o de algún sermón que él puede haberles oído a los apóstoles; o.que esté dando el sentido general de un pasaje como el de 1 Timoteo 4:1-3. En cualquier caso, está diciéndoles a los suyos que el error se podía esperar en la Iglesia. De este pasaje podemos deducir algunas de las características de estos malvados.

(i) Se burlan de la bondad, y su conducta está gobernada por sus propios deseos malos. Las dos cosas van juntas. Estos oponentes de Judas tenían dos características, como ya hemos visto. Creían que el cuerpo, por ser materia, era malo; y que, por tanto, no importaba que se saciaran sus deseos. Además, argüían que, puesto que la gracia podía perdonarlo todo, el pecado no importaba. Estos herejes tenían una tercera característica. Creían que eran pensadores avanzados; y consideraban a los que cumplían la ley moral tradicional como anticuados y pasados de moda.

Ese punto de vista no ha muerto ni mucho menos. Sigue habiendo personas que creen que los principios de moralidad y fidelidad tradicionales, especialmente en materia de sexo, están totalmente anticuados. Hay un texto terrible en el Antiguo Testamento: « Dice el necio para sus adentros: «¡Dios no existe!»» (Salmo 53:1). En el original, necio, en hebreo nabal, no quiere decir una persona ignorante, sino que pasa del tema. Y el hecho de que diga que no existe Dios es debido exclusivamente al deseo de su corazón. Sabe que, si existe Dios, él está equivocado, y le espera el juicio; por tanto, elimina la idea de Dios de su horizonte. En último análisis, los que eliminan la ley moral y dan rienda suelta a sus pasiones y deseos egoístas lo hacen porque quieren vivir a su aire. Escuchan la voz de sus deseos en lugar de escuchar la voz de Dios -y olvidan que vendrá un día cuando no tendrán más remedio que escucharle.

Estos malvados tienen una segunda característica: Provocan divisiones -son carnales, sin el Espíritu. Aquí hay una idea de lo más significativa -provocar divisiones dentro de la Iglesia es siempre un pecado. Estos lo hacen de dos maneras.

(a) Como ya hemos visto, hasta en las Fiestas del Amor tenían sus propios grupitos. Con su conducta estaban destruyendo sistemáticamente la comunión ° dentro de la Iglesia. Estaban trazando un círculo que excluía a los demás en lugar de incluirlos.

(b) Pero llegaban más lejos. Había algunos pensadores en la Iglesia Primitiva que tenían una manera de considerar la naturaleza humana que dividía esencialmente a las personas en dos categorías. Para entender esto debemos conocer algo de la psicología griega. Para los griegos, el ser humano se componía de cuerpo (sóma), alma (psyjé) y espíritu (pneuma). Sóma era sencillamente la constitución física de la persona. Psyjé nos es más difícil de entender; para los griegos, el alma (psyjé) era sencillamente la vida física; todos los seres vivos, los animales y las plantas, tenían psyjé. Pneúma, espíritu, era totalmente diferente; pertenecía exclusivamente al ser humano, y era lo que le hacía una criatura inteligente, semejante a Dios, capaz de hablar con Dios y de escucharle.

Estos pensadores pasaban a argüir que todos los hombres poseían psyjé,. pero muy pocos poseían realmente pneuma. Solamente los verdaderamente intelectuales, la elite, poseían pneuma; y por tanto solamente muy pocos podían alcanzar la verdadera religión. El resto tenía que contentarse con moverse en los niveles más bajos de la experiencia religiosa. Ellos por tanto dividían a las personas en dos clases. Estaban los psyjikoi, que estaban físicamente vivos pero intelectual y espiritualmente muertos. Los podríamos llamar carnales. Todo lo que poseían era la vida de carne y hueso; el progreso intelectual y la experiencia espiritual no estaban a su alcance. Y estaban los pneumatikoi, que eran capaces de un conocimiento intelectual real, de un conocimiento real de Dios y de una experiencia espiritual real. Aquí tenemos la base de una aristocracia intelectual y espiritual por encima del rebaño de las personas vulgares y corrientes.

Además, estas personas que se creían pneumatikoi, creían que estaban exentas de todas las leyes ordinarias que gobiernan la conducta humana. La gente ordinaria podría ser que tuviera que cumplir los principios aceptados, pero ellos estaban por encima de eso. Para ellos no existía el pecado; eran tan avanzados que podían hacer lo que les diera la gana sin ser por ello peores. Haremos bien en recordar que sigue habiendo personas que creen que están por encima de las leyes, que se dicen para sus adentros que eso no les podría suceder a ellos, y que creen que pueden salirse siempre con la suya. Ahora podemos ver lo inteligentemente que trata Judas con estas personas que dicen que el resto de la humanidad son los psyjikoi, mientras que ellos son los pneumatikoi. Judas toma sus palabras y les da la vuelta. «Sois vosotros -les truenalos que sois psyjikoi, los dominados por la carne; sois vosotros los que no tenéis pneuma, ni conocimiento real ni experiencia de Dios.»

Judas les dice a estas personas que, aunque se crean los únicos verdaderamente religiosos, no tienen ni lo más mínimo de tales. Los que ellos desprecian son de hecho mucho mejores que ellos. La verdad acerca de estos supuestos intelectuales y espirituales era que deseaban pecar, y tergiversaban la religión para convertirla en una licencia para pecar.

Las características de la bondad

Pero vosotros, queridos hermanos, debéis edificaros sobre el fundamento de vuestra santísima fe; debéis orar en el Espíritu Santo; debéis manteneros en el amor de Dios; mientras esperáis la misericordia de nuestro Señor Jesucristo que os llevará a la vida eterna.

En el pasaje anterior, Judas describió las características del error; en este pasaje pasa a describir las características de la bondad.

(i) El hombre bueno edifica su vida sobre el cimiento de la santísima fe. Es decir: la vida del cristiano está cimentada, no en algo que se ha fabricado por sí mismo, sino en algo que ha recibido. Hay una cadena en la transmisión de la fe. La fe llegó de Jesús a los apóstoles; de los apóstoles, a la Iglesia; y nos llega de la Iglesia a nosotros. Aquí hay algo tremendamente importante. Quiere decir que la fe que sustentamos -o, mejor dicho, que nos sustenta- no es meramente la opinión personal de uno mismo, sino la revelación que vino de Jesucristo y fue conservada y transmitida dentro de la Iglesia, siempre bajo el cuidado y la dirección del Espíritu Santo, de generación en generación.

(ii)Esa fe es una fe santísima. Una y otra vez hemos visto el significado de la palabra santo. El sentido de su raíz es diferente. Lo que es santo es diferente de otras cosas, como el sacerdote es diferente de los demás del pueblo, el Templo es diferente de los otros edificios, el sábado diferente de los otros días, y Dios supremamente diferente de los hombres. Nuestra fe es diferente en dos sentidos. (a) Es diferente de otras fes y de las filosofías en que no es hecha por los hombres, sino dada por Dios; no es opinión, sino revelación; no es suposición, sino certeza. (b) Es diferente en que tiene poder para hacer diferentes a los que creen. No es sólo algo que cambia las ideas, sino algo que cambia las vidas; no es simplemente una creencia intelectual, sino también una dinámica moral.

El hombre que es bueno es un hombre de oración. Se ha expresado esto diciendo: «La religión, en el sentido verdadero, quiere decir dependencia.» La esencia de la religión es la conciencia de nuestra total dependencia de Dios; y la oración es el reconocimiento de esa dependencia, y el acudir a Dios para recibir la ayuda que necesitamos. Como decía Moffatt en una definición magnífica: «La oración es el amor en necesidad apelando al Amor en poder.» El cristiano debe ser un hombre de oración por lo menos por dos razones.

(a) Sabe que debe someterlo todo a la voluntad de Dios, y por tanto tiene que presentárselo a Dios para Su aprobación.

(b) Sabe que por sí mismo no puede hacer nada, pero que con Dios todas las cosas son posibles; y por tanto tiene que estar llevando constantemente su insuficiencia a la suficiencia de Dios.

La oración, dice Judas, ha de ser en el Espíritu Santo. Lo que quiere decir es que nuestras oraciones humanas es inevitable que sean, por lo menos a veces, egoístas y ciegas. Solamente cuando el Espíritu Santo toma plena posesión de nosotros nuestros deseos son purificados y nuestras oraciones son correctas. La verdad es que, como cristianos, debemos orar a Dios, pero sólo Él nos puede enseñar cómo y por qué debemos orar.

(iii) El hombre bueno se mantiene en el amor de Dios. En lo que Judas está pensando aquí es en la relación del Antiguo Pacto entre Dios y Su pueblo como se nos describe en Éxodo 24:1-8. Dios se dirigió a Su pueblo prometiéndole que sería su Dios y ellos serían Su pueblo; pero esa relación dependería de que ellos aceptaran y obedecieran la Ley que Él les dio. « El amor de Dios -comenta Moffatt- tiene también sus propios términos de comunión.» En cierto sentido es verdad que no podemos salirnos del amor y el cuidado de Dios; pero también es verdad que, si deseamos permanecer en íntima comunión con Dios, debemos ofrecerle el perfecto amor y la perfecta obediencia que van siempre de la mano.

(iv) El hombre bueno espera anhelantemente. Espera la venida de Jesucristo en misericordia, amor y poder; porque sabe que el propósito de Cristo para él es traerle a la vida eterna, que no es otra cosa que la vida de Dios mismo.

Reclamando a los perdidos

A algunos de ellos debéis convencerlos de su error para que se aparten mientras están todavía indecisos. A otros debéis rescatarlos arrebatándolos del fuego. De otros debéis tener lástima y temor al mismo tiempo, aborreciendo hasta la ropa que está contaminada por la carne. Los distintos traductores dan traducciones diferentes de este pasaje. La razón es que hay muchas dudas en cuanto al verdadero texto griego. Hemos dado la traducción que creemos más próxima al sentido del pasaje.

Hasta con los peores herejes, aun los que se han alejado más en el error, y los que tienen creencias peligrosas, el cristiano tiene la obligación ineludible, no de destruir, sino de salvar. Su propósito debe ser, no desterrarlos de la Iglesia Cristiana, sino conquistarlos para la comunión cristiana. James Denney decía, para presentar el Evangelio de la manera más sencilla posible, que Jesús vino para hacer buenas a las malas personas. Sir John Seeley decía: «Cuando el poder de reclamar a los perdidos desaparece de la Iglesia, es que ha dejado de ser la Iglesia.» Como hemos tomado este pasaje, Judas divide los problemas de la Iglesia en tres clases, cada una de las cuales reclama un enfoque diferente.

(i) Hay algunos que coquetean con la falsedad. Se sienten claramente atraídos por el mal camino, y están a punto de entregarse al error, pero siguen dudando antes de dar el paso decisivo. Hay que sacarlos del error antes que sea demasiado tarde. De aquí se deducen dos obligaciones.

(a) Debemos estudiar para poder defender la fe y dar razón de la esperanza que hay en nosotros. Debemos saber lo que creemos para poder enfrentarnos al error con la verdad, y debemos capacitarnos para defender la fe de tal manera que podamos ganar a otros a ella con nuestra simpatía y sinceridad. Para hacerlo debemos desterrar de nuestra actitud toda insinceridad, y toda arrogancia e intolerancia de nuestro contacto con otros.

(b) Debemos estar dispuestos a hablar a tiempo. Muchas personas se podrían salvar del error de pensamiento y de acción si se les hablara a tiempo. Algunas veces tenemos reparo de hablar; pero muchas veces el silencio es cobarde, y puede hacer. más daño que el que harían las palabras. Una de las grandes tragedias de la vida es cuando alguien nos dice: «Yo no habría llegado a esta terrible situación si alguien -tal vez tú- me hubiera hablado.»

(ii) Hay algunos a los que hay que arrebatar del fuego. Ya han empezado a recorrer el camino del error, y hay que pararlos, digamos, como sea; y aun contra su voluntad. Está muy bien el decir que debemos respetar la libertad de los demás, y que tienen derecho a cometer sus propios errores. Todas estas cosas son ciertas en un sentido, pero hay veces en que hay que salvar a una persona de sí misma aunque sea a la fuerza.

(iii) Hay algunos a los que debemos compadecer y temer al mismo tiempo. Aquí está pensando Judas en algo que es indudablemente cierto. El pecador corre peligro; pero también lo corre el que intente rescatarle. El que trate una enfermedad infecciosa corre peligro de contraerla. Judas dice que debemos aborrecer la ropa contaminada por la carne. Es casi seguro que aquí está pensando en las disposiciones de Levítico 13:47-52, donde se establece que la ropa que ha usado una persona que se descubre que sufre de lepra debe quemarse. El viejo dicho sigue siendo cierto: «Debemos amar *al pecador, pero aborrecer el pecado.» Antes que una persona pueda rescatar a otras debe estar suficientemente fuerte en la fe: Debe tener los pies bien firmes y seguros en la tierra seca antes de lanzarle el salvavidas al que es probable que arrastre la corriente. Es un hecho que el rescate de los que están en el error no lo puede acometer cualquiera. Los que quieran ganar a otros para Cristo deben estar muy seguros en Él; y los que hayan de librar batalla con la enfermedad del pecado deben tener el fuerte antiséptico de una fe sana. La ignorancia nunca se puede enfrentar con la ignorancia, ni siquiera con un conocimiento parcial; hay que enfrentarla desde la afirmación: « Yo sé en Quién he creído.»

Doxología final

A Quien es poderoso para guardaros de toda caída y para haceros estar presentes sin mancha delante de su gloria llenos de gozo, al Dios único, nuestro Salvador, por medio de nuestro Señor Jesucristo, sean la gloria, la majestad, el dominio y el poder, desde siempre y ahora y para siempre. Amén.

Judas llega al final con una tremenda adscripción de alabanza. Tres veces en el Nuevo Testamento se da alabanza al Dios Que es poderoso. En Romanos 16:25 Pablo da alabanza al Dios que es poderoso para fortalecernos. Dios es la única Persona Que puede dar un fundamento a nuestra vida que nada ni nadie pueda sacudir jamás. En Efesios 3:20 Pablo da gloria al Dios que es poderoso para hacer mucho más de lo que podamos nunca pedir o ni siquiera soñar. Él es el Dios Cuya gracia nadie ha agotado jamás, y en relación con Quien ninguna expectación puede resultar exagerada. Aquí ofrece Judas su alabanza al Dios que es poderoso.

(i) Dios es poderoso para guardarnos sin caída. La palabra original es áptaistos. Se usa lo mismo de un caballo seguro de remos, que no tropieza ni resbala nunca, como de una persona que no cae en el error. « No dará tu pie al resbaladero,» es la manera en que el Salmo 121 expresa la misma convicción. Caminar con Dios es caminar seguros y a salvo hasta en el sendero más peligroso y resbaladizo. En el montañismo, los escaladores se atan unos a otros para que, si alguno resbala, otro compañero firme pueda resistir su peso y salvarle. De la misma manera, cuando estamos atados con Dios, Él nos mantiene a salvo.

(ii) Dios puede hacernos permanecer intachables en la presencia de Su gloria. La palabra original para intachables es ámómos. Este es especialmente un término que se refiere a los sacrificios, y se usa corriente y técnicamente de un animal que no tiene mancha ni defecto, y por tanto puede ofrecerse a Dios. Lo sorprendente es que cuando nos sometemos a Dios, Su gracia puede hacer nuestras vidas nada menos que un sacrificio idóneo para ofrecérselo a Él.

(iii) El nos puede llevar a Su presencia con un gozo exultante. Lo más natural es pensar en entrar a la presencia de Dios con temor y vergüenza; pero, por la obra de Jesucristo y la gracia de Dios sabemos que podemos acercarnos a Dios con gozo y sin el menor resto de miedo. Por medio de Jesucristo, Dios, el Juez severo, nos es conocido como nuestro Padre amante. Notemos un último detalle. Solemos asociar la palabra Salvador con Jesucristo; pero aquí Judas Se la aplica a Dios. Y no es el único que lo hace, porque a Dios Se le llama Salvador a menudo en el Nuevo Testamento (Lucas 1:47; 1 Timoteo l:l; 2:3; 4:10; Tito 1:3; 2:10; 3:4). Así es que acabamos con la certeza maravillosa y consoladora de que detrás de todo está el Dios Cuyo nombre es Salvador. El cristiano tiene la gozosa certidumbre de que en este mundo vive en el amor de Dios, y en el por venir va a ese amor. El amor de Dios es al mismo tiempo la atmósfera y la meta de todo nuestro vivir.

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