Así pues, Judas les recuerda a estos malvados el destino de aquellos que en los tiempos pasados desafiaron la ley moral de Dios. Es razonable suponer que los que Judas denuncia también habían descendido a la sodomía, y estaban pervirtiendo la gracia de Dios para justificarla.
Judas insiste en que deberían recordar que el pecado y el juicio van de la mano, y deberían arrepentirse antes que fuera demasiado tarde.
El desprecio a los ángeles
De la misma manera, estos también contaminan la carne con sus sueños, y menosprecian a los poderes celestiales, y hablan mal de las glorias angélicas. Cuando el arcángel Miguel mismo estaba disputando con el diablo el cuerpo de Moisés, no se aventuró a lanzar contra él una acusación condenatoria, sino dijo simplemente: « ¡Qué el Señor te reprenda!»
Judas empieza este pasaje comparando a los hombres malvados con los falsos profetas a los que la Escritura condena. Deuteronomio 13:1-5 establece lo que se ha de hacer con «un profeta o soñador de sueños» que corrompa a la nación y aparte al pueblo de su lealtad a Dios. Tal profeta debe morir irremisiblemente. Estos hombres a los que Judas ataca son falsos profetas, soñadores de falsos sueños, seductores del pueblo, y han de ser tratados como tales. Su falsa enseñanza producía dos resultados.
(i) Les hacía contaminar la carne. Ya hemos visto la doble dirección de su enseñanza sobre la carne. Primero, la carne era totalmente mala, y por tanto no tenía ninguna importancia; así es que los instintos del cuerpo se podían satisfacer sin ningún control. Segundo, la gracia de Dios lo perdonaba todo; y, por tanto, el pecado no importaba, puesto que la gracia perdonaba todos los pecados. El pecado no era más que un medio para que la gracia tuviera oportunidad de obrar.
(ii) Despreciaban a los ángeles. Los poderes celestiales y las glorias angélicas eran rangos en la jerarquía angélica. Esto sigue inmediatamente después de la referencia a Sodoma y Gomorra como ejemplos terribles; y parte del pecado de Sodoma fue el deseo de sus habitantes de abusar de los visitantes angélicos (Génesis 19:1-11). Los hombres que Judas ataca hablaban mal de los ángeles. Para demostrar lo terrible que eso era cita Judas un ejemplo del libro apócrifo La Asunción de Moisés. Una de las cosas que extrañan de Judas son las citas de los libros apócrifos. A nosotros nos sorprenden; pero esos libros se usaban ampliamente en el tiempo en que Judas estaba escribiendo, y las citas que se hicieran de ellos serían muy efectivas. El relato de La Asunción de Moisés es como sigue. La historia sorprendente de la muerte de Moisés se encuentra en Deuteronomio 34:1-6. La Asunción de Moisés sigue el tema hablando de la tarea de enterrarle, que se le confió al arcángel Miguel. El diablo le disputó a Miguel la posesión del cuerpo de Moisés. Basaba su pretensión en dos razones. Primera, que el cuerpo de Moisés era materia; la materia era mala; y, por tanto, le pertenecía a él, porque la materia era su dominio. Segunda, que Moisés era un asesino, porque había matado al egipcio que estaba maltratando al hebreo (Éxodo 2:11s). Y, si era un asesino, el diablo tenía derecho a su cuerpo. La lección que Judas ve en esto es que Miguel estaba ocupado en una tarea que le había asignado Dios; el diablo estaba tratando de impedírselo, presentando unos derechos que en realidad no tenía. Pero, hasta en un conjunto de circunstancias así, Miguel no habló mal del diablo, sino simplemente le dijo: « ¡Que el Señor te reprenda!» Si el más importante de los ángeles buenos se negó a hablar mal del mayor de los ángeles malos, hasta en circunstancias tales, no hay duda que ningún ser humano puede hablar mal de ningún ángel.
Lo que estaban diciendo acerca de los ángeles los hombres que Judas está atacando, no lo sabemos. Tal vez decían que no existían; o que eran malos. Este pasaje no tiene mucho sentido para nosotros; pero sin duda contenía una seria reprensión para aquellos a los que Judas se lo dirigió.
Un evangelio carnal
Pero estas personas hablan mal de todo lo que no entienden, mientras que se permiten corromperse por el conocimiento que les reportan sus instintos, viviendo a merced de ellos como bestias irracionales. Judas dice dos cosas de los hombres malos a los que está atacando.
(i) Critican todo lo que no entienden. Consideran sin valor e irrelevante cualquier cosa que esté fuera de su órbita y de su experiencia: Como decía Pablo: «El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender porque se han de discernir espiritualmente» (1 Corintios 2:14). Ellos no tenían discernimiento espiritual, y por tanto eran ciegos y despreciaban todas las realidades espirituales.
(ii) Se dejaban contaminar por las únicas cosas que entendían. No entendían más que de los instintos carnales que tenían en común con las bestias irracionales. Su forma de vida consistía en dejar que esos instintos se salieran con la suya; su escala de valores era exclusivamente carnal. Judas describe a hombres que han perdido toda conciencia de las cosas espirituales, y para quienes las cosas que buscan los instintos animales son las únicas que cuentan.
Lo terrible es que la primera condición es el resultado directo de la segunda. Lo trágico es que no hay nadie que nazca sin un cierto sentido para las cosas espirituales; pero lo puede perder hasta tal punto que dejan de existir para él. Uno pude perder cualquier facultad si se niega a usarla. Eso lo descubrimos en cosas tan sencillas como los juegos y las habilidades. Si dejamos de practicar un juego, perdemos la capacidad de jugarlo. Si abandonamos la práctica de una facultad -como, por ejemplo, tocar el piano, la perdemos.
