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2 Pedro 1: El hombre que abría puertas

Simeón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, os escribe esta carta a los que habéis sido agraciados con una fe igual en honor y privilegio a la nuestra propia por la justicia imparcial de nuestro Dios y Salvador Jesucristo.

La carta empieza con una alusión muy sutil y hermosa para los que tengan ojos para verla y suficiente conocimiento del Nuevo Testamento para captarla. Pedro escribe a «los que se les ha concedido una fe igual en honor y privilegio a la nuestra» -y se llama a sí mismo Symeon Pedro. ¿Quiénes eran los destinatarios? Realmente no puede haber más que una respuesta. Deben de haber sido en el pasado gentiles, a diferencia de los judíos que eran el único pueblo escogido de Dios. Los que no habían sido un pueblo en el pasado son ahora el pueblo escogido de Dios (1 Pedro 2:10); antes eran forasteros y extranjeros a la comunidad de Israel, y estaban muy lejos; pero ahora se los ha traído cerca (Efesios 2:11-13).

Pedro expresa esto muy gráficamente, usando una palabra que haría vibrar inmediatamente una cuerda en las mentes de los que la oyeran. Su fe era igual en honor y privilegio. La palabra griega es isótimos; isos quiere decir igual y time quiere decir honor. Esta palabra se usaba especialmente en relación con los extranjeros que tenían una ciudadanía completa igual a la de los nativos. Josefo, por ejemplo, dice que en Antioquía se hizo a los judíos isotimoi, iguales en honor y privilegio, a los macedonios y a los griegos que vivían allí. Así que Pedro dirige su carta a los que habían sido anteriormente gentiles despreciables, pero que ahora habían recibido derechos de ciudadanía iguales a los de los judíos, y aun a los de los mismos apóstoles, en el Reino de Dios (Cp. Efesios 2:19).

Dos cosas hay que notar acerca de este gran privilegio que se había extendido a los gentiles. (a) Se les había concedido o asignado. Es decir, no se lo habían ganado; se les había agraciado no por ningún mérito propio, sino como al que le toca un premio en la lotería. En otras palabras su nueva ciudadanía se debía exclusivamente a la Gracia. (b) Les había llegado por medio de la justicia imparcial de su Dios y Salvador Jesucristo. Les habí venido porque para Dios no hay cuna cláusula de nación mas favorecida»; Su Gracia y favor alcanzan imparcialmente a todas las naciones de la Tierra.

¿Qué tiene esto que ver con el nombre Symeon, que Pedro se llama aquí? En el Nuevo Testamento, se le llama más generalmente Pedro; se le llama a menudo Simón, que era, desde luego, su nombre original antes de que Jesús le diera el nombre de Cefas o Pedro (Juan 1: 41 s); pero solamente una vez en el resto del Nuevo Testamento se le llama Symeon. Es en el relato del Concilio de Jerusalén de Hechos 15 que decidió que había de abrirse de par en par la puerta de la Iglesia a los creyentes gentiles. Allí dijo Santiago: « Simeón ha relatado la manera en que Dios visitó por primera vez a los gentiles para tomar de ellos un pueblo para Su nombre» (Hechos 15:14). En esta carta, que empieza con saludos para los gentiles a los que se han concedido, por la gracia de Dios, privilegios de ciudadanía en el Reino iguales a los de los judíos y los apóstoles, Pedro se llama por el nombre de Symeon; y la única otra vez que se llama así es cuando aparece como el instrumento principal mediante el cual se concedió ese privilegio.

Simeón Pedro fue el que abrió la puerta a Comelio, el centurión gentil (Hechos 10); y aplicó su autoridad para que se abriera la puerta en el Concilio de Jerusalén (Hechos 15).

El glorioso servicio

Pedro se llama a sí mismo siervo de Jesucristo. La palabra original es dulos, que quiere decir realmente esclavo.

Aunque nos parezca extraño, se trata de un título, aparentemente humillante, que los más grandes hombres asumieron como un título del mayor honor. Moisés, el gran líder y legislador, fue el dulos de Dios (Deuteronomio 34:5; Salmo 105:26; Malaquías 4:4). Josué, el gran general, fue el dulos de Dios (Josué 24:29). David, el más grande de los reyes, era el dolos de Dios (2 Samuel 3:18; Salmo 78:70). En el Nuevo Testamento, Pablo es el dulos de Jesucristo (Romanos 1:1; Filipenses 1:1; Tito l: l ), un título que Santiago (Santiago 1:1) y Judas (Judas 1) también se aplican. En el Antiguo Testamento, los profetas eran los duloi de Dios (Amos 3:7; Isaías 20:3). Y en el Nuevo Testamento, los cristianos se llaman frecuentemente duloi de Cristo (Hechos 2:18; 1 Corintios 7:22; Efesios 6: 6; Colosenses 4:12; 2 Timoteo 2:24). Esto tiene un profundo significado.

(i) Llamar al cristiano dulos de Dios quiere decir que es Su posesión inalienable. En el mundo antiguo el amo poseía sus esclavos de la misma manera que poseía sus herramientas. Un siervo podía cambiar de amo; pero un esclavo no. El cristiano pertenece inalienablemente a Dios.

(ii) El llamar al cristiano dulos de Dios quiere decir que está incondicionalmente a Su disposición. En el mundo antiguo, el amo podía hacer lo que quisiera con su esclavo; tenía hasta poder de vida o muerte sobre él. El cristiano no tiene derechos propios porque Se los ha rendido a Dios.

(iii) El llamar al cristiano dulos de Dios quiere decir que debe estar constantemente a Su servicio. En el mundo antiguo el esclavo no tenía literalmente tiempo propio, ni vacaciones, ni ocio. Todo su tiempo pertenecía a su amo. El cristiano no puede, ni deliberada ni inconscientemente, programar su vida con las horas y las actividades que pertenecen a Dios, y las horas y actividades en las que puede hacer lo que quiera. El cristiano es necesariamente una persona cuyos momentos todos está al servicio de Dios.

Notamos otro punto más. Pedro habla de la justicia imparcial de nuestro Dios y Salvador Jesucristo. Algunas versiones bíblicas traducen: «La justicia de Dios y de nuestro Salvador Jesucristo,» como refiriéndose a dos personas, -Dios y Jesús; pero, como deja ver bien claro la Reina-Valera, en griego se implica que hay una sola persona, y la frase se traduce conrectamente nuestro Dios y Salvador Jesucristo. Su gran interés está en que en el Nuevo Testamento rara, muy rara vez, se llama a Jesús Dios. El único paralelo verdadero de éste está: en el grito de adoración de Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»(Juan 20:28). Esta no es una cuestión a discutir; ni siquiera una cuestión de teología; para Pedro y Tomás, el llamar Dios a Jesús no era una cuestión de teología, sino una eclosión de adoración. Era sencillamente que se daban cuenta de que los términos humanos no podían contener a esta Persona que conocían como su Señor.

El supremo conocimiento

¡Que la gracia y la paz se os multipliquen por el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesucristo!

Pedro expresa esto de una manera inusual. La gracia y la paz han de venir del conocimiento, el conocimiento de Dios y de Jesucristo, nuestro Señor. ¿Hace depender la experiencia cristiana del conocimiento? ¿O tiene esto algún otro sentido? En primer lugar, veamos la palabra que usa para conocimiento (epígnósis). Se puede interpretar en dos direcciones.

(a) Puede querer decir un conocimiento creciente. Gnosis, la palabra griega normal para conocimiento, va precedida aquí de la preposición epi que quiere decir hacia, en la dirección de. Epígnósis, pues, podría interpretarse como un conocimiento que está siempre en movimiento hacia lo que desea conocer. La gracia y la paz se le multiplican al cristiano que llega a conocer a Jesucristo cada vez mejor. Como se ha expresado: «Cuanto más se da- cuenta el cristiano de lo que significa Jesucristo, tanto más capta el significado de la gracia y la experiencia de la paz.»

(b) Epígnósis tiene un segundo significado. A menudo quiere decir en griego conocimiento pleno. Plutarco, por ejemplo, la usa del conocimiento científico de la música en oposición al conocimiento del mero aficionado. Así que puede ser que lo que implica aquí sea que el conocimiento de Jesucristo es lo que podríamos llamar « la ciencia capital de la vida.» Las otras ciencias puede que contribuyan una nueva habilidad, un nuevo conocimiento, nuevas capacidades; pero la ciencia capital, el conocimiento de Jesucristo, es lo único que puede traer a la humanidad la gracia que necesita y la paz que anhela.

Hay todavía más. Pedro tiene una manera de usar palabras que eran corrientes entre los paganos de su tiempo, pero cargándolas con un nuevo significado. El conocimiento era una palabra muy utilizada en el pensamiento religioso pagano de aquellos días en que se escribió esta carta. Para tomar solamente un ejemplo: los griegos definían softa, sabiduría, como el conocimiento de las cosas divinas y humanas. Los buscadores de Dios griegos buscaban ese conocimiento por dos procedimientos principales.

(a) Lo buscaban por medio de la especulación filosófica. Trataban de alcanzar a Dios mediante el mero poder del pensamiento humano. Aquí encontraban dificultades previsibles. En primer lugar, Dios es infinito; la mente humana es finita; y lo finito no puede nunca abarcar lo infinito. Mucho tiempo ha, Zofar había preguntado: « ¿Descubrirás tú (por especulación) los secretos de Dios?» (Job ll-7). Si Dios ha de llegar a ser conocido, debe ser conocido, no porque la mente humana Le descubra, sino porque Él decida revelarse. Además, si la religión se basara en la especulación filosófica, sólo podrían aspirar a alcanzar sus alturas unos pocos, porque no todos podemos ser filósofos. Cualquiera que fuera lo que Pedro entendiera por conocimiento; no quería decir eso.

(b) Lo buscaban por la experiencia mística de lo divino hasta poder decir: « Yo soy Tú y Tú eres yo.» Este era el camino de las religiones mistéricas. Todas ellas consistían en representaciones de pasión: la historia dramáticamente representada de algún dios que sufría y moría y resucitaba. Se preparaba cuidadosamente al iniciado con la instrucción del sentido íntimo de la historia, y mediante largo ayuno y continencia, y mediante un proceso conducente a la tensión psíquica. El auto se representaba con una liturgia impresionante, una música inspiradora, unja iluminación cuidadosamente calculada y el uso de incienso. Lo que se pretendía era que el iniciado, al observarlo, entrara de tal manera en esta experiencia que llegara a identificarse con el dios que sufría, moría y resucitaba eternamente triunfante. También aquí había problemas. Por una parte, no todo el mundo es capaz de tener una experiencia mística. Por otra parte, cualquier experiencia tal es necesariamente pasajera; puede que. deje un efecto, pero no puede ser una experiencia continua. La experiencia mística es privilegio de los menos.

(c) Si este conocimiento de Jesucristo no se adquiere por especulación filosófica ni por experiencia mística, ¿qué es y cómo viene? En el Nuevo Testamento, el conocimiento es característicamente un conocimiento personal. Pablo no dice: «Yo sé lo que he creído;» sino: «Yo sé en Quién he creído (2 Timoteo 1:12). El conocimiento cristiano de Cristo es una relación personal con Él; es conocerle como se conoce a una persona y entrar día a día en una relación más íntima con Él.

Cuando Pedro habla de la gracia y la paz que nos vienen por medio del conocimiento de Dios y de Jesucristo, no está intelectualizando la religión; esta diciendo que el Cristianismo quiere decir una relación personal cada vez más íntima con Jesucristo.

La grandeza de Jesucristo para la humanidad

Como Su poder divino nos ha concedido todas las cosas que son necesarias para la vida verdadera y para la verdadera religión por medio del conocimiento de Aquel Que nos llamó a Su propia gloria y excelencia; y como por medio de estos dones se nos han concedido unas promesas preciosas y grandísimas para que por ellas podamos escapar de la corrupción del mundo causada por los deseos innobles, y llegar a ser partícipes de la naturaleza divina; puesto que todo esto es así, aplicad toda vuestra energía a la tarea de equipar vuestra fe con coraje; vuestro coraje, con conocimiento; vuestro conocimiento, con autodominio; vuestro autodominio, con estabilidad; vuestra estabilidad, con piedad; vuestra piedad, con afecto fraternal; vuestro afecto fraternal, con amor cristiano.

En los versículos 3 y 4 encontramos una tremenda y comprehensiva descripción de Jesucristo.

(i) Él es el Cristo de poder. En Él radica el poder divino que no puede ser derrotado ni frustrado en última instancia. En este mundo, una de las tragedias de la vida es que el amor está con frecuencia tan falto de recursos que no puede dar lo que quiere dar, ni puede hacer lo que quiere hacer; y debe, muy a menudo, mostrarse y quedar impotente mientras la persona amada se enfrenta con el desastre. Pero el amor de Cristo siempre está respaldado por Su poder; y es, por tanto, un amor victorioso.

(ii) Él es el Cristo de la generosidad. Él nos otorga todas las cosas necesarias para la vida verdadera y la verdadera religión. La palabra que usa Pedro para religión es eusébeia, cuyo sentido característico es religión práctica. Pedro está diciendo que Jesucristo nos dice lo que es la vida y entonces nos capacita para vivirla como es debido. Él nos da una religión que no es evasión de la vida sino triunfante implicación o inserción en ella.

(iii) Él es el Cristo de preciosas y grandísimas promesas. Eso no quiere decir tanto que Él nos trae grandes y preciosas promesas como que en Él estas promesas se hacen realidad. Pablo expresa la misma idea de manera un poco diferente cuando dice que todas las promesas de Dios son Sí y Amén en Jesucristo (2 Corintios 1:20). Eso es decir que Cristo dice: «Sí, así sea,» a estas promesas; Él las confirma y garantiza. Esto se ha expresado también de la siguiente manera: Una vez que conocemos a Jesucristo, siempre que nos encontramos en la Sagrada Escritura una promesa que empieza con las palabras «quienquiera que,» nosotros podemos decirnos inmediatamente: «Ese soy yo.»

(iv) Él es el Cristo por Quien nos evadimos de la corrupción del mundo. Pedro tenía que enfrentarse con los antinomistas, que usaban la gracia de Dios como una licencia para pecar. Proclamaban que la gracia era suficientemente amplia para cubrir cualquier pecado; tergiversaban la doctrina evangélica de la justificación del pecador por la fe en Jesucristo convirtiéndola en la justificación del pecado. El que una persona hable así sólo puede significar que quiere pecar. Pero Jesucristo es la Persona que puede ayudarnos a vencer la seducción de los deseos del mundo y limpiarnos con Su presencia y poder. Mientras vivamos en este mundo, el pecado no perderá nunca del todo su fascinación sobre nosotros; pero tenemos la defensa contra ella en la presencia de Cristo.

(v) Él es el Cristo Que nos hace participantes de la naturaleza divina. Aquí Pedro está usando otra vez una expresión que los pensadores paganos conocían muy bien. Ellos hablaban mucho de participar de la naturaleza divina. Pero había esta diferencia: ellos creían que el hombre tiene una participación en la naturaleza divina en virtud de ser hombre. Todo lo que las personas tienen que hacer es vivir de acuerdo con la naturaleza divina de la que ya participan. El problema es que la experiencia lo contradice abiertamente. Por todas partes vemos amargura, odio, vicio, crimen; por todas partes vemos el fracaso moral, la impotencia y la frustración. El cristianismo dice que la humanidad puede llegar a participar de la naturaleza divina. Considera con realismo la condición humana, pero al mismo tiempo no le pone límites a su potencialidad. «Yo he venido -dijo Jesús- para que tenga vida, y la tengan en abundancia» (Juan 10:10). Como dijo uno de los primeros grandes padres de la Iglesia: « Él se hizo lo que nosotros somos para hacernos lo que El es.» El hombre tiene en sí la capacidad para participar de la naturaleza de Dios -pero esa potencialidad sólo se puede hacer realidad en Jesucristo.

Pertrechos para el camino

Pedro dice que debemos aplicar todas nuestras energías para equiparnos con una serie de grandes cualidades. La palabra que usa para equipar es epijoréguein, que usa otra vez en el versículo 11 hablando de ser generosamente agraciados* con el derecho de entrada en el Reino eterno.

Esta es una de las muchas palabras griegas que tienen un trasfondo pictórico. El verbo epijoréguein viene del nombre jorégós, que quiere decir literalmente el director de un coro. Tal vez la mayor contribución que hizo Grecia, y especialmente Atenas, al mundo fueron los grandes dramas de hombres como Esquilo, Sófocles y Eurípides, que todavía figuran entre nuestras más apreciadas posesiones. Todos estos dramas necesitaban coros numerosos y era, por tanto, muy caro montarlos. En los grandes días de Atenas había ciudadanos pudientes y generosos que asumían voluntariamente el deber de reunir, mantener, entrenar y equipar tales coros a sus propias expensas. Estos dramas se representaban en las grandes fiestas religiosas. Por ejemplo, en la ciudad de Dionysia se ponían tres tragedias, cinco comedias y cinco ditirambos- Había que encontrar personas que proveyeran los coros para todo esto, lo que podía elevarse a 3.000 dracmas. Los que se hacían cargo de esa empresa a costa de su propio bolsillo y por amor a sus ciudades se llamaban jorégoi, y joréguein era el verbo que se usaba para designar esa empresa. La palabra sugiere hasta un cierto derroche. No quería decir equipar a lo pobre o miserablemente, sino aportando generosamente todo lo necesario para una representación noble Epijoréguein salió al ancho mundo y amplió su significado, no solamente al equipamiento de un coro, sino a asumir responsabilidad por cualquier clase de equipamiento. Puede querer decir equipar a un ejército con las provisiones necesarias; o equipar a un alma con todas las virtudes necesaria0para la vida. Pero siempre subyace en ello esta idea de una generosidad desbordante en la provisión que se hace para el equipamiento.

Así es que Pedro exhorta a sus lectores a que equipen, sus vidas con todas las virtudes; y ese equipamiento no debe limitarse al mínimo necesario, sino ser abundante y generoso. La misma palabra estimula a no contentarse con nada menos que la vida más preciosa y espléndida.

Pero hay algo más detrás de esto. En los versículos 5 y 6 Pedro sigue diciéndonos que debemos, como dice la versión Reina-Valera, añadir nuevas virtudes hasta que todo culmina en el amor cristiano. Detrás de esto hay una idea estoica. Los estoicos insistían en que en la vida debe haber continuamente lo que ellos llamaban prokopé, progreso moral. Prokopé se puede usar para el avance de un ejército hacia su objetivo. En la vida cristiana tiene que haber un avance moral constante.

Moffatt cita un dicho: « La vida cristiana no debe ser un espasmo inicial seguido por una inercia crónica.» Desgraciadamente, eso es lo que es a veces: un momento de entusiasmo, cuando uno se da cuenta de la maravilla del Cristianismo, y luego un fracaso en poner por obra la vida cristiana mediante un progreso continuo.

Esto nos conduce todavía a otra idea básica. Pedro dice a sus lectores que apliquen toda su energía a esta empresa. Es decir: En la vida cristiana; el supremo esfuerzo personal debe cooperar con la gracia de Dios. Como dice Pablo: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el Que en vosotros produce así el querer como el hacer, por Su buena voluntad (Filipenses 2:12s). Es verdad que todo es por fe; pero una fe que no desemboca en vida no es verdadera fe, como Pablo habría admitido cordialmente. La fe no es sólo entrega confiada a las promesas de Cristo; también es entrega obediente a Sus demandas.

Bigg señala que Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, dice que hay tres teorías sobre el origen de la felicidad.

(i) Es algo que se puede obtener mediante la disciplina, la educación y la formación de hábitos correctos. (ii) Es cuestión de asignación divina, don de Dios. (iii) Todo es cuestión de suerte.

La verdad es que, como lo ve el cristiano, la felicidad depende tanto del don de Dios como de nuestro propio esfuerzo.

No nos ganamos la Salvación, pero al mismo tiempo tenemos que aplicar todas nuestras energías para conseguir el objetivo de una vida de amor. Bengel, comentando este pasaje, nos pide que lo comparemos con la parábola de las Diez Vírgenes, cinco de las cuales eran prudentes y cinco insensatas. Escribe: « La llama es lo que Dios nos imparte sin ningún esfuerzo por nuestra parte; pero el aceite es lo que cada persona debe aportar a la vida mediante su propio estudio y esfuerzo fiel, para que la llama se alimente y crezca.» .

La fe no nos exime de hacer las obras; la generosidad de Dios no absuelve a la persona del esfuerzo. La vida alcanza su nivel más noble y elevado cuando nuestro esfuerzo coopera con la gracia de Dios para producir el resultado necesario y deseado.

La escala de las virtudes

Consideremos la lista de virtudes que tienen que irse añadiendo las unas a las otras. Vale la pena notar que en el mundó antiguo tales listas eran muy corrientes. Era un mundo en el que los libros no eran ni muchos menos tan baratos y fáciles de adquirir como lo son ahora. La instrucción, por tanto, tenía que llevarse a cabo en la mente del alumno; y las listas que se memorizaban fácilmente eran una de las maneras más corrientes de inculcar instrucción. Una forma ingeniosa de enseñarle a un niño los nombres de las virtudes era por medio de un juego de fichas que se podían ganar o perder, cada una de las cuáles llevaba el nombre de una de las virtudes. Las listas de virtudes eran corrientes en los primeros escritos cristianos. Pablo nos da la de los frutos del Espíritu: Amor; gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fidelidad, amabilidad, dominio propio (Gálatas 5:22s). En las Epístolas Pastorales se exhorta al hombre de Dios a que se proponga la integridad, la piedad, la fe, el amor, la firmeza, la gentileza (1 Timoteo 6: I1). En El Pastor de Hermás (Visiones 3.8.1-7), fe, autodominio, sencillez, inocencia y reverencia; comprensión y amor son hijas las unas de las otras. En la Epístola de Bernabé (2), el temor y la resistencia son los ayudadores de la fe; la paciencia y el autodominio son nuestros aliados; y cuando éstos están presentes una persona puede desarrollar y poseer sabiduría, prudencia, comprensión y conocimiento. Miremos ahora una a una las etapas del crecimiento cristiano que nos da la lista de virtudes de esta carta.

(i) Empieza por la fe (pistis); todo arranca de ella. Para Pedro la fe es la convicción de que lo que Jesucristo dice es verdad y que nosotros nos podemos entregar a Sus promesas y consagrar a Sus demandas. Es de una certeza incuestionable que el camino a la felicidad y a la paz y a la fuerza en la Tierra y en el Cielo es aceptar Su palabra.

(ii) A la fe hay que añadir lo que la Reina-Valera llama virtud, y nosotros hemos llamado coraje. La palabra griega es areté; es muy rara en el Nuevo Testamento, pero es la palabra griega suprema para virtud en cualquier sentido de la palabra. Quiere decir excelencia. Tiene dos direcciones especiales en las que se mueve su sentido. (a) arete es lo que podríamos llamar excelencia operativa y eficiente. Para dar dos ejemplos de su uso tomados de esferas muy diferentes: se puede usar de una tierra que es fértil; y se puede usar de las obras poderosas de los dioses. Arete es la virtud que hace que una persona sea buena ciudadana y amiga; es la virtud que nos hace expertos en la técnica de vivir como es debido. (b) Areté quiere decir a menudo coraje. Plutarco dice que Dioses una esperanza de arete, no una excusa para la cobardía. En 2 Macabeos 6:31 leemos que Eleazar murió antes que ser falso a las leyes de Dios y de sus padres; y la historia termina con el dicho de que dejó en su muerte un ejemplo de noble coraje (arete) y un memorial de virtud, para los jóvenes y para toda la nación. En este pasaje no es necesario escoger entre los dos sentidos; están los dos ahí. La fe debe conducir, no a la vida retirada del claustro o la celda, sino a una vida efectiva en el servicio de Dios y de la humanidad; y debe conducir al valor de mostrar siempre a Quién se pertenece y sirve.

(iii) Al coraje debe añadirse conocimiento. La palabra griega es gnósis. En el lenguaje ético griego hay dos palabras que tienen un significado similar aunque con una diferencia significativa. Sofía es sabiduría, en el sentido de «conocimiento de las cosas divinas y humanas y de sus causas.» Es el conocimiento de las primeras causas y de las cosas profundas y últimas. Gnósis es conocimiento práctico; es la habilidad de aplicar el conocimiento último que da sofía a las situaciones particulares. Gnósis es el conocimiento que le permite a una persona decidir rectamente y actuar honorable y eficazmente en las circunstancias de la vida cotidiana. Así que a la fe hay que añadirle coraje y eficacia; al coraje y la eficacia debe añadírseles la sabiduría práctica para andar por la vida.

(iv) Al conocimiento práctico hay que añadir autocontrol o dominio propio. La palabra griega es enkráteia, que quiere decir literalmente la habilidad de tener las riendas de uno mismo. Ésta es una virtud de la que hablaron y pensaron y escribieron mucho los griegos. Con respecto a la persona y sus pasiones Aristóteles distingue cuatro estados en la vida. Está sófrosyné, en la que la pasión ha sido totalmente sojuzgada a la razón; podríamos llamarla perfecta templanza. Está akolasía, que es precisamente lo opuesto; es el estado en el que la razón está totalmente sometida a la pasión; podríamos llamarlo concupiscencia incontrolable. Entre estos dos estados está akrasía, en la que la razón lucha pero la pasión prevalece; podríamos llamarlo incontinencia. Está enkráteia, en la que la razón lucha contra la pasión y prevalece; lo llamamos autocontrol, o dominio propio. Enkráteia es una de las grandes virtudes cristianas; y el lugar que ocupa es un ejemplo del realismo de la ética cristiana. Esa ética no contempla una situación en la que una persona está desposeída de toda pasión, sino una situación en la que las pasiones permanecen, pero están bajo perfecto control y a su servicio, y no como sus tiranas.

(v) Al autodominio debe añadirse firmeza. La palabra griega es hypomoné. Crisóstomo llamaba a hypomoné «la Reina de las Virtudes.» En la Reina-Valera se traduce corrientemente por paciencia; pero paciencia es una palabra demasiado pasiva. Hypomoné siempre tiene un trasfondo de coraje. Cicerón definía patientia, su equivalente latino como: « El sufrir voluntario y cotidiano de cosas duras y difíciles por causa del honor y de la utilidad.» Didimo de Alejandría escribe sobre el temple de Job: « No es que el hombre justo no deba tener sentimientos, aunque debe soportar pacientemente todo lo que le aflija; pero es una virtud auténtica cuando una persona siente profundamente las cosas con las que lucha, pero sirí embargo desprecia el dolor por causa de Dios.» Hypomoné no se limita a aceptar y sufrir; siempre mira hacia delante. Se dice de Jesús, por el autor de Hebreos, que por el gozo que tenía por delante, soportó la cruz despreciando la vergüenza (Hebreos 12:2). Eso es hypomoné, la firmeza cristiana. Consiste en aceptar con coraje todo lo que la vida nos pueda hacer, y transformar hasta el peor suceso en otro paso adelante y hacia arriba.

(vi) A la firmeza hay que añadir piedad. La palabra griega es eusébeía, que es imposible de traducir. Hasta piedad es inadecuada, porque conlleva a veces la sugerencia de algo que no es totalmente atractivo: la beatería. La gran característica de eusébeia es que mira en dos direcciones. La persona que tiene eusébeia siempre adora a Dios correctamente y Le da lo que Le es debido; pero también sirve siempre correctamente a sus semejantes y les da lo que les es debido. La persona que es eusebés (el adjetivo correspondiente) está en la debida relación tanto con Dios como con sus semejantes. Eusébeia es piedad, pero en su aspecto más práctico. La mejor manera de ver el significado de esta palabra será considerando al hombre que los griegos tenían como su más prístino ejemplo. Ese hombre era Sócrates, a quien Jenofonte describe como sigue: «Era tan piadoso y devotamente religioso que no daría un paso fuera de la voluntad del Cielo; tan justo y recto que jamás profirió la injuria más insignificante a ningún alma viviente; tan en control de sí mismo, tan templado, que nunca ni en ninguna situación escogió lo más agradable en lugar de lo mejor; tan sensato, tan sabio, y tan prudente que nunca erraba al distinguir lo mejor de lo peor» (Jenofonte: Memorabilia 1.5.8-11). En latín la palabra es pietas; y Warde Fowler describe la idea romana del hombre que poseía esa cualidad: «Está por encima de las seducciones de la pasión individual y de la tranquilidad egoísta; (pietas es) un sentimiento del deber que nunca abandona a la persona; en primer lugar para con los dioses, después para con el padre y la familia, el hijo y la hija; el pueblo y la nación.» i -1. Eusébeia es la palabra griega más próxima a religión; y cuando empezamos a definirla, vemos el carácter intensamente práctico de la religión cristiana. Cuando una persona se hace cristiana, asume una doble obligación: para con Dios, y para con sus semejantes.

(vii) A la piedad hay que añadir afecto fraternal. La palabra original es filadelfta, que quiere decir literalmente el amor de los hermanos. Su enseñanza es que hay una clase de devoción religiosa que separa a la persona de sus semejantes. Los derechos de sus semejantes se convierten en una intromisión en su vida de oración, de estudio de la Palabra de Dios y medi tación. Las demandas ordinarias de las relaciones humanas se hacen molestas. Epicteto, el gran filósofo estoico, no se casó nunca. Decía medio en broma que hacía mucho más por el mundo siendo un filósofo por libre que si hubiera producido « dos o tres mocosos.» « ¿Cómo puede el que tiene que enseñar a la humanidad salir corriendo para traer algo con que calentar el agua para el baño de su bebé?» Lo que Pedro está diciendo aquí es que hay algo que no funciona como es debido cuando la religión considera molestas las exigencias de las relaciones personales.

(viii) La escala de las virtudes cristianas debe culminar en el amor cristiano. El afecto a los hermanos no es bastante; el cristiano debe aspirar a un amor que es tan amplio como el amor de Dios, Que hace salir Su sol sobre los justos y los injustos, y envía Su lluvia sobre los malos y los buenos. El cristiano debe mostrar a todas las personas el amor que Dios le ha mostrado a él.

De camino

Porque, si estas cualidades existen y crecen en vosotros, no dejarán que seáis ineficaces ni improductivos en vuestro progreso hacia el pleno conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Pero el que no posee estas cualidades es ciego, corto de vista, y se ha olvidado de que los pecados de su viaja manera de vivir ya están borrados. Así que, hermanos, mostrad el -máximo empeño en confirmar vuestro llamamiento y elección; porque, si practicáis estas virtudes, no resbalaréis nunca, sino se os dotará, ampliamente con el derecho de entrada al Reino eterno de nuestro Señor Jesucristo.

Pedro exhorta seriamente a los suyos a que se esfuercen por ascender esta escala de las virtudes que les ha presentado.

Cuanto mejor conocemos cualquier asunto tanto más estamos capacitados para conocer. En todas las esferas de la experiencia es cierto que «al que tiene, se le dará más.» El progreso es un camino que conduce a más progreso. Moffatt dice acerca de nosotros y de Jesucristo: «Aprendemos de Él cuando vivimos con Él y para Él.»

El mantenernos ascendiendo la escala de las virtudes es acercarnos al conocimiento de Jesucristo; y cuanto más escalamos, tanto más podemos escalar.

Por otra parte, si nos resistimos a hacer el esfuerzo de seguir hacia arriba, ciertas cosas sucederán.

(a) Nos iremos quedando ciegos; nos quedaremos sin la lámpara del conocimiento de Jesucristo que ilumina el camino. Como Pedro lo veía, el caminar sin Cristo es andar en la oscuridad y no poder distinguir el camino.

(b) Nos volvemos lo que Pedro llama Myópazón. Esta palabra puede tener uno de dos significados. Puede querer decir corto de vista (Cp. español miope). Es fácil volverse corto de vista en la vida, ver las cosas sólo como se presentan en el momento y ser incapaz de verlas en la debida perspectiva, tener los- ojos tan fijos en la tierra que nunca pensamos en nada más allá. También puede querer decir guiñar, entornar los ojos. De nuevo, es fácil en la vida cerrar los ojos a lo que no queremos ver y andar, como si dijéramos, con anteojeras.

Caminar sin Cristo es estar en peligro de tener un punto de vista miope o estrecho de mirar.

Además, el fallar en la ascensión de la escala de las virtudes es olvidar que los pecados de la antigua manera de vivir se han borrado totalmente. Pedro está pensando en el Bautismo. En aquel tiempo era bautismo de creyentes; era un acto deliberado de decisión personal el dejar la vieja manera de vivir y asumir la nuevas La persona que, después del bautismo, no empieza la escalada hacia la cima ha olvidado, o nunca ha comprendido, el significado de la experiencia por la que ha pasado. Para muchos de nosotros lo correspondiente al bautismo de creyentes en este sentido es la incorporación a la Iglesia Cristiana como miembros. El hacer nuestra entrega y luego seguir exactamente lo mismo es dejar de comprender lo que significa la membresía en la iglesia, porque nuestra entrada en ella debería ser el principio de la ascensión.

En vista de todo esto, Pedro exhorta a los suyos a que hagan todo posible esfuerzo para confirmar su vocación en Dios. Aquí tenemos una demanda sumamente significativa. Por una parte, todo es de Dios; es la llamada de Dios la que nos da entrada en la comunión de Su pueblo; sin Su gracia y Su misericordia no podríamos hacer ni esperar nada. Pero eso no nos absuelve de todo posible esfuerzo.

Tomemos una analogía que, aunque no perfecta, puede ayudarnos a entender. Supongamos que un hombre rico y amable escoge a un pobre chico que no habría podido tener otra oportunidad, y le ofrece el privilegio de una educación universitaria. El benefactor le está dando al chico algo a lo que no habría podido llegar por sí mismo; pero el chico no puede hacer uso de ese privilegio a menos que esté preparado a esforzarse, y cuanto más se esfuerce más entrará en el privilegio que se le ofrece. El gratuito ofrecimiento y el duro esfuerzo personal deben combinarse para que el privilegio sea del todo efectivo.

Así pasa con nosotros y Dios. Dios nos ha llamado en Su gran misericordia y gracia inmerecida; pero al mismo tiempo tenemos que aplicar todo nuestro esfuerzo para proseguir adelante y hacia arriba en el camino.

Si mantenemos la ascensión; dice Pedro, acabaremos siendo agraciados generosamente con el derecho de entrada en el Reino eterno; y no resbalaremos en el camino. Con esto, Pedro no quiere decir que nunca pecaremos. La imagen que tiene en mente es la de una marcha, y quiere decir que nunca . nos saldremos del camino ni nos quedaremos atrás. Si tomamos la salida en esta carrera adelante y hacia arriba, el esfuerzo será grande pero la ayuda de Dios también; y a pesar de todo el esfuerzo, Él nos permitirá continuar hasta que lleguemos al final del viaje.

El cuidado del pastor

Por esa razón es por lo que me propongo recordaros constantemente estas cosas, aunque ya las sabéis y ya estáis firmemente establecidos en la verdad que poseéis. Creo que es justo que, mientras yo continúe en la tienda de campaña del cuerpo, siga recordándooslo todo para animaros; porque sé que se está aproximando mi hora de levantar la tienda, como ya nuestro Señor Jesucristo me ha advertido. Sí; y haré mi cometido el asegurarme de que tengáis un medio de recordar constantemente estas cosas después de mi partida.

Aquí habla el cuidado del pastor. Pedro nos muestra en este pasaje dos cosas acerca de la predicación y la enseñanza. Primero, la predicación consiste muchas veces en recordar a:° las personas lo que ya saben. Es traer a la memoria la verdad: que se ha olvidado, o que nos resistimos a ver, o cuyo significado no se ha apreciado debidamente. Segundo, Pedro va a pasar a una reprensión y advertencia abiertas, pero empieza con. algo que parece un cumplido. Dice que los suyos ya poseen la verdad y están firmemente establecidos en ella. Siempre conseguirá más un predicador, o un maestro, o un padre animando que regañando. Hacemos más para reformar a la gente y guardarlos a salvo, como si dijéramos, recordándoles sus honores que despellejándolos con acusaciones. A Pedro le sobraba sabiduría para saber que lo más esencial para conseguir que le prestaran atención era demostrarles que creía en ellos.

Pedro miraba con expectación su muerte próxima. Habla de su cuerpo como una tienda de campaña, lo mismo que Pablo (2 Corintios 5:4j. Esta era una imagen favorita entre los primeros escritores cristianos. La Epístola a Diogneto dice: «El alma inmortal mora en una tienda mortal.» La figura procede de los viajes de los patriarcas en el Antiguo Testamento. No tenían residencia permanente, sino: vivían en tiendas porque iban de camino a la Tierra Prometida. El cristiano sabe muy bien que su residencia definitiva no está en este mundo, y que está de camino hacia el mundo más allá. Sacamos la misma idea del versículo 15. Allí Pedro habla de su cercana muerte como su éxodos, su partida. Éxodos es, por supuesto, la palabra griega que se usa para la salida de los israelitas de Egipto, y su puesta en marcha hacia la Tierra Prometida. Pedro ve la muerte, no como el fin, sino como el tomar la salida hacia la Tierra Prometida de Dios.

Pedro dice que Jesucristo le ha dicho que para él el final llegará pronto. Esto puede ser una referencia a la profecía de Juan 21:18s, donde Jesús anuncia que llegará un día en que también Pedro extenderá sus brazos sobre una cruz. El momento está para llegar.

Pedro dice que tomará medidas para que, cuando él ya falte, lo que él tiene que decirles se les mantendrá en la memoria. Eso bien puede ser una referencia al Evangelio según san Marcos. La tradición insiste en que contiene los materiales de la predicación de Pedro. Ireneo dice que, después de la muerte de Pedro y Pablo, Marcos, que había sido su discípulo e intérprete, dejo por escrito las cosas que Pedro acostumbraba predicar. Papías, que vivió a principios del siglo II y coleccionó muchas tradiciones acerca de los primeros días de la Iglesia, pasó la misma tradición acerca del evangelio de Marcos: «Marcos, que fue intérprete de Pedro, tomó nota exactamente, aunque no por orden, de todo lo que recordaba de lo que Cristo había dicho y hecho. Porque él no escuchó al Señor, ni fue Su seguidor; lo fue de Pedro, como ya he dicho, en una fecha posterior; y Pedro adaptaba su enseñanza a las necesidades prácticas, sin tratar nunca de transmitir las palabras del Señor sistemáticamente. Así que Marcos no se equivocó al escribir algunas cosas de esta manera de memoria, porque lo único que le concernía era no omitir ni falsear nada de lo que había oído.» La referencia de este versículo bien puede querer decir que la enseñanza de Pedro estaría a disposición de su pueblo en el evangelio de Marcos después de su muerte.

En cualquier caso, el propósito del pastor era llevarle a su pueblo la verdad de Dios durante su vida y tomar medidas para que no la olvidaran después de su muerte. Escribió, no para que se conservara su propio nombre, sino el nombre de Jesucristo.

El mensaje y el derecho a darlo

Porque no eran fábulas inventadas artificiosamente las que seguíamos cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino que lo hicimos como testigos presenciales de Su majestad que habíamos sido constituidos. Eso nos sucedió en aquella ocasión en que Él recibió honor y gloria de Dios Padre,.) cuando esta voz Le llegó desde la Gloria majestuosa: «Este es Mi Hijo, el Amado, en Quien Me complazco totalmente. » Esta fue la voz que oímos, venida del Cielo; cuando estábamos con Él en el monte santo.

Pedro llega al mensaje que había sido su principal propósito traerle a su pueblo, relativo al « poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo.» Como veremos con toda claridad en lo,, sucesivo, el gran propósito de esta carta era recordarles a losa creyentes la seguridad de la Segunda Venida de Jesucristo. Los herejes a los que. Pedro ataca ya no creían en ella; se había retrasado tanto que la gente había empezado a creer que no:. sucedería nunca.

Tal, pues, era el mensaje de Pedro. Después de enunciarlo; pasa a hablar de su derecho a exponerlo; y hace algo que es, por lo menos a primera vista, sorprendente. Su derecho a hablar es que él estuvo con Jesús en el Monte de la Transfiguración y que allí vio la gloria y el honor que se Le dieron y oyó la voz de Dios que Le hablaba. Es decir: Pedro usa la historia de la Transfiguración, no como un adelanto de la Resurrección de Jesús, como se suele considerar, sino como un adelanto de la gloria triunfal de la Segunda Venida. La historia de la Transfiguración se nos cuenta en Mateo 17:1-8; Marcos 9: 2-8; Lucas 9:28-36.

¿Estaba Pedro en lo cierto al ver en ella un adelanto y anuncio de la Segunda Venida más bien que de la Resurrección?

Hay algo particularmente significativo acerca de la historia de la Transfiguración. En los tres evangelios sigue inmediatamente a la profecía de Jesús que dijo que algunos de los que estaban allí no pasarían de este mundo hasta que hubieran visto al Hijo del Hombre viniendo en Su Reino (Mateo 16:29; Marcos 9:1; Lucas 9:27). Eso parece indicar que había alguna relación entre la Transfiguración y la Segunda Venida.

Dígase lo que se diga, una cosa por lo menos es segura: que el gran interés de Pedro al escribir esta carta fue recordarle a su pueblo la fe viva en la Segunda Venida de Cristo, y que basa su derecho a hacerlo en lo que vio en el Monte de la

Transfiguración.

En el versículo 16 hay una palabra interesante. Pedro dice: «nos convertimos en testigos presenciales de Su majestad.» La palabra que usa para testigos presenciales es epóptés. En el uso del griego de los días de Pedro, éste era un término técnico. Ya hemos hablado de las religiones mistéricas. Consistían en una especie de autos de pasión, en los que se representaba la historia de un dios que había vivido, sufrido, muerto y resucitado. A1 adorador se le permitía estar presente en el auto de pasión y se le ofrecía la experiencia de identificarse con el dios que moría y resucitaba, solamente después de un largo curso de instrucción y preparación. Cuando llegaba a ese punto, era un iniciado y la palabra técnica que le describía era epóptés; era un testigo presencial privilegiado de las experiencias del dios. Así que Pedro dice que el cristiano es un testigo presencial de los sufrimientos de Cristo porque ha visto la Cruz con los ojos de la fe; ha muerto con Cristo al pecado y resucitado a la justicia en el acto del bautismo. Su fe le ha hecho uno con Jesucristo en Su muerte y en Su vida resucitada y poderosa.

Las palabras de los profetas

Así es que esto hace que la palabra de los profetas sea todavía más cierta para nosotros; y vosotros haréis bien en prestarle atención cuando relumbra como una lámpara en un lugar tenebroso, hasta que amanezca el día y salga la Estrella de la Mañana en nuestros corazones. Porque debéis daros cuenta, primero y principalmente, que ninguna profecía de la Escritura es cosa de interpretación privada; porque ninguna profecía se nos ha comunicado por voluntad humana a secas, sino que los profetas hablaban de parte de Dios y movidos por, el Espíritu Santo.

Este es un pasaje particularmente difícil, porque en sus dos mitades el griego puede querer decir cosas bastante iferente;. Vamos a ver estas posibilidades, y en cada caso considerare mos en primer lugar la menos probable.

(i) La primera frase puede querer decir: «En la profecía tenemos una garantía aún más segura, es decir, de la Segundá Venida:» Si esto es lo que dijo Pedro, quería decir que las palabras de los profetas son una garantía aún más segura che la realidad de la Segunda Venida que su propia experiencia en el Monde de la Transfiguración. Por muy poco probable que nos parezca, no es ni mucho menos imposible que fuera esto lo que dijera. Cuando escribió esta carta había un interés tremendo en las palabras de profecía cuyo cumplimiento en el Cristianismo se veía como una prueba de su verdad. Tenemos un caso tras otro de personas que se convirtieron en los -días de la Iglesia Primitiva leyendo los libros del Antiguo Testamento y viendo que sus profecías se habían cumplido en Jesús. Estaría de acuerdo con esa actitud el declarar que la demostración más convincente de la Segunda Venida estaba en que los profetas la habían anunciado.

(ii) Pero creemos que- ha de preferirse la segunda posibilidad: « Lo que vimos en el Monte de la Transfiguración hace aún más seguro que lo que se anunció en los profetas acerca de la Segunda Venida tiene que ser verdad.»

Como quiera que lo tomemos, el sentido es que la gloria de Jesús en la cima de la montaña y las visiones de los profetas se combinan para certificar que la Segunda Venida es una realidad viviente que la humanidad debe esperar y para la cual se debe preparar.

También hay una doble posibilidad acerca de la segunda parte de este pasaje. «Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada,» como dice la Reina-Valera.

(i) Muchos de los primeros estudiosos interpretaron que esto quería decir: « Cuando cualquiera de los profetas interpretaba una situación histórica o decía cómo se iba a desarrollar la Historia, no estaba expresando una opinión privada suya propia, sino comunicando una revelación que Dios le había dado.» Este es un sentido perfectamente posible. En el Antiguo Testamento, la señal de que un profeta era falso era que hablaba por sí mismo, como si dijéramos, privadamente, y no diciendo lo que Dios le había dicho que dijera. Jeremías condena a los falsos profetas: «Hablan visión de su propio corazón, no de la boca del Señor» (Jeremías 23:16). Ezequiel dice: «¡Ay de los profetas insensatos que andan en pos de su propio espíritu y que nada han visto!» (Ezequiel 13:3). Hipólito describe así cómo venían las palabras de los verdaderos profetas: «No hablaban por su propia capacidad, ni proclamaban lo que ellos mismos deseaban que sucediera; sino, primero, se les daba recta comprensión por la Palabra, y luego eran instruidos mediante visiones.» Según este punto de vista, el mensaje de los profetas no era su opinión particular; era una revelación de Dios y, por tanto, hay que prestar suma atención a sus palabras.

(ii) La segunda manera de tomar este pasaje es con relación a nuestra interpretación de los profetas. Pedro se enfrentaba con que los herejes y los malvados estaban interpretando en su propio interés a los profetas. Según esta opinión, con la que estamos de acuerdo, Pedro está diciendo: «Nadie puede ir a la Escritura e interpretarla como le convenga.»

Esto tiene una importancia práctica de primera. Pedro está diciendo que nadie tiene derecho a interpretar la Escritura, para usar su propia palabra privadamente. Entonces, ¿cómo hay que interpretarla? Para contestar a esa pregunta debemos hacernos otra: ¿Cómo recibían los profetas su mensaje? Lo recibían del Espíritu. Alguna vez hasta se ha dicho que el Espíritu de Dios usaba a los profetas como un escritor usa la pluma o un músico su instrumento. En cualquier caso, el Espíritu le daba al profeta

Su mensaje. La conclusión obvia es que solamente con la ayuda de ese mismo Espíritu se puede comprender el mensaje profético. Como ya había dicho Pablo, las cosas espirituales se han de discernir espiritualmente (1 Corintios 2:14s). Los judíos consideraban que el Espíritu Santo tenía dos funciones: Traía la verdad de Dios a los hombres, y les permitía entender esa verdad cuando se la comunicaba. Así que la Escritura no se ha de interpretar con inteligencia o prejuicios privados, sino con la ayuda del Espíritu Santo Que la dio.

Prácticamente esto quiere decir dos cosas.

(a) A lo largo de todas las edades el Espíritu ha estado obrando en personas estudiosas y consagradas que, bajo la dirección de Dios,, han abierto las Escrituras a la humanidad. Así que, si queremos interpretar la Escritura, no debemos nunca insistir arrogantemente en que nuestra propia interpretación débe ser correcta; debemos ir humildemente a las obras de los estudiosos para aprender lo qué pueden enseñarnos porque el Espíritu les ha enseñado a ellos.

(b) Hay más que esto. El único lugar en que el Espíritu mora y opera de una manera especial es la Iglesia; y, por tanto, la Escritura debe interpretarse a la luz de la enseñanza, la fe y la tradición de la Iglesia. Dios es nuestro Padre en la fe, pero la Iglesia es nuestra madre en la fe. Si una persona encuentra que su interpretación de la Escritura no esta de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia, debe examinarse humildemente a sí misma y preguntarse si su dirección no habrá venido de sus propios deseos más que del Espíritu Santo.

Pedro insiste en que la Escritura no consiste en las opiniones privadas de nadie, sino en la revelación de Dios por medio de Su Espíritu; y que, por tanto, su interpretación no debe depender de las opiniones privadas de nadie sino siempre ser guiada por el mismo Espíritu Que sigue siendo especialmente operativo dentro de la Iglesia.

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