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2 Pedro 1: El hombre que abría puertas

Pertrechos para el camino

Pedro dice que debemos aplicar todas nuestras energías para equiparnos con una serie de grandes cualidades. La palabra que usa para equipar es epijoréguein, que usa otra vez en el versículo 11 hablando de ser generosamente agraciados* con el derecho de entrada en el Reino eterno.

Esta es una de las muchas palabras griegas que tienen un trasfondo pictórico. El verbo epijoréguein viene del nombre jorégós, que quiere decir literalmente el director de un coro. Tal vez la mayor contribución que hizo Grecia, y especialmente Atenas, al mundo fueron los grandes dramas de hombres como Esquilo, Sófocles y Eurípides, que todavía figuran entre nuestras más apreciadas posesiones. Todos estos dramas necesitaban coros numerosos y era, por tanto, muy caro montarlos. En los grandes días de Atenas había ciudadanos pudientes y generosos que asumían voluntariamente el deber de reunir, mantener, entrenar y equipar tales coros a sus propias expensas. Estos dramas se representaban en las grandes fiestas religiosas. Por ejemplo, en la ciudad de Dionysia se ponían tres tragedias, cinco comedias y cinco ditirambos- Había que encontrar personas que proveyeran los coros para todo esto, lo que podía elevarse a 3.000 dracmas. Los que se hacían cargo de esa empresa a costa de su propio bolsillo y por amor a sus ciudades se llamaban jorégoi, y joréguein era el verbo que se usaba para designar esa empresa. La palabra sugiere hasta un cierto derroche. No quería decir equipar a lo pobre o miserablemente, sino aportando generosamente todo lo necesario para una representación noble Epijoréguein salió al ancho mundo y amplió su significado, no solamente al equipamiento de un coro, sino a asumir responsabilidad por cualquier clase de equipamiento. Puede querer decir equipar a un ejército con las provisiones necesarias; o equipar a un alma con todas las virtudes necesaria0para la vida. Pero siempre subyace en ello esta idea de una generosidad desbordante en la provisión que se hace para el equipamiento.

Así es que Pedro exhorta a sus lectores a que equipen, sus vidas con todas las virtudes; y ese equipamiento no debe limitarse al mínimo necesario, sino ser abundante y generoso. La misma palabra estimula a no contentarse con nada menos que la vida más preciosa y espléndida.

Pero hay algo más detrás de esto. En los versículos 5 y 6 Pedro sigue diciéndonos que debemos, como dice la versión Reina-Valera, añadir nuevas virtudes hasta que todo culmina en el amor cristiano. Detrás de esto hay una idea estoica. Los estoicos insistían en que en la vida debe haber continuamente lo que ellos llamaban prokopé, progreso moral. Prokopé se puede usar para el avance de un ejército hacia su objetivo. En la vida cristiana tiene que haber un avance moral constante.

Moffatt cita un dicho: « La vida cristiana no debe ser un espasmo inicial seguido por una inercia crónica.» Desgraciadamente, eso es lo que es a veces: un momento de entusiasmo, cuando uno se da cuenta de la maravilla del Cristianismo, y luego un fracaso en poner por obra la vida cristiana mediante un progreso continuo.

Esto nos conduce todavía a otra idea básica. Pedro dice a sus lectores que apliquen toda su energía a esta empresa. Es decir: En la vida cristiana; el supremo esfuerzo personal debe cooperar con la gracia de Dios. Como dice Pablo: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el Que en vosotros produce así el querer como el hacer, por Su buena voluntad (Filipenses 2:12s). Es verdad que todo es por fe; pero una fe que no desemboca en vida no es verdadera fe, como Pablo habría admitido cordialmente. La fe no es sólo entrega confiada a las promesas de Cristo; también es entrega obediente a Sus demandas.

Bigg señala que Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, dice que hay tres teorías sobre el origen de la felicidad.

(i) Es algo que se puede obtener mediante la disciplina, la educación y la formación de hábitos correctos. (ii) Es cuestión de asignación divina, don de Dios. (iii) Todo es cuestión de suerte.

La verdad es que, como lo ve el cristiano, la felicidad depende tanto del don de Dios como de nuestro propio esfuerzo.

No nos ganamos la Salvación, pero al mismo tiempo tenemos que aplicar todas nuestras energías para conseguir el objetivo de una vida de amor. Bengel, comentando este pasaje, nos pide que lo comparemos con la parábola de las Diez Vírgenes, cinco de las cuales eran prudentes y cinco insensatas. Escribe: « La llama es lo que Dios nos imparte sin ningún esfuerzo por nuestra parte; pero el aceite es lo que cada persona debe aportar a la vida mediante su propio estudio y esfuerzo fiel, para que la llama se alimente y crezca.» .

La fe no nos exime de hacer las obras; la generosidad de Dios no absuelve a la persona del esfuerzo. La vida alcanza su nivel más noble y elevado cuando nuestro esfuerzo coopera con la gracia de Dios para producir el resultado necesario y deseado.

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