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Marcos 13: La condenación de la Ciudad Santa

Cuando estaban saliendo del recinto del Templo, uno de Sus discípulos Le dijo a Jesús:

-¡Fíjate, Maestro! ¡Qué piedras y qué edificios!

Jesús le contestó:

-¿Veis este gran edificio? ¡No se dejará ni una piedra sobre otra, sino que todas serán abatidas!

Empezamos por las profecías de Jesús acerca del destino fatal de Jerusalén. El Templo que construyó Herodes era una de las maravillas del mundo. Se empezó a construir el 20-19 a C., y en tiempos de Jesús no estaba todavía terminado del todo. Estaba en el monte Moria. En vez de allanar la cima del monte se formó una especie de amplia plataforma levantando muros de mampostería masiva para cerrar el área total. Sobre esos muros se colocó una plataforma sostenida por pilares que distribuían el peso de la superestructura. Josefo nos dice que algunas de estas piedras tenían 40 pies de longitud por 12 de altura y 18 de anchura. Serían algunas de aquellas piedras las que movieron a los discípulos galileos a tal alucinación.

La entrada del Sureste era la más impresionante del Templo. Entre la ciudad y la colina del Templo estaba el valle Tiropeón, que salvaba un puente maravilloso. Cada arco tenía 41,5 pies y se usaron en su construcción piedras que medían 24 pies de longitud. El valle Tiropeón tenía no menos de 225 pies de profundidad. La anchura de la depresión que salvaba el puente era de 354 pies, y el puente mismo tenía 50 pies de ancho. El puente conducía directamente al Pórtico Real, que consistía en una doble fila de columnas corintias, todas de 37,5 pies de altura, y cada una constaba de un bloque macizo de mármol.

Josefo escribe acerca del mismo edificio del Templo, el Lugar Santo: «Ahora bien, la fachada exterior del Templo no carecía de nada que pudiera sorprender la mirada o el pensamiento de los que la contemplaran. Estaba cubierta totalmente de planchas de oro de gran peso; y al amanecer reflejaban un esplendor como de fuego, y obligaban a los que se atrevían a mirarlo a retirar la mirada, como si se tratara de los mismos rayos del Sol. Pero este Templo. aparecía a los extraños, cuando estaban todavía a cierta distancia, como una montaña nevada; porque, por lo que se refiere a las partes que no estaban cubiertas de oro, eran totalmente blancas… De sus piedras, algunas de 45 codos de longitud, 5 de altura y 6 de anchura.» (Un codo equivalía a 45 cm., y un pie a 30).

Fue todo este esplendor lo que impresionó a los discípulos. El Templo parecía el colmo del arte y del logro humano, y parecía tan extenso y sólido que habría de durar para siempre. Pero Jesús hizo la sorprendente afirmación de que llegaría un día cuando no quedara de él piedra sobre piedra. Al cabo de menos de cincuenta años Su profecía se cumplió trágicamente.

LOS PELIGROS DE LOS ÚLTIMOS DÍAS

Marcos 13:3-6, 21-23

Cuando Jesús estaba sentado en el Monte de los Olivos, enfrente de los edificios del Templo, Pedro y Santiago y Juan y Andrés Le preguntaron privadamente:

Dinos, ¿cuándo sucederán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando estas cosas estén apunto de cumplirse?

Jesús empezó a decirles:

No os dejéis engañar por nadie. Vendrán muchos en Mi nombre diciendo: «¡Yo soy Éll,» y descarriarán a muchos.

«Y si alguno os. dice entonces: «¡Fijaos! ¡Aquí está el Mesías!», o «¡Fijaos! ¡Allí está!», no los creáis; porque surgirán falsos mesías y falsos profetas que realizarán señales y milagros para descarriar a los elegidos, si les fuera posible. ¡Pero vosotros, tened cuidado! ¡Fijaos! Os he advertido de antemano todo lo que va a suceder.

Jesús se daba perfecta cuenta de que, antes del final, surgirían herejes; y de hecho no pasó mucho tiempo cuando aparecieron en la Iglesia. La herejía surge de cinco causas.

(i) Surge de construir una doctrina a gusto de cada uno. La mente humana tiene una capacidad ilimitada para pensar lo que le conviene. En una frase famosa, el salmista dijo: «El necio se dijo para sus adentros: «¡Dios no existe!»» El necio del que habla el salmista no era ningún ignorante estúpido, sino un necio moral. Su afirmación de que Dios no existe surgía de su deseo de que Dios no existiera. Si Dios existía sería peor para él; por tanto, Le eliminaba de su universo.

Una herejía concreta que ha existido siempre es el antinomismo. El antínomo parte del principio de que hay que abolir la Ley -y en cierto sentido tiene razón. De ahí pasa a decir que no existe nada más que la gracia -y de nuevo, en cierto sentido, tiene razón. De ahí pasa a discutir-como Pablo nos muestra en Romanos 6- de la manera siguiente: « ¿Dices que la gracia de Dios es suficientemente amplia para cubrir cualquier pecado?» « Sí.» «¿Dices que la gracia de Dios puede perdonar cualquier pecado?» «Sí.» «¿Dices que la gracia de Dios es la cosa más grande y maravillosa del universo?» «Sí.» «Entonces -concluye el antínomo-, ¡sigamos pecando a gusto, porque cuanto más pequemos más oportunidades de manifestarse le damos a la maravillosa gracia de Dios! El pecado es una cosa buena, porque le da oportunidad de obrar a la gracia. Por tanto, vivamos como nos dé la gana.» La gracia de Dios se tergiversa para darle la razón al que quiere pecar.

La misma clase de argumento usa el que declara que lo único importante de la vida es el alma, y que el cuerpo no importa lo más mínimo. En ese caso, así se razona, uno puede hacer lo que quiera con su cuerpo. Si tiene esa inclinación, puede saciar sus deseos.

Una de las maneras más corrientes de llegar a la herejía es moldear la verdad cristiana a nuestro gusto y conveniencia. ¿Podría ser que las doctrinas del infierno y la de la Segunda Venida se hubieran marginado de gran parte del pensamiento teológico porque son ambas tan inquietantes? Nadie querría recuperar ninguna de las dos en su forma más cruda; pero, ¿podrá ser que ambas se hayan desplazado demasiado lejos del pensamiento cristiano porque no nos conviene creer en ellas?

(ii) La herejía surge de hacer hincapié excesivo en una parte de la verdad. Siempre es erróneo, por ejemplo, subrayar excesivamente uno de los atributos de la Divinidad en detrimento de los otros. Si no pensamos nada más que en la santidad de Dios, nunca llegaremos a ninguna intimidad con Él, sino tenderemos más bien a un deísmo que Le conciba como totalmente remoto del mundo. Si pensamos solamente en la justicia de Dios, no nos libraremos nunca de tenerle miedo. Nos encontraremos asediados, pero no ayudados, por nuestra religión. Y si pensamos solamente en el amor de Dios, nuestra religión se puede convertir en una sensiblería facilona. Hay más que Lucas 15 en el Nuevo Testamento.

Siempre encontraremos paradojas en el Evangelio. Dios es amor, y sin embargo es también justicia. El hombre es libre; sin embargo, Dios está en control. El hombre es una criatura del tiempo; pero también es una criatura de la eternidad. G. K. Chesterton decía que la ortodoxia era como andar por el filo de la navaja con las fauces del abismo abiertas a cada lado. Un paso demasiado a la derecha o a la izquierda, y viene el desastre. Debemos, como repetían los griegos, ver la vida equilibradamente, y verla en su conjunto.

(iii) La herejía surge cuando se trata de producir una religión que le vaya bien a todo el mundo, que sea popular y atractiva. Para eso hay que aguarla. El aguijón, la condenación, la humillación, las exigencias morales, tienen que evitarse para ello. Nuestra tarea no consiste en modificar el Evangelio para agradar a la gente, sino en transforMarcos a la gente para que se ajuste al Evangelio.

(iv) La herejía surge cuando nos divorciamos de la comunión cristiana. Cuando una persona piensa por libre, corre un grave peligro de descarriarse. Hay tal cosa como la tradición de la Iglesia a la que algunos puede que den una importancia excesiva, y otros insuficiente. Aquí se puede errar, unos por carta de más, y otros por carta de menos. Se nos dice que la Iglesia es la guardiana -«columna y apoyo»- de la verdad. Si uno descubre que su pensamiento le separa de la comunión con los demás, lo más probable es que la culpa sea de su pensamiento. Es un principio católico-romano que uno no puede tener a Dios por Padre sin tener a la Iglesia por madre -y hay mucha verdad en ello.

(v) La herejía surge de intentar ser completamente inteligible. Aquí tenemos una de las grandes paradoSantiago Tenemos la obligación moral de hacer todo lo posible por entender nuestra fe; pero, como somos finitos y Dios es infinito, no podemos nunca entenderlo todo totalmente desde esta ladera. « Porque Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos Mis caminos, dice el Señor. Como están los cielos por encima de la tierra, así están Mis caminos por encima de los vuestros, y Mis pensamientos por encima de los vuestros» (Isa_55:8 s). Por esa misma razón, una fe que se pueda expresar con claridad meridiana en una serie de proposiciones, y que se pueda demostrar irrefutablemente en una serie de pasos lógicos como un teorema de geometría es una contradicción en términos. Como decía G. K. Chesterton: «Tiene uno que ser un necio para tratar de meterse los cielos en la cabeza sin que se le reviente. El sabio se contenta con meter la cabeza en los cielos.» Aun en nuestra actitud más intelectual debemos recordar que hay un lugar para el misterio supremo ante el que no podemos hacer sino maravillarnos y adorar. «Creo -como decía Tertuliano-, porque es algo que no me cabe en la cabeza.»

SU SEGUNDA VENIDA

Marcos 13:7-8, 24-27

Jesús continuó diciéndoles:

-Cuando oigáis hablar de guerras y de rumores de guerras, no os inquietéis. Estas cosas tienen que suceder, pero todavía no es el fin. Unas naciones se levantarán contra otras, y unos reinos contra otros. En algunos lugares habrá terremotos, y en otros hambrunas. Estas cosas son el principio de los dolores de parto de la nueva era.

..»Y en esos días, después de esa tribulación, el Sol se oscurecerá y la Luna no dará su luz, y las estrellas estarán cayendo del cielo, y las potencias de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán al Hijo del Hombre Que viene en las nubes con mucho poder y gloria. Y entonces Él enviará a Sus ángeles a recoger a los escogidos de los cuatro vientos, desde el límite de la Tierra hasta el límite de los cielos.

Aquí Jesús está hablando sin duda de Su Segunda Venida; pero -y esto es importante- reviste la idea en tres cuadros que son parte integrante del aparato del Día del Señor.

(i) Al Día del Señor precedería un tiempo de guerras. 4 Ezr_9:3 declara que antes del Día del Señor habrá

sacudidas de lugares, tumulto de pueblos, maquinaciones de naciones, confusión de gobiernos, intranquilidad de príncipes.

El mismo libro dice en 13:31:

Y vendrá confusión de mente sobre los moradores de la Tierra, y se harán el propósito de guerrear unos contra otros, ciudad contra ciudad, lugar contra lugar, pueblo contra pueblo y reino contra reino.

Los Oráculos Sibilinos prevén que

Un rey captura a otro, y se apodera de su tierra, y unas naciones arrasan a otras y los potentados y gobernadores salen todos huyendo a otra tierra, y la tierra cambia de población, y un imperio bárbaro arrasa Hellas y esquilma de sus riquezas la rica tierra, y los hombres se encuentran frente a frente en lucha (3:633-647).

2 Baruc tiene las mismas ideas. En 27:5-13 este libro concreta doce cosas que precederán a la nueva edad:

En la primera parte estará el principio de las conmociones. En la segunda parte, los asesinatos de los magnates. En la tercera, la caída de muchos por muerte. En la cuarta, el uso de la espada. En la quinta, el hambre y la retención de la lluvia. En la sexta, terremotos y terrores… (Aquí hay un blanco en el manuscrito)… En la octava parte, una multitud de espectros y ataques dé espíritus malos. En la novena, caerá el fuego. En la décima, rapiña y mucha opresión. En la undécima, maldad e impureza. En la duodécima, confusión resultante de la mezcla de todas las cosas que se han mencionado.

Todos los habitantes de la Tierra se verán enfrentados entre sí (48:32).

Y se odiarán unos a otros y se desafiarán unos a otros a la lucha.

Y sucederá que el que consiga sobrevivir a la guerra morirá en el terremoto,

y al que se salve del terremoto le quemará el fuego,

y al que se mantenga a salvo del fuego le destruirá el hambre.

Es abundantemente claro que cuando Jesús .hablaba de guerras y rumores de guerras estaba usando ilustraciones que eran parte integrante de los sueños judíos del futuro.

(ii) Al Día del Señor precedería el oscurecimiento del Sol y de la Luna. El Antiguo Testamento también contiene mucho de esto (Amo_8:9 ; Joe_2:10 ; Joe_3:1 S; Eze_32:7 s; Isa_13:10 ; Isa_34:4 ); de nuevo vemos que la literatura judía popular de tiempos de Jesús también estaba llena de estas cosas:

Entonces se pondrá a brillar repentinamente el Sol durante la noche, y la Luna por el día…

. . . . El curso de las estrellas cambiará (4 Ezr_5:4-7 ).

2 Baruc 32:1 habla del «tiempo en que el Poderoso ha de sacudir toda la creación.» Los Oráculos Sibilinos 3:796-806 hablan de un tiempo en que «aparecerán por la noche hacia los crepúsculos vespertino y matutino espadas en el cielo estrellado… y toda la luz del Sol faltará del cielo al mediodía, y los rayos de la Luna brillarán y volverán a la Tierra, y una señal viene de las rocas con corrientes de gotas de sangre.» La Asunción de Moisés prevé un tiempo cuando

Los cuernos del Sol se romperán y se tornará oscuridad, y la Luna no dará su luz, y se convertirá toda en sangre; y el círculo de las estrellas será trastornado. (10:5).

De nuevo está claro que Jesús estaba usando el lenguaje popular que todo el mundo conocía.

(iii) Era una parte corriente de la imaginería el que los judíos iban a reunirse otra vez en Palestina desde los cuatro puntos cardinales. El Antiguo Testamento mismo abunda en esa idea (Isa_27:13 ; Isa_35:8-10 ; Mic_7:12 ; Zec_10:6-11 ); de nuevo la literatura popular amaba la idea:

Tocad trompeta en Sión para reunir a los santos,

Haced que se oiga en Jerusalén la voz del que trae buenas nuevas

porque Dios ha tenido misericordia de Israel visitándole. Súbete sobre una altura, oh Jerusalén, y mira a tus hijos que el Señor ha reunido desde el Este y el Oeste.

(Salmos de SalomóNum_11:1-3

EL CAMINO DIFÍCIL

Marcos 13:9-13

-Guardaos vosotros, porque os entregarán a los concilios, y os azotarán en las sinagogas, y os encontraréis ante gobernadores y reyes por causa de Mí, y tendréis oportunidad para darles vuestro testimonio. En primer lugar el Evangelio tiene que predicarse a todas las naciones; y cuando os entreguen y os lleven ante las autoridades, no os preocupéis por anticipado de lo que debáis decir, sino hablad conforme a lo que se os dé en ese momento; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo. El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; todos los hijos se levantarán contra los padres, y los matarán. Y todos os odiarán por causa de Mi nombre. Pero el que resista hasta el final, se salvará.

Ahora llegamos a las advertencias de la persecución por venir. Jesús nunca dejó a Sus seguidores en duda de que habían escogido un camino duro. Nadie podrá decir que no sabía de antemano las condiciones del servicio de Cristo.

El que los entregaran a los concilios y los azotaran en las sinagogas se refería a la persecución judía. En Jerusalén estaba el gran Sanedrín, el tribunal supremo de los judíos, pero había un sanedrín local en todos los pueblos y aldeas. Ante tales sanedrines locales se juzgaba a los herejes confesos, y en las sinagogas se los azotaba públicamente. Los gobernadores y reyes se refiere a los juicios ante los tribunales Romanos, como el que tuvo que arrostrar Pablo ante Félix y Festo y Agripa.

Fue un hecho que los cristianos recibieron fuerzas y ánimo en sus juicios. Cuando leemos acerca de los juicios de los mártires, muchos de los cuales eran personas sencillas e iletradas, la impresión que recibimos a menudo es que eran los Jueces y no los cristianos los que estaban en juicio. Su fe cristiana permitía a las personas más sencillas temer a Dios hasta tal punto que no le tenían miedo a ningún hombre.

Fue cierto que hasta los mismos familiares delataban a los cristianos. En los comienzos del Imperio Romano, una de las maldiciones eran los informadores (delator, delatores). Había quienes, tratando de ganarse el favor de las autoridades, no vacilaban en traicionar aun a sus propios íntimos y familiares. Ese tiene que haber sido el golpe más doloroso.

En la Alemania de Hitler, arrestaron a un hombre por defender la libertad. Sufrió la cárcel y la tortura con fortaleza estoica sin quejarse. Por último, con el espíritu todavía íntegro, le soltaron. Poco tiempo después se suicidó. Muchos se preguntaron por qué. Los que le conocían bien sabían la razón: había descubierto que su propio hijo había sido el que le había delatado. Aquella traición le quebrantó de una manera que no había podido lograr la crueldad de sus enemigos.

Esta hostilidad familiar y doméstica fue uno de los detalles regulares en el catálogo de terror de los últimos días terribles: «Los amigos se atacarán unos a otros repentinamente» (4 Ezr_5:9 ). «Y se aborrecerán unos a otros y se desafiarán unos a otros a luchar» (2 Baruc 70:3). «Y se pelearán unos contra otros, los jóvenes con los ancianos y los ancianos con los jóvenes, los pobres con los ricos, los humildes con los nobles, el mendigo con el príncipe» (Jubileos 23:19). «Los niños les perderán el respeto a los ancianos, y los ancianos se ensoberbecerán ante los niños» (Misná, Sotá 9:15). «Porque el hijo trata al padre con desprecio, la hija se ensoberbece contra su madre, la nuera contra su suegra. Los enemigos de un hombre son los de su propia familia» (Miqueas 7.-6).

La vida en la Tierra se convierte en un infierno cuando las lealtades personales se destruyen, y cuando no queda amor en que confiar.

Es verdad que se odió a los cristianos. Tácito hablaba del Cristianismo como una maldita superstición; Suetonio lo llamaba una nueva y malvada superstición. La razón principal para el odio era la manera en que el Cristianismo interfería en los vínculos familiares. Era un hecho que se tenía que aMarcos a Cristo más que a padre o madre, o hijo o hija. Y la cuestión se complicaba por las calumnias que se levantaban contra los cristianos. No cabe duda que los judíos hicieron mucho para provocar esas calumnias. La más grave era la acusación de que los cristianos eran caníbales, inspirada en las palabras de la Comunión, que hablan de comer la carne de Cristo y beber Su sangre.

En esta, como en todas las otras cosas, sería el que resistiera hasta el fin el que alcanzara la Salvación. La vida no es un sprint corto y agudo; es una carrera de maratón; no una única batalla, sino una campaña prolongada. El doctor G. J. Jeffrey cuenta que un hombre famoso se negó a que se escribiera su biografía antes de su muerte, diciendo: «He visto a demasiadas personas caer en la última vuelta de la carrera.» La vida nunca está a salvo hasta que llega a su final. Juan Bunyan, en su sueño de El peregrino, vio que desde las mismas puertas del Cielo había un camino que llevaba al infierno. Es la persona que resiste hasta el final la que se salva.

LA AGONÍA DE LA CIUDAD SANTA

Marcos 13:14-20

-Cuando veáis que la abominación de desolación se encuentra donde no debiera (que el que lea entienda), entonces, los que estén en Judasa, que huyan a las montañas, que el que esté en la terraza no baje ni entre a recoger nada de su casa,. y que el que esté trabajando en el campo no vuelva a recoger su túnica. ¡Ay de las que estén embarazadas o amamantando a sus bebés aquellos días! Pedidle a Dios que no suceda en tiempo de tormenta. Esos días serán de tal tribulación como no ha habido desde el principio del mundo que Dios creó hasta ahora, ni tampoco desde ahora. Si no fuera porque el Señor hubiera acortado los días, ningún ser viviente podría sobrevivir; pero, por causa de los escogidos que El ha elegido, Él acortó los días.

Jesús profetiza algo del horror extremado del asedio y la caída final de Jerusalén. Advierte que, cuando se descubran las primeras señales, deberán huir sin entretenerse ni siquiera para recoger su ropa o tratar de poner a salvo sus bienes. De hecho la gente hizo exactamente lo contrario: se apelotonaron en Jerusalén, y la muerte llegó de maneras que son casi demasiado terribles de imaginar. La frase la abominación de desolación tiene su origen en Dan_9:27 ; Dan_11:31 ; Dan_12:11 . Esta expresión hebrea quiere decir literalmente la profanación que horroriza. El origen de la frase estaba en relación con Antíoco. Ya hemos visto que trató de erradicar la religión judía e introducir la manera de vivir de los griegos. Profanó el Templo ofreciendo carne de cerdo en el gran altar e instalando burdeles públicos en los santos atrios. Justamente delante del mismo lugar santo puso una gran imagen del Zeus olímpico, y mandó a los judíos que la adoraran. En relación con aquello, el autor del 1 Libro de los Macabeos dice (1:54): « Ahora bien, el día 15 del mes de Kislev del año 145 instalaron la abominación de desolación sobre el altar y edificaron altares a los ídolos en todas las ciudades de Judá por todas partes.» La frase da abominación de desolación, la profanación que horroriza, describía originalmente la imagen pagana y todo lo que la acompañaba con lo que Antíoco profanó el Templo. Jesús profetizó que la misma clase de cosa iba a suceder otra vez. Estuvo muy cerca de ser así el año 40 d C., cuando Calígula era el emperador romano. Era epiléptico y loco; pero se empeñó en que se le tratara como un dios. Se enteró de que el culto del Templo de Jerusalén no tenía ninguna imagen, y se propuso instalar su propia estatua en el lugar santo. Sus consejeros le suplicaron que no lo hiciera, porque sabían que, si lo hacía, se produciría una sangrienta guerra civil. Calígula estaba empecinado; pero afortunadamente murió el año 41 d C. antes de poder llevar a cabo su plan de profanación.

¿Qué quiere decir Jesús cuando habla de la abominación de desolación? La gente esperaba, no solamente al Mesías, sino también el surgimiento de un poder que sería la mismísima encarnación del mal, y que reuniría en sí todo lo que era contrario a Dios. Pablo lo llamaba el hombre de pecado, el hijo de perdición, el misterio de iniquidad, aquel impío (2 Tesalonicenses 23ss). Juan, en Apocalipsis 17, identificaba ese poder con Roma. Jesús está diciendo: «Algún día, muy pronto, veréis la misma encarnación del poder del mal surgir en un intento deliberado de destruir al pueblo y el lugar santo de Dios.» Tomó la antigua frase, y la usó para describir las cosas terribles que se aproximaban.

Fue el año 70 d C. cuando Jerusalén sucumbió finalmente al asedio del ejército de Tito, que había de ser emperador de Roma. Los horrores de ese asedio son una de las páginas más sombrías de la Historia. La gente acudió a Jerusalén en tropel de todo alrededor. Tito no tuvo más alternativa que esperar la rendición por hambre. El asunto se complicó por el hecho de que aun en ese tiempo terrible había sectas y facciones rivales dentro de la misma ciudad. Jerusalén fue desgarrada desde dentro y desde fuera.

Josefo nos cuenta la historia de aquel terrible asedio en el V libro de Las guerras de los judíos. Nos dice que fueron llevados cautivos 97,000, y 1,100,000 perecieron lentamente de hambre o a filo de espada. Nos dice: «Entonces ensanchó el hambre sus fauces, y devoró a las personas por casas y familias enteras. Las habitaciones de arriba estaban llenas de mujeres y de niños que se morían de hambre; las callejas de la ciudad estaban llenas de cadáveres de ancianos; los niños y las jóvenes andaban vagando por las plazas como sombras, hinchados por el hambre, y se caían muertos dondequiera que su miseria acababa con ellos. En cuanto a enterrarlos, los que quedaban estaban tan débiles que no podían, y los que estaban lo suficientemente animosos y bien se desanimaban ante la gran multitud de muertos y la incertidumbre que se cernía sobre sus propias vidas, porque muchos morían cuando estaban enterrando a otros, y muchos se hallaron en el ataúd antes de que les llegara la hora fatal. No se hacía ningún lamento bajo estas calamidades… El hambre trastrocaba todos los afectos naturales… Un profundo silencio y una especie de noche mortal se cernía sobre la ciudad.»

Para hacer la escena todavía más terrible, estaban los inevitables rateros que despojaban los cuerpos muertos. Josefo nos habla descarnadamente de que, hasta cuando no había ni siquiera hierbas disponibles «algunas personas llegaron a tan terrible postración como para buscar en las alcantarillas y en los montones de estiércol del ganado, y comer los excrementos que encontraban allí y cosas que no habrían soportado ni siquiera ver ahora usaban como comida.» Pinta un cuadro lúgubre de hombres que rumiaban las correas de piel y los zapatos, y cuenta la terrible historia de una mujer que mató y asó a su propio bebé, y le ofreció una parte de aquella comida macabra a los que llegaban buscando alimento.

La profecía que hizo Jesús de los días terribles inminentes para Jerusalén se cumplió con abundante exactitud. Los que acudieron en tropel a la ciudad buscando seguridad murieron a centenares de miles, y solamente aquellos que siguieron Su consejo y huyeron a las colinas se salvaron.

ESTAD ALERTA

Marcos 13:27-37

Jesús continuó diciéndoles:

Aprended la lección que os da la higuera. Tan pronto como se le ponen tiernas las ramas y echa hojas, sabéis que el verano está cerca. Así debéis vosotros también reconocer cuando veáis que suceden estas cosas, que el fin está cerca, a la puerta. Os digo la pura verdad: Esta generación no pasará sin que estas cosas sucedan. Los cielos y la Tierra pasarán, pero Mis palabras nunca pasarán. Pero no hay nadie que sepa el día ni la hora, ni tampoco los ángeles del Cielo, ni aun el Hijo; nadie excepto el Padre. Manteneos alerta, vigilad, perseverad en oración, porque no sabéis cuándo sonará la hora. Es como cuando un hombre se marcha de su casa al extranjero, y deja a sus siervos a cargo, y le manda al portero que esté alerta. Así que ¡estad alerta! Porque no sabéis cuándo viene el amo de la casa; si tarde por la tarde, al mediodía, al canto del gallo o de madrugada. ¡Velad!, no sea que venga de pronto y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros se lo digo a todos: ¡Manteneos alerta!

Hay que notar especialmente tres cosas en este pasaje.

(i) A veces se mantiene que cuando Jesús dijo que estas cosas iban a suceder en esta generación, estaba equivocado. Pero Jesús tenía razón, porque esta frase no se refiere a la Segunda Venida. No podía ser así, porque en la frase siguiente dice que no sabe cuándo será ese día. Se refiere a las profecías de Jesús acerca de la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo, que se cumplieron ampliamente.

(ii) Jesús dice que no sabe el día ni la hora en que ha de volver. Había cosas que aun Él mismo dejaba en las manos de Dios. No puede haber una advertencia y una reprensión más serias a los que deducen fechas y esquemas acerca de la Segunda Venida. No es menos que blasfemia el que inquiramos acerca de algo que nuestro Señor confesaba ignorar.

(iii) Jesús traza una conclusión práctica: Somos como los que saben que su amo va a volver, pero que no saben cuándo. Vivimos a la sombra de la eternidad. No hay razón para estar en una actitud de expectación nerviosa e histérica. Pero quiere decir que nuestro trabajo ha de irse completando día a día. Quiere decir que debemos vivir de tal manera que no nos importe cuándo venga. Nos encarga la gran tarea de hacer que cada uno de nuestros días sea digno de que Él lo vea, y de estar en todo momento preparados para encontrarnos con Él cara a cara. Toda la vida se convierte en una preparación para encontrarnos con el Rey.

Empezamos su estudio diciendo que este era un capítulo muy difícil, pero que tenía verdades de carácter permanente que comunicarnos. Veámoslas.

(i) Nos dice que sólo el hombre de Dios puede intuir los secretos de la Historia. Jesús vio el destino de Jerusalén aunque otros seguían ciegos. Un verdadero estadista debe ser un hombre de Dios. Para guiar un país, un hombre debe primero ser guiado por Dios. Solamente el que conoce a Dios puede entrar de alguna manera en el plan de Dios.

(ii) Nos dice dos cosas acerca de la doctrina de la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo.

(a) Nos dice que contiene un hecho que solamente a nuestro riesgo podemos olvidar o dejar de tener en cuenta.

(b) Nos dice que las imágenes en que está revestida son las del tiempo de Jesús, y que especular acerca de ellas es inútil cuando Jesús mismo estaba contento de no saber. Lo único de lo que podemos estar seguros es de que la Historia se dirige a alguna parte; hay una consumación por venir.

(iii) Nos dice que la cosa más necia es olvidar a Dios y estar inmerso en lo mundanal. Es sabio el que nunca se olvida de que debe estar preparado para cuando reciba la señal. Si vive teniéndolo presente, para él el fin no será de terror, sino de gozo eterno.

Marcos 13:1-37

13.1, 2 Como quince años antes del nacimiento de Jesús (20 a.C.), Herodes el Grande comenzó a remodelar y reconstruir el templo, el cual se erigió unos quinientos años antes, en los días de Esdras (Ezr_6:14-15). Herodes hizo del templo uno de los más hermosos edificios en Jerusalén, pero no para honrar a Dios, sino para tranquilizar a los judíos que gobernaba. El proyecto de tan magnífico edificio no finalizó sino hasta 64 d.C. La profecía de Jesús de que no quedaría piedra sobre piedra que no fuera removida se cumplió en 70 d.C., cuando los romanos destruyeron completamente el templo y toda la ciudad de Jerusalén.

13.3ss Los discípulos querían saber cuándo se destruiría el templo. Jesús les dio un cuadro profético de ese tiempo incluyendo los acontecimientos que lo antecederían. También habló de hechos futuros que señalarían su regreso. Predijo tanto los hechos cercanos como los distantes sin ponerlos en un orden cronológico. Los discípulos vivieron para ver la destrucción de Jerusalén en 70 d.C. Esto les hizo entender que todo lo demás que Jesús predijo se cumpliría también.

Jesús les advirtió acerca del futuro para que aprendieran a vivir en el presente. Varias predicciones que Jesús hizo en este pasaje todavía no se han cumplido. No las hizo para que adivináramos cuándo ocurrirían, sino para ayudarnos a mantenernos espiritualmente alertas y preparados siempre, esperando su venida.

13.3, 4 El Monte de los Olivos se levanta en la parte superior de Jerusalén, al este de la ciudad. Desde sus faldas una persona puede mirar hacia abajo y ver la ciudad y el templo. Zacarías (14.1-4) profetizó que el Mesías descendería en este monte cuando volviera para establecer su reino eterno.

13.5-7 ¿Cuáles son las señales del fin de los tiempos? En cada generación desde la resurrección de Cristo ha habido gente que ha dicho conocer exactamente cuándo volverá Jesús. Nadie, sin embargo, ha acertado, porque Cristo volverá según el calendario de Dios, no el de los hombres. Jesús predijo que falsos profetas, que asegurarían tener revelaciones de Dios, engañarían a muchos creyentes.

En las Escrituras, la única señal clara del regreso de Cristo es que toda la humanidad le verá venir en las nubes (3.26; Rev_1:7). En otras palabras, no hay que preocuparse de que una u otra persona sea el Mesías, ni que estos son los «últimos tiempos». Cuando Cristo vuelva, lo sabrá más allá de toda duda. Cuidado con los que aseguran tener un conocimiento especial respecto a los últimos días porque nadie sabe cuándo será este tiempo (Rev_13:32). Tenga cuidado cuando se diga: «¡Ahora es!», y decididos en nuestro compromiso de tener nuestros corazones y vidas listos para su venida.

13.9, 10 En la medida que la iglesia primitiva empezó a crecer, la mayoría de los discípulos experimentó el tipo de persecución de la cual Jesús habló. Desde los tiempos de Cristo, se han perseguido a los cristianos en su tierra y en campos misioneros extranjeros. Aunque es posible que estemos libres de persecución ahora, nuestra visión del Reino de Dios no debe limitarse a lo que nos ocurre. Una rápida mirada a los periódicos nos mostrará que cada día muchos cristianos en otras partes del mundo tienen que enfrentar penalidades y persecuciones. Estas son una oportunidad para testificar de Cristo a los que nos oprimen y sirven para que se cumpla el deseo de Dios de que las buenas nuevas lleguen a cada persona.

13.11 Jesús no dice que estudiar la Biblia y crecer en conocimiento sea inútil o malo. Antes y después de su resurrección Jesús mismo enseñó a sus discípulos lo que debían decir y cómo decirlo. Sin embargo, Jesús nos habla de la actitud que debemos asumir cuando nos toque defendernos por causa del evangelio. No tenemos que temer ni toMarcos la defensiva en cuanto a nuestra fe porque el Espíritu Santo estará presente y nos dará las palabras adecuadas.

13.13 Creer en Jesús «hasta el fin» demanda perseverancia porque combatirán nuestra fe. Estas tribulaciones separarán a los verdaderos cristianos de los creyentes tibios. No ganaremos la salvación por permanecer hasta el fin, pero nos marcará como personas salvas. La seguridad de nuestra salvación nos mantendrá en medio de la persecución.

13.14 La «abominación desoladora» que menciona Jesús es la profanación del templo por los enemigos de Dios. Esto sucedió una vez tras otra en la historia de Israel: en 597 a.C. cuando Nabucodonosor saqueó el templo y llevó cautivos a Babilonia (2 Crónicas 36); en 168 a.C. cuando Antíoco Epífanes sacrificó un cerdo a Zeus en el altar santo del templo (Dan_9:27; Dan_11:30-31); en 70 d.C., el emperador Tito colocó un ídolo en el lugar donde estuvo el templo, después de la destrucción de Jerusalén; en 38 d.C., el emperador Calígula planeó poner su propia estatua en el templo, pero murió antes de lograrlo.

13.20 El pueblo escogido por Dios, a quienes salvó. Si desea más información acerca de la elección de Dios, véanse Rom_8:29-30 y Eph_1:4-5.

13.22, 23 ¿Es posible que los cristianos sean engañados? Sí. Tan convincentes serán los argumentos y pruebas de los engañadores en los últimos tiempos que será difícil no alejarnos de Cristo. Si estamos preparados, dice Jesús, podemos mantenernos firmes, pero no resistiremos si no estamos preparados. Para penetrar el disfraz de los falsos maestros debemos preguntarnos: (1) ¿Han sido verdaderas sus predicciones o han tenido que irse ajustando a lo ocurrido? (2) ¿Usan en sus enseñanzas alguna pequeña porción de la Biblia descuidando el resto? (3) ¿Están sus enseñanzas en contra de lo que la Biblia dice acerca de Dios? (4) ¿Son sus prácticas un medio de glorificar al maestro o a Cristo? (5) ¿Promueven sus enseñanzas hostilidad hacia otros cristianos?

13.31 En los días de Jesús el mundo parecía muy estable y seguro. Daba la sensación de estabilidad. En la actualidad, muchos temen la destrucción nuclear. Jesús nos dice, sin embargo, que si bien podemos estar seguros que la tierra pasará, la verdad de sus palabras jamás se cambiará ni abolirá. Dios y su Palabra proveen la única estabilidad en este mundo inestable. ¡Cuán miopes somos al gastar tanto de nuestro tiempo aprendiendo cosas de este mundo temporal y acumulando sus posesiones, mientras descuidamos la Biblia y sus verdades eternas!

13.32 Cuando Jesús dijo que ni siquiera El conocía el tiempo del fin, afirmaba su humanidad. Por supuesto, Dios el Padre conoce los tiempos y Jesús y el Padre son uno; pero cuando Jesús tomó forma de hombre, voluntariamente desistió del uso ilimitado de sus atributos divinos.

El énfasis de este versículo no está en que Jesús perdió la capacidad de conocer los acontecimientos, sino en el hecho que nadie los conoce. Es un secreto de Dios el Padre. Cristo vendrá cuando El quiera. Nadie puede predecir por las Escrituras ni la ciencia el día exacto cuando Cristo volverá. La enseñanza de Jesús es que se necesita preparación, no cálculo.

13.33, 34 Una boda, el nacimiento de un bebé, alcanzar una carrera, dar conferencias, comprar una casa, requieren meses de planeamiento. ¿Le da usted la misma importancia a la preparación para la venida de Cristo? Este es el acontecimiento más importante en nuestras vidas. Sus resultados serán eternos. No debemos seguir posponiendo esta preparación porque no sabemos cuándo ocurrirá. La única forma de prepararnos es estudiando la Palabra de Dios y viviendo cada día según sus instrucciones. Solo así estaremos preparados.

13.35-37 Todo el capítulo trece de Marcos nos dice cómo vivir mientras esperamos la venida de Cristo: (1) No nos dejemos confundir por declaraciones confusas ni interpretaciones vanas de lo que ocurrirá (13.5, 6). (2) No debemos temer hablar a otros de Cristo, no debe importarnos lo que puedan decirnos ni hacernos (13.9-11). (3) Debemos soportar por fe y no sorprendernos de las persecuciones (13.13). (4) Debemos estar moralmente alertas y obedientes a los mandamientos para vivir fundados en la Palabra de Dios. Este capítulo no se escribió para promover discusiones, sino para estimularnos a vivir de una manera recta para Dios en un mundo donde El casi no se tiene en cuenta.

PROFECIAS DE JESUS EN EL DISCURSO DEL MONTE DE LOS OLIVOS

Tipo de profecía

Referencias del Antiguo Testamento

Otras referencias del Nuevo Testamento

Los postreros tiempos Mar_13:1-23 Mat_24:1-28 Luk_21:5-24

Dan_9:26-27 Dan_11:31 Joel 2.2

Joh_15:21 Rev_11:2 1Ti_4:1, 2

La Segunda Venida de Cristo Mar_13:24-27 Luk_21:25-28 Mat_24:29-31

Isa_13:6-10 Eze_32:7 Dan_7:13-14

Rev_6:12 Mar_14:62 1Th_4:16

En Marcos 13, a veces llamado el discurso del Monte de los Olivos, Jesús habló mucho de dos cosas: de los postreros tiempos y de su Segunda Venida. Al darles estas profecías, no intentaba alentar a sus discípulos a que especularan sobre cuándo exactamente iba a volver. Más bien los exhortó a que estuvieran alertas y preparados para su venida. Si servimos fielmente a Jesús ahora, estaremos listos para su regreso.

Marcos 13:1-8

El capítulo que ahora comenzamos está lleno de profecías, algunas de las cuales se han cumplido, mientras que otras están aún por cumplirse. Dos grandes acontecimientos forman su tema principal: la destrucción de Jerusalén y el fin consiguiente de la dispensación judaica por una parte, y por otra, la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo, y la terminación de las condiciones en que ahora vivimos. La destrucción de Jerusalén aconteció tan solo cuarenta años después de la crucifixión de nuestro Señor. La segunda venida de Cristo está aún por suceder, y quizás vivamos para verla con nuestros ojos.

Capítulos como este deben ser muy interesantes para todo verdadero cristiano. Ninguna historia debería llaMarcos tanto nuestra atención como la historia pasada y futura de la iglesia de Cristo Los principios y la caída de los imperios del mundo son relativamente acontecimientos de poca importancia a los ojos de Dios.

Babilonia, Grecia, Roma, Francia é Inglaterra, son nada para El en parangón con el cuerpo místico de Cristo. La marcha de los ejércitos y las victorias de los conquistadores son meras fruslerías en comparación de los progresos del Evangelio, y del triunfo definitivo del Príncipe de la Paz. ¡Ojalá que recordemos esto al leer las profecías de las Escrituras! «Bendito el que lee 1» Rev. 1.3.

Lo primero que debe atraer nuestra atención en los versículos de que nos estamos ocupando, es la predicción de nuestro Señor respecto al templo de Jerusalén.

Los discípulos, con el orgullo natural de los judíos, habían llamado la atención de su Maestro al esplendor arquitectónico del templo. «Mira,» le dijeron, « que piedras y que edificios» recibieron del Señor una respuesta muy diferente de la que se esperaban, respuesta que debió entristecerles el corazón, y muy apropiada para despertar en sus espíritus el deseo de indagar. No salió de sus labios ninguna palabra que indicara admiración. No aprobó el plan ni el trabajo del edificio suntuoso que tenia ante sus ojos. Tal parece que se olvidó de la forma y belleza del edificio material, absorbido en la consideración de la maldad de la nación en cuyo seno se alzaba. «¿Ves,» replica El,» esos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada..

Aprendamos de esa frase solemne, que la verdadera gloria de una iglesia no consiste en sus edificios para el culto público, sino en la fe y santidad de sus miembros. Nuestro Señor Jesucristo no podía complacerse en fijar su vista en ese mismo templo que encerraba el santo de los santos, el candelero de oro, y el altar de los holocaustos. Bien podemos suponer, que mucho menos placer puede encontrar en los más espléndidos templos de los que se llamaban cristianos, si Su Palabra y Su Espíritu no se reverencian en ellos.

Gran bien nos hará el recordarlo. Somos naturalmente inclinados a juzgar de las cosas por su apariencia, como los niños que aprecian las margaritas más que el trigo. Estamos muy dispuestos a suponer que donde hay un suntuoso templo y un ceremonial pomposo, piedras entalladas y vidrios pintados, buena música y ministros revestidos de trajes resplandecientes, allí debe haber de de seguro verdadera religión; y, sin embargo, posible es que no haya ninguna; quizás todo se reduce a formas, aparato, y excitación de los sentidos. Posible es que no haya nada que satisfaga la con la ciencia y cure el corazón enfermo.

Posible es que resulte así que investiguemos que Cristo no es predicado en aquel templo espléndido, y que no se explica allí la Palabra de Dios. Puede suceder que los ministros ignoren completamente el Evangelio, y que los adoradores estén muertos en transgresiones y pecados. Indudable es para nosotros que Dios no puede encontrar ninguna belleza en Semejante edificio; así como no debemos dudar tampoco que el Partenón estaba desnudo de gloria a los ojos de Dios comparado con las cuevas y cavernas en que los primeros cristianos le tributaban culto, que la boardilla más pobre y miserable en que Cristo es predicado hoy, tiene más mérito a Sus ojos que la basílica de S. Pedro en Roma.

No vayamos, sin embargo, a incurrir en el absurdo de suponer que es indiferente que clase de edificios dedicamos especialmente al servicio de Dios. No es Papismo fabricar una hermosa iglesia; ni la verdadera religión consiste en tener para el culto un lugar sucio, indigno, sin orden y sin decencia. «Que todas las cosas sean ordenadas y decentes.» 1 Cor. 14.40. Pero sea un principio fijo de nuestra religión, que aunque nuestras iglesias sean bellas, consideremos como sus principales ornamentos una doctrina pura y un culto santo; sin estas dos condiciones el edificio eclesiástico más espléndido es radicalmente defectuoso; no hay gloria en él si Dios no está allí. Pero con estas dos condiciones, la más humilde cabaña de ladrillo en que es predicado el Evangelio, es bella y atractiva ; está consagrada por la presencia de Cristo y por la bendición del Espíritu Santo.

Lo que debe, en segunde lugar, fijar nuestra atención en estos versículos, es la manera notable con que nuestro Señor comienza la gran profecía de este capítulo.

Se nos dice que cuatro de sus discípulos, excitados sin duda por su predicción respecto al templo, se dirigieron a El para pedirle más informes. «Dinos,» le dijeron, «¿Cuando serán esas cosas? ¿Y que señal habrá cuando todas estas cosas vayan a cumplirse?.

La respuesta que nuestro Señor da a estas preguntas comienza prediciendo que aparecerán falsas doctrinas y que habrá guerras. Si sus discípulos se imaginaban que les prometería triunfos inmediatos y prosperidades temporales en este mundo, pronto se desengañaron. Muy lejos de hacerles concebir la esperanza de una victoria pronta de la verdad, les anuncia que cuenten con ver asoMarcos el error. «Mirad que nadie os engañe. Muchos vendrán en mi nombre, diciendo: Yo soy Cristo.» Muy lejos de despertar en ellos la idea del reinado general de la paz y de la tranquilidad, les ordena que se preparen a guerras y trastornos. «Nación se levantará contra nación, y reino contra reino. Habrá terremotos por los lugares, y habrá hambres y alborotos; principios de dolores serán estos..

Marcos 13:9-13

Al leer las profecías de la Biblia concernientes a la iglesia Cristo, encontraremos generalmente en ellas el juicio y la misericordia mezclados juntamente.

Harás veces son amargas sin ninguna dulzura, ni todo oscuridad sin alguna luz. El Señor conoce nuestra debilidad, y la tendencia que tenemos a desmayar; por eso cuida de mezclar los consuelos a las amenazas, las palabras dulces con las duras, como la hebra y la trama en un tejido. Fácil es descubrir este espíritu en el libro de la Revelación y en toda la profecía que ahora meditamos. Veámoslo en los pocos versículos que hemos acabado de leer.

Observemos, en primer lugar, los disturbios que el Señor anuncia a su pueblo entre la época de su primera venida y la de su segunda. No hay duda que desde la caída de Adán herencia de los hombres son las penas; aparecieron al mismo tiempo que las espinas y los abrojos. «El hombre ha nacido para el dolor, como las chispas para volar hacia arriba.» Job 5.7. Pero hay dolores y penas especiales a que están sujetos los que creen en Jesucristo, y de esos nuestro Señor los apercibe con mucha claridad.

Deben esperar penas y disgustos de parte del mundo; y no esperar protección de los «gobernadores y reyes.» Ya verán que su conducta y sus doctrinas no les ganarán favor con los poderosos; al contrario, serán aprisionados, golpeados, y llevados ante los tribunales como malhechores, sin otra razón que la de haberse adherido al Evangelio de Cristo.

Deben esperar penas y disgustos de parte de sus mismos parientes. «El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo.» Los que son de su carne y de su sangre se olvidarán con frecuencia de su amor a ellos, por odio a su religión. Descubrirán algunas veces que la enemistad del ánimo carnal contra Dios es más fuerte que los vínculos de la familia y de la sangre.

Haremos bien en atesorar estas cosas en nuestro corazón, y «calcular el costo» de ser cristianos. No debemos imaginarnos que sea extraño que nuestra religión nos atraiga amarguras. No hay duda que atravesamos tiempos favorables; no tenemos razón en temer muerte ni cárcel por servir a Cristo en ciertos países; pero, con todo eso, necesario es que nos resolvamos a sufrir algunos disgustos, si somos cristianos verdaderos, firmes y decididos.

Decidámonos a soportar risas, el ridículo, burlas, murmuraciones, y persecuciones mezquinas, y aun de nuestros parientes más cercanos y queridos tendremos que recibir palabras duras y poco benévolas La «ofensa de la cruz» no ha cesado. «El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios.» 1 Cor. 2.14. Los que han «nacido según la carne « perseguirán a los que han «nacido según el Espíritu.» Gal. 4.29. La vida más consecuente en todos sus actos no lo impedirá.

Si nos hemos convertido, no debemos sorprendernos al descubrir que somos odiados por causa de Cristo.

Observemos, en segundo lugar, que estímulos tan eficaces el Señor Jesús presenta a su pueblo perseguido. Les ofrece tres cordiales deliciosos que conforten sus almas.

Dísenos que «el Evangelio debe ser primero predicado a todas las naciones.» Debe ser y lo será: a despecho de los hombres y del diablo, la historia de la cruz será contada en todas las regiones de la tierra. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A pesar de las persecuciones, de las cárceles, y de la muerte, nunca faltará una serie de hombres creyentes que proclamarán la buena nueva de la salud por gracia. Pocos quizás los crean: quizás muchos de sus oyentes continuarán endurecidos en el pecado; pero nada impedirá la predicación del Evangelio. La palabra no será nunca encadenada, aunque los que la prediquen sean cargados de cadenas y ejecutados en un patíbulo. 2 Tim. 2.9.

Nuestro Señor nos dice también, que los que sufren persecuciones especiales por causa del Evangelio, recibirán una ayuda especial en la época de su necesidad: el Espíritu Santo los asistirá cuando hagan su defensa. Encontrarán palabras y argumentos que sus adversarios no podrán refutar ni resistir. Así como aconteció con Pedro, Juan, y Pablo cuando fueron llevados ante los concilios judaicos y romanos, así acontecerá con los verdaderos discípulos; y que esta promesa se ha cumplido nos lo prueban abundantemente las historias de Hus, de Lutero, de Latimer y Bidley y Baxter. Cristo ha sido fiel a su palabra.

Nuestro Señor nos dice además, que la paciencia y la perseverancia producirán la salvación final. «El que sufre hasta el fin, ese será salvado.» Ninguno de los que sufren tribulaciones dejará de recibir recompensa. Todos al fin recogerán rica cosecha, y lo que sembraron con lágrimas, segarán con regocijo. Sus aflicciones ligeras y transitorias, sus penas de un momento, los guiarán a un tesoro de gloria eterna.

Acopiemos consuelo en esas promesas que se hacen a todos los verdaderos siervos de Cristo. Aunque ahora se vean perseguidos, burlados, vejados, descubrirán al fin que están con los que triunfan. Aunque algunas veces se vean asediados, perplejos, puestos a prueba, nunca se encontrarán enteramente abandonados. Aunque derribados, no serán destruidos. Guarden compostura y tengan paciencia, que el fin dé todo lo que ven girar en torno suyo, es cierto, fijo y seguro. Los reinos de este mundo se convertirán en los reinos de Dios y de su Cristo. Y cuando los burladores y los impíos, que tantas veces los insultaron, queden avergonzados, los creyentes recibirán una corona de gloria inmarcesible.

Marcos 13:14-23

Se nos enseña en estos versículos lo legítimo que es usar de medios que conduzcan a nuestra seguridad personal. El lenguaje de nuestro Señor Jesucristo sobre el particular es claro o inequívoco «Que los que están en Judea huyan a las montañas, y el que está sobre la casa no baje a la casa, que el que está en el campo no vuelva; orad por que vuestra huida no sea en el invierno.» Ni una palabra se dice que nos haga suponer que huir del peligro, en ciertas circunstancias, sea indigno de un cristiano. Hay muchas opiniones respecto al tiempo de la profecía que se hace en el pasaje que nos ocupa; pero la enseñanza es muy clara respecto a lo legítimo que es dar pasos para evitar los peligros.

La lección, además de ser utilísima, puede tener una extensa aplicación. Un cristiano, por que lo es, no ha de descuidar el uso de ciertos medios que le proporcionan las cosas terrenales, como tampoco los de las cosas que pertenecen a la vida futura. El creyente no debe suponer que Dios cuidará de él, y proveerá a sus necesidades, si no hace uso de los medios y del sentido común que Dios le ha dado, así como a los demás hombres. Fuera de toda duda es que puede esperar la ayuda del Padre que está en los cielos, en toda época necesitada; pero debe esperarla haciendo un uso diligente de medios legítimos.

Pretender que se confía en Dios, cuando nos entregamos a la pereza y nada hacemos, no es otra cosa que ser entusiastas y fanáticos, y produce el menosprecio de la religión.

La palabra de Dios contiene sobre este particular varios ejemplos instructivos que haríamos bien en recordar. Es uno muy notable la conducta de Jacob cuando fue a encontrarse con su hermano Esaú. Alza primero una plegaria muy ferviente al cielo y después envía a su hermano un presente muy escogido. Gen. 32.9- 13. La conducta de Ezequías, cuando Sennaquerib se dirigió contra Jerusalén, es otro caso. «Con nosotros,» dice al pueblo, «está el Señor nuestro Dios, para dar nuestras batallas.» Pero, sin embargo, refuerza los muros de la ciudad, y fabrica dardos y escudos. 2 Crón. 32.5. La conducta de S. Pablo es otro de los casos. Con frecuencia leemos que huyó de un lugar a otro para salvar su vida. Vemos que una vez lo descolgaron en un cesto por las murallas de Damasco.

Otra le oímos decir a los soldados cuando estaban a bordo del buque alejandrino cargado de trigo, «Si los marineros no permanecen en la nave, vosotros no podréis salvaros.» Actos 27.31. Sabemos cuales fueron la fe y la confianza del gran apóstol; sabemos cual fue su valor y cuanto descansaba en su Maestro, y, sin embargo, vemos que nunca despreció hacer uso de los medios que tenia a su alcance. No nos avergoncemos de obrar como él.

Tengamos siempre presente una cosa; no confiemos solo en los medios cuando los empleamos; esperemos sobre todo la bendición de Dios. Gran pecado es mandar por el médico como Asa y no buscar al Señor. Empleemos diligentemente todos los medios de que podamos disponer, y dejemos el resultado en manos del Señor; tal conducta es el fin que debe proponerse todo creyente verdadero.

Nos enseñan además estos versículos dos grandes privilegios de los elegidos de Dios. Dos veces en este pasaje usa nuestro Señor unas expresiones muy notables refiriéndose a ellos. Dice hablando de la gran tribulación: « Si el Señor no hubiese acortado aquellos días, ninguna carne se salvaría; mas por causa de los escogidos, que él escogió, acortó aquellos días.» Dice también hablando de los falsos Cristos y de los falsos profetas que «darán señales y harán prodigios para engañar, si posible fuere, a los escogidos..

No hay duda que la elección es un dogma profundo y misterioso; es incuestionable que con frecuencia se le ha pervertido y se ha abusado miserablemente de él; pero el mal uso que se haga de ciertas verdades no debe impedir usarlas. La elección cuando se aplica rectamente, y se emplean ciertas precauciones, es una doctrina «llena de un consuelo dulce é indecible. Antes de concluir con este punto, veamos cuales deben ser esas precauciones.

Ante todo, no debemos olvidar que la elección de Dios no anula la responsabilidad del hombre ni la obligación que tiene de dar cuenta de su alma. La misma Biblia que habla de la elección, se dirige siempre al hombre como a un agente libre, y a él apela para que se arrepienta, crea, busque, ore, se esfuerzo, y trabaje. En nuestros actos debemos seguir aquella Divina Voluntad, que encontramos expresamente declarada en la Palabra de Dios.

Además, no olvidemos nunca que lo que principalmente tenemos que hacer, es arrepentimos y creer en el Evangelio. No tenemos derecho alguno en creernos consolados por la elección de Dios, si no damos pruebas evidentes de arrepentimiento y de fe. No debemos permanecer inmóviles, afligiéndonos con angustiosas investigaciones para descubrir si somos o no de los elegidos, cuando Dios nos manda muy claro a arrepentimos y a creer. Act. 17.30; Juan 3.23. No hagamos mal; aprendamos a hacer el bien; apartémonos del pecado; apoyémonos en Cristo ; acerquémonos a Dios por medio de la oración ; y cuando así obremos, pronto sabremos y sentiremos si somos elegidos de Dios. Diremos, usando las palabras de un. Teólogo antiguo, que debemos principiar en la escuela primaria del arrepentimiento y de la fe, antes de ir a la universidad de la elección. Cuando Pablo recordaba la fe, la esperanza, y la caridad de los Tesalonicenses era que les decía,»Sé vuestra elección en Cristo.» 1 Tesal. 1.4.

Marcos 13:24-31

Está enteramente por cumplirse aún esta parte de la profecía de nuestro Señor en el monte de los Olivos. Los eventos que en ella se describen aún tienen que acontecer; posible es que en nuestra época sucedan. Debemos leer este pasaje, por tanto, con especial interés.

Observemos, en primer lugar, que solemne majestad rodeará a nuestro Señor en su segunda venida a este mundo. El lenguaje que usa en referencia al sol a la luna y a las estrellas despierta la idea de una convulsión general del universo al fin de la presente dispensación. Nos recuerda las palabras del apóstol Pedro, «los cielos desaparecerán con grande estruendo, y los elementos ardiendo quedarán deshechos.» 2 Ped. 3.10. En esos momentos, en medio de un terror y de una confusión que excederá todo lo que hasta ahora han producido los terremotos o los huracanes, los hombres « verán al Hijo del hombre descendiendo sobre nubes con gran poder y gloria..

La segunda venida de Cristo no será en nada semejante a la primera. Vino la primera vez lleno de debilidad, como niño tierno nacido de una pobre mujer en el pesebre de Belén, sin honores v apenas conocido. Vendrá la segunda vez revestido de dignidad real, rodeado de los ejércitos celestiales, para ser reconocido, aceptado, y temido por todas las tribus de la tierra. Vino la primera vez a sufrir, a cargarse con nuestros pecados, a ser juzgado maldito, a ser despreciado, rechazado, condenado injustamente y ejecutado. Vendrá la segunda vez a reinar, a poner a todos sus enemigos bajo sus plantas, a entrar en el goce de su reino, a juzgar a todos los hombres, y a vivir eternamente.

¡Que diferencia tan inmensa! ¡Que contraste tan marcado! ¡Cuanto no debe admirar la comparación entre la segunda venida y la primera¡ ¡Cuan solemnes pensamientos no deben evocar en nuestras almas estas meditaciones! ¡Cuanto no deben consolar a los amigos de Cristo! Su Rey vendrá a la tierra; cosecharán lo que han sembrado; recibirán ricas mercedes por todo lo que han sufrido por causa de Cristo, y trocarán su cruz por una corona. ¡Que confundidos no quedarán los enemigos de Cristo! Ese mismo Jesús de Nazaret, a quien por tanto tiempo despreciaron y rechazaron, tendrá al fin la preeminencia. Ese mismo Cristo, en cuyo Evangelio se han negado a creer, aparecerá como su Juez, e inermes, sin esperanzas, y sin palabras, tendrán que presentarse ante la barra de su tribunal. Atesoremos estas cosas en nuestro corazón y aprendamos a ser sabios.

Observemos, además, que lo primero que acontecerá después de la segunda venida de nuestro Señor, será la reunión de sus escogidos. «Enviará a sus ángeles, y juntará a sus escogidos de los cuatro vientos..

Cuando la tierra sea juzgada, se cuidará de la seguridad de pueblo del Señor. Nada hará hasta que no los coloque donde no puedan recibir daño ninguno. El diluvio no comenzó hasta que Noe no estuvo seguro en el arca; no llovió fuego sobre Sodoma hasta que Lot no estuvo abrigado dentro de las murallas de Zoar. Dios no desatará su furor contra los incrédulos hasta que los creyentes no estén escondidos y seguros.

Los verdaderos cristianos pueden esperar sin temor la segunda venida de Cristo. Por terribles que sean las cosas que acontezcan en la tierra, su Maestro cuidará de que ningún daño les acontezca. Bien pueden sobrellevar pacientes las despedidas y las separaciones de tiempo presente; que ya llegará la época en que regocijados se reúnan con todos sus hermanos en la fe de todas las edades, de todos los idiomas y países. Los que se reúnan ese día, no se volverán a separar. Esa gran reunión está aún por verificarse. 2 Tesal. 2.1.

Observemos en seguida cuan importante es observar las señales de nuestros tiempos. Nuestro Señor encarga a sus discípulos «que aprendan de la higuera una parábola.» Así como los renuevos anuncian que el verano se aproxima, del mismo modo los acontecimientos que tienen lugar en el mundo deberían enseñarnos cuando la venida del Señor «está cercana, a nuestras puertas..

Es deber de los cristianos verdaderos observar cuidadosamente los eventos públicos de su época; y siendo un deber hacerlo, es un pecado descuidarlo. Nuestro Señor reconviene a los judíos porque «no disciernen los signos de los tiempos.» Mat. 16.3. No veían que el cetro había salido de las manos de Judá, y que estaban acabando de transcurrir las semanas de Daniel. Cuidémonos de no incurrir en el mismo error; abramos bien los ojos, y contemplemos el mundo que nos rodea. Veamos como el poder de los turcos va expirando, y como se aumentan las misiones y se extinguen. Veamos como el Papismo revive, y como aparecen herejías nuevas y mas sutiles. Notemos cuan rápidamente se extiende el espíritu de rebelión y de desprecio a la autoridad legítima ¿No son estos hechos como los renuevos de la higuera? Nos muestran que el mundo se va gastando, y necesita una nueva dinastía que sea mejor que la actual; necesita tener a su legítimo soberano, a Jesús.

Observemos, finalmente, en estos versículos, cuan cuidadosamente nuestro Señor afirma que sus predicciones se realizarán. Habla como si previese la incredulidad y el escepticismo de estos tiempos. Nos apercibe de una manera muy enfática que nos guardemos de incurrir en ellos: « El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

No nos permitamos nunca suponer que una profecía es improbable o de difícil cumplimiento tan solo porque esté en contradicción con la experiencia del pasado. No digamos ¿en donde está la posibilidad de que Cristo vuelva a venir? ¿Que probabilidad hay de que el mundo sea quemado? «En tales particulares nada significan para nosotros « lo probable o lo improbable.»La única cuestión es esta, «¿Qué está escrito en la Palabra de Dios?» No deberían olvidarse nunca las palabras de S. Pedro: «Vendrán en los últimos días burladores, arrastrados por sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿En donde está la promesa de su advenimiento?» 2 Ped. 3.3-4.

Haríamos bien en preguntarnos que hubiéramos pensado si hubiéramos vivido hace dos mil años. ¿Hubiéramos creído más probable que el Hijo de Dios se hubiera presentado en la tierra como un pobre, y hubiera muerto, o que hubiera venido como un Rey, y hubiera reinado? ¿No hubiéramos asegurado inmediatamente, que si venia, vendría para reinar y no para morir? Sin embargo, sabemos que vino como «varón de dolores « y que murió en la cruz. No dudemos, pues, que vendrá por segunda vez en gloria y majestad, y que como Rey eternamente reinará.

Concluyamos este pasaje con la profunda convicción de la verdad de todos los detalles de las predicciones que encierra. Creamos que todas sus palabras quedarán definitivamente cumplidas. Esforcémonos, sobre todo, en vivir como convencidos íntimamente de su verdad, como siervos buenos siempre dispuestos a recibir a su Señor; y entonces estaremos seguros, sea cual fuere el tiempo o la manera de su cumplimiento.

Marcos 13:32-37

Estos versículos terminan la narración de S. Marcos de la profecía de nuestro Señor en el monte de los Olivos; deberían ser para nosotros como una aplicación directa de la profecía a nuestras conciencias.

Aprendemos en estos versículos que intencionalmente se ha ocultado a la iglesia de nuestro Señor Jesucristo la época exacta de su segunda venida. El acontecimiento es cierto; pero el día preciso y la hora no nos han sido revelados. «De aquel día, y de la hora, nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo..

Hay gran sabiduría y mucha misericordia en ese silencio. Por mil razones debemos dar gracias a Dios por que nos lo ha ocultado. Esa incertidumbre respecto a la época de la vuelta del Señor tiene por objeto mantener a los creyentes en una actitud de constante esperar, y salvarlos del desaliento. ¡Que terrible prospecto la iglesia primitiva hubiera tenido ante sus ojos, si le hubiese contado que Cristo no volvería a la tierra por lo menos en mil quinientos años! Aun hombres como Atanasio, Crisóstomo, y Agustín hubieran sentido sus corazones oprimidos, si hubieran sabido por cuantos siglos de tinieblas tendría que pasar el mundo, antes que su Maestro volviese a toMarcos posesión de su reino. Por otra parte; ¡que estímulos tan poderosos no han tenido los verdaderos cristianos, para marchar cerca de Dios! En todas épocas han estado inciertos si su Señor no se aparecería de repente a toMarcos cuentas a sus siervos. Esta misma incertidumbre ha sido una de las razones que los han obligado a vivir siempre listos para salir a Su encuentro Preciso es no pasar por alto una precaución que debe tenerse en este particular. La incertidumbre respecto al tiempo de la segunda venida de nuestro Señor no debe impedirnos prestar toda nuestra atención a las profecías de la Escritura que aún no se han realizado. Esta es una gran ilusión, pero en ella incurren desgraciadamente muchos cristianos. Hay que establecer una distinción muy marcada entre las aserciones dogmáticas y positivas respecto a fechas, y la indagación humilde que en nuestras plegarias hacemos de esas cosas buenas que están aún por venir. Las palabras de nuestro Señor en este pasaje deben hacernos cautelosos contra todo dogmatismo respecto a épocas y estaciones; pero en relación al provecho que en general se recaba del estudio de las profecías, no tenemos autoridad más explícita que las palabras del apóstol Pedro: «Hacéis bien en estar atentos a la profecía,» 2 Ped. 1.19; y las de Juan en la Revelación: « Bienaventurado el que lee.» Apo. 1.3.

Aprendemos, en segundo lugar, en estos versículos, cuales son los deberes prácticos de los verdaderos creyentes en la expectativa de la segunda venida de Jesucristo. Nuestro Señor menciona tres cosas a que debe atender su pueblo. Les dice muy claro que volverá un día, con gran gloria y majestad; pero al mismo tiempo agrega que la hora precisa y la fecha de su venida no son conocidas. ¿Qué tiene, pues, que hacer su pueblo? ¿Con que disposición de espíritu debe vivir? Tienen que vigilar, que orar, y trabajar.

Tenemos que velar, y estar siempre en guardia. Debemos mantener nuestras almas vigilantes, despiertas y animadas, preparadas siempre a recibir a su Señor.

Tenemos que librarnos del letargo espiritual, del embotamiento, del sopor. Las compañías, el empleo del tiempo, la sociedad que puedan inducirnos a olvidar a Cristo y su segunda venida, deben marcarse, notarse, y evitarse. «Así pues no durmamos como los demás; antes velemos, y seamos sobrios.» 1 Tesal. 5.6.

Debemos orar. Adquiramos el hábito de mantener con regularidad íntima comunión y relaciones con Dios. No permitamos que haya lejanía entre nosotros y nuestro Padre que está en los cielos, sino hablémosle diariamente, para que estemos siempre dispuestos a mirarlo cara a cara. Además, debemos orar especial mente respecto a la segunda venida del Señor, para que seamos «hallados en paz, sin mancha ni faltas,» para que nuestros corazones no se vean nunca «sobrecargados» con los afanes de esta vida, y ese día nos coja desprevenidos. 2 Pedro 3.14, y Lucas 21.34.

Finalmente, debemos trabajar. Probemos que todos somos siervos de un gran Señor, que a cada hombre le ha señalado su tarea, y espera que sea hecha.

Esforcémonos en glorificar a Dios cada uno en la esfera de nuestra actividad y de nuestra influencia. Todos tenemos siempre algo que hacer. Tratemos cada uno de nosotros, de brillar como una luz, de ser la sal de nuestra época y testigos fieles de nuestro Señor, honrándolo concienzuda y consecuentemente con nuestra conducta diaria. Nuestro gran deseo debe ser que ese día no nos encuentre perezosos y dormidos, sino trabajando y haciendo algo.

Tales son los preceptos que nuestro Señor quiere que obedezcamos. Deberían excitar a todos los verdaderos cristianos a hacer un examen minucioso de sus corazones y de sus conciencias, ¿Esperamos la vuelta del Salvador? ¿Podemos decir con sinceridad, Ven, Señor Jesús? ¿Vivimos como si realmente creyéramos que Cristo volverá? Estas preguntas demandan una seria consideración. ¡Ojalá les consagremos la atención que merecen! ¿Nos exige nuestro Señor que descuidemos los deberes de la vida por esperar su vuelta? Nada de eso. No ordena al labrador que abandone sus tierras, ni al mecánico su trabajo, ni al mercader sus negocios, ni al abogado sus clientes. Todo lo que pide es que los que se han bautizado en su fe vivan como esta se los demanda: que vivan arrepentidos, que vivan creyendo, que vivan como quienes saben que «sin santidad ningún hombre puede ver al Señor.» Viviendo así, estamos listos a encontrarnos con nuestro Señor; pero si así no lo hacemos, no estaremos preparados ni para la muerte, ni para el juicio, ni para la eternidad. Vivir de esa manera es ser verdaderamente feliz, porque es estar en realidad dispuesto a todo lo que pueda acontecer. No nos mostremos satisfechos con un Cristianismo práctico de un tipo inferior a este. Las ultimas palabras de la profecía son muy solemnes : «Lo que os digo a vosotros, se lo digo a todos, ¡Velad!»

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