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Juan 16: Advertencia y desafío

-Os he dicho todo esta por si os hacen tropezar en el camino. Os excomulgarán de la sinagoga; sí, y hasta llegará el momento cuando cualquiera que os mate creerá que Le está haciendo un servicio a Dios. Y todo eso lo harán porque no han reconocido ni al Padre ni a Mí. Pero os he dicho esto para que, cuando llegue el momento, os acordéis de que ya os lo había dicho Yo.

Para cuando estaba escribiendo Juan era inevitable que algunos cristianos se hubieran apartado, porque la persecución ya se había desencadenado sobre la Iglesia. El Apocalipsis condena a los cobardes entre otros muchos culpables de diversos pecados (Rev_21:8 ). Cuando Plinio, el gobernador romano de Bitinia, estaba interrogando a algunos para ver si eran cristianos o no, escribió al emperador Trajano para decirle que algunos reconocían «que habían sido cristianos, pero que habían dejado de serlo hacía muchos años, algunos hacía veinte años.» Hasta en medio del heroísmo de la Iglesia Primitiva hubo algunos que no tuvieron bastante fe para resistir la persecución, ni aguante para mantenerse fieles.

Jesús lo previó todo, y lo advirtió de antemano. No quería que nadie pudiera decir que no sabía lo que le podía esperar si se hacía cristiano. Cuando a Tyndale le estaban persiguiendo y sus enemigos iban a por su vida porque él quería darle a su pueblo la Biblia en inglés, dijo tranquilamente: «Jamás esperé otra cosa.» Jesús ofrecía la gloria, pero también la cruz.

Jesús habló de dos maneras en que perseguirían a Sus seguidores.

Serían excomulgados de la sinagoga. Eso era algo terrible para un judío. La sinagoga ocupaba un lugar clave en la vida judía. Algunos de los rabinos llegaban hasta a decir que la oración no era eficaz a menos que se ofreciera en la sinagoga. Pero aún había más. Puede que algún gran erudito o teólogo se pudiera pasar sin compañía humana, viviendo solo en compañía de sus pensamientos y aventuras intelectuales; pero los discípulos de Jesús eran gente normal y corriente; necesitaban compañía. Necesitaban la sinagoga y su culto. Sería terrible para ellos que los expulsaran y les cerraran todas las puertas. Algunas veces tenemos que aprender, como dijo Juana de Arco, que «es mejor estar solo, con Dios.» Algunas veces, la soledad en la sociedad es el precio de la compañía con Dios.

Jesús también dijo que no faltarían quienes creyeran que Le estaban prestando un servicio a Dios matando a Sus seguidores. La palabra que se usa aquí es latreía, que se suele referir al ministerio del sacerdote en el templo. Una de las tragedias de la religión ha sido que muchos creían que estaban sirviendo a Dios cuando perseguían a los que consideraban herejes. Probablemente ninguno estuvo más convencido de que estaba sirviendo a Dios que Saulo, cuando estaba haciendo todo lo posible para acabar con los seguidores de Jesús Act_26:9-11 ). Los Jueces y torturadores de la Inquisición protagonizaron un capítulo vergonzoso de la Historia de España, pero estaban seguros de que estaban sirviendo a Dios cuando torturaban a los protestantes para que aceptaran lo que ellos consideraban la fe verdadera. Creían que estaban tratando de salvar del infierno a aquellos condenados. «¡Oh Libertad -decía madame Roland-, qué de crímenes se cometen en tu nombre!» Y eso se puede decir también de la religión.

Eso sucede, como dijo Jesús, porque no reconocen a Dios. La tragedia de la Iglesia es que muchos se han afanado en propagar su idea de la religión; muchas veces se han creído que ellos tenían el monopolio de la verdad y de la gracia de Dios. Y lo desesperante es que sigue pasando; esa es la barrera que impide la unión y la unidad entre las iglesias. Siempre existirá la persecución -aunque no necesariamente matando y torturando, pero sí excluyendo de la Casa de Dios- mientras haya quienes crean que sólo hay un camino a Dios, que es, desde luego, el de ellos.

Jesús sabía tratar con las personas. De hecho, estaba diciendo: «Os ofrezco la tarea más difícil y arriesgada del mundo. Os ofrezco algo que os lacerará el cuerpo y os rasgará el corazón. ¿Sois lo bastante valientes para aceptarlo?» Todo el mundo conoce la proclama de Garibaldi en el asedio de Roma de 1849, cuando pedía reclutas diciendo: «No os ofrezco soldada, ni cuartel, ni provisiones; os ofrezco hambre, sed, marchas agotadoras, batallas y muerte. ¡El que ame a su país de corazón y no de labios, que me siga!» Y le siguieron a millares. Cuando los españoles estaban conquistando Sudamérica, Pizarro presentó a sus hombres una alternativa: Podían tener la riqueza de Perú con sus peligros, o la relativa pobreza de Panamá con su seguridad. Hizo una raya con la espada en la arena y dijo: «Camaradas: a este lado el esfuerzo, el hambre, la falta de ropa, la tormenta, la deserción y la muerte; a este otro, la tranquilidad. Allí está Perú con sus riquezas; allí, Panamá con su pobreza. Que escoja cada hombre lo que le corresponde a un valiente castellano. En cuanto a mí, yo voy al Sur.» Se produjo un silencio y una vacilación; y luego, un viejo piloto y doce soldados («los trece de la fama») cruzaron al lado de Pizarro. Fue con ellos con los que empezó el descubrimiento y la conquista de Perú.

Jesús ofreció, y todavía ofrece, no un camino fácil, sino el camino de la gloria. Quiere personas que estén dispuestas y con los ojos abiertos a aventurarlo todo por y con El.

LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

Juan 16:5-11

-Esto no os lo dije Yo al principio porque estaba con vosotros. Pero ahora vuelvo al Que Me envió, y ninguno Me preguntáis: ¿Adónde vas?; sino que la tristeza os ha embargado el corazón por lo que os he dicho. Pero lo que os estoy diciendo es la pura verdad: Os conviene que Yo Me vaya; porque, si no, no vendría a vosotros el Ayudador. Pero, cuando venga, dictará sentencia de pecado al mundo, y de justicia y de juicio: de pecado, porque no ha creído en Mí; la justicia, porque Yo voy al Padre y ya no Me veréis más, y de juicio, porque el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado.

Los discípulos estaban desconcertados y apesadumbrados. Todo lo que habían comprendido era que iban a perder a Jesús. Pero Él les dijo que, a fin de cuentas, todo sería para su bien; porque, cuando El se fuera, vendría el Ayudador, es decir, el Espíritu Santo. Cuando Él estaba en el cuerpo, no podía estar con ellos en todas partes; siempre era cosa de despedidas y bienvenidas. Cuando estaba en el cuerpo no podía llegar a las mentes, los corazones y las conciencias de las personas en todas partes, sino que estaba confinado por las limitaciones del espacio y el tiempo. Pero el Espíritu no está sujeto a limitaciones. Dondequiera que vaya una persona, el Espíritu va con ella. La venida del Espíritu sería el cumplimiento de la promesa: « He aquí Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mat_28:20 ). El Espíritu traería a la humanidad una comunión ininterrumpida y para siempre; y le traería al predicador cristiano un poder y una eficacia que no dependería del lugar ni de la ocasión en que se encontrara.

Aquí tenemos un sumario casi completo de la obra del Espíritu. Juan usa la palabra elenjein, que se traduce en la versión Reina-Valera.60 por convencer, palabra que ya no tiene el sentido polémico y jurídico del latín, que reflejaba mejor redargüir, que heredamos de las versiones clásicas españolas. Se usa para el interrogatorio de un acusado o de un testigo en un juicio, o para la contestación de un contrario en una discusión. Siempre conserva la idea del examen o interrogatorio al que se somete a una persona hasta que admite sus errores o se muestra convencido por un razonamiento de algo que no había comprendido antes. La usaban a veces, por ejemplo, los griegos, del examen de conciencia en la mente o el corazón de una persona. Está claro que un interrogatorio semejante puede conseguir dos cosas: (a) Puede demostrar la culpabilidad de una persona, dejándola convicta, aunque no necesariamente confesa. (b) O puede convencer a una persona de la flojedad de su caso y la fuerza del opositor al que trataba de vencer con razones falsas o insuficientes. En este pasaje necesitamos ambos sentidos: dejar al otro convicto y convencido. Vamos a ver lo que Jesús dice que hará el Espíritu Santo.

(i) El Espíritu Santo demostrará que el mundo es culpable de pecado. Cuando los judíos crucificaron a Jesús creían, no que estaban pecando, sino que estaban sirviendo a Dios. Pero, cuando se predicó después la crucifixión de Jesús, aquello les atravesó el corazón (Act_2:37 ). Repentinamente tuvieron la convicción de que habían cometido el crimen más horrible de toda la Historia de la humanidad, y de que aquello había sido la consecuencia de su pecado.

¿Qué es lo que nos produce el sentimiento de pecado y nos hace reconocerlo? ¿Qué es lo que nos humilla hasta el polvo ante la Cruz? Una vez estaba contando un misionero la historia de Cristo en una aldea de la India valiéndose de una serie de diapositivas que proyectaba en una pared enjalbegada. Cuando puso la escena de la Cruz, un indio pasó al frente como si no pudiera contenerse, y gritó: «¡Baja de la Cruz, Jesús! ¡Soy yo el que tiene que estar colgado ahí, y no Tú!» ¿Por qué la historia de Uno que fue crucificado como un criminal en Palestina hace veinte siglos sigue rasgándole el corazón a la gente todavía ahora? Es la acción del Espíritu Santo.

(ii) El Espíritu Santo convencerá a la humanidad de la justicia. Queda claro lo que quiere decir cuando vemos que es de la justicia de Cristo de la que se convencerá el mundo. Jesús fue crucificado como un criminal. Le juzgaron; le encontraron culpable; los judíos Le consideraron un malvado hereje o blasfemo, y los Romanos, un elemento peligroso para la seguridad del estado; Le condenaron a la peor muerte, que se reservaba para los peores criminales, marcándole como enemigo de la humanidad y de Dios. ¿Cómo se cambió aquel dictamen? ¿Qué hizo ver en la figura de aquel Crucificado al Hijo de Dios, como le pasó al centurión al pie de la Cruz (Mateo 27.54), y a Saulo en la carretera de Damasco Act_9:1-9 )? Es alucinante el que haya tantas personas que ponen su confianza para toda eternidad en un criminal judío Que murió crucificado. Es la acción del Espíritu Santo. Es Él el Que convence a las personas de la justicia absolutamente perfecta de Cristo, respaldada por el hecho de que resucitó y volvió a la gloria de Su Padre.

(iii) El Espíritu Santo convence al mundo de juicio. En la Cruz es el mal el que ha quedado condenado y derrotado. ¿Qué nos hace estar seguros de que nos espera un juicio? Es la obra del Espíritu Santo. Es El Quien nos da la inquebrantable convicción de que hemos de comparecer todos ante el tribunal de Dios.

(iv) Queda otra cosa que, de momento, Juan no pasa a mencionar. Cuando estamos convencidos de nuestro pecado, cuando estamos convencidos de la justicia de Cristo y cuando estamos convencidos del juicio venidero, ¿qué nos da la seguridad de que en la Cruz de Cristo tenemos el perdón de nuestros pecados y la salvación del juicio? También esto es la obra del Espíritu Santo. Es Él Quien nos convence y nos asegura de que en esta Figura crucificada podemos reconocer a nuestro Salvador y a nuestro Señor. El Espíritu Santo nos convence de la realidad de nuestro pecado y nos convence de la suficiencia de nuestro Salvador.

EL ESPÍRITU DE LA VERDAD

Juan 16:12-15

-Todavía Me queda mucho por deciros, pero ahora no lo podéis soportar. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, Él os guiará a toda la verdad, porque no hablará por Su propia autoridad ni de Sus propios conocimientos, sino que os dirá todo lo que oiga, y os hará saber lo que esté por venir. Él Me glorificará, porque tomará de lo que Me pertenece y os hablará de ello. Todo lo que tiene el Padre es Mío también; por eso fue por lo que os dije que el Espíritu tomará de las cosas que Me pertenecen, y os las comunicará.

Para Jesús, el Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad, Cuya gran misión es traer la verdad de Dios al mundo. Tenemos una palabra especial que quiere decir traer la verdad de Dios a la humanidad, y es la palabra Revelación; y no hay ningún pasaje en el Nuevo Testamento que nos presente más claramente que este lo que podríamos llamar los principios de la Revelación.

(i) La Revelación no puede por menos de ser un proceso progresivo. Jesús sabía muchas cosas que no podía decirles a Sus discípulos en aquel momento, porque ellos no estaban preparados para recibirlas. No se le puede decir a una persona más de lo que puede comprender. No empezamos por el teorema de los binomios cuando queremos enseñarle algo de álgebra a un chico, sino vamos preparándole paso a paso. No empezamos por los teoremas avanzados cuando queremos enseñar geometría, sino vamos poco a poco. No empezamos por la sintaxis cuando enseñamos latín o griego, sino por cosas más sencillas y fáciles. Así sucede con la Revelación de Dios: Él le enseña a las personas lo que estas pueden llegar a comprender y asimilar. Este hecho importantísimo tiene ciertas consecuencias.

(a) Son algunos pasajes difíciles del Antiguo Testamento los que a veces nos preocupan e inquietan. En esa etapa, eso era todo lo que podían comprender de la verdad de Dios. Para tomar un ejemplo: en el Antiguo Testamento hay pasajes en los que se habla de matar a hombres, mujeres y niños cuando se tomaba una población enemiga. En el fondo de esos pasajes se encuentra el noble pensamiento de que Israel no se debe arriesgar a contaminarse de cosas de una religión pagana o inferior. Para evitar ese riesgo, hay que destruir a los que no reconocen al Dios verdadero. Es decir, que los judíos de ese tiempo comprendían que había que salvaguardar la pureza de la religión; y, para ello, destruían a los paganos. Cuando vino Jesús, Sus seguidores comprendieron que la manera de conservar la pureza de la religión era convertir a los paganos. Los que vivían en los tiempos del Antiguo Testamento -y hay muchos en nuestro tiempo que no han pasado de esa etapahabían descubierto una gran verdad, pero sólo por una cara. Así tiene que ser la Revelación: Dios no puede revelar más de lo que podemos y queremos asimilar.

(b) Es la prueba de que la Revelación de Dios no es algo cerrado. Uno de los errores que se cometen a menudo consiste en identificar la Revelación de Dios exclusivamente con la Biblia. Eso equivaldría a decir que aproximadamente en el año 120 d C., cuando se escribió el último libro del Nuevo Testamento, Dios dejó de hablar. Pero el Espíritu de Dios siempre está actuando; siempre está revelándose. Es verdad que Su Revelación suprema e insuperable vino en Jesús; pero Jesús no es simplemente el protagonista de un libro, sino una Persona viva en Quien la Revelación de Dios continúa. Dios sigue guiándonos a una comprensión mayor de lo que quiere decir Jesús. Él no es un Dios que habló hasta el año 120 d C. y desde entonces guarda silencio, sino Que sigue revelando Su verdad a la humanidad.

(ii) La Revelación de Dios incluye toda la verdad. Nos equivocamos si creemos que se limita a lo que podríamos llamar la verdad teológica. Los predicadores y los teólogos no son los únicos que pueden estar inspirados. Cuando un poeta comunica un gran mensaje con palabras que desafían al tiempo decimos, y decimos bien, que está inspirado. Cuando H. F. Late compuso el himno inglés Abide with me -Habita en mí-, no es que se propuso escribirlo; lo hizo como si fuera al dictado. Hándel cuenta cómo escribió el Coro del Aleluya: «Vi los cielos abiertos, y a Dios sentado en el gran trono blanco.» Cuando un hombre de ciencia descubre algo que va a ayudar a la humanidad en sus afanes, o cuando un cirujano descubre una nueva técnica para salvar vidas humanas, o cuando un médico descubre un nuevo tratamiento que traerá vida y esperanza a la humanidad doliente, esas cosas son también revelaciones de Dios. Toda verdad es de Dios, y la Revelación de toda verdad es obra del Espíritu Santo.

(iii) Lo que se nos revela viene de Dios. Él es el dueño y el dador de toda verdad. La verdad no es un descubrimiento humano, sino un don de Dios. No es algo que nosotros creamos, sino algo que estaba ahí, como América, esperando que lo descubriéramos. Detrás de toda verdad está Dios.

(iv) La Revelación consiste en tomar las cosas de Jesús y descubrirnos su significado. Parte de la grandeza de Jesús está en que es inagotable. No ha habido nadie que haya abarcado en toda su profundidad todo lo que Él vino a decirnos. Nadie ha desarrollado totalmente todo el significado de Su enseñanza de la vida y de la fe, para la persona y para el mundo, para la sociedad y para la nación. La Revelación es un constante descubrimiento del sentido de Jesús.

Aquí tenemos el secreto del asunto. La Revelación nos viene, no de un libro o una doctrina, sino de una Persona viva. Cuanto más cerca vivamos de Jesús, mejor Le conoceremos. Cuanto más lleguemos a parecernos a El, más podrá comunicarnos. Cuanto más nos rindamos a Su señorío, más disfrutaremos de Su Revelación.

LA TRISTEZA QUE SE VUELVE ALEGRÍA

Juan 16:16-24

-Dentro de poco dejaréis de verme; pero un poco después Me volveréis a ver otra vez.

Algunos de Sus discípulos se preguntaban unos a otros:

-¿Qué querrá decir con eso de «dentro de poco dejaréis de verme, pero un poco después Me volveréis a ver?» ¿Y qué es lo que quiere decir con «Voy a Mi Padre?»? ¿Qué quiere decir cuando habla de « dentro de poco»? ¡No Le entendemos!

Jesús Se daba cuenta de que querían preguntarle varias cosas, así que les dijo:

-Estáis discutiendo entre vosotros lo que Yo quería decir con aquello de « Dentro de poco dejaréis de verme; pero un poco después Me volveréis a ver.» Lo que os digo es la pura verdad: Vosotros lloraréis y os lamentaréis, pero el mundo se alegrará. Vosotros lo sentiréis mucho, pero vuestra tristeza se cambiará en alegría. Cuando una mujer está para dar a luz se angustia, porque le ha llegado la hora; pero una vez que ha nacido el bebé ya no se acuerda del dolor, de la alegría de que haya nacido una criatura en el mundo. Así vosotros, de momento estáis tristes; pero os volveré a ver, y se os alegrará el corazón, y ya nadie os quitará la alegría. Ese día no tendréis nada que preguntarme. Lo que os digo es la pura verdad: El Padre os dará todo lo que Le pidáis en Mi nombre. Hasta ahora no habéis pedido nada en Mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría llegue a su plenitud.

Aquí Jesús está mirando más allá del presente a la nueva era que va a amanecer. Los judíos creían que la Historia se dividía en dos partes: la edad presente y la por venir. La edad presente era rematadamente mala y estaba bajo condenación; y la por venir era la edad de oro de Dios. Entre las dos edades, antes de la venida del Mesías, que era el que introduciría la nueva edad, estaba el Día del Señor, que iba a ser un día terrible en el que el mundo sufriría grandes sacudidas antes que amaneciera la edad de oro. Los judíos solían llamar a ese tiempo de prueba «el alumbramiento de los días del Mesías.»

El Antiguo Testamento y la literatura intertestamentaria están llenos de descripciones del terrible tiempo intermedio. «He aquí viene el Día del Señor, terrible y de indignación y ardor de ira, para convertir la Tierra en soledad, y raer de ella a sus pecadores» (Isa_13:9 ). «Tiemblen todos los moradores de la Tierra, porque viene el Día del Señor que está cercano; día de tinieblas y de oscuridad» (Joe_2:1-2 ). «El honor se convertirá en vergüenza, y la fortaleza será humillada despectivamente, y la probidad será destruida, y la belleza se transformará en fealdad» (2 Baruc 27). «El Día del Señor vendrá como ladrón, y en él los cielos pasarán con un ruido terrible y los elementos se disolverán con fuego, y la Tierra y las obras que están sobre ella se quemarán» (2Pe_3:10 ). Tal era la descripción de los dolores de parto de la nueva era, que habían de coincidir con la venida del Mesías.

Jesús conocía esa literatura, y tenía en mente sus imágenes. Y ahora estaba diciendo a Sus discípulos: «Ahora os dejo solos, pero volveré otra vez. Llegará el día en que empiece Mi Reinado y venga Mi Reino, pero antes tendréis que pasar cosas terribles, con dolores como los de una mujer cuando está de parto. Pero, si los sufrís con fidelidad, las bendiciones serán maravillosas.» Y de ahí pasó a describir la vida del cristiano que soporte la prueba.

(i) La tristeza se convertirá en alegría. Habrá un tiempo que parecerá que ser cristiano no trae más que sufrimiento, y ser del mundo nada más que bienestar; pero llegará el día en que se volverán las tornas. La alegría descuidada del mundo se cambiará en tristeza, y la aparente tristeza del cristiano se tornará alegría. El cristiano debe recordar siempre, cuando tenga que pagar cara su fe, que ese no es el fin de todo, y que la tristeza se tornará alegría.

(ii) La alegría cristiana tendrá dos preciosas características. (a) Nunca nos será arrebatada. Estará libre de los azares y avatares de la vida. Es un hecho innegable que, en cada generación, los que más han sufrido testifican de haber tenido dulces experiencias con Cristo. La alegría que produce el mundo está a merced del mundo; la que da Cristo es independiente de todo lo que el mundo pueda hacer. (b) Será completa. En la alegría del mundo siempre hay algo que falta. Puede que sea porque, de alguna manera, contiene algo de remordimiento; que hay en su cielo una nube no más grande que la palma de la mano pero que la estropea; que el saber que no puede durar no se nos aparta de la mente. En la alegría cristiana, en el gozo de la presencia de Cristo, no hay ningún vestigio de imperfección. Es perfecto y completo.

(iii) En el gozo cristiano, el dolor que se sufrió antes desaparece sin dejar secuelas de amargura, sino una abundante bendición. La madre olvida el dolor del parto ante la maravilla de su bebé. El mártir se olvida de la agonía en la gloria del Cielo. Si la fidelidad a Cristo costó cara, el precio se considerará que no fue nada ante el gozo de estar ya para siempre con Cristo. «Porque doy por seguro que lo que se padece en este tiempo presente no se puede ni comparar con la gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros» (Rom_8:18 ). El recuerdo del dolor, de la lucha y hasta de los fracasos parciales redundará en mayor gozo nuestro y gloria del Salvador, como dice el himno de James McGranahan, vertido al español por el gran himnólogo Thomas Martin Westrup.

1. En la célica morada – de las cumbres del Edén,

donde cada voz ensalza – al Autor de todo bien,

¿el pesar recordaremos – y la triste nublazón,

tantas luchas del espíritu – con el débil corazón?

2. Oración, deberes, penas, – vías que anduvimos ya,

poseyendo las riquezas – que Jesús nos guarda allá,

¿la memoria retendremos – a cubierto del dolor,

del camino largo, aspérrimo, – con sus luchas, su temor?

3. La bondad con que nos mira sin cansarse,

cuando ve poco fruto en nuestra vida y tan débil nuestra fe,

¿nos acordaremos de ella – en aquel dichoso hogar

de eternal aurora espléndida – e inefable bienestar?

Y el coro responde a todas estas preguntas:

Coro. ¡Sí: allí será gratísimo – en el proceder pensar

del Pastor fiel y benéfico – Que nos ayudó a llegar!

(iv) Habrá plenitud de conocimiento. «Ese día -dijo Jesús- ya no tendréis necesidad de hacerme más preguntas.» En esta vida hay muchas preguntas que no tienen respuesta y muchos problemas que no tienen solución. En último análisis, tenemos que caminar por fe, no por vista, aceptando lo que no comprendemos. No son más que fragmentos de la verdad lo que podemos percibir, y atisbos de Dios los que podemos ver; pero en la edad por venir, con Cristo, habrá plenitud de conocimiento. «Ahora vemos por espejo, en oscuridad; mas entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, más entonces conoceré como Dios me conoce a mí» (1Co_13:12 ).

(v) Tendremos una nueva relación con Dios. Cuando conozcamos a Dios de veras y a fondo, podremos acudir a Él y pedirle todo lo que necesitemos. Sabemos que la puerta está abierta; sabemos que Él es nuestro Padre, y que Su corazón es amor. Somos como niños que nunca ponen en duda que a su padre le encanta verlos, y que pueden hablar con él como y cuando quieran. En esa relación, Jesús dice que podemos pedir lo que sea; pero vamos a considerarlo en términos humanos -que son los únicos de que disponemos. Un niño que ama a su padre y confía en él, sabe muy bien que hay veces que su padre le dirá que no; porque, en su amor y sabiduría, sabe más. Nosotros podemos llegar a tal intimidad con Dios que tengamos libertad para consultárselo todo; pero siempre debemos terminar con «¡Hágase Tu voluntad!»

(vi) Es Jesús el Que hace posible esa nueva relación con Dios. Existe en Su nombre. Todo es gracias a Él: que nuestro gozo es indestructible y perfecto, que nuestro conocimiento es completo, que el camino al corazón de Dios está abierto. Todo lo que tenemos nos ha venido por medio de Jesucristo. Sólo en Su nombre podemos pedir, y recibimos, nos podemos acercar, y somos bienvenidos.

EL ACCESO DIRECTO

Juan 16:25-28

-Os he dicho estas cosas de una manera que es difícil de entender; pero está a punto de llegar el momento en que dejaré de hablaros de una manera que os sea difícil, y os hablaré claramente acerca del Padre. Ese día pediréis en Mi nombre; y no os digo que Yo Le pediré al Padre por vosotros, porque el Padre mismo os ama, porque vosotros Me habéis amado y habéis creído que vine del Padre. Vine del Padre, y entré en el mundo; ahora dejo el mundo, y vuelvo al Padre.

La versión Reina-Valera.09 ponía que Jesús había hablado hasta entonces en Proverbios, y R-V.60 en alegorías. La palabra griega es paroimía, que es la que se usa para las parábolas de Jesús, pero que significa básicamente algo que es difícil de entender, un dicho cuyo sentido está velado para el que lo escucha casualmente, que requiere meditación para descubrir lo que quiere decir. Se puede usar, por ejemplo, de las sentencias de los sabios cuya concisión las hace preñadas de contenido, o de los acertijos que desafían a la imaginación.

Jesús les quiere decir: «Hasta ahora os he estado haciendo sugerencias e indicaciones, dándoos la verdad cubierta con un velo; os he estado diciendo cosas que os hacían pensar o que os dejaban confusos; pero desde ahora os voy a decir la verdad con toda claridad.» Y pasa a decirles sencillamente que vino de Dios y que vuelve a Dios. Ese era Su secreto: no era sino el Hijo de Dios, y la Cruz no iba a ser la muerte de un criminal sino el camino de vuelta a Dios.

Y entonces Jesús dice una cosa que no debemos olvidar. Los suyos tienen acceso directo a Dios porque Dios los ama; Jesús no tiene necesidad de presentarle a Dios las súplicas de los Suyos; ellos lo pueden hacer por sí mismos. Aquí tenemos la prueba definitiva de algo que no se debe olvidar jamás. Muchas veces se piensa en términos de un Dios airado y de un Jesús benévolo, y que Jesús hizo algo que obligó a Dios a cambiar de actitud hacia la humanidad, haciendo que fuera un Dios de amor y no de juicio. Pero aquí Jesús nos dice: «Podéis acercaros a Dios, porque Él os ama.» Y eso lo dice antes de la Cruz. Jesús no murió para hacer que Dios nos amara, sino porque Dios nos ama; no para hacer que Dios sea un Dios de amor, sino para demostrar que Dios es amor. Jesús vino, no porque Dios odiaba al mundo, sino porque lo amaba de tal manera. Jesús ha traído a la humanidad el amor de Dios.

Jesús les dice a Sus discípulos que Su obra está concluida. Vino del Padre y ahora, por el camino de la Cruz, vuelve a Él. Y el acceso a Dios está abierto para todas las personas. Jesús no tiene que presentarle a Dios nuestras oraciones; cada cual puede presentárselas. Dios ama a los que aman a Cristo.

CRISTO Y SUS DONES

Juan 16:29-33

-¡Ves -dijeron los discípulos-, ahora hablas claro y no dices cosas raras! Ahora nos damos cuenta de que lo sabes todo, y no necesitas que nadie Te pregunte nada. Por eso creemos que has venido de Dios.

-¿Así es que ahora sí creéis? -les contestó Jesús¡Fijaos! Está llegando el momento, y es ahora mismo, cuando os desperdigaréis cada uno por su lado y Me dejaréis solo; aunque no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Todo esto os lo he dicho para que estéis en paz conmigo. En el mundo vais a pasar angustias; pero, ¡ánimo! ¡Yo he conquistado al mundo!

Aquí se ilumina extrañamente cómo, por fin, los discípulos se rindieron a Jesús. De pronto dieron el gran salto de la fe porque se dieron cuenta de que Jesús no tenía necesidad de preguntarle a nadie nada. ¿Qué querían decir? Atrás, en los versículos 17 y 18, los encontrábamos Hechos un lío con lo que les había dicho Jesús. Empezando en el versículo 19, Jesús se pone a contestarles sus preguntas sin que ellos las hubieran formulado. En otras palabras: podía leerles los corazones como si fueran libros abiertos. Por eso fue por lo que creyeron en Él. Uno que iba viajando por Escocia en el pasado describió a dos predicadores a los que había oído. De uno dijo: «Me mostró la gloria de Dios.» Y del otro: «Me mostró todo mi corazón.» Jesús podía hacer las dos cosas como nadie. Fue Su conocimiento de Dios y de sus corazones lo que convenció a Sus discípulos de que era el Hijo de Dios.

Pero Jesús era realista. Les dijo que, a pesar de su fe, se acercaba la hora en que Le abandonarían. Aquí tenemos algo que es tal vez lo más extraordinario de Jesús. Sabía lo vacilantes que eran Sus hombres, y sus fracasos; sabía que Le fallarían en el momento en que más los necesitara; pero, sin embargo, los amaba; y, lo que es todavía más maravilloso: ¡todavía confiaba en ellos! Conocía a las personas en su peor momento, pero seguía amándolas y confiando en ellas. Es perfectamente posible el perdonar a una persona y, al mismo tiempo, dejar bien sentado que nunca más nos fiaremos de ella. Pero Jesús dijo: «Sé que, en vuestra debilidad, me desertaréis; pero todavía estoy convencido de que seréis conquistadores.» Jamás se habían combinado así el perdón y la confianza. ¡Qué lección tenemos aquí! Jesús nos enseña a perdonar, y a confiar en la persona que nos ha fallado.

Aquí hay cuatro cosas bien claras acerca de Jesús.

(i) Está la soledad de Jesús. Los Suyos Le iban a dejar solo; y, sin embargo, Él no Se sentía solo, porque tenía a Dios. Nadie que esté de parte del bien está nunca solo: Dios siempre está con él. Ninguna persona que sea buena está totalmente abandonada, porque Dios no abandona.

(ii) Está el perdón de Jesús. De esto ya hemos hablado. Sabía que Sus amigos Le abandonarían, y sin embargo no se lo echó en cara, y después no les guardó rencor. Los amaba con todas sus debilidades; los veía y los amaba tal como eran. Si idolatramos a una persona y la consideramos impecable, estamos condenados a llevarnos una desilusión. Debemos amar a las personas tal como son en realidad.

(iii) Está la simpatía de Jesús. Aquí hay un versículo que parece que está fuera de lugar: «Todo esto os lo he dicho para que estéis en paz conmigo.» El sentido es que, si Jesús no les hubiera anunciado a Sus discípulos su debilidad, después, cuando se dieran cuenta de que Le habían fallado, podrían haberse desesperado irremisiblemente. Es como si Él les dijera: «Sé lo que va a pasar; no debéis creer que vuestra deslealtad Me sorprendió; no cambia en nada el amor que os tengo. Cuando penséis en ello después, no os desesperéis.» Aquí vemos juntos el perdón y la misericordia de Dios. Jesús estaba pensando, no en el daño que Le haría a Él el que los Suyos Le fallaran, sino en el daño que les haría a ellos. A veces sería todo lo contrario si pensáramos, no en el mucho mal que alguien nos ha hecho, sino en que ese mal le ha sumido en la desesperación y la angustia de corazón.

(iv) Está el don de Jesús: el valor y la conquista. Muy pronto iban a ver los discípulos que el mundo Le hacía a Jesús lo peor, y sin embargo no Le derrotaba. Y Él les dijo: «La victoria que Yo voy a ganar puede ser vuestra victoria también. El mundo Me hará todo el mal que pueda, y Yo surgiré vencedor. La vida os puede tratar de la peor manera, y vosotros podéis salir victoriosos. Vosotros también podéis poseer el coraje y la conquista de la Cruz.»

Juan 16:1-33

16.1-16 En los últimos momentos con los discípulos, Jesús (1) les advirtió de la persecución que vendría, (2) les dijo dónde, cuándo y por qué se iría, y (3) les aseguró que no los dejaría solos, sino que vendría el Espíritu. Jesús sabía lo que les aguardaba y no quería que la fe de los discípulos se conmoviese ni destruyese. Dios quiere que sepa que no está solo. Cuenta con el Espíritu Santo para brindarle consuelo, enseñarle la verdad y ayudarlo.

16.2 Saulo (que más tarde se convirtió en Pablo), bajo la autoridad del sumo sacerdote recorría la tierra buscando y persiguiendo a los cristianos. Estaba convencido de que hacía lo correcto (Act_9:1-2; Act_26:9-11).

16.5 A pesar de que los discípulos le preguntaron a Jesús acerca de su muerte (13.36; 14.5), nunca cuestionaron su significado. Mayormente se preocupaban por ellos mismos. Si Jesús se iba, ¿qué pasaría con ellos?

16.7 Si Jesús no hubiese llevado a cabo la misión que vino a cumplir, no habría existido el evangelio. Si no hubiese muerto, no podría haber limpiado nuestros pecados; no podría haber resucitado ni derrotado a la muerte. Si no hubiese vuelto al Padre, el Espíritu Santo no habría podido venir. La presencia de Cristo sobre la tierra se limitaba a un solo sitio. Irse significaba que podría estar presente en todo el mundo mediante el Espíritu Santo.

16.8-11 Tres tareas importantes del Espíritu Santo son: (1) convencer al mundo de pecado y llamar al arrepentimiento, (2) revelar la norma de justicia de Dios a todo aquel que cree, porque Cristo ya no estaría físicamente presente en la tierra, y (3) demostrar el juicio de Cristo sobre Satanás.

16.9 Según lo que dice Jesús, no creer en El es pecado.

16.10, 11 La muerte de Cristo en la cruz puso a nuestra disposición una relación personal con Dios. Cuando confesamos nuestro pecado, Dios nos declara justos y nos libera del castigo de nuestros pecados.

16.13 La verdad a la que nos guía el Espíritu Santo es la verdad acerca de Cristo. El Espíritu también nos ayuda mediante paciente práctica a discernir entre el bien y el mal.

16.13 Jesús dijo que el Espíritu Santo les diría «las cosas que habrán de venir»: la naturaleza de su misión, la oposición a la que se enfrentarían y el resultado final de sus esfuerzos. No entendieron por completo estas promesas hasta que el Espíritu Santo vino después de la muerte y resurrección de Jesús. Entonces el Espíritu Santo reveló verdades a los discípulos que ellos escribieron en los libros que ahora forman el Nuevo Testamento.

16.16 Jesús se refería a su muerte, para la cual solo faltaban unas horas, y a su resurrección tres días después.

16.20 ¡Qué contraste entre los discípulos y el mundo! El mundo se regocijaba mientras los discípulos lloraban, pero los discípulos lo volverían a ver (en tres días) y se regocijarían. Los valores del mundo a menudo se oponen a los valores de Dios. Esto puede hacer que los cristianos tengan la sensación de estar fuera de ambiente. Pero aun cuando la vida sea difícil ahora, un día nos regocijaremos. ¡Mantenga la vista puesta en el futuro y en las promesas de Dios!

16.23-27 Jesús habla de una nueva relación entre el creyente y Dios. Antes, la gente se acercaba a Dios a través de los sacerdotes. Después de la resurrección de Cristo, cualquier creyente podía acercarse a Dios directamente. Ha nacido un nuevo día y ahora todos los creyentes son sacerdotes, hablan con Dios personal y directamente (véase Heb_10:19-23). Nos acercamos a Dios, no por mérito propio, sino porque Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, nos ha hecho aceptos a Dios.

16.30 Los discípulos creyeron las palabras de Jesús porque estaban convencidos de que El lo sabía todo. Pero lo que creían solo era un primer paso hacia la gran fe que recibirían cuando el Espíritu Santo viniese a vivir en ellos.

16.31-33 En nuestra condición de cristianos, debiéramos saber que continuará la tensión con el mundo incrédulo que no se conforma a Cristo, ni a su evangelio ni a su pueblo. Al mismo tiempo, podemos tener la expectativa de que nuestra relación con Cristo produzca paz y consuelo porque nos conformamos a El.

16.32 Los discípulos se dispersaron después del arresto de Jesús (véase Mar_14:50).

16.33 Esa noche, Jesús resumió todo lo que les había dicho, enlazando temas de 14.27-29; 16.1-4; y 16.9-11. Con estas palabras les dijo a sus discípulos que cobrasen ánimo. A pesar de las luchas inevitables que deberían enfrentar, no estarían solos. Jesús tampoco nos abandona a nuestras luchas. Si recordamos que la victoria final ya se ha logrado, podemos apropiarnos de la paz de Cristo en los tiempos más difíciles.

Juan 16:1-7

En los versículos con los cuales empieza el capítulo diez y seis hay tres puntos que merecen señalada atención.

Percibimos, en primer lugar, que nuestro Señor pronunció una profecía singular, según la cual sus discípulos serían arrojados de la iglesia judaica y perseguidos aun hasta la muerte.

¡Cuan extraño parece eso a primera vista! La excomunión, el martirio y la muerte–he aquí la herencia que, de acuerdo con la predicción del Maestro, recibirían los discípulos. Lejos de acoger su predicación con gratitud, el mundo los aborrecería, los trataría con desprecio y les daría la muerte. Y, lo que aun era peor, sus perseguidores obrarían con la convicción de que hacían bien en perseguir, e irrogarían los más crueles ultrajes en el nombre de la religión.

¡Cuan cierta ha resultado ser esa predicción! Como muchas otras profecías contenidas en las Sagradas Escrituras se ha cumplido al pié de la letra. En los Actos de los Apóstoles se nos refiere cómo persiguieron los Judíos a los primeros cristianos; las páginas de la historia registran los crímenes atroces que han sido cometidos por la inquisición papal; y en los anales de Inglaterra se nos dice cómo los nobles reformadores fueron entregados a las llamas, a causa de su religión, por hombres que pretendían estar animados de un puro celo por el verdadero Cristianismo.

No debemos sorprendernos de saber que aun en nuestros días se persigue a los verdaderos cristianos. La naturaleza humana nunca cambia. La religiosidad no agrada a la multitud. La persecución que aun al presente tienen que sufrir los creyentes, es mucho mayor de lo que el mundo indiferente se imagina. Esa persecución solo es conocida de los que tienen que experimentarla, ya en la escuela, ya en el colegio, ya en el cuartel, la oficina o la .cubierta de un buque. «Y aun todos los que quieren vivir piamente en Cristo, padecerán persecución.»2Ti_3:12.

Que un hombre manifieste entusiasmo en materias religiosas no prueba de una manera concluyente que sea verdadero cristiano. No todo celo es bueno: hay uno que no se hermana con la prudencia. No hay personas que causen tantos daños como los entusiastas ignorantes y sin tino. El entusiasmo que no fuere dirigido por el Espíritu de Dios, puede descarriar a un hombre hasta tal punto que, como Saulo, persiga a Jesucristo mismo. Algunos fanáticos se imaginan que están sirviendo a Dios cuando en realidad están atacando la verdad que de él ha descendido, y están hollando a su pueblo bajo sus plantas impías.

Pidamos a Dios les conceda conocimientos a la par que celo.

En segundo lugar, nuestro Señor explicó por qué razón pronunció la profecía arriba citada. «Estas cosas os he hablado,»dijo, ‹para que no seáis ofendidos..

Bien sabia nuestro Señor que nada hay tan perjudicial al bienestar del hombre como alimentar falsas esperanzas. Por lo tanto previno a sus discípulos relativamente a lo que se les esperaba en el cumplimiento de su misión. El camino que tenían delante era escabroso, y el viaje no seria tranquilo. Tendrían que empeñarse en luchas y conflictos, que recibir heridas y sufrir oposición, persecución y aún la muerte misma. Como sabio caudillo, no ocultó a sus soldados que especie de campaña era en la que iban a entrar. Con fidelidad y animado por el amor, les reveló el porvenir, para que, cuando se llegara la hora de la prueba, se acordaran de sus palabras y no decayesen de ánimo. En una palabra, les dio prudentemente a entender que solo pueden ceñirse la corona aquellos que antes han cargado con la cruz.

Uno de les primeros deberes que importa siempre recomendar al creyente, es el de tomar en consideración las consecuencias que su nueva vida pueda acarrearle. Ningún bien se hace a los neófitos con darles una idea inexacta de sus obligaciones y ocultarles la verdad de que es preciso pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. Haciendo predicciones halagüeñas y prometiendo paz es fácil engrosar de soldados las filas de Jesucristo. Mas esos soldados son precisamente los que flaquean a la hora de la tribulación y vuelven la espalda en el día del combate. Mal avisado se encuentra el cristiano que no está pronto a sobrellevar penalidades y persecuciones. Mucha ignorancia manifiesta el que espera atravesar el proceloso mar del mundo y llegar al cielo con viento y marea constantemente favorables. Al hombre no es dado descifrar con exactitud el porvenir.

Finalmente, nuestro Señor manifestó la razón por la cual era ventajoso para sus discípulos que El se separara. «Si yo no fuese,» dijo, «el Consolador no vendría a vosotros..

Es natural suponer que nuestro Señor percibiese la angustia que experimentaron los apóstoles al saber que iba a partir. Aunque en esa ocasión, como en otras muchas, no entendieron del todo lo que él les dijo, es evidente que tenían una idea vaga do que su divino Maestro los iba a dejar solos, como huérfanos, en medio de un mundo frió y hostil. De pensarlo apenas sus corazones palpitaban de pesar y sobresalto. Sin embargo, nuestro Señor en su benignidad los alentó con palabras de una significación profunda y misteriosa. Les dijo que su separación, por penosa que pareciese, no era un mal sino un bien; que su ausencia en el cuerpo seria más útil que su presencia.

Á primera vista parece difícil comprender cómo podría redundar en bien de los discípulos que Jesús se separase de ellos. Más basta meditar sobre el asunto un momento para convencernos de que las palabras de que nos ocupamos, como todas las que salieron de los labios de nuestro Señor, fueron dictadas por la sabiduría y estaban basadas en la verdad y la equidad. Por lo menos, las siguientes observaciones merecen atenta consideración.

Si Jesucristo no hubiera muerto, resucitado y ascendido a los cielos, es claro que el Espíritu Santo no habría descendido con especial poder el día de Pentecostés a derramar su luz sobre la iglesia; pues, aunque para nosotros esto es un arcano, según el consejo eterno de la Divinidad había cierta relación entre la ascensión de Jesucristo y la efusión del Espíritu. Si Jesucristo hubiera permanecido corporalmente con sus discípulos, no habría podido estar al mismo tiempo en más de un lugar; en tanto que el Espíritu que él iba a enviar llenaría todo lugar en el cual Los creyentes estuviesen congregados en su nombre.

Si Jesucristo no hubiera ascendido al cielo, no habría llegado a ser el Sumo Sacerdote de su pueblo de una manera tan completa y tan perfecta como lo fue después de la ascensión. Allá en las alturas se presentó como nuestro abogado en su cuerpo glorificado, y Se sentó a la diestra del Padre.

Finalmente, si el Hombre-Dios hubiera estado siempre con sus discípulos, estos no habrían tenido que poner la fe y la esperanza en tanto ejercicio como cuando El se fue; y habrían tenido menos oportunidad de glorificar a Dios y de dar a conocer al mundo su poder.

Además de todo esto, la historia demuestra que el día de Pentecostés, después de que nuestro Señor se hubo ido, los discípulos experimentaron en su religión una transformación prodigiosa. Sus conocimientos, su fe, su esperanza, su celo, su valor fueron más que duplicados; y trabajaron con más ahínco por su causa durante la noticia de Jesucristo que durante su presencia. San Pablo un: «Y si aun a Cristo conocimos según la carne, ahora empero no lo conocemos más.» ¿Qué mejor prueba necesitamos de que si era ventajoso para ellos que su Maestro se fuese? Lo que todos debemos anhelar, pues, no es ver o tocar el cuerpo material de Jesucristo, sino recibir en nuestros corazones la luz de su divino Espíritu.

Juan 16:1-8

Con estos versículos empieza uno de los capítulos más admirables de la Biblia–un capítulo que contiene la larga oración que nuestro Señor Jesucristo dirigió a su Padre celestial. Es admirable por lo que presenta un ejemplo de la comunión entre el Hijo y el Padre cuando Aquel estuvo en la tierra, y de la intercesión que el Hijo hace continuamente por nosotros. Más no es menos admirable, por cuanto nos enseña qué es lo que los creyentes han de pedir en la oración. a los miembros de la iglesia universal les incumbe implorar para sí lo que Jesucristo ha pedido para ellos. Razón tenía un antiguo teólogo cuando dijo que el más célebre sermón que jamas se haya predicado fue seguido por la mejor oración que jamas se haya hecho.

Superfluo seria decir que el capítulo que tenemos a la vista contiene muchas verdades profundas. No podria ser de otro modo. Quienquiera que lea las palabras que una persona de la Trinidad dirige a otra, como el Hijo al Padre, tiene que resignarse a leer mucho que no puede del todo comprender. Limitaremos nuestra atención a esas verdades que se destacan, por decirlo así, con toda claridad.

Es de notarse, primeramente, qué relación tan gloriosa contienen eslos versículos del oficio y dignidad de nuestro Señor Jesucristo. Se nos dice que el Padre le ha dado poder sobre toda carne para que dé vida eterna. Las llaves del cielo están en sus manos. La salvación de toda alma humana está en su poder. También dice la oración que es vida conocer al único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien él ha enviado. Un mero conocimiento de Dios no es suficiente, y no salva a nadie. Es preciso que conozcamos al Hijo juntamente con el Padre. Dios revelado a nuestra mente sin Jesucristo, es un Ser a quien solo podemos temer y a quien no nos es dado acercarnos. Dios en Cristo, reconciliando consigo al mundo, es el único Ser que puede darnos vida y paz. En seguida dice Jesús en la oración que ha acabado la obra que el Padre le había encomendado. Sí ha acabado la obra de la redención y ha obtenido completa justicia para su pueblo. Muy distinto del primer Adán, que dejó de cumplir la voluntad de Dios y trajo pecado al mundo, el segundo Adán ha hecho todo, no ha dejado sin ejecutar nada de lo que vino a hacer. Dice, ademas, Jesús, que poseia gloria con el Padre antes de que el mundo fuese. A diferencia de Moisés y de David, existió desde toda eternidad; y participó del esplendor del Padre antes de que se hiciese carne y de que naciese de la Virgen María.

Demos constantemente gracias a la Providencia de que el cristiano no tiene que fincar sus esperanzas en un ser mutable, perecedero, finito, sino en el divino y eterno Salvador. Aquel a quien se nos manda acudir para obtener perdón y sosiego es Dios y hombre. Para los que realmente se interesan por el bien de sus almas esa idea es muy consoladora, pues saben que ningún Salvador humano podria satisfacer las necesidades del pecador.

Es de notarse, también, los benignos términos en que nuestro Señor aludió a sus discípulos. «Guardaron tu palabra–han ya conocido que todas las cosas que me diste son de tí–han conocido verdaderamente que salí de tí — han creído que Tú me enviaste..

Si consideramos el carácter de los hombres a quienes se refirieron estas palabras, no podrán menos de parecemos maravillosas. ¡Cuan débil era su fe! ¡Cuan limitados sus conocimientos! ¡Cuan pequeño su ánimo en la hora del peligro! Solamente unos pocos momentos después de que Jesús pronunció esas palabras todos le abandonaron y huyeron, y uno de ellos lo negó tres veces bajo juramento. En una palabra, ninguno que lea los cuatro Evangelios con atención dejará de percibir que ningún maestro tuvo jamas discípulos tan frágiles como los que tuvo Jesús. Y sin embargo, de esos mismos discípulos fue que él habló con tanta bondad.

Es evidente que Jesús descubre en los creyentes mayores cualidades que las que ellos advierten en sí mismos, o que las que los demás les reconocen. La más mínima fe es valiosa a sus ojos. Aunque no sea más grande que un grano de mostaza es sin embargo una semilla celestial, una semilla que hace distinguir al cristiano del hombre del mundo. Cuando el Salvador percibe que alguno tiene fe en él, por débil que sea, le tiene compasión y le disimula muchos defectos y flaquezas. Eso fue lo que aconteció con los apóstoles. Cierto es que eran frágiles como el vidrio y movedizos como la arena, mas creyeron en su Maestro y lo amaron en tanto que era despreciado y escarnecido por la multitud. Y la circunstancia de haber dicho él que la copa de agua dada en nombre de un discípulo no dejarla de obtener su galardón, manifiesta claramente que jamas se arrojó al olvido la constancia de esos discípulos.

Aun el más recto y piadoso de los creyentes tiene por fuerza que percibir en sí mismo muchos defectos y flaquezas, y que avergonzarse de lo poco que avanza en el campo do la religión. Más ¿siquiera creemos en Jesús? ¿Nos acogemos a él y le confesamos nuestras culpas? ¿Podemos decir con toda sinceridad lo que Pedro dijo más tarde: «Señor, tú sales todas las cosas–tú sabes que te amo» Si así fuere, consolémonos con las palabras que quedan citadas, y no dejemos que nuestro ánimo desmaye.

Estos versículos forman una digna conclusión de la más admirable plegaria que jamás haya sido ofrecida en la tierra. Prescindiendo de todo lo ciernas que contienen ceñiremos nuestra atención a las tres importantísimas peticiones que nuestro Señor hizo a favor de sus discípulos.

1. Que su pueblo fuera santificado. «Santifícalos por tu verdad; tu palabra es la verdad..

Es esta una petición a fin de que el Padre hiciera a los creyentes más santos, más espirituales, más puros en pensamiento, palabra y obra, en carácter y conducta. La gracia divina había ya ejercido algún influjo en el ánimo de los discípulos–los había llamado a abrazar el Evangelio, y los había convertido y renovado. El Jefe de la iglesia pidió que esa obra continuase, y que su pueblo fuera santificado de una manera más completa en cuerpo y en espíritu para que se asemejase más a él mismo.

Mayor santidad es precisamente lo que cada siervo de Jesucristo debe anhelar. La santidad de vida de parte del creyente es la mejor prueba do que el Cristianismo es la religión verdadera. Los hombres del mundo podrán muchas veces negarse a percibir la validez do nuestros argumentos, mas no pueden cerrar los ojos a la evidencia que ofrece una vida santa. Además, el vivir santamente prepara a los cristianos para el cielo. Cuanto más cerca estemos de Dios mientras vivamos, tanto más prontos estaremos para habitar en su presencia cuando muramos. Es por la gracia divina y no por nuestras obras que seremos recibidos en la gloria; pero el cielo mismo no seria para nosotros un lugar de bienaventuranza si entráramos en él sin haber sido santificados. Para que podamos gozar de la felicidad de esa eterna morada es preciso que nuestros corazones estén en armonía con la inefable pureza que allí reina. Para entrar en el cielo necesitamos, además de ciertos títulos, idoneidad para participar en sus goces. Solamente la sangre de Cristo puede darnos título alguno. La santificación debe hacernos idóneos.

En vista de estas verdades, ¿quién puede sorprenderse do que lo primero que Jesús pidiera por su pueblo fuera mayor santidad? ¿Quién que haya sido realmente iluminado por el Espíritu cío Dios, puede ignorar que ser santo es ser feliz, y que los que más se acercan a Dios hallan mayor placer en obedecerle y servirle? Que nadie nos engañe sobre este asunto con vanas palabras. El que, bajo pretexto de manifestar su veneración por la doctrina de la justificación por medio de la fe, desdeña la santidad y descuida las buenas obras, manifiesta claramente que no tiene el espíritu del Salvador.

2a petición. Que su pueblo viviera en unión, formando una unidad. «Para que todos ellos sean uno,» etc.

No puede exigirse mayor prueba de la importancia de la concordia entre los cristianos, y de lo pernicioso de la desunión, que la gran prominencia que nuestro Señor dio al asunto en el pasaje de que nos ocupamos. Cuan doloroso y cuan cierto no es que en todos los siglos las disensiones han sido el escándalo de la religión y el pecado de la iglesia de Jesucristo. ¡Cuántas veces no han gastado sus fuerzas los cristianos en contender contra sus hermanos, en vez de emplearlas en luchar contra el demonio! Cuántas veces no han dado motivo para que el mundo diga: «Cuando vosotros hayáis arreglado vuestras disputas entonces creeré.» Nuestro Señor sin duda previo todo esto con el ojo perspicaz del profeta, y por esa razón oró que los creyentes estuvieran siempre unidos.

3a petición. Que su pueblo estuviera al fin con él y contemplara Su gloria. «Aquellos que me has dado,» dijo, «quiero que donde yo estoy ellos estén también conmigo..

Bellas y conmovedoras son, a la verdad, estas palabras. No hay duda que tuvieron por objeto consolar y reanimar a los apóstoles, y darles fuerzas para la triste separación que rápidamente se acercaba. Mas también están llenas de un indecible consuelo aun para los que en estos remotos tiempos las leen.

Ahora no podemos ver a Jesucristo. Leemos y oímos hablar acerca de él, creemos en él y ciframos nuestras esperanzas de salvación en la obra redentora que efectuó; mas aun los cristianos más santos con en su camino guiados por la fe, no por lo que ven con sus propios ojos; y corno esa fe es débil, resulta que sus pasos son, a menudo, vacilantes y pausados. Mas esa situación llegará a su término algún día. Al fin hemos de ver a Jesucristo tal como es y de conocerle como nosotros hemos sido conocidos. Si el creer ha sido tan agradable, mucho más lo será el ver; y si la esperanza ha sido dulce, mucho más lo será la realidad. Por eso San Pablo, después de haber dicho que siempre estaremos con el Señor, agrega: «Consolaos los unos a los otros en estas palabras.» 1 Tes. 4:17, 18.

Al presente sabemos muy poco acerca del cielo. Nuestro entendimiento se abisma cuando procuramos formarnos una idea de ese estado futuro en que los pecadores absueltos serán completamente felices. «Aún no es manifestado lo que hemos de ser.» 1Jo_3:2. Mas debemos tranquilizarnos con saber que después de la muerte estaremos con Jesucristo, ya sea en el paraíso, antes de la resurrección, o en la gloria final, después de ese acontecimiento. Y donde esté ese Ser que nació, murió y resucitó por nosotros, nada nos puede faltar. Con razón dijo David: «Hartura de alegrías hay en tu rostro: deleites en tu diestra para siempre.» Psa_16:11.

Juan 16:8-15

Es preciso guardarnos de no dar una inteligencia errada a las palabras que nuestro Señor dijo respecto de la venida del Espíritu Santo. Por una parte, es menester que recordemos que el Espíritu Santo estuvo desde el principio con los creyentes de la época del Antiguo Testamento. Jamas hombre alguno fue convertido y librado de las consecuencias del pecado sino por medio del poder renovador del Espíritu Santo. Abraham, Isaac, Samuel, David y los profetas fueron elevados por el influjo de ese mismo Espíritu. Mas, por otra parte, es preciso no olvidar que después de la ascensión de Jesucristo el Espíritu Santo descendió sobre los hombres como individuos y sobre los pueblos como naciones con mayor poder de lo que había descendido anteriormente. a esta última circunstancia fue que se refirió nuestro Señor en los versículos arriba citados. El quiso decir que después de su ascensión el Espíritu Santo vendría al mundo con un poder tanto mayor que antes, que iba a parecer como si hubiera venido por primera vez y no hubiera estado antes en el mundo.

No puede negarse que es muy difícil explicar acertadamente las maravillosas palabras de nuestro Señor que este pasaje contiene. Es bien dudoso si el entendimiento humano ha alcanzado jamas a abarcar su significado, y si no hay en el fondo algún pensamiento que todavía no ha sido descubierto. La explicación, que comúnmente se da, de que nuestro Señor solo quiso decir que la parte que el Espíritu tomaba en la salvación de los creyentes era convencerlos de su propio pecado, de la justicia de Jesucristo y de la certeza del juicio–esa explicación, decimos, es superficial y no puede satisfacer a los buenos pensadores. La doctrina que entraña es, sin duda, sana y corriente, pero no expresa debidamente el significado de las palabras del Señor. Contiene una verdad, pero no la verdad del texto. No dijo que el Espíritu había de convencer a tal o cual individuo, sino al mundo. Veamos si no se puede encontrar una interpretación más amplia y más satisfacía.

En primer lugar, nuestro Señor probablemente quiso manifestarles lo que el Espíritu Santo haría con los judíos incrédulos. Los convencería «de pecado, y de justicia, y de juicio..

Los convencería «de pecado.» Los obligaría a reconocer y confesar que al rechazar a Jesús Nazareno habían cometido un gran pecado, y se habían hecho culpables de una incredulidad atroz.

Los convencería de justicia. Les haría sentir la convicción de que Jesús Nazareno no era un impostor y un engañador, como ellos habían dicho, sino un Ser santo, justo e inocente, a quien Dios había reconocido como tal recibiéndolo allá en los cielos.

Los convencería de juicio. Les haría reconocer que el Profeta de Nazaret había vencido y juzgado a Satanás y a su legión innumerable, y que había sido exaltado a la diestra de Dios como Príncipe y como Salvador.

Que realmente el Espíritu Santo convenció así a los judíos después del día de Pentecostés, puede verse en los Actos de los Apóstoles. Fue él quien dio a los humildes pescadores de Galilea tanto poder y tanta unción para anunciar el Evangelio, que sus adversarios tuvieron que guardar silencio. No pocos de la nación judaica fueron convertidos, como San Pablo, y gran número de sacerdotes profesaron su fe en el Salvador. No hay duda de que muchísimos más experimentaron una convicción mental, aunque no tuvieron el valor suficiente para dar a conocer sus sentimientos y para tomar sobre sí la cruz de la persecución y del sufrimiento. Si se examina la parte final de los Actos de los Apóstoles se percibirá que los Judíos ya no abrigaban para con el Cristianismo ese odio y ese desprecio que se nos describen al principio del mismo libro. Tal cambio no pudo ser otra cosa que el resultado do la convicción. Es, pues, bien seguro que eso fue a lo que nuestro Señor quiso referirse cuando dijo que el Espíritu Santo reprendería y convencería.

En segundo lugar, nuestro Señor probablemente quiso predecir lo que el Espíritu Santo haría por toda la humanidad, por los gentiles, así como por los judíos.

Improbaría en todos los ámbitos del mundo las opiniones en boga acerca del pecado, de la justicia, del juicio, y les inculcaría a los hombres ideas mucho más elevadas sobre estos puntos. Les haría percibir con más claridad la verdadera naturaleza del pecado, lo necesario de la justicia y lo infalible del juicio. En una palabra, gradualmente vendría a ser un Abogado de la justicia divina por todo el mundo, y establecerla un código de moral, de pureza y de ciencia tales cuales los hombres no habían alcanzado jamás a concebir.

La historia prueba que todo esto se verificó así después del día de Pentecostés. Los humildes e iliteratos judíos que, guiados e iluminados por él, fueron por todas partes a predicar el Evangelio, después de la ascensión de nuestro Señor, revolucionaron el mundo, trasformando los hábitos, inclinaciones y prácticas de todos los pueblos civilizados. El poder del demonio fue reprimido de una manera decisiva. Aun los infieles no se atreven a negar que las doctrinas del Cristianismo produjeron un influjo maravilloso en las costumbres y opiniones que prevalecían en aquellos remotos siglos, y que los predicadores no tenían prendas o dotes especiales que explicasen ese influjo por los trámites naturales. a la verdad, el mundo había sido «redargüido y convencido,» a despecho de sí mismo; y aun los que no abrazaron la fe mejoraron de vida.

Finalmente, tengamos presente una promesa consoladora que dicho pasaje contiene. «El Espíritu de verdad,»dijo nuestro Señor a sus débiles e ignorantes discípulos, «os guiará a toda verdad.» Esa promesa fue hecha a nosotros así como a ellos. Todo lo que nos sea necesario saber para obtener la paz y la santificación, el Espíritu Santo tiene voluntad de enseñárnoslo. Por supuesto que en la promesa citada no están incluidas las verdades científicas y filosóficas.

Pero el Espíritu se digna guiarnos a toda verdad espiritual que pueda sernos provechosa y que nuestro débil entendimiento alcance a comprender. Por lo tanto, cuando leamos la Biblia, no olvidemos implorar el auxilio del Espíritu Santo. Si no lo hiciéremos, no debemos sorprendernos si la Palabra que inspiró nos pareciere difícil de entender.

Juan 16:8-15

Es preciso guardarnos de no dar una inteligencia errada a las palabras que nuestro Señor dijo respecto de la venida del Espíritu Santo. Por una parte, es menester que recordemos que el Espíritu Santo estuvo desde el principio con los creyentes de la época del Antiguo Testamento. Jamas hombre alguno fue convertido y librado de las consecuencias del pecado sino por medio del poder renovador del Espíritu Santo. Abraham, Isaac, Samuel, David y los profetas fueron elevados por el influjo de ese mismo Espíritu. Mas, por otra parte, es preciso no olvidar que después de la ascensión de Jesucristo el Espíritu Santo descendió sobre los hombres como individuos y sobre los pueblos como naciones con mayor poder de lo que había descendido anteriormente. a esta última circunstancia fue que se refirió nuestro Señor en los versículos arriba citados. El quiso decir que después de su ascensión el Espíritu Santo vendría al mundo con un poder tanto mayor que antes, que iba a parecer como si hubiera venido por primera vez y no hubiera estado antes en el mundo.

No puede negarse que es muy difícil explicar acertadamente las maravillosas palabras de nuestro Señor que este pasaje contiene. Es bien dudoso si el entendimiento humano ha alcanzado jamas a abarcar su significado, y si no hay en el fondo algún pensamiento que todavía no ha sido descubierto. La explicación, que comúnmente se da, de que nuestro Señor solo quiso decir que la parte que el Espíritu tomaba en la salvación de los creyentes era convencerlos de su propio pecado, de la justicia de Jesucristo y de la certeza del juicio–esa explicación, decimos, es superficial y no puede satisfacer a los buenos pensadores. La doctrina que entraña es, sin duda, sana y corriente, pero no expresa debidamente el significado de las palabras del Señor. Contiene una verdad, pero no la verdad del texto. No dijo que el Espíritu había de convencer a tal o cual individuo, sino al mundo. Veamos si no se puede encontrar una interpretación más amplia y más satisfacía.

En primer lugar, nuestro Señor probablemente quiso manifestarles lo que el Espíritu Santo haría con los judíos incrédulos. Los convencería «de pecado, y de justicia, y de juicio..

Los convencería «de pecado.» Los obligaría a reconocer y confesar que al rechazar a Jesús Nazareno habían cometido un gran pecado, y se habían hecho culpables de una incredulidad atroz.

Los convencería de justicia. Les haría sentir la convicción de que Jesús Nazareno no era un impostor y un engañador, como ellos habían dicho, sino un Ser santo, justo e inocente, a quien Dios había reconocido como tal recibiéndolo allá en los cielos.

Los convencería de juicio. Les haría reconocer que el Profeta de Nazaret había vencido y juzgado a Satanás y a su legión innumerable, y que había sido exaltado a la diestra de Dios como Príncipe y como Salvador.

Que realmente el Espíritu Santo convenció así a los judíos después del día de Pentecostés, puede verse en los Actos de los Apóstoles. Fue él quien dio a los humildes pescadores de Galilea tanto poder y tanta unción para anunciar el Evangelio, que sus adversarios tuvieron que guardar silencio. No pocos de la nación judaica fueron convertidos, como San Pablo, y gran número de sacerdotes profesaron su fe en el Salvador. No hay duda de que muchísimos más experimentaron una convicción mental, aunque no tuvieron el valor suficiente para dar a conocer sus sentimientos y para tomar sobre sí la cruz de la persecución y del sufrimiento. Si se examina la parte final de los Actos de los Apóstoles se percibirá que los Judíos ya no abrigaban para con el Cristianismo ese odio y ese desprecio que se nos describen al principio del mismo libro. Tal cambio no pudo ser otra cosa que el resultado do la convicción. Es, pues, bien seguro que eso fue a lo que nuestro Señor quiso referirse cuando dijo que el Espíritu Santo reprendería y convencería.

En segundo lugar, nuestro Señor probablemente quiso predecir lo que el Espíritu Santo haría por toda la humanidad, por los gentiles, así como por los judíos.

Improbaría en todos los ámbitos del mundo las opiniones en boga acerca del pecado, de la justicia, del juicio, y les inculcaría a los hombres ideas mucho más elevadas sobre estos puntos. Les haría percibir con más claridad la verdadera naturaleza del pecado, lo necesario de la justicia y lo infalible del juicio. En una palabra, gradualmente vendría a ser un Abogado de la justicia divina por todo el mundo, y establecerla un código de moral, de pureza y de ciencia tales cuales los hombres no habían alcanzado jamás a concebir.

La historia prueba que todo esto se verificó así después del día de Pentecostés. Los humildes e iliteratos judíos que, guiados e iluminados por él, fueron por todas partes a predicar el Evangelio, después de la ascensión de nuestro Señor, revolucionaron el mundo, trasformando los hábitos, inclinaciones y prácticas de todos los pueblos civilizados. El poder del demonio fue reprimido de una manera decisiva. Aun los infieles no se atreven a negar que las doctrinas del Cristianismo produjeron un influjo maravilloso en las costumbres y opiniones que prevalecían en aquellos remotos siglos, y que los predicadores no tenían prendas o dotes especiales que explicasen ese influjo por los trámites naturales. a la verdad, el mundo había sido «redargüido y convencido,» a despecho de sí mismo; y aun los que no abrazaron la fe mejoraron de vida.

Finalmente, tengamos presente una promesa consoladora que dicho pasaje contiene. «El Espíritu de verdad,»dijo nuestro Señor a sus débiles e ignorantes discípulos, «os guiará a toda verdad.» Esa promesa fue hecha a nosotros así como a ellos. Todo lo que nos sea necesario saber para obtener la paz y la santificación, el Espíritu Santo tiene voluntad de enseñárnoslo. Por supuesto que en la promesa citada no están incluidas las verdades científicas y filosóficas.

Pero el Espíritu se digna guiarnos a toda verdad espiritual que pueda sernos provechosa y que nuestro débil entendimiento alcance a comprender. Por lo tanto, cuando leamos la Biblia, no olvidemos implorar el auxilio del Espíritu Santo. Si no lo hiciéremos, no debemos sorprendernos si la Palabra que inspiró nos pareciere difícil de entender.

Juan 16:16-24

Los discípulos no siempre entendieron las palabras de Jesucristo. Esto nos lo enseña el pasaje que empezamos a examinar. «¿Qué es esto?» decían. «No sabemos lo que dice.» Jamás persona alguna habló con más claridad que Jesús, y ningunos estaban tan acostumbrados como los apóstoles a su método de enseñar. Y, sin embargo, ni aun ellos comprendieron siempre el sentido de sus dichos y sentencias. Nosotros, por lo tanto, no debemos sorprendernos, si tampoco podemos a veces comprenderlos. Los pensamientos que algunos de ellos expresan son tan profundos que nuestro entendimiento no alcanza a sondearlos. Mas, por otra parte, damos gracias a Dios porque hay muchos que ninguna persona sincera puede dejar de comprender. Hagamos diligente uso de los conocimientos que poseemos, no dudando que al que tiene le será dado más.

En estos versículos se nos enseña que la época en que Jesucristo esté ausente de la tierra será de tristeza para los creyentes y de gozo para el mundo. «Vosotros llorareis y lamentareis, el mundo empero se alegrará..

La ausencia de Jesucristo necesariamente causa pesar a todo verdadero creyente. Tener fe no es percibir externamente; esperar no es poseer certidumbre; leer y oír no es lo mismo que hablar cara a cara. Aun los hombres más eminentes por su justicia y su lealtad sentirán un vacío en el corazón siempre que Jesucristo esté en el cielo y ellos estén en la tierra. En tanto que estén revestidos de un cuerpo corruptible, y solo alcancen a vislumbrar la verdad; en tanto que contemplen a toda la creación gimiendo bajo el del pecado, porque todas las cosas no hayan sido puestas todavía bajo el poder de Jesucristo–en tanto que eso suceda, su dicha y su tranquilidad tendrán que ser incompletas. Esto fue lo que San Pablo quiso decir cuando dijo: «También nosotros aunque tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de notros mismos, esperando la adopción, es a saber, la redención de nuestro cuerpo.» Rom_8:23.

Empero, esa misma ausencia de Jesucristo no es causa de tristeza para los hijos de este mundo. Por de contado no lo fue a los judíos quienes se regocijaron y alegraron cuando Jesucristo fue condenado y crucificado, pensando que habían impuesto silencio para siempre a los labios, odiosos para ellos, que les reprochaban sus pecados. También podemos estar ciertos de que no lo es para los hombres indiferentes y malos de la época presente. Cuanto más tiempo esté Jesucristo ausente de este inundo, tanto más contentos estarán. No queriendo que Jesucristo reine en medio de ellos, su ausencia no les causa pesar. Sin él gozan por completo de lo que ellos apellidan felicidad. ¡Cuan terrible será el despertar de mañana! En estos versículos so nos enseña, en seguida, que la vuelta de Jesucristo será causa do un gozo sin límites para todos los verdaderos creyentes. «Otra vez os veré, y se gozará vuestro corazón,» etc.

Es preciso guardarnos de no circunscribir la alusión de estas palabras a la resurrección del Señor. Se refieren a una época mucho más remota que la de ese acontecimiento. El júbilo que los discípulos experimentaron cuando contemplaron al Salvador resucitado, se convirtió bien pronto en pesar al verlo ascender a los cielos. El verdadero gozo, el gozo perfecto, el gozo que nadie podrá arrebatar es el que experimentarán los creyentes cuando Jesús venga otra vez, al fin del mundo. «Hartarme he cuando despertaré a tu semejanza.» Psa_17:15.

En estos versículos se nos enseña que corresponde a los creyentes orar con fervor en tanto que Jesucristo esté ausente. «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre: pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido..

Es bien de creerse que hasta aquel entonces los discípulos no habían percibido debidamente la majestad de su Maestro. Por lo menos no habían comprendido todavía que él era el Mediador entre Dios y los hombres, por cuyo amor y en cuyo nombre debían ofrecer sus oraciones. En la ocasión de que nos ocupamos se les dijo que pidieran en su nombre. Y no podemos dudar por un momento que nuestro Señor quiso que su pueblo, en todos los siglos, comprendiese que el medio de obtener consuelo durante su ausencia es orar con perseverancia y con fervor; que aunque no podamos verlo corporalmente, sí podemos hablar con él y obtener su mediación para acercarnos al Padre. «Pedid, y recibiréis,» proclama a todas las generaciones de su pueblo, «para que vuestro gozo sea cumplido..

De toda la serie de deberes cristianos no hay ninguno para el cumplimiento del cual se ofrezcan más incentivos que para el de la oración. Es ese un deber que incumbe a todos: a nobles y plebeyos, a ricos y pobres, a sabios e ignorantes. Y, lo que es aun más importante, su fiel cumplimiento depende del buen estado del corazón y de la pureza de los móviles. Acaso las frases sean débiles e inelegantes, y el lenguaje viole las reglas del bien decir de tal manera que no merezca ser trasladado al papel. Mas si el corazón estuviere bien para con Dios, lo demás importa poco.

«Si sabemos estas cosas, bienaventurados somos si las hiciéremos.» Acostumbrémonos a orar en el nombre de Jesús todas las mañanas y todas las noches de nuestras vidas. Si así lo hiciéremos, es seguro que obtendremos fuerza espiritual para el cumplimiento de nuestras obligaciones, y que recibiremos luz cuando estemos perplejos; esperanza, cuando estemos enfermos; sostén cuando nos hallemos en el lecho de muerte.

Juan 16:25-33

Este es uno de los pasajes más notables de la Sagrada Escritura, por dos razones. La primera, porque es una conclusión muy adecuada del discurso de despedida que hizo nuestro Señor: un sermón tan solemne como ese debía tener un fin solemne. La segunda, porque contiene la profesión de fe más general y unánime que hicieron los apóstoles: «Ahora entendemos que sabes todas las cosas, en esto creemos que has salido de Dios..

En este pasaje se nos enseña, en primer lugar, que un conocimiento claro de Dios Padre forma parte del fundamento de la religión cristiana. Nuestro Señor dijo a sus discípulos: «El tiempo viene cuando claramente os anunciaré de mi Padre.» Menester es notar que no dice: «Os anunciaré claramente a mí mismo.» Es al Padre a quien dice que anunciará.

Por lo general se sabe muy poco de los atributos y la naturaleza de Dios Padre. No es sin motivo que se han escrito estas palabras: «Ni al Padre conoció alguno sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo le quisiere revelar.» Mat_11:27. «El unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él nos le declaró.» Muchos hay que creen que conocen al Padre, porque pueden meditar en su poder, sabiduría, omnipresencia, eternidad. a pocos les es dado saber que es justo y justificador de los que creen en Jesús; que es el Dios que envió a su Hijo a sufrir y a morir; que es, en fin, el Dios que por medio del sacrificio ofrecido en el Calvario reconcilió consigo al mundo, y salvó la dignidad de su sacrosanta ley.

Pidamos, pues, en nuestras diarias oraciones, que se nos conceda un conocimiento mayor y más claro del verdadero Dios, y de Jesucristo, a quién él ha enviado. Guardémonos, por una parte, del error en que incurren algunos que hablan acerca de Dios como si Jesucristo no existiera; y, por otra, del error de los que hablan acerca de Jesucristo con prescindencia del Padre. Recordemos que hay tres personas en la Trinidad, y tributemos a cada una la gloria que le es debida. Poseámonos firmemente de la gran verdad, de que el Evangelio anunciado para nuestra salvación es el resultado del eterno consejo del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Para adquirir un conocimiento profundo de la naturaleza del Hijo es preciso acercarnos, por medio de él, más y más al Padre, sintiendo cada vez más confianza, y comprendiendo que Dios en Cristo no es ya un Juez airado, sino un Padre amoroso y un Protector.

En este pasaje se nos enseña, en segundo lugar, que nuestro Señor Jesucristo alaba la gracia, por pequeña que sea, y habla con bondad de los que la poseen.

Les dijo a los discípulos: «El mismo Padre os ama por cuanto vosotros me amasteis, y habéis creído que yo salí de Dios..

¡Cuán débiles eran la fe y el amor de los apóstoles! ¡Cuán pronto después se sumieron en un abismo de cobardía e incredulidad! Esos mismos hombres a quienes Jesús alabó por su fe, lo abandonaron y huyeron antes de que el sol apareciese otra vez en el oriente. Sin embargo, aunque débiles, ese amor y esa fe eran reales y verdaderos. Jamás esas virtudes tuvieron cabida en el pecho de centenares de ilustrados sacerdotes, escribas y fariseos y por eso murieron tristemente en el pecado.

Se nos enseña, en tercer lugar, que aún los cristianos más piadosos conocen muy poco su propio corazón. Los discípulos dijeron a viva voz: «Ahora hablas claramente… ahora entendemos… ahora sabemos.» ¡Valientes palabras! Sin embargo, los mismos hombres que las pronunciaron, fueron muy presto esparcidos como tímidas ovejas, y dejaron solo a su Maestro.

No hay razón para dudar que la protesta de los once fuera real y sincera, que manifestaran lo que verdaderamente sentían. Más no se conocían a sí mismos. No sabían que serían capaces de hacer cuando se vieran abrumados por una tentación fuerte y por el temor de los hombres. No se habían formado una idea adecuada de la fragilidad de la carne, del poder del demonio, de la debilidad de sus propias resoluciones, la flojedad de su fe. Les faltaba todavía aprender todo eso por medio de una penosa experiencia. Como los reclutas de su ejército, tenían todavía que aprender que una cosa es saber el ejercicio del soldado y llevar el uniforme, y otra muy distinta permanecer firme en el día de la contienda.

Desconfiar de sus propias aptitudes y practicar la humildad ­he aquí el medio de que debe valerse el hombre para obtener fuerza espiritual. «Cuando soy flaco,» dijo un cristiano eminente, «Entonces soy fuerte.» 2 Cor. 1.210. Tal vez ningún hombre puede siquiera adivinar hasta donde sería arrastrado por el pecado sin se le expusiera a una tentación muy fuerte. Feliz el que cuerda siempre estas importantes palabras. «Así que el que se piensa estar firme, mire no caiga.» Feliz el que, recordando la conducta de los discípulos de nuestro Señor, dice diariamente en sus oraciones: «Sostenme, y seré salvo..

Enséñasenos, por último, que Jesucristo es la verdadera fuente de la paz. Nuestro Señor casi al terminar su discurso dijo estas palabras tranquilizadoras: «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz.» Era que quería que todos los creyentes supieran que el objeto de su discurso de despedida era hacernos acercar más a él como a un manantial de consuelo. No afirmó que gozaríamos de sosiego en el mundo, ni prometió que estaríamos en esta vida libres de toda tribulación; mas mandó que nos consoláramos con la idea de que él ha librado la batalla y obtenido la victoria en nuestro lugar. Sus últimas palabras fueron: «Confiad, yo he vencido al mundo..

Recordemos esas palabras y tengamos buen ánimo. La tormenta del sufrimiento y de la persecución talvez nos amenace y líos rodee por todas partes, más conduzcámonos de manera que solo sirva para acercarnos más a Jesucristo. Los pesares, pérdidas, penalidades y desengaños de la vida nos abaten, sin duda, en demasía; mas también deben hacer crecer nuestra confianza en Jesucristo. Digamos a menudo a nuestra alma: « ¿ Por qué te abates y por qué te inquietas ?.

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