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Juan 16: Advertencia y desafío

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Por lo general se sabe muy poco de los atributos y la naturaleza de Dios Padre. No es sin motivo que se han escrito estas palabras: «Ni al Padre conoció alguno sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo le quisiere revelar.» Mat_11:27. «El unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él nos le declaró.» Muchos hay que creen que conocen al Padre, porque pueden meditar en su poder, sabiduría, omnipresencia, eternidad. a pocos les es dado saber que es justo y justificador de los que creen en Jesús; que es el Dios que envió a su Hijo a sufrir y a morir; que es, en fin, el Dios que por medio del sacrificio ofrecido en el Calvario reconcilió consigo al mundo, y salvó la dignidad de su sacrosanta ley.

Pidamos, pues, en nuestras diarias oraciones, que se nos conceda un conocimiento mayor y más claro del verdadero Dios, y de Jesucristo, a quién él ha enviado. Guardémonos, por una parte, del error en que incurren algunos que hablan acerca de Dios como si Jesucristo no existiera; y, por otra, del error de los que hablan acerca de Jesucristo con prescindencia del Padre. Recordemos que hay tres personas en la Trinidad, y tributemos a cada una la gloria que le es debida. Poseámonos firmemente de la gran verdad, de que el Evangelio anunciado para nuestra salvación es el resultado del eterno consejo del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Para adquirir un conocimiento profundo de la naturaleza del Hijo es preciso acercarnos, por medio de él, más y más al Padre, sintiendo cada vez más confianza, y comprendiendo que Dios en Cristo no es ya un Juez airado, sino un Padre amoroso y un Protector.

En este pasaje se nos enseña, en segundo lugar, que nuestro Señor Jesucristo alaba la gracia, por pequeña que sea, y habla con bondad de los que la poseen.

Les dijo a los discípulos: «El mismo Padre os ama por cuanto vosotros me amasteis, y habéis creído que yo salí de Dios..

¡Cuán débiles eran la fe y el amor de los apóstoles! ¡Cuán pronto después se sumieron en un abismo de cobardía e incredulidad! Esos mismos hombres a quienes Jesús alabó por su fe, lo abandonaron y huyeron antes de que el sol apareciese otra vez en el oriente. Sin embargo, aunque débiles, ese amor y esa fe eran reales y verdaderos. Jamás esas virtudes tuvieron cabida en el pecho de centenares de ilustrados sacerdotes, escribas y fariseos y por eso murieron tristemente en el pecado.

Se nos enseña, en tercer lugar, que aún los cristianos más piadosos conocen muy poco su propio corazón. Los discípulos dijeron a viva voz: «Ahora hablas claramente… ahora entendemos… ahora sabemos.» ¡Valientes palabras! Sin embargo, los mismos hombres que las pronunciaron, fueron muy presto esparcidos como tímidas ovejas, y dejaron solo a su Maestro.

No hay razón para dudar que la protesta de los once fuera real y sincera, que manifestaran lo que verdaderamente sentían. Más no se conocían a sí mismos. No sabían que serían capaces de hacer cuando se vieran abrumados por una tentación fuerte y por el temor de los hombres. No se habían formado una idea adecuada de la fragilidad de la carne, del poder del demonio, de la debilidad de sus propias resoluciones, la flojedad de su fe. Les faltaba todavía aprender todo eso por medio de una penosa experiencia. Como los reclutas de su ejército, tenían todavía que aprender que una cosa es saber el ejercicio del soldado y llevar el uniforme, y otra muy distinta permanecer firme en el día de la contienda.

Desconfiar de sus propias aptitudes y practicar la humildad ­he aquí el medio de que debe valerse el hombre para obtener fuerza espiritual. «Cuando soy flaco,» dijo un cristiano eminente, «Entonces soy fuerte.» 2 Cor. 1.210. Tal vez ningún hombre puede siquiera adivinar hasta donde sería arrastrado por el pecado sin se le expusiera a una tentación muy fuerte. Feliz el que cuerda siempre estas importantes palabras. «Así que el que se piensa estar firme, mire no caiga.» Feliz el que, recordando la conducta de los discípulos de nuestro Señor, dice diariamente en sus oraciones: «Sostenme, y seré salvo..

Enséñasenos, por último, que Jesucristo es la verdadera fuente de la paz. Nuestro Señor casi al terminar su discurso dijo estas palabras tranquilizadoras: «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz.» Era que quería que todos los creyentes supieran que el objeto de su discurso de despedida era hacernos acercar más a él como a un manantial de consuelo. No afirmó que gozaríamos de sosiego en el mundo, ni prometió que estaríamos en esta vida libres de toda tribulación; mas mandó que nos consoláramos con la idea de que él ha librado la batalla y obtenido la victoria en nuestro lugar. Sus últimas palabras fueron: «Confiad, yo he vencido al mundo..

Recordemos esas palabras y tengamos buen ánimo. La tormenta del sufrimiento y de la persecución talvez nos amenace y líos rodee por todas partes, más conduzcámonos de manera que solo sirva para acercarnos más a Jesucristo. Los pesares, pérdidas, penalidades y desengaños de la vida nos abaten, sin duda, en demasía; mas también deben hacer crecer nuestra confianza en Jesucristo. Digamos a menudo a nuestra alma: « ¿ Por qué te abates y por qué te inquietas ?.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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