Finalmente, nuestro Señor manifestó la razón por la cual era ventajoso para sus discípulos que El se separara. «Si yo no fuese,» dijo, «el Consolador no vendría a vosotros..
Es natural suponer que nuestro Señor percibiese la angustia que experimentaron los apóstoles al saber que iba a partir. Aunque en esa ocasión, como en otras muchas, no entendieron del todo lo que él les dijo, es evidente que tenían una idea vaga do que su divino Maestro los iba a dejar solos, como huérfanos, en medio de un mundo frió y hostil. De pensarlo apenas sus corazones palpitaban de pesar y sobresalto. Sin embargo, nuestro Señor en su benignidad los alentó con palabras de una significación profunda y misteriosa. Les dijo que su separación, por penosa que pareciese, no era un mal sino un bien; que su ausencia en el cuerpo seria más útil que su presencia.
Á primera vista parece difícil comprender cómo podría redundar en bien de los discípulos que Jesús se separase de ellos. Más basta meditar sobre el asunto un momento para convencernos de que las palabras de que nos ocupamos, como todas las que salieron de los labios de nuestro Señor, fueron dictadas por la sabiduría y estaban basadas en la verdad y la equidad. Por lo menos, las siguientes observaciones merecen atenta consideración.
Si Jesucristo no hubiera muerto, resucitado y ascendido a los cielos, es claro que el Espíritu Santo no habría descendido con especial poder el día de Pentecostés a derramar su luz sobre la iglesia; pues, aunque para nosotros esto es un arcano, según el consejo eterno de la Divinidad había cierta relación entre la ascensión de Jesucristo y la efusión del Espíritu. Si Jesucristo hubiera permanecido corporalmente con sus discípulos, no habría podido estar al mismo tiempo en más de un lugar; en tanto que el Espíritu que él iba a enviar llenaría todo lugar en el cual Los creyentes estuviesen congregados en su nombre.
Si Jesucristo no hubiera ascendido al cielo, no habría llegado a ser el Sumo Sacerdote de su pueblo de una manera tan completa y tan perfecta como lo fue después de la ascensión. Allá en las alturas se presentó como nuestro abogado en su cuerpo glorificado, y Se sentó a la diestra del Padre.
Finalmente, si el Hombre-Dios hubiera estado siempre con sus discípulos, estos no habrían tenido que poner la fe y la esperanza en tanto ejercicio como cuando El se fue; y habrían tenido menos oportunidad de glorificar a Dios y de dar a conocer al mundo su poder.
Además de todo esto, la historia demuestra que el día de Pentecostés, después de que nuestro Señor se hubo ido, los discípulos experimentaron en su religión una transformación prodigiosa. Sus conocimientos, su fe, su esperanza, su celo, su valor fueron más que duplicados; y trabajaron con más ahínco por su causa durante la noticia de Jesucristo que durante su presencia. San Pablo un: «Y si aun a Cristo conocimos según la carne, ahora empero no lo conocemos más.» ¿Qué mejor prueba necesitamos de que si era ventajoso para ellos que su Maestro se fuese? Lo que todos debemos anhelar, pues, no es ver o tocar el cuerpo material de Jesucristo, sino recibir en nuestros corazones la luz de su divino Espíritu.
Juan 16:1-8
Con estos versículos empieza uno de los capítulos más admirables de la Biblia–un capítulo que contiene la larga oración que nuestro Señor Jesucristo dirigió a su Padre celestial. Es admirable por lo que presenta un ejemplo de la comunión entre el Hijo y el Padre cuando Aquel estuvo en la tierra, y de la intercesión que el Hijo hace continuamente por nosotros. Más no es menos admirable, por cuanto nos enseña qué es lo que los creyentes han de pedir en la oración. a los miembros de la iglesia universal les incumbe implorar para sí lo que Jesucristo ha pedido para ellos. Razón tenía un antiguo teólogo cuando dijo que el más célebre sermón que jamas se haya predicado fue seguido por la mejor oración que jamas se haya hecho.
Superfluo seria decir que el capítulo que tenemos a la vista contiene muchas verdades profundas. No podria ser de otro modo. Quienquiera que lea las palabras que una persona de la Trinidad dirige a otra, como el Hijo al Padre, tiene que resignarse a leer mucho que no puede del todo comprender. Limitaremos nuestra atención a esas verdades que se destacan, por decirlo así, con toda claridad.
Es de notarse, primeramente, qué relación tan gloriosa contienen eslos versículos del oficio y dignidad de nuestro Señor Jesucristo. Se nos dice que el Padre le ha dado poder sobre toda carne para que dé vida eterna. Las llaves del cielo están en sus manos. La salvación de toda alma humana está en su poder. También dice la oración que es vida conocer al único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien él ha enviado. Un mero conocimiento de Dios no es suficiente, y no salva a nadie. Es preciso que conozcamos al Hijo juntamente con el Padre. Dios revelado a nuestra mente sin Jesucristo, es un Ser a quien solo podemos temer y a quien no nos es dado acercarnos. Dios en Cristo, reconciliando consigo al mundo, es el único Ser que puede darnos vida y paz. En seguida dice Jesús en la oración que ha acabado la obra que el Padre le había encomendado. Sí ha acabado la obra de la redención y ha obtenido completa justicia para su pueblo. Muy distinto del primer Adán, que dejó de cumplir la voluntad de Dios y trajo pecado al mundo, el segundo Adán ha hecho todo, no ha dejado sin ejecutar nada de lo que vino a hacer. Dice, ademas, Jesús, que poseia gloria con el Padre antes de que el mundo fuese. A diferencia de Moisés y de David, existió desde toda eternidad; y participó del esplendor del Padre antes de que se hiciese carne y de que naciese de la Virgen María.
