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Lucas 23: Camino del Calvario

Inmediatamente se levantó la sesión, y todos a una llevaron a Jesús a Pilato. Cuando llegaron ante él, se pusieron a acusar a Jesús:

-Hemos descubierto a este -dijeron- conspirando para provocar problemas políticos en nuestra nación, a intentando que la gente deje de pagar tributo al Emperador, y pretendiendo ser un rey, el Mesías.

Pilato entonces le preguntó a Jesús:

-¿Eres tú el rey de los judíos?

-¡Tú lo has dicho! -le contestó Jesús.

Pilato dijo a los principales sacerdotes y a la gente:

-Yo no veo que este sea culpable de ningún crimen.

-¡Está alborotando a la gente, difundiendo su propaganda por toda Judasa; empezó en Galilea y ahora ha llegado hasta aquí! porfiaban ellos.

Cuando les oyó mencionar a Galilea, Pilato preguntó si Jesús era de allí. Y al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Jesús, aprovechando que Herodes se encontraba en Jerusalén aquellos días. Herodes dio muestras de estar encantado de ver a Jesús, porque hacía mucho tiempo que lo estaba deseando, por lo mucho que había oído hablar de Él; esperaba verle hacer algún milagro. Herodes le hizo muchas preguntas a Jesús; pero Jesús no le contestó a nada. A todo esto, los sacerdotes y los escribas estaban allí acusando a Jesús con saña. Por último Herodes, rodeado de sus soldados, se puso a mostrarle su desprecio a Jesús y a burlarse de El; le vistió con un atuendo regio, y se le devolvió a Pilato. Con este motivo se reconciliaron Pilato y Herodes, que hacía tiempo que estaban enemistados.

En tiempos de Jesús los judíos no tenían autoridad para ejecutar la pena capital, que tenía que imponer el procurador romano y ser ejecutada por las autoridades romanas. Por eso llevaron los judíos a Jesús a Pilato. El crimen del que le acusaban da muestra a todas luces de su malignidad. Ante el Sanedrín, el crimen había sido la blasfemia, porque Él había osado llamarse Hijo de Dios. Esa acusación ni se le mencionó a Pilato; porque sabían que no tendría ningún peso para él, sino que la habría considerado cosa de la religión o de la superstición judía. El cargo que querían sustanciar contra Jesús era exclusivamente político, y lleva el sello de la mentalidad y astucia de los saduceos. De hecho fueron los saduceos aristócratas y colaboracionistas los que consiguieron la crucifixión de Jesús, porque temían que resultara un elemento disturbador y produjera una situación en la que ellos perdieran la riqueza y el poder que tenían.

La acusación ante Pilato era realmente triple. Acusaban a Jesús de: (a) agitación sediciosa; (b) animar a la gente a no pagar tributo al Emperador, y (c) atribuirse el título de rey. Todo esto era falso, y ellos lo sabían; pero recurrieron a las mentiras más calculadas y maliciosas en su loco deseo de eliminar a Jesús.

No en vano Pilato era un oficial romano experimentado: vio sus intenciones, y no tenía ningunas ganas de complacerlos. Pero tampoco los quería ofender. Se les había escapado decir que Jesús era galileo; o lo habían dicho para añadir leña al fuego, porque Galilea era “ la cuna de los rebeldes». Pero aquello le ofrecía a Pilato una salida de escape. Galilea era la jurisdicción de Herodes Antipas, que se encontraba casualmente en Jerusalén, probablemente para cumplir la Pascua. Así es que Pilato le remitió el caso a Herodes. Herodes era una persona a la que Jesús no tenía nada que decir. ¿Por qué?

(i) Herodes consideraba a Jesús un mero espectáculo, y Jesús era el Rey al que había que someterse. El famoso maestro estoico griego Epicteto solía lamentar que había gente que venía de todo el mundo a sus clases para verle, como si fuera una estatua, y no para aceptar y poner en práctica sus enseñanzas. Jesús no es sólo una figura que vale la pena contemplar, sino el Maestro que nos enseña a vivir victoriosamente.

(ii) Herodes tomó a Jesús a broma: se burló de Él, y le vistió de una ropa de rey para reírse de Él. Para decirlo de otra manera: se negó a tomar a Jesús en serio. Se le mostró a su corte como una curiosidad divertida, y nada más. Y lo trágico es que, todavía, la inmensa mayoría de la gente se niega a tomar a Jesús en serio. Si no fuera así, prestarían más atención a su Palabra.

(iii) El versículo 11 se puede traducir: “ Herodes y sus soldados trataron a Jesús con desprecio.» Y también: “ Herodes, con sus soldado detrás, pensó que Jesús no tenía ninguna importancia.» Es decir: seguro en su puesto como rey, con la fuerza que le daba su guardia, pensó que ese carpintero Nazareno no tenía la menor importancia. Y aún hay muchos que, consciente o inconscientemente, llegan a la conclusión de que Jesús no tiene ninguna importancia, que es un elemento que se puede omitir en la vida. No le dan lugar en su corazón ni influencia en sus vidas, y creen que se pueden pasar sin Él. Para un cristiano, lejos de no tener ninguna importancia, Jesús es el más importante de todo el universo.

LOS JUDÍOS LE HACEN CHANTAJE A PILATO

Lucas 23:13-25

Entonces Pilato convocó a los principales sacerdotes, a los miembros del Sanedrín y a la gente, y les dijo:

Me habéis presentado a este como si fuera un revolucionario. Le he sometido a interrogatorio en vuestra presencia, y no le encuentro culpable de los crímenes de los que le acusáis. Además, Herodes tampoco, porque os dije que se le llevarais, y él me ha devuelto el caso. Jesús no es culpable de ninguna acción por la que se le deba condenar a muerte; así que le dejaré en libertad después de darle de latigazos.

Pero toda la chusma seguía gritando a una voz:

-¡Quita a ese de en medio! ¡Suéltanos a Barrabás!

Barrabás estaba en la cárcel porque había estado implicado en una rebelión que se había producido en la ciudad y por un asesinato. Pilato quería dejar en libertad a Jesús, y siguió hablando con ellos; pero ellos no hacían más que chillar:

-¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

-¿Pero qué mal ha hecho? -les dijo Pilato por tercera vez-. Yo no le encuentro culpable de ningún delito por el que haya que condenarle a muerte, así es que le daré de latigazos, y le soltaré.

Pero ellos siguieron gritando cada vez más que crucificara a Jesús, hasta que consiguieron su propósito. Pilato dio la orden de que se hiciera lo que pedían; les soltó al que estaba preso por sedición y asesinato, que era el que ellos habían escogido, y entregó a Jesús para que se le hiciera lo que ellos querían. 

Este es un pasaje extrañísimo. Una cosa sí queda clara, y es que Pilato no quería condenar a Jesús. Se daba cuenta de que eso sería traicionar la justicia imperial que era la gloria de Roma. No menos de cuatro veces hizo lo posible para no dictar sentencia de muerte. Les dijo a los judíos que resolvieran el asunto ellos (Joh_19:6-7 ). Trató de pasarle el caso a Herodes. Trató de convencer a los judíos que recibieran a Jesús como el preso al que se dejaba en libertad por la Pascua (Mar_15:6 ). Trató de llegar a un compromiso diciendo que castigaría a latigazos a Jesús y luego le dejaría en libertad. Está claro que coaccionaron a Pilato para que sentenciara a muerte a Jesús.

¿Cómo podía la chusma judía coaccionar a un gobernador romano experimentado para que dictara sentencia de muerte? Es literalmente cierto que los judíos le hicieron chantaje. El hecho escueto era que, en la justicia romana imparcial, una provincia tenía derecho a delatar a un gobernador romano por mal gobierno, y ese gobernador sería tratado con dureza. Pilato había cometido dos graves errores durante su mandato.

El cuartel general de Roma en Judasa no estaba en Jerusalén, sino en Cesárea. Pero había una tropa reducida estacionada en Jerusalén. Las tropas romanas llevaban banderas en cuya cabecera había una efigie del actual Emperador, que era oficialmente, durante su reinado, un dios. La ley judía prohibía el uso de imágenes y, en deferencia a los principios judíos, los gobernadores anteriores quitaban la imagen del emperador de las banderas al marchar hacia Jerusalén. Pilato se negó a seguir esa costumbre, e hizo su entrada en Jerusalén por la noche con sus tropas llevando la imagen del emperador en las banderas. Los judíos vinieron en masa a Cesárea a pedirle a Pilato que quitara las imágenes. Él se negó. Ellos insistieron. Al sexto día Pilato estuvo dispuesto a reunirse con los líderes de los judíos en un espacio abierto, rodeado de sus tropas. Les informó que, si no dejaban de molestarle con sus constantes peticiones, el castigo sería la muerte. “ Ellos se arrojaron al suelo, descubrieron sus cuellos, y dijeron que estaban dispuestos a morir antes que a admitir la trasgresión de la sabiduría de sus leyes.» Ni siquiera un hombre como Pilato podía masacrar a hombres así a sangre fría, y tuvo que ceder. Josefo nos cuenta todo lo sucedido en Las Antigüedades de los Judíos, libro 18, capítulo 3.

La segunda equivocación que cometió Pilato fue el asunto de la nueva conducción de agua que se habría de financiar en parte con dinero del templo, a la que ya hicimos referencia en el comentario a Luk_13:1-4 .

Lo único que un gobernador romano no se podía permitir era tolerar desórdenes civiles en ningún rincón del vasto imperio. Si los judíos hubieran informado oficialmente cualquiera de los dos incidentes, no cabe duda que Pilato habría perdido su puesto. Es Juan el que nos menciona la insinuación de los oficiales judíos: “ Si sueltas a este es que no eres amigo de César» (Joh_19:12 ). Obligaron a Pilato a condenar a Jesús a muerte amenazándole con un informe oficial a Roma.

Aquí tenemos la solemne verdad de que el pasado de una persona puede volverse contra ella y paralizarla. Si uno ha sido culpable de ciertos actos, hay ciertas cosas que no tiene derecho a decir, porque se le echaría en cara su pasado. Debemos tener cuidado de no permitirnos nada que algún día pueda impedirnos defender lo que sabemos que está bien, por miedo a que se nos diga: «Tú no tienes derecho a decir eso.»

Pero, si surgiera esa situación, no se puede hacer más que tener valor para arrastrarla, y sus consecuencias. Y eso era lo que Pilato no tenía. Sacrificó la justicia antes que perder su posición. Sentenció a Jesús a muerte para seguir como gobernador de Palestina. Si hubiera sido un hombre de valor, habría hecho lo que debía y asumido las consecuencias; pero hizo el papel de un cobarde.

EL CAMINO DEL CALVARIO

Lucas 23:26-31

Cuando iban llevando a Jesús al lugar de la ejecución requisaron a un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron con la cruz para que la llevara detrás de Jesús.

Les seguía un inmenso gentío, entre el que había muchas mujeres que daban muestras de dolor hiriéndose los pechos y le lamentaban a voces. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:

– Hijas de Jerusalén, no es por Mí por quien tenéis que llorar, sino por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque se acercan días cuando se dirá: «Afortunadas las que no tuvieron hijos, los vientres que no parieron y los pechos que no criaron.» Entonces se pondrán a decirles a los montes: «¡Caednos encima!», y a las colinas: «¡Tragadnos!»; porque si esto es lo que hacen con el árbol verde, ¿qué no le harán al seco? 

‘ Siempre que se condenaba a un criminal a la cruz, se le sacaba de la sala del juicio entre cuatro soldados Romanos. Luego le ponían el travesaño de la cruz en los hombros, y le conducían al lugar de la ejecución por el camino más largo posible, con otro soldado por delante que llevaba un cartel donde sé había escrito el delito, para que escarmentaran los que pudieran pensar en hacer algo parecido. Eso es lo que hicieron con Jesús.

Al principio, Jesús iba llevando la cruz (Joh_19:17 ); pero se ve que, con lo que ya había sufrido, le faltaron las fuerzas y no podía seguir adelante. Palestina era un país ocupado, y los soldados Romanos podían requisar a cualquier ciudadano para cualquier servicio. Bastaba con un golpecito con lo plano de la espada. Cuando Jesús se hundió bajo el peso de la cruz, el centurión romano a cargo miró a su alrededor, y se fijó en Simón, natural de Cirene, la actual Trípoli, que parecía suficientemente robusto. Probablemente era un judío que se había pasado la vida ahorrando para poder comer algún día la Pascua en Jerusalén; pero también es posible que fuera un residente al que llamaban por su lugar de origen como era frecuente entre los judíos. El golpecito con lo plano de la espada fue la señal, y se encontró, quieras que no, cargando con la cruz de un criminal.

Trata de imaginarte los sentimientos de Simón. Como vimos, probablemente había venido a Jerusalén para hacer realidad el sueño de toda su vida, y se encontró dando vueltas cargado con una cruz camino del Calvario. Estaría lleno de amargura contra los dominadores Romanos, y tal vez también contra el criminal que le había involucrado en su delito. Pero, si leemos entre líneas, vemos que su intervención no acabó allí. Gabriel Miró vio en él una de las Figuras de la Pasión del Señor que le habían fascinado desde que su madre le contaba la historia. Marcos nos dice que Simón era el padre de Alejandro y de Rufo Mar_15:21 ). Eso no puede querer decir más que los hijos de Simón Cireneo eran conocidos en la comunidad a la que Marcos dedicó su evangelio, que se cree que era la iglesia de Roma. Si leemos la carta del apóstol Pablo a esa iglesia, encontramos al final entre los saludos: “ Recuerdos a ese noble cristiano que es Rufo, y a su madre, que me trató como a un hijo» Rom_16:13 ). Así es que en la iglesia de Roma había un tal Rufo, un cristiano tan notable que podía considerarse como uno de los escogidos de Dios, que tenía una madre a la que Pablo quería tanto como para llamarla su madre en la fe. Es posible que este Rufo fuera el hijo, y su madre la mujer de Simón Cireneo.

Es posible que, mirando a Jesús, la amargura de Simón dejó paso a la admiración y finalmente a la fe, y fue uno de los primeros cristianos, y su familia una de las más conocidas y queridas de la iglesia de Roma. Puede ser que aquel Simón de Trípoli pensara que iba a realizar la ambición de su vida celebrando la Pascua por fin en Jerusalén; que se encontró llevando a la fuerza la cruz de un criminal; que, mirando a Jesús y tal vez oyendo una de sus últimas palabras, su amargura dejó paso a la admiración y a la fe; y que, en aquella situación que parecía que sólo le reportaría vergüenza, encontró a su Salvador.

Detrás de Jesús iba un grupo de mujeres llorando por Él. Jesús se volvió y les dijo que no lloraran por Él, sino por sí mismas. Se les estaban echando encima días terribles. Para los judíos, un matrimonio sin hijos era la mayor desgracia; era una de las razones por las que se podía conceder el divorcio. Pero llegaría el día en que se consideraría afortunada a la estéril. Una vez más, Jesús está contemplando proféticamente la destrucción de la ciudad que tantas veces antes y ahora otra vez había rechazado la invitación de Dios. El versículo 31 es un refrán que se podía usar con diferentes sentidos. Aquí quiere decir que si esto se le hacía a un inocente, ¿qué se haría con los culpables algún día?

LE CRUCIFICARON ALLÍ

Lucas 23:32-38

Con Jesús llevaban también a crucificar a otros dos reos, culpables de diversos crímenes. Cuando llegaron al lugar que se conocía como «La Calavera», crucificaron a Jesús y a los criminales, uno a su derecha y otro a su izquierda. Y Jesús decía:

-¡Padre, perdónalos, que no saben lo que están haciendo!

Los soldados se repartieron la ropa de Jesús echándosela a suertes. La gente estaba mirando, y los líderes judíos se mofaban de Él, diciendo:

-¡Que se salve a sí mismo como salvó a otros, si es verdad que es el Mesías, el Escogido de Dios!

Los soldados también le escarnecían, acercándose a ofrecerle vinagre, y diciéndole:

-¡Anda, si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo ahora! Esto lo decían porque el cartel que habían puesto en su cruz, que estaba escrito en griego, en latín y en hebreo, decía:

«ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS» 

Cuando se llegaba al lugar de la ejecución, se dejaba la cruz en el suelo. Lo corriente era que tuviera la forma de una T sin nada para que reposara la cabeza. Era bastante baja, de forma que los pies del criminal estaban a poca distancia del suelo. Había un grupo de mujeres de Jerusalén que tenían costumbre de ir a las crucifixiones para darle al reo un trago de vino con drogas para que sintiera menos el horror del suplicio. También se lo ofrecieron a Jesús, pero Él lo rechazó (Mat_27:34 ). Estaba decidido a sufrir la muerte hasta lo sumo, con la mente despejada y los sentidos despiertos. Los brazos del reo se extendían sobre el travesaño, y se le clavaban las manos; los pies no se solían clavar, sino sólo atar. En medio del poste había a veces una protuberancia, que llamaban la silla, que aguantaba el peso del reo para que no se rasgaran las manos. Entonces se levantaba la cruz y se afirmaba en un agujero del suelo. Lo terrible de la crucifixión era que el dolor del suplicio era inmenso, pero no producía la muerte, que llegaría a consecuencia del hambre, la sed, el frío, el calor, a veces después de muchas horas y aun días. Se sabe de algún caso en el que el criminal se mantuvo vivo toda una semana, hasta que murió con señales indudables de locura.

La ropa del criminal se la quedaban como compensación los cuatro soldados que le habían escoltado hasta el patíbulo. Los judíos tenían cinco artículos de ropa: la túnica interior, la exterior, el cinto, las sandalias y el turbante. Cuatro se las dividieron entre los cuatro soldados, y quedaba la túnica exterior que, en el caso de la de Jesús, estaba tejida de una pieza, sin costura (Joh_19:23-24 ). El haberla cortado para repartirla habría sido echarla a perder; así es que los soldados se la echaron a suertes a la sombra de la cruz. No les inquietaba el que, a poca distancia, un reo estaba agonizando lenta y horriblemente.

El cartel que se ponía en la cruz era el mismo que se había exhibido durante la marcha.

Jesús dijo muchas cosas maravillosas, pero tal vez ninguna tanto como: «¡Padre, perdónalos, que no saben lo que están haciendo!» El perdón cristiano es algo extraordinario. Cuando estaban matando a pedradas a Esteban, él oraba: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» Act_7:60 ). No hay nada más extraño ni más precioso que el perdón cristiano. Cuando el resentimiento amenaza con inundarnos el corazón de amargura, escuchemos otra vez al Señor pidiendo el perdón de los que le estaban crucificando, y a su siervo Pablo diciéndoles a sus amigos: «Mostraos comprensivos, compasivos con los demás, dispuestos siempre a perdonar a los que os hayan ofendido, de la manera que Dios nos ha perdonado mucho más a nosotros por medio de Jesucristo» Eph_4:32 ).

La idea de que aquel, el más horrendo crimen de la humanidad, se cometió por ignorancia, aparece en todo el Nuevo Testamento. Pedro le dijo a la gente pocos días después: “ Sé que lo habéis hecho por ignorancia» Act_3:17 ). Pablo dijo que habían crucificado a Jesús porque no le habían reconocido Act_13:27 ). Marco Aurelio, el gran emperador romano estoico, solía decirse todas las mañanas: “ Hoy te vas a encontrar con toda clase de gente desagradable: te harán daño, te injuriarán, te insultarán…; pero tú no puedes hacerles lo mismo, tú sabes más, tú eres un hombre en quien mora el Espíritu de Dios.» Otros puede que tengan el corazón lleno de resentimiento, y otros pecarán por ignorancia; pero nosotros sabemos más. Somos hombres y mujeres de Cristo, y debemos perdonar como Él perdonó.

LA PROMESA DEL PARAÍSO

Lucas 23:39-43

Uno de los criminales que estaban crucificados no hacía más que lanzarle insultos a Jesús, y decía:

-¡Anda, si es verdad que eres el Mesías, sálvate a ti mismo, y a nosotros!

Pero el otro crucificado le reprendió seriamente:

-¿Es que no tienes temor de Dios tú que estás sufriendo la misma pena que Él? Nuestra condena es justa, porque la hemos merecido por nuestras obras; pero Éste no ha cometido ningún crimen. -Y luego, dirigiéndose a Jesús-: ¡Acuérdate de mí cuando vuelvas como Rey!

-Te doy mi palabra -le contestó Jesús- que hoy estarás conmigo en el Paraíso. 

Aquello de crucificar a Jesús entre dos delincuentes conocidos lo hicieron las autoridades a propósito para humillar a Jesús ante la gente, equiparándole a otros criminales.

La leyenda se ha ocupado extensamente del ladrón arrepentido. Se le identifica por el nombre de Dismas, Demas o Dímaco. Una leyenda le convierte en una especie de Robin Hood judío, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Otra leyenda reaparece en el «Libro deis. Tres Reis d’ Orient, una joyita de los orígenes de la literatura española: cuenta que, cuando iba huyendo de Belén a Egipto la Sagrada Familia, fue apresada por dos bandoleros; uno cruel, que quería matar al niño Jesús, y otro compasivo que le salvó la vida, e invitó a la Sagrada Familia a pasar la noche en su cueva. La mujer de este «buen ladrón» le cuenta a María que tiene un hijito recién nacido que está leproso. María le baña en la misma agua en la que ha bañado a Jesús, y el niño queda sano y limpio. En el Calvario, el hijo del ladrón alevoso muere a la izquierda de Jesús, y el del compasivo, a la derecha.

La palabra Paraíso viene del persa, y quiere decir un jardín amurallado. Cuando el rey persa quería hacerle un gran honor a alguno de sus servidores, le nombraba su acompañante en el paraíso, para que paseara y conversara con el rey en aquel lugar delicioso. Fue más que la inmortalidad lo que Jesús le prometió al ladrón arrepentido: le prometió el honor de gozar de su compañía en el jardín de la corte celestial.

Este relato nos dice, entre otras cosas importantes, que nunca es tarde para reconocer a Jesús como nuestro Rey y Salvador. Hay otras posibilidades de las que tenemos que decir: «Eso ya no es posible. He perdido la oportunidad.» Pero eso no se puede decir de volver a Cristo: mientras late el corazón, sigue en pie la invitación. Aunque sea «puesto ya el pie en el estribo», como decía Cervantes refiriéndose a su próxima muerte, es literalmente cierto que «mientras hay vida, hay esperanza». Pero, como también decía el predicador evangélico don Enrique Lindegaard: «Sabemos de un caso de alguien que se convirtió a las puertas de la muerte, para que nadie desespere; pero es un solo caso, para que nadie se confíe.»

EL FINAL DE UN LARGO DÍA

Lucas 23:44-49

Era entonces como el mediodía, y se produjo una oscuridad terrible que duró hasta las tres de la tarde en todo el país, porque el Sol se eclipsó. La cortina del templo que cerraba el Lugar Santísimo se rasgó por la mitad: Entonces Jesús clamó a gran voz:

-¡Padre, dejo mi espíritu en tus manos!

E inmediatamente murió. Cuando el centurión vio lo que había sucedido, alabó a Dios y dijo:

No cabe duda de que este hombre era inocente.

En cuanto al gentío que estaba presenciando el espectáculo, cuando vieron lo que había sucedido, se marcharon de allí dándose golpes de pecho en señal de duelo. Todos los amigos de Jesús y las mujeres que habían venido con Él desde Galilea estaban mirándolo todo a una cierta distancia. 

Todos los detalles de este pasaje están henchidos de profundo significado.

(i) Se produjo una gran oscuridad cuando murió Jesús. Era como si el Sol mismo no pudiera mirar lo que las manos humanas habían hecho. El mundo queda sumido en las tinieblas cuando los hombres intentan deshacerse de Jesús.

(ii) La cortina del templo se rasgó por en medio. Esta era la cortina que ocultaba el Lugar Santísimo, donde moraba la presencia de Dios, el lugar en el que nadie podía entrar más que el sumo sacerdote, una vez al año, el gran Día de la Expiación. Era como si el camino a la presencia de Dios que había estado cerrado se hubiera abierto totalmente para todos. Era como si el corazón de Dios, hasta entonces oculto, se hubiera descubierto. El nacimiento, la vida y la muerte de Jesús rasgaron el velo que había ocultado a Dios a la vista de los hombres. “ El que me ha visto a Mí -dijo Jesús-, ha visto al Padre» Joh_14:9 ). En la Cruz, más claro que en ningún otro lugar, vemos el amor de Dios.

(iii) Jesús clamó a gran voz. Los tres evangelios sinópticos nos recuerdan ese grito final (véase Mat_27:50 ; Mar_15:37 ). Juan, por otra parte, no menciona el gran grito, pero nos dice que Jesús murió diciendo: “ ¡Consumado es!» Joh_19:30 ). En griego y en arameo, consumado es, es una sola palabra, y esa fue la que Jesús dijo en voz muy alta al morir. Murió con un grito de triunfo en sus labios. No susurró “ Se acabó», como teniendo que reconocer su derrota, sino que proclamó su triunfo como el vencedor que había derrotado definitivamente al enemigo en el último enfrentamiento, y que había completado una gloriosa misión. “ ¡Terminado!», gritó Cristo, crucificado pero victorioso.

(iv) Jesús murió con una oración en sus labios: «¡Padre, dejo mi espíritu en tus manos!» Es una cita del Psa_31:5 . Ese versículo era la oración que pronunciaba un niño judío al acostarse por la noche. Jesús hizo aún más tierna la oración confiada añadiéndole la palabra Padre. Aun en la cruz, la muerte era para Jesús como el quedarse dormido en los brazos de su Padre.

(v) La muerte de Jesús impresionó vivamente al centurión y a la multitud. Su muerte tuvo el efecto que no había tenido su vida: quebrantó el duro corazón humano. Ya se estaba cumpliendo el dicho de Jesús: «Cuando me levanten de la tierra, atraeré hacia Mí a todos los hombres» Joh_12:32 ). El imán de la Cruz había empezado a producir efecto en el mismo momento de la muerte de Jesús.

EL QUE LE PRESTÓ SU TUMBA A JESÚS

Lucas 23:50-56

Fijaos: había un hombre que se llamaba José, natural de Arimatea, ciudad de Judasa, bueno y celoso cumplidor de la Ley, que esperaba la venida del Reino de Dios; y era miembro del Sanedrín, pero no había estado de acuerdo con la sentencia ni con lo que habían hecho en el caso de Jesús. Este José se dirigió a Pilato para pedirle que le permitiera enterrar a Jesús. Luego fue a bajar el cuerpo de la cruz, lo envolvió en un lienzo y lo colocó en una tumba cavada en la roca, en la que no se había enterrado a nadie antes. Era viernes por la tarde, y estaba a punto de empezar el sábado.

Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús también fueron detrás de José, y vieron cómo colocaba el cuerpo en la tumba. Cuando volvieron, prepararon aromas y ungüentos para embalsamarlo cuando pasara el sábado, y descansaron ese día como estaba mandado en la Ley.

La costumbre era que los cuerpos de los criminales no se enterraban, sino que se dejaban para los perros y los buitres; pero José de Arimatea salvó el cuerpo de Jesús de esa suerte indigna. No quedaba mucho tiempo, porque Jesús fue crucificado el viernes, y el sábado, el día de reposo, empezaba a la puesta del Sol. Por eso las mujeres no tuvieron tiempo más que para ver dónde enterraba José el cuerpo de Jesús, e irse a casa a preparar los perfumes y ungüentos para embalsamarlo cuando pasara el descanso del sábado, porque habría sido ilegal hacerlo antes.

José de Arimatea es una figura de gran interés.

(i) Cuenta la leyenda que el año 61 d C. Felipe le envió a Gran Bretaña, y llegó a Glastonbury. Llevaba el cáliz que se había usado en la última Cena, que contenía parte de la sangre de Cristo. Ese era el «Santo Grial» que los legendarios caballeros del rey Arturo querían encontrar. Cuando José llegó a Glastonbury, se dice que pinchó su bordón en la tierra para descansar apoyado en él, y reverdeció formando un árbol que florece en Navidad.

El espino de san José sigue floreciendo en Glastonbury, y todavía se siguen mandando esquejes a todo el mundo. Allí en Glastonbury se construyó la primera iglesia de Inglaterra, que la leyenda conecta con san José de Arimatea y que sigue siendo un lugar de peregrinación.

(ii) José de Arimatea es, en cierto sentido, una figura trágica. Es el hombre que le prestó su tumba a Jesús. Era miembro del Sanedrín; se nos dice que no estuvo de acuerdo con la sentencia y la acción de aquel tribunal, pero no se nos dice que lo expresara así. Tal vez guardó silencio, o tal vez se ausentó cuando comprendió que era inútil evitar aquel curso de acción con el que no estaba de acuerdo. ¡Cómo habría ayudado a Jesús si, en aquella asamblea tenebrosa llena de crudo odio, alguien hubiera tomado la palabra para hablar en su favor! Pero es de suponer que José esperó hasta que Jesús estuvo muerto, y entonces le dio su tumba.

Es una de las tragedias de la vida que ofrecemos a los muertos las flores que habríamos podido darles en vida, y guardamos para el funeral o después las alabanzas o el agradecimiento que podríamos haberle expresado antes de morir. A menudo, muy a menudo, lamentamos no haber hablado a tiempo. Una palabra a los vivos vale más que una catarata de elogios a los muertos.

Lucas 23:1-56

23.1 Pilato era el gobernador romano de Judea, región donde estaba Jerusalén. Parecía experimentar un placer especial en hostigar a los judíos. Por ejemplo, tomó el dinero del templo y lo usó para construir un acueducto y afrentó la religión judía al traer a la ciudad imágenes imperiales. Sin embargo, como Pilato bien sabía, dichos actos podrían causarle dificultades. Si la gente presentaba una queja formal en contra de su administración, Roma podría destituirlo del cargo. Pilato comenzaba a sentirse inseguro en su puesto cuando los líderes judíos trajeron a Jesús para enjuiciarlo. ¿Continuaría molestando a los judíos al poner en riesgo su futuro político o cedería ante sus demandas y condenaría a un hombre que, y estaba seguro de esto, era inocente? Esa fue la pregunta que enfrentó Pilato ese viernes primaveral hace aproximadamente dos mil años. Si desea más información acerca de Pilato, véase su perfil en Marcos 15.

23.7 Herodes, llamado también Herodes Antipas, estaba en Jerusalén ese fin de semana para la celebración de la Pascua. (Este fue el Herodes que mató a Juan el Bautista.) Pilato pensó delegar su responsabilidad enviando a Jesús a Herodes, porque sabía que Jesús vivió y trabajó en Galilea. Sin embargo, Herodes no fue de mucha ayuda. Fue escrupuloso con Jesús y disfrutó burlándose de El. A pesar de ello, cuando lo envió de nuevo a Pilato, fue con el veredicto de “inocente”. Si desea más información de Herodes Antipas, véase su perfil en Marcos 6.

23.12 Herodes era el gobernador medio judío de Galilea y Perea. Pilato era el gobernador romano de Judea y Samaria. Estas cuatro provincias, con otras más, estaban unidas bajo el gobierno del rey Herodes el Grande, pero cuando murió en 4 a.C. el reino se dividió entre sus cuatro hijos. A ninguno se les llamó rey, sino tetrarca (significaba “gobernador de un cuarto de la región”). Arquelao, el hijo que recibió Judea y Samaria, transcurridos diez años lo destituyeron y sus provincias las gobernaron una sucesión de gobernadores romanos de los cuales Pilato fue el quinto.

Herodes Antipas tenía dos ventajas sobre Pilato: venía de una monarquía heredada, en parte judía, y permaneció durante más tiempo en su cargo. En el caso de Pilato, también tenía dos ventajas sobre Herodes: era ciudadano romano y enviado del emperador y su posición la crearon para reemplazar al ineficiente medio hermano de Herodes. No es una sorpresa, por lo tanto, que la relación de estos dos hombres fuera tensa. Sin embargo, el juicio de Jesús los unió. Debido a que Pilato reconocía la autoridad de Herodes sobre Galilea, este detuvo el sentimiento amenazante de los políticos romanos, y como ningún hombre sabía lo que debía hacer en este trance, su problema común los unió.

JUICIO DE JESUS : Desde el Getsemaní, llevaron a Jesús ante el concilio judío, el que se convocó al amanecer en la casa de Caifás. De allí fueron a la casa de Pilato, el gobernador romano; luego a la casa de Herodes, tetrarca de Galilea, que se encontraba de visita en Jerusalén, y de allí volvieron a Pilato que, desesperado, lo sentenció finalmente a muerte.

23.13-25 Pilato quiso liberar a Jesús, pero la multitud a grandes voces demandó su muerte, de modo que Pilato lo sentenció. Sin lugar a dudas no quería arriesgar su posición, la que quizás ya estaba vacilante, y permitir un alboroto en su provincia. Como político de profesión, tenía presente la importancia de un compromiso y vio a Jesús como una amenaza política y no como un ser humano con derechos y dignidad.

Cuando las ganancias son jugosas, es difícil ponerse al lado de lo bueno y es fácil ver en nuestros oponentes solo problemas que resolver antes que personas que merecen respeto. Si Pilato hubiera sido en realidad un hombre de valor, habría dado la libertad a Jesús sin importarle las consecuencias. Pero la multitud vociferaba y Pilato se asustó. Cuando enfrente una decisión difícil, no pase por alto los efectos de las presiones. Considere de antemano que las buenas decisiones quizás sean poco agradables y tengan consecuencias: rechazo social, ridículo público, carrera afectada. Piense en Pilato y decida ponerse en el bando de la verdad sin importar la coacción de otros.

23.15 A Jesús lo probaron seis veces, tanto por judíos como por autoridades romanas, y nunca lo hallaron culpable de un delito digno de muerte. Aun cuando lo llevaron a los judíos para su ejecución, no pudieron culparlo de felonía. Hasta hoy nadie puede hallar falta alguna en Jesús. Pero, como en el caso de Pilato, Herodes y los líderes religiosos, muchos siguen negándose a recibirlo como Señor.

23.18, 19 Barrabás formó parte de una rebelión en contra de los gobernantes romanos (Mar_15:7). Como insurgente político era sin duda un héroe entre algunos de los judíos. Qué ironía, Barrabás, que lo pusieron en libertad, era culpable de los mismos crímenes imputados a Jesús (Mar_23:14).

23.18, 19 ¿Quién era Barrabás? Los judíos tenían nombres que los identificaba con sus padres. A Simón Pedro, por ejemplo, se le llama Simón, hijo de Jonás (Mat_16:17). Barrabás no se identifica por el nombre que se le dio, de ahí que no nos sea de mucha ayuda. Barrabás significa “hijo del padre”. Pudo haber sido un hijo de nadie y ese es precisamente el asunto. Barrabás, hijo de un padre sin nombre, cometió un crimen. Debido a que Jesús murió en su lugar, liberaron a este hombre. Nosotros también somos pecadores y malhechores en contra de la ley santa de Dios. Como Barrabás, sentenciados a morir. Pero Jesús muere en nuestro lugar, por nuestros pecados y nos pone en libertad. No necesitamos ser “muy importantes” para aceptar nuestra libertad en Cristo. Más aún, gracias a Jesús Dios nos adopta como a hijos y nos da el derecho de llamarlo Abba, “papá” (véase Gal_4:4-6).

23.22 Cuando Pilato dijo “le castigaré”, se refería a un castigo que podría llevar a Jesús a la muerte. El procedimiento usual consistía en desnudar el torso de la víctima y luego atarles las manos a un poste antes de flagelarlo con un látigo triple con pedazos de metal. El número de latigazos lo determinaba la severidad del crimen; la Ley judía permitía un máximo de cuarenta. Después de flagelado, Jesús soportó otras agonías más como se indica en Mateo y Marcos. Lo abofetearon, golpearon a puñetazos y escarnecieron. Le pusieron una corona de espinas en su cabeza, lo golpearon con una caña y lo desnudaron antes de colgarlo en la cruz.

23.23, 24 Pilato no quiso sentenciar a Jesús a la pena de muerte. Pensó que los líderes religiosos solamente lo envidiaban y querían librarse de un rival. Cuando amenazaron a Pilato con denunciarlo ante el César (Joh_19:12), se asustó. Información histórica señala que las autoridades romanas amonestaron a Pilato debido a hostilidades en su región. Lo menos que necesitaba era una revuelta en Jerusalén y durante la Pascua, cuando la ciudad estaba llena de judíos procedentes de todo el imperio. De manera que entregó a Jesús a la chusma para que hicieran con El lo que quisieran.

23.27-29 Solo Lucas menciona el llanto de las mujeres judías mientras llevaban a Jesús por las calles para su ejecución. Les dijo que no lloraran por El, sino por ellas mismas. Sabía que solo cuarenta años después los romanos destruirían Jerusalén y el templo.

23.31 Este proverbio es difícil de interpretar. Algunos lo interpretan así: Si Jesús que era inocente (árbol verde) sufrió en manos de los romanos, ¿qué sucederá con los judíos culpables (árbol seco)?

23.32, 33 La Calavera, también llamada Gólgota, era quizás una colina que se hallaba en las afueras de Jerusalén junto a un camino principal. Los romanos llevaban a cabo ejecuciones públicas para escarmiento de la gente.

23.32, 33 Cuando los hijos de Zebedeo le preguntaron si podrían tener un lugar de honor junto a Jesús en su Reino, El les respondió que no sabían lo que pedían (Mar_10:35-39). Ahora que Jesús se preparaba para inaugurar su Reino mediante la muerte, los lugares a su derecha e izquierda los ocuparon hombres que morían: malhechores. Como Jesús explicó a sus dos discípulos hambrientos de poder, una persona que quiera estar cerca de El debe estar preparado para sufrir y morir. El camino al Reino es el camino de la cruz.

23.34 Jesús pidió a Dios que perdonara a la gente que le daba muerte: líderes judíos, políticos romanos, soldados y espectadores, y Dios contestó esa oración al abrir el camino de salvación aun para los asesinos de Jesús. El oficial romano y los soldados testigos de la crucifixión dijeron: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mat_27:54). Pronto muchos sacerdotes se convirtieron a la fe cristiana (Act_6:7). Ya que somos pecadores, todos tuvimos parte en la muerte de Cristo. La buena nueva es que Dios es bondadoso, que nos perdonará y nos dará una nueva vida a través de su Hijo.

23.34 Los soldados romanos acostumbraban repartirse las ropas de los malhechores ejecutados. Cuando echaron suertes por las de Jesús, cumplieron la profecía del Psa_22:18.

23.38 Este letrero pretendía ser irónico. Era obvio que un rey, desnudado y ejecutado en público, había perdido su reino para siempre. Pero Jesús, que trastorna la sabiduría del mundo, iniciaba su Reino. Su muerte y resurrección significarían un golpe mortal al gobierno de Satanás y quedaría establecida su autoridad eterna sobre la tierra. Pocas personas al leer el letrero esa tarde sombría comprendieron su verdadero significado, pero el letrero estaba en lo cierto. No todo estaba perdido. Jesús era el Rey de los judíos, de los gentiles y de todo el universo.

23.39-43 Este hombre a punto de morir, se volvió hacia Jesús en busca de perdón y El lo aceptó. Esto nos muestra que nuestras obras no nos salvan, pero nuestra fe en Cristo sí. Nunca es demasiado tarde para volvernos a El. Aun en su miseria, Jesús tuvo misericordia de este malhechor que decidió creer en El. Nuestras vidas son mucho más útiles y plenas si nos volvemos a Dios a temprana edad, pero incluso los que se arrepienten casi al final estarán con Dios en su paraíso.

23.42, 43 El malhechor moribundo tuvo más fe que los demás seguidores de Jesús juntos. Aunque los discípulos seguían amando a Jesús, sus esperanzas por el Reino comenzaron a desvanecerse. Muchos se apartaron. Como uno de sus seguidores dijo con tristeza dos días más tarde: “Pero nosotros esperábamos que El era el que había de redimir a Israel” (24.21). El ladrón, por el contrario, miró al hombre que agonizaba junto a El y dijo: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Al parecer, el Reino había llegado a su fin. ¡Qué inspiradora es la fe de este hombre que vio la gloria venidera más allá de la ignominia presente!

JESUS LLEVADO A LA MUERTE :

Como no pudo cargar su cruz a través de las calles de Jerusalén, se asignó a Simón de Cirene la tarea de ayudarle. A Jesús lo crucificaron junto a dos malhechores comunes en un monte en las afueras de Jerusalén.

23.44 Al mediodía, la oscuridad cubrió toda la tierra cerca de tres horas. Parecía que la naturaleza se condolía por la trágica muerte del Hijo de Dios.

23.45 Este hecho tan importante simboliza la obra de Cristo en la cruz. El templo tenía tres partes: los atrios, para toda la gente; el Lugar Santo, donde solo los sacerdotes podían entrar; el Lugar Santísimo donde el sumo sacerdote entraba una sola vez al año para ofrecer sacrificios por los pecados del pueblo. En el Lugar Santísimo se hallaba el arca del pacto y la presencia de Dios en él. El velo que se rasgó era lo que impedía que el Lugar Santísimo estuviera a la vista. Al morir Cristo, desapareció la barrera entre Dios y el hombre. Ahora cada persona puede llegar a Dios directamente mediante Cristo (Heb_9:1-14; Heb_10:19-22).

23.50-52 José de Arimatea fue un miembro honorable y rico del concilio judío. También era un discípulo secreto de Jesús (Joh_19:38). Los discípulos que siguieron públicamente a Jesús huyeron, pero José de manera audaz tomó una decisión que pudo haberle costado caro. Estimaba mucho a Jesús, por eso pidió su cuerpo para darle sepultura.

23.53 Esta tumba era como una cueva hecha por mano de hombres, cavada en la ladera de una de las muchas colinas de piedra caliza que se hallaban alrededor de Jerusalén. Era lo bastante espaciosa como para caminar en su interior. Después del sepelio, se puso una piedra de gran tamaño para tapar la entrada (Joh_20:1).

23.55 Las mujeres galileas siguieron a José a la tumba, de manera que sabían con exactitud dónde encontrar el cuerpo de Jesús cuando volvieran con sus especias y ungüentos una vez pasado el día de reposo. Estas mujeres no pudieron hacer “grandes” obras por Jesús, no se les permitía presentarse ante el concilio judío ni ante el gobernador romano y testificar en su favor; pero hicieron lo que pudieron. Permanecieron junto a la cruz cuando la mayoría de los discípulos huyeron y estuvieron listas para ungir el cuerpo de su Señor. Debido a su devoción, fueron las primeras en enterarse de la resurrección. Como cristianos quizás sintamos que no podemos hacer mucho por Jesús. Pero tenemos el llamamiento a valernos de las oportunidades que se nos conceden, haciendo lo que podemos y no lamentándonos por lo que no podemos hacer.

Lucas 23:1-12

Advirtamos, en primer lugar, cuan falsas fueron las acusaciones que se hicieron contra nuestro Señor. Se nos dice que los judíos lo acusaron de “pervertir la nación, de vedar dar tributo a César, y de alborotar al pueblo.” Es bien sabido que en esta acusación no había nada de cierto. El objeto con que la hicieron los judíos fue preocupar el ánimo del emperador romano contra nuestro Señor.

La calumnia y los falsos testigos son armas favoritas del demonio. El fue mentiroso desde el principio, y es todavía padre de mentiras. Joh_8:44. Cuando ve que no puede suspender las obras de Dios, se vale del artificio de denigrar el carácter de sus siervos, y de hacer nulo su testimonio. Con esa arma atacó a David: “Se levantaron,” dice él, “testigos falsos: lo que no sabía me demandaron.” Con esa arma atacó a los profetas. Según un decir, Elías era “alborotador de Israel; y Jeremías no buscaba la paz del pueblo sino el mal.” Psa_25:2; 1Ki_18:17; Jer_38:4. Con esa arma atacó a los apóstoles, diciendo que eran “pestilenciales,” y que “trastornaban” el mundo. Actos 24:5; 27: 6. Y con esa arma atacó a Jesús durante su vida pública.

El siervo de Cristo no debe sorprenderse si tuviere que apurar el mismo cáliz que apuró su Maestro. Cuando ese Ser inocente, santo, sin mancha, fue atrozmente calumniado, ¿quién podrá escaparse? “Si al mismo padre de familias llamaron Belcebú, ¿cuánto más a los de su casa?” La inocencia perfecta no pone a nadie al abrigo de la mentira, la calumnia y los falsos testimonios. Preciso es sobrellevar esa prueba con paciencia–es parte de la cruz de Cristo.

Observemos, también, de qué naturaleza tan extraña y tan complexa son las razones qué a menudo influyen en el ánimo de los hombres grandes que no han sido convertidos. Cuando nuestro Señor fue enviado por Pilato ante Herodes, rey de Galilea, este “se holgó mucho; porque había mucho que le deseaba ver; porque había oído de él muchas cosas; y tenia esperanza de que le vería hacer un milagro..

Estas palabras son notables. Herodes era un hombre sensual y mundano: había hecho asesinar a Juan el Bautista y vivía en horrible concubinato con la esposa de su hermano. Es de suponerse, pues, que no deseara ver a Jesús. Mas su conciencia estaba intranquila. Los miles de los santos de Dios a quienes había dado muerte se levantaron, sin duda, ante su vista y turbaron su sosiego. Por otra parte, la fama de los milagros de nuestro Señor había penetrado hasta el recinto mismo de su corte. A sus oídos había llegado la noticia de que había aparecido otro adversario del pecado que era aun más fiel y más osado que Juan Bautista, y que ratificaba sus enseñanzas con prodigios que ni los reyes mismos podían obrar. Semejantes rumores naturalmente lo inquietaban y desasogaban. ¡Qué mucho, pues, que se le hubiera avivado la curiosidad y que deseara ver a Cristo! Hay razones para temer que en todos los siglos de la iglesia ha habido hombres ricos de carácter semejante al de Herodes: hombres sin fe y sin Dios, llenos de egoísmo. Sin embargo, aun semejantes hombres sienten de cuando en cuando alarmada la conciencia, y se sobrecogen de temor. Las palabras de los atletas de la religión, que Dios suscita, llegan a sus oídos ; al punto se despiertan del letargo en que se encontraban ; la conciencia los acusa y la zozobra se apodera de ellos ; a pesar suyo se sienten atraídos por el predicador y alaban sus talentos y aun profesan admirar sus aptitudes. Empero, jamás pasan de ahí: como aconteció con Herodes, la voz de la conciencia les aviva la curiosidad; mas también como sucedió a ese rey, sienten el corazón ligado al mundo con cadenas de hierro. Enojados de un lado a otro por el vendaval de las pasiones, nunca tienen sosiego, y después de sus luchas intermitentes de conciencia, mueren en el pecado.

Que la historia de Herodes nos mueva a compadecer a los hombres de distinción y a orar por ellos. Con todo su boato y su esplendor exterior, son a menudo muy infelices. La seda, el terciopelo y la púrpura cubren a menudo corazones en que la paz jamás sienta sus reales.

Notemos, en seguida, cuan fácil es para los hombres no convertidos ponerse de acuerdo en aborrecer a Cristo.

Cuéntasenos que cuando Herodes hizo conducir otra vez a Cristo ante Pilato, “fueron hechos amigos Pilato y Herodes en el mismo día; porque antes eran enemigos entre sí.” No sabemos cual fuera la causa de esa enemistad; mas cualquiera que fuere, quedó olvidada tan pronto como los dos adversarios tuvieron ante sí una víctima a quien ambos odiaban, despreciaban ó temían.

Este episodio presenta un ejemplo de lo que constantemente está teniendo lugar en el mundo. Hombres de las opiniones más divergentes están a menudo unánimes en atacar la verdad. Maestros de las opiniones más opuestas se ponen de acuerdo frecuentemente y forman causa común contra el Evangelio. En la época de que tratamos no era raro ver fariseos y saduceos conspirando juntos para prender a Jesús Nazareno y darle muerte. Y en la época presente suele suceder que romanistas y socinianos, infieles e idólatras, amantes de la molicie y ascetas fanáticos, mentidos progresistas y obstinados recalcitrantes, forman una falange homogénea contra la religión evangélica. Un odio común los liga: el odio de la cruz de Cristo.

El verdadero cristiano no debe extrañar que el mundo le tenga ojeriza. Si alguna vez llega a imaginarse que por medio de una concesión puede granjearse la buena voluntad del hombre, tendrá que pasar por un triste desengaño. Más no por esto ha de conturbarse, sino, antes bien, ha de confiar en la aprobación del cielo. Que tenga presente aquellas palabras de su Maestro: “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo que es suyo; mas porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por ese os aborrece el mundo.” Joh_15:19.

Lucas 23:13-25

Notemos, en primer lugar, cuan singular fue la declaración que de la inocencia de nuestro Señor hicieron sus jueces.

Según se refiere en el pasaje arriba citado, Pilato dijo a los judíos: “Me habéis presentado este hombre porque pervierte al pueblo; y he aquí, yo preguntando delante de vosotros, no he hallado alguna culpa en este hombre de aquellas de que le acusáis; y ni aun Herodes.” El gobernador galileo y el romano eran de la misma opinión. Ambos convenían en absolver a nuestro Señor de los cargos que se le hacían.

Y esa declaración era oportuna. Nuestro Señor iba a ser ofrecido como un sacrificio por nuestros pecados: era pues justo y conveniente que los que lo examinasen lo declarasen completamente inocente; era justo y conveniente que los que lo inmolasen confesasen que estaba “sin mancha y sin contaminación.” 1Pe_1:19. Dios que todo lo gobierna, dispuso de tal manera las circunstancias del juicio de Jesús, que, aunque los jueces eran enemigos suyos, no pudieron probarle la comisión de crimen alguno.

Cada día debiéramos dar gracias a Dios de que nuestro Sustituto fue perfecto en todos respectos, y que nuestro Rescate fue completo y sin tacha. ¿Qué hombre hay que alcance a contar sus pecados? Todos los días de nuestra vida dejamos de hacer lo que debiéramos hacer y hacemos lo que no debiéramos hacer. Mas debe consolarnos el saber que Cristo el Justo ha ocupado nuestro lugar a fin de pagar la deuda que gravita sobre los hombros de todos nosotros, y de cumplir la ley que todos hemos quebrantado. “El da justicia a todo aquel que cree.” Rom_10:4.

Por él y en él se considera a los creyentes como si hubiesen cumplido la ley. Por amor de Cristo Dios puede decir respecto del creyente: “No hallo en él falta alguna..

Notemos, además, de qué manera tan completa los judíos tomaron sobre si la responsabilidad de dar muerte a nuestro Señor. Se nos refiere que “queriendo Pilato soltar a Jesús, los judíos daban voces diciendo: ‘¡Crucifícale, Crucifícale!’” Y también, que “instaban a grandes voces pidiendo que fuese crucificado..

Este hecho de la historia de la pasión merece especial atención, pues comprueba que los apóstoles hablaron con rigurosa exactitud, en épocas posteriores siempre que aludieron a la muerte de su Maestro. “Matasteis Al Autor de la vida.” dijo Pedro a los judíos en Jerusalén. “Vosotros le matasteis colgándole en un madero.” Actos 3:15; 5: 30. Los judíos mataron así al Señor Jesús como a sus mismos profetas,” dijo S. Pablo a los Tesalonicenses.

Dios no olvidó la terrible responsabilidad que asumieron los judíos. La sangre inocente que entonces derramaron ha estado clamando contra ellos en su calidad de nación por el espacio de diez y ocho siglos. Diseminados por toda la tierra; errantes en todas las naciones; sin patria, sin gobierno propio, los judíos demuestran hasta el día de hoy que sus palabras han tenido un cumplimiento terrible. La sangre de su Mesías ha recaído sobre ellos y sobre sus hijos. Ellos son un ejemplo viviente que nos da a conocer las desgracias que sobrevienen a los que rechazan a nuestro Señor. Maravilloso es, en verdad, que se reserve misericordia para los hijos de Israel a pesar de sus pecados y de su incredulidad I La nación que hirió al Redentor y le dio la muerte, algún día tornará hacia El los ojos con fe y será restituida a la gracia de Dios.

Advirtamos, por último, en este pasaje cuan singulares fueron las circunstancias bajo las cuales Barrabas fue puesto en libertad. Se nos dice que Pilato “soltó a aquel que habían sido echado en la cárcel por sedición y una muerte, al cual habían (los judíos) pedido mas entregó a Jesús a la voluntad de ellos.” Tenia en su poder dos prisioneros y debía poner en libertad a uno de ellos. El uno había pecado contra Dios y contra los hombres y se habían manchado de negros crímenes: el otro era el santo, inocente e inmaculado Hijo de Dios, en quien no habían falta alguna. ¡Y sin embargo, Pilato condena al prisionero inocente y absuelve al culpable! Da órdenes para que suelten a Barrabas y entrega a Jesús para que sea crucificado.

Este hecho es muy instructivo, pues manifiesta hasta que punto llegó la malevolencia de los judíos para con nuestro Señor. Como dice S. Pedro: “Al Santo y al Justo negaron, y pidieron que se les diese un homicida.” Actos 3:14. También manifiesta cuan profunda fue la humillación a que se sometió nuestro Señor a fin de obtener nuestra redención. ¡Sí, se sometió a pesar menos en la balanza de la justicia que un asesino, y permitió que se le tuviese por más criminal que el mayor de los pecadores! Pero ese hecho tiene un significado más profundo que no hemos de dejar desapercibido: es un emblema ó símbolo del canje que se verifica entre Cristo y el pecador cuando este es justificado delante de Dios. “Cristo fue hecho pecado por nosotros para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” 2Co_5:21. Cristo siendo inocente ha sido tenido por culpable delante de Dios, para que los que son culpables sean considerados como inocentes y absueltos de toda condenación.

Lucas 23:26-38

Notemos, en primer lugar, la admonición profética que pronunció nuestro Señor. Según se refiere en el pasaje que queda trascrito, El dijo a las mujeres que le seguían cuando marchaba hacia el Calvario: “Hijas de Jerusalén, no me lloréis a mí; mas lloraos a vosotras mismas, y a vuestros hijos. Porque, he aquí, que vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no parieron, y los pechos que no criaron..

Á los oídos de los mujeres de Judá estas palabras debieron de haber llegado con un sonido lúgubre. Para ellas era hasta deshonroso no tener hijos; por lo tanto, la idea de que llegara día en que la esterilidad fuera una bendición, debía de parecerles extraña y terrible. Y sin embargo, en el transcurso de cincuenta años, esa predicción fue cumplida literalmente.

Á consecuencia del sitio que el ejército romano, bajo las órdenes de Tito, puso a Jerusalén, los habitantes de la ciudad sufrieron horriblemente de hambre y de peste. Se cuenta que hubo mujeres que a falta de otro alimento, se comieron a sus propios hijos. Sobre nadie descendió con tanta severidad el juicio enviado a la nación judía como sobre las esposas, las madres y los niños pequeños.

No vayamos a suponer que Jesucristo no ofrece al hombre más que misericordia, amor y perdón. Sin duda que él es sobre manera misericordioso. La Escritura dice: “El es amador de la misericordia.” Más no hay que olvidar que es justo además de misericordioso. En el Evangelio ha sido revelada la ira para los que permanecen en la maldad. La misma nube que alumbraba a Israel era oscura para los Egipcios: el mismo Salvador que invita a los agobiados y afligidos a que vengan a él, declara explícitamente que a menos que el hombre se arrepienta perecerá, y que el que no cree será condenado. Luk_13:3; Mar_16:16. En mundo incrédulo verá, como vio Jerusalén, que Dios tiene en su poder el juicio, así como también la misericordia.

Notemos, en seguida, las tiernas palabras de intercesión que pronunció nuestro Señor. Cuéntasenos que, cuando lo hubieron crucificado sus primeras palabras fueron: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Ni aun sus propios padecimientos corporales pudieron hacerle olvidar a los demás. La primera de las siete palabras que dijo en la cruz fue una plegaria por el alma de sus verdugos. Ya había dado a conocer sus funciones proféticas por medio de una notable predicción. Iba más tarde a dar a conocer sus funciones como rey abriendo las puertas del paraíso a un ladrón arrepentido.

Y en el momento de que tratamos desempeñó sus funciones sacerdotales intercediendo por los que lo crucificaron.

“Padre,” dijo, “perdónalos..

No percibiremos todos los frutos de esta plegaria hasta e día en que se abran los libros y se revelen los secretos de todos los corazones. ¿Quién puede decir cuántas de las conversiones que tuvieron lugar en Jerusalén, durante los seis meses que se siguieron a la crucifixión, fueron en contestación a ella? Quizá esa plegaria fue una de las causas que produjeron el arrepentimiento del ladrón. Quizás conmovió al centurión que declaró que Jesús era hombre justo, y a los que volvieron dándose golpes de pecho Quizá los tres mil que se convirtieron el día de Pentecostés y que tal vez habían tomado parte activa en la conspiración urdida contra nuestro Señor, debieron su conversión a esta misma oración. El último día se sabrá: no hay nada secreto que no haya de ser revelado entonces. Lo que sí sabemos con seguridad al presente es que el Padre oye siempre al Hijo. No hay duda, pues, de que la oración fuese oída.

En esa súplica se percibe una prueba más del infinito amor que Cristo tiene a los pecadores. Por malvados que estos sean, siempre se apiada de ellos. él lloró por la desleal Jerusalén; él oyó la suplica del ladrón moribundo; él se detuvo debajo del árbol para llamar al publicano Zaqueo; él descendió del cielo para ablandar el coraron de Saulo, el perseguidor, y aun en la cruz oró por sus asesinos. Un amor semejante sobrepuja todo entendimiento. Ni aun los más viles pecadores deben abstenerse de acudir a él por temor de no ser recibidos.

Finalmente, esta intercesión nos presenta un ejemplo notable de los sentimientos que deben animar a todos los discípulos de Jesucristo a semejanza de él, volvamos bien por mal, bendiciones por maldiciones. a semejanza de él oremos por los que nos persiguen y calumnian. Acaso a nuestro orgullo repugne semejante idea; acaso el mundo califique nuestra conducta de baja y de mezquina; mas no por eso nos avergoncemos de imitar a nuestro divino Maestro. El hombre que ora por sus enemigos manifiesta que posee el espíritu de Jesucristo, y por lo tanto, será galardonado.

Lucas 23:39-43

Los versículos que acabamos de transcribir merecen ser impresos con letras de oro. Muchos hombres, sin duda, darán gracias a Dios por toda la eternidad de que la Biblia contiene la historia del ladrón penitente.

Dicha historia nos da a conocer, primeramente, la relación que existe entre la salvación de los pecadores y la soberana voluntad de Dios. Se nos refiere que dos malhechores fueron crucificados con nuestro Señor–uno a su diestra y el otro a su siniestra. Ambos se hallaban a la misma distancia de Cristo; ambos vieron todo lo que sucedió durante las seis horas que estuvo pendiente de la cruz; ambos estaban agonizando y sufriendo dolores agudos; ambos eran grandes pecadores y necesitaban del perdón. Y sin embargo, el uno murió en sus pecados–tan impenitente, incrédulo e indiferente como había vivido; y el otro se arrepintió, creyó, imploró misericordia de Jesús y fue salvo.

Un hecho como este debiera hacernos humildes. No nos es dado explicarlo. Solo podemos decir: “Así, Padre, porque así agradó a tus ojos.” Mat_11:26. ¿Cómo es que en las mismas circunstancias exactamente un hombre se convierte y otro no; por qué es que de dos que oyen el mismo sermón uno permanece indiferente y otro va a su hogar a orar y a implorar el auxilio de Jesucristo; por qué razón el Evangelio es anunciado a uno y no a otro? todas estas son preguntas que no podemos contestar. Solo sabemos que son hechos ciertos y que en vano pretenderemos negarlos.

Nuestro deber es claro y sencillo, a saber: hacer uso con ahínco de los medios que Dios ha puesto a nuestro alcance para bien de nuestras almas. No hay necesidad de que nadie se pierda: la Biblia no contiene decreto condenatorio contra ningún individuo, y las oportunidades de salvación que el Evangelio ofrece son amplias y universales. Por otra parte, la soberanía de Dios no anula la responsabilidad del individuo. Uno de los ladrones obtuvo la salvación para que ninguno pierda la esperanza, y otro se perdió para que ninguno se haga ilusiones.

Esta historia nos enseña, además, cual es el carácter invariable del verdadero arrepentimiento. Por lo común se pasa por alto este hecho de la historia del ladrón penitente. Muchos hay que no consideran sino la circunstancia de que se salvó a la hora de la muerte; y no examinan las claras e inequívocas pruebas de arrepentimiento que dio antes de exhalar el último suspiro. Esas pruebas merecen señalada atención.

La primera fue la indignación que manifestó por la mala conducta de su compañero para con el Señor: “¡Ni aun tú temes a Dios, estando en la misma condenación!” La segunda fue el reconocimiento de sus propios pecados: “Nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos.” La tercera consistió en una declaración explícita de la inocencia de Jesucristo: “Este ningún mal hizo.” La cuarta fue la fe en que Jesucristo tenía poder y voluntad para salvarlo: tornando hacia él los ojos lo llamó “Señor,” y expresó su creencia de que él tenía un reino. La quinta consistió en hacer oración: clamó a Jesús cuando estaba en la cruz y le suplicó que aun en aquellos momentos se apiadase de su alma. La sexta y última fue la humildad: pidió a Jesús que se apiadase de él. No pidió ninguna grandeza: le bastaba que Cristo se acordara de él.

Guardémonos del arrepentimiento que no vaya acompañado de pruebas inequívocas. Millares de hombres hay que mueren en el engaño. Se imagina que han de salvarse necesariamente, porque el ladrón se salvó a la hora de la muerte; y se olvidan que para ello es preciso que se arrepientan como él se arrepintió. Cuanto más corto sea el tiempo que uno tenga disponible, con tanto mayor cuidado ha de aprovecharlo. Cuanto más cerca se halle el hombre al sepulcro cuando empiece a pensar seriamente en la salvación de su alma tanto más claras han de ser las pruebas que dé de su conversión. Puede decirse que, por regla general, los arrepentimientos que se verifican en el lecho de muerte son poco satisfactorios.

Esta historia nos enseña, además, cuan grandes son el poder y la voluntad que Cristo tiene de salvar a los pecadores.

Escrito está que puede salvar perpetuamente. Heb_7:25. Si escudriñamos la Biblia, desde el Génesis hasta la Revelación, no encontraremos una prueba más evidente del poder y la misericordia de Cristo que la salvación del ladrón penitente.

¿Queremos que se nos presenten pruebas de que la salvación se obtiene por la fe y no por las obras? El caso de que tratamos es una. El ladrón estaba clavado en la cruz de pies y manos, y no podía hacer nada absolutamente en pro de su alma. Sin embargo, por la gracia infinita de Cristo fue salvo.

¿Queremos se nos den pruebas de que los sacramentos no son de necesidad absoluta para la salvación, y que cuando no puedan administrarse, los pecadores obtienen sin ellos el perdón de sus culpas? El ladrón penitente no fue bautizado jamás, no pertenecía a ninguna iglesia visible, y nunca participó de la cena del Señor, mas se arrepintió y creyó, y por lo tanto fue salvo.

Esta historia nos enseña, por último, cuan cerca del descanso y de la gloria se halla el creyente agonizante. Nuestro Señor dijo al malhechor en contestación a su súplica: “Hoy estarás conmigo en el paraíso..

La palabra “hoy” contiene un volumen entero de teología, pues nos hace saber que tan luego como el creyente muera, su alma pasa a gozar de felicidad. En ese momento no se efectúa su completa redención. Su dicha perfecta no empieza sino el día de la resurrección; mas no hay ni demoras misteriosas, ni intervalos de expectativa, ni purgatorio alguno entre su muerte y el estado de la bienaventuranza. Tan pronto como expire se halla con Cristo. Filip. 1:23.

Tengamos esto presente cuando nuestros parientes ó amigos mueran con fe en el Señor. No debemos lamentarlos como si hubieran perecido para siempre. En tanto que nosotros estamos de duelo, ellos están llenos de júbilo. Mientras nos cubrimos de luto y derramamos lágrimas en sus funerales, ellos están gozando de felicidad en la presencia del Señor.

Ante todo, si somos verdaderos cristianos, tengamos esto presente cuando pensemos en nuestra propia muerte. Serio trance es morir; mas si morimos en el Señor, no debemos dudar de que nuestra muerte sea una gran ganancia.

Lucas 23:44-49

Notamos primeramente cuáles fueron los signos milagrosos que anunciaron la muerte de nuestro Señor. Se nos dice que hubo tinieblas sobre toda la tierra por el espacio de tres horas; y que el sol se oscureció y el velo del templo se rompió por medio.

Propio y justo era que se llamase la atención de Jerusalén de una manera especial a tiempo que se estaba ofreciendo el gran sacrificio propiciatorio y el Hijo de Dios estaba agonizando. Muchos prodigios y señales acaecieron en presencia de todo Israel cuando se dio la ley en el Sinaí; y de la misma manera hubo prodigios y señales cuando se derramó en el Calvario la sangre expiatoria de Cristo. Una de estas señales, la oscuridad, fue para provecho del mundo incrédulo, puesto que haría meditar a los hombres. La otra, el acto de romperse el velo que pendía entre el santo y el santo de los santos, fue para provecho de los miembros de la iglesia y de los ministros del templo, puesto que era un milagro que debió de llenarlos de pavor religioso.

Señales como esas forman parte del plan que la divina Providencia ha establecido para gobernar la humanidad. Dios sabe que la torpeza y la incredulidad son defectos anexos a los hombres, y por lo tanto, cuando quiere hacer una nueva revelación, se digna despertarnos de la indiferencia, por medio de obras milagrosas. De este modo, de grado ó por fuerza, tenemos que oír su voz.

Notemos, en segundo lugar, cuan notables fueron las palabras que nuestro Señor pronunció al expirar. Refiéresenos que, clamando en alta voz, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu..

Estas palabras entrañan un pensamiento profundísimo, un pensamiento que nosotros no alcanzamos a sondear. La muerte de nuestro Señor tuvo algo de misterioso que la diferenció de la del hombre. El tenía dos naturalezas: una divina y otra humana. Su naturaleza divina no podía morir. El mismo había dicho: “Yo pongo mi vida para volverla a tomar. Nadie la quita de mí, mas yo la pongo de mí mismo; porque tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.” Joh_10:17 y 18. Cristo no murió, como nosotros morimos, porque estuviera obligado a ello y no pudiera evitarlo, sino de su propia y libre voluntad.

Esto no obstante, en cierto sentido las palabras de nuestro Señor son aplicables a todos los verdaderos cristianos; pues indican de que manera deben estos someterse a la muerte. a semejanza de nuestro Maestro, debemos aguardarla sin temor, considerándola como un enemigo vencido a quien la muerte de Cristo ha dejado inerme; como un adversario que después que ha atacado el cuerpo se encuentra impotente. Así lo hizo Esteban. “Señor Jesús,” dijo él, “recibe mi espíritu.” Así lo hizo Pablo cuando se hallaba en la ancianidad y próximo al fin de su existencia. “Yo sé,” dijo, “á quien he creído, y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” Actos 7:59; 2Ti_1:12. Felices, a la verdad, aquellos cuya vida termina así. Notemos, por ultimo, cómo en la conducta del centurión y de la demás gente que vio morir a Jesús se dejó ver la fuerza irresistible de la conciencia. Se nos dice que el centurión dio gloria a Dios, y dijo: “Verdaderamente este hombre era justo.” Asimismo se nos dice que la muchedumbre que había presenciado la solemne escena volvía dándose golpes de pecho.

No sabemos con exactitud cuál fuera la naturaleza de las emociones que ellos experimentaron, ni del fruto que esas emociones produjeron más tarde. Más sí sabemos, por lo menos, esto: que el oficial romano se sintió íntimamente convencido de que había presidido a la perpetración de una injusticia y dirigido la crucifixión de un inocente. Por lo que hace a los espectadores, su dolor profundo era hijo de la persuasión de que habían apoyado y aprobado un hecho atroz.

Tanto los judíos como los gentiles se alejaron del Calvario llenos de remordimiento, sintiendo el corazón oprimido y turbada la mente.

¡Grande, a la verdad, es el poder de la conciencia! ¡Irresistible es el influjo que puede ejercer en el corazón del hombre! Llena de temor a los monarcas en sus tronos; y puede hacer temblar y estremecer a las muchedumbres ante un puñado de defensores de la verdad. Sujeta a errar como siempre está, e incapaz como es de convertir al hombre, es la más importante función del espíritu humano. No debemos, pues, sorprendernos que S. Pablo dijera: “Por manifestación de la verdad encomendándonos nosotros mismos a la conciencia de todo hombre.” 2Co_4:2.

Quienquiera que desee gozar de tranquilidad interior ha de guardarse de obrar en pugna abierta con su conciencia, y ante todo, ha de orar diariamente para que el Espíritu Santo derrame sobra ella su luz y que la sangre de Cristo la purifique.

Las siguientes palabras de S. Juan son muy expresivas: “Si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios.” 1Jo_3:21. Bien habrá quien puede decir: “Y por esto yo procuro tener siempre conciencia sin ofensa acerca de Dios y acerca de los hombres.” Actos 24: 16.

Lucas 23:50-56

En estos versículos se nos da a entender que Jesús tenia algunos discípulos poco conocidos del público. Se nos refiere que habían cierto hombre que se llamaba José, que no habían estado de acuerdo con los que condenaron a nuestro Señor, y que esperaba también el reino de Dios. Ese hombre se presentó sin temor ante Pilato, después de la crucifixión, para pedirle el cuerpo de Jesús; y obtenida que fue su petición, quitó el cuerpo de la cruz y lo puso en un sepulcro.

Con excepción de lo contenido en el pasaje de que tratamos nada sabemos de José. En ninguna parte de los Actos ó de las Epístolas se hace mención de él; ni figuró tampoco durante los tres años que nuestro Señor proclamó públicamente su doctrina. No se puede explicar por qué razón no se habían afiliado con los otros discípulos; mas sí puede decirse en alabanza suya que en la hora extrema dio a conocer abiertamente que era uno de los prosélitos de Jesús. Cuando los mismos apóstoles abandonaron a su Maestro, José expresó sin temor su afecto y veneración hacia El. Otros lo habían reconocido en tanto que estaba vivo y hacia milagros. Solo José lo reconoció después de muerto.

La historia de José de Arimatea es bien instructiva y consoladora por cuanto demuestra que Jesucristo tiene discípulos acerca de los cuales la iglesia poco ó nada sabe, discípulos que tal vez no hacen tantas protestas como otros, pero a quienes nadie excede en amor y afecto; y por cuanto manifiesta, ante todo, que en el curso de los acontecimientos, pueden aparecer creyentes de donde menos se esperan, y que la causa de Cristo puede tener sostenedores que por el presente nos sean desconocidos. Es a ellos que David llama “los escondidos,” y Salomón compara al “lirio entre las espinas..

Estos versículos nos enseñan también que la muerte de Cristo fue real y verdadera. Este es un hecho sobre el cual la narración no deja duda ninguna. Es imposible que los que quitaron el cuerpo de la cruz y lo pusieron en una sábana, se hubieran engañado. Por sus propias manos y sus propios ojos debieron haberse cerciorado que no era a un vivo sino a un difunto a quien habían colocado en el sepulcro de José.

Este hecho es mucho más importante de lo que por lo general suponen los lectores superficiales. Si Jesucristo no hubiera muerto realmente, el Evangelio nos ofrecería poco consuelo. Solo su muerte podía pagar la deuda del hombre para con Dios. Su encarnación, sus sermones, sus parábolas, sus milagros, su completa obediencia a la ley no habrían servido de nada si no hubiera muerto. El castigo con que se amenazó al primer Adán fue la muerte eterna. Si el segundo Adán, esto es Cristo, no hubiese muerto en nuestro lugar además de habernos enseñado la verdad, el castigo original habría recaído con todo su rigor sobre Adán y todos sus descendientes.

Demos para siempre gracias a Dios de que la muerte de Cristo es un hecho indisputable. El centurión que estuvo cerca de la cruz, los creyentes que desclavaron el cuerpo y lo colocaron en el sepulcro, las mujeres que estuvieron presentes, los sacerdotes que sellaron el sepulcro, los soldados que lo guardaron, todos, todos fueron testigos de que Jesús estaba verdaderamente muerto. El gran sacrificio fue verdaderamente ofrecido; el cordero fue verdaderamente inmolado; nuestro sustituto sufrió la pena consiguiente al pecado. Los pecadores que creen en Jesús no tienen, pues, motivos para temer, mas sí para esperar. De por sí son culpables, pero Cristo ha muerto por los pecadores.

Estos versículos nos dan a conocer, por último, de qué manera acataban los discípulos de Jesús el cuarto mandamiento.

Cuéntasenos que las mujeres que habían preparado aromas y bálsamos “reposaron el sábado, conforme al mandamiento..

Esta pequeña circunstancia es un argumento fuerte, aunque indirecto, contra los que dicen que Cristo abolió el cuarto mandamiento. Ni en este pasaje, ni en ningún otro se encuentra expresión alguna en la cual pueda apoyarse semejante aserción. Nuestro Señor atacó con frecuencia las tradiciones humanas que respecto de la observancia del sábado estaban en boga entre los judíos; y procuró eliminar de ese santo día toda opinión supersticiosa ó contraria a la Biblia, y hacer ver que con las obras de necesidad y de misericordia no se quebranta el cuarto mandamiento. Mas nunca enseñó que no se debía guardar el sábado, y según el pasaje que tenemos a la vista, sus discípulos eran tan escrupulosos como cualquiera en cuanto a santificar ese día; lo cual prueba que él no les había enseñado que el cuarto mandamiento no fuese obligatorio para con los cristianos.

No, el sábado no fue creado solo para los hebreos: se designó desde el principio para bien de toda la humanidad, y los cristianos deben guardarlo de la misma manera que los judíos. La observancia de este día tiene benéficos resultados en el cuerpo y en el alma, en la nación que lo acata y la iglesia que lo venera. No hay sino unos pocos pasos de la negación de la santidad del domingo a la negación de Dios. El hombre que quiera convertir el domingo en día de negocios y diversiones es enemigo declarado del bienestar de sus semejantes. El hombre que suponga que los creyentes son tan espirituales que no necesitan distinguir un día de la semana de los demás días, conoce bien poco el corazón humano, ó las necesidades que acarrea el hecho de vivir en un mundo malo y corruptor.

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