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Lucas 23: Camino del Calvario

No sabemos con exactitud cuál fuera la naturaleza de las emociones que ellos experimentaron, ni del fruto que esas emociones produjeron más tarde. Más sí sabemos, por lo menos, esto: que el oficial romano se sintió íntimamente convencido de que había presidido a la perpetración de una injusticia y dirigido la crucifixión de un inocente. Por lo que hace a los espectadores, su dolor profundo era hijo de la persuasión de que habían apoyado y aprobado un hecho atroz.

Tanto los judíos como los gentiles se alejaron del Calvario llenos de remordimiento, sintiendo el corazón oprimido y turbada la mente.

¡Grande, a la verdad, es el poder de la conciencia! ¡Irresistible es el influjo que puede ejercer en el corazón del hombre! Llena de temor a los monarcas en sus tronos; y puede hacer temblar y estremecer a las muchedumbres ante un puñado de defensores de la verdad. Sujeta a errar como siempre está, e incapaz como es de convertir al hombre, es la más importante función del espíritu humano. No debemos, pues, sorprendernos que S. Pablo dijera: “Por manifestación de la verdad encomendándonos nosotros mismos a la conciencia de todo hombre.” 2Co_4:2.

Quienquiera que desee gozar de tranquilidad interior ha de guardarse de obrar en pugna abierta con su conciencia, y ante todo, ha de orar diariamente para que el Espíritu Santo derrame sobra ella su luz y que la sangre de Cristo la purifique.

Las siguientes palabras de S. Juan son muy expresivas: “Si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios.” 1Jo_3:21. Bien habrá quien puede decir: “Y por esto yo procuro tener siempre conciencia sin ofensa acerca de Dios y acerca de los hombres.” Actos 24: 16.

Lucas 23:50-56

En estos versículos se nos da a entender que Jesús tenia algunos discípulos poco conocidos del público. Se nos refiere que habían cierto hombre que se llamaba José, que no habían estado de acuerdo con los que condenaron a nuestro Señor, y que esperaba también el reino de Dios. Ese hombre se presentó sin temor ante Pilato, después de la crucifixión, para pedirle el cuerpo de Jesús; y obtenida que fue su petición, quitó el cuerpo de la cruz y lo puso en un sepulcro.

Con excepción de lo contenido en el pasaje de que tratamos nada sabemos de José. En ninguna parte de los Actos ó de las Epístolas se hace mención de él; ni figuró tampoco durante los tres años que nuestro Señor proclamó públicamente su doctrina. No se puede explicar por qué razón no se habían afiliado con los otros discípulos; mas sí puede decirse en alabanza suya que en la hora extrema dio a conocer abiertamente que era uno de los prosélitos de Jesús. Cuando los mismos apóstoles abandonaron a su Maestro, José expresó sin temor su afecto y veneración hacia El. Otros lo habían reconocido en tanto que estaba vivo y hacia milagros. Solo José lo reconoció después de muerto.

La historia de José de Arimatea es bien instructiva y consoladora por cuanto demuestra que Jesucristo tiene discípulos acerca de los cuales la iglesia poco ó nada sabe, discípulos que tal vez no hacen tantas protestas como otros, pero a quienes nadie excede en amor y afecto; y por cuanto manifiesta, ante todo, que en el curso de los acontecimientos, pueden aparecer creyentes de donde menos se esperan, y que la causa de Cristo puede tener sostenedores que por el presente nos sean desconocidos. Es a ellos que David llama “los escondidos,” y Salomón compara al “lirio entre las espinas..

Estos versículos nos enseñan también que la muerte de Cristo fue real y verdadera. Este es un hecho sobre el cual la narración no deja duda ninguna. Es imposible que los que quitaron el cuerpo de la cruz y lo pusieron en una sábana, se hubieran engañado. Por sus propias manos y sus propios ojos debieron haberse cerciorado que no era a un vivo sino a un difunto a quien habían colocado en el sepulcro de José.

Este hecho es mucho más importante de lo que por lo general suponen los lectores superficiales. Si Jesucristo no hubiera muerto realmente, el Evangelio nos ofrecería poco consuelo. Solo su muerte podía pagar la deuda del hombre para con Dios. Su encarnación, sus sermones, sus parábolas, sus milagros, su completa obediencia a la ley no habrían servido de nada si no hubiera muerto. El castigo con que se amenazó al primer Adán fue la muerte eterna. Si el segundo Adán, esto es Cristo, no hubiese muerto en nuestro lugar además de habernos enseñado la verdad, el castigo original habría recaído con todo su rigor sobre Adán y todos sus descendientes.

Demos para siempre gracias a Dios de que la muerte de Cristo es un hecho indisputable. El centurión que estuvo cerca de la cruz, los creyentes que desclavaron el cuerpo y lo colocaron en el sepulcro, las mujeres que estuvieron presentes, los sacerdotes que sellaron el sepulcro, los soldados que lo guardaron, todos, todos fueron testigos de que Jesús estaba verdaderamente muerto. El gran sacrificio fue verdaderamente ofrecido; el cordero fue verdaderamente inmolado; nuestro sustituto sufrió la pena consiguiente al pecado. Los pecadores que creen en Jesús no tienen, pues, motivos para temer, mas sí para esperar. De por sí son culpables, pero Cristo ha muerto por los pecadores.

Estos versículos nos dan a conocer, por último, de qué manera acataban los discípulos de Jesús el cuarto mandamiento.

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