(ii) La cortina del templo se rasgó por en medio. Esta era la cortina que ocultaba el Lugar Santísimo, donde moraba la presencia de Dios, el lugar en el que nadie podía entrar más que el sumo sacerdote, una vez al año, el gran Día de la Expiación. Era como si el camino a la presencia de Dios que había estado cerrado se hubiera abierto totalmente para todos. Era como si el corazón de Dios, hasta entonces oculto, se hubiera descubierto. El nacimiento, la vida y la muerte de Jesús rasgaron el velo que había ocultado a Dios a la vista de los hombres. “ El que me ha visto a Mí -dijo Jesús-, ha visto al Padre» Joh_14:9 ). En la Cruz, más claro que en ningún otro lugar, vemos el amor de Dios.
(iii) Jesús clamó a gran voz. Los tres evangelios sinópticos nos recuerdan ese grito final (véase Mat_27:50 ; Mar_15:37 ). Juan, por otra parte, no menciona el gran grito, pero nos dice que Jesús murió diciendo: “ ¡Consumado es!» Joh_19:30 ). En griego y en arameo, consumado es, es una sola palabra, y esa fue la que Jesús dijo en voz muy alta al morir. Murió con un grito de triunfo en sus labios. No susurró “ Se acabó», como teniendo que reconocer su derrota, sino que proclamó su triunfo como el vencedor que había derrotado definitivamente al enemigo en el último enfrentamiento, y que había completado una gloriosa misión. “ ¡Terminado!», gritó Cristo, crucificado pero victorioso.
(iv) Jesús murió con una oración en sus labios: «¡Padre, dejo mi espíritu en tus manos!» Es una cita del Psa_31:5 . Ese versículo era la oración que pronunciaba un niño judío al acostarse por la noche. Jesús hizo aún más tierna la oración confiada añadiéndole la palabra Padre. Aun en la cruz, la muerte era para Jesús como el quedarse dormido en los brazos de su Padre.
(v) La muerte de Jesús impresionó vivamente al centurión y a la multitud. Su muerte tuvo el efecto que no había tenido su vida: quebrantó el duro corazón humano. Ya se estaba cumpliendo el dicho de Jesús: «Cuando me levanten de la tierra, atraeré hacia Mí a todos los hombres» Joh_12:32 ). El imán de la Cruz había empezado a producir efecto en el mismo momento de la muerte de Jesús.
EL QUE LE PRESTÓ SU TUMBA A JESÚS
Lucas 23:50-56
Fijaos: había un hombre que se llamaba José, natural de Arimatea, ciudad de Judasa, bueno y celoso cumplidor de la Ley, que esperaba la venida del Reino de Dios; y era miembro del Sanedrín, pero no había estado de acuerdo con la sentencia ni con lo que habían hecho en el caso de Jesús. Este José se dirigió a Pilato para pedirle que le permitiera enterrar a Jesús. Luego fue a bajar el cuerpo de la cruz, lo envolvió en un lienzo y lo colocó en una tumba cavada en la roca, en la que no se había enterrado a nadie antes. Era viernes por la tarde, y estaba a punto de empezar el sábado.
Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús también fueron detrás de José, y vieron cómo colocaba el cuerpo en la tumba. Cuando volvieron, prepararon aromas y ungüentos para embalsamarlo cuando pasara el sábado, y descansaron ese día como estaba mandado en la Ley.
La costumbre era que los cuerpos de los criminales no se enterraban, sino que se dejaban para los perros y los buitres; pero José de Arimatea salvó el cuerpo de Jesús de esa suerte indigna. No quedaba mucho tiempo, porque Jesús fue crucificado el viernes, y el sábado, el día de reposo, empezaba a la puesta del Sol. Por eso las mujeres no tuvieron tiempo más que para ver dónde enterraba José el cuerpo de Jesús, e irse a casa a preparar los perfumes y ungüentos para embalsamarlo cuando pasara el descanso del sábado, porque habría sido ilegal hacerlo antes.
José de Arimatea es una figura de gran interés.
(i) Cuenta la leyenda que el año 61 d C. Felipe le envió a Gran Bretaña, y llegó a Glastonbury. Llevaba el cáliz que se había usado en la última Cena, que contenía parte de la sangre de Cristo. Ese era el «Santo Grial» que los legendarios caballeros del rey Arturo querían encontrar. Cuando José llegó a Glastonbury, se dice que pinchó su bordón en la tierra para descansar apoyado en él, y reverdeció formando un árbol que florece en Navidad.
El espino de san José sigue floreciendo en Glastonbury, y todavía se siguen mandando esquejes a todo el mundo. Allí en Glastonbury se construyó la primera iglesia de Inglaterra, que la leyenda conecta con san José de Arimatea y que sigue siendo un lugar de peregrinación.
(ii) José de Arimatea es, en cierto sentido, una figura trágica. Es el hombre que le prestó su tumba a Jesús. Era miembro del Sanedrín; se nos dice que no estuvo de acuerdo con la sentencia y la acción de aquel tribunal, pero no se nos dice que lo expresara así. Tal vez guardó silencio, o tal vez se ausentó cuando comprendió que era inútil evitar aquel curso de acción con el que no estaba de acuerdo. ¡Cómo habría ayudado a Jesús si, en aquella asamblea tenebrosa llena de crudo odio, alguien hubiera tomado la palabra para hablar en su favor! Pero es de suponer que José esperó hasta que Jesús estuvo muerto, y entonces le dio su tumba.
Es una de las tragedias de la vida que ofrecemos a los muertos las flores que habríamos podido darles en vida, y guardamos para el funeral o después las alabanzas o el agradecimiento que podríamos haberle expresado antes de morir. A menudo, muy a menudo, lamentamos no haber hablado a tiempo. Una palabra a los vivos vale más que una catarata de elogios a los muertos.
Lucas 23:1-56
23.1 Pilato era el gobernador romano de Judea, región donde estaba Jerusalén. Parecía experimentar un placer especial en hostigar a los judíos. Por ejemplo, tomó el dinero del templo y lo usó para construir un acueducto y afrentó la religión judía al traer a la ciudad imágenes imperiales. Sin embargo, como Pilato bien sabía, dichos actos podrían causarle dificultades. Si la gente presentaba una queja formal en contra de su administración, Roma podría destituirlo del cargo. Pilato comenzaba a sentirse inseguro en su puesto cuando los líderes judíos trajeron a Jesús para enjuiciarlo. ¿Continuaría molestando a los judíos al poner en riesgo su futuro político o cedería ante sus demandas y condenaría a un hombre que, y estaba seguro de esto, era inocente? Esa fue la pregunta que enfrentó Pilato ese viernes primaveral hace aproximadamente dos mil años. Si desea más información acerca de Pilato, véase su perfil en Marcos 15.
23.7 Herodes, llamado también Herodes Antipas, estaba en Jerusalén ese fin de semana para la celebración de la Pascua. (Este fue el Herodes que mató a Juan el Bautista.) Pilato pensó delegar su responsabilidad enviando a Jesús a Herodes, porque sabía que Jesús vivió y trabajó en Galilea. Sin embargo, Herodes no fue de mucha ayuda. Fue escrupuloso con Jesús y disfrutó burlándose de El. A pesar de ello, cuando lo envió de nuevo a Pilato, fue con el veredicto de “inocente”. Si desea más información de Herodes Antipas, véase su perfil en Marcos 6.
23.12 Herodes era el gobernador medio judío de Galilea y Perea. Pilato era el gobernador romano de Judea y Samaria. Estas cuatro provincias, con otras más, estaban unidas bajo el gobierno del rey Herodes el Grande, pero cuando murió en 4 a.C. el reino se dividió entre sus cuatro hijos. A ninguno se les llamó rey, sino tetrarca (significaba “gobernador de un cuarto de la región”). Arquelao, el hijo que recibió Judea y Samaria, transcurridos diez años lo destituyeron y sus provincias las gobernaron una sucesión de gobernadores romanos de los cuales Pilato fue el quinto.
Herodes Antipas tenía dos ventajas sobre Pilato: venía de una monarquía heredada, en parte judía, y permaneció durante más tiempo en su cargo. En el caso de Pilato, también tenía dos ventajas sobre Herodes: era ciudadano romano y enviado del emperador y su posición la crearon para reemplazar al ineficiente medio hermano de Herodes. No es una sorpresa, por lo tanto, que la relación de estos dos hombres fuera tensa. Sin embargo, el juicio de Jesús los unió. Debido a que Pilato reconocía la autoridad de Herodes sobre Galilea, este detuvo el sentimiento amenazante de los políticos romanos, y como ningún hombre sabía lo que debía hacer en este trance, su problema común los unió.
JUICIO DE JESUS : Desde el Getsemaní, llevaron a Jesús ante el concilio judío, el que se convocó al amanecer en la casa de Caifás. De allí fueron a la casa de Pilato, el gobernador romano; luego a la casa de Herodes, tetrarca de Galilea, que se encontraba de visita en Jerusalén, y de allí volvieron a Pilato que, desesperado, lo sentenció finalmente a muerte.
23.13-25 Pilato quiso liberar a Jesús, pero la multitud a grandes voces demandó su muerte, de modo que Pilato lo sentenció. Sin lugar a dudas no quería arriesgar su posición, la que quizás ya estaba vacilante, y permitir un alboroto en su provincia. Como político de profesión, tenía presente la importancia de un compromiso y vio a Jesús como una amenaza política y no como un ser humano con derechos y dignidad.
