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Apocalipsis 12: La mujer y la bestia

Es necesario leer este capítulo en conjunto antes de examinarlo en detalle.

Entonces apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida con el Sol, y con la Luna debajo de sus pies, y con una corona de doce estrellas en la cabeza; estaba embarazada, y gritaba en el parto por los dolores del alumbramiento. Y en el Cielo apareció otra señal: ¡fijaos!, un gran dragón del color del fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y con siete coronas reales en las cabezas. Su cola barrió la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la Tierra. Y el dragón se plantó delante de la mujer que estaba a punto de dar a luz un hijo, para devorar ese hijo en cuanto naciera.

Ella tuvo un hijo varón que está destinado a regir las naciones con vara de hierro; y su hijo fue arrebatado para Dios y para Su trono.

La mujer huyó al desierto, donde Dios le había preparado un lugar, para que cuidaran de ella allí mil doscientos sesenta días.

Hubo una guerra en el Cielo en la que Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón, y el dragón y sus ángeles contra ellos. El dragón era incapaz de prevalecer, ni hubo ya lugar para él en el Cielo. El gran dragón, la antigua serpiente, que se llama.Diablo y Satanás, que engaña a toda la humanidad, fue arrojado a la Tierra, y sus ángeles con él. Y oí una gran voz en el Cielo que decía: -¡Ahora ha venido la salvación y el poder y el reino de nuestro Dios y la autoridad de Su Ungido, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de Dios! Ellos le han derrotado por medio de la sangre del Cordero, y por medio de la palabra de su testimonio, y porque no amaron su vida para evitar la muerte.

¡Regocijaos, Cielos, y los que habitáis en ellos! ¡Ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha caído sobre vosotros con gran ira, y sabiendo que ya no le queda más que un poco de tiempo.

Cuando el Diablo vio que había sido arrojado a la Tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz el hijo varón. Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila para que pudiera volar a su lugar en el desierto donde la guardan de la serpiente un tiempo y tiempos y medio tiempo. Y la serpiente arrojó por su boca una riada tras la mujer para arrebatarla con ella; pero la tierra ayudó a la mujer abriendo su boca y tragándose el río que el dragón había lanzado por su boca. El dragón se enfureció con la mujer y se marchó a hacerles la guerra al resto de su familia, los que guardan los mandamientos de Dios y dan testimonio de Jesús. Y se plantó en la arena del mar.

La mujer embarazada

Juan tuvo una visión alucinante, como un cuadro en el Cielo, cuyos detalles derivaban de muchas fuentes. La mujer estaba vestida con el Sol; tenía la Luna por estrado, y estaba coronada con doce estrellas. El salmista dice de Dios que Se cubre de luz como con una túnica (Salmo 104:2). En el Cantar de los Cantares el poeta describe a su amada como hermosa como la Luna y radiante como el Sol (Cantares 6:10). Así es que parte del cuadro de Juan procede del Antiguo Testamento. Pero añadió algo que los paganos de Asia Menor reconocerían como parte de la descripción babilónica de la divinidad:-frecuentemente representaban a sus diosas coronadas con los doce signos del zodíaco, y probablemente Juan también tiene esto en mente. Es como si tomara todos los emblemas al uso de la divinidad y de la belleza de los que pudiera echar mano y los agrupara.

Esta mujer estaba de parto para dar a luz un hijo que es sin duda el Mesías, Cristo (cp. versículo 5, donde se dice que está destinado a regir las naciones con vara de hierro. Es una cita del Salmo 2: 9, que los judíos consideraban como una descripción del Mesías). Así es que esta cita nos confirma que la mujer es la madre del Mesías.

(i) Si la mujer es la « madre» del Mesías, una sugerencia obvia sería identificarla con María; pero está tan claro que es una figura sobrehumana que difícilmente se puede identificar con ninguna persona individual.

(ii) La persecución de la mujer por el dragón sugiere su identificación con la Iglesia Cristiana. La objeción es que la Iglesia Cristiana no se podría llamar la madre del Mesías.

(iii) En el Antiguo Testamento, el pueblo escogido, el Israel ideal, la comunidad del pueblo de Dios, se llama a menudo la Esposa del Señor: «Porque tu marido es tu Hacedor» (lsaías 54:5). Es la triste queja de Jeremías que Israel se ha prostituido en su deslealtad al Señor (Jeremías 3:6-10). Oseas oye decir a Dios: «Te desposaré conmigo para siempre» (Oseas 2:19s). En Apocalipsis leemos acerca de la fiesta de bodas del Cordero con Su Novia la Iglesia (Apocalipsis 19:7; 21:9). « Os he desposado con Cristo -dice Pablo a la iglesia corintia- para presentaros como novia pura a su Marido» (2 Corintios 11:2).

Esto nos ofrece una vía de acceso. Fue del pueblo escogido de donde surgió Jesucristo en cuanto a su linaje humano. Es a la comunidad ideal de los escogidos de Dios a la que representa la mujer. De esa comunidad surgió Cristo, y fue esa comunidad la que experimentó tal sufrimiento a manos de un mundo hostil. Bien podemos llamar a esta la Iglesia, si recordamos que la Iglesia es la comunidad del pueblo de Dios en todas las edades.

De esta figura aprendemos tres grandes cosas acerca de esta comunidad de Dios. Primera, fue de ella de la que vino Cristo; y de ella ha de seguir viniendo Cristo a los que no Le conocen. Segunda, hay fuerzas de maldad, espirituales y humanas, que están empeñadas en la destrucción de la comunidad de Dios. Tercera, por muy fuerte que sea la oposición que se le haga y por muy dolorosos que sean sus sufrimientos, la comunidad de Dios está bajo Su protección y, por tanto, nunca puede ser totalmente destruida.

El odio del dragón

Aquí tenemos la figura del gran dragón de color de fuego. En nuestro estudio de los antecedentes del Anticristo vimos que los pueblos orientales representaban la creación a la luz de la lucha entre el dragón del caos y el Dios Creador del orden. En el templo de Marduk, el dios creador, había en Babilonia una gran imagen de «una serpiente escarlata reluciente» que representaba al dragón derrotado del caos. Es muy probable que fuera de allí de donde Juan recibió esta imagen. Este dragón se nos presenta de muchas maneras en el Antiguo Testamento.

Aparece como Rahab. «¿No eres Tú el que despedazó a Rahab, el Que hirió al dragón?» (Isaías 51:9). Aparece como Leviatán. «Quebraste las cabezas de los dragones en las aguas. Aplastaste las cabezas del Leviatán» (Salmo 74:12-14). El Día del Señor, Dios castigará a Leviatán con Su espada dura, grande y fuerte (Isaías 27:1). Aparece en la dramática representación de Behemot en Job 40:15-24. El dragón que es el archienemigo de Dios es una figura corriente y terrible en el pensamiento oriental. Es la conexión del dragón con el mar lo que explica las riadas de agua que vomita el dragón para anegar a la mujer (versículo 15).

El dragón tiene siete cabezas y diez cuernos. Esto representa su poder extraordinario. Tiene siete corona reales. Esto representa su poder absoluto sobre los reinos de este mundo como opuestos al Reino de Dios. La figura del dragón barriendo las estrellas del cielo con la cola viene de la del cuerno pequeño de Daniel, que echó por tierra las estrellas, y las pisoteó (Daniel 8:10). La figura del dragón esperando devorar al niño procede de Jeremías, donde se dice de Nabucodonosor que « me tragó como un dragón» (Jeremías 51:34).

H. B. Swete encuentra en esta escena el simbolismo de una verdad eterna acerca de la situación humana. Hay en esta, según la ve la historia cristiana, dos figuras que ocupan el centro de la escena. Está el hombre, caído, siempre bajo el ataque de los poderes del mal pero siempre esforzándose por nacer a una vida superior; y está el poder del mal, siempre buscando su oportunidad para frustrar la tendencia ascendente del hombre. Esa lucha tuvo su culminación en la Cruz.

El arrebatamiento del niño

El niño que la mujer dio a luz estaba destinado a regir las naciones con vara de hierro. Como ya hemos visto, esta es una cita del Salmo 2:9, que los judíos consideraban mesiánico; lo que indica que el Niño era el Mesías.

Cuando nació el Niño, fue rescatado del dragón siendo arrebatado al Cielo, al mismo trono de Dios. La palabra que se usa aquí para ser arrebatado hacia arriba es la misma que se usa en 1 Tesalonicenses 4:17 para describir el arrebatamiento de los cristianos para salir al encuentro del Señor en el aire (cp. 2 Corintios 12:2, donde Pablo la usa para decir que él mismo fue arrebatado al tercer cielo).

En cierto sentido este es un pasaje alucinante. Como ya hemos visto, hace referencia a Jesucristo como Mesías y, según nos lo dice Juan, la historia va directamente desde Su Nacimiento a Su Ascensión; el arrebatamiento debe referirse a la Ascensión.

Como dice Hechos: «Fue alzado» (Hechos 1: 9). Lo raro es la omisión total de la vida terrenal de Jesús. Esto es debido a dos razones.

Es debido al hecho de que Juan no muestra interés en este momento nada más que en el hecho de que Jesucristo fue librado por una intervención directa de Dios de los poderes hostiles que Le atacaron continuamente.

También es debido al hecho de que, en todo el Apocalipsis, el interés de Juan no se centra en el Jesús humano, sino en el Cristo exaltado, Que está capacitado para rescatar a Su pueblo en el tiempo de la angustia.

La huida al desierto

Aquí leemos que la mujer escapa al desierto del ataque del dragón. Con la ayuda de Dios huyó a un lugar que había sido preparado para ella, donde la alimentaron.

No cabe duda que Juan tiene muchas escenas en mente. Está la de la huida de Elías al arroyo Querit, donde le alimentaron los cuervos (1 Reyes 17:1-7); y cuando huyó al desierto, y le alimentó un mensajero angélico (1 Reyes 19:1-9). Está la escena de la huida de José y María a Egipto para escapar del plan asesino de Herodes (Mateo 2:13). Pero dos incidentes estaban especialmente presentes en la memoria de Juan.

(i) En tiempos de Antíoco Epífanes, cuando costaba la vida observar la Ley y dar culto al Dios verdadero, muchos « que buscaban la justicia y el juicio bajaron al desierto para morar allí» (1 Macabeos 2:29).

(ii) Jerusalén fue destruida por los romanos el año 70 d.C. Los años inmediatamente anteriores fueron años terribles de sangrías y revoluciones en los que cualquiera que tuviera ojos en la cara o dos dedos de frente podía prever lo que estaba a punto de suceder. Eusebio, el historiador cristiano, nos dice que, antes que llegara el desastre final, los cristianos de Jerusalén habían sido advertidos por una revelación dada a hombres aprobados que salieran de Jerusalén y cruzaran el Jordán hacia Perea para morar allí en un pueblo llamado Pella (Eusebio: Historia Eclesiástica 3: S). A esto se hace referencia en la transmisión de las palabras de Jesús a los discípulos acerca de los últimos tiempos: cuando vieran que se les echaban encima los últimos terrores habían de huir a las montañas (Marcos 13:14); eso fue exactamente lo que hicieron.

H. B. Swete ve aquí también algo simbólico. La Iglesia tuvo que huir al desierto, y el desierto es solitario. La vida de los primeros cristianos era una vida de aislamiento; estaban aislados en un mundo pagano. Hay veces cuando el testimonio cristiano tiene que ser algo muy solitario -pero, aun en la soledad humana, no falta la compañía divina.

Los mil doscientos sesenta días son una vez más el período fijado de la prueba.

Satanás, el enemigo de Dios

Aquí tenemos la escena de la guerra en el Cielo entre el Dragón, la Serpiente Antigua, el Diablo, Satanás -todos estos nombres describen al ser malvado- y Miguel y todos sus ángeles. La idea parece ser que, tanto era su odio, que el dragón persiguió al Mesías hasta el mismo Cielo, donde le salió al encuentro Miguel con sus legiones celestiales, y le arrojó de allí definitivamente. Será conveniente reunir aquí lo que la Escritura tiene que decir sobre Satanás; nos presenta una descripción complicada.

(i) Tenemos el eco de la antigua historió de una guerra primigenia en el Cielo. Satanás fue un ángel que concibió « la idea imposible» de colocar su trono por encima del de Dios (2 Henoc 29:4s) y fue arrojado del Cielo. Los babilonios tenían la historia parecida de Istar, el dios de la estrella matutina. También él se rebeló contra Dios y fue arrojado del Cielo. Hay una clara referencia a esta antigua historia en el Antiguo Testamento. En Isaías leemos: « ¡Cómo caíste del cielo, Lucero del Día, hijo de la aurora!» (Isaías 14:12). El pecado que causó su caída del Cielo fue el orgullo. Puede que haya una referencia a esto en 1 Timoteo 3:6, donde se exhorta al predicador cristiano se mantenga libre del orgullo no sea que caiga en la misma condenación que el diablo. Cuando Satanás fue arrojado del Cielo, su morada fue el aire, donde tenía que vagar; por eso se le llama a veces el Príncipe del Aire (Efesios 2:2).

(ii) Hay una fuerte línea de pensamiento en el Antiguo Testamento según la cual Satanás sigue siendo un ángel a las órdenes de Dios y con acceso a Su presencia. En Job encontramos a Satanás nombrado entre los hijos de Dios y teniendo derecho de acceso a Su presencia (Job 1:6-9: 2:1-6); y en Zacarías 3:1 s le encontramos también en la presencia de Dios.

Para entender esta concepción de Satanás debemos empezar por entender lo que su nombre quiere decir. Satán quería decir originalmente en hebreo adversario. Aun el ángel del Señor que se plantó en el sendero de Balaam para detenerle en sus intenciones pecadoras se podía decir que era un satán para Balaam (Números 22:22). Los filisteos temían que David les resultara un satán (1 Samuel 29:4). Cuando Salomón subió al trono, fue tan bendecido por Dios que no tenía ningún satán (1 Reyes 5:4). Pero más tarde los reyes extranjeros Hadad y Rezón se convirtieron en sus satanes (1 Reyes 11:14,23).

En el Antiguo Testamento Satán era el ángel que hacía las veces de fiscal contra los hombres en la presencia de Dios, el adversario de ellos. Así actuó como fiscal contra Job, sugiriendo cínicamente que Job servía a Dios por la cuenta que le traía y que, si cayera en desgracia, su lealtad desaparecería (Job 1:11 s), y Satán obtuvo el permiso de Dios para usar cualquier desgracia menos la muerte para poner a prueba a Job (Job 2:16). Igualmente en Zacarías Satán es el acusador del sumo sacerdote Josué (Zacarías 3: I s). En el Salmo 109:6, la versión Reina-Valera usa de hecho la palabra Satanás en este sentido: «Pon sobre él al impío y Satanás esté a su diestra.» Otras versiones alteran correctamente la traducción poniendo: «Que un acusador le lleve a juicio.»

Así que en el Antiguo Testamento Satán era el ángel a cargo del ministerio fiscal cuando uno era juzgado ante Dios; mientras que Miguel era el abogado defensor. Entre los Testamentos parece haber habido una creencia de que había más de un satán a cargo de presentar acusaciones contra los hombres, y leemos qué había un arcángel cuya misión era mantener a raya a los satanes (1 Henoc 40:6).

Para la mayor parte del Antiguo Testamento Satán estaba totalmente bajo la jurisdicción de Dios.

(iii) En el Antiguo Testamento no se nos dice nada del Diablo, aunque algunas veces sí de diablos; pero en el Nuevo Testamento Satanás se nos presenta como el Diablo. En griego diábolos quiere decir literalmente calumniador. No hay una clara línea divisoria entre presentar los cargos contra los hombres e inventar esos cargos y tentar a los hombres a acciones de las que luego se los pueda acusar. Así que en el Nuevo Testamento Satanás pasa a ser el que induce a los hombres a caer en pecado.

Encontrarnos que en la historia de las tentaciones de Jesús se usan los tres nombres indistintamente. Este poder del mal es Satanás (Mateo 4:10; Marcos 1:13); el Diablo (Mateo 4:1, 5, 8,11; Lucas 4: 2, 3, 5,13); y el Tentador (Mateo 4:3).

En este caso encontramos a Satanás empeñado en ciertos propósitos inicuos en la historia del Nuevo Testamento. Trata de seducir a Jesús con sus tentaciones. Urde la terrible trama de la traición en la mente de Judas (Juan 13:2,27; Lucas 22: 3). Se propone hacer caer a Pedro (Lucas 22:31). Persuade a Ananías a retener› parte del precio de la propiedad que ha vendido (Hechos 5:3). Usa todas sus asechanzas (Efesios 6:11) y sus maquinaciones (2 Corintios 2:11) para lograr sus propósitos seductores. Es la causa de la enfermedad y del dolor (Lucas 13:16; Hechos 10:38; 2 Corintios 12:7). Entorpece la obra del Evangelio sembrando la cizaña que ahoga la buena semilla (Mateo 13:39), y arrebatando la semilla de la Palabra del corazón humano antes que pueda penetrar y arraigar en él (Marcos 4:15; Lucas 8:12).

Así es que Satanás se nos presenta como el enemigo de Dios y del hombre, el Malvado par excellence, porque probablemente deberíamos traducir en la Oración Dominical: «Líbranos del Maligno» (Mateo 6:13).

Se le puede llamar el Príncipe de este Mundo (Juan 12:31; 14:30; 16: I1), porque, habiendo sido expulsado del Cielo, tiene que ejercer su malvada influencia entre los hombres. Llega a identificarse con la serpiente en recuerdo de la historia del Huerto del Edén (Génesis 3).

(iv) Lo extraño es que la historia de Satanás es una tragedia en cualquiera de sus versiones. En una de ellas, Satanás es el ángel de la luz, el más glorioso de los ángeles, cuyo orgullo le indujo a tratar de estar por encima de Dios, por lo que fue arrojado del Cielo. En la otra versión, Satanás era un auténtico siervo de Dios, pero pervirtió su servicio convirtiéndolo en una ocasión para pecar. Satanás es el ejemplo supremo de esa tragedia en la que lo mejor se convierte en lo peor.

El himno de los mártires en la Gloria

En estos versículos tenemos el himno de los mártires glorificados cuando Satanás es arrojado del Cielo.

(i) Satanás aparece como el Acusador par excellence; Satanás, según dice H. B. Swete, es « el cínico difamador de todo lo que Dios ha hecho.» Según Renan, es « el critico malévolo de la creación.» Satanás representa la desvelada vigilancia del mal contra el bien.

El trasfondo histórico de la época en que se escribió el Apocalipsis presta relieve a la figura de Satanás. Era la gran edad del acusador, para decirlo con la palabra latina, y castellana, el delator. Se arrestaba constantemente a las personas, se las torturaba, se las mataba, simplemente porque alguien había presentado una denuncia contra ellas. Tácito, escribiendo algunos días antes, había dicho: «El que no tenía ningún enemigo era traicionado por un amigo.» Aquel mundo antiguo sabía demasiado bien cómo eran los acusadores malévolos, cfflicos, caprichosos..

(ii) Esta escena nos muestra por tanto lo que podríamos llamar la limpieza del Cielo. Satanás, el malévolo Acusador, es arrojado definitivamente. Por esta razón los mártires cantan su himno de triunfo en la gloria.

Los mártires son los que han vencido a Satanás.

(a) El martirio es ya en sí una conquista de Satanás. El mártir se ha mostrado superior a toda seducción y a toda amenaza y hasta a la violencia de Satanás. Aquí tenemos una verdad dramática de la vida -cada vez que escogemos sufrir en lugar de ser desleales derrotamos a Satanás.

(b) La victoria de los mártires se obtiene mediante la sangre del Cordero. Esto tiene dos significados. Primero, en la Cruz y a través de la Resurrección Jesús venció para siempre lo peor que el mal Le podía hacer; y los que Le han confiado sus vidas participan de Su victoria. Segundo, por el sacrificio de Jesucristo en la Cruz, el pecado es perdonado; cuando una persona acepta por la fe lo que Jesús ha hecho por ella, sus pecados son borrados. Y cuando uno está perdonado, no hay nada de lo que se le pueda acusar.

Como decía Charles Wesley: Me infunde fuerza en mi debilidad para vencer la ruda tentación; de indecibles angustias y ansiedad me saca a libertad de la prisión; en muerte y sombras me da vida y luz el poder de la sangre de Tu Cruz.

(c) Los mártires son vencedores porque han vivido el gran principio del Evangelio: No consideraron que la vida les era más preciosa que la fidelidad. «El que ama su vida, la pierde; y el que menosprecia su vida de este mundo la conservará por toda eternidad» (Juan 12:25). Este principio se extiende por todo el Evangelio (Mateo 10:39; 16:25; Marcos 8:35; Lucas 9:24; 17:33). Para muchos de nosotros esto no quiere decir literalmente morir por nuestra fe, pero sí poner nuestra lealtad a Cristo por encima de la vida fácil y cómoda.

(iii) Este pasaje finaliza con la idea de que Satanás es arrojado del Cielo y ha caído en la Tierra. Su poder en el Cielo ha sido quebrantado, pero todavía tiene poder en la Tierra; y ruge feroz, porque sabe que no le queda más que un breve tiempo en la Tierra antes de ser totalmente destruido.

El ataque del dragón

El dragón, es decir, el Diablo, al ser arrojado del Cielo y bajar a la Tierra, atacó a la mujer que era la madre del Niño varón. Ya hemos visto que la mujer representa a la Iglesia en su sentido más amplio de Pueblo Escogido de Dios de en medio del cual vino el Ungido de Dios.

Así es que aquí hay un cierto simbolismo. El dragón puede dañar al Niño dañando a la madre; es decir, que el perjudicar a la Iglesia es perjudicar a Jesucristo. El Cristo Resucitado le dijo a Pablo en la carretera de Damasco: « ¡Saulo, Saulo! ¿Por qué Me persigues?» (Hechos 9:4). Pablo había dirigido su persecución contra la Iglesia; pero el Cristo Resucitado dejó bien claro que perseguir a Su Iglesia es perseguirle a El. Cuando despojamos a la Iglesia de la ayuda que podíamos prestarle, despojamos a Jesús de la ayuda que podíamos prestarle; y cuando servimos a la Iglesia, servimos al mismo Jesucristo.

Ya hemos visto (versículo 6) que la huida de la mujer al desierto se refiere a la huida de la Iglesia a Pella, al otro lado del Jordán, antes de la destrucción final de Jerusalén. Pero en la huida de la mujer y en el ataque del dragón Juan usa dos figuras muy familiares para los que conocieran el Antiguo Testamento.

La mujer escapó sobre las dos alas de la gran águila. Una y otra vez en el Antiguo Testamento las alas del águila son el símbolo de los brazos sustentadores de Dios. «Habéis visto -le dijo Dios a Israel- lo que hice con los egipcios, y cómo os llevé sobre alas de águilas, y os traje hasta Mí» (Éxodo 19:4). «Como el águila que alborota su nidada, revoloteando por encimó de sus polluelos, extiende las alas, tomándolos, cargándolos sobre sus plumas, el Señor fue el único que los guió (al pueblo de Israel)» (Deuteronomio 32:11s). O, como una paráfrasis escocesa interpreta Isaías 40:31: « Sobre alas de águila se elevan, se remontan -, sus alas son fe y amor, -hasta que superadas las regiones nebulosas de abajo – se elevan más allá, hasta alcanzar el Cielo.»

Vale la pena notar que, puestos a alegorizar la Escritura, Hipólito vio en las alas del águila el símbolo de «los dos brazos santos de Cristo extendidos sobre la Cruz.»

La segunda figura es la de las riadas que lanzó la serpiente. Ya hemos visto que el viejo dragón del caos era un dragón marino; y, por tanto, el conectar con él las inundaciones era perfectamente natural. Pero también aquí tenemos una imagen del Antiguo Testamento. Una y otra vez en él se comparan la tribulación y la persecución con aluviones incontenibles. «Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí» (Salmo 42:7). Y Dios le prometió al salmista que « en la inundación de muchas aguas no llegarán estas a él» (Salmo 32:6). Si el Señor no le hubiera ayudado, las aguas le habrían anegado y las corrientes impetuosas – habrían pasado sobre su alma (Salmo 124:4s). Cuando el fiel pase por las aguas, Dios mismo estará con él (Isaías 43:2).

El capítulo llega a su fin con otras dos figuras.

Cuando el dragón lanzó las riadas, la tierra las tragó y así se pudo salvar la mujer. No es difícil ver el precedente de esta figura. Con cierta frecuencia sucedía en Asia Menor que la tierra arenosa se tragaba los ríos, que volvían a aparecer más adelante después de fluir bajo tierra una cierta distancia. Hubo, por ejemplo, un caso cerca de Colosas, un área que Juan debe de haber conocido bien.

Pero no es tan fácil ver lo que quiere decir esta imagen. El simbolismo es probablemente que la misma naturaleza está de parte de los que son fieles a Jesucristo. Como el historiador Froude señaló, hay un orden moral en el mundo, y a la larga les va bien a los buenos y mal a los malos.

Por último, Juan nos presenta al dragón yendo a hacerles la guerra a los demás de la familia de la mujer, al resto de la Iglesia. Esto nos habla de la persecución que se habría de extender sobre toda la Iglesia.

Según lo vio Juan, Satanás, arrojado a la Tierra, está teniendo su última convulsión terrible, en la que va a abarcar toda la familia de la Iglesia en la agonía de la persecución.

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