(i) Si la mujer es la « madre» del Mesías, una sugerencia obvia sería identificarla con María; pero está tan claro que es una figura sobrehumana que difícilmente se puede identificar con ninguna persona individual.
(ii) La persecución de la mujer por el dragón sugiere su identificación con la Iglesia Cristiana. La objeción es que la Iglesia Cristiana no se podría llamar la madre del Mesías.
(iii) En el Antiguo Testamento, el pueblo escogido, el Israel ideal, la comunidad del pueblo de Dios, se llama a menudo la Esposa del Señor: «Porque tu marido es tu Hacedor» (lsaías 54:5). Es la triste queja de Jeremías que Israel se ha prostituido en su deslealtad al Señor (Jeremías 3:6-10). Oseas oye decir a Dios: «Te desposaré conmigo para siempre» (Oseas 2:19s). En Apocalipsis leemos acerca de la fiesta de bodas del Cordero con Su Novia la Iglesia (Apocalipsis 19:7; 21:9). « Os he desposado con Cristo -dice Pablo a la iglesia corintia- para presentaros como novia pura a su Marido» (2 Corintios 11:2).
Esto nos ofrece una vía de acceso. Fue del pueblo escogido de donde surgió Jesucristo en cuanto a su linaje humano. Es a la comunidad ideal de los escogidos de Dios a la que representa la mujer. De esa comunidad surgió Cristo, y fue esa comunidad la que experimentó tal sufrimiento a manos de un mundo hostil. Bien podemos llamar a esta la Iglesia, si recordamos que la Iglesia es la comunidad del pueblo de Dios en todas las edades.
De esta figura aprendemos tres grandes cosas acerca de esta comunidad de Dios. Primera, fue de ella de la que vino Cristo; y de ella ha de seguir viniendo Cristo a los que no Le conocen. Segunda, hay fuerzas de maldad, espirituales y humanas, que están empeñadas en la destrucción de la comunidad de Dios. Tercera, por muy fuerte que sea la oposición que se le haga y por muy dolorosos que sean sus sufrimientos, la comunidad de Dios está bajo Su protección y, por tanto, nunca puede ser totalmente destruida.
El odio del dragón
Aquí tenemos la figura del gran dragón de color de fuego. En nuestro estudio de los antecedentes del Anticristo vimos que los pueblos orientales representaban la creación a la luz de la lucha entre el dragón del caos y el Dios Creador del orden. En el templo de Marduk, el dios creador, había en Babilonia una gran imagen de «una serpiente escarlata reluciente» que representaba al dragón derrotado del caos. Es muy probable que fuera de allí de donde Juan recibió esta imagen. Este dragón se nos presenta de muchas maneras en el Antiguo Testamento.
Aparece como Rahab. «¿No eres Tú el que despedazó a Rahab, el Que hirió al dragón?» (Isaías 51:9). Aparece como Leviatán. «Quebraste las cabezas de los dragones en las aguas. Aplastaste las cabezas del Leviatán» (Salmo 74:12-14). El Día del Señor, Dios castigará a Leviatán con Su espada dura, grande y fuerte (Isaías 27:1). Aparece en la dramática representación de Behemot en Job 40:15-24. El dragón que es el archienemigo de Dios es una figura corriente y terrible en el pensamiento oriental. Es la conexión del dragón con el mar lo que explica las riadas de agua que vomita el dragón para anegar a la mujer (versículo 15).
El dragón tiene siete cabezas y diez cuernos. Esto representa su poder extraordinario. Tiene siete corona reales. Esto representa su poder absoluto sobre los reinos de este mundo como opuestos al Reino de Dios. La figura del dragón barriendo las estrellas del cielo con la cola viene de la del cuerno pequeño de Daniel, que echó por tierra las estrellas, y las pisoteó (Daniel 8:10). La figura del dragón esperando devorar al niño procede de Jeremías, donde se dice de Nabucodonosor que « me tragó como un dragón» (Jeremías 51:34).
H. B. Swete encuentra en esta escena el simbolismo de una verdad eterna acerca de la situación humana. Hay en esta, según la ve la historia cristiana, dos figuras que ocupan el centro de la escena. Está el hombre, caído, siempre bajo el ataque de los poderes del mal pero siempre esforzándose por nacer a una vida superior; y está el poder del mal, siempre buscando su oportunidad para frustrar la tendencia ascendente del hombre. Esa lucha tuvo su culminación en la Cruz.
