El arrebatamiento del niño
El niño que la mujer dio a luz estaba destinado a regir las naciones con vara de hierro. Como ya hemos visto, esta es una cita del Salmo 2:9, que los judíos consideraban mesiánico; lo que indica que el Niño era el Mesías.
Cuando nació el Niño, fue rescatado del dragón siendo arrebatado al Cielo, al mismo trono de Dios. La palabra que se usa aquí para ser arrebatado hacia arriba es la misma que se usa en 1 Tesalonicenses 4:17 para describir el arrebatamiento de los cristianos para salir al encuentro del Señor en el aire (cp. 2 Corintios 12:2, donde Pablo la usa para decir que él mismo fue arrebatado al tercer cielo).
En cierto sentido este es un pasaje alucinante. Como ya hemos visto, hace referencia a Jesucristo como Mesías y, según nos lo dice Juan, la historia va directamente desde Su Nacimiento a Su Ascensión; el arrebatamiento debe referirse a la Ascensión.
Como dice Hechos: «Fue alzado» (Hechos 1: 9). Lo raro es la omisión total de la vida terrenal de Jesús. Esto es debido a dos razones.
Es debido al hecho de que Juan no muestra interés en este momento nada más que en el hecho de que Jesucristo fue librado por una intervención directa de Dios de los poderes hostiles que Le atacaron continuamente.
También es debido al hecho de que, en todo el Apocalipsis, el interés de Juan no se centra en el Jesús humano, sino en el Cristo exaltado, Que está capacitado para rescatar a Su pueblo en el tiempo de la angustia.
La huida al desierto
Aquí leemos que la mujer escapa al desierto del ataque del dragón. Con la ayuda de Dios huyó a un lugar que había sido preparado para ella, donde la alimentaron.
No cabe duda que Juan tiene muchas escenas en mente. Está la de la huida de Elías al arroyo Querit, donde le alimentaron los cuervos (1 Reyes 17:1-7); y cuando huyó al desierto, y le alimentó un mensajero angélico (1 Reyes 19:1-9). Está la escena de la huida de José y María a Egipto para escapar del plan asesino de Herodes (Mateo 2:13). Pero dos incidentes estaban especialmente presentes en la memoria de Juan.
(i) En tiempos de Antíoco Epífanes, cuando costaba la vida observar la Ley y dar culto al Dios verdadero, muchos « que buscaban la justicia y el juicio bajaron al desierto para morar allí» (1 Macabeos 2:29).
(ii) Jerusalén fue destruida por los romanos el año 70 d.C. Los años inmediatamente anteriores fueron años terribles de sangrías y revoluciones en los que cualquiera que tuviera ojos en la cara o dos dedos de frente podía prever lo que estaba a punto de suceder. Eusebio, el historiador cristiano, nos dice que, antes que llegara el desastre final, los cristianos de Jerusalén habían sido advertidos por una revelación dada a hombres aprobados que salieran de Jerusalén y cruzaran el Jordán hacia Perea para morar allí en un pueblo llamado Pella (Eusebio: Historia Eclesiástica 3: S). A esto se hace referencia en la transmisión de las palabras de Jesús a los discípulos acerca de los últimos tiempos: cuando vieran que se les echaban encima los últimos terrores habían de huir a las montañas (Marcos 13:14); eso fue exactamente lo que hicieron.
H. B. Swete ve aquí también algo simbólico. La Iglesia tuvo que huir al desierto, y el desierto es solitario. La vida de los primeros cristianos era una vida de aislamiento; estaban aislados en un mundo pagano. Hay veces cuando el testimonio cristiano tiene que ser algo muy solitario -pero, aun en la soledad humana, no falta la compañía divina.
Los mil doscientos sesenta días son una vez más el período fijado de la prueba.
Satanás, el enemigo de Dios
Aquí tenemos la escena de la guerra en el Cielo entre el Dragón, la Serpiente Antigua, el Diablo, Satanás -todos estos nombres describen al ser malvado- y Miguel y todos sus ángeles. La idea parece ser que, tanto era su odio, que el dragón persiguió al Mesías hasta el mismo Cielo, donde le salió al encuentro Miguel con sus legiones celestiales, y le arrojó de allí definitivamente. Será conveniente reunir aquí lo que la Escritura tiene que decir sobre Satanás; nos presenta una descripción complicada.
