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Lucas 5: Condiciones para un milagro

Jesús estaba en pie a la orilla del lago de Genesaret, y el gentío le apretujaba en su deseo de escuchar la Palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que habían traído a la orilla; los pescadores habían bajado a tierra y estaban lavando las redes. Jesús se subió a una de las barcas, la que era de Simón, y le pidió que la separara un poco de la orilla; entonces se sentó, y siguió enseñando a la gente desde la barca.

Cuando terminó lo que estaba diciendo le dijo a Simón:

-Rema hacia lo hondo y echa las redes para pescar.

-Maestro -le replicó Simón , hemos estado faenando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, ya que me lo dices, voy a echar las redes.

Y cuando lo hicieron, se les llenaron las redes hasta tal punto que parecía que iban a romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos; y cuando llegaron, llenaron las dos barcas tanto que parecía que iban a hundirse.

Cuando Simón Pedro se dio cuenta de lo que había pasado, cayó de rodillas delante. de Jesús, y exclamó:

-¡Apártate de mí, Señor; que yo no soy más que un pecador!

Esto decía porque se había quedado profundamente impresionado por la cantidad tan tremenda de peces que habían pescado, y lo mismo les pasaba a los demás, entre los que estaban Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran socios de Pedro.

-¡No tengas miedo! -le dijo Jesús a Simón-. Desde ahora, lo que vas a pescar van a ser hombres.

Cuando consiguieron traer las barcas a tierra, lo dejaron todo allí y se hicieron seguidores de Jesús.

La famosa extensión de agua de Galilea se llama de tres maneras: Mar de Galilea, Mar de Tiberíades y Lago de Genesaret. Tiene unos veinte metros de largo por trece de ancho. Está situado en una depresión de la superficie de la Tierra a 210 metros bajo el nivel del mar, lo que le da un clima casi tropical. En los días de Jesús tenía nueve poblaciones agrupadas en sus orillas, ninguna de menos de 15.000 habitantes.

Genesaret es realmente el nombre de la hermosa llanura que está al Oeste del lago, y que es muy fértil. A los judíos les encantaba jugar con las etimologías, y le atribuían tres diferentes a Genesaret que destacaban su hermosura.

(i) De kinnor, que quiere decir arpa, ya fuera porque «sus frutos son tan dulces como el sonido del arpa», o porque «la voz de sus ondas es tan agradable como la voz del arpa».

(ii) De gan, jardín, y sar, príncipe; de ahí, «el príncipe de los jardines.»

(iii) De gan, jardín, y asher, riquezas; de ahí, «El jardín de las riquezas.»

Aquí nos encontramos con un cambio decisivo en la carrera de Jesús. La última vez que le encontramos predicando estaba en una sinagoga, y ahora se encuentra a la orilla del lago. Es verdad que volveremos a encontrarle en la sinagoga; pero se acerca la hora en que se le cerrará esa puerta, y su iglesia es ahora la costa o el camino abierto, y su púlpito, una barca. Irá adonde haya gente dispuesta a escucharle. John Wesley decía: « Los que formaron nuestras congregaciones eran los que iban vagando por las montañas oscuras, que no pertenecían a ninguna iglesia cristiana; pero despertaron a la predicación de los metodistas, que los habían seguido por los descampados de este mundo hasta los caminos y los vallados, los mercados y las ferias, los cerros y los valles; que habían puesto el estandarte de la Cruz en las avenidas y en los callejones de las ciudades, en las aldeas, en los pajares y en las cocinas de las granjas, etc.; y todo esto hecho de tal manera y hasta tal punto como no se había hecho nunca desde los tiempos de los apóstoles.» «Me gusta un salón amplio -dice en otro lugar-,con un buen cojín y un púlpito majo; pero la predicación en los campos salva almas.» Cuando se le cerraba la sinagoga, Jesús salió a los caminos abiertos.

En esta historia encontramos lo que podríamos llamar una lista de condiciones para un milagro.

(i) El ojo que ve. No hay por qué creer que Jesús creó un banco de peces en aquella ocasión. En el Mar de Galilea había bancos fenomenales que ponían el agua como si estuviera hirviendo en grandes extensiones. Lo más probable es que la aguda vista de Jesús percibiera aquel banco de peces, y ahí estuvo el milagro. Necesitamos ojos que vean de veras. Mucha gente ha visto salir vapor por la tapadera de la cafetera, pero fue a James Watt al que se le ocurrió que se podía aplicar para hacer una máquina de vapor. Mucha7anta ha visto caer una manzana; pero sólo a Newton le sugirió aquello la ley de la gravedad. La Tierra está llena de milagros que esperan unos ojos que los vean.

(ii) El espíritu dispuesto a hacer un esfuerzo. Puesto que Jesús lo decía, Pedro estaba dispuesto a probar otra vez, aunque estaba muy cansado. El desastre de muchas vidas es que se rinden antes del último esfuerzo que podría cambiar las cosas.

(iii) El espíritu dispuesto a probar lo que parece inútil. La noche, que era el tiempo de la pesca, había pasado. Todas las circunstancias estaban en contra; pero Pedro dijo: «¡Sean las circunstancias las que sean, si Tú lo dices estoy dispuesto a probar otra vez!»

Muchas veces no hacemos nada porque nos parece que no es el tiempo oportuno. Pero, si esperamos a que las circunstancias sean ideales, jamás empezaremos nada: Si queremos un milagro, tenemos que fiarnos de la palabra de Jesús cuando nos dice que probemos lo imposible.

TOCANDO LO INTOCABLE

 

Cuando Jesús estaba en uno de los pueblos se acercó uno que era una masa viva de lepra; y cuando vio a Jesús se postró rostro a tierra delante de Él y se puso a rogarle:

-Señor, yo sé que si Tú quieres ponerme bueno, puedes hacerlo.

Jesús extendió el brazo y le tocó, mientras decía:

-Quiero. Ponte bueno.

Y en aquel mismo momento le desapareció la lepra. Jesús le insistió en que no se lo dijera a nadie. Eso sí, le dijo expresamente:

-Ve a presentarse al sacerdote, y a ofrecer el sacrificio que mandó Moisés para la purificación de los leprosos, para que tengan evidencia de tu curación.

Pero la fama de Jesús se iba extendiendo más y más, y la gente se agolpaba para escucharle y para que les curara las enfermedades.

En Palestina se conocían dos clases de lepra. Una era más bien una grave enfermedad de la piel, y era la menos seria. La otra empezaba por un punto, y de allí iba comiéndose la carne hasta que al desgraciado paciente no le quedaban más que los muñones de las manos o de las piernas. Era literalmente una muerte en vida.

Las disposiciones referentes a la lepra se encuentran en Levítico, capítulos 13 y 14. Lo más terrible era el aislamiento al que tenía que someterse el paciente. El leproso tenía que ir gritando por todas partes: «¡Inmundo; inmundo!» Tenía que vivir solo, «fuera del campamento» (13:45, 46). Se le excluía de la sociedad humana, y se le desterraba del hogar: El resultado era, y es todavía, que las consecuencias psicológicas de la lepra eran tan serias como las físicas.

El doctor A. B. MacDonald, que estaba a cargo de una leprosería en Itu, escribe en un artículo: «El leproso es un enfermo de la mente tanto como del cuerpo. Por lo que sea, se tiene una actitud diferente con la lepra de la que se tiene con cualquier otra enfermedad deformante. Se asocia con vergüenza y horror, y conlleva, de alguna manera misteriosa, un sentimiento de culpabilidad, aunque se haya contraído tan inocentemente como cualquier otra enfermedad contagiosa. Al verse evitados y despreciados, es frecuente que los leprosos tengan la tentación de quitarse la vida, y algunos lo hagan.»

El leproso sabe que los demás le aborrecen antes de aborrecerse a sí mismo. Esta era la clase de hombre que vino a Jesús: era inmundo, y Jesús le tocó.

(i) Jesús tocó al intocable. Su mano fue al encuentro del hombre del que cualquier otro se habría alejado. Esto nos sugiere dos cosas. La primera es que, cuando nos despreciamos a nosotros mismos, cuando tenemos el corazón amargado por la vergüenza, recordemos que, a pesar de todo, Cristo nos tiende la mano. Mark Rutherford proponía una nueva bienaventuranza: «Bienaventurados los que nos sanan del desprecio

propio.» Eso es lo que Jesús hacía y hace. Y en segundo lugar, es de la esencia del Evangelio el tocar lo intocable, perdonar lo imperdonable y amar lo inamable. Jesús lo hacía, y por tanto debemos hacerlo nosotros.

(ii) Jesús le encargó al hombre que cumpliera los requisitos normales y corrientes que mandaba la ley de la purificación, que se nos describen en Levítico 14. Es decir: que el milagro no eximía de lo que hubiera que hacer para volver a vivir en sociedad; no le dispensaba de cumplir las reglas establecidas. No se habría sabido que había sucedido un milagro, ni se habría dado la gloria a Dios, si no se cumplían esas normas para que las autoridades competentes tuvieran evidencia de la curación.

(iii) El versículo 15 nos habla de la popularidad que tenía Jesús. Pero sólo era debida a que la gente quería sacarle algo. Muchos quieren los dones de Dios, pero rechazan sus exigencias. No puede haber nada más deshonroso.

SE INTENSIFICA LA OPOSICIÓN

Pero Jesús se retiraba a lugares solitarios para dedicarse ala oración.

Cierto día, mientras Jesús estaba enseñando, había un grupo de fariseos y de escribas que estaban escuchándole sentados. Habían venido de todos los pueblos de Galilea, y de Judasa, y hasta de Jerusalén.

El poder de Dios se manifestaba cuando Jesús sanaba a los enfermos.

No tenemos aquí más que dos versículos, pero tenemos que detenernos en ellos, porque marcan un hito. Los escribas y los fariseos aparecen en escena. La oposición, que no se daría por contenta hasta llevar a Jesús a la muerte, sale a la luz.

Si queremos entender lo que pasó con Jesús, tenemos que saber algo de la ley, y de la relación que tenían con ella los escribas y los fariseos. Cuando los judíos volvieron de Babilonia hacia el año 440 a C., sabían muy bien que se habían desvanecido sus esperanzas de grandeza nacional. Por tanto decidieron alcanzar su grandeza siendo el pueblo de la ley, aplicando todas sus energías a conocer y cumplir la ley de Dios.

La base de la ley eran los Diez Mandamientos, que son principios generales de vida. No son reglas ni reglamentos; no nos dicen lo que tenernos que hacer en cada circunstancia. Y para una cierta sección del pueblo judío, aquello no era suficiente. Lo- que querían no eran principios generales, sino reglas que cubrieran todas las situaciones imaginables: Así es que se pusieron a deducir y a elaborar todas esas reglas a partir de los Diez Mandamientos.

Vamos a poner un ejemplo. El cuarto mandamiento es: «Acuérdate del día de reposo para santificarlo»; y sigue diciendo que no se debe trabajar el sábado (Exo_20:8-11 ). Pero los judíos preguntaban: «¿Qué es un trabajo?»; y se ponían a definirlo bajo treinta y nueve encabezamientos a los que llamaban «padres del trabajo». Pero tampoco bastaba con eso; cada una de esas clases de trabajo se dividía y subdividía minuciosamente, produciendo miles de normas y reglas. Eso era lo que se llamaba la Ley Oral, que a veces se ponía hasta por encima de los Diez Mandamientos. Vamos a poner otro ejemplo. Uno de los trabajos prohibidos en sábado era llevar una carga. Jer_17:21-24 dice: «Guardaos por vuestra vida de llevar carga en el día de reposo.» «Pero -insistían los legalistas-,hay que definir lo que es una carga.» Y se definía: una carga es «una cantidad de comida que pese lo que un higo seco; el vino que se necesita para mezclar en una copa; la leche que se toma de un sorbo; el aceite que se necesita para ungir un miembro pequeño del cuerpo; el agua que se usa para hacer un colirio; el papel qué se necesita para hacer un recibo; tinta suficiente para escribir dos letras; un trozo de caña como para hacer una pluma…», y etcétera, etcétera indefinidamente. Si un sastre se dejaba prendido en la ropa un alfiler o una aguja el sábado, estaba llevando una carga, es decir, quebrantando la ley y pecando; si levantaba el sábado una piedrecita suficientemente grande para tirársela a un pájaro, pecaba. La bondad se identificaba con el cumplimiento de esas interminables normas y reglas.

Vamos a fijarnos en otro ejemplo. El curar en sábado estaba prohibido porque era hacer un trabajo. Estaba establecido que sólo se podían hacer curas si había peligro de muerte; y aun entonces, sólo se podían tomar medidas para que el paciente no se pusiera peor, pero no para ponerle mejor. Se podía poner una venda en una herida, pero no se podían aplicar ungüentos; se podía poner un tapón si dolía un oído; pero no medicina. Ya se comprende que la casuística no tenía límites.

Los escribas eran los expertos en la ley, que sabían todas esas normas y reglas, y que las deducían de la ley. El nombre fariseo quiere decir « separado» , porque los fariseos se separaban de la gente y de la vida normal a fin de cumplir todas esas reglas. Hemos de tener en cuenta dos cosas. La primera es que, para los escribas y fariseos esas reglas eran cuestión de vida o muerte; el quebrantar una de ellas era cometer un pecado mortal. En segundo lugar, sólo los que las tomaban tremendamente en serio podían intentar guardarlas, porque hacían la vida sumamente incómoda. Sólo los menos lo podían intentar.

Esas normas y reglas no tenían importancia para Jesús cuando oía el grito de la necesidad humana. Pero para los escribas y fariseos Jesús era un transgresor de la ley, un mal hombre que quebrantaba la ley y que enseñaba a otros a hacer lo mismo. Por eso le odiaban, y al final le entregaron a la muerte. La tragedia de la vida de Jesús consistió en que fueron precisamente los que tomaban la religión en serio los que le llevaron a la cruz. Fue la suprema ironía de la vida el hecho de que fueran las mejores personas de su tiempo quienes le crucificaron.

Desde este momento, Jesús no tendría reposo. Estaría siempre bajo el escrutinio de miradas hostiles y críticas. La oposición había cristalizado, y no podía haber más que un final. Jesús lo sabía, y antes de enfrentarse con la oposición se retiró a orar. El amor en los ojos de Dios le compensaba por el odio en los ojos de los hombres. La aprobación de Dios le animaba a arrostrar la crítica de los hombres. De la paz de Dios sacaba fuerzas para la batalla de la vida; y nosotros, que somos sus discípulos, debemos ser como Él.

PERDONADO Y CURADO

 

Llegó un grupo de hombres llevando en una camilla a otro que estaba paralítico. Intentaban acercarle adonde estaba Jesús para dejarle delante de Él; pero había tanta gente en la casa que no podían entrar con el enfermo. En vista de eso se subieron a la azotea y le bajaron con camilla y todo por entre las vigas del techo justamente delante de Jesús.

Cuando Jesús se dio cuenta de la fe que tenían, le dijo al paralítico:

-Hombre: tus pecados están perdonados.

Entonces los escribas y los fariseos empezaron a cavilar y a decirse para sus adentros:

-¿Quién se ha creído este blasfemo? ¡Dios es el único que puede perdonar los pecados!

Jesús se dio cuenta de lo que se les estaba pasando por la cabeza, y se dirigió a ellos:

-¿Por qué le estáis dando vueltas a lo que he dicho? -les dijo-. ¿Qué es más fácil, decirle « tus pecados están perdonados», o «levántate y anda»? Pues para que veáis que este Hijo del Hombre tiene autoridad para perdonar los pecados en la Tierra -entonces se dirigió al paralítico-: ¡Haz lo que te digo! ¡Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa!

El paralítico se levantó inmediatamente delante de todos, recogió la camilla en la que le habían traído y se marchó a su casa alabando a Dios. Y todos se quedaron atónitos a más no poder, y se pusieron a alabar a Dios, llenos de santo terror; y decían: -¡Hoy hemos presenciado cosas increíbles!

Aquí tenemos un relato que es todo un cuadro. Jesús estaba enseñando en una casa. Las casas de Palestina tenían terraza, con un mínimo de inclinación para que cayera el agua de la lluvia. La techumbre estaba formada por vigas que iban de lado a lado a corta distancia, con cañizo y cuerdas y cubierta con una capa de aislante. Era lo más fácil del mundo el quitar el relleno entre dos vigas. De hecho, los ataúdes se metían y sacaban muchas veces por el techo.

¿Qué quiere decir este pasaje acerca del perdón de los pecados? Debemos tener presente que se consideraba que el pecado y el sufrimiento estaban íntimamente relacionados como causa y efecto. Se daba por sentado que, si una persona estaba sufriendo, sería porque había pecado; y por eso, el que sufría tenía a menudo un sentido de culpabilidad. Por eso Jesús empezó por decirle al paralítico que se le habían perdonado los pecados. De otra manera el hombre no habría creído que podía ponerse bueno. Esto nos muestra cómo fueron derrotados en la discusión los escribas y fariseos: ellos objetaban a que Jesús pretendiera poder perdonarle los pecados al hombre. Según ellos pensaban y creían, el hombre estaba enfermo porque había pecado; y si recobraba la salud, era señal de que se le habían perdonado los pecados. La objeción de los escribas y fariseos se volvió contra ellos y los dejó sin argumentos.

Lo maravilloso aquí es que lo que salvó a ese hombre fue la fe de sus amigos. Cuando Jesús se dio cuenta de la fe que tenían -la fe emprendedora de los amigos, que no se detenía ante nada que les impidiera traer a su amigo a Jesús para que le pusiera bueno-, aquella fe obtuvo la salud del paralítico. Esto sigue sucediendo.

(i) Hay quienes se salvan por la fe de sus padres. Carlyle solía decir que, a través de los años, volvía a él la voz de su madre: « Confía en Dios, y haz el bien.» Cuando Agustín de Hipona estaba viviendo una vida incontrolada e inmoral, su piadosa madre fue a buscar la ayuda de un obispo cristiano. « Es imposible -le dijo éste- que el hijo de tales oraciones y lágrimas se pierda.» Muchos de nosotros damos testimonio con gratitud y gozo de que le debemos todo lo que somos y seremos a la fe de nuestros padres.

(ii) Hay quienes se salvan diariamente por la fe de los que los aman. Cuando H. G. Wells hacía poco que se había casado y el éxito le exponía a nuevas tentaciones, decía: « Menos mal que detrás de las puertas del número 12 de Mornington Road dormía una tan dulce y tan limpia que me resultaba inconcebible el presentarme miserable o borracho o vil.» Muchos de nosotros habríamos caído en la desvergüenza si no fuera porque no habríamos podido enfrentarnos con- el dolor o la tristeza en los ojos de alguien que nos amaba.

Gracias a Dios es parte de la trama de la vida y del amor que haya influencias preciosas que salvan las almas de los hombres.

EL HUÉSPED DE UN DESCASTADO

Más tarde, Jesús salió de la casa y vio a un cobrador de impuestos que se llamaba Leví, que estaba sentado en la oficina de cobro de los impuestos, y le dijo:

-¡Vente conmigo!

Leví se levantó de su asiento, lo, dejó todo como estaba y se hizo seguidor de Jesús. Luego hizo una gran fiesta en su casa en honor de Jesús en la que estaban presentes un montón de invitados, entre ellos muchos recaudadores de impuestos. Los fariseos y los escribas se empezaron a meter con los discípulos de Jesús y a decirles:

-¿Cómo es que coméis y bebéis con recaudadores de impuestos y con gente de mal vivir con los que no se relacionaría ningún judío que se apreciara en algo?

-Los que necesitan al médico no son los que están bien -intervino Jesús-, sino los que están malos. Yo no he venido a invitar a los buenos a que se arrepientan, sino a los pecadores.

Aquí tenemos la vocación de Mateo (cp. Mat_9:9-13 ). Los publicanos o recaudadores de impuestos eran los más odiados de Palestina. Palestina era un país sometido a los Romanos, y los recaudadores de impuestos estaban al servicio del gobierno de Roma; por tanto, se los consideraba como renegados y traidores.

El sistema de impuestos se prestaba a abusos. La costumbre romana era subastar los impuestos; a un distrito se le asignaba una cantidad, y luego se le vendía el derecho de recogida de impuestos al mejor postor. Mientras éste entregara la cantidad asignada al final del ejercicio, podía quedarse con lo demás que le hubiera sacado al pueblo. Y como no había periódicos, ni radio, ni televisión para que los anuncios llegaran a todo el mundo, las personas corrientes no tenían idea de lo que tenían que pagar.

Este sistema particular se había prestado a abusos tan gordos que ya se había cambiado en los tiempos del Nuevo Testamento; sin embargo, todavía había impuestos y recaudadores colaboracionistas al servicio de Roma y abusos y explotación.

Había dos tipos de impuestos. El primero eran los impuestos de estado. Había un impuesto general que tenían que pagar todos los hombres de 14 a 65 años y las mujeres de 12 a 65, solamente por el privilegio de existir. Había un impuesto de la tierra, que consistía en la décima parte de los cereales y la quinta del vino y el aceite, y se podía pagar en especie o en dinero. Había un impuesto sobre la renta, que era del uno por ciento de lo que se ganara. En estos impuestos no había mucho margen para el abuso.

El segundo tipo de impuestos era muy diverso: por usar las principales carreteras, puertos y mercados; por tener un carro, y por cada una de sus ruedas y por el animal que lo llevaba; había impuestos por la compra de ciertos artículos, y por la importación y exportación. Un cobrador de impuestos podía mandar a un hombre que se detuviera en el camino y desempaquetara, y cobrarle casi lo que le diera la gana. Si no podía pagar, a veces el cobrador se ofrecía a prestarle dinero a un interés exorbitante, y así tenerle más en sus garras.

Se consideraba que los ladrones, los asesinos y los cobradores de impuestos pertenecían a la misma clase. Los publicanos estaban excomulgados de la sinagoga. Un escritor romano nos cuenta que vio una vez un monumento dedicado a un cobrador de impuestos honrado. Un espécimen honrado de esa profesión renegada era tan raro que se le hacía un monumento.

Y sin embargo Jesús eligió a un cobrador de impuestos para que fuera apóstol.

(i) Lo primero que hizo Mateo fue ofrecerle una fiesta a Jesús, que era algo que sin duda podía pagar, invitando a sus compañeros de profesión y a sus amigos descastados para que le conocieran. La primera intención de Mateo era compartir la maravilla que había encontrado. John Wesley le dijo una vez a alguien: «No hay tal cosa como ir al Cielo a solas; uno tiene que encontrar amigos, o hacérselos.» Otro dijo que tenemos que ir al Cielo « como las cerezas». Todo cristiano tiene el deber de compartir las bendiciones que ha encontrado o recibido.

(ii) Los escribas y fariseos criticaban. Los fariseos -los separados- no habrían dejado que el extremo de su túnica rozara a uno como Mateo. Jesús les dio la respuesta irrefutable. Les hizo notar que son precisamente los enfermos los que necesitan un médico; y personas como Mateó y sus amigos eran los que Le necesitaban más. No estaría mal que consideráramos al pecador más como un enfermo que como un criminal; y al que ha cometido un error, más que como alguien que merece desprecio y condenación, como alguien que necesita amor y ayuda para encontrar la rehabilitación.

LA COMPAÑÍA FELIZ

Algunos le dijeron a Jesús:

-Los discípulos de Juan el Bautista ayunan con frecuencia y cumplen escrupulosamente con las oraciones rituales, y los discípulos de los fariseos también; pero tus discípulos comen y beben cuando les da la gana, lo que se les antoja.

 

-Está claro -les contestó Jesús- que no se espera que los invitados a una boda se pongan a ayunar cuando están en compañía del novio. Ya llegará la hora en que el novio les sea arrebatado; entonces ayunarán.

 

Lo que sorprendía y escandalizaba a los escribas y fariseos era que los seguidores de Jesús fueran tan normales. Collie Knox nos cuenta que una vez le dijo un muy querido capellán: «Joven Knox, no hagas de tu religión una agonía.» Y se decía que a Bums le obsesionaba más que le ayudaba la religión. El judío religioso tenía la idea -que no ha muerto todavía del todo- de que para ser religioso uno tenía que pasárselo mal.

Habían sistematizado las observancias religiosas. Ayunaban los lunes y los jueves; y a menudo se enjalbegaban la cara para que uno no pudiera por menos de darse cuenta de que estaban ayunando. Es verdad que eso del ayuno no era tan riguroso; porque duraba sólo desde la salida hasta la puesta del sol, y antes y después se .podía tomar alimento. Se trataba de llamar la atención de Dios hacia el que ayunaba. A veces hasta lo consideraban un sacrificio: al ayunar, uno le estaba ofreciendo a Dios nada menos .que su cuerpo. Y la oración también estaba reglamentada: se hacía a las 12 del mediodía, a las 3 y a las 6 de la tarde.

Jesús estaba totalmente en contra de una religión así, y lo explica con una imagen de la vida real. Cuando se casaba una pareja en Palestina,; no se iban a otro sitio a pasar la luna de miel, sino que se quedaban en casa y tenían invitados toda la semana. Se ponían la mejor ropa que tenían; a veces, hasta se ponían coronas; esa semana eran los reyes, y su palabra era la ley. No volverían a tener una semana igual en toda una vida de trabajo. Y los invitados más íntimos se llamaban «los hijos de la cámara nupcial», con una expresión típicamente hebrea.

(i) Es sumamente significativo que Jesús comparara la vida cristiana con una fiesta de bodas. La alegría debe ser la primera característica cristiana. Son demasiados los que creen que la religión los obliga a hacer todo lo que no quieren, y a no hacer lo que quieren. La risa se convierte en un pecado, en vez de -como la llamaba un famoso filósofo- «una gloria repentina.»

(ii) Al mismo tiempo Jesús sabía que llegaría el día en que el novio les sería arrebatado. La muerte no le pilló desprevenido. La cruz siempre estaba a la vista; pero aun en el camino de la cruz no le faltó el gozo que nadie le podía quitar: el gozo de la presencia de Dios.

LA NUEVA IDEA

Jesús usó una ilustración para que le entendieran. Nadie es tan tonto -dijo- como para rasgar un trozo de tela nueva para remendar una ropa vieja. Si lo hiciera, echaría a perder lo nuevo, y no le serviría para nada, porque el remiendo nuevo no iría con la ropa vieja. Y nadie pone mosto que está`. fermentando en pellejos viejos que han perdido la elasticidad; porque el vino nuevo reventaría los odres viejos, y se derramaría, y los odres viejos se quedarían inservibles. El vino nuevo requiere odres nuevos. Y nadie quiere beber vino que todavía no está hecho, porque dice: «Lo añejo está mejor.»

Los religiosos tienen una pasión por lo antiguo. Nada se mueve más despacio que una iglesia. El problema de los fariseos era que todo lo de Jesús era tan absolutamente nuevo que, sencillamente, no lo podían asimilar.

La mente acaba perdiendo la flexibilidad para aceptar ideas nuevas. Jesús da dos ilustraciones: «No se puede poner un remiendo de paño nuevo a una ropa vieja -dijo-. La fuerza del paño nuevo todavía hará mayor lo que se haya rasgado de la ropa vieja.»

El vino se hacía en odres en Palestina. Cuando se pone mosto en un odre, al fermentar, produce gases. Si el odre es nuevo, tiene elasticidad y puede con la presión; pero, si es viejo, la piel está reseca, y se revienta. Jesús quiere decir: «No dejes que sé te ponga la mente como un odre viejo. La gente dice del vino que lo añejo es mejor. Puede que lo sea en un momento dado, pero olvidan que es un error el despreciar el vino nuevo, porque llegará el día en que haya madurado y sea el mejor de todos.»

En este pasaje Jesús rechaza la mente cerrada y recomienda que no despreciemos lo nuevo sólo porque lo es.

(i) No debemos tener miedo a la libertad de pensamiento. Si creemos en el Espíritu Santo, debemos estar dispuestos para que Dios nos guíe a nuevas verdades. Fosdick pregunta en alguna parte: «¿Cómo estaría la medicina si los médicos no pudieran usar nada más que las medicinas y las técnicas que se conocían hace trescientos años?» Y sin embargo, nuestros parámetros doctrinales son mucho más antiguos. El que propone algo nuevo siempre tiene que luchar. A Galileo le tenían por hereje porque decía que la Tierra gira alrededor del Sol. Lister tuvo que luchar para que se aplicaran los antisépticos en las operaciones quirúrgicas. Simpson tuvo que arrostrar la oposición al uso del cloroformo. Tengamos cuidado con rechazar todo lo nuevo, porque podría querer decir. que hemos perdido la elasticidad mental. No eludamos la aventura del pensamiento.

(ii) No debemos tener miedo de nuevos métodos. El que algo se haya hecho siempre puede que sea la mejor razón para dejar de hacerlo. El que algo no se ha hecho nunca puede que sea la mejor razón para intentarlo. No hay negocio que marche con métodos anticuados -y sin embargo la iglesia sigue intentándolo. Cualquier negocio que hubiera perdido tantos clientes como la iglesia habría tratado de renovarse hace mucho -pero la iglesia sigue rechazando todo lo nuevo.

Una vez Rudyard Kipling vio al General Booth del Ejército de Salvación subir a bordo de un barco para una gira alrededor del mundo, y le hicieron la despedida al son de panderetas y otros instrumentos, cosa que no le hizo ninguna gracia al alma conservadora de Kipling. Más tarde, cuando llegó a conocer. al General le dijo que no le hacían ninguna gracia las panderetas y todo eso; y Booth se le quedó mirando y le dijo: «Joven: si yo creyera que puedo ganar algún alma para Cristo haciendo el pino y tocando la pandereta con los pies, aprendería a hacerlo.»

Hay un conservadurismo sabio y otro que no lo es. Tengamos cuidado de no ser tradicionalistas reaccionarios en el pensamiento o en la acción cuando debemos ser, como cristianos, intrépidos aventureros.

El lago de Genesaret también se conocía como el mar de Galilea o el mar de Tiberias.

Los pescadores en el mar de Galilea empleaban redes, a menudo usaban un peso de plomo en forma de campana alrededor de sus bordes. Al lanzarse una red al agua, el peso del plomo hacía que se hundiera y cubriera los bordes. El pescador entonces tiraba una cuerda para cerrar la red alrededor del pez. Las redes debían mantenerse en buenas condiciones, de modo que se lavaban para remover las algas y remendarlas.

Simón Pedro se atemorizó con el milagro y su primer reacción fue reconocer su pequeñez en comparación con la grandeza de este hombre. Pedro sabía que Jesús sanaba enfermos y echaba fuera demonios, pero se maravillaba de que El estuviera al tanto de la rutina diaria y comprendiera su necesidad. A Dios no solo le interesa salvarnos, sino también ayudarnos en nuestra vida diaria.

Hay dos condiciones previas para seguir a Dios. Como Pedro, debemos reconocer nuestra naturaleza humana pecadora. Luego, como estos pescadores debemos reconocer que no podemos salvarnos a nosotros mismos. Dios es el único que puede hacerlo. Si reconocemos que necesitamos ayuda y sabemos que Jesús es el único que nos puede ayudar, estaremos en condiciones de dejarlo todo y seguirle.

Este es el segundo llamado de los discípulos. Después del primero (Mat_4:18-22; Mar_1:16-20), Pedro, Andrés, Jacobo y Juan volvieron a pescar. Observaron cómo Jesús estableció su autoridad en la sinagoga, curó enfermos y echó fuera demonios. Ahora Jesús también establecía su autoridad en sus vidas; los halló en su medio y les ayudó en su trabajo. A partir de ahí, dejaron sus redes y permanecieron con Jesús. Para nosotros, seguir a Jesús es más que reconocerlo como Salvador. Significa dejar nuestro pasado y dedicar nuestro futuro a El.

La lepra era un mal temido porque a menudo era altamente contagiosa y no había cura conocida. La lepra tenía un impacto emocional de terror similar al SIDA hoy. (La lepra, también llamada el mal de Hansen, aún existe en una forma menos contagiosa que puede tratarse.) Los sacerdotes se dedicaban a la prevención del mal, desterraban a los leprosos del pueblo a fin de prevenir la infección y readmitían a quienes cuyo mal estaba en remisión. Ya que la lepra destruía los terminales nerviosos, a menudo los leprosos sin darse cuenta se lastimaban los dedos de pies y manos y la nariz. Este leproso era un caso avanzado, de manera que sin duda había perdido gran parte de los tejidos de su cuerpo. Aun así, creía que Jesús podría curarle su mal.

Los leprosos se consideraban intocables porque las personas temían contraer la enfermedad. A pesar de todo, Jesús se les acercó y los tocó para sanarlos. Quizás consideremos a algunas personas intocables o repulsivas. No debemos temer acercarnos y tocarlos con el amor de Dios. ¿A quién conoce que necesita que el amor de Dios toque su vida?

La gente ansiaba oír la predicación de Jesús y sanar de sus enfermedades, pero Jesús se retiraba a lugares desiertos para orar. Muchas cosas reclaman nuestra atención y a menudo corremos hacia ellas para concederles nuestro interés. Como Jesús, debemos dedicar tiempo para buscar lugares tranquilos y orar. La fortaleza viene de Dios y la podemos conseguir solo cuando pasamos tiempo con El.

Los líderes religiosos pasaron mucho tiempo en definiciones y discusiones acerca del vasto sistema de la tradición religiosa acumulada por más de cuatrocientos años desde el regreso de los judíos del exilio. Es más, les preocupaban tanto estas tradiciones hechas por el hombre, que perdían de vista las Escrituras. Ahora estos líderes se sentían amenazados porque Jesús desafió su sinceridad y la gente que lo seguía.

En los tiempos bíblicos las casas se construían de piedra, con techos planos de barro mezclado con paja. Escaleras exteriores conducían al techo. Estos hombres llevaron a su amigo por las escaleras al techo para luego sacar el barro y la paja mezclados a fin de bajarlo hasta donde estaba Jesús.

No fue la fe del hombre enfermo lo que impresionó a Jesús, sino la fe de sus amigos. Jesús respondió a la fe de ellos y sanó al hombre. Para bien o para mal, nuestra fe influye en otros. No podemos hacer de otra persona un cristiano, pero sí podemos hacer mucho con palabras, acciones y amor, a fin de darle la oportunidad de decidir. Busque situaciones que motiven a sus amigos a vivir la vida cristiana.

Cuando Jesús le dijo al paralítico que sus pecados eran perdonados, los líderes judíos lo acusaron de blasfemia, al decir ser Dios o hacer cosas que solo El puede hacer. En la Ley judía la blasfemia se castigaba con la muerte (Lev_24:16). Al señalar como blasfemia el derecho de Jesús de perdonar pecados, los líderes religiosos no entendieron que El es Dios y que tiene poder para sanar el cuerpo y el alma. El perdón de pecados fue una señal de la llegada de la etapa mesiánica (Isa_40:2; Joe_2:32; Mic_7:18-19; Zec_13:1).

Leví respondió como Jesús quiere que lo hagan todos sus discípulos; siguió a su Señor de inmediato e invitó a sus amigos a que hicieran lo mismo. Leví dejó el negocio de cobrador de impuestos que era lucrativo, pero quizás deshonesto, para seguir a Jesús. Luego organizó una recepción para sus colegas y otros notorios «pecadores» para que tuvieran la oportunidad de entrevistarse con Jesús. Leví, que dejó tras sí una fortuna material a fin de ganar una espiritual, estaba orgulloso de asociarse con Jesús.

Los fariseos cubrieron su pecado con respetabilidad. Se presentaban en público con apariencia de buenos, al hacer buenas acciones y señalar los pecados de otros. Jesús decidió invertir su tiempo, no con estos líderes religiosos justos, según ellos, sino con gente consciente de su pecado y que no era lo bastante buena para Dios. Para llegar a Dios, usted debe arrepentirse; y para hacerlo, debe reconocer su pecado.

Jesús sabía que su muerte se acercaba. Después de ello, el ayuno era apropiado. A pesar de que El era totalmente humano, sabía que era Dios y cuál era su misión: morir por los pecados del mundo.

Los «odres» eran pieles de cabra que se unían en sus bordes para formar bolsas herméticas. El vino nuevo crece con el tiempo y era necesario ponerlo en un odre nuevo, en uno flexible. Una piel usada, más rígida, podría reventar y desparramarse el vino. Como los odres viejos, los fariseos se mostraron endurecidos para aceptar a Jesús, quien no se ajustaba a sus tradiciones ni reglas. El cristianismo demanda nuevos enfoques, tradiciones, estructuras. Nuestros programas de iglesia y ministerios no deben estructurarse tanto que no den lugar al toque fresco del Espíritu Santo, a un nuevo método o a una nueva idea. Nosotros, también, debemos tener cuidado que nuestros corazones no se cierren y nos impidan aceptar la renovación que Cristo trae consigo. Necesitamos mantener nuestros corazones sumisos a fin de aceptar el mensaje de Jesús que cambia vidas.

Llamado de los discípulos (cf. Mat. 4:18-22; Mar. 1:16-20). El relato más breve de Mar. del llamamiento de los primeros discípulos se concentra en el hecho básico de la respuesta co rrecta al mensaje del reino de Dios en una obediencia inmediata a las órdenes de seguir a Jesús. El relato más largo de Luc. sugiere que Jesús hizo el llamamiento sólo después de haber ganado la amistad de Simón y haberle demostrado su poder. Como experimentado pescador, Simón sabía que había poca posibilidad de una buena pesca, dado que la mejor se hacía de noche en aguas profundas. (Durante el día pescaban en aguas menos profundas.) Sin em bargo, estaba suficientemente impresionado por Jesús como para obedecer sus mandatos. Cuando recibió la plena revelación del poder de Jesús, fue abrumado por un profundo senti miento de temor e indignidad ante la presencia de alguien que demostraba un poder celestial y de ese modo debía ser visto como una persona santa. Simón no era especialmente pecador, pero le dominó el sentido de temor que cualquiera tendría en presencia de lo divino (cf. Jue. 13:21, 22). Jesús, sin embargo, le dijo que no tuviera temor (cf. 1:13, 30) y le hizo su llamamiento al discipulado con pa labras que surgían de la ocupación de Pedro en el momento. Toda la atención es enfocada en Pedro como líder de los doce; se nos deja inferir la presencia de Andrés de acuerdo con el v. 6.

Notas. 1 Genesaret (Quinéret en el AT) es otro nombre para designar a Galilea y se refiere específicamente a la zona al sur de Capernaúm (cf. 6:53). 3 Sobre Jesús, enseñando junto al mar y usando una barca como una especie de púlpito, ver Mar. 4:1, 2. 11 Las teorías de que la gran pesca tenía por intención proveer alimento para los dependientes de los discípulos o que simbolizaba la cantidad de gente que ellos ganarían (cf. Juan 21:1-14) es mera especulación.

Sanidad de un leproso (ver Mat. 8:1-4; Mar. 1:40-45). La primera historia contrasta con las siguientes porque ilustra cómo Jesús normalmente se mantuvo dentro de la ley del AT. La palabra lepra cubría una variedad de enfermedades cutáneas, no todas ellas infecciosas. Si la persona pretendía estar curada, debía cumplir las formalida des correctas de ser considerada limpia por los sacerdotes, antes que se le permitiera moverse libremente en la sociedad (Lev. 14:1-32), y Jesús indicó a este hombre que así lo hiciera, obedeciendo la ley. La historia ilustra cómo Jesús realizó curas en respuesta a la fe -la idea está claramente presente, aunque no se use la palabra- y muestra cómo su reputación iba creciendo, tanto como maestro como quien era sanador.

Autoridad de Jesús para perdonar pecados (ver Mat. 9:1-8; Mar. 2:1-12). La presencia de los fariseos y los maestros de la ley al comienzo del relato prepara al lector para esperar una reacción hostil hacia Jesús. Los fariseos eran un partido religioso que ponía gran énfasis en la estricta observancia de la ley, y en las detalladas reglas que le habían sido agregadas posteriormente y que eran enseñadas especialmente por los maestros de la ley. Estos eran una clase profesional de abogados y maestros que generalmente pertenecían al partido de los fariseos. Lucas describe el techo plano de la casa como un tejado, o sea hecho de tejas (forma de construcción que era familiar a sus lectores griegos), mientras que Mar. implica que era de barro endurecido y varas. Jesús no sanó de inmediato al paralítico, sino que dijo que sus pecados (en ese entonces) eran perdonados. Posiblemente esto implica que el hombre creía que su enfermedad era un castigo por algún pecado en particular; ciertamente no significa que la enfermedad o el desastre siempre sea un castigo por el pecado (ver 13:1-5). Un profeta o sacerdote podía perdonar pecados en el nombre de Dios. La cuestión era si Jesús tenía la autoridad profética para hacerlo: si no era así, estaba declarando falsamente que actuaba en nombre de Dios. De hecho, Jesús declaraba tener la suprema autoridad del Hijo del Hombre que está asociada con el juicio final de Dios sobre la humanidad (cf. Dan. 7:9-22; Luc. 9:26; 12:8, 9). Su respuesta daba una prueba indirecta de esta autoridad mostrando que también tenía autoridad divina para sanar (17). La realización de un acto visible debería convencer a los espectadores de que él también poseía autoridad para el acto invisible y por lo mismo imposible de comprobar.

Actitud de Jesús hacia los pecadores (ver Mat. 9:9-13; Mar. 2:13-17). A diferencia de 5:1-11 esta historia cuenta sólo incidentalmente lo que implica el discipulado. Su propósito principal es mostrar el tipo de persona que Jesús llama y justificar su acción. Le agradó llevar las buenas nuevas a Leví y a sus ex compañeros y su justificación de ese acto estaba más allá de la crítica. No más que de un médico, se podía esperar que Jesús evitara el contacto con un enfermo. Su deber estaba con los necesitados a quienes invitaba al arrepentimiento; los que se consideraban justos no eran su preocupación primordial. Los publicanos eran mi rados por los fariseos como “impuros” religiosamente porque trabajaban para los romanos, y eran odiados porque explotaban a sus compatriotas judíos, llenándose los bolsillos con éxito. Los pecadores que aquí estaban asociados con ellos incluían a las prostitutas, los malhechores y otras personas de dudosa reputación.

Actitud de Jesús hacia el ayuno (ver Mat. 9:14-17; Mar. 2:18-22). El AT requería que el pueblo ayunara una vez por año, el día de la expiación. Los fariseos reclamaban que se hiciese dos veces a la semana, pero Jesús hizo a un lado esa innovación. Sostuvo que hubiera sido tan lógico que los discípulos ayunaran como si lo hicieran los invitados a una fiesta en vez de unirse a los festejos. Había llegado la nueva era de la salvación y los ritos funerarios del pasado eran incompatibles con ella. Sólo durante los días tristes entre la muerte y la resurrección de Jesús sería apropiado ayunar.

Además, sería fútil tratar de combinar la nueva religión con el legalismo de factura humana. La nueva religión se estropearía y, en todo caso, los dos caminos no podrían combinarse, así como un tro zo nuevo de ropa desgarraría una tela vieja o los viejos odres que habían perdido su elasticidad serían rotos por el vino fermentado contenido en ellos. El v. 39 probablemente es un comentario irónico de Jesús sobre los judíos que rechazaban el nuevo vino del evangelio y sostenían que los viejos caminos eran mejores.

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