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Romanos 15: La comunión fraternal

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Los que somos fuertes tenemos la obligación de soportar las debilidades de los que no lo son, y no hacer las cosas a nuestro gusto. Que cada cual obre teniendo en cuenta a su prójimo, de manera que sirva para el bien y la edificación en la fe de los demás. Porque el Ungido de Dios no hacía lo que le venía en gana; sino, como está escrito: «Los insultos de los que te insultaban recayeron sobre Mí.» Todo aquello que se escribió hace mucho tiempo era para nuestra enseñanza; para que nos mantengamos firmes en la esperanza por medio de la fortaleza y el ánimo que nos dan las Escrituras. ¡Que el Dios Que nos infunde fortaleza y ánimo os conceda convivir en armonía como Jesucristo quiere, para que se eleve al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo la alabanza que procede de corazones que latan y de voces que resuenen al unísono!

Pablo está tratando todavía de los deberes mutuos de los miembros de la iglesia, y especialmente de los más fuertes hacia los más débiles en la fe. Este pasaje nos da un resumen maravilloso de las señales que deben caracterizar la comunión fraternal.

(i) La comunión cristiana debe tener como una de sus características la consideración entre los miembros. Cada uno debe pensar, no sólo en sí mismo, sino en los demás. Pero esta consideración no debe degenerar en una laxitud facilona y sensiblera. Debe ir encaminada al bien y a la edificación en la fe del otro. No es una tolerancia que surge del pasotismo y de la falta de interés, sino la tolerancia que sabe que, para ganar a una persona, hay que arroparla con un ambiente de amor, y no bombardearla con una batería de críticas.

(ii) La comunión cristiana debe tener como una de sus características el estudio de la Palabra de Dios. De allí debe proceder nuestro ánimo. Desde este punto de vista la Escritura nos provee de dos cosas:

(a) Nos informa de la relación que Dios ha tenido con una nación, un informe que es la demostración de que siempre es mejor estar en buena relación con Dios y sufrir, que estar a bien con los hombres y evitarse problemas. Los acontecimientos de la historia de Israel demuestran que al final les va bien a los buenos y mal a los malos. La Biblia demuestra, no que el camino de Dios es siempre fácil, pero sí que a fin de cuentas es lo que hace que la vida tenga buenos resultados en el tiempo y en la eternidad.

(b) Nos comunica las grandes y preciosas promesas de Dios. Se dice que Alexander White tenía la costumbre de decir un versículo cuando se marchaba de una visita pastoral; y añadía: « Póntelo debajo de la lengua y chúpalo como un caramelo.» Estas son las promesas de un Dios que nunca falta a Su Palabra. De estas maneras la Biblia comunica al que la estudia consuelo en la aflicción y ánimo en la lucha.

(iii) La comunión cristiana debe tener como una de sus características la entereza, que es una actitud del corazón ante la vida. De nuevo nos encontramos con esta gran palabra hypomoné. Es mucho más que paciencia; es la capacidad victoriosa que puede con la vida; la entereza que no se limita a aceptar las cosas, sino que, al aceptarlas, las transforma en gloria.

(iv) La comunión cristiana debe tener como una de sus características la esperanza. El cristiano es siempre optimista, y nunca pesimista. La esperanza cristiana no es algo que no cuesta nada. No es la esperanza inmadura que es optimista porque no ve las dificultades ni se ha enfrentado con las experiencias de la vida. Se podría pensar que la esperanza es prerrogativa de los jóvenes; pero un gran artista no lo veía así. Cuando Watts pintó « La Esperanza», la pintó como una figura combatida y asediada a la que sólo le quedaba una cuerda en la lira. La esperanza cristiana lo ha visto todo y lo ha sufrido todo; pero no desespera, porque cree en Dios. No es esperanza en el espíritu, la bondad o el éxito humanos, sino en el poder de Dios.

(v) La comunión cristiana debe tener como una de sus características la armonía. Por muy adornada que esté una iglesia, por muy perfectas que sean su liturgia y su música, por muy generosas que sean sus colectas, habrá perdido lo más esencial de la comunión cristiana si le falta la armonía. Esto no quiere decir que no debe haber diferencias de opinión, o que no deben producirse discusiones ni debates; pero sí quiere decir que los que están en la iglesia ya han resuelto el problema de la convivencia. Están absolutamente seguros de que el Cristo que los une es infinitamente más grande que las diferencias que puedan tener.

(vi) La comunión cristiana debe tener como una de sus características la alabanza. Una prueba certera para conocer a una persona es preguntar si el principal registro de su voz es la queja descontenta o la jubilosa acción de gracias. « ¿Qué puedo hacer yo, que soy un pobre vejete cojo decía Epicteto-, sino darle gracias a Dios?» El cristiano debe gozar de la vida, porque goza de Dios. Se llevará el secreto consigo mismo; porque siempre estará seguro de que Dios hace que todo contribuya a su bien.

(vii) Y la esencia de la cuestión es que la comunión cristiana tiene el ejemplo, la inspiración y la dinámica de Jesucristo. Él no se agradó a Sí mismo. La cita que hace Pablo está tomada del Salmo 69:9. Es significativo que, cuando Pablo habla de soportar las debilidades de otros, usa la misma palabra que se aplica a Cristo llevando la cruz (bastazein). Cuando el Señor de la Gloria eligió servir a otros en lugar de buscar su propia seguridad, estableció un modelo que debe aceptar todo el que trate de ser Su seguidor.

La iglesia inclusiva

Así que, aceptaos mutuamente como Cristo os aceptó, para que Dios sea alabado. Lo que quiero decir es que Cristo se hizo servidor de la raza y de la manera judía de vivir por causa de la verdad de Dios, no sólo para garantizar las promesas que habían recibido los antepasados de Israel, sino también para que los gentiles alabaran a Dios por Su misericordia. Escrito está: «Por tanto, alabaré a Dios entre los gentiles y cantaré a Tu Nombre. » Y en otro lugar: «Regocijaos, gentiles, con Su pueblo. » Y en otro lugar: «Alabada Dios, vosotros todos los gentiles, y que todos los pueblos Le alaben. » E Isaías también dice: «Vivirá el Pimpollo de Jesé, es decir, el Que ascenderá para gobernar a los gentiles; en Él pon› drán los gentiles sus esperanzas.» ¡Que el Dios de esperanza os llene de la alegría y de la paz de la fe, para que reboséis esperanza por el poder del Espíritu Santo!

Pablo hace el último llamamiento para que todos los de la iglesia estén de consuno, para que los débiles y los fuertes en la fe se vean como parte del mismo cuerpo, para que judíos y gentiles vivan en perfecta comunión. Puede que haya diferencias, pero no hay más que un Cristo, y el lazo de unión es la común lealtad a Él. La Obra de Cristo fue para los judíos y para los gentiles.

Nació judío y sometido a la Ley judía. Eso fue para que se cumplieran todas las grandes promesas que Dios había hecho a los antepasados del pueblo de Israel, y para que viniera la Salvación a los judíos en primer lugar. Pero Cristo vino no sólo para los judíos, sino para toda la humanidad.

Para probar que esto no son sus propias ideas heréticas, Pablo cita cuatro pasajes. Los cita de la Septuaginta, que era la versión griega del Antiguo Testamento. Los pasajes se encuentran en el Salmo 18:50; Deuteronomio 32:43; Salmo 117:1, e Isaías 11:10. En todos ellos encuentra Pablo anuncios antiguos de la entrada de los gentiles en la fe. Está convencido de que, de la misma manera que Jesucristo vino al mundo para salvar a todos los hombres, la Iglesia debe recibirlos a todos sin tener en cuenta sus diferencias. Cristo fue un Salvador incluyente, y por tanto Su Iglesia debe ser incluyente y no excluyente.

A continuación, Pablo vuelve a hacer resonar las notas clave del Evangelio. Las grandes palabras de la fe cristiana irradian su luz una tras otra.

(i) Está la esperanza. Es fácil a la vista de la experiencia desesperar de uno mismo. Y al considerar los acontecimientos es fácil desesperar del mundo. Alguien ha contado lo que sucedió en una iglesia en tiempos difíciles. Empezó la reunión el presidente con una oración: «Todopoderoso y eterno Dios, Cuya Gracia es suficiente para todas las necesidades», etcétera.

Cuando terminó, se empezó con el orden del día, y el presidente lo inició diciendo: « Caballeros, la situación de esta iglesia es totalmente desesperada, y no se puede hacer nada.» O su oración era vacía y sin sentido, o su afirmación posterior era falsa.

Hace ya mucho que se dijo que no hay situación desesperada, sino sólo personas que han llegado a una condición desesperada. Se dice que había una reunión del gabinete en los días aciagos de la última guerra, inmediatamente después de la capitulación de Francia, Winston Churchill presentó la situación en toda su negrura. El Reino Unido se había quedado solo.

Hubo un profundo silencio cuando acabó de hablar, y en algunos rostros se dibujaba la desesperación; algunos de los presentes habrían optado por la rendición. Mr. Churchill recorrió con la mirada aquella triste compañía, y les dijo: « Caballeros, lo encuentro inspirador.»

Hay algo en la esperanza cristiana que no pueden apagar todos los augurios tenebrosos, y es la convicción de que Dios está vivo. Nadie está sin esperanza mientras exista la Gracia de Jesucristo; y no hay situación desesperada mientras exista el poder de Dios.

(ii) Está el gozo. El placer y el gozo son diferentes a más no poder. Los filósofos cínicos declaraban que el placer es el mal absoluto. Antístenes hizo la extraña afirmación de que «preferiría estar loco a estar contento.» Su argumento era que «el placer es sólo la pausa entre dos dolores.» Si uno tiene ansiedad por algo, eso es un dolor; si lo obtiene, satisface la ansiedad y se produce una pausa en el dolor; disfruta aquello, pero es un placer pasajero, y el dolor vuelve. Verdaderamente, así es como se experimenta el placer. Pero el gozo cristiano no depende de nada que esté fuera de nosotros; mana de la consciencia de la presencia del Señor Resucitado, de la certeza de que nada nos puede separar del amor de Dios en Él.

(iii) Está la paz. Los antiguos filósofos buscaban lo que llamaban ataraxía, la vida imperturbable. Deseaban la serenidad que no pueden inquietar ni los golpes adversos de la fortuna ni las punzadas molestas de la pasión. Se podría decir que hoy en día la serenidad es un paraíso perdido. Hay dos ‹cosas que la hacen imposible:

(a) La tensión interior. Se vive una vida distraída -porque la palabra distraer quiere decir literalmente «apartar, desviar, alejar» (DRAE); los componentes de la personalidad humana están dispersos y enemistados. Mientras llevemos dentro una guerra civil, una personalidad dividida, está claro que no puede haber serenidad. Sólo hay una salida a esta situación, y es rendirse a Cristo. Cuando Cristo está en control, la tensión desaparece.

(b) La preocupación por las cosas externas. Muchos viven apesadumbrados por los azares y avatares de la vida. Cuenta H. G. Wells que se encontraba una vez en un transatlántico en el puerto de Nueva York. Había mucha niebla, de la cual salió inesperadamente otro transatlántico, y los dos se pasaron a pocos metros de distancia. Se encontró de pronto cara a cara con lo que él llamaba la gran peligrosidad general de la vida. Es difícil no preocuparse, porque el ser humano es por naturaleza una criatura que mira hacia adelante con sospecha o miedo. Lo único que puede acabar con esa preocupación es la absoluta convicción de que, pase lo que pase, Dios no causará a sus hijos ninguna lágrima inútil. Nos pasarán cosas que no podamos entender; pero si estamos seguros del amor de Dios, las podremos aceptar con serenidad, aunque hieran el corazón o desazonen la mente.

(iv) Está el poder. Aquí tenemos la necesidad suprema del ser humano: no es que no sepamos lo que está bien; lo difícil es hacerlo. El problema consiste en salir al paso de las cosas y conquistarlas; hacer que se haga realidad lo que llama Wells « el esplendor secreto de nuestras intenciones.» Eso es algo que no podemos hacer solos. Sólo podremos dominar la vida cuando la marea del poder de Cristo cubre nuestra debilidad. Por nosotros mismos no podemos hacer nada; pero todo es posible con Dios.

Las palabras revelan al hombre

Hermanos, yo estoy completamente seguro de que vosotros, tal como sois, estáis llenos de bondad, repletos de conocimiento y capacitados para daros buenos consejos unos a otros. Os escribo con un cierto atrevimiento, como si dijéramos, con el propósito de recordaros lo que ya sabéis. Mi razón para hacerlo es la gracia que Dios me ha dado al hacerme siervo de Jesucristo para con los gentiles y encomendarme el sagrado ministerio de proclamar el Evangelio; y mi propósito es hacer que los gentiles sean una ofrenda aceptable a Dios, consagrada por el Espíritu Santo. Ahora bien, como cristiano tengo una buena razón para sentir un legítimo orgullo en mi trabajo en el servicio de Dios. Puedo decir esto porque no me atrevería a hablar más que de las cosas que Cristo ha realizado por medio de mí, en palabra y en obra, por el poder de señales y milagros, y por el poder del Espíritu Santo, para traer a los gentiles a la obediencia a Cristo. Así es que, partiendo de Jerusalén y rodeando Ilírico, he llevado a cabo el anuncio de la Buena Noticia del Ungido de Dios. Pero siempre ha sido mi ambición anunciar la Buena Noticia, no donde ya se haya predicado el Nombre de Cristo; porque quiero evitar el construir sobre el cimiento que haya echado otro; sino más bien, como dice la Escritura: «Verán aquellos a los que no se han anunciado las Buenas Nuevas, y entenderán los que nunca las habían escuchado.»

Este es uno de los pasajes que revelan mejor el carácter de Pablo. Está llegando al final de la carta, y quiere preparar el terreno para la visita que espera hacerles pronto a los romanos. Aquí vemos algo por lo menos de su secreto para ganar almas.

(i) Pablo se nos revela como un hombre de tacto. No hay aquí ninguna reprensión. No se enfada con los hermanos de Roma ni adopta el tono de un maestro defraudado. Les dice sencillamente que no hace otra cosa que recordarles lo que ya saben muy bien, y les asegura que está convencido de que ellos están preparados para servir al Señor y a sus semejantes. Pablo estaba mucho más interesado en lo que un hombre podía llegar a ser que en lo que ya era. Veía los defectos con claridad meridiana, y los trataba con total fidelidad; pero todo el tiempo estaba pensando, no en la criatura desgraciada que era un hombre, sino en la espléndida criatura que podría llegar a ser.

Se cuenta que una vez Miguel Ángel, cuando se puso a tallar un imponente y deforme bloque de mármol, dijo que lo que quería era liberar al ángel que estaba prisionero en la piedra. Así era Pablo. No quería dejar a un hombre fuera de combate a golpes; no quería criticar para desanimar; hablaba con sinceridad y hasta con severidad, pero siempre con el deseo de ayudar al hombre a ser el que podía llegar a ser aunque todavía no había llegado a serlo.

(ii) La única gloria que Pablo se atribuía era que él era siervo de Cristo. La palabra que usa (leiturgós) es una gran palabra. En la antigua Grecia había ciertas obligaciones con el estado que se llamaban liturgias (leiturguíai), que unas veces se imponían y otras las asumían voluntariamente los que amaban al país. Había cinco de esos servicios voluntarios de los que se encargaban los ciudadanos patriotas.

(a) Uno era joréguía, que era el deber de proporcionar un coro. Cuando Esquilo, Sófocles y Eurípides estaban produciendo sus inmortales dramas, en cada uno de ellos intervenía un coro hablando en verso. Había grandes festividades como las de la Ciudad Dionisia en las que se representaban hasta dieciocho obras dramáticas nuevas. Los que amaban a su ciudad se ofrecían para reunir, mantener, instruir y equipar a un coro a sus expensas.

(b) Otro servicio era la gymnasiarjía. Los atenienses estaban divididos en diez tribus, y eran grandes atletas. En alguno. de los grandes festivales había famosas carreras de antorchas en las que competían los equipos de las diferentes tribus. A veces hablamos todavía de llevar o de pasar la antorcha. El ganar la carrera de las antorchas era un gran honor, y había entusiastas que corrían con los gastos de seleccionar, mantener y entrenar al equipo que había de representar a su tribu.

(c) Otro servicio era la hestiasis. Había ocasiones en las que las tribus se reunían para compartir una comida y una fiesta común; y había hombres generosos que se encargaban de los gastos de tales concentraciones.

(d) Otro servicio era la arjetheóría. A veces la ciudad de Atenas mandaba una embajada a otra ciudad, o a consultar el oráculo de Delfos o de Dodona. En tales ocasiones todo tenía que hacerse de forma que mantuviera el honor de la ciudad; y había patriotas que sufragaban voluntariamente los gastos de esas embajadas.

(e) Otro servicio era la triérarjía. Los atenienses eran el gran poder naval del mundo antiguo; y una de las cosas más patrióticas de las que uno se podía encargar era costear voluntariamente los gastos de mantenimiento de un trirreme o barco de guerra durante un año.

Ese es el fondo de la palabra leiturgós. En años posteriores, cuando se perdió el patriotismo, estas liturgias dejaron de ser voluntarias y se hicieron obligatorias. Más tarde la palabra llegó a usarse para cualquier clase de servicio; y más tarde todavía se reservó especialmente para el culto y el servicio de los dioses en los templos. Pero la palabra siempre conservó el matiz de servicio generoso. De la misma manera que en los tiempos antiguos un hombre ofrecía su fortuna en el altar del servicio a su querida Atenas, y lo consideraba un honor y una gloria, así Pablo se ponía todo él en el altar del servicio a Cristo, y estaba orgulloso de ser siervo de tal Señor.

(iii) Pablo se veía a sí mismo, en el mismo esquema de cosas, como un instrumento en las manos de Cristo. No hablaba de lo que había hecho él, sino de lo que Cristo había hecho con él. Nunca dijo de nada: « ¡Yo lo hice!» Siempre decía: «Cristo me usó para hacerlo.» Se dice que el cambio en la vida de D. L. Moody llegó cuando fue a un culto y oyó decir al predicador: « ¡Está por ver lo que el Espíritu Santo podría hacer con un hombre que se le entregara totalmente y sin reserva!» Y Moody se dijo: « ¿Por qué no he de ser yo ese hombre?» Y todo el mundo sabe lo que el Espíritu de Dios hizo con D. L. Moody. Las cosas empiezan a suceder cuando una persona deja de pensar en lo que puede hacer por sí misma y empieza a pensar en lo que Dios puede hacer con ella.

(iv) La ambición de Pablo era ser un pionero. Se dice que, cuando Livingstone se ofreció voluntario a la Sociedad Misionera de Londres, le preguntaron adónde le gustaría ir. « Me da igual -contestó-, con tal de que sea hacia adelante.» Y cuando llegó a África le fascinaba el humo de mil poblados que veía en la distancia. La única ambición de Pablo era llevar la Buena Nueva de Dios a los que todavía no la habían escuchado. Usa el texto de Isaías 52:15 para expresar su propósito. Un antiguo himno evangélico español expresa en el coro la misma voluntad:
¡Adelante siempre, – Adelante siempre! Peleemos con valor, ¡Adelante siempre, – Adelante siempre! Prosigamos con ardor Con Jesús delante, – Con Jesús delanteY es nuestra la victoria Hasta verle en la gloria. ¡Adelante siempre!

Proyectos presentes y futuros

Y esa es la razón por la que en muchas ocasiones se me ha cerrado el camino para ir a vosotros. Pero ahora, puesto que ya no tengo más campo de trabajo en estas áreas, y dado que desde hace muchos años he tenido muchas ganas de ir a vosotros, cuando vaya a España espero veros de camino; y espero también, después de disfrutar por un tiempo de vuestra compañía, que me ayudéis a proseguir mi camino lo más pronto posible. Pero de momento voy de camino a Jerusalén para prestarles un servicio a los que están consagrados a Dios allí; porque Macedonia y Acaya han resuelto hacer una colecta para los pobres de entre los que están consagrados a Dios en Jerusalén, porque esa era su resolución, y es verdad que están en deuda con ellos; porque, si los gentiles han recibido una parte de los beneficios espiri tuales, ellos también están en deuda con ellos de prestarles servicio en las cosas materiales. Cuando haya llevado a cabo este asunto, y haya entregado debidamente completos los regalos que traigo para ellos, me pondré en camino hacia España pasando por vosotros. Sé que cuando vaya a veros, llegaré llevándoos una bendición abundante de parte de Cristo.

Aquí tenemos a Pablo hablando de sus planes inmediatos y más futuros.

(i) Su plan futuro era venir a España. Había dos razones por las que deseara venir. La primera era que España era la tierra más occidental de Europa. Era, en cierto sentido, el límite del mundo civilizado, y eso ya era suficiente para hacer que Pablo quisiera visitarla para predicar el Evangelio aquí. Pablo quería llegar con el Evangelio al NON PLUS ULTRA, al último extremo más allá del cual ya no se creía que había más tierras.

(ii) En aquel tiempo florecía en España una verdadera galaxia de genios. Muchos de los más grandes hombres del Imperio eran españoles: Lucano, el poeta épico; Marcial, el maestro del epigrama; Quintiliano, el más grande preceptor de oratoria de su tiempo. Sobre todos y sobre todo, Séneca, el gran filósofo estoico, preceptor y luego primer ministro de Nerón, era español.

Puede que Pablo estuviera diciéndose a sí mismo que podrían suceder cosas maravillosas si España fuera ganada para Cristo.

(iii) Su plan inmediato era ir a Jerusalén. Había tenido un proyecto que era muy querido a su corazón: había organizado que se hiciera una colecta entre las iglesias más jóvenes para la iglesia madre de Jerusalén. No cabe duda de que esa colecta seria muy necesaria. En una ciudad como Jerusalén, muchos de los empleos disponibles tendrían relación con el Templo y sus servicios. Todos los sacerdotes y las autoridades del Templo eran saduceos, que eran los más acérrimos enemigos de Jesús. Por tanto, debe de haber sucedido que muchos, cuando se convertían a Cristo en Jerusalén, perdían el empleo y quedaban en la más completa necesidad. La ayuda que pudiera venirles de las iglesias más jóvenes sería un notable alivio. Pero había por lo menos otras tres razones de peso por las que Pablo tenía tanto interés en llevar aquella ofrenda a Jerusalén.

(a) Para él personalmente suponía el pago de una deuda y un deber. Cuando se llegó al acuerdo de que Pablo fuera el apóstol de los gentiles, lo único que le habían pedido los líderes de la iglesia de Jerusalén había sido que se acordara de los pobres (Gálatas 2:10). « Cosa que siempre tuve mucho interés en hacer» decía Pablo. Él no era un hombre capaz de olvidar un compromiso o una deuda; y ahora era el momento de cumplir, por lo menos en parte.

(b) No había mejor manera de demostrar prácticamente la unidad de la Iglesia. Era ésta una manera de enseñar a las iglesias más jóvenes que no eran unidades aisladas, sino miembros de una gran Iglesia que se extendía por todo el mundo. El valor de ayudar a otras iglesias consiste en que nos hace recordar que no somos sólo miembros de nuestra iglesia local, sino también de la Iglesia universal.

(c) Era la mejor manera de aplicar la fe a la práctica. Era bastante fácil hablar de la generosidad cristiana; pero aquí se les ofrecía una oportunidad de pasar de las palabras a las obras.

Así es que Pablo está de camino a Jerusalén, y está preparándose para visitar España. No sabemos seguro si cumplió su deseo, porque en Jerusalén se enfrentó con grandes dificultades que le condujeron a un largo encarcelamiento y tal vez a la muerte. Es posible que este fuera un plan del gran pionero Pablo que nunca llegó a realizar.

Con los ojos abiertos ante el peligro

Hermanos, os exhorto por nuestro Señor Jesucristo, y por el amor del Espíritu, que luchéis conmigo en oración a Dios por mí; porque necesito vuestras oraciones para no caer en poder de los de Jerusalén que no creen, y para que la ayuda que estoy llevando a Jerusalén resulte aceptable a los que están consagrados a Dios allí. Quiero que oréis para que en la voluntad de Dios pueda ir felizmente a vosotros, y disfrutar de un tiempo de descanso en vuestra compañía. ¡Que el Dios de paz sea con todos vosotros! Amén.

Llegamos al final del pasaje anterior diciendo que, por lo que nosotros sabemos, el proyecto de Pablo de ir a España nunca lo pudo realizar. Sabemos seguro que, cuando fue a Jerusalén, le detuvieron y pasó los siguientes cuatro años prisionero, dos en Cesarea y dos en Roma. Aquí se nos revela de nuevo la grandeza de su carácter.

(i) Cuando Pablo fue a Jerusalén, sabía lo que hacía y era plenamente consciente de los peligros que le acechaban (Cp. Hechos 20:22ss; 21:10-14). Como su Maestro cuando «afirmó Su rostro para ir a Jerusalén» (Lucas 9:51, R-V), así hizo Pablo. El valor de más subido valor es el del que sabe que tendrá que arrostrar un grave peligro si cumple lo que considera su deber, y sin embargo sigue adelante. Ese es el valor del que dio muestra Jesús. Y ese es el valor que debemos tener todos los seguidores de Cristo, como lo tuvo Pablo.

(ii) En una situación así, Pablo pidió las oraciones de los cristianos de la iglesia de Roma. Es una gran cosa seguir adelante sabiendo que estamos arropados por las oraciones de los que nos aman. Aunque estemos materialmente a mucha distancia de los que amamos, ellos y nosotros nos podemos encontrar ante el Trono de la Gracia de Dios.

(iii) Pablo les deja su bendición y sigue adelante. Era sin duda todo lo que podía dar. Aunque no podamos hacer nada más, siempre podremos presentar a nuestros amigos y amados en oración a Dios.

(iv) Fue la bendición del Dios de paz la que Pablo envió a Roma, y fue en la presencia del Dios de paz como él mismo fue a Jerusalén, a pesar de todas sus amenazas. El que tiene la paz de Dios en el corazón se puede enfrentar sin miedo con todos los peligros de la vida.[/private]

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Lionel Valentin

Evangelista, Periodista y Caricaturista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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