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Juan 16: Advertencia y desafío

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

No puede exigirse mayor prueba de la importancia de la concordia entre los cristianos, y de lo pernicioso de la desunión, que la gran prominencia que nuestro Señor dio al asunto en el pasaje de que nos ocupamos. Cuan doloroso y cuan cierto no es que en todos los siglos las disensiones han sido el escándalo de la religión y el pecado de la iglesia de Jesucristo. ¡Cuántas veces no han gastado sus fuerzas los cristianos en contender contra sus hermanos, en vez de emplearlas en luchar contra el demonio! Cuántas veces no han dado motivo para que el mundo diga: «Cuando vosotros hayáis arreglado vuestras disputas entonces creeré.» Nuestro Señor sin duda previo todo esto con el ojo perspicaz del profeta, y por esa razón oró que los creyentes estuvieran siempre unidos.

3a petición. Que su pueblo estuviera al fin con él y contemplara Su gloria. «Aquellos que me has dado,» dijo, «quiero que donde yo estoy ellos estén también conmigo..

Bellas y conmovedoras son, a la verdad, estas palabras. No hay duda que tuvieron por objeto consolar y reanimar a los apóstoles, y darles fuerzas para la triste separación que rápidamente se acercaba. Mas también están llenas de un indecible consuelo aun para los que en estos remotos tiempos las leen.

Ahora no podemos ver a Jesucristo. Leemos y oímos hablar acerca de él, creemos en él y ciframos nuestras esperanzas de salvación en la obra redentora que efectuó; mas aun los cristianos más santos con en su camino guiados por la fe, no por lo que ven con sus propios ojos; y corno esa fe es débil, resulta que sus pasos son, a menudo, vacilantes y pausados. Mas esa situación llegará a su término algún día. Al fin hemos de ver a Jesucristo tal como es y de conocerle como nosotros hemos sido conocidos. Si el creer ha sido tan agradable, mucho más lo será el ver; y si la esperanza ha sido dulce, mucho más lo será la realidad. Por eso San Pablo, después de haber dicho que siempre estaremos con el Señor, agrega: «Consolaos los unos a los otros en estas palabras.» 1 Tes. 4:17, 18.

Al presente sabemos muy poco acerca del cielo. Nuestro entendimiento se abisma cuando procuramos formarnos una idea de ese estado futuro en que los pecadores absueltos serán completamente felices. «Aún no es manifestado lo que hemos de ser.» 1Jo_3:2. Mas debemos tranquilizarnos con saber que después de la muerte estaremos con Jesucristo, ya sea en el paraíso, antes de la resurrección, o en la gloria final, después de ese acontecimiento. Y donde esté ese Ser que nació, murió y resucitó por nosotros, nada nos puede faltar. Con razón dijo David: «Hartura de alegrías hay en tu rostro: deleites en tu diestra para siempre.» Psa_16:11.

Juan 16:8-15

Es preciso guardarnos de no dar una inteligencia errada a las palabras que nuestro Señor dijo respecto de la venida del Espíritu Santo. Por una parte, es menester que recordemos que el Espíritu Santo estuvo desde el principio con los creyentes de la época del Antiguo Testamento. Jamas hombre alguno fue convertido y librado de las consecuencias del pecado sino por medio del poder renovador del Espíritu Santo. Abraham, Isaac, Samuel, David y los profetas fueron elevados por el influjo de ese mismo Espíritu. Mas, por otra parte, es preciso no olvidar que después de la ascensión de Jesucristo el Espíritu Santo descendió sobre los hombres como individuos y sobre los pueblos como naciones con mayor poder de lo que había descendido anteriormente. a esta última circunstancia fue que se refirió nuestro Señor en los versículos arriba citados. El quiso decir que después de su ascensión el Espíritu Santo vendría al mundo con un poder tanto mayor que antes, que iba a parecer como si hubiera venido por primera vez y no hubiera estado antes en el mundo.

No puede negarse que es muy difícil explicar acertadamente las maravillosas palabras de nuestro Señor que este pasaje contiene. Es bien dudoso si el entendimiento humano ha alcanzado jamas a abarcar su significado, y si no hay en el fondo algún pensamiento que todavía no ha sido descubierto. La explicación, que comúnmente se da, de que nuestro Señor solo quiso decir que la parte que el Espíritu tomaba en la salvación de los creyentes era convencerlos de su propio pecado, de la justicia de Jesucristo y de la certeza del juicio–esa explicación, decimos, es superficial y no puede satisfacer a los buenos pensadores. La doctrina que entraña es, sin duda, sana y corriente, pero no expresa debidamente el significado de las palabras del Señor. Contiene una verdad, pero no la verdad del texto. No dijo que el Espíritu había de convencer a tal o cual individuo, sino al mundo. Veamos si no se puede encontrar una interpretación más amplia y más satisfacía.

En primer lugar, nuestro Señor probablemente quiso manifestarles lo que el Espíritu Santo haría con los judíos incrédulos. Los convencería «de pecado, y de justicia, y de juicio..

Los convencería «de pecado.» Los obligaría a reconocer y confesar que al rechazar a Jesús Nazareno habían cometido un gran pecado, y se habían hecho culpables de una incredulidad atroz.

Los convencería de justicia. Les haría sentir la convicción de que Jesús Nazareno no era un impostor y un engañador, como ellos habían dicho, sino un Ser santo, justo e inocente, a quien Dios había reconocido como tal recibiéndolo allá en los cielos.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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