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Juan 16: Advertencia y desafío

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Demos constantemente gracias a la Providencia de que el cristiano no tiene que fincar sus esperanzas en un ser mutable, perecedero, finito, sino en el divino y eterno Salvador. Aquel a quien se nos manda acudir para obtener perdón y sosiego es Dios y hombre. Para los que realmente se interesan por el bien de sus almas esa idea es muy consoladora, pues saben que ningún Salvador humano podria satisfacer las necesidades del pecador.

Es de notarse, también, los benignos términos en que nuestro Señor aludió a sus discípulos. «Guardaron tu palabra–han ya conocido que todas las cosas que me diste son de tí–han conocido verdaderamente que salí de tí — han creído que Tú me enviaste..

Si consideramos el carácter de los hombres a quienes se refirieron estas palabras, no podrán menos de parecemos maravillosas. ¡Cuan débil era su fe! ¡Cuan limitados sus conocimientos! ¡Cuan pequeño su ánimo en la hora del peligro! Solamente unos pocos momentos después de que Jesús pronunció esas palabras todos le abandonaron y huyeron, y uno de ellos lo negó tres veces bajo juramento. En una palabra, ninguno que lea los cuatro Evangelios con atención dejará de percibir que ningún maestro tuvo jamas discípulos tan frágiles como los que tuvo Jesús. Y sin embargo, de esos mismos discípulos fue que él habló con tanta bondad.

Es evidente que Jesús descubre en los creyentes mayores cualidades que las que ellos advierten en sí mismos, o que las que los demás les reconocen. La más mínima fe es valiosa a sus ojos. Aunque no sea más grande que un grano de mostaza es sin embargo una semilla celestial, una semilla que hace distinguir al cristiano del hombre del mundo. Cuando el Salvador percibe que alguno tiene fe en él, por débil que sea, le tiene compasión y le disimula muchos defectos y flaquezas. Eso fue lo que aconteció con los apóstoles. Cierto es que eran frágiles como el vidrio y movedizos como la arena, mas creyeron en su Maestro y lo amaron en tanto que era despreciado y escarnecido por la multitud. Y la circunstancia de haber dicho él que la copa de agua dada en nombre de un discípulo no dejarla de obtener su galardón, manifiesta claramente que jamas se arrojó al olvido la constancia de esos discípulos.

Aun el más recto y piadoso de los creyentes tiene por fuerza que percibir en sí mismo muchos defectos y flaquezas, y que avergonzarse de lo poco que avanza en el campo do la religión. Más ¿siquiera creemos en Jesús? ¿Nos acogemos a él y le confesamos nuestras culpas? ¿Podemos decir con toda sinceridad lo que Pedro dijo más tarde: «Señor, tú sales todas las cosas–tú sabes que te amo» Si así fuere, consolémonos con las palabras que quedan citadas, y no dejemos que nuestro ánimo desmaye.

Estos versículos forman una digna conclusión de la más admirable plegaria que jamás haya sido ofrecida en la tierra. Prescindiendo de todo lo ciernas que contienen ceñiremos nuestra atención a las tres importantísimas peticiones que nuestro Señor hizo a favor de sus discípulos.

1. Que su pueblo fuera santificado. «Santifícalos por tu verdad; tu palabra es la verdad..

Es esta una petición a fin de que el Padre hiciera a los creyentes más santos, más espirituales, más puros en pensamiento, palabra y obra, en carácter y conducta. La gracia divina había ya ejercido algún influjo en el ánimo de los discípulos–los había llamado a abrazar el Evangelio, y los había convertido y renovado. El Jefe de la iglesia pidió que esa obra continuase, y que su pueblo fuera santificado de una manera más completa en cuerpo y en espíritu para que se asemejase más a él mismo.

Mayor santidad es precisamente lo que cada siervo de Jesucristo debe anhelar. La santidad de vida de parte del creyente es la mejor prueba do que el Cristianismo es la religión verdadera. Los hombres del mundo podrán muchas veces negarse a percibir la validez do nuestros argumentos, mas no pueden cerrar los ojos a la evidencia que ofrece una vida santa. Además, el vivir santamente prepara a los cristianos para el cielo. Cuanto más cerca estemos de Dios mientras vivamos, tanto más prontos estaremos para habitar en su presencia cuando muramos. Es por la gracia divina y no por nuestras obras que seremos recibidos en la gloria; pero el cielo mismo no seria para nosotros un lugar de bienaventuranza si entráramos en él sin haber sido santificados. Para que podamos gozar de la felicidad de esa eterna morada es preciso que nuestros corazones estén en armonía con la inefable pureza que allí reina. Para entrar en el cielo necesitamos, además de ciertos títulos, idoneidad para participar en sus goces. Solamente la sangre de Cristo puede darnos título alguno. La santificación debe hacernos idóneos.

En vista de estas verdades, ¿quién puede sorprenderse do que lo primero que Jesús pidiera por su pueblo fuera mayor santidad? ¿Quién que haya sido realmente iluminado por el Espíritu cío Dios, puede ignorar que ser santo es ser feliz, y que los que más se acercan a Dios hallan mayor placer en obedecerle y servirle? Que nadie nos engañe sobre este asunto con vanas palabras. El que, bajo pretexto de manifestar su veneración por la doctrina de la justificación por medio de la fe, desdeña la santidad y descuida las buenas obras, manifiesta claramente que no tiene el espíritu del Salvador.

2a petición. Que su pueblo viviera en unión, formando una unidad. «Para que todos ellos sean uno,» etc.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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