Los convencería de juicio. Les haría reconocer que el Profeta de Nazaret había vencido y juzgado a Satanás y a su legión innumerable, y que había sido exaltado a la diestra de Dios como Príncipe y como Salvador.
Que realmente el Espíritu Santo convenció así a los judíos después del día de Pentecostés, puede verse en los Actos de los Apóstoles. Fue él quien dio a los humildes pescadores de Galilea tanto poder y tanta unción para anunciar el Evangelio, que sus adversarios tuvieron que guardar silencio. No pocos de la nación judaica fueron convertidos, como San Pablo, y gran número de sacerdotes profesaron su fe en el Salvador. No hay duda de que muchísimos más experimentaron una convicción mental, aunque no tuvieron el valor suficiente para dar a conocer sus sentimientos y para tomar sobre sí la cruz de la persecución y del sufrimiento. Si se examina la parte final de los Actos de los Apóstoles se percibirá que los Judíos ya no abrigaban para con el Cristianismo ese odio y ese desprecio que se nos describen al principio del mismo libro. Tal cambio no pudo ser otra cosa que el resultado do la convicción. Es, pues, bien seguro que eso fue a lo que nuestro Señor quiso referirse cuando dijo que el Espíritu Santo reprendería y convencería.
En segundo lugar, nuestro Señor probablemente quiso predecir lo que el Espíritu Santo haría por toda la humanidad, por los gentiles, así como por los judíos.
Improbaría en todos los ámbitos del mundo las opiniones en boga acerca del pecado, de la justicia, del juicio, y les inculcaría a los hombres ideas mucho más elevadas sobre estos puntos. Les haría percibir con más claridad la verdadera naturaleza del pecado, lo necesario de la justicia y lo infalible del juicio. En una palabra, gradualmente vendría a ser un Abogado de la justicia divina por todo el mundo, y establecerla un código de moral, de pureza y de ciencia tales cuales los hombres no habían alcanzado jamás a concebir.
La historia prueba que todo esto se verificó así después del día de Pentecostés. Los humildes e iliteratos judíos que, guiados e iluminados por él, fueron por todas partes a predicar el Evangelio, después de la ascensión de nuestro Señor, revolucionaron el mundo, trasformando los hábitos, inclinaciones y prácticas de todos los pueblos civilizados. El poder del demonio fue reprimido de una manera decisiva. Aun los infieles no se atreven a negar que las doctrinas del Cristianismo produjeron un influjo maravilloso en las costumbres y opiniones que prevalecían en aquellos remotos siglos, y que los predicadores no tenían prendas o dotes especiales que explicasen ese influjo por los trámites naturales. a la verdad, el mundo había sido «redargüido y convencido,» a despecho de sí mismo; y aun los que no abrazaron la fe mejoraron de vida.
Finalmente, tengamos presente una promesa consoladora que dicho pasaje contiene. «El Espíritu de verdad,»dijo nuestro Señor a sus débiles e ignorantes discípulos, «os guiará a toda verdad.» Esa promesa fue hecha a nosotros así como a ellos. Todo lo que nos sea necesario saber para obtener la paz y la santificación, el Espíritu Santo tiene voluntad de enseñárnoslo. Por supuesto que en la promesa citada no están incluidas las verdades científicas y filosóficas.
Pero el Espíritu se digna guiarnos a toda verdad espiritual que pueda sernos provechosa y que nuestro débil entendimiento alcance a comprender. Por lo tanto, cuando leamos la Biblia, no olvidemos implorar el auxilio del Espíritu Santo. Si no lo hiciéremos, no debemos sorprendernos si la Palabra que inspiró nos pareciere difícil de entender.
Juan 16:8-15
Es preciso guardarnos de no dar una inteligencia errada a las palabras que nuestro Señor dijo respecto de la venida del Espíritu Santo. Por una parte, es menester que recordemos que el Espíritu Santo estuvo desde el principio con los creyentes de la época del Antiguo Testamento. Jamas hombre alguno fue convertido y librado de las consecuencias del pecado sino por medio del poder renovador del Espíritu Santo. Abraham, Isaac, Samuel, David y los profetas fueron elevados por el influjo de ese mismo Espíritu. Mas, por otra parte, es preciso no olvidar que después de la ascensión de Jesucristo el Espíritu Santo descendió sobre los hombres como individuos y sobre los pueblos como naciones con mayor poder de lo que había descendido anteriormente. a esta última circunstancia fue que se refirió nuestro Señor en los versículos arriba citados. El quiso decir que después de su ascensión el Espíritu Santo vendría al mundo con un poder tanto mayor que antes, que iba a parecer como si hubiera venido por primera vez y no hubiera estado antes en el mundo.
No puede negarse que es muy difícil explicar acertadamente las maravillosas palabras de nuestro Señor que este pasaje contiene. Es bien dudoso si el entendimiento humano ha alcanzado jamas a abarcar su significado, y si no hay en el fondo algún pensamiento que todavía no ha sido descubierto. La explicación, que comúnmente se da, de que nuestro Señor solo quiso decir que la parte que el Espíritu tomaba en la salvación de los creyentes era convencerlos de su propio pecado, de la justicia de Jesucristo y de la certeza del juicio–esa explicación, decimos, es superficial y no puede satisfacer a los buenos pensadores. La doctrina que entraña es, sin duda, sana y corriente, pero no expresa debidamente el significado de las palabras del Señor. Contiene una verdad, pero no la verdad del texto. No dijo que el Espíritu había de convencer a tal o cual individuo, sino al mundo. Veamos si no se puede encontrar una interpretación más amplia y más satisfacía.
