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2 Pedro 3: Los principios de la predicación

Queridos hermanos, esta es ya la segunda carta que os escribo, y mi propósito en ambas ha sido suscitar con el recuerdo vuestra pura inteligencia para que tengáis presentes las cosas que hablaron los profetas de tiempo antiguo y el mandamiento del Señor y Salvador que os transmitieron vuestros apóstoles.

En este pasaje se nos presentan claramente los principios de› la predicación que Pedro cumplía.

(i) Creía en el valor dé la repetición. Sabía que es necesario que se diga una cosa una y otra vez hasta que penetre en la mente. Cuando Pablo estaba escribiendo a los filipenses, dijo que el repetir lo mismo una y otra vez a él no le cansaba, y para ellos era lo más seguro (Filipenses 3:1). Es por una continua repetición como se introducen y asientan en la mente del niño los rudimentos del conocimiento. Aquí hay algo significativo. Bien puede ser que a veces estemos demasiado interesados en las novedades, demasiado ansiosos de -decir cosas nuevas, cuando lo que se necesita es una repetición de las verdades eternas que la gente olvida tan rápidamente y cuyo significado muy a menudo se resisten a ver. Hay ciertos alimentos de los que uno no se cansa nunca; son necesarios para su sustento diario, y se le presentan todos los días. Hablamos a menudo de nuestro pan cotidiano. Y hay ciertas grandes verdades cristianas que hay que repetir una y otra vez y que nunca se deben arrumbar .por un deseo de novedad.

(ii) Creía en la necesidad de recordar. Una y otra vez el Nuevo Testamento deja bien claro que la predicación y la enseñanza consisten muy a menudo no en introducir nuevas verdades, sino en recordar lo que ya se sabe. Moffatt cita un dicho del doctor Johnson: « No se tiene presente suficientemente que la gente necesita a menudo, más que se le recuerde, que se la informe.» Los griegos hablaban del «tiempo que enjuga todas las cosas,» como si la mente humana fuera una pizarra y el tiempo una esponja que pasa por ella borrando las huellas del pasado. A menudo nos encontramos en una situación en que lo que necesitamos no es tanto que se nos enseñe como que e nos recuerde lo que ya sabemos.

(iii) Creía en el valor de un elogio. Su intención era suscitar su mente pura. La palabra que usa para puro es eilikrinés, que puede tener uno de dos sentidos. Puede que quiera decir lo que se ha cribado para no dejarle ninguna mezcla de paja; o puede querer decir lo que está tan libre de faltas que se puede exponer a la luz del sol. Platón usa la misma frase -eilikrinés diánoia- en el mismo sentido de razón pura, la que no ha sido afectada por la influencia seductora de los sentidos. Al usar esta frase Pedro apela a su pueblo para que tengan mentes que no estén contaminadas por la herejía. Es como si les dijera: «Vosotros sois de veras buenas personas… si lo recordarais simplemente.» El enfoque del predicador debería ser a menudo no tratar a sus oyentes corno si fueran criaturas despreciables que merecen condenarse, sino criaturas espléndidas que deben salvarse. No son como la basura, con la que no se puede hacer más que quemarla, sino como joyas que hay que rescatar del cieno: en el .que han. caído. Donald Hankey cuenta -del «querido capitán» cuyos hombres estaban dispuestos a seguirle adonde fuera. Los miraba, y ellos le miraban a él y se llenaban de decifón y determinación de ser lo que 61 creía que eran. Solemos sacar más de personas en las que creemos que de las que despreciamos.

(iv) Creía en la unidad de la Escritura. Descubría un plan en la Escritura; La Biblia era un libro centrado en Cristo. El Antiguo Testamento anuncia a Cristo; los Evangelios cuentan de Jesucristo; los Apóstoles traen el mensaje de Cristo a la humanidad.

La negación de la segunda venida

Para empezar, ya estáis advertidos de que en los últimos días vendrán burladores haciendo de las suyas, guiando sus pasos por la sola ley de su propia sensualidad y diciendo: «¿Qué ha sido de la promesa de Su Venida? Porque desde el día que durmieron nuestros padres el sueño de la muerte todo sigue igual que ha estado desde la creación del mundo.»

La característica de los herejes que más preocupaba a Pedro era el que negaran la Segunda Venida de Jesús. Literalmente, su pregunta era: « ¿Dónde está la promesa de Su Venida?» Esa era una expresión hebrea que implicaba que lo que se preguntaba no existía en absoluto. «¿Dónde está el Dios de justicia?» Preguntaban los malvados en tiempos de Malaquías (Malaquías 2:17). « ¿Dónde esta vuestro Dios?» le preguntaban los paganos al salmista (Salmo 42:3; 79:10). «¿Dónde está la palabra del Señor?» le preguntaban a Jeremías sus enemigos (Jeremías 17:15). En todos estos casos la pregunta implica que la cosa o la persona por la que se pregunta no existe. Los herejes del tiempo de Pedro negaban que Jesucristo hubiera de volver otra vez.

Será mejor que aquí resumamos el argumento de ellos y la respuesta que Pedro les da. El razonamiento de los oponentes de Pedro era doble (versículo 4). « ¿Qué ha pasado -preguntaban- con la promesa de Su Segunda Venida?» Su primer argumento era que la promesa se había atrasado tanto que lo más seguro era considerar que no se cumpliría nunca. Su segunda animación era que sus padres habían muerto y el mundo seguía exactamente como siempre. Su argumento era que éste es característicamente un universo estable, y que cataclismos convulsivos como la Segunda Venida no sucedían en tal universo.

La respuesta de Pedro es también doble. Trata del segundo argumento en primer lugar (versículos 5-7). Su argumento es que, de hecho, éste no es un universo estable, ya que fue destruido una primera vez por agua en el tiempo del diluvio, y una segunda destrucción, esta vez por fuego, está para producirse.

La segunda parte de su respuesta está en los versículos 8 y 9. Sus oponentes hablaban de un retraso tan prolongado que se podía suponer que la Segunda Venida no iba atener lugar jamás. La respuesta de Pedro es doble.

(a) Debemos ver el tiempo como Dios lo ve. Para Él un día es como mil años y mil años como un día. «Dios no paga todos los viernes por la tarde.»

(b) En cualquier caso, la aparente lentitud de Dios para actuar no es una mera tardanza. Es, de hecho, misericordia. Dios contiene Su mano a fin de darles a los pecadores otra oportunidad para arrepentirse y salvarse.

Pedro llega a la conclusión.

La Segunda Venida está para producirse y vendrá con un terror repentino y una destrucción que disolverá el universo con un fuego que lo fundirá.

Por último llega su demanda práctica en vista de todo esto. Si estamos viviendo en un universo al que Jesucristo va a descender y que se apresura hacia la destrucción de los malvados, sin duda nos corresponde vivir en santidad para poder librarnos cuando llegue ese día terrible. La Segunda Venida se usaba como una seria advertencia para la enmienda moral para que todos se prepararan para encontrarse con Dios. Tal, pues, es el esquema general de este capítulo, y ahora podemos estudiarlo sección por sección.

La destrucción por el diluvio

Lo que no quieren ver aposta es que hace mucho tiempo se crearon los cielos y se compuso la tierra saliendo del agua y manteniéndose mediante el agua; y fue por medio de esas mismas aguas como pereció el mundo antiguo cuando se anegó en las aguas del diluvio.

El primer argumento de Pedro es que el mundo no es eternamente estable. Lo que está tratando de decir es que el mundo antiguo fue destruido por agua, exactamente como el mundo presente va a ser destruido por fuego. El detalle de este pasaje es difícil sin embargo.

Dice que la Tierra se formó del agua y a través del agua. Según la narración del Génesis, en el principio había una especie de caos acuático. «El Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas… Dios dijo: Que haya un firmamento en medio de las aguas, que separe las aguas de las aguas». El mundo surgió de ese caos acuoso. Además, es el agua lo que sostiene el mundo, porque la vida se mantiene por medio de la lluvia que desciende de los cielos. Lo que Pedro quiere decir es que el mundo fue formado del agua y se sostiene por el agua; y fue este mismo elemento el que destruyó el mundo antiguo.

Además, para clarificar este pasaje, tenemos que advertir que la leyenda del diluvio se fue desarrollando. Como en otros casos en Segunda de Pedro y en Judas, el cuadro que sirve de trasfondo aquí no viene directamente del Antiguo Testamento sino del Libro de Enoc. En Enoc 83:3-5, Enoc tiene una visión: « Vi en una visión como se colapsaban los cielos y caían sobre la tierra y, donde caían a la tierra, vi cómo un gran abismo se tragaba la tierra.» En leyendas más tardías el diluvio supuso no solamente la destrucción de los pecadores sino la de los cielos y la Tierra. Según eso, la advertencia que Pedro trasmite se podría expresar diciendo: « Vosotros decís que tal como son las cosas han sido siempre y seguirán siendo siempre. Vosotros edificáis vuestras esperanzas sobre la idea de que éste es un universo inalterable.

Estáis equivocados porque el mundo antiguo fue formado del agua y sostenido por el agua, pero pereció en el díluvio.»

Podríamos decir que esto no es más que una vieja leyenda más que medio enterrada en las antigüedades del pasado. Pero no podemos decir que un pasaje como éste no tiene ningún sentido para nosotros. Cuando lo despojamos de los elementos de la antigua leyenda judía y su desarrollo posterior, aún nos quedamos con la verdad permanente de que el que lea la Historia con los ojos abiertos podrá descubrir en ella la ley moral en acción y la manera que tiene Dios de tratar con la humanidad. Froude, el gran historiador, decía que la Historia es una voz que resuena a través de los siglos diciendo que a fin de cuentas siempre les va mal a los malvados y bien a los buenos. Cuando Oliver Cromwell estaba organizando la educación de su hijo Richard dijo: «Querría que supiera un poco de Historia.» De hecho, la lección de la Historia es que hay un orden moral en el universo y que el que lo desafía lo hace a su propio riesgo.

La destrucción por el fuego

Pero por la misma Palabra, los cielos y la tierra del presente se están reservando para el fuego del Día del Juicio y de la destrucción de los impíos.

Pedro estaba convencido de que, como el mundo antiguo fue destruido por agua, el mundo presente sería destruido por fuego. Dice que eso está establecido por la misma Palabra. Lo que quiere decir es que el Antiguo Testamento cuenta la historia del diluvio en el pasado y advierte de la destrucción por fuego en el futuro. Hay muchos pasajes de los profetas que él tomaría literalmente y que habrán estado en su mente. Joel previó un tiempo en que Dios haría ver sangre, y fuego, y columnas de humo (Joel 2:30). El salmista presenta un cuadro en el que, cuando Dios venga, un fuego devorador Le precederá (Salmo 50:3). Isaías habla de una llama de fuego devorador (Isaías 29:6; 30:30). El Señor vendrá con fuego; con el fuego y con Su espada tratará el Señor con toda carne (1saías 66:15s). Nahum dice que las colinas se derretirán y la tierra se quemará ante Su presencia; Su furia será derramada como fuego (Nahum 1:5s). En el cuadro de Malaquías, el Día del Señor arderá como un horno (Malaquías 4:1). Si las antiguas figuras se toman literalmente, Pedro tiene abundantes materiales para su profecía.

Los estoicos también tenían una doctrina de la destrucción del mundo por fuego; era algo tenebroso. Mantenían que el universo completaba un ciclo; que las llamas lo consumían; y que todo empezaba entonces de nuevo exactamente como había sido. Tenían la extraña idea de que al final del ciclo los planetas estaban exactamente en la misma posición que cuando empezó el mundo. «Esto produce la conflagración y destrucción de todo lo que existe -dice Crisipo. Entonces el universo es restaurado de nuevo otra vez con una organización precisamente similar a la anterior… Sócrates y Platón y todos los individuos vivirán otra vez, con los mismos amigos y compatriotas. Pasarán por las mismas experiencias y emprenderán las mismas actividades. Todas las ciudades y aldeas y campos serán restaurados, exactamente como fueron antes. Y esta restauración del universo tiene lugar, no una vez, sino una y otra vez, por toda eternidad, sin fin… porque nunca habrá nada nuevo y distinto de lo que ha sido antes, sino todo se repite hasta en sus más mínimos detalles.» La Historia como un eterno molino; la recurrencia incesante de los pecados, los dolores y las equivocaciones de los hombres… ese es uno de los conceptos más tenebrosos de la Historia que la mente humana haya concebido jamás.

Hay que recordar siempre que, como los profetas judíos lo vieron y Pedro también, este mundo será destruido con la conflagración de Dios, pero el resultado no será la obliteración y la sombría repetición de lo que ha sido antes; el resultado será un nuevo Cielo y una nueva Tierra. Según el punto de vista bíblico del mundo hay algo más allá de la destrucción; hay una nueva creación de Dios. Lo peor que el profeta puede concebir no es la muerte agónica del viejo mundo sino los dolores del parto de una nueva era.

La misericordia del retraso divino

Queridos hermanos: No debéis cerrar los ojos al hecho de que, para el Señor, un día es como mil años, y mil años como un día. No es que Dios se retrase en el cumplimiento de Su promesa, como algunos Le atribuyen; sino que, por causa de vosotros, retiene Su mano porque no quiere que ninguno se pierda, sino que todos se encaminen al arrepentimiento.

Hay en este pasaje tres grandes verdades que alimentan la mente y traen descanso al corazón.

(i) El tiempo no es lo mismo para Dios y para las personas. Como decía el salmista: «Mil años delante de Tus ojos son el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche» (Salmo 90:4). Cuando pensamos en los centenares de miles de años de existencia del mundo, nos sentimos reducidos a la insignificancia de enanos; cuando pensamos en la lentitud del progreso -humano, es fácil desanimarse y volverse pesimista. Hay consuelo en pensar en un Dios que tiene toda la eternidad para hacer Su obra. Solamente cuando consideramos las cosas en el trasfondo de la eternidad aparecen en sus debidas proporciones y asumen su valor real.

(ii) También podemos ver en este pasaje que el tiempo debe considerarse siempre como una oportunidad. Como Pedro lo veía, los años que Dios le dio al mundo fueron una nueva oportunidad para que las personas se arrepintieran y se volvieran a Él. Cada nuevo día es un don de la misericordia de Dios. Es una oportunidad para desarrollarnos; para prestar algún servicio a nuestros semejantes; para dar un paso que nos acerque más a Dios.

(iii) Por último, hay otro eco de una verdad que subyace muy a menudo bajo el pensamiento del Nuevo Testamento. Dios, dice Pedro, no quiere que nadie se pierda. Dios, dice Pablo, ha encerrado a todos juntos en la incredulidad para poder tener misericordia de todos (Romanos 11:32). Le dice a Timoteo en una frase estupenda que Dios quiere que todos los hombres se salven(] Timoteo 2:4). Ezequiel oye preguntar a Dios: « ¿Acaso quiero yo la muerte del impío, y no más bien que se vuelva de su camino y viva?» (Ezequiel 18:23).

Una y otra vez ilumina en la Escritura el destello de una esperanza más amplia. No se nos prohibe creer que, de alguna manera y en algún momento, el Dios que ama al mundo de tal manera lo atraerá a Sí.

El día temido

Pero cuando venga, el Día del Señor llegará por sorpresa como un ladrón, y en él los cielos se desvanecerán con un rugido estrepitoso; las estrellas se inflamarán y fundirán, y la Tierra y todas sus obras desaparecerán. Es inevitable y sucede siempre que una persona tiene que pensar y hablar en los términos que conoce. Eso es lo que Pedro está haciendo aquí. Está hablando de la doctrina novotestamentaria de la Segunda Venida de Jesucristo, pero está describiéndola en términos de la doctrina veterotestamentaria del Día del Señor.

El Día del Señor es una concepción que recorre todos los libros proféticos del Antiguo Testamento. Los judíos concebían el tiempo en términos de dos edades: Esta edad presente, que es totalmente mala e irremediable; y la edad por venir, que seria la edad de oro de Dios. ¿Cómo había que pasarse de la una a la otra? El cambio no podría suceder por esfuerzo humano o por un proceso de desarrollo, porque el mundo estaba abocado a la destrucción. Como lo veían los judíos, había solamente una manera para que el cambio tuviera lugar: había de ser por la directa intervención de Dios. Al tiempo de esa intervención llamaban el Día del Señor. Había de venir sin advertencia. Había de ser un tiempo en el que se sacudieran los mismos cimientos del universo. Había de ser un tiempo cuando tuviera lugar el juicio y la destrucción de los pecadores y por tanto seria un tiempo de terror. « He aquí el Día del Señor viene: Día terrible, de indignación y ardor de ira, para convertir la tierra en soledad y raer de ella a sus pecadores» (Isaías 13:9). « Viene el Día del Señor, está cercano: Día de tinieblas y de oscuridad, Día de nube y de sombra» (Joel 2:Is). « Día de ira aquel día, día de angustia y de aprieto, día de alboroto y de asolamiento, día de tiniebla y de oscuridad, día de nublado y de entenebrecimiento» (Sofonías 1:14-18). «El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que venga el Día, grande y espantoso, del Señor» (Joel 2:30s). «Las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; el sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor… Porque haré estremecer los cielos y la tierra se moverá de su lugar por la indignación del Señor de los ejércitos, en el día del ardor de su ira» (Isaías 13:10-13).

Lo qué hicieron Pedro y muchos de los autores de Nuevo Testamento fue identificar las imágenes del Día del Señor del Antiguo Testamento con la concepción de la Segunda Venida de Jesucristo del Nuevo Testamento. El cuadro de la Segunda Venida de Jesús que nos pinta aquí Pedro reproduce los colores del Día del Señor del Antiguo Testamento. Usa una frase muy gráfica. Dice que los cielos se desvanecerán con un crujido terrible (roizédón). Esa palabra se aplica al batir de las alas de un ave, o al silbido de una flecha al pasar por el aire, o al crepitar de las llamas en un fuego del bosque. No tenemos por qué tomar estos detalles con un literalismo crudo. Bástenos notar que Pedro ve la Segunda Venida como un tiempo de terror para los enemigos de Cristo.

Una cosa tenemos que conservar en la memoria. Toda la concepción de la Segunda Venida está henchida de dificultad. Pero una cosa es segura: Hay un día en que Dios irrumpe en todas las vidas, porque llega el día en que tenemos que morir; y tenemos que estar preparados para ese día. Puede que digamos que consideramos la Segunda Venida de Cristo como un acontecimiento del futuro distante; puede que la consideremos una doctrina que podemos dejar de lado; pero no podemos eludir el encuentro con Dios.

La dinámica moral

Puesto que todas estas cosas se van a disolver así, ¿qué clase de personas debéis ser, llevando una vida de constante santidad y piedad auténtica, vosotros los que estáis esperándolo ansiosamente y haciendo todo lo posible para acelerar la llegada del Día del Señor, ante cuyo efecto los cielos arderán y se desharán, y las estrellas se inflamarán y derretirán? Porque son los nuevos cielos y la nueva Tierra los que esperamos, como nos ha prometido, en los cuales tiene su hogar la justicia. Así pues, queridos hermanos, puesto que estas son las cosas que esperáis impacientemente, esforzaos para que os hallen en paz y sin mancha ni defecto.

La única cosa en la que Pedro está supremamente interesado es la dinámica moral de la Segunda Venida. Si estas cosas van a suceder y el mundo se precipita al juicio, es obvio que debemos vivir una vida de piedad y de santidad. Si va a haber nuevos cielos y una nueva Tierra y si esos cielos y Tierra van a ser el hogar de la justicia, está claro que una persona debe tratar con toda su mente y corazón y alma y fuerzas de estar preparada para morar en ese nuevo mundo. Para Pedro, como lo expresaba Moffatt, «era imposible renunciar a la esperanza del advenimiento sin que se produjera un deterioro ético.» Pedro tenía razón. Si no hay nada en la naturaleza de una Segunda Venida, nada en la naturaleza de un objetivo hacia el que se mueve toda la creación, entonces la vida no se dirige a ninguna parte. Esa, de hecho, era la posición pagana. Si no hay meta ni para el mundo ni para la vida individual más que la extinción, ciertas actitudes ante la vida llegan a ser casi inevitables. Estas actitudes surgen en epitafios paganos.

(i) Si no hay nada por venir, una persona puede muy bien decidir disfrutar lo más posible de los placeres de este mundo. Así llegamos a un epitafio como éste: «Yo no era nada: No soy nada. Así es que tú que todavía estás vivo, come, bebe, y pásatelo bien.»

(ii) Si no hay nada por lo que vivir, una persona puede ser totalmente indiferente. Nada importa gran cosa si el final de todo es la extinción, en la que una persona ni siquiera se dará cuenta de que se ha extinguido. Así es que encontramos un epitafio que dice: «Una vez yo tenía existencia; ahora no la tengo. No me doy cuenta de ello. No me concierne.»

(iii) Si no hay nada por lo que vivir más que la extinción, y el mundo no va a ninguna parte, puede entrar en la vida una especie de sentimiento de perdición. La persona deja de ser en ningún sentido un peregrino, porque no hay ningún sitio al que uno pueda ir en peregrinación. No le queda más que dejarse llevar a -la deriva en una situación de perdición, no viniendo de ningún sitio ni encontrándose de camino a ningún sitio. Así que nos encontramos con un epitafio en ese sentido en Calímaco: ««Caridas, ¿qué hay abajo?» «Una profunda oscuridad.» «Pero, ¿que hay de los senderos hacia arriba?» «Todo era una mentira» «¿Y Plutón?» (El dios del mundo subterráneo). «Cosa de palabras» «Entonces estamos perdidos».» Hasta los paganos se daban cuenta de que una vida sin objetivo tiene una casi intolerable cualidad.

Cuando hemos despojado a la doctrina de la Segunda Venida de toda su imaginería temporal y local, la tremenda verdad que conserva es que la vida se dirige a algo -y sin esa convicción no hay nada por lo que valga la pena vivir.

Apresurando el día

Todavía nos queda en este pasaje una gran concepción. Pedro habla del cristiano como no solamente esperando impaciente la venida de Cristo sino también apresurándola. El Nuevo Testamento nos habla de algunas maneras en que esto púede hacerse.

(i) Se puede hacer por la oración. Jesús nos enseñó a pedir: «Venga tu Reino» (Mateo 6:10). La ferviente oración del corazón cristiano apresura la venida del Reino. Aunque no fuera de otra manera, lo hace de ésta: el que ora le abre su propio corazón a la llegada del Rey.

(ii) Se puede hacer mediante la predicación. Mateo nos dice que Jesús dijo: « Y este Evangelio del Reino será predicado por todo el mundo como testimonio a todas las naciones; y entonces llegará el final» (Mateo 24:14). Todas las personas deben tener la oportunidad de conocer y amar a Jesucristo antes que se alcance el fin de la creación. La actividad misionera de la Iglesia acelera la venida del Rey.

(iii) Se puede hacer mediante el arrepentimiento y la obediencia.-Entre todos los medios, éste sería el que estuviera más cerca de la mente y el corazón de Pedro. Los rabinos tenían dos dichos: «Son los pecados del pueblo los que impiden la venida del Mesías. Si los judíos se arrepintieran auténticamente un sólo día, el Mesías vendría.» La otra forma del dicho quiere decir lo mismo: « Si Israel cumpliera perfectamente la Ley un solo día el Mesías vendría.» Con un verdadero arrepentimiento y una obediencia sincera una persona le abre el corazón a la venida del Rey y la acerca a todo el mundo. Haremos bien en recordar que nuestra frialdad de corazón y nuestra desobediencia retrasan la venida del Rey.

Los que tergiversan las escrituras

Considerad el que el Señor esté dispuesto a esperar como una oportunidad para la salvación, como nuestro querido hermano Pablo os ha escrito con la sabiduría que se le ha concedido, y como dice en todas sus cartas cuando toca este tema, cartas que contienen algunas cosas diftciles de entender, que tergiversan los que no tienen conocimiento ni un firme cimiento en su fe, como lo hacen también con el resto de las Escrituras, para su propia destrucción.

Pedro cita aquí a Pablo aludiendo a que enseñaba las mismas cosas que él mismo. Puede ser que la cita se refiera a que Pablo estaba de acuerdo en que una vida piadosa y santa es necesaria a la vista de la proximidad de la Segunda Venida del Señor. Pero más probablemente cita a Pablo, que estaba de acuerdo en que el que Dios retuviera Su mano no se debía considerar como indiferencia de parte de Dios, sino como oportunidad para arrepentirse y aceptar a Jesucristo. Pablo habla d¿› los que rechazan las riquezas de la bondad y la paciencia de Dios, olvidando que Su amabilidad tiene el propósito de conducirnos al arrepentimiento (Romanos 2:4). Más de una vez, Pablo hace hincapié en la tolerancia y la paciencia de Dios (Romanos 3:25; 9:22). Pedro y Pablo estaban de acuerdo en que el hecho de que Dios contenga Su mano no se debe usar nunca como una excusa para pecar, sino siempre como una invitación al arrepentimiento y una oportunidad para la enmienda.

Por su referencia a Pablo, con cierto tono de crítica, éste es uno de los pasajes más intrigantes del Nuevo Testamento. Fue este pasaje lo que hizo que Juan Calvino estuviera seguro de que Pedro no escribió Segunda de Pedro, porque dice que Pedro nunca habría hablado así de Pablo. ¿Qué podemos aprender de todo esto?

(i) Aprendemos que por entonces las cartas de Pablo se conocían y usaban en toda la Iglesia. Se hace referencia a ellas de una manera que deja claro que se habían coleccionado y publicado, y que estaban disponibles y se leían ampliamente. Estamos bastante seguros de que fue hacia el año 90 d.C. cuando se recogieron y publicaron en Éfeso las cartas de Pablo. Esto quiere decir que Segunda de Pedro no puede haberse escrito antes y, por lo tanto, no puede ser obra de Pedro, que sufrió el martirio a mediados de los años sesenta del primer siglo:

(ii) Nos dice que las cartas de Pablo se consideraban Escritura. Los que estaban causando problemas las tergiversaban de la misma manera que hacían con las otras Escrituras. También esto contribuye a demostrar que Segunda de Pedro debe de haber surgido en un tiempo más avanzado de la historia de la Iglesia Primitiva, porque requeriría varias generaciones el que las cartas de Pablo se colocaran al mismo nivel que› las Escrituras del Antiguo Testamento.

(iii) Es un poco difícil determinar con precisión la actitud a Pablo que refleja este pasaje. Escribía «con la sabiduría que se le había dado.» ¡Bigg dice claramente que esta frase se puede tomar lo mismo como una recomendación que como una advertencia! La verdad es que Pablo sufrió la suerte de todos los hombres extraordinarios. Tuvo y tiene sus críticos. Sufrió la suerte de todos los que se enfrentan sin miedo con la verdad y sin miedo la declaran. Algunos le consideraban grande pero peligroso.

(iv) Hay cosas en las cartas de Pablo que son difíciles de entender y que los ignorantes tergiversan para su propia ruina. La palabra que usa para difíciles de entender es dysnóétos, que se usaba de los pronunciamientos de los oráculos.

Éstos eran a menudo ambiguos. Tenemos el ejemplo clásico del rey que estaba a punto de ir a la guerra y que consultó al oráculo -en Delfos y recibió esta respuesta: « Si vas a la guerra, destruirás una gran nación.» Él la tomó como una profecía de que destruiría a sus enemigos; pero lo que sucedió fue que sufrió tal derrota que su propio país quedó destruido. Esto era típico de la peligrosa ambigüedad de los antiguos oráculos. Esa es la palabra que usa Pedro refiriéndose a los escritos de Pablo. Hay en ellos cosas que son tan difíciles de entender como los antiguos pronunciamientos de un oráculo. No sólo, dice Pedro, hay cosas en la escritos de Pablo que son difíciles de entender; también hay cosas que uno puede tergiversar para su propia destrucción. Tres cosas acuden inmediatamente a nuestra mente. La doctrina de Pablo de la gracia se tergiversó convirtiéndola en una excusa y aún razón para pecar (Romanos 6). La doctrina de Pablo sobre la libertad cristiana fue tergiversada convirtiéndola en una excusa para un libertinaje que no tenía nada de cristiano (Gálatas 5:13). La doctrina de Pablo de la justificación por la fe fue tergiversada para demostrar que la acción cristiana no tenía ninguna importancia, como vemos en Santiago (2:14-26).

G. K. Chesterton dijo.una vez que la ortodoxia era como andar entre riscos: Un paso hacia cualquiera de los lados provocaría un desastre. Jesús es. ;Dios y – hombre; Dios es amor y santidad; el Cristianismo es gracia y. moralidad; el cristiano. vive en este mundo y también en el mundo de la eternidad. El exagerar chalquier lado en estas verdades. dobles produce una herejía destructiva. Una de las cosas más trágicas de la vida es tergiversar la verdad.cristiana y la Sagrada .Escritura convirtiéndolas en una excusa y aún razón para hacer lo que se quiere en lugar de tomarlas como guías para hacer lo que Dios quiere que hagamos.

Un cimiento firme y un crecimiento constante

Pero, por lo que se refiere a vosotros, queridos hermanos, ya estabais advertidos de antemano. Por tanto debéis estar alerta para que no os sorprenda el error de los malvados, cayendo así de vuestra firme posición; más bien debéis procurar crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

¡A Él sea la gloria ahora y hasta el día de la eternidad! Amén. Como conclusión Pedro nos dice ciertas cosas acerca de la vida cristiana.

(i) El cristiano es una persona que ha sido advertida. Es decir, no puede alegar ignorancia. Sabe cuál es el verdadero camino y sus recompensas; conoce el camino erróneo y sus desastres. No tiene derecho a esperar un camino fácil, porque se le ha dicho que Cristianismo quiere decir Cruz, y se le ha advertido que siempre habrá personas dispuestas a atacar y a pervertir la fe. Ser advertido es estar prevenido; pero es también una grave responsabilidad, porque el que conoce el bien y hace el mal merece una doble condenación.

(ii) El cristiano es una persona con una base en su vida. Debe estar arraigada y cimentada en la fe. Hay ciertas cosas de las que puede estar absolutamente seguro. James Agate declaró una vez que su mente no era una cama que se pudiera hacer y deshacer una y otra vez, sino que en ciertas cosas estaba hecha definitivamente. Hay una cierta inflexibilidad en la vida cristiana; hay una cierta base de fe que nunca cambia. El cristiano no dejará nunca de creer que «Jesucristo es Señor» (Filipenses 2:11); y nunca dejará de ser consciente de que se le impone el deber de hacer que su vida armonice con su fe.

(iii) El cristiano es una persona con una vida en desarrollo. La inflexibilidad de la vida cristiana no es la rigidez de la muerte. El cristiano tiene que experimentar diariamente la maravilla de la gracia, y crecer diariamente en los dones que esa gracia puede producir; y debe penetrar diariamente más y más en la maravilla que es Jesucristo. Un gran edificio tiene que tener un fundamento firme y sólido para elevarse en el aire; y sólo cuando tiene raíces profundas puede un gran árbol remontarse con sus ramas hacia el cielo. La vida cristiana es al mismo tiempo una vida con un fundamento firme y con un crecimiento constante hacia fuera y hacia arriba.

Y así termina la carta, dando gloria a Cristo, tanto ahora como por toda la eternidad.

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