La destrucción por el fuego
Pero por la misma Palabra, los cielos y la tierra del presente se están reservando para el fuego del Día del Juicio y de la destrucción de los impíos.
Pedro estaba convencido de que, como el mundo antiguo fue destruido por agua, el mundo presente sería destruido por fuego. Dice que eso está establecido por la misma Palabra. Lo que quiere decir es que el Antiguo Testamento cuenta la historia del diluvio en el pasado y advierte de la destrucción por fuego en el futuro. Hay muchos pasajes de los profetas que él tomaría literalmente y que habrán estado en su mente. Joel previó un tiempo en que Dios haría ver sangre, y fuego, y columnas de humo (Joel 2:30). El salmista presenta un cuadro en el que, cuando Dios venga, un fuego devorador Le precederá (Salmo 50:3). Isaías habla de una llama de fuego devorador (Isaías 29:6; 30:30). El Señor vendrá con fuego; con el fuego y con Su espada tratará el Señor con toda carne (1saías 66:15s). Nahum dice que las colinas se derretirán y la tierra se quemará ante Su presencia; Su furia será derramada como fuego (Nahum 1:5s). En el cuadro de Malaquías, el Día del Señor arderá como un horno (Malaquías 4:1). Si las antiguas figuras se toman literalmente, Pedro tiene abundantes materiales para su profecía.
Los estoicos también tenían una doctrina de la destrucción del mundo por fuego; era algo tenebroso. Mantenían que el universo completaba un ciclo; que las llamas lo consumían; y que todo empezaba entonces de nuevo exactamente como había sido. Tenían la extraña idea de que al final del ciclo los planetas estaban exactamente en la misma posición que cuando empezó el mundo. «Esto produce la conflagración y destrucción de todo lo que existe -dice Crisipo. Entonces el universo es restaurado de nuevo otra vez con una organización precisamente similar a la anterior… Sócrates y Platón y todos los individuos vivirán otra vez, con los mismos amigos y compatriotas. Pasarán por las mismas experiencias y emprenderán las mismas actividades. Todas las ciudades y aldeas y campos serán restaurados, exactamente como fueron antes. Y esta restauración del universo tiene lugar, no una vez, sino una y otra vez, por toda eternidad, sin fin… porque nunca habrá nada nuevo y distinto de lo que ha sido antes, sino todo se repite hasta en sus más mínimos detalles.» La Historia como un eterno molino; la recurrencia incesante de los pecados, los dolores y las equivocaciones de los hombres… ese es uno de los conceptos más tenebrosos de la Historia que la mente humana haya concebido jamás.
Hay que recordar siempre que, como los profetas judíos lo vieron y Pedro también, este mundo será destruido con la conflagración de Dios, pero el resultado no será la obliteración y la sombría repetición de lo que ha sido antes; el resultado será un nuevo Cielo y una nueva Tierra. Según el punto de vista bíblico del mundo hay algo más allá de la destrucción; hay una nueva creación de Dios. Lo peor que el profeta puede concebir no es la muerte agónica del viejo mundo sino los dolores del parto de una nueva era.
La misericordia del retraso divino
Queridos hermanos: No debéis cerrar los ojos al hecho de que, para el Señor, un día es como mil años, y mil años como un día. No es que Dios se retrase en el cumplimiento de Su promesa, como algunos Le atribuyen; sino que, por causa de vosotros, retiene Su mano porque no quiere que ninguno se pierda, sino que todos se encaminen al arrepentimiento.
Hay en este pasaje tres grandes verdades que alimentan la mente y traen descanso al corazón.
(i) El tiempo no es lo mismo para Dios y para las personas. Como decía el salmista: «Mil años delante de Tus ojos son el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche» (Salmo 90:4). Cuando pensamos en los centenares de miles de años de existencia del mundo, nos sentimos reducidos a la insignificancia de enanos; cuando pensamos en la lentitud del progreso -humano, es fácil desanimarse y volverse pesimista. Hay consuelo en pensar en un Dios que tiene toda la eternidad para hacer Su obra. Solamente cuando consideramos las cosas en el trasfondo de la eternidad aparecen en sus debidas proporciones y asumen su valor real.
(ii) También podemos ver en este pasaje que el tiempo debe considerarse siempre como una oportunidad. Como Pedro lo veía, los años que Dios le dio al mundo fueron una nueva oportunidad para que las personas se arrepintieran y se volvieran a Él. Cada nuevo día es un don de la misericordia de Dios. Es una oportunidad para desarrollarnos; para prestar algún servicio a nuestros semejantes; para dar un paso que nos acerque más a Dios.
(iii) Por último, hay otro eco de una verdad que subyace muy a menudo bajo el pensamiento del Nuevo Testamento. Dios, dice Pedro, no quiere que nadie se pierda. Dios, dice Pablo, ha encerrado a todos juntos en la incredulidad para poder tener misericordia de todos (Romanos 11:32). Le dice a Timoteo en una frase estupenda que Dios quiere que todos los hombres se salven(] Timoteo 2:4). Ezequiel oye preguntar a Dios: « ¿Acaso quiero yo la muerte del impío, y no más bien que se vuelva de su camino y viva?» (Ezequiel 18:23).
Una y otra vez ilumina en la Escritura el destello de una esperanza más amplia. No se nos prohibe creer que, de alguna manera y en algún momento, el Dios que ama al mundo de tal manera lo atraerá a Sí.
