Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

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Lucas 10: Obreros para la cosecha

Después de lo que queda dicho, Jesús nombró a otros setenta, a los que mandó por delante de dos en dos a todos los pueblos y caseríos que Él se proponía visitar; y les decía:

-La cosecha promete ser grande, pero todavía hay muy pocos obreros. Pedidle al Señor de la cosecha que mande más obreros a su campo: ¡Hala, en marcha! Yo os envío como a corderos a una manada de lobos. No llevéis bolsa, ni mochila, ‹ni sandalias; y no os paréis en el camino a saludar a nadie. Cuando entréis en una casa, decid: «¡A la paz de Dios!»; y si vive allí algún hijo de paz recibirá vuestro saludo; y si no, la bendición que habéis echado se volverá a vosotros. Parad en la misma casa todo el tiempo que estéis en ese lugar, comiendo y bebiendo lo que os den, porque el obrero se merece la paga; no vayáis de casa en casa. Y cuando lleguéis a un pueblo y os reciban bien, comed lo que os pongan por delante; curad a los enfermos que haya, y decidles: «¡El Reino de Dios se ha acercado a vosotros!» Pero cuando lleguéis a un pueblo en el que no os quieran recibir, marchaos de allí diciéndoles por las calles: «Hasta el polvo de vuestro pueblo que se nos haya pegado a los pies lo sacudimos para que os deis cuenta de lo que habéis hecho. ¡Pero tened presente que el Reino de Dios se os ha acercado!» Os aseguro que el Día del Juicio será más leve el castigo que se le imponga a Sodoma que el de ese pueblo. ¡Pobre de ti, Corazín! ¡Pobre de ti, Betsaida! Si los milagros que se han hecho en vosotras se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace mucho que se habrían sentado en saco y en ceniza para mostrar su arrepentimiento; y en cuanto a ti, Cafarnaún, ¿te has creído que te vas a elevar hasta el Cielo? ¡Hasta el infierno vas a hundirte! En cuanto a vosotros, mensajeros míos, el que os escucha a vosotros es como si me escuchara a Mí; y el que os rechaza a vosotros, como si me rechazara a Mí; y el que me rechaza a Mí es como si rechazara a Dios, que es Quien me ha enviado.

Este pasaje se refiere a una misión más amplia que la primera de los Doce.

El número setenta era simbólico para los judíos.

(a) Era el número de los ancianos que se eligieron para ayudar a Moisés con la tarea de gobernar y dirigir al pueblo en el desierto (Num_11:16-17; Num_11:24-25 ).

(b) Era el número de los miembros del Sanedrín, el consejo supremo de los judíos. Los Setenta fueron elegidos para ayudar a Jesús.

(c) También se creía que habían sido setenta los traductores del Antiguo Testamento al griego, por lo que se llama esa versión Septuaginta, y se indica corrientemente como LXX.

(d) Se decía que ese era el número de las naciones del mundo. Lucas tenía una visión universalista, y puede ser que estuviera pensando en el día cuando todas las naciones conocerán y amarán a su Señor.

Hay aquí un detalle interesante. Uno de los pueblos que Jesús cita aquí es Corazín. Se supone que Jesús hizo allí muchos milagros; pero este lugar no se menciona en los evangelios nada más que aquí, así que no sabemos nada de lo que Jesús hizo o dijo allí. Aquí tenemos un ejemplo de lo mucho que ignoramos de la vida de Jesús. Los evangelios no son biografías, sino meros bocetos de la vida de Jesús (cp. Joh_21:25 ).

Este pasaje nos dice algunas cosas de suprema importancia sobre el transmisor y el receptor del Evangelio.

(i) El predicador tiene que estar descargado de cosas materiales; tiene que viajar ligero. Es fácil liarse con las cosas de la vida. Una vez el doctor Johnson, después de ver las dependencias de un gran castillo, observó gravemente: «Estas son las cosas que le hacen a uno difícil morir.» La Tierra no debe nunca borrar el Cielo.

(ii) El predicador se tiene que concentrar en su tarea; no tiene que saludar a nadie en el camino. Esto nos recuerda las instrucciones que le dio Elías a Giezi en 2Ki_4:29 . Ya sabemos lo ceremoniosos y prolijos que son los orientales en sus saludos. No se nos manda que seamos maleducados; lo que quiere decir esto es que el hombre de Dios no debe dejarse distraer ni retrasar por cuestiones menores cuando las mayores le requieren.

(iii) El predicador no debe tener espíritu mercenario; debe comer lo que le pongan por delante, y no debe andarse mudando de casa en casa en busca de mayores y mejores comodidades. No pasó mucho tiempo antes de que surgieran aprovechados en la Iglesia Primitiva. Hay un tratado llamado La Enseñanza de los Doce Apóstoles, que se escribió hacia el año 100 d C., y que es el primer libro de orden eclesiástico. Había entonces profetas que iban visitando las iglesias de pueblo en pueblo. Se advierte qué, si un profeta quiere quedarse en el mismo lugar más de tres días sin trabajar, es un falso profeta; y si habla en el Espíritu para pedir dinero o comida, es un falso profeta. El obrero merece su paga, pero el siervo del Señor crucificado no puede buscar lujos.

(iv) El haber escuchado la Palabra de Dios conlleva una gran responsabilidad. Seremos juzgados según lo que hayamos tenido oportunidad de saber. A un niño se le consienten cosas que se condenarían en un adulto; a un salvaje se le perdonan cosas que se castigarían en un civilizado. La responsabilidad es la otra cara del privilegio.

(v) Es un error terrible el rechazar la invitación de Dios. En cierto sentido, todas las promesas de Dios que hayamos escuchado pueden convertirse en nuestra condenación. Si las recibimos, son nuestra mayor gloria; pero cada una de las que hemos rechazado será algún día un testigo en contra nuestra.

LA VERDADERA GLORIA DEL HOMBRE

Lucas 10:17-20

Los Setenta volvieron jubilosos, y le dijeron a Jesús: -¡Señor, hasta los demonios se nos sometían cuando actuábamos en tu nombre!

-Yo vi a Satanás caer del Cielo como un rayo -les contestó Jesús-. Fijaos bien: os he dado autoridad para pisotear a las serpientes y a los escorpiones y a todos los poderes del enemigo sin sufrir el menor daño; pero no os congratuléis de eso, sino de algo mucho mejor: ¡de que vuestro nombre está escrito en el Cielo!

A su vuelta, los Setenta estaban jubilosos por las maravillas que habían realizado en nombre de Jesús. y Él les dijo: «Yo vi a Satanás caer del Cielo como un rayo.» Eso es difícil de entender. Puede querer decir dos cosas. d(i) Puede querer decir: «Yo vi caer derrotadas las fuerzas e las tinieblas y del mal; el cuartel general de Satanás está asediado, y el Reino de Dios viene de camino.» Puede querer decir que Jesús sabía que Satanás y todos sus poderes habían recibido el golpe de muerte, aunque aún no se hubiera producido su conquista definitiva.

(ii) También puede ser una advertencia contra el orgullo. Fue el orgullo lo que hizo que Satanás se rebelara contra Dios, y en consecuencia fuera arrojado del Cielo, él, que había sido el jefe de los ángeles. Puede que Jesús les estuviera diciendo a los Setenta: «Habéis tenido vuestros triunfos; pero tened cuidado con el orgullo, porque cuando el jefe de los ángeles sucumbió al orgullo fue arrojado del Cielo.»

No cabe duda de que Jesús prosiguió advirtiendo a sus discípulos contra el orgullo y el pasarse dé confiados. Era cierto que se les había dado todo poder, pero su mayor gloria era que su nombre estaba escrito en el Cielo.

Siempre será la mayor gloria del hombre, no lo que él mismo ha hecho, sino lo que Dios ha hecho por él. Es posible que el descubrimiento del cloroformo le haya evitado al mundo más dolor que ningún otro descubrimiento médico. Una vez, alguien le preguntó a James Simpson, que fue el pionero en su uso: «¿Qué descubrimiento tuyo consideras el más grande?», esperando que le contestara «El cloroformo.» Pero contestó: «Mi mayor descubrimiento fue que Jesucristo es mi Salvador.» Hasta el hombre más grande sólo puede decir en la presencia de Dios:

No ya he de gloriarme jamás, oh Dios mío, de aquellos deberes que un día cumplí. Mi gloria era vana: confió tan sólo en Cristo y su sangre vertida por mí.

JOSÉ M. DE MORA

El orgullo bloquea el camino del Cielo; la humildad es el pasaporte a la presencia de Dios.

LA EXIGENCIA INSUPERABLE

Lucas 10:21-24

En aquel preciso momento, el Espíritu Santo hinchió de gozo el corazón de Jesús, que exclamó:

-¡Bendito seas, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra! ¡Gracias por haberles escondido todo esto a los que se creen muy inteligentes y muy listos y habérselo revelado a los pequeños! Sí, Padre: gracias porque las cosas son como a Ti te ha parecido que deben ser. El Padre me lo ha confiado absolutamente todo. Nadie conoce al Hijo más que el Padre; y tampoco nadie conoce al Padre más que el Hijo, y aquellos a los que el Hijo se Le quiere revelar-. Y, volviéndose a sus discípulos, prosiguió: -¡Qué afortunados son los ojos que ven lo que vosotros estáis viendo! Os aseguro que muchos profetas y reyes habrían dado cualquier cosa por ver lo que vosotros estáis viendo, y por oír lo que estáis oyendo, y no se les concedió.

Hay tres grandes pensamientos en este pasaje.

(i) El versículo 21 nos habla de la sabiduría de la sencillez. La mente sencilla podía recibir verdades que las mentes cultivadas no podían admitir. Una vez dijo Arnold Bennet: «La única manera de escribir un gran libro es escribirlo con los ojos de un niño que ve las cosas por primera vez.» Es posible pasarse de listo. Es posible ser tan erudito que los árboles no le dejan a uno ver el bosque. Alguien ha dicho que la prueba de un pensador verdaderamente grande es cuánto es capaz de olvidar. Después de todo, la fe evangélica no consiste en saberse todas las teorías acerca del Nuevo Testamento; y menos saberse todas las teologías o las cristologías; no consiste en saber acerca de Cristo, sino en conocer a Cristo; y para eso lo que hace falta no es sabiduría terrenal, sino gracia celestial.

(ii) El versículo 22 nos habla de la relación única y exclusiva que hay entre Jesús y Dios. Esto es lo que el Cuarto Evangelio quiere decir con « El Verbo se hizo carne» (Joh_1:14 ), o cuando pone en labios de Jesús «Yo y el Padre, una cosa somos», o «El que me ha visto, ha visto al Padre» (Joh_10:30 , y 14:9). Para los griegos, Dios era incognoscible. Había una sima infranqueable entre la materia y el espíritu, entre el hombre y Dios. «Es muy difícil -decían- conocer a Dios; y, si se llega a conocerle, es imposible comunicarle a otro ese conocimiento.» Pero cuando vino Jesús, dijo: «Si queréis saber cómo es Dios, miradme a mí.» Más que hablar a los hombres acerca de Dios, lo que Jesús hizo fue mostrarles a Dios, porque en Él estaban la mente y el corazón de Dios.

(iii) Los versículos 23 y 24 nos dicen que Jesús es la consumación de toda la Historia. Jesús dice en esos versículos: «Yo soy el que todos los profetas y los santos y los reyes esperaban y anhelaban.» Eso es lo que quena decir Mateo cuando una y otra vez escribe en su evangelio: «Esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el profeta…» (cp. Mat_2:1 S, 17, 23).

Jesús es la cima que la Historia trataba de escalar, la meta que quería alcanzar, el imán que atraía a los hombres de Dios. Si quisiéramos decirlo en términos modernos para los que creen en la evolución, la lenta escalada del hombre desde el nivel de las bestias: Jesús es el clímax y el punto omega del proceso evolucionario, porque en Él el hombre llega a Dios; es a un tiempo la perfección de la humanidad y la plenitud de la divinidad.

QUIÉN ES MI PRÓJIMO

Lucas 10:25-37

Atención: un experto en la ley se le presentó a Jesús para ponerle a prueba, y le preguntó:

Maestro: ¿qué es lo que tengo que hacer para poseer la vida eterna que Dios ha prometido?

-¿Qué es lo que está escrito en la Ley? -le preguntó a su vez Jesús-. ¿Qué has aprendido tú?

-«Ama al Señor tu Dios con todo el corazón, y con toda el alma, y con todas tus fuerzas y con toda tu inteligencia»; «y a tu prójimo, como te amas a ti mismo» -le contestó el experto en la ley.

-¡Buena respuesta! Pues, hazlo, y tendrás la vida -le dijo Jesús; pero el hombre, queriendo quedar bien, le preguntó otra vez:

-¿Y a quién se refiere eso del prójimo?

Jesús, entonces, le puso un ejemplo:

-Cierto hombre iba por el camino que baja de Jerusalén a Jericó, cuando le salieron al paso unos bandidos que le dieron de palos, le quitaron todo lo que llevaba y le dejaron medio muerto. Sucedió que le vio un sacerdote que iba bajando por aquel camino; pero no le hizo caso y pasó de largo. Luego sucedió lo mismo con un levita que se acercó por allí; que también le vio, pero pasó de largo. Por último pasó un samaritano que iba de viaje; y cuando llegó por allí le vio, y le dio lástima de él; así es que se le acercó y le curó las heridas con aceite y vino y se las vendó; luego le montó es su cabalgadura y le llevó al mesón, donde siguió cuidando de él. Al día siguiente, como tenía que seguir su viaje, sacó el jornal de dos días y se lo dio al mesonero, y le dijo: «Cuídamele, y yo te pagaré lo que te gastes de más la próxima vez que pase.» Y ahora, dime: ¿Cuál de los tres dirías tú que fue el prójimo del que había caído en manos de los bandidos?

-El que le trató con misericordia -contestó el experto en la ley.

-Pues, anda; obra tú de la misma manera -le dijo Jesús.

En primer lugar, vamos a mirar la escena de esta historia. La carretera de Jerusalén a Jericó era notoriamente peligrosa. Jerusalén está a 800 metros sobre el nivel del mar; el Mar Muerto, cerca del cual está Jericó, está a 400 metros bajo el nivel del mar; así que, en menos de 30 kilómetros, la carretera salva un desnivel de 1.200 metros. Era una carretera estrecha, bordeada por rocas, con vueltas y revueltas que la hacían terreno abonado para los bandoleros. En el siglo v, Jerónimo nos cuenta que todavía la llamaban «El Camino Rojo», o «de la Sangre.» En el siglo xix todavía había que pagar dinero de seguridad a los jeques locales para usar esa carretera. Hasta el principio de la década de los 30, el famoso autor de libros de viaje H. V. Morton nos dice que le advirtieron que llegara a su destino antes de que se hiciera oscuro, porque un cierto Abu Yildah acostumbraba detener los coches y robar a los viajeros o turistas, escapándose a las montañas antes de que la policía pudiera llegar. Cuando Jesús contó esta historia, hablaba de algo que sucedía con frecuencia en la carretera de Jerusalén a Jericó.

En segundo lugar, fijémonos en los personajes.

(a) Tenemos al viajero. A menos que tuviera una urgente necesidad, no fue muy prudente poniéndose en camino de Jerusalén a Jericó a solas, y menos si llevaba mercancías de valor. Los viajeros solían ir en convoyes o caravanas. Parece ser que este hombre estaba corriendo un riesgo innecesario.

(b) Tenemos al sacerdote. Se apresuró a pasar de largo. Sin duda tenía presente que, si tocaba a un muerto, quedaba siete días en estado de impureza legal (Números 19: I1). Eso le impediría cumplir sus deberes en el templo, y no podía arriesgarse. Las exigencias rituales estaban por encima de la caridad. El templo y la liturgia contaban más para él que la vida de un hombre.

(c) Tenemos al levita. Este parece que se acercó más al herido antes de pasar de largo. A veces los bandidos usaban reclamos así: uno de ellos se haría el herido; y, cuando un viajero ingenuo se paraba a ayudar, los otros bandidos se le echaban encima y le robaban. Tal vez el levita tenía la consigna de que «lo primero es la seguridad.» No valía la pena correr riesgos para ayudar a nadie.

(d) Tenemos al samaritano. La audiencia. esperaría que ése fuera el más despiadado de todos. A lo mejor no era samaritano de raza, porque los judíos no tenían trato con los .samaritanos, y sin embargo parece que éste era un viajante de comercio al que conocía bien el mesonero. En Joh_8:48 los judíos llaman samaritano a Jesús. Se daba ese nombre a los herejes y a los que no cumplían la ley ceremonial. Tal vez este hombre era samaritano en el sentido de que los judíos fanáticos le despreciaban.

Notamos dos cosas interesantes acerca de él.

(i) ¡Tenía buen crédito! El mesonero estaba dispuesto a fiarse de él. Tal vez no fuera muy sano teológicamente, pero era honrado.

(ii) Fue el único que estuvo dispuesto a ayudar. Puede que fuera hereje, pero tenía amor en el corazón. No es tan raro encontrar que los religiosos están más interesados en los dogmas que en la ayuda al necesitado, y que el que desprecian los religiosos es el que ama a su prójimo. A fin de cuentas se nos ha de juzgar, no por nuestro credo, sino por la vida que vivimos.

En tercer lugar, fijémonos en la enseñanza de la parábola. El escriba que le hizo la pregunta a Jesús iba en serio. Jesús le preguntó que qué decía la ley sobre eso. Los judíos practicantes llevaban en las muñecas unas cajitas llamadas. filacterias en las que guardaban ciertos textos de la ley: Exo_13:1-16 ; Deuteronomio ó:4-9; 11:13-20. «Ama al Señor tu Dios» es de Deu_6:4 , y 11:13. Es como si Jesús le dijera: «Lee lo que pone en tus filacterias, y encontrarás la respuesta a tu pregunta.» A esos pasajes añadió el escriba Lev_19:18 , que manda al hombre amar a su prójimo cómo a sí mismo; pero, con su pasión por las definiciones, los rabinos se preguntaban quién era el prójimo; los más estrechos contestaban que el prójimo era otro judío. Algunos hasta llegaban a decir que era ilegal ayudar a una mujer gentil en el momento del parto, porque eso sólo sería ayudar a que hubiera otro gentil en el mundo. Así. que la pregunta del escriba «¿Y a quién se refiere eso del prójimo?» era normal.

La respuesta de Jesús implica tres cosas.

(i) Debemos ayudar al necesitado aunque se haya metido en líos por su propia culpa o imprudencia, como era probablemente el caso del viajero de la parábola.

(ii) Cualquier persona de cualquier nación que está necesitada es nuestro prójimo.

(iii) La ayuda debe ser práctica y no limitarse a sentirlo mucho. Es posible que a eso sí llegaron el sacerdote y el levita, pero no hicieron nada más. La compasión, para ser real, tiene que desembocar en obras.

Lo que Jesús le dijo al escriba nos dice también a nosotros: «Pues, anda; obra tú de la misma manera.»

EL CHOQUE DE TEMPERAMENTOS

Lucas 10:38-42

Prosiguiendo su viaje, Jesús llegó a una aldea. Una mujer de allí que se llamaba Marta, le dio hospitalidad. Tenía una hermana, María, que se sentaba a los pies de Jesús para escuchar lo que decía.

Marta estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, y se acercó a Jesús para decirle:

-Señor, ¿es que no te haces cargo de que mi hermana me deja sola con todo el trabajo de la casa? Dile siquiera que me eche una mano.

-¡Marta, Marta! Estás demasiado ajetreada, y te complicas innecesariamente la vida con muchas cosas cuando con cualquier cosita bastaría. María ha sabido escoger la mejor parte, y no hay por qué quitársela.

Sería difícil encontrar un boceto de caracteres más pintoresco y con mayor economía de palabras que éste.

(i) Aquí tenemos un choque de temperamentos. Algunas personas son polvorillas de actividad; otras son naturalmente tranquilas. Y a las activas les cuesta comprender a las contemplativas, y viceversa. No es que la una sea buena y la otra no. Dios no nos ha hecho a todos iguales. Dios necesita sus Martas y sus Marías. Como decía Teresa de Jesús, en el servicio del Señor deben estar juntas Marta y María.

(ii) Estos versículos nos muestran algo más: a veces se muestra una amabilidad equivocada. Recordemos adónde iba Jesús cuando esta escena tuvo lugar: se dirigía a Jerusalén, a morir en la Cruz. Todas sus facultades estaban tensas por la batalla interior que estaba librando para someter su voluntad a la voluntad de Dios. Cuando llegó Jesús a aquella casa de Betania, fue un gran día; y Marta quería celebrarlo ofreciéndole a Jesús lo mejor que hubiera en la casa; así es que iba de acá para allá llevando, y haciendo, y guisando, y preparando cosas… y eso era lo que menos quería Jesús entonces. Quería tranquilidad. Con la Cruz por delante y la tensión dentro de sí, había acudido a Betania buscando un oasis de calma alejado de las multitudes exigentes aunque sólo durara una o dos horas. Y eso fue lo que le ofreció María; y Marta, con la mejor intención, hizo lo posible por quitárselo. «Con cualquier cosita bastaría.» Posiblemente quería decir: «No quiero un gran banquete; un solo plato, de lo que sea, es más que suficiente.» María comprendió, y Marta no.

Aquí tenemos una de las cosas difíciles de la vida. A menudo queremos ser amables con la gente, pero a nuestra manera. Y si no acertamos, nos damos por ofendidos y nos quejamos de que no se aprecia nuestro esfuerzo. Si queremos de veras ser amables, lo primero que debemos intentar es comprender a la persona a la que queremos ayudar, y olvidarnos de todo lo que querríamos hacer nosotros. Jesús amaba a Marta, y Marta le amaba a Él; pero, cuando Marta se proponía ser amable, tenía que serlo a su manera, que era precisamente la contraria de la que Jesús necesitaba. Jesús amaba a María, y María le amaba a Él, y María le comprendió.

Lucas 10:1-42

10.1, 2 Más de doce personas seguían a Jesús. Ahora designa un grupo de setenta [setenta y dos en otros manuscritos] para preparar algunas ciudades que El visitaría más tarde. Estos discípulos no poseían calificaciones únicas. No eran los más educados, ni los más capaces, ni los de más alto nivel social que otros seguidores de Jesús. Lo que los capacitó para su misión fue su conocimiento del poder de Jesús y su visión para llegar a toda la gente. Es importante que usted dedique sus talentos al Reino de Dios, pero más importante aún es tener una experiencia personal de su poder y una visión clara de lo que El quiere que hagamos.

10.2 Jesús envió treinta y cinco parejas para alcanzar las multitudes. No intentarían cumplir su tarea sin ayuda. En cambio, pedirían a Dios que enviara más obreros. Al llevar a cabo la obra de evangelización, sin duda querrá empezar de inmediato alcanzar a las personas inconversas. Esta historia sugiere un acercamiento diferente: empiece por movilizar personas para orar. Y antes de orar por los inconversos, ore que otras personas interesadas se le unan para alcanzarlos.
10.2 En el servicio cristiano, no hay desempleo. Dios tiene trabajo más que suficiente para cada uno. No se siente atrás para mirar lo que otros hacen, busque la manera de tomar parte en la cosecha.

10.3 Jesús dice que enviaba a sus discípulos «como corderos en medio de lobos». Debían tener mucho cuidado, sin duda enfrentarían oposición. A nosotros también nos han enviado al mundo como corderos en medio de lobos. Esté alerta y recuerde que no enfrentaremos al enemigo con agresión, sino con amor y amabilidad. Una misión peligrosa demanda entrega sincera.

10.7 La orientación de Jesús de quedarse en una sola casa evitaba ciertos problemas. Cambiarla podría ofender a las familias que los recibieron antes. Las familias empezarían a competir para contar con la presencia de los discípulos y algunos podrían pensar que no eran lo bastante buenos para oír su mensaje. Si los discípulos despreciaban en apariencia la hospitalidad ofrecida, a lo mejor los habitantes no aceptarían a Jesús cuando llegara después. Además, al estar en un solo lugar, los discípulos no tenían que preocuparse por conseguir un lugar cómodo. Podrían alojarse y realizar la tarea encomendada.

10.7 Jesús les dijo que aceptaran la hospitalidad cortésmente porque su tarea los calificaba para ello. A los ministros del evangelio se les debe sostener y nuestra responsabilidad es que tengan todo lo necesario. Hay varias formas de apoyar los esfuerzos de quienes sirven a Dios en la iglesia. Primera, vele para que tengan un salario adecuado. Segunda, vele para que tengan apoyo emocional y planee un tiempo para expresar su aprecio por algo que hayan hecho. Tercera, anímelos con sorpresas ocasionales que los estimule a seguir adelante. Nuestros ministros merecen saber que lo hacemos con gusto y con generosidad.

10.8, 9 Jesús dio dos normas a los discípulos para el viaje. Debían comer lo que les pusieran delante, o sea, aceptarían la hospitalidad sin críticas, y sanarían los enfermos. Gracias a ello, la gente estaría dispuesta a oír el evangelio.

10.12 Sodoma era una ciudad perversa que Dios destruyó por su pecaminosidad extrema (Génesis 19). El nombre de la ciudad se usa a menudo como símbolo de perversidad e inmoralidad. Sodoma sufrirá en el día del juicio, pero las ciudades que vieron y rechazaron al Mesías sufrirán mucho más.

JACOBO

Jesús separó a tres de sus discípulos para una preparación especial. Jacobo, su hermano Juan y Pedro formaron este círculo íntimo. A la larga, cada uno jugó un papel clave en la iglesia primitiva. Pablo llegó a ser un gran predicador, Juan se convirtió en un importante escritor y Jacobo fue el primero de los doce discípulos en morir por su fe.
La forma en que los nombres de Jacobo y Juan se mencionan juntos indica que Jacobo fue el hermano mayor. Zebedeo, su padre, era propietario de un negocio de pesca donde trabajaron con Pedro y Andrés. Cuando Pedro, Andrés y Juan dejaron Galilea para ver a Juan el Bautista, Jacobo se quedó con las barcas y las redes. Más tarde, cuando Jesús los llamó, fue el más deseoso de seguirle.

Jacobo disfrutó con pertenecer al círculo íntimo de los discípulos, pero no entendió bien el propósito de Jesús. El y su hermano incluso intentaron asegurarse un buen puesto en el reino de Jesús, y le rogaron que les prometiera un lugar especial. Como los demás discípulos, Jacobo poseía una visión limitada de lo que Jesús hacía en la tierra, y vislumbraba solo un reinado terrenal que derrocaría a Roma y restauraría la gloria pasada de Israel. Pero por sobre todo, Jacobo quiso estar con Jesús. Encontró al líder que tenía que encontrar, pero estaba equivocado en cuanto a cuándo tomaría el poder. Fue necesaria la muerte y resurrección de Jesús para corregir la visión de Jacobo.

Jacobo fue el primero de muchos en morir por el Evangelio. Estuvo dispuesto a morir porque sabía que Jesús conquistó la muerte, y que esta era solo la puerta de entrada a la vida eterna. Nuestras expectativas acerca de la vida serán limitadas si no podemos ver más allá de esta vida. Jesús prometió vida eterna a los que desean seguirle. Si creemos esta promesa, El nos dará ánimo para permanecer firmes aun en tiempos difíciles.

Puntos fuertes y logros :

—    Uno de los doce discípulos
—    Con Pedro y Juan, integra un círculo íntimo
—    Primero de los doce discípulos que murió por la fe

Debilidades y errores :

—    Se mencionan dos explosiones de Jacobo que indican problemas de temperamento (Luk_9:54) y egoísmo (Mar_10:37). En ambos casos, él y su hermano, Juan, hablaron como uno.

Lección de su vida :

—    Para los discípulos de Jesús perder la vida no era un precio muy alto a pagar

Datos generales :

—    Dónde: Galilea
—    Ocupaciones: Pescador, discípulo
—    Familiares: Padre: Zebedeo. Madre: Salomé. Hermano: Juan
—    Contemporáneos: Jesús, Pilato, Herodes Agripa

Versículos clave :

«Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se le acercaron, diciendo: Maestro, querríamos que nos hagas lo que pidiéremos. El les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Ellos le dijeron: Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda» (Mar_10:35-37).

La historia de Jacobo se narra en los Evangelios. También se menciona en Act_1:13 y 12.2.

10.13 Corazín fue una ciudad cerca del mar de Galilea, tal vez a tres kilómetros al norte de Capernaum. Tiro y Sidón fueron ciudades que Dios destruyó en castigo a su maldad (véase Ezequiel 26-28).

10.15 Capernaum era la base de Jesús para su ministerio galileo. La ciudad era un cruce de caminos importantes que usaban los viajeros y el ejército romano, y un mensaje que se daba en Capernaum se extendería a lugares mucho más distantes. Sin embargo, mucha gente de allí no entendió los milagros de Jesús ni dio crédito a sus enseñanzas. La ciudad se incluía entre las que se juzgarían por rechazar a Jesús.

10.17-20 Los discípulos vieron grandes resultados al ministrar en el nombre y con la autoridad de Jesús. Estaban muy contentos con las victorias obtenidas al testificar y Jesús se gozó con ellos. Sin embargo, los hizo reflexionar al recordarles que había una victoria mucho más importante: que sus nombres estén escritos en el cielo. Este honor era mucho más importante que cualquier otro logro. A medida que vemos las maravillas de Dios que obran en nosotros y por medio de nosotros, no debemos perder de vista que hay una maravilla mayor, nuestra ciudadanía celestial.

10.18, 19 Quizás Jesús miró hacia adelante, a su victoria sobre Satanás en la cruz. Joh_12:31-32 indica que la muerte de Cristo juzgaría y derrotaría a Satanás. Por otro lado, Jesús quizás alertó a sus discípulos en contra del orgullo. A lo mejor se refería a Isa_14:12-17, donde comienza diciendo: «¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!» Muchos intérpretes identifican este versículo con Satanás y explican que su orgullo lo condujo a todo lo malo que vemos en la tierra hoy. A sus discípulos, que les impactó el poder sobre los espíritus malignos («serpientes y escorpiones»), Jesús les dio esta clase de advertencia: «Lo vuestro es el tipo de orgullo que hizo caer a Satanás. ¡Cuídense!»

10.21 Jesús agradeció a Dios que la verdad espiritual fuera para todos, no solo para un grupo selecto. Al parecer muchos premios de la vida van hacia los inteligentes, los ricos, los bien parecidos o los poderosos, pero el Reino de Dios está al alcance de todos, sin distinción, sin importar la posición ni la habilidad. No llegamos a Jesús mediante la fuerza ni la inteligencia, sino por confiar como un niño. Jesús no está en contra de los que buscan erudición; se opone al orgullo espiritual (ser sabio a sus propios ojos). Unámonos a Jesús en agradecimiento a Dios de que todos tenemos igual acceso a El. Confíe en la gracia de Dios para su ciudadanía en el Reino y no en las aptitudes personales.

10.22 La misión de Cristo fue revelar a Dios el Padre a la gente. Su Palabra trajo a la tierra ideas complicadas. Explicó el amor de Dios mediante parábolas, enseñanzas y, sobre todo, con su vida. Al examinar las acciones, principios y actitudes de Jesús, comprendemos a Dios con más claridad.

10.23, 24 Los discípulos tenían una oportunidad maravillosa: ser testigos presenciales de Cristo, el Hijo de Dios. No obstante, durante varios meses no lo apreciaron como era debido, ni en verdad lo escucharon ni le obedecieron. También nosotros tenemos un lugar privilegiado con dos mil años de historia de la Iglesia, acceso a la Biblia en cientos de idiomas y versiones, muchos pastores y predicadores excelentes. Sin embargo, con cuánta frecuencia no les damos importancia, olvidando esas grandes bendiciones recibidas. Recuerde, con el privilegio viene la responsabilidad. Debido a que tenemos la ventaja de conocer mucho acerca de Cristo, debemos tener más cuidado al seguirle.

10.24 Los hombres de Dios del Antiguo Testamento, como el rey David y el profeta Isaías, dijeron muchas profecías inspiradas por Dios que Jesús cumplió. Se preguntaban, como Pedro escribiera más tarde, el posible significado de estas profecías y cuándo se cumplirían (1Pe_1:10-13). En palabras de Jesús, «desearon ver lo que vosotros veis»: la llegada del Reino de Dios.

10.27 Este experto en la Ley de Moisés se refería a Deu_6:5 y Lev_19:18. Entendía muy bien que la Ley demandaba total devoción a Dios y amor al prójimo. Jesús habló más acerca de estas leyes en otras ocasiones (véanse Mat_19:16-22 y Mar_10:17-22).

10.27-37 Los expertos en la Ley trataron al herido como un tema de discusión; los ladrones, como un objeto de explotación; los sacerdotes, como un problema a evitar; y el levita como un objeto de curiosidad. Solo el samaritano lo trató como una persona a la que se debía amar.

10.27-37 De la parábola aprendemos tres principios acerca de lo que significa el amor al prójimo: (1) la carencia de amor es a menudo fácil de justificar a pesar de que nunca es buena; (2) nuestro prójimo es cualquiera que esté en necesidad, sin importar raza, credo ni procedencia social; y (3) amor significa hacer algo para suplir la necesidad de alguien. No importa dónde viva, hay gente necesitada a su alrededor. No hay razón justificada para negarse a brindar ayuda.

10.33 Existía un odio profundo entre judíos y samaritanos. Los judíos se veían como descendientes puros de Abraham, mientras que los samaritanos eran una raza mezclada cuyo origen se debió al casamiento de judíos del norte con gente de otros pueblos después del exilio de Israel. Para este experto en leyes judías, la persona que parecía actuar como se debía era el samaritano. En realidad, no podía ni siquiera pronunciar la palabra samaritano cuando contestaba la pregunta de Jesús. Su actitud de experto traicionó su falta de amor, lo que antes manifestó que la Ley mandaba.

10.38-42 Marta y María amaban a Jesús. En esta ocasión ambas le servían. Pero Marta pensó que el estilo de servicio de María era inferior al de ella. No dedujo que en su deseo de servir descuidaba a su visita. ¿Está tan ocupado haciendo cosas para Jesús al grado que no tiene tiempo para estar con El? No permita que su servicio llegue a ser un autoservicio.

10.41, 42 Jesús no condenó a Marta por preocuparse de los quehaceres de la casa. Solo le pidió fijar prioridades. Es posible que el servicio a Cristo degenere en un simple ajetreo que deja de ser una entrega total a Dios.

UNA COLECCION DE ACTITUDES

Para el experto en la Ley, el hombre herido era un asunto para discutir.
Para los ladrones, el herido era alguien que podían despojar.
Para los religiosos, el herido era un problema que debía evitarse.
Para el mesonero, el herido era un cliente a quien servir por un precio.
Para el samaritano, el herido era un ser humano valioso al que había que cuidar y amar.
Para Jesús, todos ellos y nosotros somos tan importantes, que dio su vida por nosotros.

Las necesidades de otros motivan una serie de actitudes en nosotros. Jesús usó la historia del bueno pero despreciado samaritano para aclarar qué actitudes aceptaba. Si somos sinceros, a menudo nos hallaremos en el lugar del intérprete de la Ley, necesitando aprender de nuevo quién es nuestro prójimo. Note estas diferentes actitudes hacia el hombre herido.

Lucas 10:1-7

Estos versículos refieren a un hecho que no se registra en los otros Evangelios. Este hecho es el nombramiento de los setenta discípulos que además de los doce apóstoles habían de ir delante Jesús. No sabemos los nombres de ninguno de estos discípulos. Nada se nos dice sobre su historia después que fueron enviados. Pero las instrucciones que se les dieron son sumamente interesantes, y merecen ser estudiadas detenidamente por todos los ministros y maestros del Evangelio.

El primer punto a que nuestro Señor llamó la atención de los setenta fue la importancia de la oración e intercesión. Esta es la idea cardinal con que nuestro Señor empieza su discurso. Antes de explicar a sus mensajeros el objeto y naturaleza de su misión, les ordena orar: «Bogad al Señor de la mies que envié obreros a su mies..

La oración es una de los mejores y más eficaces medios para promover el adelanto de la causa de Cristo. Y es un medio al alcance de todos los que tienen el «espíritu de adopción.» No todos los fieles tienen dinero que dar para las misiones. Muy pocos tienen grandes dotes intelectuales, o ejercen mucho influjo entro los hombres. Más todos los fieles pueden y deben orar por el buen éxito del Cristianismo. Muchas y sorprendentes son las bendiciones que se han obtenido por medio de la oración, y que la Biblia refiere para nuestra edificación. «La oración eficaz del justo vale mucho.» Jam_5:16.

El ministro del Evangelio para ser verdadero sucesor de los apóstoles, debe, consagrarse a la oración, tanto como a la predicación de la palabra. Actos 6:4.

Debe hacer uso no solamente de «la espada del Espíritu,» sino de la oración constante, «con todo ruego y súplica.» Efes. 7: Neh_17:18. Este es el medio de que pueden servirse para ser benditos en sus sagradas tareas. Este, sobretodo, es el medio de conseguir quienes cooperen en la causa de Cristo. Los colegios pueden educar a muchos; los obispos pueden ordenarlos; y sus bienhechores pueden darles la subsistencia. Pero solo Dios puede proveer obreros que quieran trabajar en bien de las almas. Oremos diariamente por más obreros de esta clase.

El segundo punto al cual nuestro Señor llama la atención de los setenta discípulos es la naturaleza peligrosa de la obra que iban a emprender. El no les oculta los peligros ni las tribulaciones que les esperaban. No los envía con engañosas promesas, ni les predice cosas halagüeñas, ni les anuncia un éxito brillante.

Les dice claramente lo que debían esperar. «He aquí,» dice, «Yo os envió como a corderos en medio de lobos..

Estas palabras, sin duda, se referían especialmente al transcurso de la vida de aquellos a quienes se dirigieron. Vérnoslas cumplidas en las muchas persecuciones descritas en los Actos de los Apóstoles. Pero no se nos oculta que esas palabras describen un estado de cosas que puede verse en nuestros días. Mientras exista la iglesia, los fieles deben esperar encontrarse como «corderos en medio de lobos;» tienen que resolverse a ser aborrecidos, y perseguidos, y maltratados por los que no tienen verdadera religión. Ni deben solicitar favor alguno de las gentes no convertidas, porque no lo obtendrán, Lutero solía decir con mucha fuerza y no poca razón que «Caín mataría a Abel, si pudiera, hasta el fin del mundo.» «No os maravilléis, hermanos míos,» dice Juan, «si el mundo os aborrece.» «Todos los que quieren vivir píamente en Cristo padecerán persecución.» 1Jo_3:13; 2Ti_3:12.

El tercer punto que nuestro Señor recomienda a los setenta discípulos es, la consagración completa a la obra que iban a emprender. Habían de abstenerse hasta de la apariencia de la codicia, o del amor al dinero, o el lujo: « No llevéis bolsa, ni alforja, ni zapatos.» Y habían de conducirse como hombres que no tenían tiempo que perder en vanos cumplimientos, o en las cortesías de estilo: «Á nadie saludéis en el camino..

Estas palabras tan notables deben interpretarse indudablemente con alguna limitación. Llegó el tiempo en que nuestro Señor mismo tuvo que decir a sus discípulos: «Mas ahora el que tiene bolsa tómela y también su alforja.» Luk_22:36. El apóstol Pablo no ocultaba que tenia la costumbre de saludar. El apóstol Pedro nos manda expresamente «ser corteses.» 1Pe_3:8. Mas sin embargo, después de hacer todas las limitaciones, hay una importante lección en estas palabras de nuestro Señor, que no debe pasarse por alto. Los ministros y maestros del Evangelio deben guardarse de dejar que el mundo absorba todo su tiempo y toda su atención, y que les impida el progreso de su obra espiritual; el deseo del dinero, y la atención excesiva a lo que se llama «la etiqueta,» son lazos tendidos en el camino de los obreros de Cristo y en los que pueden caer si no están alerta.

Consideremos estas cosas. Tienen interés especial para los ministros, pero conciernen más o menos a todos los cristianos. Esforcémonos en hacer ver a los hombres del mundo, que no podemos perder tiempo en vivir a su modo. Hagámosles ver que juzgamos la vida demasiado valiosa para malgastarla en continuos festines, en visitas, y en cosas semejantes, como si no hubiese muerte, o juicio, o vida futura. Por de contado que hemos de ser corteses. Más no hagamos de la etiqueta un ídolo delante del cual todo deba prosternarse. Digamos abiertamente que nos estamos dirigiendo a un país situado más allá del sepulcro y que no tenemos tiempo para todas esas comidas, y bebidas, y todo ese trajín de trajes, y de civilidad, y de cumplimientos, en que tantos intentan en vano encontrar la felicidad. Digamos como Nehemías: «Yo hago una grande obra y no puedo venir.» Neh_6:3.

La cuarta recomendación que hizo nuestro Señor a los setenta es en cuanto al ánimo contento y apacible que debían manifestar. En donde quiera que se detuviesen cuando estuvieran viajando, habían de evitar el parecer volubles, veleidosos, o difíciles de agradar en cuanto al alimento y posada. Habían de «comer y beber» de lo que les dieran. No habían de «ir de casa en casa..

Instrucciones como estas van, sin duda, dirigidas primaria y especialmente a los ministros del Evangelio. Ellos son los que, sobre todos los demás hombres, deben tener cuidado en su manera de vivir de evitar el ánimo mundano. La sencillez en el alimento y en el manejo doméstico, y la conformidad con cualquier cosa, siempre que pueda conservarse ilesa la salud, deben ser los distintivos del «hombre de Dios.» Una vez que el predicador haya adquirido la reputación de gustar extraordinariamente de comer y beber, y de las comodidades mundanas, pierde en gran parte su influjo clerical. El sermón acerca de las «cosas invisibles « producirá poco efecto cuando la vida del que lo pronuncia recomienda las «cosas visibles..

Pero no debemos circunscribir estos preceptos de nuestro Señor a los ministros solamente. Ellos deben apelar a las conciencias de codos los fieles, y a todos los llamados por el Espíritu Santo, y que se hacen siervos de Dios. Deben recordarnos la necesidad de la sencillez, y del despego a la vanidad mundana en nuestra conducta diaria. Preciso es que nos guardemos de ocuparnos mucho acerca de nuestro alimento, y de nuestros muebles, y de nuestras casas, y da todas las cosas que contribuyen al bienestar del cuerpo. Preciso es que nos esforcemos en vivir como hombres que piensan preferentemente en el alma inmortal. Al pasar por el mundo debemos hacerlo como peregrinos que todavía no han llegado a su patria y no se cuidan de que clase de hospedaje se les dé por el camino. ¡Felices los que se consideran como peregrinos y extranjeros en esta vida, y cuyos mejores bienes son los venideros!

Lucas 10:8-16

Estos versículos comprenden la segunda parte de los preceptos dados por nuestro Señor Jesucristo a los setenta discípulos. Estos, lo mismo que los de la primera parte, tienen especial referencia a los ministros y a los maestros del Evangelio; pero contienen verdades que merecen seria atención de parte de todos los miembros de la iglesia de Cristo.

El primer punto que debemos notar es la sencillez de las nuevas que nuestro Señor mandó que proclamasen sus primeros mensajeros. Estas fueron: «Se ha allegado a vosotros el reino de Dios..

Necesario es considerar estas palabras como la sustancia de todo lo que los discípulos habían de decir. Difícilmente puede suponerse que no dijeran nada más que esta sola frase. Las palabras sin duda tenían mucha más significación para el judío que las oía en aquel entonces, del que producen al presente en nuestra mente. Al erudito israelita, sonarían como el anuncio de que la época del Mesías había llegado, que el Salvador prometido desde tan remotos tiempos, estaba para ser revelado; que el «Deseado de todas las naciones « iba a aparecer. Hag_2:7. De esto no cabe duda. Tal anuncio hecho inesperadamente por setenta hombres que estaban convencidos indudablemente de la verdad de lo que decían y que viajaban por en medio de un país densamente poblado no dejaría de llamar la atención y de despertar la curiosidad, sin embargo de todo esto el anuncio es extraordinario y singularmente sencillo.

Es de dudarse si el modo moderno de enseñar el Cristianismo como regla general, suficientemente sencillo. Es un hecho innegable que los razonamientos profundos y los argumentos complicados no son, generalmente hablando, los medios de que Dios se ve para convertir las almas. Exposiciones sencillas hechas con valor y con dignidad, y de tal manera que los que las hacen sientan crean lo que dicen, parecen producir mayor efecto en el corazón y en la conciencia del oyente. Padres y maestros de la juventud, ministros y misioneros, lectores de la Escritura y visitadores de distrito, todos haríais bien en acordaros de esto. No debemos afanarnos, como lo hacemos a menudo por defender, probar, demostrar, y discutir las doctrinas del Evangelio. Tal vez ni uno en cada ciento ha sido convertido de este modo. Lo que necesitamos son declaraciones más sencillas, claras, solemnes y fervorosas, de las verdades sencillas del Evangelio. Tales declaraciones, sin duda, aducirán fruto a su tiempo. Son saetas dirigidas por Dios que penetran con frecuencia en corazones que no hubieran sido conmovidos por el sermón más elocuente.

El segundo punto que debemos observar en estos versículos es la gran perversidad de los que desechan los ofrecimientos hechos en el Evangelio. Nuestro Señor afirmó «que para Sodoma había más remisión el día del juicio,»que para los que no reciben la predicación de sus discípulos. Y prosiguió diciendo, que el pecado de Corazin y de Betsaida, ciudades de Galilea, donde había predicado y hecho milagros, pero donde las gentes a pesar de esto no se habían arrepentido, era mayor que el pecado de Tiro y Sidón.

Aseveraciones como estas son solemnes. Ellas ponen en claro algunas verdades, que el hombre está muy pronto a olvidar. Ellas nos enseñan que todos serán juzgados según la luz espiritual de que hayan gozado, y que de aquellos que han poseído más prerrogativas religiosas, más será exigido. Muéstranos también cuan grande es la obstinación e incredulidad del corazón humano: fue posible que algunos oyeran a Cristo predicar, y presenciasen sus milagros, y sin embargo no se convirtiesen. Nos enseñan también que el hombre es responsable por el estado de su alma. Los quo rechazan el Evangelio, y permanecen impenitentes e incrédulos, no son simplemente objetos de piedad y compasión, sino también, con sumo grado, reos y culpables a los ojos de Dios. Dios los llamó, pero ellos no respondieron. Dios les habló, pero ellos no quisieron hacer caso. La condenación del infiel será estrictamente justa Su sangre caerá sobre su cabeza. El Juez Universal obrará con justicia.

Meditemos estas verdades y guardémonos de la incredulidad. No solo el pecado descubierto y la maldad notoria pierden las almas. Si solo permanecemos quietos sin hacer nada, cuando se nos urge con ahínco para que aceptemos el Evangelio, nos hallaremos un día en el abismo. No es necesario precipitarnos en los excesos de la licencia. No es necesario que nos opongamos a la verdadera religión. Basta solamente que permanezcamos fríos, descuidados, indiferentes, inmobles, e impasibles, para que seamos arrojados al infierno. Esto fue lo que causó la ruina de Corazin y de Betsaida. Y esto puede también causar la ruina de millares mientras el mundo exista. Ningún pecado hace menos ruido, pero ninguno pierde el alma con tanta certeza como la incredulidad.

Lo último que debemos percibir en estos versículos es él honor que el Señor confiere a sus fieles ministros. Se nota esto en las palabras con que concluyó los preceptos dirigidos a los setenta discípulos. Les dijo: «El que a vosotros oye, a mí oye, y el que a vosotros desecha a mí desecha; y el que a mí desecha, desecha al que me envió.

El lenguaje que aquí usa nuestro Señor es muy notable, y lo es más si tenemos presente que fue dirigido a los setenta discípulos, y no a los doce apóstoles.

La enseñanza que con tales palabras se propuso inculcar es clara e inequívoca. Los ministros han de ser considerados como mensajeros y embajadores enviados por Cristo a un mundo corrompido. En tanto que ellos cumplan fielmente con sus deberes, son acreedores al honor y respeto de los fieles por amor a su Maestro. Los que los desechan, desechan mayormente por ese acto a su Maestro. Los que no aceptan la salvación que proclaman, ofenden, más que a ellos, a su Rey. Cuando el rey de Ammon, agravió a los embajadores de David, se recibió el insulto como si hubiera sido irrogado al mismo David. 2Sa_11:19.

Acordémonos de estas cosas para que podemos formar una idea justa de la posición del ministro del Evangelio. En esta materia se cometen muchos errores.

Unos respetan al ministro con reverencia que raya en idolatría y superstición. Otros le miran con torpe desprecio. Ambos extremos deben evitarse. Ellos previenen de qué se olvida la enseñanza sencilla de la Escritura. E ministro que no cumple fielmente con sus deberes o no predica exactitud el Evangelio de Cristo, no tiene derecho a esperar que el pueblo lo respete. Pero las palabras del que declara los designios de Dios, y no calla nada que sea provechoso, no pueden menospreciarse sin gran pecado. Ese ministro está llenando la misión que le encomendó su Rey. Es un heraldo. Es un embajador, lleva en la mano la bandera blanca y trae proposiciones de paz. A tal ministro son estrictamente aplicables las palabras de nuestro Señor. Puede que sea hollado del rico, odiado del malo, injuriado del que ama los placeres, atacado del codicioso; mas puede consolarse diariamente con las palabras de su Maestro: «El que a vosotros desecha a mí desecha.» El día del juicio se probará que no en vano se pronunciaron estas palabras.

Lucas 10:17-20

Este pasaje enseña cuan dispuestos están los hombres a envanecerse con el éxito. Escrito está, que los setenta volvieron de su misión con gozo, diciendo: «Señor, aun los demonios se nos sujetan por tu nombre.» Había mucho de vanidad en ese gozo. Había evidentemente mucho de jactancia en esa relación de hazañas. Todo el tenor del pasaje nos lo da a entender. La expresión notable quo usó nuestro Señor tocante a la caída de Satanás del cielo, fue dicha probablemente con el fin de que sirviese de cautela. El penetró el corazón de los soldados jóvenes y faltos de experiencia que tenia delante; El vio cuánto se gloriaban de la primera victoria; reprimió su presunción indebida, y los previno contra el orgullo.

Esta es una lección que deben examinar y tener presente todos los que trabajen en la causa de Cristo. Todos los que trabajan fielmente en el campo del Evangelio desean buen éxito. El ministro en el interior y el misionero en el exterior, el visitador de distrito y el misionero de la ciudad, el repartidor de tratados y el maestro de escuela dominical, todos anhelan igualmente tener buen suceso. Todos desean ver el poder de Satanás echado por tierra y las almas se conviertan a Dios. Y de esto no hay que sorprenderse. El desearlo es bueno y justo. Sin embargo, es preciso no olvidar jamás, que el momento del triunfo es el del peligro para el alma del cristiano. Los mismos que se humillan cuando todo te apariencia de serles contrario, muchas veces se envanecen excesivamente en el día de la prosperidad. Pocos son como Sansón, que pueden matar un león sin contarlo a nadie. Jdg_14:6. Con razón, pues, S. Pablo dice del obispo, que no debe ser «neófito, porque hinchándose de orgullo caiga en la condenación del diablo.» 1Ti_3:6. La mayor parte de los obreros de Cristo obtienen probablemente el éxito que les es provechoso. Oremos mucho para que tengamos humildad, y especialmente en Nuestros días de paz y de prosperidad. Cuando todo lo que nos rodea sea parece prosperar, y todos nuestros planes salen bien–cuando las tribulaciones y enfermedades de la familia no nos afligen, y nuestros negocios presentan un aspecto halagüeño–cuando nuestros sufrimientos diarios son ligeros, y todo el horizonte se presenta sin nubes, entonces, ¡entonces es cuando nuestras almas están en peligro! Entonces es cuando es necesario que examinemos con más cuidado nuestros propios corazones. Entonces es cuando el demonio introduce en nuestros pechos semillas de mal que nos asombrarán algún día con la lozanía de las plantas que produzcan. Hay pocos cristianos que puedan llevar una copa rebosada con mano firme. Hay pocos que hagan progresos espirituales en los días que gozan de prosperidad no interrumpida. Estamos inclinados a creer que nuestra propia sabiduría ha alcanzado la victoria. Lo que este pasaje enseña no debe olvidarse jamás. En medio de nuestros triunfos exclamemos fervorosamente: «Señor, revístenos de humildad..

También nos enseñan estos versículos que él don y la virtud de hacer milagros son muy inferiores a la gracia. Escrito está que nuestro Señor dijo a los setenta discípulos: « Empero no os regocijéis de esto, de que los espíritus se os sujeten, mas antes regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.» Fue sin duda un honor y un privilegio el poder lanzar demonios. Los discípulos tenían razón de estar agradecidos. Pero era privilegio mucho más alto haber, sido convertidos y perdonados, y tener sus nombres escritos en el registro de las almas regeneradas.

La diferencia que este pasaje indica entre la gracia y otros dones es de suma importancia, aunque a menudo y dolorosamente se la pierde de vista en nuestros días. Dones como el vigor intelectual, vasta memoria, elocuencia admirable, habilidad en argumentar y fuerza de raciocinio, son frecuentemente cualidades demasiadamente apreciadas por los que las poseen, y demasiadamente admiradas por los que no las poseen. Esto no debería ser así. Loa hombres no tienen presente que dones sin la gracia divina no salvan ningún alma, y que Satanás también los posee. La gracia, al contrario, es un patrimonio perdurable, y por humilde y despreciable que sea el que la posee, entrará felizmente en la gloria. El que posee dones sin gracia está muerto en el pecado, por brillantes que esos dones sean. Pero el que tiene gracia sin dones vive para Dios, no obstante lo indocto e ignorante que parezca a los hombres. «Mejor es perro vivo que león muerto.» Ecles. 9:4.

Que la religión que nos propongamos adoptar sea una religión que tenga la gracia por cualidad principal. No nos contentemos con tener capacidad para hablar con elocuencia, o para predicar eficazmente, o razonar con habilidad, o argüir con destreza, o expresar nuestros sentimientos con facilidad y elegancia. No nos satisfagamos con comprender todo el sistema de la doctrina cristiana, y con poder repetir textos y máximas sagradas. Todas estas cosas son convenientes dentro de sus límites. No deben menospreciarse, pues tienen su utilidad, mas no son la gracia de Dios; y no nos librarán del infierno. No estemos tranquilos hasta que sintamos en nuestra aliña el testimonio del Espíritu, que «hemos sido lavados, santificados y justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.» 1Co_6:11. Procuremos saber si «nuestros nombres han sido escritos en los cielos,» y si estamos realmente unidos a Cristo, y si Cristo mora en nosotros. Esforcémonos en ser «epístolas de Cristo, conocidas y leídas de todos los hombres,» y en demostrar con nuestra mansedumbre, caridad, fe y acuñación espiritual, que somos hijos de Dios. Esta es la verdadera religión. Estas son las señales verdaderas del Cristianismo que salva.

Sin estas señales uno puede tener exuberancia de dones, y no ser otra cosa que un remedo de Judas Iscariote, el apóstol pérfido, e ir al fin al infierno. Con tales señales, uno puede ser como Lázaro, pobre y despreciado en la tierra, y no tener absolutamente dones algunos; pero su nombre está escrito en los cielos, y Cristo lo reconocerá el día del juicio como perteneciente a su pueblo.

Lucas 10:21-24

Hay en estos versículos cinco puntos interesantes que son dignos de la atención de todos los cristianos que deseen instruirse bien en su religión. Examinemos por orden cada uno de ellos.

Debemos notar, en primer lugar, la única ocasión que se menciona en que se alegrara nuestro Señor Jesucristo, «En aquella misma hora Jesús se alegró en espíritu.» Tres veces se nos dice en los Evangelios que llorara nuestro Señor: una sola vez que se alegrara.

Y ¿cuál fue la causa del gozo de nuestro Señor? Fue la conversión de las almas. Fue la acogida del Evangelio por los débiles y humildes entre los judíos, cuando «los sabios y prudentes» lo rechazaban por do quiera. Nuestro bendito Salvador vio, sin duda, mucho en el mundo que lo entristecía. Vio la ceguedad e incredulidad obstinada de la inmensa mayoría de aquellos entre quienes predicaba. Mas cuando vio a unos pocos hombres y a unas pocas mujeres pobres acoger las alegres nuevas de la salvación, se consoló algún tanto su corazón. Vio y se alegró.

Que noten todos los cristianos la conducta de nuestro Señor en esta materia y sigan su ejemplo. Ellos hallan poco en el mundo que los alegre. Ven a su derredor una inmensa muchedumbre que va por el camino espacioso que conduce a la destrucción, descuidada, obstinada e incrédula. Ven unos pocos aquí y allá, y solamente unos pocos, que creen con la fe que salva. Pero que se regocijen en esto. Que den gracias a Dios que algunos han sido convertidos, y que algunos creen. Nosotros no nos formamos una idea de la perversidad del hombre. No reflexionamos que la conciencia de un alma es un milagro–milagro tan pasmoso como la resurrección de Lázaro de entre los muertos. Aprendamos del ejemplo de nuestro bendito Señor a ser más agradecidos. No todo horizonte está cubierto de nubarrones, hay partes despejadas que nosotros podemos ver. Aunque solo se salven unos pocos, tenemos motivo para alegrarnos.

Es solo por medio de la gracia gratuita, y la misericordia inmerecida que esos pocos se salvan. Debemos notar, en segundo lugar, la soberanía de Dios manifestada en la salvación de los pecadores. Nuestro Señor dice a Su Padre: escondiste estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños.» El sentido de estas palabras es claro y sencillo: hay algunos para quienes la salvación está « escondida; otros a quienes ha sido «revelada..

La verdad establecida en este versículo es profunda y misteriosa. «Es más alta que los cielos, ¿qué haremos? Es más profunda que el infierno, ¿cómo la conoceremos?» Por qué algunos los que nos rodean se convierten y otros permanecen muertos pecados, es cosa que no podemos explicar. Por qué Inglaterra es un país cristiano y la China se halla sumergida en la idolatría, es un problema que no podemos resolver. Lo único quo sabemos es el hecho tal como existe. Y correspóndenos solo reconocer que las palabras de nuestro Señor Jesucristo presentan la única respuesta que la criatura debe dar: « Así Padre, porque así te agradó..

Sin embargo, no olvidemos jamás que la soberanía de Dios no destruye la responsabilidad del hombre. El mismo Dios que hace todas las cosas según la deliberación de su voluntad, nos habla como a criaturas responsables; como a seres cuya sangre caerá sobre sus cabezas si se condenan. No podemos comprender bien su modo de obrar. Solo vemos en parte y comprendemos en parte.

Tranquilicémonos con la convicción de que el día del juicio lo pondrá en claro, y que el Juez Universal no dejará de hacer justicia. Entre tanto, recordemos que los ofrecimientos de Dios tocante a la salvación, son gratuitos, amplios, claros, e ilimitados, y que «en nuestras acciones ha de obedecerse aquella voluntad Dios que tenemos declarada expresamente en las Sagradas Escrituras.» (Artículo 17 de la Iglesia de Inglaterra)Si la verdad ha sido ocultada a unos y revelada a otros, estemos seguros de que hay razón para ello.

Debemos notar, en tercer lugar, el carácter de aquellos a los que se oculta la verdad, y él de aquellos a quienes se revela. Nuestro Señor dijo: «Tú escondiste estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a los pequeños..

Es menester que no deduzcamos de estas palabras una doctrina errada. No vayamos a inferir que algunas personas en la tierra son naturalmente más merecedoras que otras de la gracia y salvación de Dios. Todas son igualmente pecadoras, y no merecen otra cosa que ira y condenación. Las palabras en cuestión son simplemente la enunciación de un hecho. La sabiduría de este mundo frecuentemente torna orgullosos a los hombres y aumenta su natural enemistad al Evangelio de Cristo. El que no se gloría de su saber, o tiene decantada moral en que apoyarse, halla regularmente muy pocas dificultades que vencer para venir al conocimiento de la verdad. Los publicanos y pecadores son muchas veces los primeros que entran en el reino de Dios, en tanto que los Escribas y Fariseos se quedan afuera.

Guardémonos de creernos rectos del prescindiendo del auxilio divino. Nada nos ofusca tanto la vista espiritual para percibir la belleza del Evangelio como la idea presuntuosa e ilusoria, que no somos tan ignorantes ni tan malos como otros, y que hemos adquirido un carácter intachable. Feliz el que ha aprendido a reputarse como, «cuitado, y miserable, y pobre, y ciego, y desnudo.» Rev_3:17. Conocer que somos malos, es el primer paso para volvernos realmente buenos. Reconocer que somos ignorantes es el principio de toda la sabiduría que salva. Debemos notar, en cuarto lugar, la majestad y dignidad de nuestro Señor Jesucristo. Se nos refiere que dijo: «Todas las cosas me son entregadas de mi Padre; y nadie sabe quien sea el Hijo, sino el Padre; ni quien sea el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo le quisiere revelar..

Estas son las palabras de uno que era «verdadero Dios de verdadero Dios,» y no mero hombre. No se nos dice de ningún patriarca, profeta, o apóstol, o santo, de siglo alguno, que hubiera usado palabras semejantes a estas. Descubren a nuestros ojos asombrados algo de la majestad de la naturaleza y persona de Señor. Dánoslo a conocer como Jefe sobre todas las cosas Rey de reyes: «Todas las cosas me son entregadas de mi Padre. Dánoslo a conocer como distinto del Padre, y no obstante enteramente uno con él y conociéndolo de una manera que «Nadie sabe quien sea el Hijo, sino el Padre; ni quien es el Padre sino el Hijo.» Dánoslo también a conocer como al Poderoso Ser que ha revelado el Padre a los hijos de los hombres, como al Dios que perdona la iniquidad y ama a los pecadores por amor a su Hijo: « Nadie conoce quien sea el Padre sino el Hijo, y, a quien el Hijo le quisiere revelar..

Encomendemos sin temor nuestras almas a nuestro Señor Jesucristo. él es «poderoso para salvar.» Aunque nuestros pecados muchos y muy graves, Cristo puede llevarlos todos. Difícil es la obra de la salvación, Cristo puede efectuarla. Si Cristo no fuera Dios así como también hombre, podríamos ciertamente desesperar. Pero con tal Salvador podemos empezar nuestra vida cristiana sin temor, y continuar llenos de esperanza, y aguardar la muerte y el juicio sin temor.

«Nuestro socorro está puesto sobre valiente.» Psa_89:19. Cristo el Señor de todo, el Dios bendito por siempre, no faltará a ninguno que en él confíe.

Observemos, finalmente, cuales son los privilegios de que gozan los que oyen el Evangelio de Cristo. Nuestro Señor dijo a Sus discípulos: «Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis; porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.» Probablemente no será sino hasta el día del juicio que los cristianos comprenderán toda la significación de estas palabras. Acaso no tenemos sino una idea muy vaga de las inmensas ventajas gozadas por los creyentes que han vivido desde que Cristo vino al mundo, comparadas con las de los creyentes que murieron antes de que Cristo naciera. La distancia que media entre el conocimiento de un justo del Antiguo Testamento y un creyente del tiempo de los apóstoles es mucho mayor de lo que creemos. Es la diferencia que existe entre el crepúsculo y el mediodía, entre el invierno y el verano, entre el entendimiento de un niño y el de un hombre de edad madura. No hay duda que los santos del Antiguo Testamento esperaban con fe la venida de un Salvador, y creían en la resurrección y en la vida futura. Pero la venida y muerte de Cristo hizo inteligibles infinitos pasajes de la Escritura que antes eran ininteligibles, y aclaró puntos dudosos que nunca habían sido explicados. En resumen, « todavía no estaba patente el camino para el lugar Santísimo, entre tanto que el primer tabernáculo estuviese aún en pié.» Heb_9:8.

El cristiano más humilde comprende cosas que David e Isaías nunca pudieron explicar.

Terminemos este pasaje con un sentimiento profundo de nuestro reconocimiento a Dios, y de nuestra gran responsabilidad por habérsenos concedido la luz del Evangelio. Tratemos de hacer buen uso de nuestros privilegios.

Poseyendo como poseemos un Evangelio completo, cuidemos de no mirarlo con indiferencia. Las siguientes palabras son muy importantes: «Á cualquiera que fuere dado mucho, mucho será vuelto a demandar de él.» Luk_12:48.

Lucas 10:25-28

En este pasaje debemos considerar con detención la solemne pregunta que se le hizo a nuestro Señor Jesucristo. Cierto doctor le preguntó: «¿Haciendo qué poseeré la vida eterna?» El móvil de este hombre fue evidentemente innoble. Hizo esta pregunta solo para «tentar « a nuestra Señor, e incitarle a que dijese algo de que sus enemigos pudieran asirse para acusarlo. Empero la cuestión que propuso fue sin duda de importancia suprema. Con preferencia a cualquiera otra, merece la atención de toda de criatura racional. Todos somos pecadores–pecadores mortales, y pecadores que hemos de ser juzgados después de la muerte. «¿Cómo serán perdonados nuestros pecados? ¿Cómo compareceremos ante Dios? ¿Cómo escaparemos de la condenación eterna? ¿Adonde huiremos de la ira que ha de venir? ¿Qué debemos hacer para salvarnos?» Preguntas son estas que personas de todos los rangos deben hacerse sin sentirse tranquilas hasta que hayan encontrado una respuesta favorable. Más, por desgracia, pocos se cuidan de considerar tales preguntas. Hay millares que están indagando constantemente: «¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? ¿Cómo ganaremos dinero? ¿Cómo podremos vivir felices? ¿Cómo podremos prosperar en el mundo?» Pocos, muy pocos son los que dedican algunos momentos para pensar en la salvación de sus almas. Tal asunto los disgusta, los incomoda y por tanto lo echan a un lado. Justas y verdaderas son aquellas palabras de nuestro Señor: «Ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a perdición, y los que van por él son muchos.» Mat_7:13.

No vacilemos en hacernos la pregunta que dirigió a nuestro Señor el doctor de la ley. Antes bien, examinémosla con madurez y meditémosla hasta que se convierta en el objeto principal de nuestro pensamiento. No descansemos hasta que el Espíritu Santo no nos manifieste que estamos verdaderamente arrepentidos de nuestros pecados, que tenemos fe viva en la misericordia de Dios por mediación de Cristo, y que realmente estamos caminando en la senda de Dios. Así seremos herederos de la vida eterna. Así entraremos en el reino preparado para los hijos de Dios.

Observemos en segundo lugar en este pasaje el alto aprecio que nuestro Señor Jesucristo hace de la Biblia. El recomendó al doctor que consultase las Escrituras como única regla de fe y práctica. No le dijo en contestación a su pregunta: «¿Qué dice la iglesia judaica tocante a la vida eterna? ¿Qué creen los Escribas, y los Fariseos, y los sacerdotes? ¿Qué enseñan sobre esa materia las tradiciones de los ancianos?» Se valió de un medio mucho más sencillo, y más directo. El dijo al doctor de la ley: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?.

Que el principio contenido en estas palabras sea uno de los artículos fundamentales de nuestra religión. Que la Biblia, toda la Biblia, y únicamente la Biblia sea la regla de nuestra fe y práctica. Adoptando este principio entraremos en camino seguro. Puede ser que a veces nos parezca estrecho, que nuestra fe tenga que pasar por duras pruebas, mas Dios no nos dejará incurrir en errores graves. Si abandonamos dicho principio es como si penetráramos en un desierto sin sendas. No podemos responder de lo que haremos o creeremos. Echemos aquí el ancla. Tengamos esto siempre presente.

He aquí el puerto seguro. No importa nada quien sea el que diga algo en materia de religión, un padre de la iglesia, un obispo moderno, o un teólogo erudito. ¿Se encuentra eso en la Biblia? ¿Puede probarse con la Biblia? Si no, no hay que creerlo. Nada importa cuan bello y lúcido parezca tal o cual sermón o tal o cual libro religioso. ¿Es en manera alguna contraríe a la Escritura? Si lo es, debe desecharse con desprecio. ¿Qué dice la Escritura? Esta es la única regla y medida de la verdad religiosa. «A la ley, y al testimonio,» dice Isaías; «si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.» Isa_8:20.

En conclusión, debemos notar en este pasaje cuan claro era el conocimiento del deber hacia Dios y el hombre, que poseían los judíos en los dios de nuestro Señor. El doctor de la ley en contestación a la pregunta de nuestro Señor, dijo: «Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todas tus fuerzas, y de todo tu entendimiento, y a tu prójimo como a ti mismo.» Y bien dicho fue esto. Una descripción más clara del deber práctico cotidiano no podría hacerse en nuestros días por el cristiano más instruido.

Las palabras del doctor de la ley son muy instructivas bajo dos puntos de vista. Aclaran mucho dos materias respecto a las cuales abundan muchos errores. Por una parte nos muestran cuan grandes eran los conocimientos religiosos de que gozaban los Judíos; en posesión del Antiguo Testamento, comparados con los del mundo pagano. Una nación que tenía principios tales como los de que venimos hablando, tenía una grandísima ventaja sobre Grecia y Roma. Por otra parte las palabras del doctor nos manifiestan que una persona puede poseer muchos conocimientos en tanto que su corazón está lleno de maldad. En el presente caso se nos describe a un hombre que hablaba de amar a Dios con toda su alma, de amar a su prójimo como a sí mismo, y al mismo tiempo estaba «tentando» a Cristo, y tratando de causarle daño, y deseando justificarse a sí mismo, y pretendiendo probar que era caritativo. Guardémonos siempre de esta clase de religión. Los conocimientos cuando van acompañados de la dureza de corazón son peligrosos al alma. «Si sabéis estas cosas,» dice Jesús, «bienaventurados sois si las hiciereis..

Al terminar este pasaje aceptemos y atesoremos el elevado modelo de deber que contiene, y examinemos nuestros corazones y nuestras conciencias. ¿Amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, y todas nuestras fuerzas, y todo nuestro entendimiento? ¿Amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos? ¿Donde está la persona que podría decir con perfecta veracidad: «Sí»? ¿Donde el hombre que no tenga que guardar silencio al oír estas preguntas? ¡Todos somos en verdad culpables en esta materia! El más santo de los hombres está lejos de ser perfecto. Pasajes como este deben enseñarnos la necesidad que tenemos de la sangre y justicia de Cristo. a él hemos de acudir si queremos comparecer sin temor ante el tribunal de Dios. De El debemos impetrar gracia para que el amor hacia Dios y hacia el hombre llegue a ser el principio regulador de nuestras vidas. A él debemos permanecer unidos para que no olvidemos nuestros principios, y para que mostremos al mundo que esos son nuestros principios.

Lucas 10:38-42

EL pequeño episodio que contienen estos versículos ha sido trasmitido solamente en el Evangelio de S. Lucas. Durante todos los siglos y todas las edades, la historia de Marta y María ofrecerá a la iglesia lecciones importantes. El pasaje arriba trascrito, en conexión con el capítulo undécimo del Evangelio de S. Juan, nos da bien a conocer el carácter y las costumbres de la familia que Jesús amaba.

Observemos, por una parte, cuan diferentes pueden ser los caracteres e índoles de los cristianos verdaderos. Las dos hermanas a quienes se refiere el pasaje, eran discípulas fíeles. Ambas habían creído, ambas habían sido convertidas; ambas habían reverenciado a Cristo en un tiempo en que pocos le tributaban honor; amaban a Jesús, y eran amadas por El. Empero eran las dos de genio muy distinto. Marta era activa, inquieta e impulsiva sus emociones eran intensas y hablaba francamente todo lo que sentía. María era sosegada, tranquila y contemplativa, sentía profundamente, mas decía menos de lo que sentía. Marta se alegró de ver a Jesús, cuando vino a su casa, y se ocupó en preparar recibimiento agradable. María, también, se alegró de verlo, su primer pensamiento fue sentarse a sus pies y escuchar sus abras. La gracia reinaba en los corazones de las dos, pero cada una manifestaba el efecto de la gracia en ocasiones diferentes, y de diversos modos.

Útil nos será recordar esta lección: No debemos esperar que dos los creyentes sean exactamente iguales entre sí; ni debemos por sentado que otros no poseen la gracia divina, a causa de que sus hechos o sus sentimientos no convengan en un todo con los nuestros. Cada una de las ovejas del rebaño de Cristo tiene dualidades que le son peculiares. Los árboles del jardín del Señor no son todos exactamente iguales. Todos los verdaderos siervos de Dios convienen en las cosas principales de la religión; todos son guiados por un mismo Espíritu; todos conocen sus pecados, y confían en Cristo; todos se arrepienten, creen, y son piadosos. Más, en materias de poca monta, muchas veces, difieren grandemente. No los despreciéis por este motivo. Habrá Martas y Marías hasta que el Señor venga por segunda vez.

Observemos por otra parte qué tentación tan peligrosa para nuestras almas pueden ser los cuidados de este mundo, si los dejamos que ocupen demasiado nuestra atención. Es claro según el tenor del pasaje que tenemos a la vista, que Marta se dejó extraviar en su deseo de preparar para el Señor un recibimiento adecuado. Su celo excesivo por las cosas perecederas hizo que olvidase por un tiempo las cosas eternas. «Marta empero se distraía en muchos servicios.» Bien luego, sin embargo, le remordió la conciencia cuando se halló sola preparando la mesa, y vio a su hermana sentada a los pies de Jesús, y escuchando Su palabra. Bajo el peso de una conciencia inquieta su genio perdió su equilibrio, y prorrumpió en abierta queja: «Señor, ¿no tienes cuidado que mi hermana me deja servir sola? Dile, pues, que me ayude.» Al decir esto, la buena mujer olvidó en mala hora quién era, y a quien hablando. Recibió una reprensión solemne, y tuvo que aprender; una lección que probablemente le causó impresión duradera: «¡He aquí cuan gran montón de leña enciende un poco de fuego»! ¡El principio de todo esto fue un exceso de ansiedad tocante a inocentes quehaceres de este mundo! La falta de Marta debe servir de admonición perpetua a los cristianos. Si deseamos progresar en la gracia, y gozar de dones espirituales debemos ser cautos respecto de los cuidados de este mundo. a menos que vigilemos y oremos constantemente, destruirán insensiblemente nuestra espiritualidad, y acarrearán ruina de nuestras almas. No es solo el pecado declarado o las contravenciones notorias de los mandamientos de Dios, lo que arrastra a los hombres a la perdición eterna. Es con mucha más frecuencia la atención excesiva a cosas en sí mismas lícitas, y el estar «solícitos respecto de muchos servicios» de la casa. ¡Parece tan justo cuidar de lo que es nuestro! ¡Parece tan propio atender a los deberes de nuestra posición! Es justamente en esto que consiste el peligro. Nuestras familias, nuestros negocios, nuestras ocupaciones diarias, nuestro trato en la sociedad, todo, todo, pueden servirnos de tentación, y separarnos de Dios.

Podemos descender al abismo de en medio de las cosas lícitas. Estemos alerta en esta materia. Observemos atentamente y con celo nuestras emociones y nuestros pensamientos, por temor de que caigamos repentinamente en pecado. Si amamos la vida eterna debemos sentir despego a los bienes de este mundo, y guardarnos de permitir que cosa alguna ocupe el primer lugar en nuestros corazones, salvo Dios. Escribamos mentalmente «veneno» sobre todos los bienes perecederos.

Usados con moderación son bendiciones del cielo, por los cuales debemos estar agradecidos. Permitirles ocupar nuestra mente de tal manera que tratemos con desprecio las cosas santas, es convertirlos en un mal positivo. Las ganancias y los placeres se compran muy caros, si para obtenerlos, arrojamos de nuestros pensamientos la eternidad, descuidamos la lectura de la Biblia, dejamos de oír el Evangelio, y acortamos nuestras oraciones. Un poco de polvo arrojado en el fuego que enciende nuestros corazones puede apagarlo.

Observemos, por otra parte, que reprensión tan solemne dio el a Marta. Cuál sabio médico El conoció la enfermedad que le estaba consumiendo, y al instante le aplicó el remedio amoroso, expuso la falta en que había incurrido su hija extraviada, y no omitió la corrección que requería. « Marta, dijo El, « cuidadosa estás y turbada respecto de muchas cosas; empero una cosa es necesaria.» ¡Justas son las amonestaciones de un amigo! ¡Esas cortas palabras fueron en verdad preciosas! Contienen en compendio un volumen de teología práctica.

«Una cosa es necesaria.» ¡Cuan ciertas son estas palabras! Y cuanto más tiempo vivamos sobre la tierra, tanto más ciertas nos parecerán. Cuanto más nos acerquemos a la sepultura, tanto más las aprobaremos. Salud, dinero, posesiones, rango, honores, y prosperidad, todas estas cosas son buenas bajo ciertas condiciones; no pueden llamarse necesarias. Sin ellas millares de personas son felices en este mundo, y alcanzan la gloria en el mundo venidero. Las «muchas cosas « por las cuales todos se agitan continuamente, no son realmente necesarias. La gracia de Dios que trae salvación es la única cosa necesaria.

Que estén siempre fijas en nuestra mente estas palabras. Que nos sirvan de freno cuando estemos a punto de murmurar a causa las tribulaciones de este mundo. Que nos sirvan de consuelo cuando estemos tentados a negar a nuestro Maestro por temor de la persecución. Que nos sirvan de admonición cuando empecemos a tener en mucho las cosas de este mundo.

Que nos impulsen hacia adelante cuando estemos dispuestos a mirar atrás, como la mujer de Lot. Sí, que en todas estas ocasiones resuenen en nuestros oídos como un clarín las palabras de nuestro Señor, y nos inspiren buenos pensamientos.

«Una cosa es necesaria.» Si Cristo es nuestro, todo lo tenemos, y con abundancia.

Finalmente debemos observar de qué manera aprobó nuestro Señor la elección de María. Dijo: « María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.» Estas palabras encierran una significación profunda. Ellas fueron proferidas no solo en obsequio de María, sino también en obsequio de todos los que creen en todas partes del mundo. Se tuvo con ellas el designio de alentar a todos los cristianos verdaderos para que se dediquen al servicio de Dios con todo su corazón; para que sigan en todo al Señor, y caminen en las sendas de Dios ; para que hagan del bien del alma su asunto principal y piensen comparativamente poco en las cosas de este mundo. La herencia del cristiano verdadero es la gracia de Dios. Esta es la «buena parte» que ha escogido, y la sola que merece realmente el nombre de «buena.» Es la sola cosa buena que es satisfactoria, real y perdurable. Es buena en tiempo de enfermedad y en tiempo de salud–buena en la juventud y en la vejez -buena en la adversidad y en la prosperidad–buena en vida, y buena en muerte–buena temporalmente y buena en la eternidad. Ninguna circunstancia, ninguna posición puede imaginarse en la cual no convenga al hombre tener la gracia de Dios. Y esta herencia jamás le será arrebatada al cristiano verdadero, De todo el género humano, él es el único que jamás será despojado de lo que le pertenece. Los reyes tienen que dejar algún día sus palacios. Los ricos tienen que dejar algún día su dinero y posesiones. Solo las conservan hasta que mueren.

Pero el justo más pobre de la tierra tiene un tesoro del que no será privado jamás. La gracia de Dios y el favor de Cristo son riquezas que ningún hombre puede quitarle. Cuando muera irán con él a la sepultura; y estarán con él en la mañana de la resurrección, y serán suyas por toda la eternidad.

¿Qué sabemos nosotros de esta «buena parte» que escogió María? ¿La hemos escogido para nosotros? ¿Podemos decir con verdad que es nuestra? No estemos tranquilos hasta que podamos decirlo. «Escojamos la vida,» mientras que Cristo nos la ofrece «sin dinero y sin precio.» Solicitemos tesoros en el cielo, no sea que despertemos y hallemos que somos pobres para siempre jamás.

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