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2 Pedro 3: Los principios de la predicación

El día temido

Pero cuando venga, el Día del Señor llegará por sorpresa como un ladrón, y en él los cielos se desvanecerán con un rugido estrepitoso; las estrellas se inflamarán y fundirán, y la Tierra y todas sus obras desaparecerán. Es inevitable y sucede siempre que una persona tiene que pensar y hablar en los términos que conoce. Eso es lo que Pedro está haciendo aquí. Está hablando de la doctrina novotestamentaria de la Segunda Venida de Jesucristo, pero está describiéndola en términos de la doctrina veterotestamentaria del Día del Señor.

El Día del Señor es una concepción que recorre todos los libros proféticos del Antiguo Testamento. Los judíos concebían el tiempo en términos de dos edades: Esta edad presente, que es totalmente mala e irremediable; y la edad por venir, que seria la edad de oro de Dios. ¿Cómo había que pasarse de la una a la otra? El cambio no podría suceder por esfuerzo humano o por un proceso de desarrollo, porque el mundo estaba abocado a la destrucción. Como lo veían los judíos, había solamente una manera para que el cambio tuviera lugar: había de ser por la directa intervención de Dios. Al tiempo de esa intervención llamaban el Día del Señor. Había de venir sin advertencia. Había de ser un tiempo en el que se sacudieran los mismos cimientos del universo. Había de ser un tiempo cuando tuviera lugar el juicio y la destrucción de los pecadores y por tanto seria un tiempo de terror. « He aquí el Día del Señor viene: Día terrible, de indignación y ardor de ira, para convertir la tierra en soledad y raer de ella a sus pecadores» (Isaías 13:9). « Viene el Día del Señor, está cercano: Día de tinieblas y de oscuridad, Día de nube y de sombra» (Joel 2:Is). « Día de ira aquel día, día de angustia y de aprieto, día de alboroto y de asolamiento, día de tiniebla y de oscuridad, día de nublado y de entenebrecimiento» (Sofonías 1:14-18). «El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que venga el Día, grande y espantoso, del Señor» (Joel 2:30s). «Las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; el sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor… Porque haré estremecer los cielos y la tierra se moverá de su lugar por la indignación del Señor de los ejércitos, en el día del ardor de su ira» (Isaías 13:10-13).

Lo qué hicieron Pedro y muchos de los autores de Nuevo Testamento fue identificar las imágenes del Día del Señor del Antiguo Testamento con la concepción de la Segunda Venida de Jesucristo del Nuevo Testamento. El cuadro de la Segunda Venida de Jesús que nos pinta aquí Pedro reproduce los colores del Día del Señor del Antiguo Testamento. Usa una frase muy gráfica. Dice que los cielos se desvanecerán con un crujido terrible (roizédón). Esa palabra se aplica al batir de las alas de un ave, o al silbido de una flecha al pasar por el aire, o al crepitar de las llamas en un fuego del bosque. No tenemos por qué tomar estos detalles con un literalismo crudo. Bástenos notar que Pedro ve la Segunda Venida como un tiempo de terror para los enemigos de Cristo.

Una cosa tenemos que conservar en la memoria. Toda la concepción de la Segunda Venida está henchida de dificultad. Pero una cosa es segura: Hay un día en que Dios irrumpe en todas las vidas, porque llega el día en que tenemos que morir; y tenemos que estar preparados para ese día. Puede que digamos que consideramos la Segunda Venida de Cristo como un acontecimiento del futuro distante; puede que la consideremos una doctrina que podemos dejar de lado; pero no podemos eludir el encuentro con Dios.

La dinámica moral

Puesto que todas estas cosas se van a disolver así, ¿qué clase de personas debéis ser, llevando una vida de constante santidad y piedad auténtica, vosotros los que estáis esperándolo ansiosamente y haciendo todo lo posible para acelerar la llegada del Día del Señor, ante cuyo efecto los cielos arderán y se desharán, y las estrellas se inflamarán y derretirán? Porque son los nuevos cielos y la nueva Tierra los que esperamos, como nos ha prometido, en los cuales tiene su hogar la justicia. Así pues, queridos hermanos, puesto que estas son las cosas que esperáis impacientemente, esforzaos para que os hallen en paz y sin mancha ni defecto.

La única cosa en la que Pedro está supremamente interesado es la dinámica moral de la Segunda Venida. Si estas cosas van a suceder y el mundo se precipita al juicio, es obvio que debemos vivir una vida de piedad y de santidad. Si va a haber nuevos cielos y una nueva Tierra y si esos cielos y Tierra van a ser el hogar de la justicia, está claro que una persona debe tratar con toda su mente y corazón y alma y fuerzas de estar preparada para morar en ese nuevo mundo. Para Pedro, como lo expresaba Moffatt, «era imposible renunciar a la esperanza del advenimiento sin que se produjera un deterioro ético.» Pedro tenía razón. Si no hay nada en la naturaleza de una Segunda Venida, nada en la naturaleza de un objetivo hacia el que se mueve toda la creación, entonces la vida no se dirige a ninguna parte. Esa, de hecho, era la posición pagana. Si no hay meta ni para el mundo ni para la vida individual más que la extinción, ciertas actitudes ante la vida llegan a ser casi inevitables. Estas actitudes surgen en epitafios paganos.

(i) Si no hay nada por venir, una persona puede muy bien decidir disfrutar lo más posible de los placeres de este mundo. Así llegamos a un epitafio como éste: «Yo no era nada: No soy nada. Así es que tú que todavía estás vivo, come, bebe, y pásatelo bien.»

(ii) Si no hay nada por lo que vivir, una persona puede ser totalmente indiferente. Nada importa gran cosa si el final de todo es la extinción, en la que una persona ni siquiera se dará cuenta de que se ha extinguido. Así es que encontramos un epitafio que dice: «Una vez yo tenía existencia; ahora no la tengo. No me doy cuenta de ello. No me concierne.»

(iii) Si no hay nada por lo que vivir más que la extinción, y el mundo no va a ninguna parte, puede entrar en la vida una especie de sentimiento de perdición. La persona deja de ser en ningún sentido un peregrino, porque no hay ningún sitio al que uno pueda ir en peregrinación. No le queda más que dejarse llevar a -la deriva en una situación de perdición, no viniendo de ningún sitio ni encontrándose de camino a ningún sitio. Así que nos encontramos con un epitafio en ese sentido en Calímaco: ««Caridas, ¿qué hay abajo?» «Una profunda oscuridad.» «Pero, ¿que hay de los senderos hacia arriba?» «Todo era una mentira» «¿Y Plutón?» (El dios del mundo subterráneo). «Cosa de palabras» «Entonces estamos perdidos».» Hasta los paganos se daban cuenta de que una vida sin objetivo tiene una casi intolerable cualidad.

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