Las estatuillas de bronce corintio era famosas y fabulosamente caras. El hierro venía del Mar Negro y de España. Hacía mucho que se había usado el mármol en Babilonia en edificios, pero no en Roma. Sin embargo, Augusto podía presumir de haber encontrado una Roma de ladrillo y haberla dejado de mármol. Acabó por haber una agencia que se llamaba ratio marmorum cuya misión era buscar por todo el mundo dónde hubiera buenos mármoles para traérselos para decorar los edificios de Roma.
La canela era un artículo de lujo procedente de la India y de cerca de Zanzíbar, y alcanzaba unos precios en Roma de 30,000 pesetas el kilo.
Las especias despistan un poco aquí. La palabra griega es ámómon; Casiodoro de Reina pone sencillamente olores. Ámómon era un bálsamo de olor que se usaba especialmente para ciertos peinados y como óleo para ritos funerales. En el Antiguo Testamento el incienso tenía un uso exclusivamente religioso para acompañar a los sacrificios del Templo. Según Éxodo 30:34-38 el incienso del Templo se hacía de estacte, uña aromática, gálbano aromático e incienso puro, que son todos resinas olorosas o balsámicas. Según el Talmud, se le añadían siete ingredientes más: mirra, casia, nardo, azafrán, costus, macis y canela. En Roma se usaba el incienso como perfume con el que se daba la bienvenida a los invitados y se perfumaba el salón después de las comidas.
En el mundo antiguo se bebía vino en general en todas partes, pero la borrachera se consideraba una deshonra grave. El vino se tomaba generalmente diluido, dos partes de vino para cinco de agua. Se pisaban las uvas para extraer el mosto, una parte del cual se bebía así, sin fermentar. Otra parte se cocía para hacer gelatina que se usaba para dar cuerpo y sabor a vinos más flojos.
El resto se metía en tinajas grandes y se dejaba fermentar nueve días, luego se tapaba, y se abría mensualmente para comprobar la fermentación. Hasta los esclavos tenían suficiente vino como parte de su ración diaria, porque era muy barato, a peseta el litro.
La mirra era la resina de un arbusto que crecía principalmente en el Yemen y el Norte de Africa. Se usaba medicinalmente como astringente, estimulante y antiséptico. También se usaba como perfume, como anodino por las mujeres en el tiempo de su purificación, y para embalsamar los cadáveres.
El incienso era una resina gomosa producida por un árbol del genus Boswellia. Se le hacía una incisión al árbol y se le quitaba una tira de corteza por debajo. La resina que exudaba el árbol era como leche. En cosa de diez o doce semanas se coagulaba en terrones, que era como se vendía. Se usaba como perfume para el cuerpo, para endulzar o aromar el vino, como aceite para las lámparas y como incienso sacrificial.
Las carrozas que se mencionan aquí -la palabra es redéno eran las militares ni las de las carreras. Eran carrozas privadas de cuatro ruedas, y los aristócratas ricos de Roma a menudo las chapaban de plata.
La lista se cierra con la mención de esclavos y almas de hombres. La palabra para esclavo es soma, que quiere decir literalmente cuerpo. El mercado de esclavos se llamaba el sómatémporos, el lugar donde se venden cuerpos. La idea era que se vendían los esclavos en cuerpo y alma a sus amos.
Nos es casi imposible entender hasta qué punto la civilización romana se basaba en los esclavos. Había 60,000,000 de esclavos en el Imperio Romano. No era raro que uno tuviera cuatrocientos esclavos. «Usa tus esclavos como los miembros de tu cuerpo -dice un escritor latino-, cada uno para su propio uso.» Había, por supuesto, esclavos para las labores domésticas; y había un esclavo para cada servicio en particular. Leemos de los portadores de antorchas, de linternas, de sillas de ruedas, asistentes en la calle, encargados de la ropa de calle. Había esclavos que eran secretarios, otros para leer en voz alta, y hasta esclavos que le buscaban los datos a uno que estuviera escribiendo un libro o un tratado. Los esclavos hasta pensaban por algunos amos. ¡Había esclavos llamados nomenclatores cuyo deber era recordarle al amo los nombres de sus clientes y dependientes! «Recordamos por medio de otros,» dice un escritor latino. ¡Había hasta esclavos que le recordaban al amo que comiera o que se acostara! « Los hombres eran tan perezosos que hasta se olvidaban de que tenían hambre.» Había esclavos que iban delante de su amo y cuya misión era devolver el saludo de los amigos de este, que su amo estaba demasiado cansado o distraído para devolver por sí mismo. Un cierto ignorante incapaz de aprender o de recordar nada se hizo con una compañía de esclavos: uno se aprendía de memoria a Homero, otro a Hesíodo, otros a los poetas líricos. Era su deber estar detrás de su amo en las comidas y apuntarle las citas convenientes. Él pagaba 200,000 pesetas por cada una. Algunos esclavos eran jóvenes hermosos, « la flor de Asia,» que no hacían más que estar dando vueltas -por el salón err los banquetes para placer de la vista. Algunos eran coperos. Algunos eran alejandrinos, habilidosos en decir cosas graciosas y hasta obscenas. Los invitados querían a veces limpiarse las manos en el pelo de los esclavos. Tales esclavos hermosos costaban por lo menos 200,000 ó 400,000 pesetas. Algunos esclavos eran fenómenos -enanos, gigantes, cretinos, hermafroditas. De hecho había un mercado de monstruos -«hombres sin piernas, con los brazos cortos, con tres ojos, con cabezas puntiagudas.» Algunas veces se producían esas deformidades aposta para la venta. Es un cuadro triste el de seres humanos que se usaban en cuerpo y alma para el servicio y el entretenimiento de otros. Este era el mundo por el que los comerciantes hacían duelo. Lo que lamentaban eran los mercados y las ganancias que habían perdido. Esta era la Roma cuyo fin estaba anunciando Juan. Y tenía razón -porque una sociedad construida sobre el lujo, el desenfreno, el orgullo, la insensibilidad para la vida y la personalidad humana está condenada por fuerza, hasta desde el punto de vista humano.
