(a) Le trajo una tarea. «Si Me amas -le dijo Jesús-, dedica tu vida a pastorear las ovejas y los corderos de Mi rebaño.» Sólo podemos demostrar que amamos a Jesús amando a los demás. El amor es el mayor privilegio del mundo, pero conlleva la mayor responsabilidad.
(b) Le trajo a Pedro una cruz. Jesús le dijo: «Mientras seas joven, puedes escoger adónde quieres ir; pero llegará el día cuando extenderán tus brazos en una cruz, y te llevarán por donde no quieras.» Llegó el día, en Roma, cuando Pedro murió por su Señor; él también acabó su vida en una cruz, y se dice que pidió que le crucificaran cabeza abajo, porque no se consideraba digno de morir como su Señor.
El amor le trajo a Pedro una tarea, y también una cruz. El amor siempre implica una responsabilidad, y siempre incluye un sacrificio. No amamos a Cristo de veras a menos que estemos dispuestos a asumir Su obra y Su Cruz.
Fue por algo por lo que Juan recordó este incidente. Lo hizo para presentar a Pedro como el gran pastor del pueblo de Cristo. Puede ser, era inevitable, que surgieran comparaciones en la Iglesia Primitiva. Algunos dirían que Juan era el más importante, porque se remontaba en su vuelo de pensamiento más que todos los demás. Algunos dirían que el más importante era Pablo, porque llegó hasta el fin de la Tierra con el Evangelio de Cristo. Pero este capítulo dice que Pedro también tuvo un lugar preponderante. Puede que no pensara o escribiera como Juan; puede que no viajara ni corriera tantas aventuras como Pablo; pero tuvo el gran honor, y la entrañable tarea, de ser el pastor del rebaño de Cristo. Y aquí es donde podemos seguir las huellas de Pedro. No es probable que podamos pensar como Juan; ni que podamos llegar hasta lo último de la Tierra como Pablo; pero todos podemos cuidarnos de que algún otro no se descarríe, y de proveer el alimento de la palabra de Dios para los corderos de Cristo.
EL TESTIGO DE CRISTO
Pedro se volvió, y vio que los estaba siguiendo el discípulo amado de Jesús, el que había recostado su cabeza en el pecho de Jesús y Le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que Te va a traicionar?» Cuando Pedro vio a ese discípulo, Le preguntó a Jesús:
-Señor, ¿y qué va a pasar con ese?
Y Jesús le respondió:
-Si quiero que Me espere hasta que Yo vuelva, eso no es cosa tuya. Tu obligación es seguirme.
Por eso se corrió la voz entre los cristianos de que este discípulo no se iba a morir. Pero Jesús no dijo que no se moriría, sino: «Si quiero que ese Me espere hasta que Yo vuelva, eso no es cosa tuya.» Y este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y que las ha escrito, -y sabemos que su testimonio es da pura verdad.
Este pasaje deja bien claro que Juan tiene que haber llegado a una notable ancianidad; tiene que haber vivido una vida tan larga que se corrió la voz entre los cristianos de entonces que iba a seguir vivo hasta la Segunda Venida de Cristo. Ahora bien: de la misma manera que el pasaje anterior asignaba a Pedro su lugar correspondiente en el plan de Dios, este se lo asigna a Juan. Su misión especial sería la de ser testigo de Cristo. También en su caso los cristianos de entonces harían sus comparaciones. Mencionarían que Pablo había llegado al fin de la Tierra; que Pedro iba por acá y por allá pastoreando a los creyentes; y entonces se preguntarían cuál era la misión especial de Juan, que llegó a tal ancianidad en Éfeso que ya no podía llevar a cabo ninguna actividad. Aquí está la respuesta: Puede que Pablo fuera el pionero de Cristo; Pedro, el pastor de Cristo; pero Juan era el testigo de Cristo, el que podía decir: «Yo he vivido estas cosas, y sé que son verdad.»
Hoy en día también la prueba definitiva del Cristianismo es la experiencia cristiana personal. Hoy también el cristiano es el que puede decir: «Yo conozco a Jesucristo, y sé que el Evangelio es verdad.»
Así que, en su final, este evangelio toma dos de las grandes figuras de la Iglesia, Pedro y Juan. A cada uno Jesús le asignó una misión. La de Pedro fue pastorear la grey de Cristo hasta dar su vida por Él. La de Juan fue ser testigo de la historia de Cristo, y alcanzar una bendita ancianidad para acabar muriendo en paz. Nada los hizo rivales en el honor y el prestigio, ni al uno superior al otro. Los dos fueron siervos de Cristo.
