Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

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Lucas 9: Los emisarios del Rey

Jesús reunió a los Doce, y les dio poder y autoridad sobre todos los demonios y para curar enfermedades, y los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos. Y les dijo:

No llevéis nada para el camino, ni siquiera un bastón, o una bolsa, o pan, o dinero. No llevéis tampoco una muda. Parad en la primera casa en que entréis hasta que os marchéis de aquel lugar. Si no hay nadie en un pueblo que os acoja, marchaos de allí sacudiendo el polvo de vuestros pies, para que se den cuenta de lo serio que es lo que han hecho.

Así es que fueron a recorrer todas las aldeas, dándoles la Buena Noticia y curando a los enfermos por todas partes.

Cuando el tetrarca Herodes se enteró de lo que estaba pasando, no sabía cómo tomarlo, porque circulaban muy diversas versiones; unos decían que Jesús era Juan el Bautista, que había resucitado; otros, que era Elías, que se había aparecido; otros, que era uno de los profetas de la antigüedad, que había vuelto a la vida. Y Herodes se decía:

A Juan el Bautista le hice decapitar. ¿Quién será éste, de quien se dicen tales cosas?

Y hacía todo lo posible por encontrarse con Jesús.

En el mundo antiguo no había más que una manera eficaz de transmitir un mensaje, y era mediante la palabra hablada. No existían los periódicos. Los libros se tenían que escribir a mano, y un libro del tamaño de Lucas-Hechos costaría más de 10.000 pesetas por copia. La radio y la televisión no las había soñado ni la imaginación más fantástica. Por eso Jesús mandó en misión a los Doce. .Estaba limitado por el espacio y el tiempo; sus ayudantes tenían que ser bocas que hablaran por Él.

Tenían que viajar ligeros. Eso era simplemente porque, el que viaja ligero puede llegar más lejos y más pronto. Cuanto más depende uno de cosas materiales tanto más atado está a un lugar. Dios necesita un ministerio estable; pero también necesita personas dispuestas a dejarlo todo para emprender la aventura de la fe.

Si no los recibían, tenían que sacudirse de los pies el polvo que se les hubiera pegado al marcharse de aquel lugar. Cuando los rabinos llegaban a Palestina de un país pagano, se sacudían hasta la última partícula de polvo pagano de los pies. Una aldea o una ciudad que no recibiera a los mensajeros de Jesús tenía que ser tratada como los judíos estrictos tratarían a un país pagano. Había rechazado la oportunidad, y había quedado excluida.

Que la misión fue efectiva se ve por la reacción de Herodes. Sucedían cosas. Tal vez había llegado Elías, el precursor anunciado. Tal vez se trataba del gran profeta esperado (Deu_18:1 S). Pero, como ha dicho alguien, « la conciencia nos hace a todos cobardes», y Herodes se temía que Juan el Bautista, a quien él creyó haber eliminado, había vuelto del otro mundo a acecharle.

Una cosa del ministerio que Jesús les confió a los Doce se repite varias veces en este breve pasaje: predicar y sanar iban juntos. Une el interés en los cuerpos y en las almas. No se trataba sólo de palabras, por muy consoladoras que fueran, sino también de Hechos. Era un mensaje que no se limitaba a dar noticias de la eternidad, sino que se proponía cambiar las condiciones de la Tierra. Era lo contrario del copio del pueblo» o del «paraíso de las huríes». Insistía en que la salud del cuerpo es parte tan integral del propósito de Dios como la del alma.

Nada ha hecho tanto daño a la iglesia como la repetida afirmación de «las cosas de este mundo no tienen importancia.» En la década de los 30 el paro invadió muchos hogares respetables y honrados. Al padre se le enmohecía el talento de no usarlo; la madre no podía hacer que las pesetas le cundieran como duros; los chicos no sabían más que tenían hambre. Todo el mundo estaba amargado. Decirle a gente así que las cosas materiales no importan era insultante e imperdonable, especialmente si el que lo decía vivía desahogadamente. Al General Booth del Ejército de Salvación le echaban en cara que ofrecía alimentos y comidas a los pobres en vez de predicarles el Evangelio, y el viejo guerrero devolvía la descarga diciendo: «Es imposible darle a la gente el consuelo del amor de Dios en el corazón cuando tienen los pies entumecidos de frío.»

Por supuesto que se puede exagerar la importancia de las cosas materiales; pero también se puede minimizar. La iglesia pagará muy caro el olvidarse de que Jesús empezó por mandar a sus hombres a predicar el Reino y a sanar, a salvar a la gente en cuerpo y alma.

COMIDA PARA LOS HAMBRIENTOS

Lucas 9:10-17

Cuando volvieron los apóstoles, le contaron a Jesús todo lo que habían hecho. Luego Jesús se retiró con ellos a un pueblo llamado Betsaida para estar tranquilos; pero, cuando se enteró la gente de dónde estaba, salieron en su búsqueda, y Él les salió al encuentro y se puso a hablarles del Reino de Dios y a sanar a sus enfermos.

Cuando el día empezaba a declinar, se le acercaron los Doce a decirle:

Despide ya a la gente, para que vayan a las aldeas y los caseríos de por aquí cerca a buscarse dónde pasar la noche y comer algo, porque estamos en un descampado.

Dadles vosotros de comer les dijo Jesús.

Y le contestaron: No tenemos más que cinco panes y dos pescados.¿O es que. quieres que vayamos a comprar comida para todos éstos? le contestaron sorprendidos, porque había unos cinco mil.

Decidles que se sienten en grupos de unos cincuenta les dijo Jesús a sus discípulos.

Así lo hicieron, de forma que todos se quedaron sentados. Y entonces Jesús cogió los cinco panes y los dos pescados, miró al cielo y dio gracias a Dios por ellos. Luego empezó a partirlos en trozos y a pasárselos a sus discípulos para que se los repartieran a la gente. Y todos comieron todo lo que quisieron; y aun recogieron doce cestas llenas de lo que les sobró.

Este es el único milagro de Jesús que nos cuentan los cuatro evangelistas (cp. Mat_14:13 ss; Mar_6:30 ss, y Joh_6:1 ss). Empieza de una manera encantadora: con la vuelta de los Doce de su expedición. Nunca hubo un tiempo en el que Jesús necesitara más que entonces estar a solas con ellos; por eso se los llevó a los alrededores de Betsaida, una aldea al borde del Jordán, al Norte del Mar de Galilea. Pero, cuando la gente descubrió que se les había marchado, salieron en su búsqueda a millares, y Él les salió al encuentro y les dio la bienvenida.

Aquí tenemos toda la compasión divina. Casi todos nos habríamos molestado de que se nos invadiera la tranquilidad que tanto nos había costado conseguir. ¿Cómo nos habríamos sentido si hubiéramos buscado algún lugar solitario para estar con nuestros amigos más íntimos, y de pronto se nos presentara un ruidoso gentío con sus demandas insistentes? Algunas veces estamos demasiado ocupados para que se nos interrumpa; pero para Jesús la necesidad humana era siempre lo más importante.

Caía la tarde; los hogares estaban lejos, y todos estaban cansados y hambrientos. Jesús dejó perplejos a sus discípulos cuando les dijo que le dieran de comer a toda aquella gente. Hay dos maneras honradas de considerar este milagro. La primera, se puede creer sencillamente que Jesús creó comida para aquella vasta multitud. La segunda, y esto es lo que algunos creen que sucedió, es que la gente estaba hambrienta, pero era egoísta. Todos llevaban algo de comer, pero no lo querían sacar para no tener que compartirlo con otros. Los Doce pusieron a disposición de todos sus reducidos recursos, y entonces otros se sintieron movidos a sacar lo que tenían, y al final hubo más que suficiente para todos. Así es que se puede considerar como un milagro que cambió a las personas reservadas y egoístas en personas generosas, un milagro en el que Cristo cambió el interés de cada uno en sí, mismo en voluntad de compartir. Es posible que lo que sucedió incluía las dos cosas; porque, ¿de qué serviría un milagro que saciara el hambre de un momento pero dejara a todos tan egoístas como antes? ¿No es este milagro moral el que necesita el mundo, en el que sabemos que habría suficiente para todos si los que tienen de más estuvieran dispuestos a compartir con los que tienen de menos? Por otra parte, es la inquebrantable certeza de la fe que Dios suple y multiplica los recursos naturales cuando los usamos con gratitud y obediencia a su voluntad.

Antes de distribuir los alimentos, Jesús dio gracias a Dios por ellos. Según un dicho judío, «el que participa de algo sin darle gracias a Dios es como si le robara a Dios.» La oración que se hacía en las casas judías antes de las comidas era: «Bendito seas, Señor, Rey del Universo, que haces salir el pan de la tierra.» Jesús no quería ponerse a comer sin dar gracias antes al Dador de toda buena dádiva.

Esta es una historia que nos dice muchas cosas.

(i) Jesús estaba preocupado porque la gente tenía hambre.

Sería interesantísimo calcular el tiempo que pasó Jesús, no hablando, sino aliviando el dolor de la gente y satisfaciendo sus necesidades. Jesús sigue necesitando la ayuda de nuestras manos. La madre que ha pasado una parte considerable de la vida preparando comidas para su hambrienta familia; el médico, la enfermera, el amigo y el pariente que han dedicado la vida a aliviar el dolor de otros; el reformador y el obrero sociales que se han consumido tratando de mejorar las condiciones de vida de hombres y mujeres, han predicado sermones mucho más efectivos que muchos oradores elocuentes.

(ii) La ayuda de Jesús era generosa. Hubo de sobra para todos. El amor no escatima las cosas para que haya lo justo y nada más. Así es Dios. Cuando se siembra un paquete de semillas, es corriente que luego haya que quitar y tirar más plantitas que las que se dejan en el surco. Dios ha creado un mundo en el que hay más que suficiente para todos si estamos dispuestos a compartir.

(iii) Como siempre, hay una verdad permanente en lo que sucedió aquel día. En Jesús se suplen todas las necesidades humanas. Hay hambre del alma; hay en todos nosotros, por lo menos a veces, un ansia de encontrar algo a lo que valga la pena dedicar la vida. «Nuestros corazones están inquietos hasta que encuentran reposo en Él.» «Mi Dios suplirá todas vuestras necesidades», decía Pablo (Phi_4:19 ). Y esto hasta en los desiertos de esta vida.

EL GRAN DESCUBRIMIENTO

Lucas 9:18-22

En cierta ocasión, Jesús se retiró a orar; y, cuando volvió con sus discípulos, les preguntó:

-¿Quién dice la gente que soy Yo?

Y le contestaron:

-Pues, unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que eres alguno de los profetas de la antigüedad que ha vuelto a ‹este mundo.

-Y vosotros, ¿Quién decís que soy?–les preguntó otra vez; y Pedro respondió por todos:

¡El Mesías de Dios!

Al oír aquello, Jesús les prohibió terminantemente que se lo dijeran a nadie; y les dijo:

-Es necesario que el Hijo del Hombre pase muchos sufrimientos, y que le rechacen los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los expertos en la ley; y que le apliquen la pena de muerte; y que resucite al tercer día.

Este es uno de los momentos más cruciales de la vida de Jesús. Les hizo esta pregunta a sus discípulos cuando ya había decidido ir a Jerusalén (Luk_9:51 ). Sabía muy bien lo que le esperaba allí, y la respuesta que dieran a su pregunta tenía una importancia capital. Sabía que iba a morir en una cruz; y quería saber, antes de ponerse en camino, si había alguien que hubiera descubierto de veras Quién era Él. De la respuesta correcta dependía todo. Por otra parte, si delataba una incomprensión obtusa, toda la obra de Jesús habría sido inútil. Si se habían dado cuenta, aunque fuera incompletamente , eso quería decir que Jesús había encendido en sus corazones una antorcha tal que el tiempo no podría apagar nunca. ¡Qué gran alivio debe de haber sido para Jesús el escuchar de labios de Pedro el gran descubrimiento! «¡Tú eres el Mesías de Dios!» Cuando Jesús oyó aquello, se dio cuenta de que no había fracasado.

Pero los Doce tenían que descubrir, no sólo Quién era Jesús, sino lo que aquello significaba. Habían crecido en un ambiente en el que se esperaba que Dios mandara un Rey conquistador que llevara al pueblo de Israel a ser el amo del mundo. A Pedro le brillarían los ojos de emoción cuando hizo su gran confesión. Pero Jesús todavía tenía que enseñarles que el Mesías, el Ungido de Dios, había venido para morir en una cruz. Jesús tenía que darles la vuelta a todas las ideas que ellos tenían acerca de Dios y de los propósitos de Dios; y eso fue lo que se dedicó a hacer desde aquel momento. Habían descubierto Quién era Él; ahora tenían que descubrir lo que aquello quería decir.

Hay dos grandes verdades generales en este pasaje.

(i) Jesús empezó por preguntarles lo que la gente decía de Él; y a continuación, les preguntó directamente a los Doce: «Y, vosotros, ¿quién decís que soy?» No es bastante para nadie el saber lo que los demás dicen de Jesús. Podría ser que una persona pudiera aprobar un examen acerca de lo que se ha pensado y dicho acerca de Jesús; podría ser que hubiera leído todos los libros de cristología que se han escrito en el mundo, y todavía no ser cristiana. Jesús tiene que ser siempre nuestro descubrimiento personal. Nuestra religión no puede ser «lo que diga la gente». Jesús llega a preguntarnos a cada uno, no: « ¿Me puedes decir lo que otros han dicho o escrito acerca de Mí?», sino: «¿Quién soy Yo para ti?» Pablo no dijo: «Yo sé lo que he creído», sino: «Yo sé en Quién he creído» (2 Timoteo_1:12 ). El Evangelio no consiste en recitar un credo, sino en conocer a una Persona.

(ii) Jesús dijo: «Es necesario que vaya a Jerusalén a morir.» Es del mayor interés el ver las veces que Jesús dice es necesario en el evangelio de Lucas. «Me era necesario estar en la casa de mi Padre» (2:49); «Me es necesario predicar el Reino» (4:43); «Es necesario que recorra mi camino hoy y mañana» (13:33). Una y otra vez les dijo a sus discípulos que le era necesario ir a la cruz (9:22; 17:25; 24:7). Jesús sabía que tenía que cumplir su misión. La voluntad de Dios era su voluntad.

No tenía otro propósito en la Tierra que hacer aquello para lo que el Padre le había mandado. El cristiano, como su Señor, es una persona a las órdenes de Dios.

LAS CONDICIONES DEL SERVICIO

Lucas 9:23-27

Jesús les decía a todos:

-El que quiera ser seguidor mío, tiene que decirse que No a sí mismo de una vez para siempre, tiene que decidir cargar diariamente con su cruz, y tiene que seguir mi ejemplo. Los que no quieren más que poner su vida a salvo, ésos son los que la pierden; pero los que están dispuestos a perder la vida en mi causa, ésos son los que la salvan. Porque, ¿de qué le servirá a una persona el ganar para sí todo el mundo, si para ello se destruye o se pierde a sí misma? Si a alguien le da vergüenza confesar que tiene que ver conmigo y que cree en Mí, al Hijo del Hombre también le dará vergüenza decir que ése es de los suyos cuando venga revestido de la gloria de su Padre y rodeado de santos ángeles. Pero, creedme, porque os estoy diciendo la verdad: algunos de los que están aquí no van a experimentar la muerte antes de ver el Reino de Dios.

Aquí establece Jesús las condiciones de servicio para los que quieran ser sus seguidores.

(i) Uno tiene que negarse a sí mismo. ¿Qué quiere decir eso? Un gran pensador lo explica de la siguiente manera: Pedro negó una vez a su Señor, y lo hizo diciendo: «No conozco a ese hombre.» Negarnos a nosotros mismos quiere decir: «No me conozco a mí mismo.» Es ignorar nuestra misma existencia. Es tratar a nuestro yo como si no existiera: Lo corriente es tratarnos cada uno a nosotros mismos como si fuéramos con mucho lo más importante del mundo. Si vamos a ser seguidores de Cristo tenemos que decirle que No a nuestro yo; más todavía: tenemos que olvidarnos de que existe.

(ii) Cada uno tiene que cargar con su cruz. Jesús sabía muy bien lo que quería decir la crucifixión: cuando era un chico de unos once años, Judas el Galileo había encabezado una revuelta contra Roma; había saqueado el arsenal de armas de Séforis, que estaba a seis kilómetros de Nazaret. La venganza de Roma no se hizo esperar: redujeron Séforis a cenizas, vendieron como esclavos a sus habitantes, y crucificaron a dos mil rebeldes a lo largo de la carretera para que sirvieran de escarmiento a los que tuvieran la tentación de rebelarse. El cargar con la cruz quiere decir estar preparado a arrastrar lo que venga por lealtad a Jesús; quiere decir estar dispuesto a sufrir lo peor que nos puedan hacer a causa de nuestra fidelidad a Él.

(iii) Uno debe gastar, la vida, no ahorrarla, Toda la escala de valores del mundo tiene que cambiar. La pregunta ya no es «¿Cuánto puedo sacar?», sino « ¿Cuánto puedo dar?»; no «¿Qué es lo más seguro?», sino «¿Qué es lo más justo?»; no «¿Qué es lo menos que tengo que hacer en mi trabajo?», sino «¿Qué es lo más posible?» El cristiano se tiene que dar cuenta de que se le ha dado la vida, no para que se la guarde para sí, sino para que la gaste para los demás; no para abrigar su llama, sino para, consumirse por Cristo y por los demás.

(iv) La lealtad a Jesús tendrá su recompensa, y la traición su castigo. Si le somos fieles en el tiempo, Él nos lo será en la eternidad; si tratamos de seguirle en este mundo, en el venidero Él nos reconocerá como suyos. Pero si con nuestra vida le negamos, aunque le confesemos con nuestros labios, llegará el día cuando Él tenga que hacer lo mismo con nosotros.

(v) En el último versículo de este pasaje, Jesús dice que algunos de los que estaban allí verían el Reino de Dios antes de morir. Algunos han mantenido que Jesús estaba pensando en su gloriosa Segunda Venida, y estaba diciendo que tendría lugar en la vida de algunos de los presentes; y que, por tanto, estaba equivocado. Pero no es eso.

Lo que Jesús decía es que «antes que pase esta generación veréis las señales de que el Reino de Dios está en marcha.» Y no cabe duda de que aquello sí sucedió. Algo vino al mundo que, como la levadura en la masa, empezó a cambiarlo. No estaría mal que, a veces, aparcáramos nuestro pesimismo, y pensáramos más bien en la luz que ha empezado a amanecer en el mundo. ¡Ánimo! El Reino viene de camino, y haremos bien en darle gracias a Dios por todas las señales de su amanecer.

EN LA CIMA DE LA MONTAÑA DE LA GLORIA

Lucas 9:28-36

Como una semana después de esa conversación, Jesús se llevó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a orar

con ellos a un monte. Y mientras estaba orando, le cambió el aspecto de la cara, y la ropa se le puso

resplandeciente de blanca como la luz de un relámpago.

Y se les aparecieron rodeados de gloria dos varones, que eran Moisés y Elías, y se pusieron a hablar con

Jesús acerca de cómo se iba a cumplir su partida de este mundo en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, cuando se despertaron del todo, contemplaron con sus propios ojos la gloria de Jesús, y a los dos hombres que estaban con Él. Cuando éstos se iban separando de Jesús, le dijo Pedro:

-¡Maestro! Lo mejor que podemos hacer es quedarnos aquí. Vamos a hacer tres refugios: uno para Ti, otro para Moisés y otro para Elías.

¡Pero no sabía lo que se decía! Y, mientras hablaba, los envolvió una nube, cosa que les produjo mucho temor. Y de la nube les llegó una voz que decía:

-¡Este es mi Hijo, mi Escogido! ¡Hacedle caso a Él!

Cuando se calló la voz, Jesús se encontraba solo; y ellos no dijeron nada más, y no le contaron nada a nadie de lo que habían visto.

Aquí tenemos otro de los momentos decisivos de la vida de Jesús en la Tierra. Debemos recordar que estaba a punto de ponerse en camino hacia Jerusalén y hacia la cruz. Ya hemos estudiado otro momento decisivo, cuando les preguntó a sus discípulos Quién creían que era Él, a fin de saber si alguien había descubierto su verdadera identidad. Pero había algo que Jesús no haría jamás: no daría ni un paso sin la aprobación de Dios. Esto es lo que le vemos buscar y recibir en esta escena. No podemos saber exactamente qué es lo que sucedió en el Monte de la Transfiguración; pero sabemos que fue algo tremendo. Jesús había subido allí a buscar la aprobación de Dios en el paso decisivo que iba a dar. Allí se le aparecieron Moisés, el gran legislador del Pueblo de Israel, y Elías, el más grande de sus profetas. Era como si los príncipes de la vida, del pensamiento y de la religión de Israel le dijeran que siguiera adelante. Ahora Jesús podía dirigirse a Jerusalén, seguro de que por lo menos un grupito de hombres sabían Quién era, seguro de que lo que estaba haciendo era la consumación de toda la vida y el pensamiento y la obra de su nación, y seguro de que Dios estaba de acuerdo con el paso que Él daba.

Hay aquí una frase henchida de sentido. Dice que los apóstoles, «cuando se despertaron del todo, contemplaron con sus propios ojos la gloria de Jesús.»

(i) En la vida nos perdemos muchas cosas porque tenemos la mente dormida. Hay ciertas cosas que nos mantienen espiritualmente dormidos.

(a) Están los prejuicios. Tenemos las ideas tan fijas que nuestra mente está cerrada. Nuevas ideas llaman a la puerta, pero estamos tan dormidos que no las dejamos entrar.

(b) Existe el letargo mental. Hay muchos que se resisten a la fatigosa lucha del pensamiento. «No vale la pena vivir -decía Platón- una vida sin examen de conciencia.» ¿Cuántas veces nosotros pensamos las cosas realmente y a fondo?

(c) Está el amor a la tranquilidad. Tenemos una especie de mecanismo de defensa que nos hace cerrar la puerta a todo pensamiento inquietante.

Uno puede drogarse mentalmente hasta el punto de quedarse mentalmente dormido.

(ii) Pero hay innumerables cosas en la vida capaces de despertarnos.

(a) Está el dolor. Una vez dijo Elgar de una joven cantante, que era técnicamente perfecta, pero sin sentimiento ni expresión: «Será estupenda cuando algo le rompa el corazón.» A menudo el dolor nos despierta con rudeza; y en ese momento, a través de las lágrimas, vemos la gloria.

(b) Está el amor. El poeta Browning escribe de dos personas que se enamoraron. Ella le miró a él, y él a ella, « y de pronto despertaron a la vida.» El amor verdadero es un despertar a un horizonte que ni siquiera sospechábamos que existía.

(c) Está el sentimiento de necesidad. Uno puede vivir medio dormido por cierto tiempo la rutina de la vida; pero, de pronto, le asalta un problema totalmente insoluble, alguna pregunta incontestable, alguna tentación arrollador, algún desafío que exige un esfuerzo por encima de nuestras fuerzas; y en ese momento no nos queda más remedio que clamar al Cielo. Ese sentimiento de necesidad nos despierta a Dios.

Haremos bien en pedir: « Señor, mantenme siempre despierto a Ti.»

LA BAJADA DEL MONTE

Lucas 9:37-45

Al día siguiente, cuando bajaron del monte, le salió al encuentro a Jesús un montón de gente. Uno de ellos empezó a gritar:

-¡Maestro, por favor, mira a mi hijo! ¡Es mi único hijo! ¡Un espíritu se apodera de él, y le hace pegar gritos, y retorcerse, y echar espuma por la boca, y le está destrozando, y no le deja en paz! Les he pedido a tus discípulos que libraran a mi hijo del demonio, pero no han podido.

-¡Esta generación moderna tiene tan poca fe! -respondió Jesús-. ¡Es de una perversidad fatal! ¿Hasta cuándo voy a tener que estar aguantándoos? ¡Trae a tu hijo!

Cuando se iba acercando el chico, el demonio empezó a retorcerle y convulsionarle; pero Jesús reprendió al espíritu inmundo, y en seguida le devolvió al padre a su hijo sano y salvo. Todos estaban maravillados de la grandeza del poder de Dios que se manifestaba en todo lo que Jesús hacía. Y Él les dijo a sus discípulos:

-Quiero que os enteréis muy bien de lo que voy a deciros: el Hijo del Hombre va a ser entregado al poder de los hombres.

Pero los discípulos no comprendieron lo que Jesús les quería decir; todavía les estaba oculto su significado, y les daba miedo preguntárselo.

Tan pronto como Jesús bajó del monte, le asaltaron las exigencias y los desengaños de la vida. Un hombre había acudido a los discípulos en busca de ayuda, porque su hijo único padecía de un mal horrible, que se atribuía a la influencia maligna de un demonio. La palabra que se usa en el versículo 42 es muy gráfica: « Cuando se iba acercando el chico, el demonio le arrojó al suelo y le convulsionó.» Es la palabra que se usa cuando un boxeador o un luchador derriba a su contrario. Debe de haber sido algo horrible el ver al chico retorciéndose en el suelo, y los discípulos no habían podido hacer absolutamente nada. Pero cuando llegó Jesús, resolvió la situación con absoluto dominio, y le devolvió el chico a su padre completamente curado.

Dos cosas quedan claras.

(i) El momento en el monte era absolutamente necesario, pero no se podía prolongar. Pedro, sin darse cuenta de lo que estaba diciendo, sugirió quedarse allí en aquella gloria con Moisés y Elías en unos refugios que hubieran podido hacer; pero tenían que bajar. A veces se nos conceden momentos que quisiéramos prolongar indefinidamente; pero, después de un tiempo en la cima del monte, tenemos que volver a la lucha y a la rutina de la vida. Ese momento tiene por objeto darnos las fuerzas para la vida diaria.

Después de la gran confrontación con los profetas de Baal en el Monte Carmelo, Elías tuvo que poner tierra por medio. Se fue al desierto y allí, bajo un enebro, se echó a dormir, y un ángel le preparó la comida por dos veces. Y entonces viene la frase: « Se levantó, pues, y comió y bebió; y fortalecido con aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches» (1Ki_19:1-8 ). Debemos acudir a la cima del monte de la presencia de Dios, no para quedarnos allí, sino para proseguir, en la fuerza de ese tiempo, muchos días. Se decía del gran explorador el capitán Scott, que era cuna extraña mezcla de soñador y de hombre práctico, y nunca más práctico que cuando acababa de salir de uno de sus sueños:» No podemos prolongar indefinidamente el momento de la cima, pero tampoco podemos vivir sin ese momento.

(ii) Aquí se nos muestra con toda claridad la absoluta suficiencia de Jesús. Cuando Él llegó, la situación estaba fuera de control. La impresión que sacamos es que la gente iba de acá para allá sin saber qué hacer. Los discípulos estaban desbordados, y el padre del chico estaba desanimado y desesperado. A esta escena de desorden llega Jesús, se hace cargo de la situación al instante, y trae la calma. A menudo nos encontramos en situaciones así en las que todo está descontrolado: sólo el Señor de la vida puede solucionar la vida con su absoluta suficiencia y ponerlo todo bajo control.

(iii) Y aquí también termina el incidente con Jesús señalando a la Cruz. Había sido un momento triunfal: Jesús había dominado al demonio y admirado a la gente; y en ese momento, cuando todos estaban dispuestos a aclamarle, Jesús les dice que se dirige a la muerte. Habría sido fácil seguir por el camino del éxito popular; pero la grandeza de Jesús se vio en que lo rechazó, y escogió la Cruz. Él no quiso evitar la Cruz a la que llamó a sus seguidores.

LA VERDADERA GRANDEZA

Lucas 9:46-48

Entonces los apóstoles se pusieron a discutir quién de ellos era el más importante. Jesús se daba cuenta de lo que estaba pensando cada uno, y tomó a un chiquillo, y le puso a su lado, y les dijo:

-El que reciba a este chiquillo en mi nombre, es como si me recibiera a Mí; y el que me recibe a Mí, recibe al que me envió, que es Dios. Así que el que se considera el más insignificante de todos vosotros, ese es verdaderamente grande.

Mientras los Doce siguieran pensando que el Reino de Jesús era de este mundo, era inevitable que se disputaran los puestos más altos. Hace mucho tiempo, el historiador inglés conocido como el venerable Beda sugirió que esta pelea surgió porque Jesús se había llevado a la cima del monte a Pedro, Santiago y Juan, y los otros estaban celosos.

Jesús sabía lo que estaban pensando. Tomó a un chiquillo y le puso a su lado; es decir, en el lugar de máximo honor. Seguidamente les dijo que el que recibiera a un chiquillo, le recibía a Él, y el que le recibía a Él, recibía a Dios. ¿Qué quería decir? Los Doce eran los lugartenientes de Jesús; pero ese chico no ocupaba ninguna posición oficial. Jesús estaba diciendo: «Si estáis dispuestos a pasaros la vida sirviendo, ayudando y amando a personas que a los ojos del mundo no tienen ninguna importancia, estáis sirviéndome a mí y a Dios. Si estáis dispuestos a pasaros la vida haciendo cosas que parece que no tienen ninguna importancia, sin proponeros ser lo que el mundo llama grande, seréis grandes a los ojos de Dios.»

Hay muchos que están dispuestos a prestar servicios por razones falsas.

(i) Por el deseo de prestigio. A. J. Cronin habla de cierta enfermera que conoció cuando era médico rural. Aquella mujer llevaba veinte años al servicio de un distrito de quince kilómetros a la redonda, ella sola. «A mí me admiraba su paciencia, su resistencia y su alegría. Nunca estaba demasiado cansada para levantarse a media noche cuando tenía una llamada urgente. Ganaba el sueldo base, y una noche, a las tantas, después de un día especialmente agobiado, me atreví a preguntarle por qué no pedía que la pagaran más, porque Dios sabía que se lo merecía. Y me contestó que si Dios sabía que se lo merecía, eso era lo único que le importaba a ella.» No trabajaba para los hombres, sino para Dios; y cuando trabajamos para Dios, el prestigio es lo último que se nos ocurrirá pensar, porque sabemos que Él se lo merece todo.

(ii) Por el deseo de una posición. Si se le da a una persona una tarea o una posición o un puesto en la iglesia, debe considerarlo, no como un honor, sino como una responsabilidad. Hay quienes sirven en la iglesia, no pensando realmente en aquellos a los que sirven, sino en sí mismos. A cierto primer ministro inglés le estaban felicitando por su elección, y dijo: «Lo que necesito no son vuestras felicitaciones, sino vuestras oraciones.» El ser elegidos para un cargo es serlo para un servicio, no para un honor.

(iii) Por el deseo de prominencia. Muchas personas están dispuestas a servir o a dar siempre que se les reconozca el servicio o la generosidad. Las instrucciones de Jesús son que no debemos dejar que nuestra mano izquierda sepa lo que hace la derecha. Si damos o hacemos algo sólo para recibir algo para nosotros, eso no tiene ninguna gracia (Luk_6:32-34 ).

DOS LECCIONES DE TOLERANCIA

Lucas 9:49-56

-Maestro -le dijo Juan a Jesús-, hemos visto a uno echar demonios en tu nombre. Se lo prohibirnos, porque no es seguidor tuyo como nosotros.

No teníais por qué prohibírselo; porque el que no está en contra de nosotros está a favor de nosotros.

Cuando se le iba acercando a Jesús el momento de volver al Cielo, hizo la decisión irrevocable de ponerse en camino hacia Jerusalén. Envió a unos mensajeros por delante para que fueran a prepararle alojamiento en una aldea samaritana; pero la gente de allí se negaron a darles hospitalidad, porque tenían aspecto de dirigirse a Jerusalén. Cuando lo supieron los apóstoles Santiago y Juan, le dijeron a Jesús:

-¡Señor! ¿Nos dejas que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma, como hizo el profeta Elías?

Pero Jesús se volvió hacia ellos, y los regañó:

-¡Todavía no os habéis enterado de qué espíritu sois! El Hijo del Hombre no ha venido a perder a las personas, sino a salvarlas.

Así es que siguieron andando hasta otra aldea.

Aquí tenemos dos lecciones en materia de tolerancia.

En Palestina había muchos exorcistas, y todos pretendían ser capaces de echar demonios; parece que Juan veía un rival en ese hombre, y quería eliminarlo; pero Jesús no estaba de acuerdo.

El camino más directo de Galilea a Jerusalén pasaba por Samaria; pero la mayor parte de los judíos lo evitaban. Había una enemistad de siglos entre los judíos y los samaritanos (Joh_4:9 ). De hecho, los samaritanos hacían todo lo posible para molestar, y hasta hacer daño a los grupos de peregrinos que intentaban pasar por su territorio. Para Jesús no era corriente ir a Jerusalén por ese camino, y menos aún el buscar alojamiento en una aldea samaritana. Al hacerlo, estaba ofreciendo una mano amiga a un pueblo enemigo. En este caso no se trataba sólo de negar la hospitalidad, sino también de rechazar la amistad. A Santiago y a Juan les parecía que estaban haciendo algo digno de alabanza cuando se ofrecieron a pedir la ayuda del Cielo para erradicar aquella aldea. Pero Jesús no se lo permitió.

No hay pasaje en el que Jesús nos enseñe más directamente el deber de la tolerancia. En muchos casos la tolerancia es una virtud perdida y, cuando existe, es por razones injustificadas. De todos los grandes líderes cristianos ninguno ha superado a John Wesley como dechado de la tolerancia: « No tengo -decía- más derecho a objetar a un hombre por tener una opinión distinta de la mía, que por usar una peluca mientras yo tengo mi propio pelo; pero si se quita la peluca y me sacude el polvo en la cara, consideraré un derecho el desmarcarme de él lo más pronto posible… Lo que más trato de evitar es la estrechez de espíritu, el partidismo, el estar aprisionado en las propias entrañas… en fin, ese fanatismo miserable que hace que muchos no estén dispuestos a creer que hay obra de Dios nada más que entre ellos… Pensamos y dejamos pensar.» Cuando su sobrino Samuel, hijo de Charles, se hizo católico, John le escribió: « No me importa en qué iglesia estés. Puedes salvarte o condenarte en cualquiera de las dos; pero me temo que no has nacido de nuevo.» La invitación a participar de la Santa Cena que se hace en las iglesias metodistas es sencillamente: « Acercaos todos los que amáis al Señor.»

La convicción de que los únicos métodos y creencias correctos son los nuestros ha traído más angustia y desgracia a la iglesia cristiana que ninguna otra cosa. Oliverio Cromwell escribió una vez a los escoceses intransigentes: « Os ruego por las entrañas de Cristo que consideréis que es posible que estéis equivocados.» T. R. Glover cita en alguna parte un dicho: «Recuerda que, sea lo que sea lo que tengas entre manos, alguien lo verá de manera diferente.»

Todos los caminos conducen a Dios, y Él tiene su propia escalera secreta para llegar a cada corazón. Dios se revela de muchas maneras, y ninguna persona ni iglesia tiene el monopolio de su verdad.

Pero -y esto es tremendamente importante- nuestra tolerancia debe basarse, no en la indiferencia, sino en el amor. Debemos ser tolerantes, no porque nos importa un pito, sino porque miramos a la otra persona con ojos de amor. A Abraham Lincoln le criticaban por ser demasiado cortés con sus enemigos, y le recordaban que nuestro deber es acabar con ellos. « ¿Y no acabo yo con mis enemigos -dijo- cuando los hago mis amigos?» Aunque alguien esté completamente equivocado, no debemos considerarle un enemigo al que tenemos que destruir, sino como un amigo extraviado al que tenemos que recuperar con amor.

LA HONRADEZ DE JESÚS

Lucas 9:57-62

Cuando iban de camino, uno le dijo a Jesús:

-¡Señor, yo voy contigo hasta el fin del mundo!

-Las zorras tienen guaridas, y las aves, nidos; pero este Hijo del Hombre no tiene ni dónde recostar la cabeza -le contestó Jesús.

-¡Sígueme! -le dijo Jesús a otro; y él le contestó:

Déjame que antes vaya a enterrar a mi padre.

-¡Deja a los muertos enterrar a sus muertos -le contestó Jesús—, y tú ve a anunciar la noticia del Reino de Dios!

Otro también le dijo:

-Quiero ser seguidor tuyo, Señor; pero déjame que primero me despida de mi familia.

-El que está arando y vuelve la vista atrás no vale para el Reino de Dios.

Aquí tenemos lo que les dijo Jesús a tres posibles seguidores.

(i) Su consejo al primero fue: «Antes de hacerte seguidor mío, considera lo que te va a costar.» Nadie podrá decir que le indujeron a seguir a Jesús con falsas promesas. Jesús le hacía a la gente el honor de colocarles el listón tan alto que ya no cabía más. Es posible que le hayamos hecho un flaco servicio a la iglesia dejando que la gente se crea que no hay gran diferencia entre el que es miembro y el que no lo es. Deberíamos decir que impone la mayor diferencia del mundo. Tendríamos menos gente; pero los que hubiera estarían comprometidos con Cristo de verdad.

(ii) Lo que le dijo Jesús al segundo suena duro, pero puede que no lo fuera tanto. Lo más seguro es que el padre de aquél no estuviera muerto, ni casi. Es probable que quisiera decir: «Te seguiré cuando se me haya muerto mi padre.» Un funcionario inglés en el Este cuenta que a un joven árabe muy brillante se le ofreció una beca para estudiar en Oxford o Cambridge, y contestó: «La aceptaré cuando haya enterrado a mi padre.» Y su padre no tenía muchos más de cuarenta años, y sí buena salud.

Lo que Jesús quería dejar bien claro es que en todo hay un momento crucial; si se deja pasar la oportunidad, lo más probable es que no vuelva a presentarse. Este hombre sentía en el corazón la llamada a salir de un ambiente espiritualmente muerto; si dejaba pasar ese momento, no saldría nunca.

Los psicólogos nos dicen que cada vez que tenemos un sentimiento noble y no lo llevamos a la acción se hace menos probable que lo cumplamos nunca. La emoción se convierte en un sustituto de la acción. Por ejemplo: algunas veces nos da la idea de escribir una carta, puede que de agradecimiento, o de pésame, o de felicitación. Si lo dejamos para mañana, lo más probable es que no la escribamos nunca. Jesús nos anima a actuar en seguida cuando tenemos ese sentimiento.

(iii) Lo que le dice al tercero es una verdad que nadie puede negar. El que está arando no podrá, jamás hacer un surco derecho si vuelve la cabeza para mirar atrás por encima del hombro. Algunos tienen el corazón en el pasado; siempre andan mirando hacia atrás con añoranza, pensando que «cualquiera tiempo pasado fue mejor.» Watkinson, el gran predicador, nos cuenta que una vez en la playa, cuando iba con un nietecito, se encontraron a un anciano pastor. El vejete tenía muy mal genio y, entre otras cosas, había cogido una ligera insolación (sunstroke). El chiquillo había oído algo de la conversación, pero no se había enterado mucho; así es que cuando dejaron atrás al viejo quejica, se volvió a su abuelo y le dijo: «¡Abuelito, espero que tú no sufras nunca de puesta de sol!» (sunset).

El cristiano está en marcha, no hacia el poniente, sino hacia la aurora. La consigna del Reino no es «¡Atrás!», sino «¡Adelante!» A este hombre, Jesús no le dijo ni «¡Sigue!» ni «¡Vuelve!», sino «No acepto un servicio tibio», y dejó que el hombre hiciera su propia decisión.

Lucas 9:1-62

9.1-10 Note los métodos de Jesús. Les dio poder (9.1), les dio instrucciones específicas de modo que sabían qué hacer (9.3, 4), les dio instrucciones específicas para que supieran qué hacer (9.5) y exigió responsabilidad por sus acciones (9.10). Cuando guíe a otros, estudie el modelo de liderazgo del Maestro. ¿Cuál de estos elementos necesita incorporar al suyo?

9.2 Jesús anunció su Reino mediante la predicación y la sanidad. Si solamente hubiera predicado, la gente podría haber visto su Reino solo como espiritual. Por otro lado, si solo hubiera sanado sin predicar, la gente no habría comprendido la importancia espiritual de su misión. La mayoría de sus oyentes esperaban un Mesías que traería prosperidad y poder a su nación; preferían bendiciones materiales antes que discernimiento espiritual. La verdad es que Jesús es Dios y hombre, espíritu y carne, y la salvación que ofrece es para el alma y el cuerpo. Cualquier enseñanza que enfatice el alma a expensas del cuerpo o a este a expensas del alma, está en peligro de distorsionar las buenas nuevas de Jesús.

9.3, 4 ¿Por qué se les instruyó a los discípulos a depender de otros mientras iban de ciudad en ciudad anunciando las buenas nuevas? Su propósito era abarcar a Judea con el mensaje de Jesús y al viajar sin equipaje se moverían con rapidez. Depender de otros tendría además algunos efectos positivos: (1) Mostraría con claridad que el Mesías no vino para ofrecer prosperidad a sus seguidores. (2) Forzaría a los discípulos a confiar, a depender del poder de Dios y no de su propia provisión. (3) Enrolaría a los habitantes del pueblo y los convertiría en personas con ansias de oír el mensaje. Esta fue una forma excelente de abordar su misión a corto plazo; sin embargo, no era la intención de que fuera una forma de vida permanente para ellos.

9.4 En cada lugar, los discípulos debían quedarse en una sola casa porque así no ofenderían a sus anfitriones al trasladarse a otra que fuera más cómoda o socialmente más prominente. Quedarse en una casa no sería una carga para el hospedador porque su permanencia en cada comunidad sería breve.

9.5 Sacudir el polvo de los pies en las ciudades donde no los aceptaran tenía una honda implicación cultural. Los judíos piadosos sacudían el polvo de sus pies después de pasar por ciudades gentiles, para mostrar su separación de las prácticas de ellos. Si los discípulos se sacudían el polvo de una ciudad judía, mostrarían su separación de los judíos que rechazaron al Mesías. Esta acción también señalaba que los discípulos no eran responsables de cómo la gente respondía a su mensaje. Tampoco nosotros si presentamos a Cristo con esmero y veracidad y rechazan el mensaje. Como los discípulos, seguiremos hacia otros que desean alcanzar a Dios.

9.7 Si desea más información sobre Herodes, también conocido como Herodes Antipas, véase su perfil en Marcos 6.

9.7, 8 Fue muy difícil para las personas aceptar a Jesús por lo que El era, de manera que trataron de presentar otras soluciones que parecían increíbles. Muchos pensaban que El era alguien que resucitó, tal vez Juan el Bautista u otro profeta. Algunos sugirieron que era Elías, el gran profeta que no murió sino que fue llevado en un carro de fuego (2Ki_2:1-11). Muy pocos hallaron la respuesta correcta, como fue el caso de Pedro (2Ki_9:20). Para muchos hoy, quizás no les sea fácil aceptar a Jesús como totalmente humano y totalmente divino Hijo de Dios, por lo que siguen intentando hallar explicaciones: un gran profeta, un líder político radical, un mentiroso alborotador. Ninguna de estas descripciones consideran los milagros de Jesús ni, sobre todo, su gloriosa resurrección. De modo que estas realidades también deben explicarse. En fin, los intentos para explicar a Jesús son mucho más complicados que creer la verdad misma.

9.9 Si desea más información acerca de cómo Herodes decapitó a Juan, véase Mar_6:14-29.

9.10, 11 Jesús trató de pasar inadvertido, pero pronto descubrieron dónde estaba y lo siguieron. En lugar de molestarse por esta interrupción, Jesús les recibió y suplió sus necesidades. ¿Cómo ve a quienes le interrumpen sus planes, como un estorbo o como la razón de su vida y ministerio?

9.11 El Reino de Dios fue un punto focal en la enseñanza de Jesús. Explicó que no era solo un reino futuro; estaba entre ellos, materializado en El, el Mesías. Sin embargo, aunque el Reino no se consumará hasta la venida de Jesús en gloria, no debemos esperar para probarlo. El Reino de Dios empieza en los corazones de los que creen en Jesús (17.21). Está tan presente con nosotros, como lo estuvo con los judíos hace dos mil años.

9.13, 14 Cuando los discípulos expresaron su preocupación por dónde la multitud de miles iba a comer, Jesús ofreció una solución: «Dadles vosotros de comer». Ellos protestaron, enfocando su atención en lo que no tenían (alimentos y dinero).
¿Cree que Dios le pediría que hiciera algo que usted y El no pudieran juntos realizar? No permita que su fuente de recursos lo ciegue para ver el poder de Dios.

9.16, 17 ¿Por qué Jesús se molestó en dar de comer a esta gente? Fácilmente pudo pedir que se fueran. Pero Jesús no pasa por alto las necesidades. Le interesa cada aspecto de nuestra vida, tanto físico como espiritual. En la medida que procuramos trabajar en la vida de las personas de manera integral, nunca debemos obviar que todos tenemos necesidades físicas y espirituales. Es imposible ministrar con eficacia a un tipo de necesidad sin considerar la otra.

9.18-20 La fe cristiana va más allá del conocimiento de lo que otros creen. Demanda que creamos. Cuando Jesús pregunta: «¿Y vosotros, quién decís que soy?», espera que sepamos responder. ¿Quién dice usted que es Jesús?

9.21 Jesús dijo a sus discípulos que no debían decir que era el Cristo porque en ese momento no entendían del todo el significado de esta declaración, ninguno lo entendía. Todos seguían esperando al Mesías que vendría como un Rey conquistador. Pero Jesús, como el Mesías, tendría aún que sufrir, lo rechazarían los líderes, moriría y resucitaría. Cuando los discípulos vieran suceder todas estas cosas en Jesús, comprenderían el porqué de la venida del Mesías. Solo entonces estarían preparados para predicar las buenas nuevas alrededor del mundo.

9.22 Este es un punto sobresaliente en la enseñanza de Jesús a sus discípulos. Ahora, empieza a enseñar de manera clara y específica acerca de lo que iba a ocurrir y de lo que debían esperar, a fin de que no se sorprendieran cuando esto sucediera. Explicó que ahora no sería el Mesías conquistador, porque antes tendría que sufrir, morir y resucitar. Pero que un día regresaría en gran gloria para establecer su Reino eterno.

9.23 El cristiano que sigue a su Señor imita su vida y obedece sus mandamientos. Tomar la cruz significa llevarla hasta el lugar donde nos van a matar. Muchos galileos murieron a manos de los romanos. Aplicado a los discípulos, esto denota identificarse por completo con el mensaje de Cristo, incluso si significa la muerte. Debemos negar nuestros deseos egoístas, usar tiempo y dinero y elegir el camino tomando en cuenta a Cristo. Hoy en día esta forma de vida es costosa, pero a la larga vale la pena el dolor y el esfuerzo.

9.23-26 La gente está dispuesta a pagar un alto precio por algo que valora. ¿Sorprende que Jesús demandara este tipo de entrega de quienes decidieran seguirlo? Hay, al menos, tres condiciones que debe cumplir el que quiera seguir a Jesús: Estar dispuesto a negarse a sí mismo, llevar su cruz y dar su vida. Todo lo demás es un servicio superficial, solo de palabras.

9.24, 25 Si esta vida es lo más importante para usted, hará cualquier cosa para protegerla. No hará nada que ponga en peligro su seguridad, salud o comodidad. En cambio, si para usted seguir a Jesús es lo más importante, quizás se halle en lugares inseguros, insanos e incómodos. Enfrentará la muerte, pero no temerá porque sabe que Jesús lo resucitará a la vida eterna. Ninguna cosa material compensa la pérdida de la vida eterna. Los discípulos de Jesús no deben usar su vida terrenal para su propio placer, sino que deben gastarla sirviendo a Dios y a los demás.

9.26 A la audiencia griega de Lucas le sería difícil comprender a un Dios que puede morir, asimismo la judía de Jesús se mostraría perpleja ante un Mesías que permitiría su captura. A ambos los avergonzarían si no miraran su muerte, su gloriosa resurrección y su Segunda Venida. Entonces verían a Jesús, no como un perdedor, sino como el Señor del universo que, a través de su muerte, logrará la salvación en favor de todos.

9.27 Cuando Jesús manifestó que algunos no morirían sin ver su Reino, se refería a: (1) Pedro, Jacobo y Juan que serían testigos de la transfiguración ocho días después, o en un sentido más amplio, (2) a todos los que serían testigos de su resurrección y ascensión, o (3) todos los que tomarían parte en la extensión de la Iglesia después del Pentecostés. Los oyentes de Jesús no tendrían que esperar por otro futuro Mesías, el Reino estaba entre ellos y muy pronto vendría en poder.

9.29 Jesús llevó a Pedro, Jacobo y Juan a la cumbre del monte para mostrarles quién era en realidad, no solo un gran profeta, sino el mismo Hijo de Dios. Moisés representa la Ley y Elías representa a los profetas. Ambos aparecieron con Jesús y la voz de Dios distinguió al Señor como el tan esperado Mesías con autoridad divina. Jesús cumpliría ambos, la Ley y los Profetas (Mat_5:17).

9.33 Cuando Pedro sugirió hacer tres enramadas, tal vez estaba pensando en la Fiesta de los Tabernáculos, en la que se levantaban enramadas para conmemorar el éxodo, la liberación de Dios de la esclavitud de Egipto. Quería que Moisés y Elías se quedaran con ellos. Pero Dios no quería esto. El deseo de Pedro de hacer tres enramadas para Jesús, Moisés y Elías, quizás denotaba también su creencia de que la verdadera fe se construye sobre tres piedras angulares: la Ley, los Profetas y Jesús. Sin embargo, la comprensión de Pedro creció y, al final, pudo escribir que Jesús es «la principal piedra del ángulo, escogida y preciosa» (1Pe_2:6).
9.33 Pedro, Jacobo y Juan experimentaron un momento maravilloso en la cima del monte y no quisieron dejarlo. Algunas veces nosotros también al tener una experiencia emocionante queremos permanecer donde estamos, alejados de la realidad y de los problemas de la vida diaria. Las dificultades que nos esperan en el valle nos motivan a desear quedarnos en la cima de la montaña. Sin embargo, cuando estamos en la cima del monte no podemos ministrar a otros. En lugar de llegar a ser gigantes espirituales, muy pronto nos convertiríamos en enanos por el egoísmo. Necesitamos tiempos de retiro y renovación para luego volver y ministrar al mundo. Nuestra fe debe tener sentido en el monte y fuera de él.

9.35 Como Hijo de Dios, Jesús tiene el poder y la autoridad de Dios, por lo que sus palabras deben ser nuestra verdadera autoridad. Si las enseñanzas de alguno son ciertas, estarán de acuerdo con las enseñanzas de Jesús. Evalúe todo lo que oye a la luz de las palabras de Jesús y no le guiarán por falsos caminos. No se apresure en buscar consejo y dirección de fuentes humanas, echando a un lado el mensaje de Cristo.

9.35 Dios identifica con claridad a Jesús como su Hijo antes de decirle a Pedro y los demás que deben oírle a El y no a sus ideas ni deseos. El poder para seguir a Jesús viene de la seguridad de saber quién es. Si creemos que es el Hijo de Dios, sin duda desearemos hacer lo que El dice.

9.37-39 Cuando los discípulos y Jesús bajaron del monte, pasaron de una experiencia alentadora de la presencia de Dios a una aterradora del mal. La belleza que acababan de contemplar hizo que la fealdad se viera mucho más fea. A medida que su visión espiritual se enriquece y le deja ver y comprender mejor a Dios, le permitirá también ver y comprender mejor al mal. Si no tenemos a Jesús a nuestro lado para llevarnos a lugar seguro, sucumbiremos a los embates del mal.

9.40 ¿Por qué los discípulos no pudieron echar fuera al demonio? Para una posible respuesta, véase Mar_9:18.

9.45, 46 Los discípulos no entendieron las palabras de Jesús acerca de su muerte. Seguían pensando en Jesús como un rey terrenal y les preocupaban los lugares que ocuparían en el Reino. De modo que pasaron por alto sus palabras relacionadas con su muerte y empezaron a discutir acerca de quién sería el más importante.

9.48 ¿Cuánto interés muestra por otros? Esta es una pregunta vital que puede medir con exactitud su grandeza ante los ojos de Dios. ¿Cómo ha mostrado interés por otros, sobre todo por los desamparados, los necesitados, los pobres que no pueden devolver el bien recibido? Su respuesta sincera a esta pregunta le dará una buena idea de su verdadera grandeza.

9.49, 50 Los discípulos estaban celosos. Nueve de ellos no pudieron echar fuera un solo demonio (9.40), pero cuando vieron a un hombre que no era de su grupo echar fuera demonios, le dijeron que no lo siguiera haciendo. Nuestro orgullo se hiere cuando alguien triunfa donde hemos fallado, pero Jesús dijo que no había lugar para ese tipo de celo en la guerra espiritual de su Reino. Tenga la misma actitud de brazos abiertos que tuvo Jesús con cristianos que no eran de su grupo.

9.51 A pesar de que Jesús sabía que enfrentaría persecución y muerte en Jerusalén, siguió adelante sin vacilar. Esa clase de determinación debiera caracterizar nuestras vidas también. Cuando Dios nos traza la línea de acción, debemos seguir adelante sin variar nuestra determinación, sin importar los riesgos potenciales que nos esperen.

9.53 Después que Asiria invadió Israel, el reino del norte, y lo reestableció con su gente (2Ki_17:24-41), la mezcla de razas se llegó a conocer como samaritana. La «pura raza» de judíos odiaba esta «mestiza» de samaritanos, en recompensa, estos también odiaban la judía. Surgieron muchas tensiones entre ambos grupos, a tal grado que los viajeros judíos que iban de Galilea a Judea desde el sur, a menudo preferían caminar dando un rodeo para no atravesar el territorio samaritano aunque esto prolongaba mucho más su viaje. Jesús no mantuvo esos prejuicios y envió mensajeros para preparar las cosas en una aldea samaritana. Sin embargo, rehusaron recibir a estos viajeros judíos.

9.54 Cuando los samaritanos rechazaron a Jacobo y Juan, estos no solo quisieron sacudir el polvo de sus pies (9.5). Quisieron venganza al pedir que cayera fuego del cielo sobre la gente, así como Elías hizo con los siervos de un malvado rey de Israel (2 Reyes 1). Cuando otros nos rechazan o se burlan, quizás también sintamos lo mismo. Sin embargo, debemos recordar que el juicio pertenece a Dios y no debemos esperar que El use su poder para materializar nuestros deseos de venganza.

9.59 Lucas no nos dice si el padre ya había muerto o si tenía una enfermedad terminal. Parece probable que si el padre hubiera muerto, el hijo tendría que cumplir con los servicios fúnebres. Jesús proclamó que el verdadero discipulado demanda acción inmediata. Jesús no enseñó a la gente que abandonara sus responsabilidades familiares, pero a menudo les dio mandamientos a la luz de sus verdaderas motivaciones. Tal vez este hombre no quería seguir a Cristo al instante y usó a su padre como excusa. Hay un costo en seguir a Jesús y cada uno debe estar dispuesto a servir aun cuando requiere sacrificio.

9.62 ¿Qué quiere Jesús de nosotros? Dedicación total, no entrega a medias. No tenemos derecho a elegir entre las ideas de Jesús y seguirle a conveniencia; debemos aceptar la cruz junto con la corona, juicio junto con misericordia. Hay que tener en cuenta el costo y estar dispuestos a abandonar todo lo que nos ha dado seguridad. Enfocados en Jesús, no debemos permitir que nada nos distraiga de la manera de vivir que El llama buena y verdadera.

Lucas 9:1-6

Estos versículos contienen los preceptos que dio nuestro Señor a Sus doce apóstoles cuando los envió por primera vez á predicar evangelio. Es un pasaje que tiene referencia á las tareas de los ministros cristianos de todos los siglos. No hay duda que el poder de hacer milagros que poseían los apóstoles hacia su condición muy desemejante á la de cualesquiera otros ministros de la iglesia. No hay duda que en muchos particulares ellos fueron únicos en su clase y no tuvieron sucesores. Sin embargo, las palabras de nuestro Señor contenidas en este pasaje no deben aplicarse tan solo á los doce apóstoles: las verdades que enseñan son igualmente útiles maestros y predicadores cristianos de todos los siglos.

Observemos que la misión encomendada á los apóstoles tenia referencia especial a lo que debían hacer respecto del demonio y de las enfermedades corporales. Se nos dice que Jesús les dio virtud y potestad sobre todos los demonios, y que sanasen enfermedades.

Se perciben en este pasaje con toda claridad dos de los deberes principales del ministro cristiano. No debemos esperar de él que lance los espíritus malignos, pero sí podemos esperar con razón que «resista al demonio y todas sus maquinaciones,» y luche sin tregua contra «el príncipe de este mundo.» No debemos exigirle que haga curas milagrosas; pero sí que tome particular interés en todos los enfermos: que los visite, los consuele, y los socorra, si necesario, hasta donde le sea posible. El ministro que descuida las ovejas enfermas de su rebaño no es buen pastor; y no debe sorprenderse si el pueblo dice que él estima en más la lana de las ovejas que su salud. El ministro que permite que los pecados de la embriaguez, la blasfemia, la obscenidad, las riñas, la disipación, y otros tales infesten su congregación, y no amonesta á los que los cometen, omite un deber que le ha sido impuesto de una manera terminante. No lidia contra el demonio, y por consiguiente, no es digno sucesor de los apóstoles. Observemos, en segundo lugar, que una de las principales tareas que fueron encomendadas á los apóstoles fue la predicación. Nuestro Señor «los envió á que predicasen el reino de Dios,» y que ellos iban de aldea en aldea anunciando el Evangelio.

La importancia de la predicación, como un medio de gracia, se inferiría fácilmente en este pasaje aunque no hubiese otro que versase sobre el asunto. Pero no es sino uno de los muchos ejemplos del valor que se da en la Biblia á la predicación. Esta es en verdad, el instrumento elegido por Dios para trabajar en bien de las almas. Por medio de la predicación los pecadores se convierten; los que buscan la verdad hallan el camino que conduce á ella y los fieles se mantienen firmes en sus creencias. De aquí se desprende que la iglesia visible ha menester buenos ministros para conservar su pureza y promover su prosperidad. El pulpito es el lugar en que se han ganado siempre las victorias del Evangelio, y ninguna iglesia en que se haya desatendido ha hecho jamás mucho progreso en verdadera religión. ¿Deseamos saber si un ministro es verdaderamente apostólico? Si lo es, pondrá mucha atención en sus sermones; se esmerará y orará á Dios á fin de que sean eficaces, y dirá á su congregación cómo tiene esperanza que de su predicación resulte la conversión de muchas almas. El ministro que da á los sacramentos ó á las ceremonias de la iglesia un lugar más elevado que á la predicación puede ser celoso, fervoroso, concienzudo, y respetable; pero su celo no escucha los dictados de la prudencia. No puede decirse que imita á los apóstoles.

Observemos, en tercer lugar, que nuestro Señor, al enviar á sus apóstoles, les encarga que procuren habituarse á la sencillez de vida, y contentarse con lo que tengan. Les manda no llevar nada para el camino, ni bordones, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos vestidos, y que en cualquiera casa en que entraren permanezcan y salgan. En parte, estos preceptos se refieren á un periodo especial. Vino un día en que nuestro Señor mismo mandó á todo el que no tenía espada que vendiera su capa y comprara una espada. Luk_22:36. Pero en parte, estos preceptos pueden aplicarse en todas las épocas. Del espíritu de estos versículos deben imbuirse todos los ministros del Evangelio.

La idea principal que ellos encierran tiene por objeto poner un dique á la codicia y al lujo. ¡Habría sido un bien para el mundo y para la iglesia si esa idea hubiera sido acatada con más cuidado! De nadie ha sufrido el Cristianismo tanto daño como de parte de sus mismos maestros. Sobre ningún punto han errado estos tanto y tan frecuentemente, como en lo que respecta á la codicia y al lujo. Á menudo con su conducta han hecho nugatoria su predicación; y han dado margen á los enemigos de la religión para que digan que ellos aman la holganza, y el dinero, y el boato, mucho que las almas de sus feligreses.

¡Roguemos diariamente que la iglesia se vea libre de tales ministros! Ellos son piedras de tropiezo en el camino del cielo; son obreros en la causa del demonio, no en la de Dios. El predicador que cifra sus afectos en el dinero, en el vestido, en los banquetes, y en los placeres, ha errado indudablemente su vocación, ha olvidado las instrucciones de Maestro: no es varón apostólico.

Observemos, finalmente, que nuestro Señor previene á sus discípulos contra la incredulidad, y el endurecimiento de corazón de aquellos á los que han de predicar. Se refiere á los que no los recibían, como una clase de gente con la cual tienen que ponerse en contacto; y les dice como han de conducirse cuando sean rechazados, como si tal evento fuese inevitable.

(Bueno seria que todos los ministros del evangelio leyesen con cuidado esta parte de los preceptos de nuestro Señor. Todos los misioneros, todos los maestros de escuelas dominicales, todos los que enseñen la Biblia al pueblo harían bien en atesorarla en el corazón. Que no desmayen si les parece que su obra es fútil, y su trabajo sin provecho. Que recuerden que aun los primeros predicadores y maestros á quienes Jesús envió, recibieron la advertencia explícita de que no todos creerían. Que continúen trabajando con paciencia, y siembren la buena simiente sin desalentarse. Á ellos corresponde hacer los esfuerzos: el éxito está á cargo de Dios. Los apóstoles pueden plantar y regar: más solo el Espíritu Santo puede dar el crecimiento. El Señor sabe lo que se alberga en el corazón del hombre; y no tiene en menos á Sus trabajadores a causa de que solo un poco de la simiente que siembren crezca y fructifique. La cosecha puede ser pequeña; pero cada trabajador será recompensado según lo que haga.

Lucas 9:7-11

Notemos en este pasaje cuánto puede hacer el remordimiento de conciencia. Se nos dice que cuando Herodes el tetrarca oyó hablar de todo lo que hacia nuestro Señor, quedó en duda. El dijo: « Á Juan yo lo degollé: ¿quién pues será este?» Grande y poderoso como era lo que oyó decir de nuestro Señor le recordó sus pecados y lo inquietó aun en su palacio real. Rodeado como estaba de todo cuanto se considera que hace agradable la vida, el rumor de que había uno que predicaba la justicia lo llenó de sobresalto. El recuerdo de la maldad que había cometido en hacer matar á el Bautista le vino á la mente; conoció que había obrado mal; y se sintió culpable, tuvo convicción de su crimen, y el descontento se apoderó de su ser. Cierto y verdadero es aquel proverbio de Salomón: «El camino de los prevaricadores es duro Pro_13:15. El pecado había clamado contra Herodes. La prisión y la espada habían impuesto silencio á los labios de Juan el Bautista, mas no pudieron acallar la voz de la conciencia del asesino. La verdad de Dios no puede ser escondida, ni encadenada, ni aniquilada.

La conciencia es la manifestación más poderosa de nuestro ser. Ella no puede salvarnos; jamás nos lleva á Cristo; es muchas veces ciega, torpe, y extraviada; pero con frecuencia acusa al pecador de una manera irresistible, y le hace sentir que «es cosa mala y amarga « apartarse de las sendas de Dios. Los jóvenes especialmente deben acordarse de esto, y vigilar sobre su propia conducta, No se lisonjeen con que todo está bien, cuando sus pecados ya han sido olvidados por el mundo. La conciencia puede traer cada pecado ante su mente y causarles amargo remordimiento. Millones el último día que experimentaron lo mismo que sintió Herodes; que la conciencia llamó antiguos pecados de sus escondrijos y los hizo causar nuevas heridas al corazón; que aunque parecían felices y llenos de prosperidad, eran interiormente desdichados e infelices. ¡Dichosos los que han hallado el único bálsamo que sana una mala conciencia: la sangre de Cristo! Notemos en segundo lugar que es importante que los cristianos estén de cuando en cuando á solas y en un lugar secreto. Se nos dice, que cuando los apóstoles regresaron de su primera misión nuestro Señor los llevó consigo y se retiró á un lugar desierto. Indudablemente hizo esto con algún gran designio.

Quiso enseñarnos que los que se ocupan públicamente en bien de las almas de los demás deben tener algunas horas para estar á solas con Dios.

Es esta una lección que muchos cristianos harían bien en tener presente. La soledad, el examen de sí mismo, la meditación y la comunión en privado con Dios, son absolutamente esenciales para la salud espiritual. El que eso descuida está en gran peligro de caer. Predicar, enseñar, hablar, escribir, y hacer obras públicas constantemente es sin duda una prueba de celo; pero no es siempre prueba de aquel celo que se sujeta á lo que aconseja la prudencia: muchas veces acarrea fatales consecuencias. Debemos proporcionarnos algún tiempo para ponernos á estudiar interiormente con calma, á examinar el estado de las relaciones que existen entre nosotros y Cristo. La omisión de esta práctica es la causa verdadera de tantas reincidencias que afligen á la iglesia, y dan ocasión á que los infieles blasfemen. Muchos podrían repetir con dolor las palabras de los Cantares, «Hiciéronme guarda de viñas, y no he guardado mi propia viña.» Cant. 1: 6.

Notemos, finalmente, en este pasaje, cuan pronto está nuestro Señor Jesucristo á recibir á todos los que vienen á El. Cuando las gentes le siguieron al despoblado á que se había retirado, «las recibió, y les hablaba del reino de Dios, y sanó á los que tenían necesidad de cura.» Descortés é inesperada como parece haber sido esta invasión de su retiro, no fueron rechazados por él. Estaba siempre más pronto á dar instrucción que las gentes á pedirla, y más deseoso de enseñar que las gentes de ser enseñadas.

Mas este incidente, insignificante como puede parecer, está en completo acuerdo con todo lo que se nos dice en los Evangelios de la afabilidad y condescendencia de Cristo. Jamás le vemos tratar al pueblo según sus merecimientos; jamás le hallamos escudriñando los móviles de sus oyentes, ó impidiéndoles que oigan su doctrina porque sus corazones no sean rectos á los ojos de Dios. El siempre estaba dispuesto á oír y á obrar, y á predicar. Jamás fue desechada persona alguna que viniera á él. Podrían pensar lo que quisieran de su doctrina, pero nunca pudieron decir que Jesús de Nazaret fuera «hombre austero..

Acordémonos de esto cuando oremos á Cristo por la salud de nuestras almas. Podemos acercarnos á El sin temor, y abrirle nuestros corazones con confianza.

El es un Salvador de infinita compasión y misericordia. «El no quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo que humeare.» Los secretos de nuestra vida espiritual pueden ser tales que no quisiéramos que nuestros más íntimos amigos los supiesen; las llagas de nuestra conciencia son tal vez hondas y delicadas; mas nada tenemos que temer, si lo ponemos todo en manos de Jesús, el Hijo de Dios. Su bondad no tiene límites; y aquellas palabras suyas son muy verdaderas: «Yo soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.» Mat_11:29.

Finalmente, tengamos esto presente cuando otras personas nos pidan consejo en lo que se refiera á sus almas. Esforcémonos en seguir el ejemplo de Cristo, y en ser como él benévolos y sufridos, y en estar siempre deseosos de dar buenos consejos. La ignorancia de los neófitos en religión es á veces muy desagradable: nosotros estamos inclinados á fastidiarnos de su falta de firmeza, de su volubilidad é indecisión. Pero recordemos la conducta de Jesús, -y seamos pacientes. él recibió á todos, habló á todos, é hizo bien á todos. Vivamos y procedamos de la misma manera. Procedamos unos con otros como Cristo procede con nosotros.

Lucas 9:12-17

El milagro descrito en estos versículos es referido mayor número de veces en los Evangelios que ningún otro de los que obró nuestro Señor. Esta repetición no fue, sin duda, sin objeto. Se tuvo en mira llamar nuestra atención á los detalles de dicho milagro.

Por una parte, se percibe en estos versículos un ejemplo patente del poder divino de nuestro Señor Jesucristo. Alimenta una reunión de cinco mil hombres con cinco panes y dos peces; con una provisión de viandas tan escasa que era meramente suficiente para satisfacer por un día sus propias necesidades y las de sus discípulos, satisface el hambre de una reunión tan numerosa como una legión romana. No pudo haber engaño acerca de la realidad y magnitud de este milagro. Fue hecho públicamente, y delante de muchos testigos. El mismo poder que al principio sacó el mundo de la nada, hizo existir alimento que antes no había existido. Las circunstancias de todo el acontecimiento hacen imposible el fraude. Cinco mil hombres hambrientos no hubieran convenido en que «todos se hartaron,» si no hubieran tomado alimento real y verdadero. Nunca se habrían recogido cestas llenas de los pedazos que sobraron, si no hubiesen sido panes y peces reales y materiales los que fueron multiplicados milagrosamente. Nada en resumen puede explicar todo el suceso, sino la intervención del dedo do Dios. La misma mano que envió maná del cielo al desierto para alimentar á Israel, fue la mano que hizo que cinco panes y dos peces supliesen las necesidades de cinco mil hombres.

El milagro que nos ocupa es una de muchas pruebas de que para Cristo nada es imposible. El Salvador de los pecadores es omnipotente. «Llama las cosas que no son, como si fuesen.» Rom_4:17. Cuando El quiere una cosa, se hace. Cuando manda algo, sucede infaliblemente. Puede sacar luz de en medio de las tinieblas, orden de en medio del desorden, fuerza de la debilidad, gozo del pesar, y alimento de la nada. ¡Por siempre bendigamos á Dios por esto! Tendríamos razón para desesperar cuando viésemos la corrupción de la naturaleza humana, y la obstinación é incredulidad del corazón del hombre, si no conociéramos el poder de Cristo. «¿Pueden tornar á la vida estos huesos secos?» ¿Puede salvarse algún hombre? ¿Puede algún niño, ó alguno de nuestros amigos llegar á ser en algún tiempo cristiano verdadero? ¿Podemos nosotros mismos ganar la vida eterna? Preguntas como estas nunca podrían responderse, si Jesús no fuese todopoderoso. Pero, loado sea Dios, Jesús tiene todo poder en el cielo y en la tierra. Vive en él cielo para socorrernos, y tiene poder para salvar; por lo tanto tengamos confianza.

Por otra parte, estos versículos nos presentan á la vista un emblema patente del poder que tiene Cristo para satisfacer las necesidades espirituales del género humano. El milagro es un cuadro. En él vemos como delineadas sobre el lienzo algunas de las grandes verdades del Cristianismo. Es en realidad una gran parábola del glorioso Evangelio representada á lo vivo.

¿Qué representa ese gentío pobre, desamparado y desprovisto de alimento, que rodea á nuestro Señor en el despoblado? Representa al género humano.

Nosotros somos una reunión de pobres pecadores, en medio de un mundo malvado, sin fuerza ó poder para salvarnos, y en gran peligro de perecer por carencia de alimento espiritual ¿Quién es aquel Maestro benévolo que se compadece de esa mísera multitud en el despoblado, y dice á Sus discípulos: «Dadles vosotros de comer»? Es Jesús mismo, siempre compasivo, siempre benéfico, siempre pronto á mostrar misericordia aun á los ingratos y á los perversos. Y él no ha cambiado. Es hoy exactamente el mismo que era ochocientos años ha. Elevado en el cielo á la diestra de Dios mira hacia abajo la vasta multitud de miserables pecadores que cubren la faz de la tierra: todavía los compadece; todavía cuida de ellos y se conduele de su desamparo y de su miseria. Y todavía dice á los discípulos que le siguen: «He aquí esta multitud, dadles vosotros de comer..

¿Qué representa ese portentoso alimento que creó Cristo milagrosamente para la hambrienta multitud que estaba en su presencia? Es una figura del Evangelio. Débil y pequeño como á muchos parece, el Evangelio contiene «bastante y sobrado» para las almas de todo el género humano. Insignificante y despreciable como la historia del Salvador crucificado parece al docto y al entendido, es el «poder de Dios para salvar á todo el que tiene fe.» Rom_1:16.

¿Qué representan aquellos discípulos que recibieron los panes y los peces de la mano de Cristo, y los pusieron delante de las gentes, para que todas ellas comiesen y se hartasen? Representan á todos los predicadores y maestros fieles del Evangelio. Sus palabras son sencillas, y sin embargo sumamente importantes. Han sido elegidos para poner delante de los hombres el alimento quo Cristo ha hecho para sus almas. No se les ha encomendado que den nada que sea creación suya. Todo cuanto trasmiten á los hombres debe venir de las manos de Cristo. Mientras que ellos desempeñen fielmente ese encargo, pueden esperar con confianza la bendición de su Maestro. Muchos, indudablemente, rehusarán siempre participar del alimento que Cristo ha provisto; mas si los ministros ofrecen fielmente á los hombres el pan de vida, la sangre de los que de estos se pierden no caerá sobre aquellos.

¿Qué estamos haciendo nosotros? ¿Hemos reconocido quo este mundo es un desierto, y que nuestras almas han de ser alimentadas del pan del cielo, ó morir eternamente? ¡Felices los que han aprendido esta lección, y sabido por experiencia quo Cristo crucificado es el pan verdadero de vida! El hombre jamás podrá satisfacerse con las cosas de este mundo: siempre estará hambriento, y sediento, y descontento, hasta que venga á Cristo Solo los que oyen la voz de Cristo, y le siguen, y se alimentan de él con la fe, son los que «se hartan..

Lucas 9:18-22

Notemos en este pasaje la diversidad de opiniones que prevalecía; acerca de nuestro Señor Jesucristo durante el periodo de su misión sobre la tierra. Se nos dice que algunos afirmaban que era Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que uno de los profetas antiguos que había resucitado. Una observación general es aplicable a todas estas opiniones: todos estaban acordes en que la doctrina de nuestro Señor no era semejante á la de los escribas y todos veían en él al valeroso denunciador de la maldad que existía en el mundo.

No nos sorprendamos si encontramos en nuestros días la misma diversidad de opiniones con respecto á Cristo y á Su Evangelio. La verdad de Dios despierta á los hombres de su indolencia espiritual; los obliga á pensar; los hace raciocinar, é investigar, é inventar teorías para explicar la causa de su difusión en algunas regiones, y de su repulsión en otras. Millares de hombres en todos los siglos de la iglesia pasan la vida de este modo, y nunca se sienten movidos del arrepentimiento. Se satisfacen á sí mismos con un foco de charla acerca de los sermones de Fulano ó los escritos de zutano; y piensan que este dice demasiado, y que aquel no dice lo suficiente. Aprueban ciertas doctrinas, y desaprueban otras. Llaman «ortodoxos» á unos, y «heterodoxos» á otros. No pueden formar una opinión decidida sobre lo que es verdadero, ó lo que es justo. Los años se suceden unos á otros y se encuentran en el mismo estado; charlando, criticando, censurando, cavilando, sin adelantar jamás; dando vueltas como la polilla al rededor de la religión, sin detenerse como la abeja para alimentarse de su miel. Jamás confían firmemente en Cristo; jamás se dedican sinceramente á la gran causa de servir á Dios; jamás toman la cruz á cuestas y se hacen cristianos decididos; y al fin después de tanto hablar mueren en sus pecados, sin estar preparados para comparecer ante Dios.

No nos contentemos con una religión de este género. El conversar, el investigar, y el discutir acerca del Evangelio no puede salvarnos. El Cristianismo que salva es algo que cada uno debe adoptar, poseer, sentir y experimentar por sí mismo. No hay la más ligera excusa para limitarnos moralmente á hablar, opinar y discutir. Los Judíos del tiempo de nuestro Señor debieran haber descubierto, si lo hubieran indagado con sinceridad, que Jesús de Nazaret no era ni Juan el Bautista, ni Elías, ni uno de los antiguos profetas, sino el Ungido de Dios. El cristiano de nuestros días se satisfaría fácilmente sobre todo lo que es esencial para la salvación, si solicitara real, cándida y humildemente la iluminación del Espíritu Santo. Solemnes y significativas son aquellas palabras de nuestro Señor: «Si alguno quiere hacer la voluntad de Dios, conocerá de la doctrina si es de Dios.» Joh_7:16. La obediencia que emana de intenciones puras es una de las llaves que abren el templo del saber.

Observemos en segundo lugar cuan notables fueron el conocimiento y la fe que desplegó el apóstol Pedro. Cuando nuestro Señor preguntó á sus discípulos: « ¿Quién decís vosotros que soy yo?» respondió Pedro, y dijo: «El Cristo de Dios.» Esta fue una noble respuesta, respuesta que seria difícil apreciar el día de hoy en todo su valor. Para estimarla debidamente tenemos que colocarnos en la posición de los discípulos de nuestro Señor; hemos de tener presente que los grandes, y sabios, y doctos de su nación no veían atractivo alguno en su Maestro, y no querían recibirlo como Mesías; tenemos que recordar que ellos no veían boato ni pompa alguna en torno de nuestro Señor, nada de coronas, nada de ejército, nada de dominio terrenal–nada, sino un hombre pobre, que muchas veces no tenia ni en donde reclinar la cabeza. Y no obstante, fue entonces, y bajo tales circunstancias que Pedro expresó abiertamente su creencia de que Jesús era el Cristo de Dios ¡Grande fue, á la verdad, esta fe! Sin duda que tenía su mezcla de errores é imperfecciones; más, con todo, era una fe singular. El que la profesó era un hombre notable y mucho más adelantado que los de su siglo.

Debiéramos orar frecuentemente para que Dios se dignase crear más cristianos del carácter del apóstol Pedro. Errado, frágil é ignorante de su propio corazón como se mostró algunas veces, ese buen apóstol fue en algunos aspectos muy singular. Tuvo amor a Cristo, y fe, y celo, en un tiempo en que casi todo Israel era incrédulo é indiferente. Necesitamos más hombres de esa clase. Necesitamos hombres que no tengan miedo de verse solos, y de seguir á Cristo cuando la muchedumbre está contra El. Hombres como Pedro, pueden errar gravemente algunas veces, pero en el curso de la vida harán mayor bien que ningunos otros. La erudición es sin duda una cosa excelente, pero erudición sin celo y fervor nunca hará mucho por el mundo.

En tercer lugar, notemos en este pasaje la predicción que hizo nuestro Señor respecto á su cercana muerte. El dijo: « Es menester que el Hijo del hombre padezca muchas cosas, y sea desechado de los ancianos y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, sea muerto, y resucite al tercer día.» Estas palabras parecen sencillas y de poca significación, mas en el fondo de ellas hay dos verdades que se deben recordar cuidadosamente.

Por una parte, la predicción de nuestro Señor nos hace ver que Su muerte en la cruz fue un acto enteramente espontáneo. No fue entregado á Pilato y crucificado porque no pudiera evitarlo, ó porque no tuviera poder para destruir á sus enemigos. Su muerte fue el resultado de los eternos consejos de la bendita Trinidad. El había tomado á Su cargo padecer por el pecado del hombre, el Justo por los injustos, para que pudiera encaminarnos hacia Dios. Se había ofrecido á tomar sobre sí nuestros pecados como Sustituto, y los llevó voluntariamente en el madero del martirio. El tenía el Calvario y la cruz delante de sí cuando iba de pueblo en pueblo predicando el Evangelio; y se sometió deliberada y voluntariamente á la muerte ignominiosa á fin de pagar nuestra deuda con su propia sangre. Su muerte no fue la del hombre débil que no puede escapar; sino la muerte de un Ser que era «verdadero Dios de verdadero Dios,» y se había sometido á ser castigado en nuestro lugar.

Por otra parte, la predicción de nuestro Señor nos enseña los malos efectos de la preocupación que domina la mente de los hombres. Claras y sencillas como Sus palabras nos parecen ahora, sus discípulos no las comprendieron. Fue como si no oyesen. No podían comprender que el Mesías había de «ser muerto.» No podían aceptar la doctrina de que era necesario que su Maestro muriese. Y por esto, cuando su muerte tuvo lugar, se aterraron y confundieron. Aunque Jesús con frecuencia les había hablado de ella, nunca imaginaron que se verificase. Vigilemos y oremos contra la preocupación que ha extraviado lastimosamente á muchas personas celosas, y las ha llenado de dolor. Guardémonos de que tradiciones, ideas anticuadas, interpretaciones heterodoxas, y teorías infundadas en materia de religión, se arraiguen en nuestros corazones. No hay más que una piedra de toque para conocer la verdad: « ¿Qué dice la Escritura?» Ante ésta, calle toda preocupación.

Lucas 9:23-27

Estas palabras de nuestro Señor Jesucristo contienen tres grandes lecciones para uso de todos los cristianos. Son aplicables á personas de todas clases y condiciones, sin excepción alguna, y en todos los siglos y épocas, y á las diversas ramas de la iglesia visible.

Se nos enseña, primeramente, la necesidad absoluta de la abnegación cotidiana. Debemos «crucificar la carne « cada día, para vencer el mundo y resistir al demonio; debemos dominar nuestro cuerpo y obligarlo á que esté sumiso; debemos estar en guardia, a la manera de soldados en campaña; debemos luchar cada día y mantener una guerra sin tregua. El precepto de nuestro Maestro es claro y sencillo: « Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día, y sígame..

Ahora bien, ¿hemos practicado este precepto? Esta es una pregunta que nos conviene hacer. El ir á la iglesia por costumbre no puede ser el Cristianismo de que habla Jesús en este versículo. ¿Dónde está nuestra abnegación? ¿Cargamos con la cruz cada día? ¿Seguimos á Cristo? Sin una religión de esta naturaleza no nos salvaremos jamás. Á un Salvador crucificado nunca le agradarán gentes que tengan apego al mundo y que busquen solo la satisfacción de sus pasiones. ¡Sin abnegación no hay gracia! ¡Sin cruz do hay corona! «Los que son de Cristo,» dice S. Pablo, «ya crucificaron la carne con sus afectos y concupiscencias.» Gal_5:24 «Cualquiera que quisiere salvar su vida,» dice el Señor Jesús, «la perderá; y cualquiera que perdiere su vida por causa de mí, éste la salvará..

Las palabras del Señor, contenidas en este lugar, nos enseñan cuan inestimable es el valor del alma. La siguiente pregunta admite una sola respuesta: «¿Qué aprovecha al hombre si granjeare á todo el mundo, y se pierda él á sí mismo, ó corra peligro de sí?.

La posesión de todo el mundo, y todo cuanto contiene, nunca puede hacer dichoso á ningún hombre. Los placeres que el mundo ofrece son falsos y engañosos. Sus riquezas, dignidades y honores no pueden satisfacer el corazón. Mientras que no los hemos obtenido brillan, relucen, y parecen apetecibles: al momento, que los poseemos descubrimos que son un engaño y que no pueden hacernos felices. Y, lo peor de todo es, que cuando poseemos loa bienes de este mundo hasta la saciedad, no podemos retenerlos: la muerte sobreviene luego y para siempre nos separa de todas nuestras posesiones. Desnudos vinimos á la tierra, y desnudos salimos de ella, y de todos nuestros haberes no podemos llevar cosa alguna ¡Tal es el mundo, que absorbe toda la atención de millares de hombres! Tal es el mundo por amor al cual tantos están perjudicando sus almas cada año. La pérdida del alma es lo más grave que puede sobrevenir al hombre. La peor y más penosa enfermedad; la más calamitosa bancarrota de fortuna, el más desastroso naufragio, son desgracias insignificantes comparadas con la pérdida de un alma. Todas las demás pérdidas son llevaderas, ó duran corto tiempo, pero la pérdida del alma es para siempre, el perder á Dios, y á Cristo, y el cielo, y la gloria, y la felicidad por toda la eternidad. Es ser arrojado al infierno y quedar allí para siempre, sin consuelo y sin auxilio.

¿Qué estamos haciendo nosotros? ¿Estamos causando la ruina de nuestras propias almas? Por medio de la negligencia y pecados manifiestos, por pura indiferencia é indolencia, ó por deliberada contravención de la ley de Dios, ¿estamos acaso causando nuestra propia destrucción? Estas preguntas exigen respuesta. Lo que sucede con muchos cristianos es simplemente esto: que están pecando todos los días contra el sexto mandamiento. ¡Están cometiendo suicidio espiritual! Finalmente, las palabras de nuestro Señor nos enseñan cuan culpable y peligroso es avergonzarse de Cristo y de Sus palabras. «El que se avergonzare de mí y de mis palabras, de este tal el Hijo del hombre se avergonzará cuando vendrá en su gloria, y del Padre, y de los santos ángeles..

Hay varios modos de avergonzarse de Cristo. Somos culpables de ello, siempre que tememos que los hombres conozcan que amamos Sus doctrinas, Sus preceptos, Su pueblo, y Sus estatutos. Somos culpables siempre que dejamos que el temor de los demás nos amilane y nos impida dar á conocer nuestro credo religioso. Siempre que procedamos de este modo, negamos á nuestro Maestro, y cometemos un pecado grave.

El pecado de avergonzarse de Cristo es muy grande. Es prueba de incredulidad: demuestra que tenemos en más la alabanza de los hombres á quienes podemos ver, que la de Dios á quien no podemos ver. Es prueba de ingratitud; pues demuestra que tememos confesar delante de los hombres á Aquel que no se avergonzó de morir por nosotros en la cruz. Infelices son, á la verdad, los que se entregan á este pecado. En este mundo son siempre desdichados; la mala conciencia les roba la paz. En el otro mundo no pueden esperar consuelo. En el DIA del juicio serán alejados de Cristo eternamente, si no lo confesaren sobre la tierra.

Hagamos firme resolución de no avergonzarnos nunca de Cristo, el pecado y de la vanidad mundana, podemos avergonzarnos con razón. De Cristo y de su causa, no tenemos razón absolutamente para avergonzarnos. El valor en servir á Cristo acarrea siempre, recompensa. El cristiano más valiente es siempre el más feliz.

Lucas 9:28-36

El suceso descrito en estos versículos, comúnmente llamado «la transfiguración « es uno de los más notables en la historia de la vida terrenal de nuestro Señor. Es uno de aquellos pasajes qua debemos leer siempre con peculiar gratitud; descorre parte del velo que está extendido sobre el otro mundo, y aclara algunas verdades muy profundas de nuestra religión.

En primer lugar, este pasaje nos descubre algo de la gloria que acompañará á Cristo cuando venga al mundo por segunda vez. Nos dice que «la apariencia de su rostro cambió, y su vestido se puso blanco y resplandeciente,» y que los discípulos que estaban con él «vieron su gloria..

No tenemos porque dudar que en esta visión maravillosa se tuviera por objeto animar y fortalecer á los discípulos de nuestro Señor. Acababan de oír hablar de la cruz y la pasión, y de la abnegación, y los padecimientos á que debían someterse si querían salvarse; esta vez fueron alentados con la vislumbre de la «gloria que se seguirían›› y de la recompensa que recibirían algún día todos los siervos fieles á su Maestro. Habían entrevisto la hora de la humillación de su Maestro; esta vez contemplaron por unos pocos minutos una manifestación de su poder futuro.

Animémonos con el pensamiento de que hay bienes en gran abundancia reservados para todos los verdaderos cristianos, que recompensarán ampliamente las aflicciones de esta vida. Ahora es tiempo de llevar la cruz y de participar de la humillación de nuestro Salvador. La corona, el reino, la gloria, están aún por venir. Cristo y su pueblo se hallan ahora, como David en la cueva de Odollan, menospreciados y desdeñados del mundo. No rodea ni el esplendor ni la opulencia. Mas ya se acerca de la hora, y pronto ha de llegar, en que Cristo se posesione de su gran poder y reino, y ponga á todos sus enemigos debajo de sus pies. Y entonces la gloria que fue vista primero unos pocos minutos por tres testigos, en el Monte de la Transfiguración, será vista por todo el mundo, y nunca jamás se ocultará.

En segundo lugar, este pasaje nos enseña que todos los verdaderos creyentes que han partido de este mundo están en salvo. Se nos dice que cuando nuestro Señor apareció en gloria, Moisés y Elías fueron vistos con él de pié y hablando. Moisés había muerto hacia cerca de mil quinientos años; Elías había sido arrebatado de la tierra por un torbellino hacia mas de novecientos años; empero estos santos varones fueron vistos vivos en el Monte de la Transfiguración, ¡y no solamente vivos sino en gloria! Consolémonos con el pensamiento glorioso, de que hay una resurrección y una vida venidera. Todo no se acaba cuando exhalamos el último suspiro. Está otro mundo más allá de la sepultura. Y, sobre todo, consolémonos con saber que entre tanto que llega el día, y empieza la resurrección, el pueblo de Dios está con Cristo exento de todo peligro. Sin duda, su estado actual es para nosotros un profundo misterio. ¿En dónde queda el lugar de su residencia? ¿Qué conocimiento tiene de las cosas de la tierra? Estas son preguntas que no podemos responder. Pero bástenos saber que Jesús cuida de él, y lo traerá consigo el último día. El puso á Moisés y á Elías á vista de sus discípulos en el Monte de la Transfiguración, y expondrá á la nuestra á todos los que han muerto en la fe, cuando venga la segunda vez- Nuestros hermanos en Cristo están bien cuidados. No los hemos perdido; nos han precedido.

En tercer lugar, este pasaje nos enseña que los santos del Antiguo Testamento, que están en la gloria, toman intenso interés en la muerte expiatoria de Cristo.

Cuando Moisés y Elías se aparecieron en gloria á nuestro Señor en el Monte de la Transfiguración, hablaron con El; y ¿cuál era el asunto de su conversación? No tenemos que formar conjeturas ó hacer suposiciones acerca de esto. S. Lucas nos dice «que hablaron de su salida, la cual había de cumplir en Jerusalén.» Ellos sabían el objeto de esa muerte, y preveían sus resultados; por eso «hablaban» acerca de ella.

Es error grave suponer que los santos del Antiguo Testamento no sabían nada tocante al sacrificio que Cristo iba á consumar por el pecado del mundo. Sus conocimientos, indudablemente, no eran tan claros como los nuestros. Ellos veían muy remota é indistintamente las cosas que nosotros vemos como si estuviesen á la mano. Pero no hay la prueba mas ligera de que algún santo del Antiguo Testamento confiara jamás en otra satisfacción por el pecado, sino en la que Dios prometió dar en la persona del Mesías. Desde Abel toda la serie ulterior de los antiguos creyentes tenían fe en un sacrificio prometido, y en una sangre de poderosa eficacia que aún estaba por ser revelada. Desde el principio del mundo nunca ha habido sino un centro de esperanza y paz para los pecadores: la muerte del poderoso Mediador entre Dios y el hombre. Esta es la verdad fundamental de toda religión revelada. Fue el asunto de que hablaron Moisés y Elías cuando se les vio aparecer en gloria.

Cuidemos de que esta muerte de Cristo sea la base de toda nuestra confianza. Ninguna otra cosa puede darnos consuelo en la hora de la muerte y en el día del juicio. Todas nuestras obras son defectuosas é imperfectas. Nuestros pecados son más numerosos que los cabellos de nuestra cabeza. Psa_40:15. La muerte que sufrió Cristo por nuestros pecados, y su resurrección para nuestra justificación, deben ser nuestra única defensa, si deseamos salvarnos. ¡Feliz el que ha aprendido á no de confiar en sus obras, y á, no gloriarse en ninguna otra cosa que en la cruz de Cristo! Si los santos que están en la gloria creen de tal importancia la muerte de Cristo, que necesariamente han de hablar de ella, ¡cuanto más obligados a Hacerlo no están los pecadores en la tierra! Finalmente, el pasaje nos enseña la inmensa superioridad de i respecto de todos los demás maestros que Dios ha dado al hombre. Se nos dice que cuando Pedro, «no sabiendo lo que se decía,» propuso hacer tres pabellones en el monte, uno para Jesús, otro para Moisés, y otro para Elías, como si los tres merecieran igual honor, la propuesta fue censurada al instante de un modo muy notable: Vino una voz de la nube, que decía: «Este es mi Hijo amado, á él oíd» Esta voz fue la voz de Dios el Padre, expresando tanto censura, como instrucción. Esta voz proclamaba á los oídos de Pedro, que sin embargo de lo grande que fueran Moisés y Elías, tenía delante de él un Ser mucho más grande que ellos. Ellos eran meras criaturas: él era el Hijo del Rey. Ellos no eran sino estrellas, él era el Sol. Ellos no eran sino testigos: él era la Verdad. Que resuenen siempre en nuestros oídos esas solemnes palabras Padre, y sean, por decirlo así, la nota fundamental de nuestra religión. Honremos á los ministros por amor á su Maestro: sigámoslos mientras siguen á Cristo; pero que nuestro cuidado principal sea oír la voz de Cristo, y seguirle adonde quiera que vaya. Hablen algunos, si quieren, de la voz de la iglesia. Conténtense otros con decir, «Yo oigo á este predicador, ó á ese clérigo.» Nunca estemos satisfechos, á menos que el Espíritu afirme en nuestro interior, que oímos al mismo Cristo, y que ellos son Sus discípulos.

Lucas 9:37-45

El acontecimiento descrito en estos versículos tuvo lugar inmediatamente después de la transfiguración. El Señor, preciso es notarlo, no permaneció mucho tiempo en el Monte de los Olivos. Su conversación con Moisés y Elías fue muy corta. Volvió pronto á la ocupación acostumbrada de hacer bien á un mundo afligido por el pecado. Durante su vida sobre la tierra, recibir honor y tener visiones de gloria eran acontecimientos excepcionales: servir á otros, curar á todos los que estaban oprimidos por el demonio y hacer obras de misericordia á los pecadores, era lo regular. Felices aquellos cristianos que han aprendido de Jesús á vivir para bien de otros más que para sí mismos, y comprenden que «más bienaventurado es dar que recibir.» Act_20:35.

Vemos primero, en estos versículos, un ejemplo de lo que un padre debe hacer cuando esté atribulado respecto de sus hijos. Se nos habla de un varón que se hallaba sumamente afligido por causa de su único hijo. Estaba este poseído de un espíritu inmundo, y era cruelmente atormentado tanto en el cuerpo como en el alma. En tal angustia el padre acude á nuestro Señor Jesucristo por alivio: «Maestro,» le dice, «ruegote que veas á mi hijo, el único que tengo..

Existen el día de hoy muchos padres cristianos que se hallan exactamente tan atribulados respecto de sus hijos como el hombre á que se refiere este pasaje.

El hijo que fue en otro tempo el «encanto de sus ojos,» y a quien sus vidas estaban estrechamente ligadas, .se vuelve pródigo y libertino, y se asocia con pecadores. La hija que fue en otro tiempo el orgullo de la familia, y á quien llamaban «el consuelo de su vejez,» se vuelve desobediente y apegado á las cosas mundanas, y ama los placeres más que á Dios. Ellos están casi á punto de morir de pesar. Un acero les penetra el corazón. Parece como si el demonio triunfase de ellos, y les robase sus joyas predilectas. Están apunto de exclamar: «Descenderemos llorando á la sepultura. ¿Qué bien puede ser para nosotros la vida?» Y ¿qué deben hacer un padre ó una madre en semejante trance? Deben postrarse de rodillas ante Jesús, y rogarle que bendiga á su hijo. Deben exponer minuciosamente ante ese Salvador compasivo todos sus pesares, y rogarle que los favorezca. ¡Grande es el poder de la oración é intercesión! El que ora con frecuencia y con fervor rara vez será abandonado. El tiempo que Dios señalo para la conversión puede no ser el que nosotros creamos oportuno. El puede juzgar conveniente probar nuestra fe, haciéndonos esperar mucho tiempo para desesperar.

Estos versículos nos presentan, en segundo lugar, un ejemplo que demuestra cuan inclinado está Cristo a compadecerse de los jóvenes. Se nos dice que la súplica del padre fue concedida. Jesús le dijo: «Trae tú hijo acá.» Y entonces «riñó al espíritu inmundo, y sanó al muchacho, y le volvió á su padre.» Muchos casos semejantes se encuentran referidos en los Evangelios. La hija de Jairo, el hijo del noble de Capernaum, la hija de la mujer Cananea, el hijo de la viuda de Naín: todos son ejemplos del interés que nuestro Señor muestra por los jóvenes. Y á estos precisamente el demonio se empeña en cautivar y hacerlos suyos.

Hechos como estos no se registran en la historia sin un objeto especial. Es para alentar á todos los que trabajan en bien de las almas de los jóvenes. Es para recordarnos que los jóvenes ocupan de una manera especial la atención de Cristo. Es para suministrarnos un fuerte argumento contra la idea harto generalizada de que es inútil hablar encarecidamente sobre religión á los jóvenes. Es preciso tener presente que tal idea viene del demonio, y no de Cristo.

Aquel que lanzó al espíritu inmundo del mancebo que menciona este pasaje, vive aun, y es todavía poderoso para salvar, continuemos pues trabajando, y tratemos de hacer bien á los jóvenes. No importa lo que piense el mundo: Cristo está complacido.

Finalmente, estos versículos nos presentan un ejemplo que demuestra que la ignorancia espiritual puede albergarse hasta en la mente de hombres buenos.

Nuestro Señor dijo á Sus discípulos: « él Hijo del hombre será entregado en manos de hombres.»Ellos habían oído lo mismo de boca de él hacia algo más de una semana. Y hora, como entonces, esas palabras les parecían incomprensibles; No podían fijar en la mente como una realidad el hecho de que su Maestro había de morir. No podían persuadirse á aceptar la gran verdad de que Cristo había de ser inmolado antes de que hubiese de reinar, y que esta inmolación había de verificarse en la cruz. Escrito está: «Ellos no entendían esta palabra..

Tal falta de inteligencia puede sorprendernos mucho en este del período del mundo. Tenemos propensión á olvidar el influjo de los hábitos adquiridos en una edad tierna, y las preocupaciones nacionales en medio de las cuales los discípulos habían sido educados. «El trono de David,» dice un eminente teólogo, «ocupaba tanto sus ojos que no podían ver la cruz.» Aun más, olvidamos la enorme diferencia entre las ventajas que disfrutamos los que conocemos la historia de la crucifixión y las Escrituras que ella cumplió, y las del judío creyente que vivió antes que Cristo muriese, y antes de que el velo del templo se rasgase en dos de arriba á abajo. Mas sea de esto lo que fuere, la ignorancia de los discípulos nos enseña dos lecciones, que haremos bien en no descuidar.

En primer lugar, nos enseña que puede suceder que un hombre comprenda solo superficialmente las cosas espirituales, y que sin embargo sea un verdadero hijo de Dios. El entendimiento puede ser obtuso en tanto que el corazón es recto. La gracia es mucho mejor que los dones naturales, y la fe que el saber. Si un hombre tiene fe y gracia bastante para renunciarlo todo por amor de Cristo, y cargar con la cruz y seguirle, ese hombre será salvo á pesar de su mucha ignorancia. Cristo lo reconocerá el último día.

Finalmente, aprendamos á tolerar la ignorancia de otros, y á tratar con paciencia á los recién convertidos. No reputemos á los hombres como trasgresores por una palabra que digan. No señalemos á nuestro hermano como si no tuviera gracia espiritual por que no dé pruebas de que posee claros conocimientos.

¿Tiene fe en Cristo? ¿Ama á Cristo? Si Jesús pudo tolerar tanta flaqueza en sus discípulos, toleremos nosotros también.

Lucas 9:46-50

Estos versículos contienen admoniciones muy importantes, respecto de dos males muy comunes en la iglesia de Cristo. El que las hizo sabía bien lo que pasa en el corazón del hombre. ¡Bueno sido que la iglesia de Cristo hubiera dado más atención á las palabras de su Fundador! En primer lugar, el Señor nos previene contra el orgullo y la presunción. Se nos dice que «entraron en disputa (los discípulos) cuál de ellos seria el mayor.» Extraordinario como puede parecer, pequeña junta de pescadores y publícanos no estaba exenta del egoísmo y de la ambición. Llenos de la falsa idea de que el reino de nuestro Señor había de venir inmediatamente, estaban prontos á disputar acerca del lugar y de la posición que en él ocuparían. Cada uno creía que su petición era la más justa. Cada uno creía que sus propios merecimientos y sus propias prerrogativas no podían dudarse. Cada uno creía que cualquiera que fuese el puesto que se asignase á sus hermanos, el principal debía asignársele á él. Y todo esto acontecía cuando estaban en compañía del mismo Cristo, y bajo la luz meridiana de Su enseñanza. ¡Tal es el corazón del hombre! Hay algo sumamente instructivo en este hecho. Debe penetrar profundamente en el corazón de todo lector cristiano. De todos los pecados no hay ninguno contra el cual tenemos tanta necesidad de vigilar y orar, como el del orgullo. Es «pestilencia que anda oscuridad y mortandad que destruye al mediodía.» Ningún pecado está tan profundamente arraigado en nuestro corazón, y sus raíces nunca se secan completamente: en cualquiera oportunidad reviven y muestran un vigor pernicioso. Ningún pecado es tan engañoso y falaz: á veces se reviste del traje de la misma humildad. Puede albergarse en el corazón del ignorante, del destituido de talento, y del pobre, lo mismo que en el pecho del grande, del erudito y del rico. Es un dicho harto extraño y familiar, pero también muy verdadero, que ningún papa ha recibido jamás tantos honores como el papa que se denomina el «Yo.» Que una de nuestras súplicas diarias sea que Dios nos conceda humildad y sencillez infantil. De todas las criaturas ninguna tiene poca razón para tener orgullo como el hombre, y de todos los hombres ninguno debe ser tan humilde como el cristiano. ¿Confesamos ser «miserables pecadores,» deudores de gracia y misericordia cada día? ¿Somos discípulos de Jesús, que «era manso y humilde de corazón,» y «se despojó á sí mismo» por amor nuestro? Entonces que nos anime el mismo espíritu que animó á Cristo Jesús. Desechemos todo pensamiento altivo y toda presunción. En humildad de corazón, estimemos á los demás más que á nosotros mismos.

Estemos dispuestos, en todas ocasiones, á ocupar el lugar mas humilde, y hagamos que las palabras de nuestro Señor resuenen continuamente en nuestros oídos: «El que fuere el menor entre todos vosotros, este será el grande.

Nuestro Señor Jesucristo nos previene, en segundo lugar, contra el fanatismo y la preocupación. En este, lo mismo que en los versículos precedentes, provoca la admonición la conducta de sus discípulos. Juan le dijo: «Maestro, hemos visto á uno que echaba fuera demonios en tu nombre, y se lo vedamos porque no te sigue con nosotros.» Quién era este hombre, y porqué no se asociaba con los discípulos, lo ignoramos; pero sí sabemos quo estaba haciendo una obra buena en lanzar los demonios, y que lo hacia en el nombre de Cristo. Y sin embargo Juan dice: « Se lo vedamos.» Muy notable es la respuesta que al instante le dio nuestro Señor: «No se lo vedéis, porque el que no es contra nosotros, por nosotros es..

La conducta de Juan y de los otros discípulos en esta ocasión es una prueba de la identidad de la naturaleza humana en todos los siglos. Millares de hombres, en todos los períodos de la historia de la iglesia, han pasado su vida imitando á Juan. Se han empeñado en impedir que haga cosa alguna por la causa de Dios al que no obre ó piense como ellos; se han imaginado, en su ruin vanidad, que ninguno puede ser soldado de Cristo, á menos que vista el uniforme de ellos y lidie bajo el mismo estandarte; y señalando con el dedo, han gritado á todo cristiano que no ve todo del mismo color que ellos lo ven: ¡Vedádselo! ¡Vedádselo! porque no nos sigue..

La solemne observación que hizo nuestro Señor Jesucristo exige nuestra atención especial él no emitió su opinión concerniente á la conducta del hombre de quien Juan habló. Ni lo alabó ni lo censuró por obrar de un modo independiente, y por no trabajar con Sus discípulos. Solo dijo que no debía prohibírsele, y que los que emprendiesen la misma obra que ellos habían emprendido debían ser mirados como aliados no como enemigos. «El que no es contra nosotros por nosotros es..

El principio establecido en este pasaje es de grande importancia. Comprenderlo bien nos será útil en la época presente. Las divisiones y las diferencias de opinión que existen entre los cristianos son, sin duda, muy grandes. Los cismas y las disidencias que continuamente están acaeciendo respecto del gobierno de la iglesia, los modos de celebrar el culto, causan mucha zozobra á las conciencias timoratas. ¿Aprobaremos esas divisiones? No podemos hacerlo. La unión es la fuerza. La desunión de los cristianos es causa de que el progreso del Cristianismo sea tan lento, ¿Denunciaremos y expondremos á la reprobación pública á todos los que no convienen en obrar de acuerdo con nosotros, ó en oponerse á Satanás á nuestro modo? Es inútil el hacerlo. Las palabras injuriosas jamás han creado la unanimidad. Nunca se ha dado la unión por medio de la fuerza. Entonces ¿qué debemos hacer? Debemos dejar en paz á los que no están de acuerdo con otros, y aguardar tranquilamente hasta el día en que Dios juzgue conveniente reconciliarnos. Sea lo que fuere que pensemos de nuestros desacuerdos, no debemos olvidar las palabras de nuestro Señor: «No se lo vedéis..

La verdad es, que todos estamos demasiado inclinados á decir: nosotros somos el pueblo y con nosotros morirá la sabiduría.» Job_12:2. Olvidamos que ninguna iglesia en la tierra tiene monopolio absoluto de toda la sabiduría, y que muchas personas pueden acertar en lo esencial, sin convenir con nosotros.

Debemos contentarnos si se ataca el pecado, y se predica el Evangelio, y se destruye el reino del demonio, aunque todo esto no se haga exactamente del modo que es de nuestro agrado. Debemos creer que los hombres pueden ser discípulos sinceros de Jesucristo, y que obstante por discretas razones pueden tener en materias religiosas distintas opiniones de las que nosotros tenemos. Sobre todo, debemos alabar á Dios si las almas son convertidas, y Cristo exaltado–no importa quien sea el predicador, ni á cuál iglesia pertenezca. Felices los que pueden decir con Pablo: «Cristo es anunciado; y en esto me huelgo, y aun me holgaré.» Filip. 1:18. Y como Moisés, « ¿Tienes tú celo por mí? ¡Ojalá que todas las gentes del Señor fuesen profetas, y que todas profetizaran!» Num, 11:29.

Lucas 9:51-56

Observemos en estos versículos con cuan firme determinación, nuestro Señor Jesucristo contemplaba su pasión y muerte. Se nos dice que «como se cumplió el tiempo en que había de ser recibido afirmó su rostro para ir á Jerusalén.» El sabia muy bien que suerte le esperaba allí: la traición, el juicio injusto, la mofa, la corona de espinas, los clavos, la lanza, la agonía en la cruz -todo, todo sin duda se presentaba ante sus ojos como un cuadro. Mas nunca, ni por un instante retrocedió ante la obra que había emprendido. El se había propuesto firmemente pagar el precio de nuestra redención, y hasta descender al frió sepulcro para nuestro rescate. El estaba lleno de tierno amor hacia los pecadores; y era el deseo de su alma conseguirles la salvación; por lo cual, «habiéndole sido propuesto gozo, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza.» Heb_12:2. Alabemos para siempre á Dios por habernos dado un Salvador misericordioso; y acordémonos, que así como éste se prestó a padecer, así también se presta á salvar. El que viene á Cristo con fe no tiene porqué dudar de la buena voluntad de Cristo para recibirle. El mero hecho que el hijo de Dios vino voluntariamente al mundo á morir, y que padeció voluntariamente, debe disipar enteramente semejantes dudas. Toda la falta de voluntad está de parte del hombre, no de Cristo. Consiste en la ignorancia, en el orgullo, en la carencia de fe, en el poco ánimo de aquel.

Esforcémonos y oremos para que nos mueva el mismo ánimo que movió á nuestro bendito Maestro. Como él, estemos prontos á ir cualquiera parte y hacer cualquiera cosa, cuando la senda del deber nos esté claramente marcada y cuando se oiga la voz de Dios. No cejemos ante ningunas dificultades y bebamos pacientemente el amargo cáliz cuando venga de mano del Padre.

En segundo lugar, notemos en estos versículos la conducta extraordinaria de dos de los apóstoles, Santiago y Juan. Cierta ciudad de samaritanos rehusó dar hospitalidad, á nuestro Señor: «Mas no lo recibieron; porque su rostro era de hombre que iba á Jerusalén.» Entonces estos apóstoles hicieron la extraña pregunta: «Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma, como también hizo Elías?.

Ellos ciertamente tuvieron celo, y celo de la mejor clase– ¡celo por el honor de Cristo! Tuvieron un celo justificado y apoyado en un ejemplo de la Escritura, y ese ejemplo ¡nada menos que del profeta Elías! Pero no fue un celo discreto. Los dos discípulos, en su acaloramiento, olvidaron que «las circunstancias alteran los casos,» y que la misma acción que es buena y justificable en uní ocasión, puede ser mala é injustificable en otra. Olvidaron que los castigos deben ser siempre en proporción á las ofensas, y que el destruir toda una ciudad de gente ignorante, por un mero acto de descortesía, habría sido tan injusto como cruel. En resumen, la propuesta de Santiago y de Juan fue inconsiderada y temeraria. La intención pudo ser buena, pero en hablar así los apóstoles cometieron un grave error. Hechos como este se registran en los Evangelios para nuestra instrucción. Cuidemos de notarlos y atesorarlos cuidadosamente en nuestra mente. Es posible tener mucho celo por Cristo, y al mismo tiempo, darlo á conocer por los medios más impíos y anticristianos.

Es posible pensar bien y tenor buenas intenciones, y sin embargo cometer los errores más enormes. Es posible figurarnos que tenemos la Escritura de nuestra parte, y sostener nuestro proceder con citas bíblicas, y no obstante cometer graves equivocaciones. Es tan claro como la luz del día, según este y otros casos referidos en la Biblia, que no basta sur celoso y bien intencionado. En faltas muy graves se incurre frecuentemente con buenas intenciones. Ningunos, quizás han causado tantos males á la iglesia como los ignorantes bien intencionados.

Debemos procurar ser tan discretos como celosos. El celo sin prudencia es un ejército sin general, una nave sin timón. Debemos pedir á Dios que nos dé sabiduría para aplicar bien la Escritura. La palabra es sin duda «antorcha para nuestros pies, y luz para nuestra senda;» pero preciso es que hagamos buen uso do ella y la apliquemos correctamente.

Finalmente, observemos en estos versículos qué protesta tan solemne hace nuestro Señor contra toda persecución que se fomente á nombre de la religión.

Cuando Santiago y Juan hicieron la extraña propuesta que queda mencionada, Jesús, vuelto hacia ellos, los reprendió, y dijo: «Vosotros no sabéis de que espíritu sois: porque el Hijo del hombre no ha venido para perder las vidas de los hombres, sino para salvarlas.» Groseros como los Samaritanos habían sido, su conducta no debía ser castigada con la violencia. La misión del Hijo del hombre era hacer bien, siempre que los hombres lo recibieran, no hacer daño. Su reino había de extenderse por medio de la perseverancia en hacer bien, y por medio de la mansedumbre y docilidad en el sufrir: jamás por medio del rigor y de la violencia. Ningunas palabras de nuestro Señor han sido quizás tan totalmente desdeñadas por la iglesia de Cristo, como esas de que nos ocupamos.

Nada puede imaginarse más contrario á la voluntad de Cristo como las guerras religiosas y las persecuciones que manchan los anales de la historia eclesiástica. Millares y decenas de millares han sido quemados, ó fusilados, ó ahorcados, ó ahogados, ó decapitados en nombre del Evangelio, ¡y los que les han quitado la vida han creído realmente servir á Dios! Solo han dado á conocer de una manera lastimosa que ignoran el espíritu del Evangelio, y de la voluntad de Cristo.

Sea, pues, uno de los principios mas fijos que nos guíen en la vida que cualesquiera que sean los errores de nuestros semejantes en materias de religión, nunca debemos perseguirlos. Discutamos, razonemos con ellos si fuere necesario, y procuremos señalarles el camino recto; pero nunca hagamos uso de la fuerza para promover la difusión de la verdad. No nos prestemos jamás á perseguir á nadie, directa ó indirectamente, bajo pretexto de trabajar por la gloria de Cristo y bien de la iglesia. Antes bien, acordémonos, la religión que algunos profesen, por temor á la muerte, ó por miedo del castigo, no vale nada absolutamente, y que si aumentamos nuestras filas, por medio de la amenaza, no ganamos realmente fuerza ninguna. «Las armas de nuestra milicia,» dice S.

Pablo, ‹no son carnales.» 2Co_10:4. Es á la conciencia y al juicio de los hombres que debemos apelar. Nuestros argumentos no han de ser la espada, ó el fuego, ó la prisión, sino las doctrinas, y los preceptos, y los textos. «Un voluntario vale por diez hombres que apelen contra sus convicciones..

Lucas 9:57-62

Este pasaje es muy notable: contiene tres cortos dichos de solemnidad peculiar, dirigidos por nuestro Señor Jesucristo á tres personas diferentes. Nada sabemos del nombre de estas personas. Nada sabemos del efecto que las palabras de nuestro Señor produjeron en ellas. Más no debemos dudar que cada dicho fue dirigido de modo que se adaptase al carácter de cada una de las tres personas, y estemos seguros que el pasaje tiene por objeto principal excitar en nosotros el examen de nuestros corazones. El primero de estos dichos fue dirigido á un hombre que se ofreció como discípulo espontáneamente y sin condición alguna. «Señor,» dijo este, «yo te seguiré donde quiera que fueres.» Esta oferta parecía buena. Al parecer revelaba mejores sentimientos que los de otros muchos hombres. Millares de personas oyeron los sermones de nuestro Señor y nunca pensaron en decir lo que ese hombre dijo. Empero el que hizo esa oferta habló evidentemente sin reflexión. Jamás había considerado cuales eran los deberes del discípulo. No había «calculado el costo;» y por esto necesitaba la grave respuesta que se le dio: «Las zorras tienen cuevas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar su cabeza.» Debía meditar bien lo que iba á emprender. No debía suponer que el servicio de Cristo iba á presentarla otra cosa tan solo placeres y un camino sembrado de rosas. ¿Estaba dispuesto para esto? ¿Estaba preparado á «sufrir el mal?» 2Ti_2:3. Si no, le era mejor abandonar la idea de hacerse discípulo.

Las palabras de nuestro Señor nos manifiestan que él quiere que todos los que profesan el Cristianismo y se llaman cristianos tengan presente que les es menester tomar la cruz; y que cuenten con ser despreciados, y afligidos, y atormentados como su Maestro. El no quiere que ninguno entre en sus filas por falsos é indignos motivos. Es su deseo que se comprenda claramente que tenemos que luchar, y sufrir, y padecer, y trabajar mucho si nos proponemos seguirle. El está pronto á darnos la salvación, «sin dinero y sin precio.» Gracia durante el camino, y gloria al fin serán dadas á todo pecador que viene á él.

Mas él no quiere que ignoremos que hemos de tener enemigos mortales–el mundo, la carne, y el demonio; y que muchos nos aborrecerán, nos calumniarán, y nos perseguirán si nos hacemos Sus discípulos. No es Su ánimo desanimarnos, pero sí que sepamos la verdad.

Bueno habría sido para la iglesia si la admonición de nuestro Señor hubiera sido meditada con más frecuencia. Muchos principian la vida religiosa, llenos de ardor y celo, y pronto pierden su primer amor, y vuelven otra vez al mundo. Les gusta el uniforme nuevo, y la remuneración, y el nombre de soldado cristiano. Nunca piensan en la vigilancia, y las batallas, y las heridas, y los conflictos, y todo lo que el soldado cristiano tiene que sufrir. No olvidemos jamás esta lección. No debe impedirnos que empecemos a servir á Cristo, pero debe hacernos cautos y humildes, é impulsarnos á implorar la gracia divina. Si no estamos dispuestos á tomar parte en las tribulaciones que sobrevienen al hombre por amor do Cristo, no debemos esperar tener parte alguna en la gloria celestial.

El segundo dicho de nuestro Señor fue dirigido a un hombre a quien él invitó que lo siguiese. La respuesta que le dio es muy notable: «Señor,» dijo el hombre, « déjame que primero vaya y entierro á mi padre.» Esta petición en sí misma era inocente›; mas, en aquella hora, era inoportuna. Asuntos de mucha más importancia que los funerales de un padre, exigían la atención inmediata del hombre. Había siempre muchas gentes dispuestas y aptas para encargarse de un entierro; y, por otra parte, había en aquellos momentos urgente necesidad de trabajadores que se encargasen de la viña del Señor; por esto la súplica del hombre dio motivo para que nuestro Señor profiriese esta solemne réplica: «Deja á los muertos que entierren á sus muertos; mas tú ve, y anuncia el reino de Dios..

Estas palabras nos enseñan que no debemos dejar que nuestros deberes sociales y de familia se antepongan á nuestro deber para con Dios. Funerales, bodas, visitas de cortesía y otras cosas semejantes, no son incuestionablemente pecaminosas en sí mismas. Pero cuando absorben el tiempo del creyente, y le impiden cumplir con algún deber religioso, se convierten en asechanzas contra el alma. Que los hombres del mundo, y los no convertidos, les permitan ocupar todo su tiempo y todos sus pensamientos, no es de admirar: no conocen nada más elevado, ni mejor, ni más importante. «Deja á los muertos el enterrar á sus muertos.» Pero los herederos la gloria, y los hijos del Rey de reyes, deben ser hombres de distinto carácter. Deben manifestar claramente por medio de su conducta, que el otro mundo es la gran realidad que ocupa constantemente sus pensamientos; y no deben avergonzarse de que el mundo vea que no tienen tiempo para regocijarse, ó para entristecerse como los otros que no tienen esperanza. 1Th_4:18. Delante de sí está la obra de su Maestro, y ella ocupa principalmente atención. Son en el mundo sacerdotes de Dios, y, como los sacerdotes de los tiempos antiguos, tienen que restringir su tristeza dentro de ciertos límites. Lev_21:1. «El lamentar,» dice un teólogo antiguo, «no debe impedir el trabajar,» y no debemos dar rienda á la tristeza.

El tercer dicho de nuestro Señor que se registra en este pasaje es dirigido á un hombre que se presentó voluntariamente para seguirle, que disminuyó el mérito de su oferta, anteponiendo una súplica, «Señor» dijo, «seguirte he; mas déjame que me despida primero de los que están en mi casa.» La respuesta que recibió demuestra claramente que todavía no se había decidido firme y sinceramente a servir á Cristo, y que, de consiguiente no se hallaba apto para ser discípulo. Jesús le dijo, «Ninguno que, poniendo su mano al arado, mirare atrás, es apto para el reino de Dios..

Estas palabras nos enseñan que es imposible servir á Cristo cuando no lo amamos de todo corazón. Si estamos mirando hacia atrás á alguna cosa de este mundo, no somos aptos para ser discípulos de Jesucristo. Los que miran atrás, como la mujer de Lot, es porque quieren volver atrás. Jesús no quiere que dividamos nuestro afecto–no, ni con nuestros parientes más queridos. él quiere de poseer todo nuestro corazón, ó nada. Sin duda hemos de honrar á padre y madre, y amar á todos nuestros prójimos. Pero cuando el amor hacia Cristo y el amor hacia los parientes se oponen, Cristo debe tener la preferencia. Es menester que estemos prontos como Abrahán para dejar la parentela y la casa paterna, si fuere necesario, por amor de Cristo. Debemos estar preparados en caso de necesidad para abandonar, como Moisés aun á los que nos han criado si nos llama Dios, y nuestro deber es claro. Tal resolución puede causarnos amargos pesares. Acaso atribule nuestros corazones causar disgusto á los que amamos. Pero tal conducto puede ser algunas veces absolutamente necesario para nuestra salvación; y si cejamos ante el deber, no somos dignos del reino de Dios. El buen soldado no deja que el afecto por su tierra natal y por su hogar lo domine completamente. Si con frecuencia se entrega al pesar por sus parientes y amigos, no podrá seguir una campaña. Sus deberes como militar–el vigilar, el marchar, y ni combatir–deben ocupar preferentemente sus pensamientos. Y lo mismo debe suceder con todos los que quisieren servir á Cristo. Es menester que se guarden de la timidez que envilece el carácter del cristiano. Es menester que sufran trabajos, como fieles soldados de Jesucristo. 2Ti_2:3.

Terminemos la consideración de este pasaje examinando á fondo nuestros corazones. Las cosas sin duda han cambiado mucho desde el día en que nuestro Señor pronunció esas palabras. Pocos son los llamados á hacer sacrificios por amor de Cristo como los que tenían que hacer sus discípulos cuando él estaba en la tierra. Pero el corazón del hombre es siempre el mismo. Las dificultades quo hay que vencer para conseguir la salvación, son todavía muy grandes. La atmósfera del mundo no es todavía propicia á la religión espiritual. Si queremos alcanzar el cielo, preciso es que tomemos una resolución firme y sincera.

Estemos, pues, prontos á hacer y sufrir cualquier cosa, y á renunciarlo todo por amor de Cristo. Algo nos costará por unos pocos años, pero el premio en la eternidad será grande.

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