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Juan 21: El Cristo resucitado

Juan 21:18-25

Con estos versículos termina el libro más valioso de la Biblia. El que pueda leerlos sin experimentar profundas emociones, es digno de lástima, a la verdad.

Examinemos las lecciones que contienen.

Enséñasenos que Jesucristo sabe cuál será el porvenir de los cristianos, tanto en vida como en muerte. A Pedro le dijo: «Cuando ya fueres viejo extenderás tus manos, y ceñirte ha otro, y te llevara donde no querrías.» No hay duda de que estas palabras fueron una predicción del modo como había de morir el apóstol, y tuvieron su cumplimiento cuando, según se supone, Pedro fue crucificado y hecho mártir por la causa de Cristo.

Esta verdad tiene mucho de consolador para todo creyente verdadero. En la mayor parte de los casos nos seria triste poseer un conocimiento anticipado de lo que estuviera por verificarse. Saber las desgracias que habían de sucedemos, y no poderlas prevenir, nos haría muy desdichados en verdad. Mas es un gran consuelo el saber que Jesucristo ha previsto y preordenado todo nuestro porvenir. En el viaje de la vida no suceden casualidades o accidentes. Todo ha sido desde el principio previsto y ordenado por un Ser que es demasiado sabio para errar y demasiado bueno para hacernos mal.

Se nos enseña, en seguida, que con su muerte el creyente glorifica a Dios. El Espíritu Santo, interpretando benignamente las palabras que salieron de los labios de Jesús acerca del fin de Pedro, nos comunica esta verdad en lenguaje muy claro. Nos dice por medio de la pluma del Evangelista que así dio a entender el Señor con qué muerte había de glorificar a Dios el apóstol.

Por lo regular no se medita en este asunto como se debiera. Estamos tan inclinados a considerar la vida como el único estado en que podemos glorificar a Jesucristo, y las buenas acciones como el único medio de dar a conocer nuestra religión, que consideramos la muerte solo como el doloroso término de nuestra actividad. Empero, esto no debiera suceder así. Así como podemos vivir para el Señor, podemos también morir para el Señor: nos es tan posible sufrir con paciencia como trabajar con energía. Es muy probable que la muerte resignada de los reformadores de Inglaterra ejerciera más influjo en los de su nación que todos los sermones que predicaron, o todos los libros que escribieron. Esto, a lo menos, es cierto, que la sangre de los mártires ingleses fue la semilla de la iglesia de Inglaterra.

Se glorifica a Dios con la muerte, estando pronto para aguardarla. El cristiano que siempre está en su puesto como centinela, o como siervo con los lomos ceñidos y listo para partir, el hombre para quien, en la opinión de todos sus relacionados, la muerte repentina es una gloria también repentina–ese cristiano, ese hombre glorifica a Dios con su muerte. Se glorifica a Dios con la muerte sufriendo con paciencia los dolores que trae consigo. El cristiano que hace que el espíritu domine la carne, y que deja escapar el aliento de vida sin quejarse, ni murmurar, glorifica de ese modo a Dios. También se glorifica a Dios con la muerte participando a los demás cuánto consuelo se halla en la gracia de Jesucristo. Es para un mortal muy satisfactorio poder decir como David: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré algún mal.» Psa_23:4. Muertes como estas hacen una impresión profunda en la mente de los vivos y no se olvidan fácilmente.

Pidamos, pues, mientras vivamos en el goce de nuestra salud, que en el postrer momento nos sea permitido glorificar a Dios, y dejemos a su cuidado la elección del tiempo, el lugar, y las circunstancias.

También se nos enseña en estos versículos que cualquiera que sea nuestra opinión acerca de la condición de los demás, es de nuestro deber pensar primero de la nuestra. Cuando Pedro hizo una ansiosa pregunta acerca del porvenir del apóstol Juan, nuestro Señor le dio una respuesta de una significación profunda: «Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué se te da a ti? Sígueme tú.» Aunque no se pueda comprender todo el significado de esa réplica, no es posible perder la lección que contiene. Impone a cada cristiano el deber de examinar su corazón ante todas cosas.

Por supuesto que nuestro Señor no desea que nos desentendamos completamente de las almas de los demás, o que nos mantengamos indiferentes respecto del estado en que so encuentren. Tal conducta seria egoísta y cruel, y manifestaría claramente que no poseamos la gracia de Dios. El siervo de Cristo debe tener un corazón compasivo y tierno como el de su Maestro, y desear que todos los que le rodean sean felices tanto en esta vida como en la venidera. Y de acuerdo con esos deseos hará esfuerzos por disminuir los pesares y aumentar los goces de sus semejantes, aprovechando con tal fin todas las oportunidades que se le presenten. Mas, a pesar de esos esfuerzos, el siervo de Cristo no debe olvidar su propia alma. La caridad y la verdadera religión han siempre de empezar con el «Yo..

Inútil seria negar que la admonición que nuestro Señor dirigió a su precipitado discípulo es aplicable en nuestros días. La debilidad de la naturaleza humana es tal, que aun los verdaderos cristianos están inclinados a irse a los extremos. Algunos están tan engolfados en sus propias emociones y luchas interiores que se olvidan del mundo exterior. Otros están tan ocupados en hacer bien a los demás, que se olvidan del estado de sus propias almas. Tanto los unos como los otros van extraviados y necesitan enmendarse; mas quizá ningunos perjudican más la causa de la religión como los que siempre están pensando e interviniendo en la de los demás en tanto que se descuidan de la suya propia.

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