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Juan 21: El Cristo resucitado

APARICIONES DE JESUS DESPUES DE SU RESURRECCION

  1. María Magdalena: Mar_16:9-11; Joh_20:10-18
  2. Las otras mujeres en la tumba: Mat_28:8-10
  3. Pedro en Jerusalén: Luk_24:34; 1Co_15:5
  4. Los dos viajeros en el camino: Mar_16:12-13
  5. Diez discípulos tras puertas cerradas: Mar_16:14; Luk_24:36-43; Joh_20:19-25
  6. Con Tomás, todos los discípulos (menos Judas Iscariote): Joh_20:26-31; 1Co_15:5
  7. Siete discípulos mientras pescaban: Joh_21:1-14
  8. Once discípulos en la montaña: Mat_28:16-20
  9. Una multitud de quinientos: 1Co_15:6
  10. Su hermano Santiago: 1Co_15:7
  11. Los que lo vieron ascender al cielo: Luk_24:44-49; Act_1:3-8

La verdad del cristianismo descansa con firmeza en la resurrección. Si Jesús resucitó de la tumba, ¿quién lo vio? ¿Cuán confiables fueron los testigos? Quienes declararon haberlo visto resucitado pusieron de cabeza al mundo entero. Muchos, inclusive, murieron por seguir a Cristo. Es raro que la gente muera por una verdad a medias. Estas fueron personas que vieron a Jesús resucitado.

Juan 21:1-4

El de San Juan es el único Evangelio que contiene el episodio de la incredulidad de Tomas, y por lo tanto es bien probable que el público no lo leyera sino después de la muerte de éste. El pasaje pertenece a la clase de los que presentan pruebas poderosísimas de la rectitud de los evangelistas. Si los que compilaron la Biblia hubieran sido unos impostores, jamás habrían dicho al mundo que uno de los fundadores de la nueva religión se había conducido como Tomás se condujo.

Notemos, el primer lugar, cuanto pueden perder los cristianos por dejar de concurrir con regularidad a las reuniones del pueblo de Dios. Tomás estaba ausente la primera vez que Jesús apareció a sus discípulos, y por lo tanto perdió una bendición. Por supuesto que no sabemos que motivara su ausencia; mas parece muy improbable que en una crisis como aquella le asistiera alguna razón justa para no estar con sus hermanos. Lo cierto es que a causa de su conducta tuvo que sufrir zozobras y dudas por toda una semana, mientras que los otros discípulos estaban regocijándose de que el Salvador hubiese resucitado. No nos es dado suponer que esto habría sucedido si su falta de puntualidad hubiera sido disculpable.

Bueno será que recordemos la exhortación de San Pablo: «No dejando nuestra congregación como algunos tienen por costumbre.» Heb. 10.25. No estar ausente los domingos de la casa del Señor, salvo caso de necesidad; no dejar de participar en la Cena del Señor, cuando se administre en nuestra propia congregación; no dejar de valernos de los medios de gracia ­he aquí el modo de hacer progresos en nuestra vida cristiana. Puede acontecer que el mismo sermón que dejamos de oír innecesariamente contenga algunas preciosas palabras que tengan especial aplicación a nuestra alma. La misma reunión de plegaria a que nos abstenemos de concurrir puede ser quizá la que nos hubiera infundido ánimo y despertado nuestra conciencia. El necio argumento de que muchos concurren a los ejercicios religiosos y no enmiendan de vida, no debe tener para el cristiano valor alguno. Este tiene presentes las palabras de Salomón: «Bienaventurado el hombre que me oye, velando a mis puertas cada día, guardando los umbrales de mis entradas.2 Prov. 8.34. Así mismo la siguiente promesa de Jesucristo: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» Mat. 18.20 Notemos, en segundo lugar, cuan benigno y misericordioso es Jesucristo con los creyentes débiles y tardos. La conducta de Tomás fue desagradable y fastidiosa en extremo, ni aún el testimonio de diez fieles hermanos fue parte a convencerlo, y tercamente dijo: «Si no viere con mi propios ojos y tocare con mis propias manos, no creeré.» Mas nuestro Señor lo trató con una paciencia y una compasión que son difíciles de describir. No lo rechazó, ni lo despidió, ni lo excomulgó. Antes bien, pasada una semana se presentó otra vez ­según era de juzgarse, en obsequio de Tomás-y trató a éste como una amble nodriza trataría a un niño desobediente. «Mete tu dedo aquí,» le dice, «y ve mis manos; y da acá tu mano y métela en mi costado.» Si solo las pruebas más materiales y palpables podían satisfacerlo, esas pruebas le fueron suministradas. ¡Que amor! ¡Que paciencia! Cuidemos de imitar el ejemplo de nuestro Señor. No estigmaticemos a ningún hombre como impío e incrédulo, porque sea débil en su fe y tibio en su amor.

Recordemos la historia de Tomás y seamos compasivos e indulgentes. Nuestro Señor tiene muchos hijos frágiles en su familia, muchos discípulos torpes en su escuela, muchos reclutas en su ejército, y sin embargo, a todos los sobrelleva y a ninguno echa de sí. Dichoso el cristiano que ha aprendido a conducirse de la misma manera con sus hermanos. Hay muchos en la iglesia que, a semejanza de Tomás, son tardos para creer y para entender, y que como él, son cristianos verdaderos.

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