En la antigua Atenas, el noble Arístides fue condenado a muerte injustamente; y, cuando le preguntaron a uno del jurado cómo había sido capaz de dar su voto en contra de tal hombre, su respuesta fue que estaba harto de oír llamar a Arístides « el Justo.» El odio del mundo al cristiano es un fenómeno ubicuo, y se debe al hecho de que el mundano ve en el cristiano su propia condenación: lo que él no es y lo que en lo más íntimo de su corazón sabe que debería ser;, y, como no quiere cambiar, trata de eliminar al que le recuerda su bondad perdida.
La única prueba
Por esto sabemos que somos de la verdad, y por esto afirmaremos nuestro corazón delante de Él. Cuando nos remuerde la conciencia, Dios está por encima de ella y sabe todas las cosas. Amados, si la conciencia no nos acusa de nada, podemos acudir confiadamente a Dios, y recibir dé Él lo que Le pidamos, porque guardamos Sus mandamientos y hacemos lo que a Él agrada. Y este es el mandamiento: Que creamos en el nombre de Su Hijo Jesucristo, y que nos amemos mutuamente, como Él nos lo dijo en Su mandamiento. Y el que guarde Su mandamiento mora en Él, y Él en él.
Al corazón humano no se puede evitar que le surjan dudas. Cualquier persona con una mente y un corazón sensibles a veces se pregunta si es realmente cristiana. La prueba de Juan es bien simple, y de amplia gama: es el amor. Si sentimos que brota el amor hacia nuestros semejantes dentro de nuestro corazón, podemos estar seguros de que el corazón de Cristo está en nosotros. Juan habría dicho que un supuesto hereje cuyo corazón rebosara de amor y cuya vida estuviera adornada con el servicio estaba mucho más cerca de Cristo que se supusiera ortodoxo y sin embargo se mantuviera frío y remoto ante las necesidades de otros.
Juan pasa a decir algo que, según el original, puede querer decir dos cosas. Ese sentimiento de amor puede confirmarnos la presencia de Dios. Puede que nos remuerda la conciencia, pero Dios está por encima de ella. La pregunta sería: ¿Qué quiere decir esta última frase?
(i) Podría querer decir: Puesto que nuestra conciencia nos condena, y Dios está infinitamente por encima de nuestra conciencia, Dios nos condenará infinitamente más. Si lo tomamos en ese sentido, nos deja sumidos en el temor a Dios y sin poder decir nada más que: «Dios, sé propicio a mí, pecador.» Esa es una traducción posible, y sin duda es verdad; pero no es lo que Juan está diciendo en el contexto, porque aquí está pensando en nuestra confianza en Dios, y no en nuestro temor de Dios.
(ii) El pasaje quiere decir por tanto lo siguiente. Nuestra conciencia nos condena -eso es inevitable. Pero Dios está por encima de nuestra conciencia. Él sabe todas las cosas. Él no solamente conoce nuestros pecados; también conoce nuestro amor, nuestro anhelo, la nobleza que nunca desaparece del todo, nuestro arrepentimiento; y la grandeza de Su conocimiento Le da la simpatía que es capaz de entender y de perdonar.
Es este mismo conocimiento que Dios tiene de nosotros lo que constituye nuestra esperanza. « El hombre -como decía Tomás de Kempis- ve la obra, pero Dios conoce la intención.» Los hombres nos pueden juzgar solamente por nuestras acciones; pero Dios nos juzga por las aspiraciones que nunca se concretaron en acciones y por los sueños que nunca se hicieron realidad. Cuando Salomón estaba dedicando el templo, habló de lo mucho que David había querido construirle a Dios una Casa, y cómo se le había negado aquel privilegio. « Mi padre David tuvo en su corazón edificar una casa al nombre del Señor Dios de Israel. Pero el Señor dijo a David mi padre: «En cuanto a haber tenido en tu corazón el edificar una casa a Mi nombre, bien has hecho en tener tal deseo»» y (1 Reyes 18:17s). El proverbio francés dice: « Saberlo todo es perdonarlo todo.» Dios nos juzga por las profundas emociones del cora zón; y, si hay amor en nuestro corazón, entonces, por muy débil e imperfecto que sea, podemos entrar confiadamente a Su presencia. El conocimiento perfecto, que pertenece a Dios y sólo a Él, no es nuestro terror, sino nuestra esperanza.
Los mandamientos inseparables
Juan pasa a hablar de las dos cosas que son agradables a Dios, los dos mandamientos de. cuya obediencia depende nuestra relación con Dios.
(i) Debemos creer en el nombre de Su Hijo Jesucristo. Aquí tenemos el uso de la palabra nombre que es característico de los escritores bíblicos. No quiere decir simplemente el nombre por el que se conoce a una persona; quiere decir toda la naturaleza y el carácter de esa persona en tanto en cuanto nos son conocidos. El salmista escribe: « Nuestra ayuda es en el nombre del Señor» (Salmo 124:8). Está claro que no quiere decir que nuestra ayuda esté en el hecho de que Dios Se llama Jehová; quiere decir que nuestra ayuda está en el amor y la misericordia y el poder que se nos han revelado como la naturaleza y el carácter de Dios. Así que creer en el nombre de Jesucristo quiere decir creer en la naturaleza y el carácter de Jesucristo. Quiere decir creer que Él es el Hijo de Dios, que Él está en una relación con Dios de una manera que no ha estado ni puede estar nunca ninguna otra persona del universo, que puede revelar perfectamente a la humanidad a Dios, y que es el Salvador de nuestras almas. Creer en el nombre de Jesucristo es aceptarle como el Que realmente es.
(ii) Debemos amarnos unos a otros, según el mandamiento que Él nos dio. Este mandamiento está en Juan 13:34. Debemos amarnos mutuamente con ese mismo amor generoso, sacrificado, perdonador, con que Cristo nos ha amado.
Cuando ponemos juntos estos dos mandamientos encontramos la gran verdad de que la vida cristiana depende de una fe correcta y una conducta correcta combinadas. No podemos tener la una sin la otra. No puede haber tal cosa como una teología cristiana sin una ética cristiana; ni tampoco una ética cristiana sin una teología cristiana. Nuestra fe no es real a menos que conduzca a la acción; y nuestra acción no tiene justificación ni dinámica a menos que esté basada en la fe. No podemos empezar la vida cristiana hasta aceptar a Jesucristo por lo que El es, y no Le habremos aceptado en ningún sentido real de la palabras hasta que nuestra actitud hacia nuestros semejantes sea como Su propia actitud de amor.
