Por último, Pedro Lombardo llevó esta idea hasta sus últimas consecuencias grotescas y repelentes. «La Cruz -dijo fue una ratonera para cazar al diablo, con el anzuelo de la sangre de Cristo.» Todo esto es un ejemplo lastimoso de lo que sucede cuando se toma una idea encantadora y preciosa, y se la trata como materia prima para convertirla en teología seca y fría.
Supongamos que decimos: «El dolor es el precio del amor.» Queremos decir que el amor no puede existir sin la posibilidad del dolor; pero nunca se nos ocurre explicar a quién se paga ese precio. Supongamos que decimos que la libertad sólo se puede obtener al precio de sangre, sudor y lágrimas; nunca pensamos en investigar a quién .se paga ese precio. Este dicho de Jesús es una manera sencilla y pictórica de decir que costó Su vida el hacer volver a la humanidad de su pecado al amor de Dios. Quiere decir que el precio de nuestra salvación fue la Cruz de Cristo. No podemos llegar más allá, ni tenemos por qué intentarlo. Sabemos solamente que algo sucedió en la Cruz que nos abrió el camino a Dios.
MILAGRO AL BORDE DE LA CARRETERA
Marcos 10:46-51
Llegaron a Jericó; y cuando Jesús iba pasando por Jericó, a la salida de la ciudad, rodeado por Sus discípulos y una gran multitud, el mendigo ciego Bartimeo -hijo de Timeo-, estaba sentado al borde de la carretera, y cuando oyó que Jesús de Nazaret estaba por allí se puso a gritar:
-¡Hijo de David! ¡Jesús! ¡Ten piedad de mí!
Muchos le regañaban para que se callara, pero él seguía gritando cada vez más:
-¡Hijo de David! ¡Ten piedad de mí!
Jesús Se detuvo y dijo:
-¡Decidle que venga para acá!
Entonces llamaron al ciego, diciéndole:
-¡Ánimo! ¡Levántate! ¡Te está llamando!
El tiró la capa, se levantó de un salto y fue hacia Jesús. Jesús le dijo:
-¿Qué quieres que haga por ti?
El ciego Le contestó:
-¡Maestro, lo que pido es poder volver a ver!
Jesús le dijo:
-¡Anda! ¡Tu fe te ha curado!
Al instante volvió a ver, y Le seguía por la carretera.
Para Jesús ya no estaba lejos el final de Su camino. Jericó estaba sólo a unos 25 kilómetros de Jerusalén. Tratemos de visualizar la escena. La carretera principal pasaba por todo Jericó. Jesús iba de camino para la Pascua. Cuando un rabino o maestro distinguido hacía un viaje así, era costumbre que fuera rodeado de mucha gente, discípulos e interesados y curiosos, que escuchaban su enseñanza mientras andaba. Esa era una de las maneras más corrientes de enseñar en el mundo antiguo.
La ley decía que todo judío varón de doce años en adelante que viviera en un radio de 25 kilómetros de Jerusalén tenía que asistir a la Pascua. Está claro que era imposible que se pudiera cumplir tal ley, y que todos pudieran ir. Los que no tenían posibilidad de ir tenían la costumbre de ponerse en fila al borde de las calles de los pueblos y las aldeas por los que pasaban los peregrinos para desearles un buen viaje. Así que las calles de Jericó estarían bordeadas de personas; y más aún de lo corriente, porque habría muchos ansiosos y curiosos por ver por sí mismos a aquel intrépido maestro ambulante Jesús de Nazaret Que Se había atrevido a desafiar a todo el poder de la ortodoxia.
Jericó tenía una característica especial. Había adscritos al Templo más de 20,000 sacerdotes y otros tantos levitas. Está claro que no todos podían cumplir su ministerio al mismo tiempo. Por tanto estaban divididos en 26 órdenes que servían por turnos. Muchos de estos sacerdotes y levitas residían en Jericó cuando no estaban de turno en el Templo. Y debe de haber habido muchos de ellos entre la multitud aquel día. Para la Pascua, todos estaban de servicio, porque a todos se los necesitaba. Era una de las raras ocasiones en que todos estaban de servicio, pero muchos no habrían empezado todavía. Estarían doblemente ansiosos de ver a ese Rebelde Que estaba a punto de invadir Jerusalén. Habría muchos ojos fríos y duros y hostiles en la multitud aquel día, porque estaba claro que, si Jesús tenía razón, todo el ritual del Templo era totalmente irrelevante.
