Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

Logo

Marcos 10: En la enfermedad y en la salud

Vasto es el campo siempre para la beneficencia; lo que se necesita es voluntad é inclinación. No olvidemos nunca que la verdadera, grandeza no consiste en ser almirante, general, hombre de estado, o artista. Estriba en sacrificarnos, en consagrar cuerpo y alma y espíritu a la obra bendita de hacer a nuestros prójimos más y más felices. Los que se ejercitan, usando los medios que la Escritura nos suministra, en aliviar los pesares y aumentar los goces de los que los rodean, los Howards, los Wilberforces, los Martyns, los Judsons de las naciones, esos son los verdaderamente grandes a los ojos de Dios. Mientras viven son objetos de burlas, de desprecios, del ridículo y muchas veces de las persecuciones. Pero en el cielo está el recuerdo de sus hechos, allí está escrito su nombre, y su alabanza es eterna. Recordemos esto, y mientras tengamos tiempo, hagamos bien a los hombres, y seamos siervos de todos por amor de Cristo.

Esforcémonos por dejar el mundo mejor, más santo y más feliz que cuando nacimos. Una vida consumida de esa manera es verdaderamente imitar a Cristo, y lleva en sí su recompensa.

Notemos, por último, en este pasaje, el lenguaje que usa nuestro Señor al hablar de su propia muerte. Dice, «El Hijo del hombre vino a dar su vida en rescate por muchos..

Esta es una de esas expresiones que debían guardar como un tesoro en sus almas todos los verdaderos cristianos. Es uno de los textos que prueban de una manera incontrovertible el carácter expiatorio de la muerte de Cristo. Su muerte no fue una muerte común, como la de un mártir, ú otros santos. Fue el pago público que hizo un Representante. Omnipotente de lo que debía el hombre pecador al Dios santo. Era el rescate que un Fiador divino ofrecía para procurar la libertad de pecadores, atados y ligados por la cadena de sus pecados. Con esa muerte Jesús dio satisfacción plena y completa por las transgresiones sin cuento del hombre. En la cruz cargó nuestros pecados sobre su cuerpo. El Señor se cubrió con todas nuestras iniquidades, y cuando murió, murió por todos. Cuando sufrió, sufrió en nuestro lugar; cuando colgaba de la cruz, colgaba de ella como Sustituto nuestro, y su sangre que allí corrió, fue el precio de nuestras almas.

Que todos los que en Cristo confían se consuelen al pensar que se apoyan en sólido cimiento. Verdad es que somos pecadores, pero Cristo cargó sobre si nuestros pecados. Verdad es que somos deudores pobres y desvalidos, pero Cristo ha pagado nuestras deudas. Verdad es que merecemos vernos encerrados para siempre en la prisión del infierno; pero, gracias a Dios, Cristo ha pagado por completo nuestro rescate. La puerta está abierta de par en par, y los prisioneros pueden salir libres. Que todos por los. sentimientos de nuestro corazón tengamos la convicción de poseer ese privilegio, y marchemos en la bendita libertad de los hijos de Dios.

Mar 10:46-52

Leemos en estos versículos el relato de uno de los milagros de nuestro Señor. Vemos en él, según vamos leyendo, un vivido emblema, de las cosas espirituales. No estudiamos una historia que, como las hazañas de César y de Alejandro, no nos conduzca personalmente. Tenemos ante nosotros un cuadro en que debe interesarse mucho el alma de todo cristiano.

Tenemos aquí, en primer lugar, un ejemplo de una fe profunda. Se nos dice que al salir Jesús de Jericó, un hombre ciego llamado. Bartimeo «estaba sentado a la orilla del camino mendigando cuando oyó que era Jesús Nazareno, empezó a clamar, y a decir. «Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí..

Bartimeo era ciego de cuerpo, pero no de alma: tenía abiertos los ojos de la inteligencia. Veía cosas que Annas y Caifas, y otros sabios escribas y fariseos, nunca vieron ni remotamente. Vio que Jesús el Nazareno, apodo despreciativo que se le daba a nuestro Señor, que Jesús, que había vivido durante treinta años en una aldea oscura de la Galilea, que ese mismo Jesús era el Hijo de David, el Mesías que los profetas hacia tanto tiempo habían anunciado. No había presenciado ninguno de los milagros extraordinarios de nuestro Señor, no había tenido oportunidad da ver los muertos resucitar con una palabra, y los leprosos quedar curados con el contacto de su mano. Pero había oído la narración de los hechos portentosos de nuestro Señor, y había creído con oídos. Estaba satisfecho tan solo por oídas, que Aquel de quien tales, portentos se narraban debía ser el Salvador prometido, y debía ser capaz de curarlo. Y así es que cuando nuestro Señor se le acercó, exclamó, «Jesús, hijo de David, ten piedad de mí..

Pidamos a Dios fe semejante a esa y esforcémonos en obtenerla. Á. nosotros no nos es concedido tampoco ver a Jesús con los ojos del cuerpo; pero hemos oído hablar de su poder, de su gracia, y de su deseo de salvar, en el Evangelio tenemos promesas inmensas de sus propios labios, consignadas por escrito para nuestro estímulo; tengamos confianza implícita en esas promesas, y sin dudar entreguemos nuestras almas a Cristo. No temamos dar crédito absoluto a sus palabras llenas de gracia, y creer que cumplirá lo que ha prometido hacer por los pecadores. ¿Cual es el principio de la fe salvadora, sino aventurar el alma en manos de Cristo? ¿Cual es la vida de la fe que salva, sino apoyarse de continuo en la palabra de un Salvador invisible? ¿Cual es el primer paso del cristiano, sino gritar, como Bartimeo, «Jesús, ten misericordia de mí»? ¿Cual es la conducta diaria de todo cristiano, sino conservar el mismo espíritu de fe? «En el cual creyendo, aunque al presente no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y lleno de gloria.» 1 Pedro 1.8.

Deja el primer comentario

Otras Publicaciones que te pueden interesar