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Marcos 10: En la enfermedad y en la salud

Preciso es que produzcamos los buenos frutos de hábitos sentados, y arrepentimiento, fe y santidad. Feliz el que calcula el costo, y se decide, después de haber empezado a marchar por la senda estrecha, a nunca separarse de ella apoyándose en la gracia de Dios.

Finalmente, fijemos nuestra atención al leer este pasaje en la presciencia de nuestro Señor respecte a sus propios sufrimientos y a su muerte. Habla tranquila y deliberadamente a sus discípulos de su pasión que tendría lugar en Jerusalén. Va describiendo una tras otra todas las principales circunstancias que acompañarían su muerte. Nada reserva, nada oculta.

Marquemos esto bien. No hubo nada de involuntario ni imprevisto en la muerte de nuestro Señor. Fue resultado de su propia elección libre, determinada y deliberada. Desde el principio de su ministerio terrenal, vio siempre ante sí la cruz, y se dirigió a ella mártir voluntario. Sabia que su muerte era la reparación necesaria que debía hacerse para reconciliar al hombre con Dios. El había pactado que su sangre seria el precio de esa reparación y a ello se había obligado.

Cuando llegó el tiempo señalado, como fiador fiel, cumplió su palabra, y murió por nuestros pecados en el Calvario.

Bendigamos a Dios por el Evangelio que nos presenta tal Salvador, tan fiel a las condiciones del pacto, tan dispuesto a sufrir, que con tan buena voluntad se sometiese por nosotros a ser tenido por pecador y por maldito. No dudemos que Aquel que cumplió su promesa de sufrir, cumplirá también la de salvar a iodos los que a El se acerquen. No lo aceptemos regocijados tan solo como nuestro Redentor y Abogado, si no que también pongamos con el mismo regocijo a su servicio nuestras personas y todo lo que poseemos. En verdad que si Cristo murió con tanto gusto por nosotros poco es exigir de los cristianos que vivan por El.

Mar 10:35-45

Marquemos en este pasaje la ignorancia de los discípulos de nuestro Señor. Vemos a Santiago y a Juan pretendiendo los primeros puestos en el reino de la gloria, y al mismo tiempo declarar muy confiados que se encuentran capaces de beber del cáliz de su Maestro y de ser bautizados con el bautismo de su Maestro. A pesar de todas las amonestaciones tan claras de nuestro Señor se apegan obstinadamente a la creencia de que el reino de Cristo sobre la tierra iba a aparecer inmediatamente. A pesar de sus tropiezos en el servicio de Cristo, no tienen la menor duda de que podrán sufrir todo lo que sobre ellos caiga. Con toda su fe y su gracia, con todo su amor a Jesús, ni conocen sus corazones, ni la aspereza del camino en que marchan. Aun sueñan con coronas temporales y con recompensas terrestres, y no saben que clase de hombres son.

Pocos son los verdaderos cristianos que no se parecen a Santiago y a Juan, cuando empiezan a servir a Cristo. Tenemos demasiada propensión a esperar de nuestra religión más goces inmediatos de los que el Evangelio nos autoriza a aguardar. Estamos muy dispuestos a olvidar la cruz y las tribulaciones y a pensar solo en coronas. Nos formamos una idea falsa de nuestra paciencia y de nuestro sufrimiento, y no sabemos juzgar con exactitud la fuerza real que tenemos para resistir tentaciones y pruebas. Y el resultado es que con frecuencia compramos muy caro la sabiduría, con amarga experiencia, con muchos desengaños, y con no pocas caídas.

Que el caso que meditamos nos enseñe lo importante que es juzgar de nuestra religión con calma y una razón sólida. Derecho tenemos, como Santiago y Juan, de desear los dones más excelentes, y comunicar a Cristo todos nuestros deseos. Con justicia debernos creer como ellos que Jesús es Rey de reyes, y que reinará Un día sobre la tierra; pero no olvidemos, como ellos, que todo cristiano debe cargar con su cruz, y «que tenemos que entrar en el reino de Dios al través de muchas tribulaciones.» Hechos 14.22. No confiemos demasiado, como ellos, en nuestras fuerzas, ni nos jactemos de poder hacer todo lo que Cristo nos exija. Guardémonos de esa jactancia al entrar en la senda de la vida cristiana, que, esta conducta nos salvará de muchos tropiezos humillantes.

Marquemos, en segundo lugar, en este pasaje, la alabanza quo nuestro Señor hace de la humildad, y de la consagración al bien del prójimo. Parece que los diez se disgustaron mucho con Santiago y Juan con motivo de la petición que hicieron a su Maestro. Su ambición y deseo de preeminencia se volvieron a exaltar con la idea de que alguno pudiera colocarse por encima de ellos. Nuestro Señor comprendió bien cuales eran sus sentimientos, y, como médico hábil, procedió inmediatamente a propinarles una medicina apropiada. Les dice que basaban sus ideas de grandeza en un cimiento falso; les repite con énfasis renovado la lección que ya les había dado en el capítulo precedente : «Cualquiera de vosotros que sea más grande, será el servidor de todos.» Y apoya toda su demostración en el argumento concluyente de su propio ejemplo. «Aun el Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir..

Que todo el que desee agradar a Cristo, esté en, guardia contra ese sentimiento de apreciación exagerada de si mismo, y pida a Dios en sus oraciones que lo cure de él; es un sentimiento que está arraigado profundamente en nuestros corazones. Muchos abandonaron el mundo, cargaron a cuestas con su cruz, profesaron prescindir de su propia justicia, y creer en Cristo, y se irritan y se afligen, cuando un hermano es más honrado que ellos. Esto no debe ser.

Meditemos siempre en estas palabras de S. Pablo: «Nada hagáis por contienda ni por vanagloria; antes con humildad de espíritu, estimándoos inferiores los unos a los otros.» Filip. 2.3. iBienaventurado el hombre que puede sinceramente regocijarse cuando otros son exaltados, aunque él mismo se vea olvidado y postergado! Sobre todo, que los que desean seguir las huellas de Cristo, se empeñen en ser útiles a los demás. Propónganse hacer bien en sus días y en su generación.

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