Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

Logo

Marcos 10: En la enfermedad y en la salud

Es, por desgracia, muy común la ceguedad espiritual de que aquí se da muestra. Millares de los que se llaman cristianos en el día no tienen la más remota idea de su pecabilidad y de sus culpas ante los ojos de Dios. Se lisonjean de no haber hecho nada malo. No han asesinado, ni robado, ni cometido adulterio, ni han sido testigos falsos; por tanto, no pueden correr mucho peligro de dejar de ir al cielo.»Olvidan la santidad del Dios con quien tienen que tratar; olvidan las repetidas veces que violan su ley de pensamiento o intención, aunque su conducta externa sea muy arreglada. Nunca estudian algunas partes de la Escritura, por ejemplo, el capítulo quinto de S. Mateo, o si lo hacen es como si tuvieran un velo tupido sobre sus corazones, y no se los aplican. El resultado es que marchan envueltos en su propia rectitud. Como la iglesia de Laodicea están «ricos y abundan en bienes, y de nada necesitan.» Rev_3:17. Viven satisfechos de sí mismos, y así con frecuencia mueren.

Guardémonos de ese estado del alma. Mientras creemos que podemos guardar la ley de Dios, Cristo de nada nos aprovecha. Pidamos a Dios el donde conocernos. Pidamos al Espíritu Santo que nos convenza de pecado, que nos muestre nuestros corazones, a santidad de Dios, la necesidad en que estamos de Cristo. Feliz el que ha aprendido por experiencia el significado de estas palabras de Pablo, «Así que yo sin la ley vivía en un tiempo; mas venido el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí.» Rom_7:9 Marchan unidas la ignorancia de la Ley y la del Evangelio. Aquel cuyos ojos se han abierto realmente a la espiritualidad de los mandamientos, no descansará hasta no encontrar a Cristo.

Aprendamos, además, en esta pasaje, el amor de Cristo a los pecadores.

Es esta una verdad que pone en relieve la expresión que usa S. Marcos, cuando en su narración de la historia del hombre dice, que «Jesús, fijando en él la vista, lo amó.» Ese amor, sin duda, era piedad y compasión. Nuestro Señor observó compadecido la extraña mezcla de fervor é ignorancia que tenia en su presencia. Vio lleno de piedad aquella alma luchando en toda la debilidad y miseria que la caída produce, vio aquella conciencia inquieta con la convicción de necesitar ayuda, vio aquella inteligencia rodeada de tinieblas y ciega sin ver los primeros rudimentos de la religión espiritual. Así como contemplamos un noble edificio en ruinas, destechado, cuarteadas sus paredes, é inútil, mostrando aún muchas señales de la habilidad con que fue ideado y fabricado, así nos imaginamos que Jesús con tierna solicitud contemplaba el alma de este hombre.

No debemos olvidar que Jesús ama y compadece las almas de los impíos; indudable es que siente un amor especial hacia los que oyen su voz y lo siguen; son las ovejas que el Padre le ha dado. Y las vigila con especial cuidado. Son su Esposa, enlazados a El por un pacto eterno, y les son caros como partes de El mismo. El corazón de Jesús es un corazón muy grande: en él abundan la piedad, la compasión, y un tierno interés por los que están hundidos en el pecado y esclavizados al mundo. Aquel que lloró por la incrédula Jerusalén es siempre el mismo; aún desea recoger en su seno al ignorante y al que se cree justo, al infiel y al impenitente, con tal que deseen ser recogidos. Mat. 23.37. Podemos decir con confianza al pecador más empedernido que Cristo lo ama. Hay salvación preparada para el peor de los hombres, si quiere dirigirse a Cristo. Si los hombres permanecen perdidos, no es porque Jesús no los ame, ni esté dispuesto a salvarlos. Palabras solemnes que El ha pronunciado nos revelan ese misterio: «Los hombres aman la oscuridad más que la luz.» «No queréis; venir a mí para que tengáis vida.» Joh_3:19; Joh_5:40.

Aprendamos, finalmente, en este pasaje, el gran peligro del amor del dinero. Es una lección que se nos inculca dos veces. Una vez se desprende de la conducta del hombre cuya historia se nos relata aquí. Con todo el deseo que manifestaba de conseguir la vida eterna, amaba más su dinero que su alma. «Partió afligido.» Y por segunda vez se proclama en las solemnes palabras que nuestro Señor dirigió a sus discípulos, « Que difícil es que los que tienen riquezas entren en el reino de Dios.» «Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de Dios.» El día final tan solo probará de una manera completa ‹.a verdad de estas palabras.

Pongámonos en guardia contra el amor del oro; es un lazo para el pobre lo mismo que para el rico. Lo que pierde el alma, no es tanto poseer riquezas como confiar en ellas. Pidamos a Dios el sentirnos satisfechos con lo que poseemos. La sabiduría más elevada es pensar con S. Pablo, cuando dice, «He aprendido a estar contento con el estado en que me encuentro, cualquiera que este sea.» Filip. 4:11.

Deja el primer comentario

Otras Publicaciones que te pueden interesar