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Marcos 10: En la enfermedad y en la salud

Aquí tenemos una de las historias más gráficas de los evangelios.

(i) Tenemos que fijarnos en cómo llegó el hombre, y cómo le recibió Jesús. Llegó corriendo y se postró a los pies de Jesús. Es algo sorprendente lo que hizo este joven aristócrata rico, echándose a los pies de un profeta pobre de Nazaret, Que estaba a punto de convertirse en un fuera de la ley. «¡Maestro bueno!» -empezó a decirle. Y Jesús le contestó inmediatamente: «¡No Me adules! ¡No Me llames bueno! ¡Guarda esa palabra para Dios!» Parece como si le echara un jarro de agua fría a su joven entusiasmo. Aquí tenemos una lección. Está claro que este hombre vino a Jesús en un momento de emoción desbordante. También está claro que Jesús ejercía una atracción personal sobre él. Jesús hizo dos cosas que cualquier evangelista o predicador o maestro debería tener presentes e imitar en su trato con las personas.

Primero le dijo: «¡Detente y piensa! Estás muy acalorado y rebosando de emoción! Yo no quiero arrollarte en un momento de emoción. Piensa tranquilamente en lo que estás haciendo.» Jesús no le estaba echando un jarro de agua fría, sino le estaba diciendo, antes que nada, que calculara el precio.

Segundo, en efecto le dijo: «No puedes hacerte cristiano por sentimentalismo hacia Mí. Debes poner la mirada en Dios.» Predicar, enseñar, siempre quieren decir comunicar la verdad por medio de la personalidad, y ahí está el peligro más grande que asedia a los grandes maestros: que el alumno, el discípulo, el joven seguidor, tenga una vinculación personal con el maestro o el predicador, y crea que está en relación con Dios. El maestro y el predicador nunca deben señalarse a sí mismos; siempre deben señalar a Dios. En toda verdadera pedagogía hay una cierta auto-obliteración. Cierto que no podemos excluir la personalidad y una cálida lealtad personal, ni lo haríamos si pudiéramos. Pero el asunto no puede acabar aquí. El maestro y el predicador son a fin de cuentas meros indicadores que señalan a Dios.

(ii) Ninguna otra historia evangélica establece tan claramente como esta la verdad cristiana esencial de que no basta con ser respetable. Jesús citó los mandamientos que eran la base de una vida decente. El hombre no dudó en decir que los había cumplido todos. Fijémonos en una cosa: con una sola excepción, todos los mandamientos eran negativos, y esa única excepción se refería sólo al círculo familiar. En efecto, lo que el hombre estaba diciendo era: «Yo no le he hecho nunca ningún daño a nadie.» Y sería cierto; pero la verdadera pregunta es: «¿Qué has hecho tú por nadie?» Y la pregunta a este hombre era aún más incisiva: «Con todas tus posesiones, con toda tu riqueza, con todo lo que tú podrías dar, ¿qué bien positivo les has hecho a los demás? ¿Cuánto te has apartado de tu camino para ayudar y consolar y fortalecer a otros como podrías haberlo hecho?» La respetabilidad, en conjunto, consiste en no hacer nada malo; el Cristianismo consiste en hacer algo por los demás. Ahí era precisamente donde este hombre -como tantos de nosotros- fallaba.

(iii) Así es que Jesús le enfrentó con un desafío. Le dijo: « Desmárcate de esa respetabilidad moral. Deja de considerar la bondad como algo que consiste en no hacer cosas. Tómate a ti mismo y todo lo que tienes, y entrégalo todo para bien de los demás. Así y entonces encontrarás la verdadera felicidad en el tiempo y en la eternidad.» Aquel hombre no pudo hacerlo. Tenía muchas posesiones, que nunca se le había pasado por la cabeza que pudiera dar; y cuando se le sugirió, no pudo. Probablemente no había robado nunca, ni defraudado a nadie -pero tampoco había sido nunca, ni podía ponerse en situación de ser, positiva y sacrificialmente generoso.

Puede que sea respetable no quitarle nunca nada a nadie. Lo cristiano es dar siempre lo más posible. En realidad, Jesús estaba confrontando a este hombre con una cuestión básica y esencial: « ¿Hasta qué punto quieres el verdadero Cristianismo? ¿Lo quieres lo suficiente como para renunciar a tus posesiones?» Y el hombre tuvo que contestar sinceramente: «Lo quiero, pero no hasta ese punto.»

Robert Louis Stevenson, en The Master of Ballantrae, hace un retrato del amo que deja su hogar ancestral en Durrisdeer por última vez. Hasta él está triste. Está hablando con el fiel mayordomo de la familia. «¡Ah, M› Keller! -le decía-. ¿Crees que no tengo nunca ningún remordimiento?» «No creo -contestó M› Keller- que usted podría ser tan malo si no tuviera toda la maquinaria para ser bueno.» «No toda -dijo el amo-. En eso estás en un error. La enfermedad de no querer. «

Era la enfermedad de no querer suficientemente la que supuso una tragedia para el que vino corriendo a Jesús. Es la enfermedad que sufrimos la mayoría. Todos queremos la bondad, pero hasta cierto punto, y muy pocos suficientemente como para pagar el precio.

Jesús, al mirarle, le amó. Había muchas cosas en la mirada de Jesús.

(a) Estaba la llamada del amor. Jesús no estaba enfadado con él. Le amaba demasiado para eso. No era la mirada de la ira, sino la del amor.

(b) Estaba el desafío de la caballerosidad. Era una mirada que trataba de sacar al hombre de una vida cómoda, respetable y segura, e introducirle en la aventura de ser un caballero cristiano.

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