Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

Logo

Lucas 17: Las leyes de la Vida Cristiana

-Es inevitable que se produzcan tropiezos -dijo Jesús a sus discípulos-; pero ¡ay del que los provoque! Más le valiera que le ataran al cuello una piedra de molino y le tiraran al mar, antes que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos. Andaos con mucho cuidado. Si tu hermano te causa algún daño, échaselo en cara; si lo siente, perdónale. Aunque te lo haga siete veces al día, si lo reconoce y dice que lo siente, perdónale.

-Haz que tengamos más fe -le dijeron al Señor los apóstoles.

-Si tuvierais algo de fe, aunque fuera tan pequeña como una semillita de mostaza, le podríais decir a este sicomoro: “ ¡Desarráigate y plántate en el mar!» Y os obedecería. -Y siguió diciendo-: «Si uno de vosotros tiene un siervo que vuelve a casa de arar o de apacentar el ganado, ¿a que no le dice que entre y se siente a la mesa? Lo que le dice es que primero le prepare a él la cena, y se ponga el delantal y le sirva a él primero hasta que acabe de cenar, y que ya comerá y beberá él después. Y a mí me parece que no le da las gracias al siervo por haber hecho lo que le ha mandado, ¿verdad? Pues esta debe ser vuestra actitud cuando acabéis de hacer todo lo que se os ha mandado. Debéis deciros: «Lo que se dice como siervos, no somos nada del otro mundo; porque no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber.”

Este pasaje se divide en cuatro secciones claramente definidas e independientes:

(i) Los versículos 1 y 2 condenan a la persona que enseña a otros a pecar. La palabra que se usa en griego es skándalon, de la que procede la castellana escándalo, que es la que se usa en casi todas las traducciones españolas. La Hispano-Americana (1916) puso tropiezo, que luego pasó a la Reina Valera (1960). La Versión Popular introduce una buena circunlocución: “ cosas que hacen pecar a la gente.» La palabra original tiene dos significados:

(a) En un principio quería decir el cebo que se pone en una trampa o anzuelo.

(b) De ahí pasó a significar, en sentido figurado, la piedra de tropiezo que se pone en el camino para que la gente se caiga. Jesús quería decir que es imposible construir un mundo en el que no haya tentaciones; pero, ¡ay de aquel que enseña a otros a pecar, o les hace perder la inocencia!

Siempre tiene que haber una primera invitación a pecar, un primer empujón hacia el mal camino. Kennedy Williamson nos habla de un anciano que se estaba muriendo. Estaba claro que algo le preocupaba; y, por último, lo dijo: «Cuando era un muchacho solía jugar en el cruce de dos carreteras en el que había un indicador de direcciones. Y recuerdo que un día lo torcí, cambiando la orientación de las flechas. No sé a cuántos viajeros habré despistado de su ruta mandándolos adonde no querían ir.» Dios no dará por inocente al que, en el transcurso de la vida, introduce a un joven o a un hermano débil en el mal camino.

(ii) Los versículos 3 y 4 hablan de la necesidad de perdonar. Nos dicen que perdonemos siete veces al día. Los rabinos decían que si uno perdona tres veces, es un hombre perfecto. En Mat_18:21 s, Jesús le dice a Pedro, que le ha preguntado si debe perdonar hasta siete veces: «No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete» (cambiando de signo el himno de venganza de Lamec de Gen_4:24 .) Siete veces al día o setenta veces quiere decir, no que hay un límite, por amplio que sea, sino que no lo hay: que se debe perdonar sin llevar la cuenta.

(iii) Los versículos 5 y 6 nos dicen que la fe es la mayor fuerza del mundo. Recordemos que la manera oriental de hablar es de lo más gráfica. Aquí se nos quiere decir que hasta lo que parece imposible se hace posible para la fe. No tenemos más que pensar en las innumerables maravillas de la ciencia, de las operaciones quirúrgicas, los diversos récord que se han logrado en diversos terrenos y que hace cincuenta años se habrían considerado imposibles. Si nos enfrentamos con algo diciendo: «¡Es imposible!», ni lo intentaremos; pero si decimos: “ ¡Puede hacerse!», por lo menos existe la posibilidad de que se haga. Debemos siempre tener presente que no estamos solos; que el Señor está con nosotros, y con El todo es posible.

(iv) Los versículos 7-10 nos dicen que Dios no está nunca en deuda con nosotros, que nunca nos podemos pasar en su servicio. Cuando lo hemos hecho todo lo mejor posible, no hemos hecho más que lo que estábamos obligados a hacer.

El mundo entero no será dádiva digna de ofrecer. Amor tan grande, sin igual, en cambio exige todo el ser.

ISAAC WATTS

Tal vez se puedan satisfacer las exigencias de la ley; pero todos los que aman saben que no se pueden abarcar los límites del amor.

ESCASEZ DE LA GRATITUD

Lucas 17:11-19

Cuando Jesús se dirigía hacia Jerusalén iba pasando entre Samaria y Galilea. A la entrada de una aldea le salieron al encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y empezaron a gritarle:

-¡Maestro Jesús, apiádate de nosotros!

-¡Id a presentaros a los sacerdotes! -les contestó Jesús cuando los vio.

Mientras iban de camino, ¡su lepra desapareció! Uno de ellos, en cuanto se dio cuenta de que estaba curado, volvió a donde estaba Jesús, alabando a Dios a voces, y se postró rostro a tierra a los pies de Jesús, dándole las gracias. Aquel hombre era samaritano. Dijo Jesús:

-¿No se curaron los diez? Pues, ¿dónde están los otros nueve? ¿Este extranjero es el único que ha vuelto a darle gracias a Dios?-Y, dirigiéndose al samaritano, le dijo-: ¡Hala, ponte en pie y vete! La fe que tienes es lo que ha sido tu salvación.

Jesús iba por la línea que separaba Galilea y Samaria cuando se encontró con aquel grupo de diez leprosos. Sabemos que los judíos no se trataban con los samaritanos (Joh_4:9 ); sin embargo, en este grupo había por lo menos uno que era samaritano.

Aquí tenemos un ejemplo de una de las leyes de la vida: la común desgracia había roto las barreras raciales y nacionales haciéndoles olvidar las diferencias que había entre judíos y samaritanos, y recordar sólo que eran seres humanos necesitados de compañía y ayuda mutua.

Si se produce una inundación en un terreno y se reúnen diferentes clases de animales en algún lugar más alto, conviven pacíficamente los que en circunstancias normales serían enemigos y lucharían a muerte. Lo que más debería hacer que los seres humanos convivieran en paz es su común necesidad de Dios.

Los leprosos se pararon a lo lejos (véase Lev_13:45-46 ; Num_5:2 ). No era una distancia fija; pero una autoridad establecía que fueran por lo menos cincuenta metros los que separaran al leproso de los sanos. Ahí vemos el absoluto aislamiento en que tenían que vivir los leprosos.

Esta es la historia evangélica que nos muestra más a las claras la realidad de la ingratitud. Los leprosos clamaron a Jesús en una situación desesperada; Él los curó, y nueve de los diez no volvieron a darle las gracias. Eso es lo que suele pasar: una vez que se ha obtenido lo que se necesitaba, no se vuelve ni para dar las gracias.

(i) A menudo somos. desagradecidos con nuestros padres. Hubo una época de nuestra vida en la que, si nos hubieran abandonado unos pocos días, nos habríamos muerto. De todas las. criaturas, el ser humano es el que tarda más en independizarse de sus padres. Pero a veces llega el día en que los padres son una molestia, y muchos jóvenes no están dispuestos a pagar la deuda de gratitud que les deben. W. Shakespeare pone en boca del rey Lear:

“ ¡Cuánto más aguda que los dientes de una serpiente es la ingratitud de un hijo!»

(ii) A menudo somos desagradecidos con nuestros semejantes. Será raro entre nosotros el que no haya recibido una ayuda considerable en algún momento de necesidad, y más raro el que haya devuelto la deuda de gratitud que contrajo. A veces un amigo, o maestro, o médico, hace algo por nosotros que nunca podremos pagar; pero lo malo es que hasta lo olvidamos.

(iii) A menudo somos desagradecidos con Dios. En algún momento de amarga necesidad hemos orado con intensidad desesperada; pero pasó aquella situación, y nos olvidamos de Dios. Dios dio a su amado Hijo por nosotros a la muerte de cruz, y muchos no le hemos dado ni siquiera las gracias. La mejor gratitud es tratar de ser un poco más dignos, o menos indignos, de su bondad y misericordia. “ Bendice, alma mía al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios» (Psa_103:2 ).

LAS SEÑALES DE SU VENIDA

Lucas 17:20-37

Una vez le preguntaron a Jesús los fariseos cuándo iba a venir el Reino de Dios, y Él les contestó:

-EL Reino de Dios no vendrá con señales que uno pueda observar, ni se dirá: “¡Aquí está!», o «¡Por allí viene!» Porque, fijaos: el Reino de Dios está dentro de vosotros-. Y siguió diciendo a sus discípulos-: Llegará un tiempo en que querréis ver uno de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. Y os dirán: «¡Aquí está!», o «¡Por allí viene!» Pero no vayáis ni les hagáis caso; porque el Hijo del Hombre se presentará en su Día como el relámpago que resplandece de una punta a otra de los cielos. Pero antes es necesario que padezca mucho, y que le rechacen los de este tiempo. Los días del Hijo del Hombre serán como cuando vivía Noé: que la gente comía y bebía, se casaba y celebraba bodas, hasta el momento en que Noé se metió en el arca y se descargó el Diluvio y acabó con todos. O como sucedió cuando vivía Lot: que se comía y se bebía, se compraba y se vendía, se plantaba y se edificaba; pero, en cuanto salió Lot de Sodoma, se puso a llover fuego y azufre de los cielos, y murieron todos. Así sucederá el Día que se manifieste el Hijo del Hombre: entonces, el que esté en la azotea, que no intente bajar alas habitaciones a recoger sus bienes; y el que esté en el campo, que no trate de volver a casa. ¡Acordaos de la mujer de Lot! El que haga todo lo posible para salvar la vida, la perderá; y el que esté dispuesto a perderla, la salvará. Os aseguro que esa noche estarán dos en una cama, y uno será arrebatado y otro dejado. Habrá dos mujeres juntas moliendo, y una será arrebatada y otra dejada. Estarán dos trabajando juntos en el campo, y uno será arrebatado y otro dejado.

-¿Adónde, Señor? -le preguntaron entonces.

-«Donde estén los cuerpos, allí se juntarán los buitres» -respondió Jesús.

Aquí tenemos dos pasajes difíciles:

En los versículos 20 y 21, Jesús contesta a la pregunta de los fariseos acerca de cuándo vendrá el Reino de Dios. Dijo que no vendrá con señales que podamos esperar. La palabra que se usa sugiere un médico que está observando a un paciente para descubrir los síntomas de la enfermedad que sospecha. Y no estamos seguros de lo que Jesús dijo a continuación, porque el original puede querer decir dos cosas:

(a) Puede querer decir que el Reino de Dios está dentro de vosotros; es decir, que es algo que obra en los corazones de las personas; no va a producir cosas nuevas, sino personas nuevas. Lo que debemos buscar no es una revolución que vaya a afectar a las cosas materiales, sino una revolución en los corazones.

(b) Puede querer decir que el Reino de Dios está entre vosotros. Querría decir Él, Jesús mismo. Él era la personificación del Reino, aunque no le reconocían. Es como si dijera: «Aquí están la oferta total y el secreto de Dios, y vosotros no los queréis aceptar.»

Los versículos 22-37 hablan de la Segunda Venida de Cristo. De este pasaje sólo podemos sacar algunas cosas que son seguras, ¡y ya es bastante!

(i) Habrá tiempos en que los cristianos anhelen la venida de Cristo. Como los mártires, clamarán: “ ¡Señor! ¿Hasta cuándo?» (Rev_6:10 ). Pero tendrán que aprender a mantener encendidas las lámparas de la paciencia, y esperar. Dios tiene su momento.

(ii) La venida de Cristo es segura, pero no sabemos cuándo será. Es inútil especular. Vendrán personas con profecías y predicciones falsas; pero no debemos inquietarnos ni hacerles caso. La mejor manera en que puede encontrarnos Cristo es cumpliendo con nuestro deber paciente y fielmente. Como dice un comentarista: “ Nadie lo podrá prever, pero todos lo verán.»

(iii) Cuando llegue ese Día, el juicio de Dios se hará realidad, y de dos personas que han estado juntas toda la vida, una será arrebatada y otra dejada. Aquí hay una advertencia: el haber estado cerca de una persona que es fiel al Señor no es una garantía de salvación. «Nadie puede librar a su hermano.» No hace mucho que era corriente el entregar uno de los hijos a la iglesia para que cumpliera por todos. Y todavía lo es el que un marido se descargue dejando a la mujer que cumpla con la iglesia. Pero el juicio de Dios es individual. No podemos delegar en otro el cumplimiento de nuestros deberes con Dios. A menudo uno es arrebatado y otro dejado.

(iv) Cuando le preguntaron a Jesús cuándo pasaría todo eso, contestó citando un conocido refrán: «Donde estén los cuerpos se juntarán los buitres», que quería decir que una cosa sucedía cuando se cumplían las condiciones necesarias. Para nosotros quiere decir que Dios enviará otra vez a Jesucristo a Su debido tiempo -el de Dios. No podemos saber cuándo, y no osaremos especular. Debemos vivir de tal manera que cuando Él venga nos encuentre preparados.

Lucas 17:1-37

17.1-3 Quizás Jesús hizo esta advertencia a los líderes religiosos que enseñaban a sus prosélitos con hipocresía (véase Mat_23:15). Perpetuaban un sistema maligno. Una persona que enseña a otras tiene una responsabilidad muy seria (Jam_3:1). Como los médicos, un maestro debe tener en mente este antiguo refrán: «Primero, no perjudiques».

17.3, 4 Reprender no significa destacar cada pecado que vemos, sino mostrarle a la persona su pecado para que esta le preste atención, a fin de restaurarla en su relación con Dios y los demás seres humanos. Cuando le parezca que debe reprender a otro cristiano por un pecado, revise sus actitudes antes de abrir la boca. ¿Ama a esa persona? ¿Está dispuesto a perdonar? A menos que la reprensión no esté unida al perdón, no ayudará al pecador.

17.5, 6 La petición de los discípulos fue genuina; querían la fe necesaria para tal perdón radical. Pero Jesús no se refirió de forma directa a su inquietud, porque la cantidad de fe no es tan importante como su propósito y autenticidad. ¿Qué es la fe? Es una dependencia total en Dios y una disposición para hacer su voluntad. No es algo que nos ponemos para mostrar a otros. Es obediencia total y humilde a la voluntad de Dios, disposición para hacer lo que nos mande. La cantidad de fe no es lo más importante, sino la clase de fe en nuestro Dios todopoderoso.

17.6 El grano de mostaza es muy pequeño, pero está vivo y crece. Como esta semillita, una pequeña cantidad de fe genuina en Dios se enraizará y crecerá. Apenas visible al principio, empezará a esparcirse, primero bajo tierra y luego de manera visible. Sin embargo, cada cambio será gradual e imperceptible, pronto esta fe producirá mayores resultados que sacarán de raíz y destruirán lealtades que compiten entre sí. No necesitamos más fe; una pequeña semilla es suficiente si está viva y en crecimiento.

17.7-10 Si obedecemos a Dios, solo cumplimos con nuestra obligación y debemos considerarlo un privilegio. ¿Sintió alguna vez que merece un crédito extra por servir a Dios? La obediencia es nuestro deber, no un acto de caridad. Jesús no considera nuestro servicio sin sentido ni inútil, ni nos deja sin recompensa. Ataca la injustificable autoestima y el orgullo espiritual.

17.11-14 A estos leprosos se les demandó que se mantuvieran alejados de otras personas y que anunciaran su presencia si alguien se les acercaba. Algunas veces los leprosos entraban en remisión. Si un leproso pensaba que ya no tenía lepra, se suponía que debía presentarse a un sacerdote que podría declararlo limpio (Levítico 14). Antes que sanaran, Jesús envió a los diez leprosos al sacerdote, ¡y sanaron! Respondieron con fe y Jesús los sanó en el camino. ¿Es su confianza en Dios tan grande que cree lo que El dice aun antes de suceder?

17.16 Jesús sanó a los diez leprosos, pero solo uno regresó para darle las gracias. Es posible recibir grandes regalos de Dios con un espíritu ingrato, nueve de los diez leprosos actuaron así. Sin embargo, el leproso agradecido aprendió que su fe jugó un papel importante en su curación. Así pues, los cristianos agradecidos crecerán en el conocimiento de la gracia de Dios. Dios no demanda que le demos gracias, pero se complace cuando lo hacemos y usa nuestro espíritu de agradecimiento para enseñarnos más acerca de El.

17.16 Este hombre además de leproso era samaritano, raza despreciada por los judíos por su idolatría y por ser medio judíos (véase la nota a 10.33). Una vez más Lucas señala que la gracia de Dios es para todos.

17.20, 21Los fariseos preguntaron cuándo vendría el Reino de Dios sin darse cuenta de que ya había llegado. El Reino de Dios no es como uno terrenal con límites geográficos. Más bien consiste en la obra del Espíritu de Dios en las personas y sus relaciones. Hoy en día debemos resistirnos a ver las instituciones o programas como evidencias del progreso del Reino de Dios. En su lugar, debemos atender a lo que Dios hace y puede hacer en el corazón de las personas.

17.23, 24 Muchos dirán ser el Mesías y otros que Jesús volvió, y bastante les creerán. Jesús nos advierte para que nunca tomemos en serio tales informes, sin importar cuán convincentes resulten. Cuando Jesús vuelva, su poder y presencia será evidente para todos. Nadie necesitará difundir el mensaje porque todos lo verán.

17.23-36 La vida andará por su rumbo el día que Cristo vuelva. No habrá advertencia previa. La gente cumplirá sus tareas cotidianas, indiferente a las demandas de Dios. Se sorprenderá con la venida de Cristo, como las personas en el día de Noé cuando vino el diluvio (Gen_6:8) o la gente en los días de Lot durante la destrucción de Sodoma (Génesis 19). No sabemos el día ni la hora del regreso de Cristo, pero sabemos que vendrá. Quizás sea hoy o mañana o en siglos futuros. De cualquier modo debemos estar listos. Viva como si Jesús viniera hoy.

17.26-35 Jesús advirtió en contra de una falsa seguridad. Debemos abandonar los valores y preocupaciones de este mundo a fin de estar listos para la venida de Cristo. Esto ocurrirá de repente, cuando El venga no habrá una segunda oportunidad. Se llevarán algunos para estar con El y el resto se quedará atrás.

17.37 Para responder la pregunta de los discípulos, Jesús se refirió a un proverbio familiar. Un águila revoloteando sobre nuestra cabeza no significa mucho, pero la unión de muchas águilas significa un cuerpo muerto en descomposición. Asimismo, quizás «una señal del fin» no signifique mucho, pero cuando las señales se multiplican con rapidez, su Segunda Venida está cerca.

Lucas 17:1-4

Los versículos que quedan citados nos enseñan, primeramente, que el que es ocasión de escándalo o de tropiezo a sus semejantes, comete un gran pecado.

Nuestro Señor Jesucristo dice:»¡Ay de aquel por quien vienen escándalos! Mejor le seria si una piedra de molino de asno le fuera puesta al cuello, y fuese echado en la mar, que escandalizar a uno de estos pequeñitos..

¿Cuándo es que los hombres escandalizan? ¿Cuándo sirven de tropiezo? Sin duda, cuando persiguen a los creyentes, o cuando procuran impedir a otros que sirvan a Cristo. Mas esto, por desgracia, no es todo: los que hemos profesado la fe cristiana también escandalizamos y servimos de tropiezo. Hacemos esto siempre que por nuestro mal humor, nuestras palabras ociosas o nuestros hechos pecaminosos, deshonramos la religión que pretendemos venerar; siempre que hacemos esa religión antipática a los ojos del mundo por medio de una conducta que esté en pugna con las creencias que profesamos. Si bien es cierto que el mundo no entiende a veces las doctrinas y los principios de los creyentes, sí tiene un ojo muy perspicaz para notar su conducta.

El pecado contra el cual nos previene nuestro Señor fue cometido por David. Cuando él quebrantó el séptimo mandamiento y tomó como esposa la mujer de Urías, el profeta Natán le dijo:»Hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová» 2Sa_12:14. Fue así mismo el pecado de que S. Pablo acusó a los Judíos cuando dijo:»El nombre de Jehová es blasfemado por causa vuestra entre los gentiles» Rom_2:24 Y por último, es el pecado del cual el mismo apóstol ha suplicado a los cristianos que se guarden:»Sed sin ofensa a Judíos, a Griegos y a la iglesia de Dios» 1Co_10:32.

Preguntémonos a menudo si estamos haciendo bienes o males en el mundo. No podemos ser verdaderos cristianos y desentendernos del bien de los demás.

Muchos de nuestros semejantes espían nuestra conducta, a fin de juzgar de nosotros más bien por lo que ven que por lo que oyen. Y si llegan a percibir que contradecimos con nuestras acciones lo que hemos profesado con los labios, natural y justo es que se escandalicen. Procuremos que nuestra religión resplandezca a los ojos de los hombres, y ornamentemos la doctrina de Cristo con buenos hechos. Huyendo de toda tentación y de los pecados que más nos dominen, esforcémonos cada día por vivir de tal suerte que nuestros semejantes no hallen en nosotros falta alguna.

En estos versículos se nos enseña, además, que debemos ser indulgentes con los demás. Nuestro Señor Jesucristo dice:»Si pecare contra ti tu hermano, repréndele, y si se arrepintiere perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día se volviere a ti diciendo: Pésame: perdónale.

El deber cristiano de perdonar las injurias es uno de los que se recomiendan en el Nuevo Testamento con más ahínco. En la oración dominical ocupa un lugar prominente: lo único que en esa oración profesamos hacer es «perdonar a nuestros deudores» También nos sirve para determinar si hemos sido perdonados. Si uno no puede perdonar a su prójimo las pocas faltas que contra él haya cometido, es bien seguro que no sabe por experiencia propia lo que es el eterno perdón que Cristo otorga a los que creen en El. Mat_17:35; Eph_4:32.

El cumplimiento de dicho deber nos ayuda así mismo a conocer si El Espíritu Santo mora en nosotros o no. El Espíritu Santo se manifiesta en el corazón del hombre por medio de los frutos que produce en su vida. El hombre que no ha aprendido a sobrellevar las flaquezas de sus semejantes, y a disimular y tolerar mucho, no « ha nacido del Espíritu.» 1Jo_3:14; Mat_5:44.

La doctrina que nuestro Señor sienta en este pasaje tiene por objeto promover la humildad y la mansedumbre entre los hombres, y demuestra claramente cuan opuestas al espíritu del Evangelio son las prácticas del mundo. ¿Quién hay que ignore que muchos de los que han sido bautizados en la iglesia cristiana se hacen notar por implacables? Millares de personas que comulgan y profesan creer en el Evangelio, se enojan muy pronto por la más pequeña manifestación de lo que ellos llaman conducta ofensiva, y está prontas a querellarse por las cosas más insignificantes. La misma observación es aplicable a todas las personas de ese jaez, a saber que de esa manera se hacen la vida amarga y manifiestan que no son dignas del reino de Dios. La intolerancia y el ánimo irritable son señales seguras de que no ha habido arrepentimiento. ¿Qué dice la Escritura sobre este asunto? «Porque mientras que hay entre vosotros celos, y contiendas, y disensiones, ¿no sois carnales y andáis como hombres?.

Pocos pasajes hay que deban hacer que el cristiano se sienta más humillado y que advierta con tanta presteza la necesidad de la sangre expiatoria de Cristo, como los versículos de que hemos estado tratando, ¡Cuántas veces no hemos sido para otros ocasión de escándalo! ¡Cuan a menudo no hemos abrigado sentimientos de rencor, de odio, o de venganza! No debiera ser así. Cuanto más practiquemos preceptos como los que contiene este pasaje, tanto más atractiva haremos nuestra religión, y tanto mayor serán nuestra calma y serenidad espirituales.

Lucas 17:5-10

Notemos la importante suplica que hicieron los apóstoles. Ellos dijeron a nuestro Señor: « Auméntanos la fe..

Ignoramos que emociones secretas dieron origen a dicha súplica. Acaso al oír los sagrados preceptos que se desprendían de los labios del Redentor los apóstoles sintieron que su corazón desmayaba. Acaso se preguntaron a sí mismos: «¿Quién es idóneo para estas cosas? ¿Quién puede aceptar tan elevadas doctrinas? ¿Quién puede seguir una norma de conducta tan pura?» Estas sin embargo son meras conjeturas; mas, sea de ello lo que fuere, no puede negarse que la súplica que hicieron fue de alta trascendencia.

La fe es el cimiento sobre el cual descansa la verdadera religión, la religión que salva. «Menester es que el que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan» Heb_11:6. Es el lazo por el cual el alma se une a Cristo, y obtiene la salvación. Es, en fin, una fuente de consuelo y de felicidad para el cristiano. En proporción a nuestra fe será nuestra paz, nuestra esperanza, nuestra firmeza, nuestro valor y nuestra piedad. Los apóstoles obraron, pues, discretamente cuando la pidieron.

La fe es una virtud que se posee en diferentes grados. No llega a todo su vigor ni a toda su perfección tan luego como El Espíritu Santo la inocula en el corazón humano. Hay fe «pequeña» y fe «grande.» Hay fe «débil» y fe «vigorosa.» De ambas trata la Escritura; ambas existen en la iglesia cristiana.

¿Tenemos fe? Esta es, en suma, la pregunta que este tema debiera sugerirnos. La fe que salva no consiste meramente en repetir el credo y decir: «Creo en Dios Padre, y en Dios Hijo, y en Dios Espíritu Santo.» Muchos hombres hay que hacen uso de estas palabras diariamente, y que, sin embargo, no poseen la verdadera fe. Las palabras de S. Pablo son muy solemnes: «No todos tienen fe.» 2Th_3:2. La verdadera fe no nace con el hombre, sino desciende de lo alto; porque es el don de Dios.

Si tenemos fe, pidamos a Dios que nos conceda más. Cuando un hombre está satisfecho con la vida que lleva, y no anhela «crecer en gracia» da malas nuestras de su condición espiritual. Boguemos a Dios que nos aumente la fe.

Observemos, además, qué golpe tan terrible da nuestro Señor a los que confían en sus propios méritos para la salvación. Dice a sus apóstoles: « Cuando hubiereis hecho todo lo que os es mandado, decid: Siervos inútiles somos, porque lo que debíamos hacer, hicimos..

Todos por naturaleza somos orgullosos, y confiamos demasiado en la bondad de nuestros actos. Esta es una enfermedad que se manifiesta de distintas maneras. La mayor parte de los hombres la pueden percibir en los demás; pero pocos hay que confiesen tenerla. Raro es encontrar a un hombre que, por malo que sea, no se lisonjee de que hay alguno peor que él. Raro también es encontrar un hombre piadoso, que no tenga a veces la tentación de sentirse satisfecho de su piedad. Hay una clase de orgullo que se cubre con el manto de la humildad. No hay corazón en que no se albergue algo de la índole del fariseo.

El que desee salvarse tiene que confesar que de suyo no tiene merecimiento o virtud alguna; tiene que abandonar su propia justicia, y confiar en la de otro ser más puro que él: nuestro Señor Jesucristo. Cuando hayamos sido perdonados, debemos vivir siempre con la convicción de que somos siervos inútiles.

Por muy bien que nos conduzcamos, no hacemos más que cumplir con nuestro deber, y nada tenemos de que jactarnos. Y además, no es por virtud nuestra que lo cumplimos, sino por medio de la gracia que Dios nos concede. Dios no tiene obligación alguna para con el hombre. Nosotros no tenemos derecho para exigir nada de él, ni podemos alegar a nuestro favor merecimientos algunos. Dado nos ha sido todo lo que poseemos. Todo lo que somos se lo debemos a la gracia de Dios.

¿Cuál es la verdadera causa de la confianza que tenemos en nuestros méritos? ¿Cómo es que una criatura tan débil, miserable y pecadora como el hombre puede llegar a imaginarse que merece cosa alguna de las manos de Dios? Todo proviene de la ignorancia. Es que no alcanzamos a conocer lo que somos, ni quién es Dios, ni qué cosa es la ley divina. Tan luego como la luz de la gracia penetra en el corazón del hombre la confianza que este tiene en sí mismo cesa.

Acaso queden algunos restos de orgullo que se manifiesten de cuando en cuando; más desaparecen de un todo cuando el Espíritu Santo ilumina al hombre y le hace ver quién es él y quien es Dios. El verdadero cristiano no confía jamás en su propia bondad; mas, como S. Pablo, exclama: «Yo soy el primero de los pecadores.» «Lejos esté de mí el gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.» 1Ti_1:15; Gal_6:14

Lucas 17:11-19

Notemos, en primer lugar, con cuánta, vehemencia puede el hombre pedir socorro cuando lo necesita. Se nos refiere que «entrando el Señor en una aldea, le vinieron al encuentro diez hombres leprosos.» Es difícil imaginarse situación más lastimosa que la de los que sufren de la lepra: se ven arrojados de la sociedad y privados de comunicación con sus semejantes. Los hombres descritos en el pasaje que tenemos a la vista parecen haber sentido todo el peso de su doloroso estado. «Se pararon de lejos;» mas no permanecieron así sin hacer nada, pues alzaron la voz diciendo: Jesús, maestro, ten misericordia de nosotros..

La conducta de los leprosos es muy instructiva, porque ilustra uno de los puntos más importantes de la práctica del Cristianismo: el de la oración.

¿Porqué hay tantas personas que jamás oran? ¿Porqué hay tantas personas que se contentan con repetir ciertas palabras, pero jamás oran de corazón? ¿Por qué es que hombres y mujeres que se hallan sumergidos en el pecado y que tienen almas inmortales, no saben hacer una plegaria real y fervorosa? La respuesta a estas preguntas es corta y sencilla : es que la mayor parte de los hombres cierran los ojos ante sus culpas y pecados, y no sienten su malestar espiritual, ni se aperciben que están al perderse, que se hallan al borde de la miseria eterna. Cuando el hombre descubre cuáles son las dolencias de su alma, pronto aprende a orar. A semejanza del leproso, encuentra palabras con qué expresar su necesidad.

Clama por ayuda.

¿Por qué es, tornamos a preguntar, que muchos creyentes verdaderos oran sin fervor? La contestación que puede darse a esta pregunta es también sencilla: es que la conciencia de su propia maldad no es en ellos tan profunda como debiera ser.

No tienen una convicción firme de que son débiles y desvalidos, y por eso no imploran con fervor gracia y misericordia.

Procuremos, pues, conocer a fondo nuestras propias necesidades. Si los fieles pudieran contemplar su alma como los desdichados leprosos contemplaban su cuerpo, seguro es que orarían muchísimo mejor.

Notemos, en seguida, que, por lo general, cuando somos obedientes obtenemos auxilio. Se nos dice que cuando los leprosos pidieron la protección de nuestro Señor, lo único que él les dijo en réplica fue: «Id, mostraos a los sacerdotes.» El no los tocó ni mandó a la enfermedad que los dejara en el acto, ni les recetó ningún remedio o lavatorio; y sin embargo, a las palabras que se desprendieron de sus labios se siguió la curación. Los enfermos obtuvieron alivio tan pronto como hubieron obedecido su mandato. «Y aconteció, que yendo ellos fueron limpios..

Este suceso nos enseña una lección importante: nos demuestra que siempre haremos bien en obedecer, como tiernos niños, los preceptos de Cristo. No nos es dado permanecer en la inacción, ni vacilar una vez que percibamos que los mandamientos de Dios son claros e inequívocos. Si los leprosos hubieran sido indolentes es bien seguro que jamás habrían sido curados. Preciso es, pues, que leamos las Escrituras con constancia, que procuremos orar con fervor, y que hagamos uso de los medios de gracia. Todos estos son deberes que Cristo nos impone, y, si amamos nuestra propia vida, debemos cumplirlos sin hacer preguntas capciosas. «El que quisiere hacer Su voluntad conocerá de la doctrina si es de Dios..

Notemos, por último, cuan rara es la gratitud. De todos los diez leprosos a quien Cristo curó, solo uno volvió a darle gracias. Las palabras que pronunció entonces son muy solemnes: «¿No son diez los que fueron limpios? ¿Y los nueve donde están?.

Esta lección es sumamente instructiva y debe hacernos sentir humillados y contritos. Nuestra conducta es muy semejante a la de los diez leprosos. Estamos más dispuestos a implorar que a alabar, y a pedir a Dios nos conceda lo que no tenemos, que a darle gracias por lo que tenemos. El desagradecimiento universal de los cristianos es un hecho que debiera causar rubor, puesto que demuestra bien la falta de humildad.

Roguemos a Dios nos conceda gratitud. Esta es una virtud en que se deleita. Es la virtud que ha caracterizado a los hombres más rectos en todos los siglos de la iglesia. Es una virtud que forma la atmósfera del cielo: los ángeles y los santos están siempre loando a Dios. Es, por último, una virtud que produce felicidad en la tierra. Si no queremos sentir ansiedad por nada debemos exponer a Dios nuestras necesidades, no solo con la oración y el ruego, sino con hacimiento de gracias. Phi_4:6.

Mas, ante todo, pidamos al Altísimo nos dé una conciencia más profunda de nuestra culpabilidad y desmerecimiento. De ahí es que emana la gratitud: el hombre que cada día reconoce de cuánto es deudor a la gracia divina, alaba y bendice a Dios constantemente. La gratitud es una planta que solo florece cuando tiene por raíz la humildad.

Lucas 17:20-25

En este pasaje se nos enseña que el reino de Dios es enteramente distinto de los reinos de este mundo. Nuestro Señor dijo a los fariseos que el reino de Dios no vendría manifiesto. Quiso decir con estas palabras que su llegada no seria anunciada con signos exteriores de dignidad. Los que esperasen contemplar algo de esa especie verían sus esperanzas burladas, pues mientras estuviesen vanamente en acecho del reino que su imaginación se había creado, el reino verdadero estaría en medio de ellos, sin que lo apercibiesen. «He aquí,» dijo, « el reino de Dios está dentro de vosotros..

Con las palabras que encierra el versículo ya citado nuestro Señor describió con toda exactitud el principio de su reino espiritual. Empezó este en un pesebre de Belén, sin que de ello tuviesen conocimiento los grandes, los ricos o los sabios.

Apareció repentinamente en el templo de Jerusalén, y nadie sino Simeón y Ana reconocieron a su Rey. Y treinta años después solo fue recibido por unos pocos pescadores y publicanos de Galilea. El Rey vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Entretanto, los judíos estaban esperando el reino; pero no fijaban la vista en la dirección debida, y querían ver signos que no se les habían anunciado. El reino de Dios estaba en medio de ellos, y sin embargo no lo veían.

El reino efectivo que Cristo ha de establecer algún día, será muy semejante a su reino espiritual. No lo acompañarán los signos y las manifestaciones exteriores que muchos tienen esperanza de ver; no será precedido, como se cree, de un período de paz y pureza universales; ni tampoco será anunciado a la Iglesia de una manera tan clara que todos se puedan prepara para su advenimiento Vendrá de súbito y la mayor parte de los hombres lo contemplarán con sorpresa. Los Simeones y las Anas serán tan escasos en ese día como en la otra venida de Cristo.

Se nos enseña, en segundo lugar, que el segundo advenimiento será un acontecimiento muy repentino. Nuestro Señor lo describió por medio de una figura muy notable. Dijo así: «Como el relámpago, relampagueando desde una parte que está debajo del cielo, resplandece hasta la otra que está debajo del cielo, así también será el Hijo del hombre en su día..

Del día y la hora en que dicho acontecimiento tendrá lugar, no sabemos nada. Más sí sabemos esto: que para la iglesia y para el mundo su venida será repentina, instantánea, sin previo aviso. Las Escrituras nos lo enseñan así en varios lugares.

«El Hijo del hombre ha de venir a la hora que no pensáis.» «El día del Señor como ladrón en la noche así vendrá.» Mat_24:44; 1Th_5:2.

Bien solemne es por cierto la idea de que el segundo advenimiento de Cristo será repentino. Ante ella debiéramos sentirnos impulsados a hacer esfuerzos por preparar nuestra conciencia. El deseo más ardiente de nuestro corazón debiera ser estar siempre listos para recibir a nuestro Señor, y no hace nada de que tuviésemos que avergonzarnos si apareciese repentinamente. «Bienaventurado,» dice el apóstol S. Juan, «el que vela y guarda sus vestiduras..

Es este pasaje se nos enseña, en tercer lugar, que en las Escrituras se nos revelan dos advenimientos de Cristo en persona.

Jesús vino la primera vez como débil y humilde, a padecer y morir; la segunda vez se presentará en poder y gloria para poner a sus enemigos bajo sus plantas. En la primera venida cargó con nuestros pecados y fue crucificado; en la segunda aparecerá sin pecado para salvar a su pueblo. De ambos advenimientos habla nuestro Señor expresamente en los versículos citados. Al primero se refiere cuando dice que es necesario que «padezca mucho y sea reprobado.» Hace alusión al segundo cuando dice que el Hijo del hombre es como el relámpago que resplandece desde la una parte del cielo hasta la otra.

Lucas 17:26-37

El tema de que tratan los versículos que quedan citados es muy solemne: es el segundo advenimiento del Hijo de Dios.

Nuestro Señor describió con sus propios labios ese notable acontecimiento, y todos los sucesos que con él tienen relación.

Debemos observar, en primer lugar, cuan aterrador es el cuadro que bosqueja el Señor del estado en que se encontrará la iglesia a Su segunda venida. Se nos dice que como fue en los días de Noé y de Lot, así será en los días en que se revele el Hijo del hombre. No queda duda alguna sobre el significado de esas palabras. Se nos dice con toda claridad que los hombres se ocupaban entonces solo de comer, casarse, comprar, vender, plantar, edificar. Más en los días de Noé vino al cabo el diluvio y ahogó a todos, salvo a los que estaban en el arca; en los días de Lot descendió fuego del cielo con excepción de Lot, su esposa, y sus hijas. Y nuestro Señor dijo que sucesos como esos tendrían también lugar cuando El apareciese otra vez, esto es, al fin, del mundo. «Cuando dirán: Paz y seguridad; entonces vendrá sobre ellos destrucción de repente.» 1Th_5:3. Las palabras en que el pasaje está concebido nos enseñan que el mundo estará lleno de maldad y de corrupción el día en que Cristo aparezca. Los incrédulos y los no convertidos serán muy numerosos: los creyentes y los piadosos muy escasos.

Debemos observar, en segundo lugar, de qué manera tan solemne nos exhorta nuestro Señor a que nos guardemos de la falla de fe religiosa. Nos dice: «Acordaos de la mujer de Lot..

La mujer de Lot tenía toda la apariencia de ser religiosa. Era esposa de un hombre justo; gracias a su enlace, podía contar a Abrahán entre sus mayores; y cuando su esposo huyó de Sodoma, en obediencia al mandato de Dios, ella lo acompañó.

Más, a pesar de todo esto, era muy distinta de su marido: aunque huyó con él, su corazón se inclinaba aún hacia Sodoma, y de su propia voluntad desobedeció la admonición del ángel. Por lo tanto fue convertida en un pilar de sal, y pereció en sus pecados. Acordaos de ella. «Acordaos,» dice nuestro Señor,› ‹de la mujer de Lot..

Lo que sucedió a la mujer de Lot ha sido consignado en la Biblia para que sirva de escarmiento y prevención a los cristianos que hayan hecho profesión de fe. Es de temerse que en el segundo advenimiento haya muchos que se parezcan a ella. En nuestros días hay gran número de personas que practican la religión hasta cierto punto; que imitan lo que sus amigos hacen exteriormente; que hablan con comedimiento y veneración, y cumplen con todos los ritos externos; pero que están lejos de agradar a Dios, porque todavía aman al mundo. Empero, muy luego, en el día de la prueba el mundo descubrirá su hipocresía. La mujer de Lot no fue única en su clase.

Observemos, por último, cuan terrible será la separación que tendrá lugar en el segundo advenimiento. Nuestro Señor la describe con las siguientes palabras tan notables: «En aquella noche estarán dos en una cama: el uno será tomado y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo juntas: la una será tomada y la otra será dejada..

El significado de estas palabras es bien claro. El día del segundo advenimiento será cuando los buenos y los malos, los convertidos y los no convertidos quedarán al fin separados. La iglesia visible no será por más tiempo una corporación mixta; el trigo y la cizaña ya no crecerán juntos; y los buenos peces serán colocados aparte de los malos. Vendrán los ángeles y congregarán a los buenos para que reciban su galardón, y dejarán atrás a los malos para que sean castigados.

«¿Os habéis convertido o no?» será lo que preguntarán a cada uno. Ni importará que dos o más personas hayan trabajado o vivido juntas por muchos días. Cada una de ellas será juzgada de acuerdo con sus prácticas y principios religiosos. Los miembros de cada familia que hayan amado a Cristo serán llevados al cielo; y los que hayan amado al mundo serán arrojados en el infierno.

Meditemos bien sobre estos particulares. Medítelos bien el que ame a sus parientes y amigos. Si aquellos a quienes ama son verdaderos siervos de Jesús, debe asociarse frecuentemente con ellos y participar de su suerte, no sea que bien pronto tengan que separarse para siempre. Si aquellos a quienes ama se hallan todavía sumergidos en sus culpas y pecados, es de su deber orar y hacer todo lo posible por que se conviertan, no sea que tenga luego que alejarse de ellos por toda una eternidad. Es solo en este mundo que podemos hacer algo por el bien espiritual de nuestros semejantes, y el fin de nuestra vida no está lejano. Toda separación es sensible, más las que ahora tienen lugar no pueden compararse con las que se verificarán en el segundo advenimiento.

Deja el primer comentario

Otras Publicaciones que te pueden interesar