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Lucas 17: Las leyes de la Vida Cristiana

La fe es el cimiento sobre el cual descansa la verdadera religión, la religión que salva. «Menester es que el que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan» Heb_11:6. Es el lazo por el cual el alma se une a Cristo, y obtiene la salvación. Es, en fin, una fuente de consuelo y de felicidad para el cristiano. En proporción a nuestra fe será nuestra paz, nuestra esperanza, nuestra firmeza, nuestro valor y nuestra piedad. Los apóstoles obraron, pues, discretamente cuando la pidieron.

La fe es una virtud que se posee en diferentes grados. No llega a todo su vigor ni a toda su perfección tan luego como El Espíritu Santo la inocula en el corazón humano. Hay fe «pequeña» y fe «grande.» Hay fe «débil» y fe «vigorosa.» De ambas trata la Escritura; ambas existen en la iglesia cristiana.

¿Tenemos fe? Esta es, en suma, la pregunta que este tema debiera sugerirnos. La fe que salva no consiste meramente en repetir el credo y decir: «Creo en Dios Padre, y en Dios Hijo, y en Dios Espíritu Santo.» Muchos hombres hay que hacen uso de estas palabras diariamente, y que, sin embargo, no poseen la verdadera fe. Las palabras de S. Pablo son muy solemnes: «No todos tienen fe.» 2Th_3:2. La verdadera fe no nace con el hombre, sino desciende de lo alto; porque es el don de Dios.

Si tenemos fe, pidamos a Dios que nos conceda más. Cuando un hombre está satisfecho con la vida que lleva, y no anhela «crecer en gracia» da malas nuestras de su condición espiritual. Boguemos a Dios que nos aumente la fe.

Observemos, además, qué golpe tan terrible da nuestro Señor a los que confían en sus propios méritos para la salvación. Dice a sus apóstoles: « Cuando hubiereis hecho todo lo que os es mandado, decid: Siervos inútiles somos, porque lo que debíamos hacer, hicimos..

Todos por naturaleza somos orgullosos, y confiamos demasiado en la bondad de nuestros actos. Esta es una enfermedad que se manifiesta de distintas maneras. La mayor parte de los hombres la pueden percibir en los demás; pero pocos hay que confiesen tenerla. Raro es encontrar a un hombre que, por malo que sea, no se lisonjee de que hay alguno peor que él. Raro también es encontrar un hombre piadoso, que no tenga a veces la tentación de sentirse satisfecho de su piedad. Hay una clase de orgullo que se cubre con el manto de la humildad. No hay corazón en que no se albergue algo de la índole del fariseo.

El que desee salvarse tiene que confesar que de suyo no tiene merecimiento o virtud alguna; tiene que abandonar su propia justicia, y confiar en la de otro ser más puro que él: nuestro Señor Jesucristo. Cuando hayamos sido perdonados, debemos vivir siempre con la convicción de que somos siervos inútiles.

Por muy bien que nos conduzcamos, no hacemos más que cumplir con nuestro deber, y nada tenemos de que jactarnos. Y además, no es por virtud nuestra que lo cumplimos, sino por medio de la gracia que Dios nos concede. Dios no tiene obligación alguna para con el hombre. Nosotros no tenemos derecho para exigir nada de él, ni podemos alegar a nuestro favor merecimientos algunos. Dado nos ha sido todo lo que poseemos. Todo lo que somos se lo debemos a la gracia de Dios.

¿Cuál es la verdadera causa de la confianza que tenemos en nuestros méritos? ¿Cómo es que una criatura tan débil, miserable y pecadora como el hombre puede llegar a imaginarse que merece cosa alguna de las manos de Dios? Todo proviene de la ignorancia. Es que no alcanzamos a conocer lo que somos, ni quién es Dios, ni qué cosa es la ley divina. Tan luego como la luz de la gracia penetra en el corazón del hombre la confianza que este tiene en sí mismo cesa.

Acaso queden algunos restos de orgullo que se manifiesten de cuando en cuando; más desaparecen de un todo cuando el Espíritu Santo ilumina al hombre y le hace ver quién es él y quien es Dios. El verdadero cristiano no confía jamás en su propia bondad; mas, como S. Pablo, exclama: «Yo soy el primero de los pecadores.» «Lejos esté de mí el gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.» 1Ti_1:15; Gal_6:14

Lucas 17:11-19

Notemos, en primer lugar, con cuánta, vehemencia puede el hombre pedir socorro cuando lo necesita. Se nos refiere que «entrando el Señor en una aldea, le vinieron al encuentro diez hombres leprosos.» Es difícil imaginarse situación más lastimosa que la de los que sufren de la lepra: se ven arrojados de la sociedad y privados de comunicación con sus semejantes. Los hombres descritos en el pasaje que tenemos a la vista parecen haber sentido todo el peso de su doloroso estado. «Se pararon de lejos;» mas no permanecieron así sin hacer nada, pues alzaron la voz diciendo: Jesús, maestro, ten misericordia de nosotros..

La conducta de los leprosos es muy instructiva, porque ilustra uno de los puntos más importantes de la práctica del Cristianismo: el de la oración.

¿Porqué hay tantas personas que jamás oran? ¿Porqué hay tantas personas que se contentan con repetir ciertas palabras, pero jamás oran de corazón? ¿Por qué es que hombres y mujeres que se hallan sumergidos en el pecado y que tienen almas inmortales, no saben hacer una plegaria real y fervorosa? La respuesta a estas preguntas es corta y sencilla : es que la mayor parte de los hombres cierran los ojos ante sus culpas y pecados, y no sienten su malestar espiritual, ni se aperciben que están al perderse, que se hallan al borde de la miseria eterna. Cuando el hombre descubre cuáles son las dolencias de su alma, pronto aprende a orar. A semejanza del leproso, encuentra palabras con qué expresar su necesidad.

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