Clama por ayuda.
¿Por qué es, tornamos a preguntar, que muchos creyentes verdaderos oran sin fervor? La contestación que puede darse a esta pregunta es también sencilla: es que la conciencia de su propia maldad no es en ellos tan profunda como debiera ser.
No tienen una convicción firme de que son débiles y desvalidos, y por eso no imploran con fervor gracia y misericordia.
Procuremos, pues, conocer a fondo nuestras propias necesidades. Si los fieles pudieran contemplar su alma como los desdichados leprosos contemplaban su cuerpo, seguro es que orarían muchísimo mejor.
Notemos, en seguida, que, por lo general, cuando somos obedientes obtenemos auxilio. Se nos dice que cuando los leprosos pidieron la protección de nuestro Señor, lo único que él les dijo en réplica fue: «Id, mostraos a los sacerdotes.» El no los tocó ni mandó a la enfermedad que los dejara en el acto, ni les recetó ningún remedio o lavatorio; y sin embargo, a las palabras que se desprendieron de sus labios se siguió la curación. Los enfermos obtuvieron alivio tan pronto como hubieron obedecido su mandato. «Y aconteció, que yendo ellos fueron limpios..
Este suceso nos enseña una lección importante: nos demuestra que siempre haremos bien en obedecer, como tiernos niños, los preceptos de Cristo. No nos es dado permanecer en la inacción, ni vacilar una vez que percibamos que los mandamientos de Dios son claros e inequívocos. Si los leprosos hubieran sido indolentes es bien seguro que jamás habrían sido curados. Preciso es, pues, que leamos las Escrituras con constancia, que procuremos orar con fervor, y que hagamos uso de los medios de gracia. Todos estos son deberes que Cristo nos impone, y, si amamos nuestra propia vida, debemos cumplirlos sin hacer preguntas capciosas. «El que quisiere hacer Su voluntad conocerá de la doctrina si es de Dios..
Notemos, por último, cuan rara es la gratitud. De todos los diez leprosos a quien Cristo curó, solo uno volvió a darle gracias. Las palabras que pronunció entonces son muy solemnes: «¿No son diez los que fueron limpios? ¿Y los nueve donde están?.
Esta lección es sumamente instructiva y debe hacernos sentir humillados y contritos. Nuestra conducta es muy semejante a la de los diez leprosos. Estamos más dispuestos a implorar que a alabar, y a pedir a Dios nos conceda lo que no tenemos, que a darle gracias por lo que tenemos. El desagradecimiento universal de los cristianos es un hecho que debiera causar rubor, puesto que demuestra bien la falta de humildad.
Roguemos a Dios nos conceda gratitud. Esta es una virtud en que se deleita. Es la virtud que ha caracterizado a los hombres más rectos en todos los siglos de la iglesia. Es una virtud que forma la atmósfera del cielo: los ángeles y los santos están siempre loando a Dios. Es, por último, una virtud que produce felicidad en la tierra. Si no queremos sentir ansiedad por nada debemos exponer a Dios nuestras necesidades, no solo con la oración y el ruego, sino con hacimiento de gracias. Phi_4:6.
Mas, ante todo, pidamos al Altísimo nos dé una conciencia más profunda de nuestra culpabilidad y desmerecimiento. De ahí es que emana la gratitud: el hombre que cada día reconoce de cuánto es deudor a la gracia divina, alaba y bendice a Dios constantemente. La gratitud es una planta que solo florece cuando tiene por raíz la humildad.
Lucas 17:20-25
En este pasaje se nos enseña que el reino de Dios es enteramente distinto de los reinos de este mundo. Nuestro Señor dijo a los fariseos que el reino de Dios no vendría manifiesto. Quiso decir con estas palabras que su llegada no seria anunciada con signos exteriores de dignidad. Los que esperasen contemplar algo de esa especie verían sus esperanzas burladas, pues mientras estuviesen vanamente en acecho del reino que su imaginación se había creado, el reino verdadero estaría en medio de ellos, sin que lo apercibiesen. «He aquí,» dijo, « el reino de Dios está dentro de vosotros..
Con las palabras que encierra el versículo ya citado nuestro Señor describió con toda exactitud el principio de su reino espiritual. Empezó este en un pesebre de Belén, sin que de ello tuviesen conocimiento los grandes, los ricos o los sabios.
Apareció repentinamente en el templo de Jerusalén, y nadie sino Simeón y Ana reconocieron a su Rey. Y treinta años después solo fue recibido por unos pocos pescadores y publicanos de Galilea. El Rey vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Entretanto, los judíos estaban esperando el reino; pero no fijaban la vista en la dirección debida, y querían ver signos que no se les habían anunciado. El reino de Dios estaba en medio de ellos, y sin embargo no lo veían.
El reino efectivo que Cristo ha de establecer algún día, será muy semejante a su reino espiritual. No lo acompañarán los signos y las manifestaciones exteriores que muchos tienen esperanza de ver; no será precedido, como se cree, de un período de paz y pureza universales; ni tampoco será anunciado a la Iglesia de una manera tan clara que todos se puedan prepara para su advenimiento Vendrá de súbito y la mayor parte de los hombres lo contemplarán con sorpresa. Los Simeones y las Anas serán tan escasos en ese día como en la otra venida de Cristo.
