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Mateo 5 El sermón del monte

Como ya hemos visto, Mateo tiene un esquema cuidadosamente preparado en su evangelio. En su relato del bautismo de Jesús nos Le muestra dándose cuenta de que ha sonado Su hora, de que Le ha llegado la llamada a la acción y que tiene que iniciar Su cruzada. En su relato de las tentaciones de Jesús nos Le presenta eligiendo deliberadamente el método que va a usar para llevar a cabo Su labor, y rechazando deliberadamente otros métodos que Él sabía que eran contrarios a la voluntad de Dios. Si uno asume una gran tarea necesita ayudantes, asistentes y personal; así es que Mateo pasa a mostrarnos a Jesús seleccionando los hombres que serán Sus colaboradores.

Pero si los ayudantes y asistentes han de hacer su trabajo inteligente y eficazmente habrá que empezar por instruirlos. Y aquí, en el Sermón del Monte, Mateo nos muestra a Jesús instruyendo a Sus discípulos en el Mensaje que era Suyo y que ellos habían de transmitir a la humanidad. En el relato de Lucas del Sermón del Monte esto aparece aún más claro. Sigue inmediatamente a lo que podríamos llamar la elección oficial de los Doce (Lucas 6:13ss) .Por esta razón, un gran investigador llamó al Sermón del Monte «El sermón de ordenación de los

Doce.» De la misma manera que hay que presentarle su tarea a un joven pastor que está a punto de encargarse de su primer trabajo; así Jesús les dirigió a los Doce este sermón de ordenación antes de que salieran a realizar su labor. Por esa razón otros investigadores le han dado al Sermón del Monte otros títulos. Se ha llamado < El compendio de la doctrina de Cristo,> < La Carta Magna del Reino,»< El manifiesto del Rey.> Todos están de acuerdo en que en el Sermón del Monte tenemos la esencia de la enseñanza de Jesús al círculo más íntimo de Sus seguidores.

EL SUMARIO DE LA FE

Es un hecho que esto es aún más verdad de lo que parece a primera vista. Hablamos del Sermón del Monte como si fuera un sermón determinado predicado en una sola ocasión. Pero es mucho más que eso. Hay buenas e indiscutibles razones para creer que el Sermón del Monte es mucho más queun sermón; que es, de hecho, una especie de epítome de todos los sermones que predicó Jesús.

(i) Cualquiera que lo oyera por primera vez en su forma actual estaría agotado mucho antes del final. Hay demasiado material es él para una sola audición. Una cosa es sentarse y leerlo, haciendo pausas o deteniéndose a pensar cuando se quiere, y otra escucharlo seguido por primera vez. Podemos leerlo a nuestro paso, reconociendo y saboreando cada palabra; pero oírlo por primera vez en su forma presente sería deslumbrarnos del exceso de luz mucho antes de que se terminara.

(ii) Hay algunas secciones del Sermón del Monte que surgen, por así decirlo, sin previo aviso; no tienen conexión con lo precedente ni con lo consiguiente. Por ejemplo: Mateo 5:31 s, y Mateo 7:7- I1están desconectadas de su contexto. Hay una cierta dislocación en el Sermón del Monte.

(iii) Lo más importante es que, tanto Mateo como Lucas nos dan una versión del Sermón del Monte. En la versión de Mateo hay 107 versículos. De estos 107, 29 se encuentran juntos en Lucas6:20-49; 47 no tienen paralelo en la versión de Lucas, y 34 se encuentran desperdigados por todo el evangelio de Lucas en diferentes contextos. Por ejemplo: el símil de la sal está en Mateo 5:13 y en Lucas 14:34s; el símil de la lámpara está en Mateo 5:15 y en Lucas 8:16; el dicho de que no se omitirá ni un punto ni una tilde de La ley está en Mateo 5:18 y en Lucas 16:17. Es decir, que pasajes que son consecutivos en el evangelio de Mateo aparecen en capítulos ampliamente separados del evangelio de Lucas. Para tomar otro ejemplo: el dicho acerca de la mota en el ojo de nuestro hermano y la viga en el nuestro está en Mateo 7:1-S y en Lucas 6:37-42; y el pasaje en que Jesús exhorta a pedir y buscar y encontrar está en Mateo 7:7-12 y en Lucas 11:9-13.

Si tabulamos estos pasajes lo vemos todavía más claro.

Mateo 5:13 = Lucas 14:34s

Mateo 5:15 = Lucas 8:16

Mateo 5:18 = Lucas 16:17

Mateo 7:1-5 = Lucas 6:37-42

Mateo 7:7- i2 = Lucas 11:9-13

Ahora bien: como ya hemos visto, Mateo es esencialmente el evangelio de la enseñanza; su característica es que recoge la enseñanza de Jesús bajo ciertos epígrafes importantes; y es mucho más probable que Mateo agrupara las enseñanzas de Jesús en un esquema general, que que Lucas tomara ese esquema y lo desmembrara, y dispersara sus piezas por todo su evangelio. El Sermón del Monte no es un sermón único que Jesús predicara en una ocasión determinada; es el sumario de Su enseñanza. Se ha sugerido que, después de escoger definitivamente a los Doce, puede que Jesús se retirara con ellos a algún lugar tranquilo durante una semana o más, y que durante ese tiempo les enseñara todo el tiempo; y el Sermón del Monte es la destilación de esa enseñanza.

LA INTRODUCCIÓN DE MATEO

De hecho, la frase introductoria de Mateo ya nos aclara esto considerablemente. Viendo las multitudes, Jesús subió a un monte; y Se sentaba, y Sus discípulos se Le acercaban, y Él abría Su boca y les enseñaba.

En este breve versículo hay tres claves acerca del verdadero sentido del Sermón del Monte.

(i) Jesús se puso a enseñarles después de sentarse. Cuando un rabino judío estaba impartiendo su enseñanza oficialmente, se sentaba para hacerlo. Nosotros seguimos hablando de las cátedras de los profesores, y el que un papa hable ex cátedra quiere decir que lo hace desde el asiento de su autoridad. A menudo los rabinos enseñaban cuando estaban de pie o iban andando; pero su enseñanza oficial la daban cuando habían ocupado un asiento. Así pues, la misma observación de que Jesús se sentara es ya una indicación de que Su enseñanza era central y oficial.

(ii) Mateo sigue diciendo que, abriendo Su boca, les enseñaba. Esta frase abriendo Su boca no es simplemente una perífrasis decorativa para decir. Esta frase tiene en griego un doble significado. (a) Se usa para un pronunciamiento solemne, grave y dignificado. Se usa, por ejemplo, del dicho de los oráculos. Es el prefacio natural para un dicho de importancia. (b) Se usa de la manifestación de una persona que abre de veras su corazón y deja fluir su mente y sentimientos totalmente. Se usa de una enseñanza íntima y sin barreras entre maestro y discípulos. De nuevo el mismo uso de esta frase indica que el material del Sermón del Monte no es una pieza ocasional de enseñanza. Es el grave y solemne pronunciamiento sobre cosas centrales; Jesús abría y exponía aquí Su corazón y mente a los que habían de ser Sus hombres de confianza.

(iii) En griego hay, como en español, dos pasados simples: el aoristo, que corresponde a nuestro pretérito indefinido y que expresa una acción que tuvo lugar y se completó en el pasado; y el imperfecto, como el pretérito imperfecto nuestro, que describe una acción repetida, continua o habitual en el pasado. Compárese: «asistió a una conferencia una vez» (aoristo), con «asistía a clase regularmente (imperfecto).

Ahora bien: la cosa es que el griego en esta oración que estamos estudiando no está en aoristo, sino en imperfecto, y por tanto describe una acción repetida o habitual, y podríamos traducirla: «Esto es lo que solía enseñarles.» Mateo nos ha dicho en griego para mayor claridad que el Sermón del Monte no es un sermón de Jesús entre otros, sino la esencia de todo lo que Jesús enseñaba constante y habitualmente a Sus discípulos.

El Sermón del Monte es aún más importante de lo que pensamos. Mateo, en su introducción, quiere hacernos comprender que se trata de la enseñanza oficial de Jesús; que en el .Sermón del Monte Jesús les abrió Su mente y corazón a Sus discípulos; que es el sumario de la enseñanza que Jesús solía impartir en Su círculo íntimo. El Sermón del Monte no es nada menos que la memoria concentrada de muchas horas de comunicación de corazón a corazón entre el Maestro y Sus discípulos. En nuestro estudio del Sermón del Monte vamos a colocar a la cabecera de cada bienaventuranza la traducción de la Reina-Valera; y luego, al foral de su estudio, expresaremos su significado en el lenguaje de hoy.

LA SUPREMA BIENAVENTURANZA

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Antes de estudiar en detalle cada una de las bienaventuranzas hay dos hechos generales que debemos apuntar.

(i) En la primera parte de cada bienaventuranza no hay ningún verbo. Se podría esperar son después de la primera palabra, como aparece en las biblias inglesas, en cursiva para indicar que se ha añadido. ¿Por qué es así? Jesús no dijo las bienaventuranzas en griego; Él hablaba arameo, una lengua emparentada con el hebreo. Estas dos tienen una forma de expresión muy corriente, que es en realidad una exclamación y que quiere decir: «¡Oh la bienaventuranza de…!> Esa expresión (ashré en hebreo) es muy corriente en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, el primer salmo empieza en hebreo: < ¡Oh la bienaventuranza del hombre que no anda en el consejo de los impíos!» (Salmo 1:1), que es la forma que uso Jesús en las bienaventuranzas. Es decir, que las bienaventuranzas no son simplemente afirmaciones, sino exclamaciones: < ¡Oh la bienaventuranza de los pobres en espíritu!>

Esto tiene mucha importancia, porque quiere decir que las bienaventuranzas no son piadosas esperanzas de algo que puede ser; no son luminosas pero irreales profecías de alguna futura bienaventuranza; son felicitaciones de algo que ya se es.

La bienaventuranza que pertenece al cristiano no se pospone a algún futuro reino de gloria; es una bienaventuranza que existe aquí y ahora. No es algo en lo que el cristiano entrará; es algo donde ya ha entrado. Es verdad que alcanzará su plenitud y su consumación en la presencia de Dios; pero a pesar de

eso es una realidad presente que se disfruta aquí y ahora. Las bienaventuranzas dicen en efecto: < ¡Oh la bendición de ser cristiano! ¡Oh el gozo de seguir a Cristo! ¡Oh la diáfana felicidad de conocer a Jesucristo como Maestro, Salvador y Señor!» La misma forma gramatical de las bienaventuranzas es una afirmación de la emoción jubilosa y la radiante dicha de la vida cristiana. Ante la realidad de las bienaventuranzas, un cristianismo triste y tenebroso es inconcebible. (ii) La palabra bienaventurado que se usa en cada una de las bienaventuranzas es una palabra muy especial. Es la palabra griega makarios. Makarios es un término que se aplica especialmente a los dioses. En el Cristianismo se participa de la alegría de Dios. El sentido de makarios se puede comprender mejor por un uso particular de esta palabra. Los griegos siempre llamaban a la isla de Chipre hé makaria (la forma femenina del adjetivo), que quiere decir La Isla Feliz, porque creían que Chipre era tan preciosa, tan rica, y tan fértil que no habría necesidad de buscar más allá de sus costas para encontrar la vida perfectamente feliz. Tenía tal clima, tales flores y frutos y árboles, tales minerales, tales recursos naturales que contenía todos los materiales necesarios para la perfecta felicidad. Makarios, pues, describe ese gozo que tiene su secreto en sí mismo, ese gozo que es sereno e inalterable y autosuficiente, ese gozo que es completamente independiente de todos los azares y avatares de la vida. La palabra española bienaventuranza delata su origen. Contiene la palabra ventura, que indica que es algo que depende de las circunstancias cambiantes de la vida, algo que la vida puede dar pero puede igualmente destruir. La bendición cristiana es totalmente inexpugnable e indestructible. «Nadie -dijo Jesús- os quitará vuestro gozo> (Juan 16:22). Las bienaventuranzas nos hablan de ese gozo que nos busca a través del dolor, ese gozo que la tristeza y la pérdida, el dolor y la angustia, no pueden afectar, ese gozo que brilla a través de las lágrimas, y que nada en la vida o en la muerte puede arrebatar.

El mundo puede ganar sus goces, y los puede igualmente perder. Los cambios de la fortuna, el colapso de la salud, el fracaso de un plan, la desilusión de una ambición, hasta un cambio atmosférico pueden llevarse el gozo frágil que el mundo puede dar. Pero el cristiano tiene el gozo sereno e inalterable que viene de caminar para siempre en la compañía y en la presencia de Jesucristo. La grandeza de las bienaventuranzas es que no son vislumbres imaginadas de alguna futura belleza; no son promesas doradas de alguna gloria distante; son gritos triunfantes de bendición por un gozo permanente que nada en el mundo puede arrebatar.

LA BENDICIÓN DE LOS INDIGENTES

Parece una manera sorprendente de empezar a hablar acerca de la felicidad el decir: «¡Benditos los pobres en espíritu!» Hay dos enfoques para llegar al sentido de la palabra pobre. Como aparece en las bienaventuranzas en griego, la palabra que se usa para pobre es la palabra ptójos. Está la palabra pénes. Pénes describe a la persona que tiene que trabajar para ganarse la vida; la definían los griegos como la palabra que describe a un hombre como autodiákonos, es decir, el hombre que subviene sus propias necesidades con sus propias manos. Pénes describe al trabajador, que no tiene nada superfluo, que no es rico pero tampoco es un indigente. Pero, como ya hemos visto, no es pénes la palabra que se usa en esta bienaventuranza sino ptójos, que describe la pobreza absoluta y abyecta. Está conectada con la raíz ptóssein, que quiere decir encogerse o acobardarse; y describe la pobreza que golpea hasta poner de rodillas. Como se ha dicho, pénes describe al hombre que no tiene nada superfluo; ptójos describe al hombre que no tiene absolutamente nada. Eso hace esta bienaventuranza aún más sorprendente. Bendito el hombre que está aquejado por una pobreza abyecta y absoluta. Bendito es el hombre que está absolutamente indigente.

Como ya hemos visto también, las bienaventuranzas no se dijeron originalmente en griego, sino en arameo. Ahora bien, los judíos tenían una manera especial de usar la palabra pobre. En hebreo la palabra es `aní o ebyón. estas palabras experimentaron en hebreo un desarrollo de cuatro etapas en su significado. (i) Empezaron significando simplemente pobre. (ii) Pasaron a significar, porque pobre, por tanto no teniendo influencia o poder o ayuda, o prestigio. (iii) Pasaron a significar, por no tener influencia, por tanto avasallados y oprimidos por los hombres. (iv) Por último pasaron a describir al hombre que, porque no tiene absolutamente ningunos recursos terrenales, pone toda su confianza en Dios.

Así es que en hebreo la palabra pobre se usaba para describir a la persona humilde e indigente que pone toda su con fianza en Dios. Es así como usa la palabra el salmista cuando escribe: < Este pobre clamó, y le oyó el Señor, y le libró de todos sus temores» (Salmo 34:6). De hecho es cierto que en los salmos el pobre, en este sentido del término, es el hombre bueno al que Dios ama. «La esperanza de los pobres no perecerá perpetuamente» (Salmo 9:18). Dios libra a los pobres (Salmo 35:10). «Por tu bondad, Dios, has provisto para el pobre> (Salmo 68:10). < Defenderá la causa de los pobres del pueblo> (Salmo 72:4). «Levanta de la miseria al pobre y hace multiplicar sus familias como a rebaños de ovejas> (Salmo 107:41). < A sus pobres saciaré de pan> (Salmo 132:1 132:15). En todos estos casos, el pobre es el humilde, la persona indefensa que ha puesto su confianza en Dios.

Ahora tomemos los dos lados, el griego y el arameo, y juntémoslos. Ptójos describe al hombre totalmente indigente, que no tiene absolutamente nada; `aní y ebyón describe al pobre, humilde e indefenso que ha puesto toda su confianza en Dios. Por tanto, < benditos los pobres en espíritu» quiere decir:

¡Bendita la persona que es consciente de su total indefensión, y que pone toda su confianza en Dios! Si una persona es consciente de su total destitución y ha puesto toda su confianza en Dios, entrarán en su vida dos cosas que son como las dos caras de la misma realidad. Estará totalmente desligado de las cosas, porque sabrá que las cosas no tienen la capacidad de dar felicidad o seguridad; dependerá totalmente de Dios, porque sabrá que sólo Dios puede darle ayuda, y esperanza, y fuerza. La persona que es pobre en espíritu se ha dado cuenta de que las cosas no quieren decir nada, y Dios quiere decir todo.

Debemos tener cuidado con pensar que esta bienaventuranza considera una cosa buena la actual pobreza material. La pobreza no es nada bueno. Jesús no habría llamado nunca bendito a un estado en que las personas viven en chabolas y no tienen suficiente de comer, y en que la salud se deteriora porque todo está en su contra. Esa clase de pobreza es un mal que el Evangelio trata de eliminar. Tampoco se refiere a ser pobres de espíritu en el sentido corriente de ser faltos de carácter.

La pobreza que es bendita es la pobreza en espíritu, cuando la persona se da cuenta de su absoluta falta de recursos para enfrentarse con la vida, y encuentra su ayuda y fuerza solamente en Dios. Jesús dice que a tal pobreza pertenece el Reino del Cielo. ¿Por qué había de ser así? Si tomamos las dos peticiones de la Oración Dominical y las ponemos juntas: Venga Tu Reino.

Hágase Tu voluntad en la Tierra como en el Cielo, obtenemos la definición: El Reino de Dios es una sociedad en la que la voluntad de Dios se realiza tan perfectamente en la Tierra como en el Cielo. Eso quiere decir que sólo el que hace la voluntad de Dios es ciudadano del Reino; y sólo podemos hacer la voluntad de Dios cuando somos conscientes de nuestra absoluta indefensión, ignorancia e incapacidad para enfrentarnos con la vida, y cuando ponemos toda nuestra confianza en Dios. La obediencia se funda siempre en la confianza. El Reino de Dios es la posesión de los pobres en espíritu, porque son ellos los que se han dado cuenta de su absoluta incapacidad aparte de Dios, y han aprendido a confiar y a obedecer. Así pues, esta bienaventuranza quiere decir:

¡AH, LA BIENAVENTURANZA DEL QUE ES CONSCIENTE DE SU PROPIA Y TOTAL INDEFENSIÓN, Y QUE HA PUESTO TODA SU CONFIANZA EN DIOS PORQUE SÓLO ASÍ PUEDE RENDIR A DIOS AQUELLA PERFECTA OBEDIENCIA QUE LE HARÁ CIUDADANO DEL REINO DEL CIELO LA BIENAVENTURANZA DEL CORAZÓN QUEBRANTADO

Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consolación.

Tenemos que notar desde el principio al estudiar esta bienaventuranza que la palabra para llorar que se usa aquí es la más fuerte que existe en griego. Es la que se usa para hacer duelo por los difuntos, para expresar el apasionado lamento por la muerte de alguien que se ha amado entrañablemente. En la Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento, se usa del llanto de Jacob cuando dio por muerto a su hijo José (Génesis 37:34). Se define como la clase de pesar que se apodera de una persona y que no se puede ocultar. No es sólo un dolor que produce dolor de corazón, sino que hace incontenibles las lágrimas. Aquí tenemos una alucinante clase de bienaventuranza:

¡Bendito el que está de duelo como aquel al que se le ha muerto un ser querido!

Hay tres maneras de tomar esta bienaventuranza.

(i) Se puede tomar literalmente: ¡Bendita la persona que ha soportado el dolor más amargo que puede producir la vida! Los árabes tienen un proverbio: < La luz del sol produce un desierto.> La tierra sobre la que siempre brilla el sol acabará por convertirse en un lugar árido en el que no pueda crecer la vida. Hay ciertas cosas que sólo la lluvia puede producir; y ciertas experiencias que sólo puede germinar el dolor.

La aflicción puede hacer dos cosas por nosotros. Puede mostrarnos, mejor que ninguna otra cosa, la esencial amabilidad de nuestros semejantes; y puede mostrarnos, mejor que ninguna otra cosa, el consuelo y la compasión de Dios. Muchas y muchas personas a la hora del dolor han descubierto a sus semejantes y a Dios como nunca antes. Cuando todo nos va bien es posible vivir años en la superficie de las cosas; pero cuando llega la aflicción le hace a uno profundizar en las cosas de la vida y, si se acepta debidamente, produce una nueva fuerza y belleza en el alma. Anduve con el Placer, y no hizo más que charlar, pero no me hizo más sabio lo que me llegó a contar.

Anduve con el dolor y no pronunció palabra; ¡y hay que ver lo que aprendí en una breve jornada!

(ii) Algunos han considerado que lo que quiere decir esta bienaventuranza es: ¡Benditas los que están desesperadamente apenados por el dolor y el sufrimiento que hay en el mundo!

Cuando estábamos pensando en la primera bienaventuranza veíamos que siempre está bien desligarse de las cosas, pero no desligarse de las personas. Este mundo habría sido un lugar mucho más pobre si no hubiera habido en él personas que se interesaban intensamente por las angustias y los sufrimientos de los demás. El Lord Shaftesbury hizo probablemente más por los hombres y mujeres trabajadores y por los niños de lo que haya hecho nunca ningún otro reformador social. Todo ello empezó muy sencillamente. Cuando era un muchacho estudiando en Harrow, iba por una calle un día cuando se encontró con el entierro de un pobre. El ataúd era una caja fea y mal hecha. Lo llevaban en un carro de mano del que iban tirando cuatro hombres que estaban borrachos; mientras tiraban y empujaban iban cantando canciones indecentes y gesticulando y bromeando entre ellos. Cuando iban subiendo una cuesta con el carro, la caja que era el ataúd se cayó del carro, y se reventó. Algunas personas habrían pensado que todo el asunto era de risa; algunos se habrían vuelto, asqueados; algunos habrían movido los hombros y se habrían dicho que aquello no iba con ellos, aunque fuera una pena el que sucedieran esas cosas. El joven Shaftesbury lo vio y se dijo a sí mismo: «Cuando sea mayor voy a dedicar mi vida a que no sucedan cosas así.» Así que dedicó su vida a cuidarse de los demás.

El Cristianismo es cuidarse de los demás. Lo que quiere decir esta bienaventuranza es: ¡Bendito el que se interesa intensamente por los sufrimientos, las angustias y las necesidades de otros!

(iii) Sin duda las dos ideas están en esta bienaventuranza, pero su principal pensamiento es: Bendita la persona que está desesperadamente dolorida por su propio pecado e indignidad. Como ya hemos visto, el primer mensaje de Jesús fue: «¡Arrepentíos!» Arrepentirse quiere decir tener pesar por los pecados. Lo que realmente cambia a una persona es el encontrarse de pronto cara a cara con algo que le abre los ojos a lo que es y puede hacer el pecado. Un chico o una chica pueden vivir a su aire sin pensar en los efectos o las consecuencias; pero cuando algún día sucede algo y el chico o la chica ven la tristeza dolorida en los ojos de su padre o su madre, entonces, de pronto, descubren lo que es el pecado.

Ese es el efecto que produce la Cruz en todos nosotros. Cuando miramos a la Cruz, no tenemos más remedio que decir: «Eso es lo que el pecado puede hacer. El pecado puede apoderarse de la vida más encantadora del mundo y aplastarla en una Cruz.» Uno de los grandes efectos de la Cruz es abrirles los ojos a hombres y mujeres al horror del pecado. Y cuando una persona ve el pecado en todo su horror, no puede por menos de experimentar intenso pesar por su pecado.

El Cristianismo empieza por un sentimiento de pecado. Bendita la persona que está intensamente apesadumbrada por su pecado, cuyo corazón se quebranta al pensar en lo que Le ha hecho a Dios y a Jesucristo, la persona que ve la Cruz y se siente oprimida por el estrago que ha causado el pecado. La persona que ha tenido esta experiencia será, sin duda, consolada; porque esa experiencia es lo que llamamos penitencia -del latín poenitere, dolerse, condolerse-, y al corazón contrito y humillado Dios no despreciará jamás (Salmo 51:17). El camino que conduce al gozo del perdón pasa por el dolor desesperado del corazón quebrantado. El verdadero sentido de la segunda bienaventuranza es:

¡AH, LA BIENAVENTURANZA DE LA PERSONA QUE TIENE EL CORAZÓN DESTROZADO ANTE EL SUFRIMIENTO DEL MUNDOS Y POR SU PROPIO PECADOS PORQUE EN SU DOLOR ENCONTRARÁ EL GOZO DEL SEÑOR LA BIENAVENTURANZA DE LA VIDA BAJO EL CONTROL DE DIOS

Bienaventurados los mansos, porque recibirán la tierra por heredad.

En el español actual la palabra manso no es una de las palabras honorables de la vida. Ahora conlleva la idea de servilismo, bajeza de carácter, consentimiento al mal e incapacidad o falta de voluntad para resistirse a una afrenta vergonzosa. Nos presenta el retrato de una criatura sumisa e ineficaz. Pero resulta que la palabra manso -en griego praiisera una de las grandes palabras éticas.

Aristóteles tenía mucho que decir de la cualidad de la mansedumbre (praotés). Aristóteles seguía un método para definir cualquier virtud que consistía en encontrar el término medio entre dos extremos. Por una parte estaba el extremo por exceso; y por la otra, por defecto; y entre ambos estaba la virtud misma, el término medio feliz. Para dar un ejemplo: En un extremo se encontraría el pródigo, y en el otro, el tacaño; y entre ambos, la persona generosa.

Aristóteles define la mansedumbre (praotés), como el término medio entre orguilotés, que quiere decir ira excesiva, y aorguésía, que quiere decir pasotismo. Praotés, mansedumbre, como veía aristóteles, es el feliz término medio entre la excesiva, y la falta de, ira. Así es que la primera traducción posible de esta bienaventuranza sería: ¡Bendito el que se indigna a su debido tiempo y por la debida causa, y no al contrario! Si nos preguntamos cuál es el debido tiempo y cuál el contrario diríamos que, por regla general, en la vida no se debe uno enfurecer por un insulto o una injuria que se le hace a 61 personalmente; eso es algo que un cristiano no debe nunca tener en cuenta; pero se debe uno indignar por las injurias que se les hacen a otras personas. La ira egoísta es siempre un pecado; la ira limpia de egoísmo puede ser una de las grandes dinámicas del mundo. Pero la palabra praiis tiene un segundo uso general en griego. Es la que se usa con referencia a un animal que ha sido domesticado, que está acostumbrado a obedecer la palabra de mando, que ha aprendido a obedecer las riendas. Es la palabra que se usa de un animal que ha aprendido a aceptar el control. Así que la segunda posible traducción de esta bienaventuranza seria: ¡Bendita la persona que tiene bajo control todos sus instintos, impulsos y pasiones! ¡Bendito el que se mantiene total y constantemente bajo su propio control!

Pero en el momento en que decimos esto nos damos cuenta de que necesita un cambio. No se trata tanto de la bendición de la persona que se controla a sí misma, porque eso está fuera de la capacidad humana; sino más bien de la persona que está totalmente bajo el control de Dios, porque sólo en Su servicio encontramos la perfecta libertad, y en hacer Su voluntad, la paz. Pero hay todavía un tercer enfoque de esta bienaventuranza. Los griegos contrastaban siempre la cualidad que llamaban praotés, y que la Reina-Valera traduce por mansedumbre, con la cualidad que llamaban hysélokardía, que quiere decir altivez de corazón. En praotés se encuentra la verdadera humildad que destierra todo orgullo.

Sin humildad no se puede aprender, porque el primer paso en el aprendizaje es ser conscientes de nuestra propia ignorancia. Quintiliano, el gran maestro de oratoria hispanorromano, decía de algunos de sus alumnos: < No me cabe duda de que serían excelentes alumnos si no estuvieran convencidos de que ya lo saben todo.» No se le puede enseñar nada a una persona que cree que ya lo sabe todo. Sin humildad no puede haber tal cosa como amor, porque el verdadero principio del amor es el sentimiento de indignidad. Sin humildad no puede haber verdadera religión, porque toda verdadera religión empieza por un darse cuenta de la propia debilidad y necesidad de Dios. Una persona sólo alcanza su verdadera humanidad cuando es siempre consciente de que es una criatura y Dios es el Creador; y que sin Dios no puede hacer nada.

Praotés describe la humildad, la aceptación de la necesidad de aprender y de la necesidad de ser perdonados. Describe la única actitud adecuada del hombre para con Dios. Así que la tercera posible traducción de esta bienaventuranza sería:

¡Bendito el que tiene la humildad de reconocer su propia ignorancia, debilidad y necesidad!

Es esta mansedumbre, dice Jesús, la que heredará la Tierra. Es un hecho de la Historia que siempre han sido las personas que tenían este don de autocontrol, que teman sus pasiones, instintos e impulsos bajo disciplina, las que han sido verdaderamente grandes. Números dice de Moisés, el más grande líder y legislador que ha conocido el mundo: < Moisés era un hombre muy manso, más que todos los hombres que había sobre la Tierra> (Números 12:3). Moisés no tenía un carácter aguado; no era una ameba que no pudiera erguirse y mantenerse firme; podía ponerse al rojo de ira; pero siempre era un hombre que tenía la ira en la tralla, soltándola sólo en el momento debido. El autor de Proverbios dice: < El que domina su espíritu es mejor que el que conquista una ciudad» (Proverbios 16:32).

Fue la falta de esa misma cualidad lo que fue la ruina de Alejandro Magno que, en un ataque de genio incontrolado, en medio de una orgía, le arrojó una lanza a su mejor amigo y le mató. Uno no puede guiar a otros a menos que sea dueño de sí mismo; ni puede servir a otros hasta que se haya sometido a sí mismo; ni estar en control de otros si no ha aprendido a controlarse a sí mismo. Pero la persona que se ha sometido al perfecto control de Dios obtendrá esta mansedumbre que de veras de permitirá heredar la Tierra. Está claro que esta palabra praiis quiere decir mucho más y otra cosa que lo que quiere decir ahora la palabra española manso; está claro, de hecho, que no hay ninguna palabra española que la traduzca perfectamente, aunque tal vez la palabra apacible sea la que más se le aproxime. La traducción completa de esta tercera bienaventuranza debería ser:

jAH, LA BIENAVENTURANZA DEL QUE SE INDIGNA SIEMPRE A SU DEBIDO TIEMPO Y POR LA CAUSA DEBIDA, Y NO AL CONTRARIOS Y QUE TIENE BAJO CONTROLA PORQUE ÉL MISMO ESTÁ BAJÓ EL CONTROL DE DIOSA TODO INSTINTOS IMPULSO Y PASIÓN Y QUE TIENE LA HUMILDAD DE RECONOCER SU PROPIA IGNORANCIA Y DEBILIDAD: PORQUE TAL PERSONA ES SOBERANA ENTRE LOS SERES HUMANOS LA BIENAVENTURANZA DEL ESPÍRITU HAMBRIENTO

Bienaventurados- los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Las palabras no tienen una existencia aislada; existen sobre el trasfondo de la experiencia y del pensamiento; y el significado de cualquier palabra está condicionado por el trasfondo de la persona que la pronuncia. Eso es particularmente cierto de esta bienaventuranza. Les haría a los que la oyeron por primera vez una impresión totalmente diferente de la que nos hace a nosotros.

El hecho es que muy .pocos de nosotros en las condiciones modernas de vida sabemos realmente lo que es tener hambre o sed. En el mundo antiguo era muy diferente. El salario diario de un obrero sería el equivalente a 10 pesetas; y, aun teniendo en cuenta la diferencia del valor adquisitivo del dinero, uno no se ponía gordo con tal sueldo. En Palestina, un obrero comía carne sólo una vez por semana; y en Palestina un trabajador o un jornalero nunca estaban muy lejos de la línea que marca la verdadera hambre y la muerte por inanición.

Y esto era todavía más real en el caso de la sed. A la inmensa mayoría de la gente no le era posible abrir un grifo y recibir agua clara y fresca en su casa. Uno podía estar de viaje, y sorprenderle el viento cálido que traía tormentas de arena. No podía hacer nada más que taparse la cabeza con el blusón y ponerse de espaldas al viento y esperar mientras los remolinos de arena se le metían por la nariz hasta la garganta a punto de sofocarle y hasta que se apergaminaba todo de una sed imperiosa. En las condiciones de la vida moderna de Occidente no hay nada parecido a eso.

Así pues, el hambre que describe esta bienaventuranza no es el agradable apetito que se satisface con un bocadillo de media mañana; la sed de la que habla no se podía mitigar con una taza de café o bebida fresca. Era el hambre de la persona a punto de morir de inanición, o la sed del que se morirá si no bebe.

En ese caso, esta bienaventuranza contiene realmente una pregunta y un desafío. En efecto demanda: «¿Hasta qué punto quieres la bondad? ¿La quieres tanto como quiere un hambriento la comida, o el agua el que se está muriendo de sed?» ¿Hasta qué punto es intenso nuestro deseo de bondad?

La mayoría de la gente tiene un deseo instintivo de bondad; pero ese deseo es imaginario y nebuloso más bien que agudo e intenso; y cuando llega el momento de la decisión no están preparados a hacer el esfuerzo y el sacrificio que demanda la bondad real. La mayor parte de la gente sufre de lo que llamaba Roben Louis Stevenson < la enfermedad, tan española, de la desgana.> Sin duda implicaría una gran diferencia en el mundo el que deseáramos la bondad más que ninguna otra cosa.

En primer lugar, hacemos constar que hemos traducido aquí la palabra original dikaiosyné por bondad o integridad en vez de por justicia, porque esta última sugeriría más bien, o exclusivamente, la idea de la justicia que debe reinar en la sociedad, y aun que se nos debe como oprimidos. Naturalmente que es algo que debemos desear apasionadamente; pero en esta bienaventuranza creemos que se trata de una cualidad que uno desea poseer personalmente; no del deseo natural de que se nos haga justicia o de que haya justicia en el mundo, sino de que la justicia, la bondad de Cristo reine en nuestra vida. En la biblia inglesa se usa en esta bienaventuranza y en otros muchos lugares con este sentido la palabra righteousness, no justice.

Cuando enfocamos esta bienaventuranza desde este punto de vista es la más exigente, y hasta la más aterradora, de todas. Pero no sólo es la bienaventuranza más exigente; a su propia manera es también la más consoladora. Por detrás de ella está el sentido de que la persona que es bienaventurada no lo es necesariamente porque alcance esta bondad, sino porque la anhela con todo su ser. Si la bendición viniera solamente a la persona que alcanza su objetivo, entonces nadie sería bendito; pero la bendición alcanza a la persona que, a pesar de fallos y fracasos, todavía aspira con un apasionado amor a lo más alto.

H. G. Wells dijo en algún sitio: «Uno puede ser un mal músico, pero estar apasionadamente enamorado de la música.» Robert Louis Stevenson hablaba de los que han llegado hasta a hundirse en las simas más profundas y «llevan todavía adheridos restos de virtud en el burdel o en el cadalso.> Sir Norman Birkett, el famoso abogado y juez, una vez, hablando de los criminales con los que había estado en contacto en su trabajo, hablaba de eso inextinguible de cada persona. La bondad, «el implacable cazador,> está siempre a nuestros talones. La peor de las personas está «condenada a alguna especie de nobleza.>

Lo más maravilloso del hombre no es que es pecador, sino que aun en su pecado le acecha la bondad de tal manera que, hasta en el cieno, nunca puede olvidar del todo las estrellas. David siempre había querido construir el templo de Dios; nunca logró su ambición; se le negó y prohibió; Dios le dijo: «Bien has hecho en tener tal deseo» (1 Reyes 8:18). En Su misericordia, Dios nos juzga, no solamente por nuestros logros, sino .también por nuestros sueños. Aunque un hombre nunca alcance la bondad, si toda su vida tiene esta hambre y sed de ella, no está excluido de la bendición.

Hay todavía otro detalle en esta bienaventuranza que aparece claramente en el original. Es una regla de gramática griega (y en esto coincide con la española) que los verbos que indican tener hambre o sed se construyen con el genitivo, que es el caso que se suele expresar en español con la preposición de; del hombre es el genitivo de el hombre. El genitivo que sigue a los verbos de hambre y sed se llama en gramática griega genitivo partitiva, porque indica que se tiene hambre o sed de una parte de aquello. Cuando se dice en griego, como es español: «Tengo hambre de pan», o: «Tengo sed de agua», ya se supone que no quiere todo el pan o el agua que exista, sino solo una parte.

Pero en esta bienaventuranza, lo más corriente es que justicia se ponga en acusativo directo y no en genitivo. Ahora bien: cuando un verbo de hambre o sed se pone en griego en acusativo en vez de en genitivo se hambrea toda aquella cosa. En el caso del pan quema decir todo el pan, y en el del agua, todo el cacharro que la contiene. Por tanto aquí, la traducción correcta sería: ¡Benditos los que tienen hambre y sed de verdadera y total integridad!

Esto es de hecho lo que pocas veces se quiere. Nos contentamos con parte de la integridad. Un hombre, por ejemplo, puede que sea bueno en el sentido de que, por mucho que se le buscara, no se le podría encontrar ninguna falta moral. Su honradez y respetabilidad están fuera de duda; pero tal vez sería la clase de persona a la que uno no acudiría para desahogarse contándole algo muy íntimo; se congelaría si lo intentara. Hay una clase de integridad que suele ir acompañada de dureza, intolerancia o falta de simpatía. Esa integridad no es más que parcial. Esta bienaventuranza nos dice que no hay que conformarse con una bondad parcial. Bendita la persona que tiene hambre desesperada y sed ardiente de la bondad que es total. Ni una gélida impeeabilidad ni una sensiblera amabilidad bastan.

Así es que la traducción de la cuarta bienaventuranza podría ser algo así:

AH, LA BIENAVENTURANZA DEL QUE ANHELA UNA INTEGRIDAD TOTAL COMO ANSÍA EL QUE ESTÁ MURIENDO DE HAMBRE EL ALIMENTO Y EL AGUA EL QUE ESTÁ PERECIENDO DE SEDA PORQUE TAL PERSONA ALCANZARÁ UNA COMPLETA SATISFACCIÓN LA BIENAVENTURANZA DE LA PERFECTA SIMPATÍA

 

Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.

Hasta así expresado, este es sin duda un gran dicho; y es la afirmación de un pensamiento que recorre todo el Nuevo Testamento, que insiste en que para ser perdonados tenemos que ser perdonadores. Como decía Santiago: «Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no muestre misericordia> (Santiago 2:13). Jesús termina la parábola del deudor que se negó a perdonar con la advertencia: «Eso es lo que hará Mi Padre celestial con cualquiera de vosotros si no perdonáis de corazón a vuestros hermanos> (Mateo 18:35). La Oración Dominical va seguida de dos versículos que explican y subrayan la petición: «Perdónanos nuestras deudas como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.» «Porque si perdonáis a vuestros semejantes sus ofensas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los demás sus ofensas, tampoco os perdonará vuestro Padre vuestras ofensas» (Mateo 6:12, 14s). La enseñanza inconfundible del Nuevo Testamento es que sólo se tendrá misericordia de los misericordiosos.

Pero hay más que eso en esta bienaventuranza. La palabra griega para misericordioso es eleémón. Pero, como ya hemos visto repetidas veces, el griego del Nuevo Testamento tal como lo tenemos se remonta a un original hebreo o arameo. La palabra hebrea para misericordia es jésed; y es una palabra intraducible. No quiere decir simplemente simpatizar con una persona en el sentido popular de esta palabra; no quiere decir sólo darle a uno lástima de otro que lo pasa mal. Jésed, misericordia, quiere decir la capacidad de ponerse uno totalmente en el lugar de otro de manera que ve con sus ojos, piensa con su mente y siente con sus sentimientos.

Está claro que esto es mucho más que una oleada emocional de lástima; exige un esfuerzo deliberado de la mente y de la voluntad. Denota una simpatía que no se da, por así decirlo, desde fuera, sino que viene de una deliberada identificación con la otra persona hasta el punto de ver y sentir como ella. Esto es lo que quiere decir literalmente la palabra simpatía. Simpatía de deriva de dos palabras griegas -syn, que quiere decir juntamente con, y pasjein, que quiere decir experimentar o sufrir- . Simpatía quiere decir etimológicamente experimentar las cosas juntamente con otra persona, pasar literalmente lo que está pasando.

Esto es precisamente lo que muchas personas ni siquiera intentan jamás, y hasta lo evitan conscientemente. La mayor parte de la gente está tan preocupada con sus propios sentimientos que no tiene gran interés en los de los demás. Cuando les da pena de alguien es, como si dijéramos, desde fuera; no hacen el esfuerzo consciente de meterse dentro del corazón y de la mente de la otra persona hasta el punto de ver y sentir las cosas como las ve y siente ella.

Si hiciéramos de veras este esfuerzo deliberado, y si llegáramos a identificarnos -hacernos idénticas- con la otra persona, las cosas nos parecería muy diferentes.

(i) Nos salvaría de ser amables equivocadamente. Hay en el Nuevo Testamento un ejemplo sobresaliente de amabilidad instintiva y equivocada. Se encuentra en el relato de la visita que hizo Jesús a Sus amigos de Betania (Lucas 10:38-42). Cuando Jesús los fue a ver, la Cruz estaba ya esperándole a pocos pasos. Lo que más quema Jesús sería una oportunidad para descansar y relajarse de aquella terrible tensión un poquito de tiempo. Marta amaba a Jesús; Él era su huésped más bienvenido; y como Le amaba tanto, quería ofrecerle la mejor comida que pudiera preparar. Estaba yendo y viniendo entre el tintineo de platos y cacharros y cubiertos… que serían una tortura para los nervios tensos de Jesús, Que lo que más necesitaba era tranquilidad.

Marta quería ser amable… y no podría haber sido más cruel. Pero María comprendió que lo único que quería Jesús era paz. A menudo, cuando queremos ser amables, ofrecemos la amabilidad a nuestra manera, y la otra persona la tiene que aceptar así, quiéralo o no. Nuestra amabilidad sería doblemente amable, y evitaría mucha crueldad involuntaria, si nos tomáramos la molestia de introducirnos en el interior de la otra persona.

(ii) Nos haría el perdonar y la tolerancia mucho más fáciles. Hay un principio en la vida que olvidamos muchas veces: que siempre hay una razón para que una persona piense y actúe de cierta manera; y, si conociéramos esa razón, nos sería mucho más fácil comprender y simpatizar y perdonar. Si una persona actúa, según nuestra manera de pensar, equivocadamente, puede que sea porque ha pasado por experiencias que hacen actuar así. Una persona inquieta o descortés puede que se manifieste así porque está preocupada o sufriendo algún dolor. Si una persona nos trata mal, puede que sea por algo que tiene en la mente, equivocado… o no.

El proverbio francés puede que tenga razón: «Conocerlo todo es perdonarlo todo;» pero nunca llegaremos a conocerlo todo si no hacemos el esfuerzo determinado de meternos dentro del corazón y la mente de la otra persona.

(iii) En último análisis, ¿no fue eso lo que hizo Dios en Jesucristo? En Jesucristo, en el sentido más literal, Dios se introdujo en el interior de la persona humana. Vino como un hombre: viendo las cosas con ojos humanos, sintiéndolas con sentimientos humanos, pensándolas con una mente humana. Dios sabe cómo es la vida, porque Se introdujo hasta su interior más íntimo.

La reina Victoria de Inglaterra era muy amiga del rector Tulloch, de la universidad de Saint Andrews, y su esposa. El príncipe Albert murió, y la reina Victoria se quedó sola. Precisamente por el mismo tiempo murió el rector Tulloch, y la señora Tulloch se quedó sola. Sin previo aviso, la Reina vino a visitar a la señora Tulloch, que estaba descansando en su habitación. Cuando le anunciaron a la Reina, la señora Tulloch se dio toda la prisa que pudo para levantarse y hacer una reverencia. La Reina dio un paso al frente y le dijo: < Querida mía, no te levantes. Hoy no vengo como la Reina a una de sus súbditas, sino como una mujer que ha perdido a su marido a otra en la misma situación.»

Eso es precisamente lo que hizo Dios; vino a la humanidad, no como el Dios soberano, distante, remoto, aislado, mayestático; sino como un hombre. El ejemplo supremo de misericordia, jésed, es la venida de Dios al mundo en Jesucristo.

Sólo los que muestren esta misericordia recibirán misericordia. Esto es verdad a nivel humano, porque es la gran verdad de la vida que veremos en otras personas el reflejo de nuestras actitudes.

Si no tenemos interés por nadie, así serán ellos con nosotros. Si ven que nos preocupamos, su corazón responderá preocupándose. Y es absolutamente cierto en el lado divino, porque el que muestra esta misericordia ha llegado nada menos que a parecerse a Dios. Así que la traducción de la quinta bienaventuranza podría ser:

AH, LA BIENAVENTURANZA DE LA PERSONA QUE SE PONE HASTA TAL PUNTO EN EL LUGAR DE LOS DEMÁS QUE PUEDE VER CON SUS OJOSA PENSAR CON SU MENTE Y SENTIR CON SU CORAZÓN PORQUE EL QUE ES ASÍ CON LOS DEMÁS DESCUBRIRÁ QUE LOS DEMÁS HACEN LO MISMO CON ÉL Y SABRÁ QUE ESO ES LO QUE DIOS HA HECHO EN JESUCRISTO LA BIENAVENTURANZA DEL CORAZÓN LIMPIO

 Bienaventurados los de limpio corazón, porque verán a Dios.

Aquí tenemos una bienaventuranza que exige que toda persona que la lea se detenga, piense y haga un examen de conciencia.

La palabra griega para limpio es katharós, que tiene una variedad de usos, cada uno de ellos con algo nuevo que añadir al sentido de esta bienaventuranza para la vida cristiana.

(i) En su origen quería decir simplemente limpio, y podía usarse, por ejemplo, de la ropa sucia que se había lavado para que volviera a estar limpia.

(ii) Se usa frecuentemente del trigo que se había aventado y cribado para dejarlo limpio de polvo y paja. En sentido figurado se usa de un ejército que se ha limpiado de soldados descontentos, cobardes o flojos, y que está formado exclusivamente de luchadores de primera categoría.

(iii) Suele aparecer corrientemente en compañía de otro adjetivo griego, akératos. Akératos se usa de la leche o el vino sin adulterar, y del metal que no tiene ni la más ligera aleación. Así pues, el sentido básico de katharós es sin mezcla ni adulterio ni aleación. Es por esto por lo que esta bienaventuranza es tan exigente. Podría traducirse:

¡Bendita la persona cuyos motivos son siempre totalmente sin mezcla, porque verá a Dios!

Rara vez se da el caso, hasta en nuestras acciones mejores, de que no haya la menor mezcla de motivos. Si nos entregamos total y generosamente a alguna buena causa, puede que nos quede en el corazón algún resto de propia satisfacción y aprobación, alguna complacencia en la gratitud y alabanza y crédito que cosechamos. Si hacemos algo bueno que requiere algún sacrificio por nuestra parte, puede que no estemos totalmente libres del sentimiento de que otros verán en nosotros algo heroico, y nos considerarán mártires.

Hasta un predicador que sea sincero no está totalmente libre del peligro de la propia satisfacción de haber predicado un buen sermón. ¿No fue Juan Bunyan el que le contestó tristemente a uno que le dijo que su sermón había sido muy bueno: «Sí, ya lo sé; ya me lo ha dicho el diablo cuando me bajaba del púlpito»?

Esta bienaventuranza nos exige el más severo examen de conciencia. ¿Hacemos nuestro trabajo para aportar un servicio o para que nos lo paguen? ¿Cumplimos con nuestro trabajo por motivos de servicio o de paga? ¿Prestamos nuestro servicio por generosidad o por egoísmo? ¿Hacemos lo que hacemos en la iglesia para el Señor o para nuestro propio prestigio? ¿Vamos a la iglesia para encontrarnos con Dios o para cumplir con una costumbre o para que se nos considere respetables?

¿Es nuestra vida de oración y meditación inspirada por un deseo sincero de comunión con Dios o porque nos da un sentimiento agradable de superioridad? ¿Cultivamos la vida espiritual porque somos supremamente conscientes de nuestra necesidad de Dios en lo más íntimo de nuestro ser, o porque nos producen un sentimiento de comodidad y bienestar los pensamientos piadosos? El examinar nuestros propios motivos produce inquietud y vergiienza, porque hay pocas cosas en este mundo que aun los mejores de nosotros pueden hacer sin tener motivos diversos y discutibles. Jesús pasó a decir que sólo los puros de corazón verán a Dios. Es uno de los simples hechos de la vida que vemos sólo lo que estamos dispuestos a ver. Y eso es verdad no solamente en el sentido físico, sino en todos.

Si una persona comente mira los cielos en una noche clara, no ve nada más que una inmensidad de puntitos de luz; ve sólo lo que está capacitado para ver. Pero en los mismos cielos un astrónomo podrá llamar a las estrellas y los planetas por sus nombres, y moverse entre ellos como entre amigos; y un marino podrá encontrar en los mismos cielos el medio para llevar su navío al puerto deseado por un mar sin caminos trazados. Francisco García Navarro nos cuenta su llegada a Jaca el 1/1/32, donde le estaba esperando el pastor y maestro don Salvador Ramírez con sus hijos varones. < En el camino de la estación de Jaca -nos cuenta-, ya anochecido, la conversación emprendida por D. Salvador, más dirigida a sus hijos que a mí, consistió en una grata y eficaz lección planetaria, mientras nos hacía contemplar el firmamento tan pletórico de belleza como de estrellas rutilantes.

Pura lección que corroboraba, decía, las palabras del Salmista: < Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de Sus manos» (Salmo 19:1). Fue para mí un placer escucharle en silencio, porque planteó la localización de estrellas y sus nombres, el movimiento y función de cada una, las constelaciones y su distinción, las galaxias y su formación, los años luz de distancia que nos separan de ellas y la perfección del Universo regido por leyes inalcanzables dictadas por el único Dios y Creador.> Buen comienzo, pensó Francisco García Navarro, de los descubrimientos que había de hacer con tan sabio < ayo» en los caminos de la teología, la moral y la educación.

Una persona comente que vaya dándose un paseo por los caminos del campo no verá en los setos nada más que un amasijo de arbustos y espinos. Un botánico experimentado se fijará en cada cosa, llamándola por su nombre y conociendo su uso; y puede que hasta descubra algo de rareza y valor extraordinarios, porque tiene ojos para ver.

Si ponemos a dos personas en una habitación llena de cuadros antiguos, la que no tenga conocimiento ni habilidad no verá la diferencia que hay entre una pieza maestra y una copia sin valor, mientras que un experto crítico de arte descubrirá un valor incalculable en una pintura que otros pasarían de largo sin fijarse siquiera.

Hay personas de mente sucia que ven en cualquier situación un material para una observación soez o un chiste sucio. En cualquier esfera de la vida, cada uno ve lo que está capacitado para ver. Así, dice Jesús, son solamente los puros de corazón los que verán a Dios. Es una seria advertencia para que recordemos que cuando mantenemos la limpieza de corazón por la gracia de Dios, o cuando lo ensuciamos por malicia humana, estamos capacitándonos o incapacitándonos para ver algún día a Dios.

Así pues, esta sexta bienaventuranza podría leerse de la forma siguiente

¡AH, LA BIENAVENTURANZA DE LA PERSONA CUYOS MOTIVOS SON ABSOLUTAMENTE PUROS PORQUE AL GÚN DÍA ESTARÁ CAPACITADA PARA CONTEMPLAR A DIOS! LA BIENAVENTURANZA DE RECONCILIAR A LOS DESAVENIDOS

 Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios. Debemos empezar el estudio de esta bienaventuranza investigando algunas cuestiones de significado de palabras.

(i) Primero, tenemos la palabra paz. En griego la palabra es eiréné, y en hebreo shalóm. En hebreo, paz no es nunca un estado negativo; nunca quiere decir exclusivamente la ausencia de guerra; siempre quiere decir todo lo que contribuye al bienestar supremo del hombre. En el Oriente cuando un hombre le dice a otro: ¡Salám! -que es la misma palabra- no quiere decir que le desea al otro solamente la ausencia de males; le desea la presencia de todos los bienes. En la Biblia, paz quiere decir no solamente liberación de todos los problemas, sino disfrutar de todas las cosas buenas.

(ii) Segundo, debemos fijarnos con cuidado en lo que nos dice esta bienaventuranza. La bendición es para los que hacen la paz fue es lo que quiere decir etimológicamente pacificadores o apaciguadores- no necesariamente para los que aman la paz. Sucede a menudo que, si una persona ama la paz de una manera equivocada, conseguirá crear problemas y no paz. Puede que permitamos, por ejemplo, que se desarrolle una situación amenazadora y peligrosa, y que nuestra defensa sea no intervenir para mantener la paz. Hay mucha gente que piensa que eso es amar la paz, cuando lo que se está haciendo en realidad es amontonar problemas para el futuro, porque se rehuye arrostrar la situación y tomar las medidas que demanda. La paz que la Biblia llama bendita no viene de evadir las situaciones conflictivas, sino de arrostrarlas, tratarlas y conquistarlas. Lo que esta bienaventuranza demanda no es una aceptación pasiva de las cosas por miedo a los contratiempos que pueda traer el intervenir en ellas, sino el enfrentarnos activamente con las cosas y hacer la paz, aunque el camino de la paz pase por el conflicto.

(iii) La versión Reina-Valera dice que los pacificadores serán llamados hijos de Dios. Esto es lo que quiere decir literalmente la palabra griega hyioí. Esta es una expresión típicamente hebrea. El hebreo no es rico en adjetivos, y cuando quiere describir algo, a menudo usa, no un adjetivo, sino la frase hijo de… seguido de un nombre abstracto. De aquí que se llame a un hombre un hijo de paz en vez de una persona pacífica. A Bernabé se le llama hijo de consolación en vez de consolador y confortador. Esta bienaventuranza dice: Benditos los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios; lo que quiere decir: Benditos los pacificadores porque realizarán una obra característica de Dios. El que hace la paz está involucrado en la misma obra que hace el Dios de paz (Romanos 1 S: 33; 2 Corintios 13:11; 1 Tesalonicenses 5:23; Hebreos 13:20).

Se ha buscado el sentido de esta bienaventuranza por tres líneas diferentes.

(i) Se ha sugerido que, puesto que Shalóm quiere decir todo lo que contribuye al bien supremo del hombre, esta bienaventuranza quiere decir: Benditos los que hacen este mundo un lugar más idóneo para que viva en él toda la humanidad. Abraham Lincoln dijo una vez: «Me moriré cuando sea, pero me gustaría que se dijera de mí que arranqué una ortiga y planté una flor donde pensé que podía crecer.» Según esto, ésta sería la bienaventuranza de los que han elevado un poco el mundo.

(ii) La mayor parte de los primeros estudiosos de la Iglesia tomo esta bienaventuranza en un sentido puramente espiritual, y sostuvo que quería decir: Bendita la persona que hace la paz en su propio corazón y alma. En cada uno de nosotros hay un conflicto interior entre el bien y el mal, que tiran de nosotros en sentidos opuestos; todos somos hasta cierto punto una guerra civil en marcha. Feliz, por tanto, es el que ha ganado la paz interior en la que ha quedado superado su conflicto íntimo, y puede darle todo su corazón a Dios.

(iii) Pero queda todavía otro significado para esta palabra paz. Es un sentido sobre el cual les encantaba discurrir a los rabinos judíos, y es casi seguro el sentido que Jesús tenía en mente. Los rabinos judíos sostenían que la tarea suprema que una persona puede llevar a cabo es establecer relaciones correctas entre persona y persona. Eso era lo que Jesús quería decir.

Hay personas que son siempre centros tempestuosos de problemas y amargura y lucha. Dondequiera que están, están siempre metidos en peleas entre ellos o provocándolas entre los demás. Son personas que causan problemas. Hay muchas así en casi todas las sociedades e iglesias, que están realmente haciéndole al diablo su trabajo. Por otra parte -gracias a Dios- hay personas en cuya presencia no puede sobrevivir la amargura, personas que hacen de puentes, que cierran las grietas, que endulzan las amarguras. Tales personas hacen un trabajo semejante al de Dios, porque el gran propósito de Dios es hacer que haya paz para cada persona consigo misma y entre unas y otras personas. El que divide a las personas está haciendo la obra del diablo; el que une a las personas está haciendo la obra de Dios.

Así pues, esta bienaventuranza podría leerse:

AH, LA BIENAVENTURANZA DE LOS QUE PRODUCEN RELACIONES COMO ES DEBIDO ENTRE LAS PERSONAS PORQUE ESTÁN HACIENDO ALGO QUE RECUERDA A Dios! LA BIENAVENTURANZA DE SUFRIR POR CRISTO

 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando por mi causa os insulten, os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos, pues así persiguieron a los profetas que vivieron antes de vosotros.

Una de las cualidades sobresalientes de Jesús era su honradez diáfana. Nunca dejó a nadie en duda en cuanto a lo que le sucedería si escogía seguirle. Estaba seguro de que había venido < No para hacer la vida fácil, sino para hacer a la gente grande.»

Nos cuesta darnos cuenta de lo que tuvieron que sufrir los primeros cristianos. Todos los compartimientos de su vida se desquiciaron.

(i) Su cristianismo descabalaría su trabajo. Supongamos que uno era mampostero. Esa parece una profesión bastante inofensiva. Pero supongamos que su empresa tenía un contrato para construir un templo de uno de los dioses paganos. ¿Qué haría ese hombre? Supongamos que un cristiano era sastre, y que encargaban en su taller túnicas para los sacerdotes paganos. ¿Qué haría ese hombre? En una situación semejante en la que los primeros cristianos se encontrarían, apenas existiría algún trabajo en el que un cristiano no tuviera conflicto entre sus intereses comerciales y su lealtad a Jesucristo.

La Iglesia estaría sin duda donde estaba la obligación de la persona. Más de cien años después de esto, un hombre le fue a Tertuliano con este mismo problema. Le hablo de sus dificultades comerciales. Acabó diciendo: «¿Qué puedo hacer? ¡Tengo que vivir!» «¿Estás seguro?», dijo Tertuliano. Si había que escoger entre la lealtad y la vida, un verdadero cristiano no dudaba nunca en escoger la lealtad.

(ii) Su cristianismo descabalaría sin duda su vida social. En el mundo antiguo, la mayor parte de las fiestas se celebraban en el templo de algún dios. En muy pocos sacrificios se quemaba todo el animal en el altar. A veces no se quemaban más que unos pelillos de la cabeza de la bestia como un sacrificio simbólico. Los sacerdotes recibían como gajes de su oficio parte de la carne, y otra parte se le devolvía al adorador. Con su parte, hacía una fiesta con sus parientes y amigos. Uno de los dioses más comentes era Serapis. Cuando la fiesta se celebraba en su templo, las invitaciones decían algo así: < Te invito a cenar conmigo a la mesa de nuestro señor Serapis.»

¿Podría un cristiano participar en una fiesta que se celebraba en un templo pagano? Hasta las comidas ordinarias en las casas empezaban con una libación, una copa de vino que se derramaba en honor de los dioses. Era como nuestro dar gracias a Dios por la comida. ¿Podía un cristiano participar en un gesto de culto pagano así? De nuevo vemos que la respuesta cristiana era clara. Un cristiano tenía que desconectarse de sus compañeros antes que prestar su aprobación a tales cosas con su presencia. Uno tenía que estar dispuesto a quedarse solo para ser cristiano.

(iii) Lo peor de todo: su cristianismo podía llegar a traerle problemas en su vida familiar. Sucedía una y otra vez el que un miembro de la familia se hacía cristiano y los otros no. Una mujer se podía hacer cristiana y su marido no. Lo mismo podía suceder con un hijo o una hija. Inmediatamente surgía una división en la familia. A menudo se le cerraba la puerta en la cara para siempre al que había aceptado a Cristo.

El cristianismo traía a menudo, no paz, sino una espada que dividía las familias. Era literalmente cierto que una persona tenía que amar a Cristo más que a su padre, madre, esposa, hermano o hermana. El cristianismo suponía a menudo escoger entre las personas más queridas y Jesucristo.

Además, los castigos que tenía que sufrir un cristiano eran terribles más allá de toda descripción.

Todo el mundo sabe de los cristianos que se les echaban a los leones o se quemaban en el patíbulo; pero éstas eran muertes piadosas. Nerón envolvía a los cristianos en betún y les prendía fuego para usarlos como antorchas vivientes en sus jardines. Los cubría con pieles de animales salvajes y les lanzaba perros de caza para que los descuartizaran. Eran torturados en el potro; les arrancaban la piel con garfios; les echaban por encima plomo derretido; les fijaban planchas de bronce al rojo vivo en las partes más sensibles del cuerpo; les vaciaban los ojos; les cortaban partes del cuerpo y las asaban ante sus ojos; les abrasaban las manos y los pies mientras les echaban agua fría para prolongar su agonía. No es agradable pensar en estas cosas; pero uno tenía que estar dispuesto a sufrirlas si estaba de parte de Cristo. Podríamos muy bien preguntarnos por qué perseguían los romanos a los cristianos. Parece algo extraordinario el que una persona que viviera la vida cristiana se considerara una víctima apropiada para la persecución y la muerte. Había dos razones.

(i) Se habían extendido algunas calumnias acerca de los cristianos, de las cuales los judíos eran responsables en no poca medida.

(a) Se acusaba a los cristianos de canibalismo. Las palabras de la última Cena -«Esto es Mi cuerpo» «Esta copa es el nuevo Testamento en Mi sangre»- se tomaban y tergiversaban para hacer creer que los cristianos sacrificaban a un niño para comérselo.

(b) Se acusaba a los cristianos de prácticas inmorales, y se decía que sus reuniones eran orgías indecentes. La reunión semanal de los cristianos se llamaba Agapé, la Fiesta del Amor; y ese nombre se interpretaba maliciosamente. Los cristianos se saludaban con el beso de la paz; y también esto se usó para construir acusaciones calumniosas.

(c) Se acusaba a los cristianos de ser incendiarios. Es verdad que hablaban del próximo fin del mundo, y revestían su mensaje con cuadros apocalípticos del mundo en llamas. Sus calumniadores tomaban esas palabras y las interpretaban como amenazas de terrorismo político y revolucionario.

(d) Se acusaba a los cristianos de deshacer los vínculos familiares. De hecho, por causa del Cristianismo se producían divisiones en las familias, como ya hemos visto; así que el Cristianismo se representaba como algo que causaba división entre marido y mujer, y que desarticulaba el hogar.

Había suficientes calumnias inventadas por gente maliciosa.

(ii) Pero el mayor campo de persecución era, de hecho, el político. Pensemos en la situación. El imperio romano abarcaba a casi todo el mundo conocido, desde las Islas Británicas hasta el Éufrates, y desde Alemania hasta el Norte de África. ¿Cómo podía amasarse hasta cierto punto una amalgama tan vasta de pueblos? ¿Qué principio unificador se podía encontrar? En un principio se encontró en el culto de la diosa Roma, el espíritu de Roma. Este era un culto que los pueblos de las provincias daban de buena voluntad, porque Roma les había traído paz y buen gobierno, orden y justicia. Se limpiaron las carreteras de bandidos y los mares de piratas; los déspotas y tiranos fueron desterrados por la imparcial justicia romana. La gente de las provincias estaba muy dispuesta a ofrecer sacrificios al espíritu del Imperio que había hecho tanto por ella.

Pero del culto de Roma se pasó a otro objeto. Había un hombre que era la personificación del imperio romano, en quien podría decirse que Roma se encarnaba, y ese hombre era el emperador; así es que llegó a considerársele un dios, y se le empezaron a dar honores divinos y a levantarse templos a su divinidad. No fue el gobierno romano el que inició este culto; de hecho, en su principio, hizo todo lo posible para desanimarlo. El emperador Claudio, decía que lamentaba que se le dieran honores divinos a cualquier ser humano. Pero, con el paso de los años, el gobierno romano vio en el culto al emperador la única práctica que podía unificar el vasto imperio romano; ahí había un centro en el que se podían reunir todos sus habitantes. Así es que acabó por, no sólo aceptar, sino imponer el culto al emperador. Una vez al año, todas las personas tenían que presentarse y quemar una pizca de incienso a la divinidad del césar y decir: «César es señor.» Y eso era precisamente lo que los cristianos se negaban a hacer. Para ellos, Jesucristo era el único Señor, y no le darían a ningún ser humano ese título que pertenecía exclusivamente a Cristo.

Está claro que el culto al césar era una prueba de lealtad política más que ninguna otra cosa. De hecho, cuando un hombre había quemado su pizquita de incienso y repetido la fórmula, recibía un certificado, un libellus, de que lo había hecho, y luego podía ir y dar culto a cualquier dios, siempre que no fuera contra la decencia y el orden público. Los cristianos se negaron a someterse. A1 enfrentarse con el dilema «César o Cristo» no vacilaban en su elección: sólo Cristo. Se negaban en redondo a una componenda. El resultado era que, por muy bueno que fuera el hombre, aunque fuera un ciudadano excelente, quedaba fuera de la ley automáticamente. En el vasto imperio romano no se podían tolerar bloques de desafectos, y eso era exactamente lo que las autoridades romanas consideraban ser las congregaciones cristianas. Un poeta ha hablado de «El agobiado, acurrucado rebañito cuyo crimen era Cristo.»

El único crimen de los cristianos era que colocaban a Cristo por encima del césar; y por esa suprema lealtad murieron los cristianos a millares y arrostraron la tortura por causa de la exclusiva supremacía de Jesucristo.

LA BIENAVENTURANZA DEL SENDERO ENSANGRENTADO

Cuando vemos cómo surgió la persecución, estamos en posición de ver la verdadera gloria del sendero de los mártires. Puede que nos parezca extraordinario el hablar de la bienaventuranza de los perseguidos; pero para los que tengan ojos para ver más allá del presente inmediato, y una mente capaz de comprender la grandeza de las cuestiones implicadas, tiene que haber habido gloria en el sendero ensangrentado.

(i) El tener que sufrir persecución era una oportunidad de demostrar la fidelidad a Jesucristo. Uno de los mártires más famosos fue Policarpo, el anciano obispo de Esmirna. El populacho le arrastró al tribunal del magistrado romano. Se le presentó la disyuntiva de costumbre: ofrecer sacrificio a la divinidad del césar o morir. «Ochenta y seis años -fue su respuesta inmortal- he servido a Cristo, y jamás me ha hecho ningún mal. ¿Cómo voy a blasfemar a mi Rey, Que me salvó?» Así es que le llevaron al patíbulo, donde él hizo su última oración: « ¡Oh Señor Dios todopoderoso, Padre de Tu muy amado y siempre bendito Hijo, por medio de Quien hemos recibido Tu conocimiento… Te doy gracias por considerarme digno en Tu gracia de este día y hora.» Se le había concedido la oportunidad suprema de demostrar su lealtad a Jesucristo.

En la 1 Guerra Mundial, el poeta Rupert Brooke fue uno de los que murieron demasiado jóvenes. Antes de salir al combate, escribió:

«Gloria sea a Dios, que nos ha tenido por dignos de esta hora.»

Muchos de nosotros puede que no hayamos hecho nunca en nuestra vida nada que pudiera considerarse un verdadero sacrificio por Jesucristo. El momento en que parece probable que el Cristianismo nos cueste algo es el momento cuando tenemos la posibilidad de demostrar nuestra lealtad a Jesucristo de una manera que otros puedan ver.

El tener que sufrir persecución es, como dijo el mismo Jesús, recorrer el mismo camino que recorrieron los profetas, y los santos, y los mártires. El sufrir por lo justo es ganarse un puesto en una gran sucesión. La persona que tiene que sufrir algo por su fe puede levantar bien alta la cabeza y decir < Hermanos, vamos marchando por la senda que abrieron los santos.»

(iii) Tener que sufrir persecución es participar en una gran ocasión. Siempre resulta emocionante aunque sólo sea estar presente en las grandes ocasiones, el estar allí cuando algo memorable y crucial está teniendo lugar. Pero hay una emoción todavía mayor en tomar parte, aunque sea pequeña, en el acontecimiento. Ese era el sentimiento acerca del cual escribió Shakespeare un pasaje inolvidable de su Enrique V, en las palabra que puso en boca del rey antes de la batalla de Agincourt: «EL que viva este día y llegue a la vejez festejará a los suyos de este día la víspera, porque dirá: «Mañana es día de san Crispín.» Mostrará remangado todas sus cicatrices, y dirá: «Estas heridas obtuve en san Crispín.»

Caballeros ingleses que ahora están en la cama se tendrán por malditos porque aquí no estuvieron, y los tendrán por menos siempre que alguno hable que luchó con nosotros el día de san Crispín.»

Cuando uno es llamado a sufrir algo por el Evangelio, ese es siempre un momento crucial. Es la gran ocasión; es la colisión entre el mundo y Cristo; es un momento del drama de la eternidad. Tener un papel en tal escena no es un castigo, sino una gloria. «Alegraos de ese momento -dice Jesús- y estad contentos.» La palabra para estar contentos es el verbo griego agal.liasthai, que procede de dos palabras que quieren decir dar un salto extraordinario. Es un gozo como para saltar de alegría. Como se ha dicho acertadamente, es el gozo del escalador que ha alcanzado la cima, y que salta de alegría porque ha conquistado la montaña.

(iv) Sufrir persecución es ponérselo más fácil a los que vendrán detrás: Hoy disfrutamos la bendición de la libertad gracias a las personas que estuvieron dispuestas a pagar por ella sangre, sudor y lágrimas. Nos lo pusieron más fácil; y mediante un firme e inalterable testimonio de Cristo nosotros también se lo pondremos más fácil a los que vengan detrás.

En la construcción del gran pantano de Hoover en América hubo hombres que perdieron la vida en aquel proyecto que había de volver una región polvorienta en tierra fértil. Cuando se completaron las obras, se pusieron los nombres de los que habían muerto en la empresa en una lápida que se colocó en el gran muro del pantano, con esta inscripción: «Estos murieron para que el desierto se regocijara y floreciera como la rosa.»

El que pelea la batalla por Cristo siempre hará las cosas más fáciles para los que vengan detrás. Para ellos habrá un obstáculo menos que superar en el camino.

(v) Además, otra cosa: no hay nadie que sufra persecución en solitario. Si un cristiano es llamado a sufrir pérdidas materiales, el fallo de los amigos, calumnia, soledad, hasta la muerte por amor, por sus principios… no se encontrará solo. Cristo estará más cerca de él que en ninguna otra situación de su vida.

La antigua historia del libro de Daniel nos cuenta que echaron en el horno, ardiente siete veces más de lo corriente, a Sadrac, Mesac y Abednego por no ceder en su lealtad a Dios. Los consejeros observaban. « ¿No echaron al fuego a tres hombres atados? -preguntó el rey; y exclamó:- ¡Pues yo veo a cuatro, desatados, paseándose en medio del fuego, y no les ha pasado nada; y el aspecto del cuarto es de hijo de los dioses!» (Daniel 3:19-25).

Como dice Browning en Christmas Eve and Easter Day -Nochebuena y el Día de Resurrección- , poniendo estar palabras en boca de un mártir cristiano de las catacumbas:

Nací débil, y no teniendo nada, un pobre esclavo; pero la miseria no podía guardarnos de la envidia del César a los que Dios había dado en Su gracia la perla de gran precio.

Por tanto, con las fieras en el circo luché dos veces, y otras tres sus leyes crueles sobre mis hijos se ensañaron.

Pero, por fin, mi libertad obtuve, aunque tardaron en quemarme vivo. Entonces una Mano descendió, y sacando mi alma de las llamas la condujo de Cristo a la presencia, a Quien ahora veo en plena gloria. Mi hermano Sergio es el que ha escrito en la pared este mi testimonio. En cuanto a mí, ya lo he olvidado todo.

Cuando un cristiano tiene que sufrir algo por su fe, es entonces cuando se encuentra en la más íntima compañía posible con Cristo.

Sólo nos queda por hacer una pregunta: ¿Por qué es esta persecución tan inevitable? Lo es porque la Iglesia, cuando es realmente la Iglesia, no tiene más remedio que ser la conciencia de la nación y de la sociedad. La Iglesia debe alabar lo bueno; pero debe igualmente condenar lo malo, y se hará todo lo posible para silenciar la molesta voz de la conciencia. No es el deber del cristiano individual el descubrir las faltas, criticar y condenar; pero bien puede ser que su misma actitud y conducta sea una condena tácita de las vidas de los no cristianos, y él no podrá escapar a su odio.

No es probable que nos espere la muerte por nuestra lealtad a la fe cristiana; pero los insultos le esperan siempre al que es fiel al honor cristiano. Las burlas le esperan al que practica el amor y el perdón cristiano. Puede que al cristiano le espere una persecución real en la industria si insiste en cumplir fielmente con su trabajo diario. Cristo sigue necesitando Sus testigos; Necesita personas que estén dispuestas, no sólo a morir por Él, sino también a vivir por Él. La contienda cristiana y la gloria cristiana siguen existiendo como entonces.

LA SAL DE LA TIERRA

 Vosotros sois la sal de la tierra; pero cuando la sal ha perdido su sabor, ¿cómo se le podrá restaurar? Ya no sirve para nada bueno, así es que se tira a la calle para que la pisoteen.

Cuando Jesús dijo esto puso a disposición de la humanidad una expresión que se ha convertido en el mayor cumplido que se le puede hacer a nadie. Cuando queremos hacer hincapié en los quilates del carácter y de la utilidad de alguien decimos: «personas así son la sal de la tierra.»

En el mundo antiguo la sal se apreciaba altamente. Los griegos llamaban a la sal divina (theion).

En una frase que en latín es una especie de trabalenguas, los romanos decían «no hay nada más útil que el sol y la sal» (Nil utilius sole et sale). En los tiempos de Jesús la sal se relacionaba en la mente de la gente con tres cualidades especiales.

(i) La sal se conectaba con la pureza. Probablemente su blancura resplandeciente sugería esta conexión. Los latinos decían que la sal era la cosa más pura, porque procedía de las cosas más puras que son el sol y el mar. La sal fue de hecho la más primitiva de todas las ofrendas que se hacían a los dioses, y hasta sus últimos tiempos los sacrificios judíos se ofrecían con sal. Así pues, si el cristiano ha de ser la sal de la tierra, debe ser un ejemplo de pureza.

Una de las características del mundo en la época en que vivimos es que han bajado los niveles. Los niveles de honradez, de diligencia en el trabajo, de responsabilidad, morales, todos tienden a reducirse. El cristiano debe ser una persona que mantenga bien alto su nivel de absoluta pureza en su manera de hablar, su conducta y pensamiento. Cierto escritor le dedicó un libro a J. Y. Simpson, «que hace que lo mejor nos resulte fácilmente creíble.» Ningún cristiano puede salirse de los niveles de la estricta honradez. Ningún cristiano puede pensar con ligereza en reducir los niveles morales en un mundo en el que en las calles de cualquier gran ciudad se induce deliberadamente al pecado. Ningún cristiano se puede permitir los gestos y términos sugestivos y soeces que son a menudo parte de la conversación social. El cristiano no se puede retirar del mundo, pero debe, como decía Santiago, «guardarse sin mancha del mundo» (Santiago 1:27).

(ii) En. el mundo antiguo, la sal era el más corriente de todos los conservantes. Se usaba para evitar que las cosas se corrompieran, y para contener la putrefacción. Plutarco tiene una manera curiosa de decirlo. Dice que la carne es un cuerpo muerto y parte de un cuerpo muerto, y, si se deja a sí misma, se descompondrá; pero la sal la conserva y mantiene fresca, y es por tanto como si se le hubiera insertado un alma nueva a un cuerpo muerto.

Así que la sal preserva de la corrupción. Si el cristiano ha de ser la sal de la tierra, debe tener una cierta influencia antiséptica en la vida.

Todos sabemos que hay ciertas personas en cuya compañía es fácil ser buenos; y que también hay ciertas personas en cuya compañía es fácil bajar el listón moral. Hay ciertas personas en cuya presencia se podría contar sin reparos una historia sucia, y hay otras personas a las que a uno no se le ocurriría contársela. El cristiano debe ser un antiséptico purificador en cualquier sociedad en que se encuentre; debe ser la persona que, con su presencia, excluye la corrupción y les hace más fácil a otros ser limpios.

(iii) Pero la más grande y la más obvia cualidad de la sal es que la sal presta sabor a las cosas. Los alimentos sin sal son tristemente insípidos y hasta desagradables. El Cristianismo es a la vida lo que la sal es a la comida. El Cristianismo le presta sabor a la vida.

Lo trágico es que la gente conecta a menudo el Cristianismo precisamente con lo contrario. Lo identifican con algo que le quita el sabor a la vida. Swinbume llegó a decir:

Tú has conquistado, pálido Galileo; el mundo se ha puesto gris de Tu aliento. Aun después de que Constantino hiciera del Cristianismo la religión del imperio romano, subió al trono otro emperador llamado Juliano que – quería atrasar el reloj y volver a los antiguos dioses. Su queja era, como la expresa Ibsen:

¿Les habéis mirado a la cara a esos cristianos? Ojos hundidos, mejillas pálidas, pechos de tabla; pierden la vida reconcomiéndose, inincentivados por la ambición: para ellos también brilla el sol, pero no lo ven; la tierra les ofrece su plenitud, pero ellos no la quieren; lo único que desean es renunciar y sufrir para morirse lo antes posible.

Para Juliano, el Cristianismo le quitaba la vivacidad a la vida.

Oliver Wendell Holmes dijo una vez: « Yo podría haber entrado en el ministerio si algunos clérigos a los que conocía no hubieran parecido y actuado tanto como enterradores.» Robert Louis Stevenson escribió una vez en su diario, como si estuviera recordando algún fenómeno extraordinario: «Hoy he estado en la iglesia, y no me ha dado la depre.»

El mundo tiene derecho a descubrir otra vez el fulgor perdido de la fe cristiana. En un mundo ansioso, el cristiano debería ser la única persona que se mantuviera serena. En un mundo deprimido, el cristiano debería ser la única persona que siguiera llena de la alegría de vivir. Debería haber una sencilla luminosidad en cada cristiano, pero demasiado a menudo anda por la vida como si estuviera de duelo, y habla como un espectro en una fiesta. Dondequiera que esté, si ha de ser la sal de la tierra, el cristiano debe difundir gozo.

Jesús pasó a decir que, si la sal se vuelve insípida, ya no sirve para nada, y se tira para que todo el mundo la pise. Eso es difícil de entender, porque la sal nunca pierde su sabor y su salinidad. E. F. F. Bishop, en su libro Jesús de Palestina, cita una explicación muy plausible que dio Miss F: E. Newton. En Palestina, los hornos ordinarios están fuera de la casa y se construyen de piedra sobre una base de azulejos. En esos hornos, «para conservar el calor se pone una gruesa capa de sal debajo del suelo de azulejo. Después de cierto tiempo la sal se ha descompuesto. Se levantan los azulejos, se saca la sal y se tira en el camino a la puerta del horno… ha perdido su poder para calentar los azulejos y se tira.» Puede que sea eso lo que se representa aquí.

Pero la idea principal sigue siendo en cualquier caso, y es algo en lo que el Nuevo Testamento insiste constantemente: Que la inutilidad invita al desastre. Si un cristiano no está cumpliendo su propósito como cristiano, está abocado al desastre. El sentido de nuestra vida consiste en ser la sal de la tierra; y si no le damos a la vida la pureza, el poder antiséptico y la luminosidad que le debemos, no estamos cumpliendo nuestro cometido y vamos al desastre.

Todavía nos falta por decir que algunas veces en la Iglesia Primitiva se hacía un uso muy extraño de este texto. En la sinagoga, entre los judíos, había la costumbre de, si un judío se volvía apóstata y luego volvía a la fe, antes de recibirle otra vez en la sinagoga, tenía como penitencia que tumbarse a la puerta de la sinagoga e invitar a todos los que iban entrando a que le pisaran. En algunos lugares, la Iglesia Cristiana adoptó esa costumbre; y a un cristiano que había sido expulsado de la Iglesia por disciplina, se le obligaba, antes de admitirle otra vez, a tumbarse a la puerta de la iglesia e invitar a los que entraban: «Pisoteadme porque soy la sal que ha perdido su sabor.»

LA LUZ DEL MUNDO

Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad situada en una colina no puede pasar inadvertida. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino para ponerla a la vista para que dé luz a todos los de la casa.

Podría decirse que éste es el mayor cumplido que se le haya hecho jamás al cristiano individual, porque en él Jesús manda al cristiano que sea lo que Él mismo afirmó ser. Jesús dijo: «Mientras estoy en el mundo, luz soy del mundo» (Juan 9:5). Cuando Jesús mandó a sus seguidores que fueran las luces del mundo, les pedía que fueran como Él mismo, ni más ni menos.

Cuando Jesús dijo estas palabras, estaba usando una expresión que les resultaría familiar a los judíos que la oyeron por primera vez. Ellos llamaban a Jerusalén «una luz para los gentiles;» y a un famoso rabino le solían llamar «una lámpara de Israel.» Pero la forma en que usaban los judíos esta expresión nos da la clave de cómo la usó Jesús.

De una cosa estaban los judíos completamente seguros: ninguna persona encendía su propia luz.

Jerusalén era sin lugar a duda una luz para los gentiles, pero había sido Dios el Que había encendido la lámpara de Israel. La luz que brillaba en la nación o en la persona piadosa era una luz prestada. Así sucede también con el cristiano. La exigencia de Jesús no es que cada uno de nosotros deba, como si dijéramos, producir su propia luz. Debemos brillar con el reflejo de Su luz. El resplandor que se advierte en la vida del cristiano viene de la presencia de Cristo en su corazón. A veces hablamos de una novia radiante, pero la luz que irradia viene del amor que ha nacido en su corazón.

Cuando Jesús dijo que los cristianos debemos ser la luz del mundo, ¿qué quería decir?

(i) Una luz es algo que en primer lugar y principalmente está para que se vea. Las casas de Palestina eran muy oscuras, con una sola ventana circular de medio metro de diámetro. La lámpara era como una salsera llena de aceite y con una mecha. No era nada fácil encender una lámpara cuando no había ni cerillas. Normalmente la lámpara se colocaba en un candelero o soporte, que en muchos casos no era más que un soporte de madera toscamente tallada; pero cuando la gente se salía de la habitación, por seguridad, quitaban la lámpara del candelero y la ponían debajo de un cajón de arcilla de medir el grano para que siguiera ardiendo sin riesgo hasta que volviera alguien. El deber primario de la luz de la lámpara era que se pudiera ver.

Así es que el Cristianismo es algo que se tiene que dejar ver. Como ha dicho bien alguien: « No puede haber tal cosa como un discipulado secreto; porque, o el secreto acaba con el discipulado, o el discipulado con el secreto.» Nuestro cristianismo tiene que ser perfectamente visible a todo el mundo.

Además, este Cristianismo no tiene que dejarse ver solamente en la iglesia. Un cristianismo cuyos efectos no salen de las puertas de la iglesia no le sirve a nadie gran cosa. Debería ser más visible todavía en las actividades normales y corrientes. Nuestro Cristianismo debe dejarse ver en la manera como tratamos al dependiente de la tienda al otro lado del mostrador, en nuestra manera de encargar una comida en el restaurante, en nuestra forma de tratar a nuestros empleados o de servir a nuestros superiores, en nuestra manera de practicar un deporte o jugar a un juego, o conducir o aparcar un vehículo, en el lenguaje cotidiano que usamos y en lo que leemos cada día. Un cristiano debe serlo en la fábrica, el taller, los astilleros, la mina, la escuela, la consulta médica, la cocina, el campo de fútbol, exactamente lo mismo que en la iglesia. Jesús no dijo: «Vosotros sois la luz de la Iglesia», sino: «Vosotros sois la luz del mundo.» Así que nuestro cristianismo se tiene que hacer evidente a todos por nuestra manera de vivir en el mundo.

(ii) Una luz es un guía. En cualquier ría podemos ver una serie de luces que marcan el camino que deben seguir los barcos para su seguridad. Sabemos lo difícil que resulta transitar por las calles de la ciudad cuando hay un apagón. Una luz es algo que facilita el camino.

Así que un cristiano debe indicarles el camino a los demás. Es decir: el cristiano está obligado a ser un ejemplo. Una de las cosas que más necesita este mundo son personas que estén preparadas a ser focos de bondad. Supongamos que hay un grupo de gente, y que alguien propone que se haga algo dudoso. A menos que alguien se oponga abiertamente, aquello se hará. Pero si alguien se pone en pie y dice: «No contéis conmigo para eso,» otro, y otro, y otro se levantarán y dirán: «Ni conmigo tampoco.» Pero si no se les hubiera dado ejemplo, se habrían callado.

Hay muchas personas en este mundo que no tienen la fuerza moral ni el coraje para mantenerse firmes en solitario; pero si otro se adelanta, le seguirán; si cuentan con alguien suficientemente fuerte o seguro en quien apoyarse, harán lo que deben. Es el deber del cristiano adoptar la posición que luego secundará el hermano más débil, iniciar la marcha que otros con menos coraje seguirán después. El mundo necesita luces guiadoras; hay personas esperando y anhelando la dirección para hacer lo que no se atreverían a emprender solas.

(iii) Una luz esa menudo una advertencia. A menudo se usa la luz para advertir de un peligro que acecha más adelante.

Algunas veces el cristiano tiene la obligación de presentarles a los demás la necesaria advertencia. Eso es a menudo difícil, especialmente hacerlo de forma que no haga más daño que bien; pero una de las más desgarradoras tragedias de la vida es que nos venga alguno, especialmente un joven, y nos diga: « No me encontraría en esta situación si me lo hubieras advertido a tiempo.»

Se decía de la famosa maestra y educadora que, si alguna vez tenía ocasión de corregir a sus estudiantes lo hacía « poniéndole el brazo alrededor de los hombros.» Si hacemos nuestra advertencia, no con enfado ni crítica, sino con amor, será eficaz.

El cristiano debe ser una de estas luces que se pueden ver, que advierten y que guían.

BRILLANDO PARA DIOS

 Que brille así vuestra luz delante de la gente, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el Cielo.

Aquí hay dos cosas de suprema importancia.

(i) La gente tiene que ver nuestras buenas obras. En griego hay dos palabras para bueno. Hay la palabra agathós, que simplemente define la calidad de una cosa como buena; y hay la palabra kalós, que quiere decir que una cosa es no sólo buena, sino también hermosa y atractiva. La palabra que se usa aquí es kalós.

Las buenas obras del cristiano tienen que ser no sólo buenas, sino también atractivas. Tiene que haber un cierto encanto en la bondad cristiana. La tragedia de mucho de lo que se considera bueno es que tiene un elemento de dureza y de frialdad y de austeridad. Hay una bondad que atrae, y una bondad que repele. Hay un cierto encanto en la verdadera bondad cristiana que la hace encantadora.

(ii) También tenemos que notar que nuestras buenas obras deben atraer la atención, no a nosotros, sino a Dios. Este dicho de Jesús es una prohibición total de lo que alguien ha llamado «bondad teatral.»

En una conferencia en la que estaba presente D. L. Moody había también algunos jóvenes que tomaban su fe cristiana muy en serio. Una noche tuvieron una vigilia de oración. Cuando llegaban de ella por la mañana se encontraron con Moody, que les preguntó qué habían estado haciendo. Se lo dijeron, y añadieron: «¡Señor Moody, vea cómo nos brilla el rostro!» Moody les contestó muy cortésmente: «Moisés no sabía que le relucía el rostro.» La bondad que es consciente, que llama la atención a sí misma, no es la bondad cristiana.

Uno de los historiadores antiguos escribió acerca de Enrique V después de la batalla de Agincourt: «Tampoco permitió que se hicieran canciones ni que las cantaran los juglares acerca de su gloriosa victoria; porque quería que toda la alabanza y la gloria y la acción de gracias se Le dieran a Dios.» El cristiano no piensa nunca en lo que él ha hecho, sino en lo que Dios le ha capacitado para hacer. Nunca trata de atraer las miradas de la gente, sino siempre en dirigirlas a Dios. Mientras las personas estén pensando en las alabanzas, las gracias y el prestigio que obtendrán por lo que han hecho, no han empezado todavía a recorrer el camino cristiano de veras.

LA LEY ETERNA

 -No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolirlos, sino a cumplirlos. Os digo la pura verdad: Hasta que desaparezcan los cielos y la Tierra, ni un punto ni una coma de la Ley se suprimirán hasta que se cumpla en su plenitud. Así que, el que quebrante uno de los mandamientos más pequeñitos y enseñe a otros a hacer lo mismo, será llamado el menor del Reino del Cielo; pero, el que los cumpla y enseñe a otros a hacer lo mismo, será llamado grande en el Reino del Cielo. Porque os aseguro que no entraréis ninguno en el Reino del Cielo a menos que vuestra integridad exceda a la de los escribas y los fariseos.

A primera vista esto podría parecer el pronunciamiento más alucinante que Jesús hizo en todo el Sermón del Monte. En este pasaje Jesús establece el carácter eterno de la Ley; y sin embargo Pablo podía decir: «Cristo es el fin de la Ley» (Romanos 10:4).

Repetidas veces Jesús quebrantó lo que los judíos llamaban la Ley. No cumplía el lavado de las manos que la Ley establecía; sanaba a los enfermos en sábado, aunque la Ley prohibía tales sanidades; de hecho fue condenado y crucificado como quebrantador de la Ley; y sin embargo aquí parece hablar de la Ley con una veneración y una reverencia que ningún rabino o fariseo podría superar. La letra más pequeña -que la Reina-Valera llama jota- era la letra hebrea yod. Era algo parecido a lo que llamamos apóstrofe -›-; ni siquiera una letra no mucho más grande que un puntito se omitiría. La parte más pequeña de la letra -lo que la Reina-Valera llama una tilde, como la de la eñe- eran los puntos diacríticos que distinguían unas letras de otras, como la sin y la sin. Jesús parece establecer que la Ley es tan sagrada que ni el más mínimo detalle de ella desaparecerá. Algunas personas se han sorprendido tanto con este dicho que han llegado a la conclusión de que no es posible que Jesús lo dijera. Han sugerido que, puesto que Mateo es el más judaico de los evangelios, y puesto que Mateo lo escribió especialmente para convencer a los judíos, éste es un dicho que Mateo puso en los labios de Jesús, Que no dijo nada semejante. Pero ése es un razonamiento muy pobre, porque éste es un dicho que es de lo más improbable que nadie se inventara; tanto es así que Jesús tiene que haberlo dicho; y cuando lleguemos a ver lo que quiere decir verdaderamente, comprenderemos que era inevitable que Jesús lo dijera.

Los judíos usaban la expresión La Ley de cuatro maneras diferentes. (i) La usaban con referencia a los Diez Mandamientos. (ii) La usaban en relación con los cinco primeros libros de la Biblia, a los que llamamos Pentateuco fue quiere decir literalmente Los Cinco Rollos- que eran para los judíos la Ley par excellence, y con mucho la parte más importante de la Biblia. (iii) Usaban la frase La Ley y los Profetas con el sentido de toda la Escritura; la usaban como una descripción global de todo lo que llamamos el Antiguo Testamento. (iv) La usaban con el sentido de Ley de los escribas u oral. En tiempos de Jesús era el cuarto sentido el más corriente; y fue de hecho esta Ley de los escribas la que tanto Jesús como Pablo condenaron tajantemente. ¿Qué era, entonces, la Ley de los escribas?

En el Antiguo Testamento mismo encontramos muy pocas reglas y normas; lo que sí encontramos son grandes principios generales que cada uno ha de asumir e interpretar bajo la dirección de Dios, y aplicar a las situaciones concretas de la vida. En los Diez Mandamientos no se nos dan reglas ni normas; son todos y cada uno de ellos grandes principios en los cuales hemos de encontrar la norma de nuestra vida. Para los judíos posteriores estos grandes principios no eran suficientes. Mantenían que la Ley era divina, y que en ella Dios había dicho la última palabra, y que por tanto todo debía estar en ella. Si una cosa no estaba en la Ley explícitamente, tendría que estar implícitamente. Por tanto discutían que debe ser posible deducir de la Ley una regla y una norma para cada posible situación de la vida. Así surgió la raza de los llamados escribas, cuyo cometido era reducir los grandes principios de la Ley a literalmente miles de miles de reglas y normas.

Vamos a ver esto en acción. La ley establece que el día del sábado ha de mantenerse santo, y que no se puede hacer ningún trabajo en él. Eso es un gran principio. Pero los legalistas judíos tenían pasión por las definiciones; así es que preguntaron: ¿Qué es un trabajo?

Como trabajo se clasificaron toda clase de cosas. Por ejemplo, el llevar una carga el día del sábado era un trabajo. Pero entonces había que definir qué era una carga. Para la Ley de los escribas una carga era «comida equivalente al peso de un higo seco, vino suficiente para mezclarlo en una copa, bastante leche para un trago, la miel necesaria para poner en una herida, el. aceite necesario para ungir un pequeño miembro, el agua necesaria para humedecer un colirio, el papel necesario para escribir un recibo de impuestos, tinta suficiente para escribir dos letras del alfabeto, caña suficiente para hacer una pluma» -y así hasta el infinito. Pasaban horas sin cuento discutiendo si un hombre podía o no mover una lámpara de un lado a otro en sábado, si un sastre cometía un pecado si salía con una aguja prendida en la solapa, si una mujer podía usar un broche o una peluca, hasta si se podía llevar en sábado dentadura postiza o alguna prótesis, si se podía coger en brazos a un niño el día de sábado. Para ellos estas cosas eran la esencia misma de la religión. Su religión era un legalismo de reglas y normas insignificantes.

Escribir era un trabajo, y por tanto prohibido el sábado. Pero había que definir escribir. Su definición decía: «El que escribe dos letras del alfabeto, con la mano derecha o con la izquierda, de una clase o de dos clases, tanto si se escriben con diferente tinta o en lenguas diferentes, es culpable. Aunque escriba dos letras sin darse cuenta, es culpable; las haya escrito con tinta o con pintura, con tiza roja o con vitriolo, o cualquier cosa que deje una marca permanente. También el que escribe en dos paredes que forman un ángulo, o en dos tabletas de su libro de cuentas para que se lean juntas, es culpable… Pero si uno escribe con un líquido oscuro, con zumo de fruta, o en el polvo de la carretera, o en arena, o en cualquier cosa que no deje una marca permanente, no es culpable… Si escribe una letra en el suelo, y otra en la pared de la casa, o en dos páginas de un libro que no se pueden leer juntas, no es culpable.» Esto es un pasaje típico de la Ley de los escribas; y esto es lo que un judío ortodoxo consideraba verdadera religión y servicio de Dios.

Curar era otro trabajo prohibido en sábado. Obviamente esto había que definirlo. Estaba permitido hacer una cura si había peligro de muerte, especialmente en el caso de enfermedades de garganta, nariz y oídos; pero, aun entonces, se debían adoptar medidas solamente para que el paciente no se pusiera peor, pero no para que se pusiera mejor. Así que se podía poner una venda en una herida, pero no ungiiento; se podía poner un algodón en un oído dolorido, pero sin medicación. Los escribas eran los que deducían estas reglas y normas. Los fariseos, cuyo nombre quiere decir los separados, eran los que se separaban de todas las actividades normales de la vida para observar todas estas reglas y normas.

Podemos ver hasta qué punto llegaban por los siguientes hechos. Durante muchas generaciones esta Ley de los escribas no se escribió; era la Ley oral, y se trasmitía de memoria en las generaciones de escribas. A mediados del siglo 111 d.C. se hizo un sumario de ella y se codificó. Eso es lo que se conoce como la Misná; contiene 63 tratados sobre varios asuntos de la Ley, lo que la hace un libro casi tan grande como la Biblia. Los estudiosos judíos posteriores se tomaron el trabajo de hacer comentarios para explicar la Misná. Estos comentarios son lo que se conoce como los Talmudes. El Talmud de Jerusalén tiene doce volúmenes impresos, y el Talmud de Babilonia, sesenta.

Para un judío ortodoxo estricto de tiempos de Jesús, la religión, servir a Dios, era cuestión de cumplir miles de reglas y normas legales; consideraban estas ridículas reglas y normas cuestiones literalmente de vida o muerte y destino eterno. Está claro que Jesús no quería decir que ninguna de estas reglas y normas no hubiera de desaparecer; repetidamente las quebrantó Él mismo, y repetidamente las condenó. Eso no era lo que Jesús entendía por la Ley, sino la clase de ley que condenaban tanto Jesús como Pablo.

LA ESENCIA DE LA LEY

Entonces, ¿qué entendía Jesús por la Ley? Dijo que no había venido para abolir la Ley, sino para cumplirla. Es decir, vino realmente para descubrir el verdadero sentido de la Ley. ¿Cuál era el verdadero sentido de la Ley? Aun detrás de la Ley oral de los escribas había un gran principio que los escribas y los fariseos no habían captado más que imperfectamente. El único principio supremo de la Ley era que el hombre debe buscar en todas las cosas la voluntad de Dios; y que, cuando la conoce, debe dedicar toda su vida a obedecerla. Los escribas y los fariseos tenían razón en buscar la voluntad de Dios, y más aún en dedicar sus vidas a obedecerla; pero no la tenían en identificar esa voluntad con sus montones de reglas y normas hechas por los hombres.

¿Cuál, entonces, es el principio verdadero que hay detrás de la Ley, ese principio que Jesús vino a cumplir, el verdadero sentido que É1 vino a revelar?

Cuando consideramos los Diez Mandamientos, que son la esencia y el fundamento de toda ley, podemos ver que todo su significado se puede sumar en una palabra – respeto, o aún mejor reverencia. Reverencia para con Dios, y el nombre de Dios, y el día de Dios; respeto para con los padres, la vida, la propiedad, la personalidad, la verdad y el buen nombre de los demás, y por uno mismo, de tal manera que los malos deseos no puedan nunca dominarnos -estos son los principios fundamentales detrás de los Diez Mandamientos, principios de reverencia para con Dios y respeto para con nuestros semejantes y nosotros mismos. Sin ellos no puede haber tal cosa como ley. En ellos se basa toda ley.

Esa reverencia y ese respeto son lo que Jesús vino a cumplir. Vino a mostrarnos en la misma vida cómo son la reverencia para con Dios y el respeto para con las personas. La justicia, decían los griegos, consiste en darle a Dios y a los hombres lo que les es debido. Jesús vino a mostrarnos en una vida normal lo que quiere decir darle a Dios la reverencia, y a las personas el respeto, que les son debidos.

Esa reverencia y ese respeto no consistían en obedecer una multitud de reglas y normas mezquinas. No consistían en sacrificios, sino en misericordia; no en el legalismo, sino en el amor; no en prohibiciones que demandaran lo que no se podía hacer, sino en la instrucción de amoldar nuestras vidas al mandamiento positivo del amor.

La reverencia y el respeto que son la base de los Diez Mandamientos nunca puede pasar; son la sustancia permanente de las relaciones de una persona con Dios y con las demás.

LA LEY Y EL EVANGELIO

Cuando Jesús habló así acerca de la Ley y el Evangelio, estaba estableciendo implícitamente ciertos principios generales.

(i) Estaba diciendo que hay una continuidad definida entre el pasado y el presente. No debemos considerar la vida nunca como una especie de batalla entre el pasado y el presente. El presente crece del pasado.

Después de Dunkerque, en la II Guerra Mundial, hubo una tendencia general a buscar a alguien para echarle las culpas del desastre que había acontecido a las fuerzas británicas, y hubo muchos que quisieron intervenir en amargas discriminaciones con los que habían dirigido la política en el pasado. En aquel tiempo, Winston Churchill dijo una cosa muy sabia: < Si nos enzarzamos en una pelea entre el pasado y el presente, nos encontraremos con que hemos perdido el futuro.» Tenía que haber Ley antes que pudiera venir el Evangelio. La humanidad tenía que aprender la diferencia entre bien y mal; las personas tenían que aprender su propia incapacidad humana para cumplir las demandas de la Ley y responder a los mandamientos de Dios; tenían que aprender el sentimiento de pecado y la indignidad y la incapacidad. Culpamos al pasado por muchas cosas -y, a menudo, correctamente-; pero es igualmente, o aún más necesario, reconocer nuestra deuda con el pasado. Jesús veía que es el deber de toda persona no olvidar ni intentar destruir el pasado, sino construir sobre el fundamento del pasado. Hemos entrado en las labores de otros, y debemos laborar de manera que otros entren en las nuestras.

(ii) En este pasaje, Jesús nos advierte claramente que no pensemos que el Cristianismo es nada fácil. Algunos podrían decir: «Cristo es el fin de la Ley; ahora puedo hacer lo que me dé la gana.» Algunos podrían pensar que todos los deberes, todas las responsabilidades, todas las demandas son cosas del pasado; pero Jesús nos advierte que la integridad del cristiano debe exceder a la de los escribas y los fariseos. ¿Qué quería decir?

La motivación que tenían los escribas y los fariseos era la de la Ley; su única finalidad y deseo era satisfacer las demandas de la Ley. Ahora bien, al menos en teoría, es perfectamente posible satisfacer las demandas de la ley; en un sentido puede que llegue un tiempo en que uno diga: « He cumplido todas las demandas de la Ley; he cumplido mi deber; la Ley ya no tiene ningún derecho sobre mí.» Pero la motivación que tiene el cristiano es la del amor; el único deseo del cristiano es mostrar su maravillada gratitud por el amor con que Dios le ha amado en Jesucristo. Ahora bien: No es posible, ni siquiera en teoría, satisfacer las demandas del amor. Si amamos a alguien con todo nuestro corazón, estamos obligados a sentir que si le diéramos toda una vida de servicio y adoración, si le ofreciéramos el Sol y la Luna y las estrellas, todavía no habríamos ofrecido bastante.

Para el amor, todo el reino de la naturaleza sería una ofrenda demasiado pequeña, como dice un himno. Los judíos trataban de satisfacer la ley de Dios; y siempre hay un límite a las demandas de la ley.

El cristiano trata de mostrar su gratitud por el amor de Dios; y para las demandas del amor no hay límite, ni en el tiempo ni en la eternidad. Jesús nos presenta, no la Ley de Dios, sino el amor de Dios.

Hace mucho, Agustín decía que la vida cristiana se podía compendiar en una frase: «Ama, y haz lo que quieras.» Pero cuando nos damos cuenta de cómo nos ha amado Dios, nuestro único anhelo es responder a ese amor, y esa es la mayor tarea del mundo; porque nos presenta una tarea tal que el que piensa en términos de ley nunca soñó, y con una obligación más vinculante que la de ninguna ley.

LA NUEVA AUTORIDAD

Esta sección de las enseñanzas de Jesús es una de las más importantes del Nuevo Testamento. Antes de estudiarla en detalle hay ciertas cosas generales que debemos mencionar.

Jesús habla en ella con una autoridad que ningún otro hombre soñaría con atribuirse. La autoridad que Jesús asumió sorprendía siempre a los que entraban en contacto con Él. Al principio mismo de Su ministerio, después de predicar en la sinagoga de Pafarnaum, se nos dice de Sus oyentes: «Y se admiraban de Su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas»

(Marcos 1:22). Mateo concluye su relato del Sermón del Monte diciendo: «Cuando terminó Jesús estas palabras, la gente estaba admirada de Su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mateo 7:28s).

Nos es difícil darnos cuenta exactamente de lo sorprendente que debe de haberles parecido a los judíos que Le escuchaban esta autoridad de Jesús. Para los judíos, la Ley era absolutamente santa y divina; es imposible exagerar hasta qué punto la reverenciaban. « La Ley -decía Aristeas- es santa, y ha sido dada por Dios.» «Sólo los decretos de Moisés -decía Filón- son perdurables, inalterables e inamovibles, como si la naturaleza misma los hubiera firmado con su sello.» Los rabinos decían: «Los que niegan que la Ley procede del Cielo no tienen parte en el mundo venidero.» Y también: «Hasta si uno dice que la Ley es de Dios con la excepción de este o aquel versículo que dijo Moisés, no Dios, hablando por su boca, entonces se le aplica el juicio. Ha despreciado la Palabra del Señor: ha dado muestras de la irreverencia que merece la destrucción de su alma.» Lo primero en el culto de la sinagoga era sacar los libros de la Ley del arca donde se guardaban, y el llevarlos dando la vuelta a la congregación, para que esta pudiera mostrarles su reverencia.

Eso era lo que los judíos pensaban de la Ley; y aquí Jesús cita la Ley no menos de cinco veces (Mateo 5:21, 27, 33, 38, 43), sólo que para contradecirla y sustituirla por Su propia enseñanza. Se atribuía el derecho de indicar las deficiencias de las Escrituras más sagradas del mundo, y corregirlas con Su propia sabiduría. Los griegos definían exusía, autoridad, como «el poder para añadir o quitar a voluntad.» Jesús reclamaba ese poder aun en relación con lo que los judíos creían que era la Palabra eterna e inmutable de Dios. Esto no lo discutió Jesús, ni se puso a justificarse de ninguna manera por hacerlo, ni trató de demostrar su derecho a hacerlo. Reposadamente y sin cuestión asumió ese derecho.

Nadie había oído nunca nada semejante. Los grandes maestros judíos usaban frases características en su enseñanza. La frase característica del profeta era: «Así dice el Señor.» No pretendía tener ninguna autoridad personal; lo único que pretendía era hablar lo que Dios le había dicho. La frase característica del escriba y del rabino era: «Hay una enseñanza acerca de…» El escriba o el rabino jamás se atrevían a expresar ni siquiera una opinión propia a menos que pudieran respaldarla con citas de los grandes maestros del pasado. La independencia era la última cualidad que se atribuirían. Pero para Jesús una afirmación no requería más autoridad que el hecho de que Él la hiciera. Él era Su propia autoridad.

Una de dos: O Jesús era un loco, o era único; o era un megalómano, o era el Hijo de Dios. Ninguna persona ordinaria podría atreverse a cambiar lo que se consideraba la eterna Palabra de Dios.

Lo maravilloso de la autoridad es que es autoevidente. Tan pronto como una persona se pone a enseñar se sabe inmediatamente si tiene derecho a enseñar o no. La autoridad es como una atmósfera alrededor de una persona. No necesita atribuírsela; o la tiene, o no. Las orquestas que tocaron bajo la dirección de Toscanini decían que tan pronto como ocupaba el atril podían sentir una ola de autoridad que fluía de él. Julian Duguid cuenta que una vez cruzó el Atlántico en el mismo barco que Wilfred Grenfell; y dice que cuando Grenfell entraba en alguna de las habitaciones públicas del barco, se podía decir (sin dirigirle la mirada) que había entrado en la habitación; porque una ola de autoridad salía del hombre. Era supremamente así con Jesús.

Jesús tomaba la sabiduría humana más elevada y la corregía, porque Él era el Que era. No tenía que discutir; Le bastaba con hablar. Nadie puede honradamente estar cara a cara con Jesús y escucharle sin sentir que es la última Palabra de Dios al lado de Quien todas las otras palabras son inadecuadas, y toda otra sabiduría, desfasada.

EL NUEVO NIVEL

Pero aunque el acento de autoridad de Jesús era alucinante, aún lo era más el nivel que proponía a los hombres. Jesús decía que, ante Dios, no era solamente culpable el hombre que cometiera asesinato; el que se enfadaba con su hermano sería juzgado y hallado culpable. No era solamente culpable el que cometiera adulterio; el que permitiera que un deseo impuro se le asentara en el corazón también sería culpable.

Aquí había algo que era completamente nuevo, algo que la humanidad no ha captado todavía suficientemente. La enseñanza de Jesús era que no era suficiente no cometer asesinato; lo único que sería suficiente sería no haber deseado nunca cometer asesinato. La enseñanza de Jesús era que no era bastante no cometer adulterio; lo único suficiente sería no desear siquiera cometerlo nunca.

Puede que no hayamos golpeado nunca a una persona; pero, ¿quién puede decir que nunca deseó hacerlo? Puede que nunca hayamos cometido adulterio; pero, ¿quién puede decir que ha experimentado nunca el deseo de lo prohibido? La enseñanza de Jesús era que los pensamientos son tan importantes como las obras, y que no basta con no cometer pecado; lo que sí bastaría sería no querer cometerlo. La enseñanza de Jesús era que no se juzga solamente a una persona por sus obras, sino aún más por los deseos que nunca se materializaron en obras. Según los niveles del mundo, una persona es una buena persona si no hace nunca lo que está prohibido. A1 mundo no le concierne juzgar los pensamientos. Pero para el nivel de Jesús, una persona no es buena hasta que ni siquiera desea hacer lo prohibido. Jesús está intensamente preocupado con los pensamientos de una persona. De esto surgen tres cosas.

(i) Jesús estaba totalmente en lo cierto, porque Su camino es el único que conduce a la salvación y a la seguridad. Hasta cierto punto todos tenemos una personalidad dividida. Hay una parte de nosotros que es atraída al bien, y otra parte de nosotros que es atraída al mal. Mientras una persona sea así, se está librando una batalla en su interior. Una voz la está incitando a tomar la cosa prohibida; la otra voz se lo está prohibiendo.

Platón comparaba el alma con un auriga que tuviera que gobernar dos caballos. Uno era dócil y obediente a las riendas y a la palabra de mando; el otro, salvaje, indómito y rebelde. El nombre de un caballo era la razón; el del otro, la pasión. La vida es siempre un conflicto entre las exigencias de las Pasiones y el control de la razón. La razón son las riendas que mantienen las pasiones a raya. Pero, las riendas se pueden romper en cualquier momento. El dominio propio puede bajar la guardia un instante, ¿y qué sucede entonces? Mientras exista esta tensión interior, este conflicto interior, la vida se mantiene insegura. En tales circunstancias no hay tal cosa como estar a salvo. La única manera, nos dice Jesús, es erradicar para siempre el deseo de lo prohibido. Sólo entonces está a salvo la vida.

(ii) En ese caso, sólo Dios puede juzgarnos. Nosotros no vemos nada más que las acciones exteriores de una persona; sólo Dios ve los secretos del corazón. Y habrá muchas personas que exteriormente son un modelo de rectitud, pero cuyos pensamientos íntimos son culpables delante de Dios. Habrá muchas personas que puedan ser declaradas no culpables en el juicio humano, que no puede ser nada más que de cosas externas, pero cuya bondad se colapsa ante la mirada todo escrutadora de Dios.

(iii) Y en ese caso, esto quiere decir que cada uno de nosotros es culpable; porque no hay ni uno solo que pueda resistir este juicio de Dios. Aun si hemos vivido una vida de perfección moral externa, no hay nadie que pueda decir que no ha experimentado nunca el deseo prohibido de cosas malas.

Para la perfección interior, lo único que es suficiente alegar es decir que el yo ha muerto y Cristo vive en uno. «Con Cristo estoy juntamente crucificado -dice Pablo-, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gálatas 2:20).

El nuevo nivel mata todo orgullo, y nos impulsa a Jesucristo, Que es el único que puede permitirnos alcanzar ese nivel que Él mismo nos propone.

LA IRA PROHIBIDA

 Habéis oído que se decía entre dos de tiempos antiguos: «No matarás;» y «cualquiera que mate será llevado a la sala de juicio. » Pero Yo os digo que cualquiera que se enfade con su hermano será llevado a juicio; y el que le llame a su hermano «¡Estúpido idiota!» tendrá que comparecer ante el tribunal supremo; y al que le llame a su hermano: «¡Necio!» se le echará a la Guehenna de fuego.

Aquí tenemos el primer ejemplo del nuevo nivel que Jesús propone. La antigua Ley había establecido: « No matarás» (Éxodo 20:13); pero Jesús establece que hasta el enfado con un hermano está prohibido. En la traducción clásica inglesa se encuentran las palabras sin causa, que no están en ninguno de los grandes manuscritos; esto no es nada menos que una total prohibición de la ira. No basta con no golpear a una persona; lo único que sería suficiente es no desear siquiera golpearle; ni siquiera tener un sentimiento duro contra él en el corazón.

En este pasaje Jesús sigue el razonamiento a la manera de los rabinos. Se muestra experto en el manejo de los métodos de discusión que tenían costumbre de usar los sabios de Su tiempo. Hay en este pasaje una sutil gradación de la ira, y una correspondiente sutil gradación del castigo.

(i) En primer lugar tenemos al que está enojado contra su hermano. En el original el verbo que se usa aquí es orguizesthai. En griego hay dos palabras para ira. Está thymós, que se comparaba con la llama que prende en la paja seca. Es la ira que se inflama rápidamente y que se consume con la misma rapidez. Es una ira que surge deprisa y que también pasa deprisa. Está orgué, que se describía como una ira que se hace inveterada. Es la ira de larga vida; es la ira de la persona que arropa su rabia para mantenerla calentita; es la ira que uno cultiva, y no deja morir. La ira está sujeta a juicio. Este juicio era el tribunal local que dispensaba justicia. Estaba formado por ancianos de la localidad, y variaba en su número desde tres en las aldeas de menos de ciento cincuenta habitantes, hasta siete en los pueblos mayores y veintitrés en las ciudades todavía mayores.

Así pues, Jesús condena toda ira egoísta. La Biblia deja claro que la ira está prohibida « La ira del hombre -dice Santiago- no obra la justicia de Dios» (Santiago 1:20). Pablo manda a los suyos que depongan toda «ira, enojo, malicia, blasfemia» (Colosenses 3: 8). Hasta el más elevado pensamiento pagano reconocía la insensatez de la ira. Cicerón decía que cuando entraba la ira en escena « no se podía hacer nada a derechas ni con sensatez.» En una frase lapidaria, Séneca llama a la ira «una locura breve.»

Así es que Jesús prohíbe definitivamente la ira que se cultiva, la ira que no se quiere olvidar, la ira que se niega a pacificarse, la ira que busca venganza. Si hemos de obedecer a Jesús, hemos de desterrar de la vida toda clase de ira, y especialmente la que se mantiene demasiado tiempo. Es una advertencia el recordar que uno no se puede llamar cristiano y perder los estribos por cualquier ofensa personal que haya sufrido.

(ii) De aquí Jesús pasa a hablar de dos casos en los que la ira se manifiesta en palabras insultantes. Los maestros judíos prohibían tal ira y tales palabras. Hablaban de «opresión en palabras,» y de « el pecado del insulto.» Tenían un dicho: «tres tipos descienden a la gehena para no volver: el adúltero, el que avergiienza a su prójimo en público, y el que le pone a su prójimo un mote insultante.» Están igualmente prohibidas la ira del corazón y la ira de las palabras.

INSULTOS

Lo primero, se condena al que llama a su hermano necio. La Reina-Valera antigua ponía la palabra casi intraducible raca, que describe un tono de voz más que otra cosa. Su acento es el de desprecio. Llamar a una persona raca era llamarle idiota sin sentido, un tonto imbécil, un enredador cabeza-hueca. Es el término que usa uno que desprecia a otro con una superioridad arrogante. Hay una historia rabínica de rabí Simón ben Eleazar. Venía de la casa de su maestro, y se sentía orgulloso al pensar en su inteligencia, erudición y bondad. Un viandante muy poco favorecido físicamente le dirigió el saludo. El rabí no se lo devolvió, sino le dijo: « ¡So raca! ¡Qué feo eres! ¿Son todos los de tu pueblo tan feos como tú?» «Eso -le contestó el pobre hombre- yo no lo sé. Ve a decirle a mi Hacedor que me creó lo fea que es la criatura que ha hecho.» Así se reprendió aquel pecado de desprecio.

El pecado de desprecio merece un juicio todavía más severo. Habría que llevarlo a juicio ante el sanedrín, (synedrion); el tribunal supremo de los judíos. Esto, por supuesto que no hay que tomarlo literalmente. Es como si Jesús dijera: «El pecado de la ira inveterada es malo; el de desprecio es peor.»

No hay pecado que sea más contrario al espíritu de Cristo que el desprecio. Hay un desprecio que surge del orgullo de casta, y la cursilería es realmente algo muy feo. Hay un desprecio que surge de la posición y del dinero, y el orgullo que se basa en cosas materiales es también una cosa muy fea. Hay un desprecio que viene del conocimiento. Y de todas las cursilerías, la cursilería intelectual es la más difícil de entender, porque lo que más le impresiona a un sabio es el sentimiento de su propia ignorancia. No deberíamos nunca mirar con desprecio a cualquier persona por quien Cristo murió.

(iii) Jesús menciona a continuación al que llama a su hermano mórós. Mórós también quiere decir tonto, pero el hombre que es mórós es el necio moral. Es el hombre que se hace el tonto. El salmista habla del necio que se ha dicho en su corazón que no hay Dios (Salmo 14:1). Ese era un necio moral, un hombre que vivía una vida inmoral y al que le convenía que no hubiera Dios. El llamar a alguien mórós no era criticar su capacidad mental; era poner en duda su carácter moral; era ensuciar su nombre y reputación, y marcarle como persona de mala vida e inmoral. Así que Jesús dice que el que destruye el nombre y la reputación de su hermano merece el juicio más severo de todos, el juicio del fuego de la gehena.

Guehenna en hebreo Guehinnom y gehena en el D.R.A.E., que no llega más allá del latín en su etimología es una palabra que tiene historia; a partir de 1960 la Reina Valera la traduce por infierno, como aquí. Los judíos la usaban frecuentemente (Mateo 5:22, 29, 30; 10:28; 18:9; 23:15, 33; Marcos 9:43, 45, 47; Lucas 12: 5; Santiago 3: 6). Literalmente quería decir el Valle de Hinnon, que es un valle al Sureste de Jerusalén que fue notorio porque fue donde Acaz introdujo el culto del dios pagano Moloc, al que se le ofrecían sacrificios de niños. «Quemó también incienso en el valle de los hijos de Hinnom, y quemó a sus hijos como ofrenda» (2 Crónicas 28:3). Josías, el rey reformador, acabó con ese culto, y ordenó que ese valle fuera en lo sucesivo un lugar maldito. «Asimismo quitó a Tofet -el nombre antiguo de aquel valle– toda pretensión de lugar sagrado, para que nadie quemara a su hijo o hija como ofrenda a Moloc» (2 Reyes 23:10). En consecuencia, el Valle de Hinnom se convirtió en el basurero público de Jerusalén, en el que se quemaban todos los residuos de la ciudad. El fuego se mantenía latente; y había como un hongo de humo por encima de él, y criaba una clase asquerosa de gusanos que parecía que no se morían nunca (Marcos 9:44-48). Así es que Guehenna, el Valle de Hinnom, se identificaba en las mentes del pueblo con todo lo inmundo y maldito, el lugar donde todo lo inútil y malo se destruía. Así fue como llegó a ser sinónimo del lugar de la destrucción eterna, el infierno de fuego.

Así pues, Jesús insiste en que lo más grave es destruir la reputación de una persona y manchar su buen nombre. No hay castigo que sea demasiado severo para el chismoso malicioso, o la charla calumniosa que asesina el buen nombre de otro. Tal práctica, en el sentido más literal, merece el infierno.

Como ya hemos dicho, todas estas gradaciones de castigos no se han de tomar literalmente. Lo

que Jesús quiere decir aquí es lo siguiente: « En la antigiiedad se condenaba por asesinato, y eso siempre será condenable. Pero Yo os digo que no son sólo las acciones externas las que merecen ira juicio; los más íntimos pensamientos también están bajo el escrutinio y el juicio de Dios. La ira interminable es mala; el habla despectiva es peor, y el chisme descuidado y malicioso que destruye el buen nombre de una persona es lo peor de todo.» El que es esclavo de la ira, el que habla en un tono de desprecio, el que destruye el buen nombre de otro, puede que nunca hayan cometido un asesinato de hecho, pero sí en el corazón.

LA BARRERA INSUPERABLE

 Así que, si estás trayendo tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; y luego vienes a presentar tu ofrenda.

Cuando Jesús dijo esto, estaba simplemente recordándoles -a los judíos un principio que ellos conocían muy bien y que nunca deberían haber olvidado. La idea detrás del sacrificio era muy sencilla: si una persona hacía algo malo, su acción interrumpía su relación con Dios, y el sacrificio tenía por finalidad restaurar esa relación.

Pero hay que notar dos cosas muy importantes. La primera es que nunca se creyó que el sacrificio pudiera expiar un pecado deliberado, que los judíos llamaban « el pecado de una mano alta.» Si una persona cometía un pecado sin darse cuenta, o impulsado por un momento de pasión que quebrantaba su dominio propio, el sacrificio era efectivo; pero si uno cometía un pecado deliberada, desafiante, insensiblemente y con los ojos abiertos, entonces el sacrificio era impotente para expiar.

La segunda es que para ser efectivo, un sacrificio tenía que incluir la confesión del pecado y el verdadero arrepentimiento; y el verdadero arrepentimiento incluía el propósito de rectificar cualesquiera consecuencias hubiera tenido el pecado. El gran Día de la Expiación se celebraba para expiarlos pecados de toda la nación, pero los judíos sabían muy bien que ni siquiera los sacrificios del Día de la Expiación se le podían aplicar a nadie a menos que antes estuviera reconciliado con su prójimo. La interrupción de la relación entre el hombre y Dios no se podía subsanar a menos que se hubiera sanado la que había entre hombre y hombre. Si una persona estaba haciendo una ofrenda por el pecado, por ejemplo, para expiar un robo, la ofrenda se creía que era totalmente ineficaz hasta que se hubiera restaurado la cosa robada; y, si se descubría que la cosa robada no se había restaurado, entonces había que destruir el sacrificio como inmundo y quemarlo fuera del templo. Los judíos sabían muy bien que tenían que hacer todo lo posible para arreglar las cosas a nivel humano antes de poder estar en paz con Dios.

En cierto sentido, el sacrificio era sustitutivo. El símbolo de esto era que, cuando la victima estaba a punto de ser sacrificada, el adorador ponía sus manos sobre la cabeza del animal apretando bien hacia abajo, como para transferirle su propia culpa. Cuando lo hacía decía: «Te suplico, oh Dios; he pecado, he obrado perversamente, he sido rebelde; he cometido … (aquí el oferente especificaba sus pecados); pero vuelvo en penitencia, y sea esto mi cobertura.»

Para que un sacrificio fuera válido, la confesión y la restauración tenían que estar implicadas. El cuadro que Jesús está pintando es muy gráfico. El adorador, desde luego, no hacía su propio sacrificio; se lo traía al sacerdote, que era el que lo ofrecía en su nombre. Un adorador ha entrado en el templo; ha pasado por la serie de atrios: el Atrio de los Gentiles, el de las Mujeres, el de los Hombres. A continuación se encontraba el atrio de los sacerdotes, en el que no podían entrar los laicos. El adorador se queda a la verja, dispuesto a entregarle su victima al sacerdote; pone las manos sobre el animal para hacer su confesión; y entonces se acuerda de que ha roto con su hermano, del mal que le ha hecho; si su sacrificio ha de ser válido, debe volver y arreglar la ofensa y restaurar el daño, o no servirá de nada.

Jesús deja bien claro este hecho fundamental: No podemos estar en paz con Dios, a menos que lo estemos con nuestros semejantes; no podemos esperar el perdón a menos que hayamos confesado nuestro pecado, no sólo a Dios, sino también a los hombres, y a menos que hayamos hecho todo lo posible para evitar sus consecuencias prácticas. Algunas veces nos preguntamos por qué hay una barrera entre nosotros y Dios; a veces nos preguntamos por qué nuestras oraciones parece que no sirven para nada. La razón podría ser muy bien que somos nosotros los que hemos levantado esa barrera al estar desavenidos con nuestros semejantes, o porque hemos ofendido a alguno y no hemos hecho nada para rectificar.

HACER LAS PACES A TIEMPO

 Llega a un acuerdo con tu adversario sin pérdida de tiempo mientras vayas de camino con él, no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez te entregue a la policía, y acabes en la cárcel; porque entonces fíjate bien lo que te digo- ya no saldrás de allí hasta que pagues hasta la última peseta.

Aquí Jesús está dando un consejo de lo más práctico; nos dice que arreglemos las cosas a tiempo, antes que se amontonen y causen aún más problemas en el futuro.

Jesús describe la escena de dos oponentes que van de camino hacia el tribunal; y les dice que aclaren y arreglen las cosas antes de llegar al tribunal; porque, si no lo hacen, y la ley sigue su curso, habrá todavía peores consecuencias por lo menos para uno de ellos en días sucesivos. La escena de los dos oponentes que van juntos de camino al tribunal nos parece muy extraña, y hasta más bien improbable. Pero en el mundo antiguo sucedía a menudo.

En la ley griega había un proceso de detención que se llamaba apagógué que quiere decir arresto sumarísimo. En él el demandante mismo arrestaba al ofensor.: Le cogía por el cuello de la ropa y se lo sujetaba de tal manera que, si se resistía, se podía estrangular a sí mismo. Ya se supone que los casos en que ese arresto era legal eran muy pocos y había que coger al malhechor con las manos en la masa.

Los crímenes por los que se podía arrestar sumariamente a una persona como se ha descrito eran el robo, el robo de ropa (los ladrones de ropa eran la maldición de los baños públicos en la antigua Grecia), robar carteras, asaltar casas y secuestrar (el secuestro de esclavos especialmente dotados y habilidosos era muy corriente). Además, se podía arrestar sumariamente a alguien cuando se le descubría ejerciendo los derechos de ciudadanía cuando se le había desposeído de ellos, o si volvía a su estado o ciudad de los que había sido exiliado. En vista de esta costumbre no era raro ver a un demandante y a un ofensor juntos de camino al tribunal en una ciudad griega.

Está claro que es mucho más probable que Jesús estuviera pensando en términos de la ley judía; pero esta situación no era ni mucho menos imposible bajo la ley judía. Este era obviamente un caso de deuda; porque, si no se hacían las paces, habría que pagar hasta la última peseta. Casos semejantes se saldaban en los tribunales locales de ancianos. Se les fijaba una fecha en que el demandante y el ofensor tenían que presentarse juntos; en cualquier pueblo y aldea sería probable que se encontraran de camino al tribunal. Cuando se declaraba culpable a una persona, se la entregaba al oficial de la corte. Mateo llama a éste el hyperétés; Lucas le llama, en su versión de este dicho, con el término más corriente praktór (Lucas 12:58s). El deber del oficial del tribunal era asegurarse de que la deuda se pagaba debidamente y, en caso contrario, tenía autoridad para meter en la cárcel al ofensor hasta que la pagara. Esta es la situación que Jesús estaba considerando. El consejo de Jesús puede querer decir una de dos cosas.

(i) Puede que sea una muestra del consejo más práctico. Una y otra vez confirma la experiencia de la vida que, si una pelea, o desavenencia, o disputa no se resuelve inmediatamente, puede seguir generando peores y peores dificultades con el tiempo. La amargura engendra amargura. Ha sucedido a menudo que una pelea entre dos personas se ha transmitido a sus familias, y la han heredado generaciones futuras, y ha acabado por dividir una iglesia o una sociedad en dos.

Si en el mismo comienzo una de las partes hubiera tenido la gracia de disculparse o admitir su falta, una situación lamentable no tendría por qué haberse producido. Si alguna vez estamos desavenidos con otro, debemos arreglar la situación sin pérdida de tiempo. Puede que esto suponga que se es lo suficientemente humilde para confesar que nos hemos equivocado y disculparnos; puede que quiera decir que, aun en el caso de que tengamos razón, tenemos que dar el primer paso para restablecer la relación. Cuando las relaciones personales se deterioran, en nueve casos de cada diez una acción inmediata las puede remediar; pero si esa acción inmediata no tiene lugar, seguirán deteriorándose, y se extenderá la amargura en círculos cada vez más amplios.

(ii) Puede que Jesús tuviera en mente algo más definitivo que esto. Puede que estuviera diciendo: «Arreglad las cosas con vuestros semejantes mientras dure vuestra vida; porque algún día -no sabéis cuando- la vida llegará a su fin, e iréis a presentaros ante Dios, el Juez final de todos.» El más grande de todos los días judíos era el Día de la Expiación. Sus sacrificios se creía que expiaban por los pecados conocidos y no conocidos; pero hasta este día tenía sus limitaciones. El Talmud establece claramente: < El Día de la Expiación expía las ofensas entre el hombre y Dios. El Día de la Expiación no expía las ofensas entre el hombre y su prójimo, a menos que el hombre haya arreglado las cosas con su prójimo.» Aquí tenemos otra vez un hecho fundamental: Uno no puede estar en paz con Dios si no lo está con sus semejantes. Una persona debe vivir de tal manera que el final la encuentre en paz con todo el mundo.

Bien puede ser que no tengamos que escoger sólo una de estas dos interpretaciones del dicho de Jesús. Bien puede ser que tuviera las dos en mente, y que lo que Jesús está diciendo es: < Si quieres la felicidad en el tiempo, y la felicidad en la eternidad, no dejes nunca una desavenencia sin zanjar entre ti y tu hermano. Actúa inmediatamente para quitar las barreras que la ira haya levantado.»

EL DESEO PROHIBIDO

 Habéis oído que se dijo: «No debes cometer adulterio.» Pero Yo os digo: El que mira a una mujer de tal forma que despierta en sí mismo deseos prohibidos hacia ella, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.

Aquí tenemos el segundo ejemplo del nuevo nivel de Jesús. La Ley establecía: < No cometerás adulterio» (Éxodo 20:14). Los maestros judíos tenían una opinión tan seria del adulterio que las partes culpables no se podían castigar nada más que con la muerte (Levítico 20:10); pero, una vez más Jesús establece que no constituye delito a los ojos de Dios solamente la acción prohibida, sino también el pensamiento prohibido. Es necesario que entendamos lo que Jesús está diciendo aquí. No está hablando de un deseo natural, normal, que es parte del instinto y de la naturaleza humana. Según el sentido literal del original el hombre que se condena es el que mira a una mujer con la intención deliberada de desear aprovecharse de ella.

El hombre que se condena es el que usa deliberadamente sus ojos para despertar su concupiscencia, el hombre que mira de tal manera que despierta la pasión y estimula deliberadamente el deseo. Los rabinos judíos conocían muy bien la manera en que se pueden usar los ojos para estimular los malos deseos. Tenían sus dichos. «Los ojos y las manos son los agentes del pecado.» «El ojo y el corazón son las dos asistentas del pecado.» «Las pasiones se aposentan solamente en el que ve.» «¡Ay del que sigue a sus ojos, porque son adúlteros!» Y alguien ha dicho: «Hay un deseo interior del que el adulterio es solamente el fruto.» En un mundo tentador hay muchas cosas diseñadas deliberadamente para excitar el deseo: libros, carteles, revistas, fotografías, películas y anuncios. El hombre que Jesús condena aquí es el que usa deliberadamente sus ojos para estimular sus deseos; el hombre que encuentra un extraño placer en cosas que despiertan su deseo de lo prohibido. Todas las cosas son limpias para los limpios. Pero el hombre cuyo corazón está contaminado encuentra algo para despertar y excitar el mal deseo en cualquier situación.

EL REMEDIO QUIRÚRGICO

Así es que, si tu ojo derecho va a hacerte caer en pecado, sácatelo y tíralo; porque es mejor perder una parte de tu cuerpo que que todo tu cuerpo se vaya a la gehena. Y si tu mano derecha te va a hacer caer en pecado, córtatela y tírala; porque es mejor perder una parte de tu cuerpo que que todo tu cuerpo se vaya ala gehena.

Aquí Jesús hace una gran demanda, una demanda quirúrgica. Insiste en que todo lo que cause, o que seduzca al pecado debe eliminarse totalmente de la vida. La palabra que usa para hacer caer es interesante. Es la palabra skándalon. Skándalon es una forma de la palabra skandaléthron, que quiere decir el soporte del cebo de una trampa. Era el palito o el brazo en el que se fijaba el cebo y que operaba la trampa para cazar al animal seducido para su propia destrucción. En sentido figurado la palabra llegó a significar cualquier cosa que causa la destrucción de una persona.

Detrás de esto hay dos figuras. La primera es la de una piedra escondida en un sendero en la que uno puede tropezar, o una cuerda colocada a través de un sendero deliberadamente para hacer que alguien se caiga; la segunda es la figura de un pozo excavado en el suelo y tapado engañosamente con una capa ligera de ramas y hojarasca dispuesto para que el viajero despistado lo pise y se caiga irremediablemente al pozo.

El skándalon, la piedra de tropiezo, es algo que hace tropezar y caer, que le manda a uno a su propia destrucción, algo que le seduce para su propia ruina. Desde luego, estas palabras de Jesús no se deben tomar con un literalismo crudo. Lo que quieren decir es que hay que desarraigar de la vida sin sentimentalismos cualquier cosa que sirva para-seducirnos al pecado. Si tenemos un hábito que puede ser una incitación al mal, o una relación que nos puede descarriar, o un placer que podría acabar por arruinar nuestra salud física o moral, tenemos que extirparlo quirúrgicamente de nuestra vida.

Viniendo como viene inmediatamente después del que trata de los pensamientos y deseos prohibidos, este pasaje nos impulsa a preguntar: ¿Cómo podemos vernos libres de esos deseos inmundos y pensamientos contaminantes? Es un hecho de experiencia que los pensamientos y las imágenes se introducen involuntariamente en nuestra mente, y es la cosa más difícil del mundo el cerrarles la puerta. Hay una manera en que no se consigue nada frente a estos pensamientos y deseos, y es sentándose y diciéndose: No voy a pensar más en estas cosas. Cuanto más nos decimos que no vamos a pensar en tal y tal cosa, tanto más se nos concentra en ella el pensamiento.

El ejemplo sobresaliente de la manera errónea de tratar con tales pensamientos y deseos era el de los monjes y ermitaños que se iban al desierto en los primeros tiempos de la Iglesia. Eran hombres que querían liberarse de todas las cosas terrenales, y especialmente de los deseos sensuales. Para ello se retiraban al desierto de Egipto con el propósito de vivir aisladamente y no pensar nada más que en Dios. El más famoso de ellos fue san Antonio. Vivía como un ermitaño; ayunaba; se privaba del sueño; torturaba su cuerpo. Así vivió treinta y cinco años en el desierto que fueron una batalla sin descanso ni tregua con las tentaciones. Leemos en su biografía: « En primer lugar, el diablo trató de apartarle de la disciplina, susurrándole el recuerdo de sus riquezas, los cuidados de su hermana, los derechos de su familia, el amor al dinero y a la gloria, los diversos placeres de la mesa y las demás relajaciones de la vida; y, por último, la dificultad de la virtud y sus trabajos… El uno sugería pensamientos inmundos, y el otro respondía con oraciones; el uno le incitaba con la lujuria, y el otro, como pareciendo ruborizarse, fortalecía su cuerpo con oraciones, fe y ayunos. El diablo, hasta una noche se presentó en forma de mujer, e imitó todas sus tretas sencillamente para seducir a Antonio.» Así prosiguió la lucha durante treinta y cinco años. El hecho es que, si alguien se buscaba problemas, ese era Antonio, y sus amigos igual.

Es la inevitable ley de la naturaleza humana que, cuanto más dice uno que no va a pensar el algo, tanto más ese algo está presente en sus pensamientos. No hay más que dos maneras de derrotar los pensamientos prohibidos. La primera es la acción cristiana. La mejor manera de derrotar tales pensamientos es hacer algo, llenarse la vida hasta tal punto de trabajos y servicios cristianos que no nos quede tiempo para esos pensamientos; pensar tanto en los demás que acabemos por no pensar tanto en nosotros mismos; desembarazarnos de una introspección enfermiza y morbosa concentrándonos, no en nosotros mismos, sino en los demás. La cura real de los malos pensamientos no se consigue nada más que consagrándose a las buenas acciones. La segunda es llenar la mente de buenos pensamientos. Hay una escena famosa en el Peter Pan de Barrie.

Peter está en el dormitorio de los niños, que le han visto volar, y quieren volar ellos también. Han probado desde el suelo, y desde las camas, con un resultado nulo. «¿Cómo lo haces tú?», le preguntó John. Y Peter le contestó: «No tienes más que pensar cosas bonitas, pensamientos maravillosos, y ellos te levantan por los aires.» La única manera de vencer los malos pensamientos es ponernos a pensar en otra cosa. Si uno está asediado por pensamientos de cosas sucias y prohibidas, puede estar seguro de que nunca los vencerá retirándose de la vida y diciéndose: « Ya no voy a pensar más en esas cosas.» Lo conseguirá solamente sumergiéndose en la acción cristiana y en el pensamiento cristiano. Nunca lo conseguirá tratando de salvar su propia vida; sólo dedicándola, -dándola- por otros.

EL VINCULO QUE NO SE DEBE ROMPER

El matrimonio entre los judíos Mateo 5:31-32 También se dijo: «El que se divorcie de su mujer, que le dé un certificado de divorcio.» Pero Yo os digo que el que se divorcia de su mujer por algo que no sea la fornicación, la obliga a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer divorciada, comete adulterio. Cuando Jesús estableció esta ley para el matrimonio, lo hizo en el trasfondo de una situación determinada. No había habido ninguna época de la historia antigua en la que el vínculo matrimonial hubiera estado en mayor peligro de destrucción que en los días en que llegó al mundo el Cristianismo. En aquel tiempo el mundo estaba en peligro de ser testigo de la casi total desaparición del matrimonio y del colapso del hogar. El Cristianismo tuvo históricamente un doble trasfondo. Tenía el trasfondo del mundo judío, y el del mundo grecorromano. Consideremos la enseñanza de Jesús sobre el fondo de esas dos culturas. En teoría, no ha habido nación que tuviera un concepto más elevado del matrimonio que la nación hebrea. El matrimonio era un deber sagrado que había de asumir todo varón. Podía diferirlo o abstenerse de él solamente por una razón: para dedicarle todo su tiempo al estudio de la Ley. Si uno se negaba a casarse y engendrar hijos se decía que había quebrantado el mandamiento positivo de dar fruto y multiplicarse, y que «había reducido la imagen de Dios en el mundo» y «matado su posteridad.»

En principio, los judíos aborrecían el divorcio. La voz de Dios había dicho: « Yo aborrezco el divorcio» (Malaquías 2:16). Los rabinos tenían dichos preciosos. «Encontramos que Dios es longánimo con todos los pecados excepto con el de la falta de castidad.» «La falta de castidad hace partir a la gloria de Dios.» «Cualquier judío debe dar la vida antes que cometer idolatría, asesinato o adulterio.» « El mismo altar derrama lágrimas cuando un hombre se divorcia de la esposa de su juventud.» Lo trágico era que la práctica se quedaba muy rezagada del ideal. Había algo que viciaba toda la relación matrimonial: una mujer era, a los ojos de la ley, una cosa. Estaba totalmente a disposición de su padre o de su marido. Virtualmente no tenía ningún derecho legal. No podía, en ningún caso, divorciarse de su marido por ningún motivo, mientras que el marido podía divorciarse de ella por cualquier razón. «Uno puede divorciarse de una mujer decía la ley rabínica- contando o no con la voluntad de ella; basta con la voluntad de él.»

El asunto se complicaba por el hecho de que la ley judía del divorcio se formulaba muy sencillamente, pero su significado era discutible. Se formulaba en Deuteronomio 24:1: «Cuando alguien toma una mujer y se casa con ella, si no le agrada por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, se la entregará en la mano y la despedirá de su casa.» Este proceso de divorcio era extremadamente sencillo. El documento de divorcio decía sencillamente: Sea esto por mi parte tu escritura de divorcio y carta de despedida y acta de liberación, para que te puedas casar con quien quieras. Todo lo que tenía que hacer el marido era entregar ese papel a su mujer en presencia de dos testigos, y quedaba divorciada. Está claro que el punto álgido del asunto estaba en la interpretación de la frase alguna cosa indecente. En todos los asuntos de ley judía había dos escuelas. Estaba la escuela de Sammay, que era la más estricta, severa y austera; y estaba la escuela de Hil.lel, que era la escuela liberal, amplia y generosa. Sammay y su escuela definían alguna cosa indecente como falta de castidad y nada más. «Aunque una esposa sea tan zascandil como la mujer de Acab -decían-; que si no es por adulterio no se la puede divorciar.» Para la escuela de Sammay no había más base legal para el divorcio que el adulterio y la inmoralidad sexual. Por otra parte, la escuela de Hil.lel definía alguna cosa indecente de la manera más general.

Decían que quería decir que un hombre se podía divorciar de su esposa si le estropeaba la comida poniendo demasiada sal, o si aparecía en público con la cabeza descubierta, si hablaba con hombres en la calle, si era alborotadora, si hablaba sin el debido respeto de los padres de su marido en su presencia, si era metijona o pendenciera. El famoso rabí Aqibá dijo que la frase quería decir si no le resulta agradable, y que eso le daba derecho a un marido a divorciarse de su mujer si encontraba otra que le parecía más atractiva. Siendo como es la naturaleza humana, es fácil suponer cuál de las dos escuelas llegó a tener más influencia. En el tiempo de Jesucristo el divorcio se había ido haciendo cada vez más fácil hasta tal punto que las jóvenes no se querían casar, porque el matrimonio era inseguro. Cuando Jesús dijo esto no estaba hablando como idealista teórico, sino como reformador social práctico. Trataba de sanar una situación en la que la estructura de la vida familiar se estaba colapsando, y en la que la moralidad nacional se iba haciendo cada vez más laxa.

El matrimonio entre los griegos

Hemos visto cómo estaba el matrimonio en Palestina en el tiempo de Jesús; pero no pasaría mucho tiempo antes de que el Cristianismo saliera de Palestina, y es necesario que veamos cómo estaba el matrimonio en el mundo más amplio al que llegarían las enseñanzas del Cristianismo.

En primer lugar, vamos a ver cómo estaba el matrimonio entre los griegos. Dos cosa viciaban la situación del matrimonio en el mundo griego. El gran investigador clásico A. W. Verrall decía que una de las principales enfermedades de las que murió la civilización antigua era el bajo concepto de las mujeres. Lo primero que arruinó la situación del matrimonio entre los griegos fue el hecho de que las relaciones extramatrimoniales no tenían ningún estigma, y hasta eran algo esperado y aceptado. A tales relaciones no se les daba la menor importancia; eran parte de la rutina de la vida. Demóstenes estableció como práctica reconocida y aceptada: «Tenemos prostitutas para el placer; concubinas, para la cohabitación diaria, y esposas, para tener hijos legítimos y una fiel guardiana de los asuntos del hogar.» Posteriormente, cuando las ideas griegas se habían introducido y habían arruinado la moralidad romana, Cicerón, en su En defensa de Cecilio, dice « Si hay alguien que piense que hay que negarles a los jóvenes el amor de las prostitutas, sería extremadamente severo. No puedo negar el principio en que se apoya; pero estaría en desacuerdo, no sólo con la permisividad de su propia edad, sino también con las costumbres y con la licencia de nuestros antepasados. ¿Cuándo no se ha hecho así? ¿Cuándo se ha considerado que era reprobable? ¿Cuándo se negó la licencia? ¿Cuándo no ha sido legal lo que lo es ahora?»

El punto de vista de Cicerón, como había sido el de Demóstenes, era que las relaciones extramatrimoniales eran perfectamente normales y aceptables. El punto de vista griego del matrimonio era una tremenda paradoja. La decencia griega exigía que la mujer respetable viviera en tal estado de aislamiento que ni siquiera podía ir por la calle sola, y que no tomaba sus comidas en las mismas habitaciones que los hombres. No tomaba la menor parte en la vida social. Los griegos les exigían a sus mujeres la más absoluta pureza moral, mientras que para ellos reclamaban la licencia moral más absoluta. Para decirlo claro: los griegos se casaban para que la mujer se hiciera cargo de la seguridad doméstica, pero se buscaban el placer en otra parte. Hasta Sócrates decía: «¿Hay alguien a quien le confías cuestiones más serias que a tu mujer, y alguien con quien hables menos?> A Vero, el colega de Marco Aurelio en el poder imperial, le echaba en cara su mujer el asociarse con otras mujeres. Su respuesta era que tenía que tener presente que el nombre de esposa era un título de dignidad, no de placer.

Así pues, en Grecia surgió una situación extraordinaria. El templo de Afrodita de Corinto tenía un millar de sacerdotisas, que eran en realidad prostitutas religiosas. Bajaban a las calles de Corinto por las tardes para llevar a cabo su misión, lo que dio origen a un dicho: « No todo el mundo se puede permitir un viaje a Corinto.» Esta sorprendente alianza de la religión con la prostitución se puede ver en situaciones tan increíbles como que Solón fuera el primero en permitir la entrada de prostitutas en Atenas y la construcción de burdeles, con el producto de los cuales se le construyó un templo nuevo a Afrodita, la diosa del amor. A los griegos no les parecía mal construir un templo con las rentas de la prostitución.

Pero, totalmente aparte de la práctica de la prostitución corriente, surgió en Grecia una clase sorprendente de mujeres llamadas las hetaira¡. Eran las queridas de hombres famosos; eran las mujeres más cultas y mejor situadas en la sociedad de su tiempo; sus hogares no eran nada menos que salones, y muchos de sus nombres pasaron a la historia compartiendo la fama con la de los hombres con los que estuvieron asociadas. Thais fue la hetaira de Alejandro Magno, a la muerte del cual pasó a ser la esposa de Tolomeo y la madre de la familia real egipcia.

Aspasia fue la hetaira de Pericles, probablemente el mayor gobernante y orador de Atenas; y se dice que fue ella la que le enseñó a Pericles oratoria y le escribía sus discursos. Epicuro, el famoso filósofo, tuvo a su igualmente famosa Leontion, y Sócrates, a Diotima. Cómo se consideraba a estas mujeres se puede deducir de la visita que le hizo Sócrates a Theodota, que nos cuenta Jenofonte. Fue a ver si era tan hermosa como se decía. Le habló con amabilidad; le dijo que le cerrara la puerta a los insolentes y que cuidara de sus amantes en la enfermedad y se congratulara con sus honores, y que amara tiernamente a los que le dieran su amor.

De modo que vemos en Grecia todo un sistema basado en relaciones extramatrimoniales; vemos que esas relaciones se aceptaban y consideraban naturales y normales, y nada vergonzosas; vemos que esas relaciones podían, de hecho, llegar a ser el factor dominante de la vida de un hombre. Vemos una situación sorprendente en la que los griegos mantenían a sus esposas absolutamente recluidas en una pureza obligatoria, mientras ellos se buscaban el placer y hasta el amor en relaciones fuera del matrimonio.

La segunda cosa que viciaba la situación en Grecia era que el divorcio no requería el más mínimo proceso legal. Todo lo que tenía que hacer el hombre era despedir a su mujer en presencia de dos testigos. La única cláusula que se le imponía era que tenía que devolver la dote íntegra. Es fácil ver la increíble novedad que suponía la enseñanza cristiana de la castidad y fidelidad en el matrimonio en una civilización así.

El matrimonio entre los romanos

La historia del desarrollo de la situación matrimonial entre los romanos es trágica. Tanto la religión como la sociedad romanas estaban basadas originalmente en el hogar. La base de la comunidad romana era la patria potestas, el poder del padre; el padre tenía literalmente poder de vida y muerte sobre su familia. Un hombre no era nunca mayor de edad mientras viviera su padre. Podía llegar a ser cónsul; podía llegar a los más altos honores y responsabilidades que el estado pudiera ofrecer; pero, mientras su padre estuviera vivo, seguía bajo la autoridad de su padre.

Para los romanos, el hogar lo era todo. La matrona romana no estaba recluida como su equivalente en Grecia. Tomaba parte en la vida totalmente. «El matrimonio -decía el jurista latino Modestino es una comunidad de por vida de todos los derechos divinos y humanos.» Desde luego, había prostitutas; pero se las despreciaba, y el asociarse con ellas era vergonzoso. Hubo, por ejemplo, un magistrado romano al que asaltaron en una casa de mala fama, y que se negó a denunciar el caso o a llevarlo a los tribunales, porque habría tenido que confesar que había estado en tal sitio. El nivel de la moralidad romana era tan alto que, durante los primeros quinientos años del estado romano no hubo ni un solo caso de divorcio que se tramitara. El primer hombre que se divorció de su mujer fue Spurius Carvilius Ruga, el año 234 a.C., y lo hizo porque ella era estéril, y él quería tener hijos.

Entonces llegaron los griegos. En el sentido militar e imperial, Roma conquistó a Grecia; pero en el sentido moral y social, Grecia conquistó a Roma. Para el siglo II a.C., la moralidad griega había empezado a infiltrarse en Roma, y el declive fue catastrófico. El divorcio llegó a ser tan comente como el matrimonio. Séneca habla de mujeres que se casaban para divorciarse, y que se divorciaban para casarse. Dice que había mujeres que contaban los años, no por los nombres de los cónsules, sino por los de sus maridos. Juvenal escribe: «¿Le basta con un marido a Iberina? ¡Antes la convencerías que se conformara con no tener más que un ojo!» Cita el caso de una mujer que tuvo ocho maridos en cinco años. Marcial cita el caso de una mujer que había tenido diez maridos.

Un orador romano, Metillus Numidicus, dio una conferencia extraordinaria: « Si se pudiera amar sin tener esposa, romanos, nos libraríamos de los problemas; pero, como es la ley de la naturaleza que no se pueda vivir tranquilo con ellas ni sin ellas, debemos responsabilizarnos de la continuidad de la raza más bien que de nuestra propia tranquilidad.» El matrimonio había llegado a ser una necesidad desagradable. Había un chiste romano cínico: « El matrimonio no nos da nada más que dos días buenos: el día que el marido la estrecha por primera vez contra su pecho, y el día que la coloca en la tumba.»

Hasta tal punto llegaron las cosas que fue necesario subirles los impuestos a los solteros y prohibirles hacerse cargo de herencias. Se concedían privilegios especiales a los que tuvieran hijos -porque los hijos se consideraban una desgracia. Hasta se manipulaban las mismas leyes para intentar rescatar la institución necesaria del matrimonio.

Ahí estaba la tragedia romana, lo que llamaba Lecky « la eclosión de una depravación ingobernable y casi frenética que siguió al contacto con Grecia.» De nuevo nos resulta fácil ver con qué alucinación tiene que haber oído el mundo antiguo las exigencias de la castidad cristiana. Dejaremos la presentación del ideal cristiano del matrimonio para cuando lleguemos a Mateo 19: 3-9. De momento baste notar que con el Cristianismo había venido al mundo un ideal de castidad con el que la humanidad no había ni soñado.

LA PALABRA ES UNA PRENDA

Además habéis oído que se les dijo a los de la antigiiedad: «No hagas un juramento en falso, sino cumple tus juramentos al Señor.» Pero Yo os digo: No juréis nunca, ni por el Cielo porque es el Trono de Dios- , ni por la Tierra porque es el estrado de Sus pies- , ni por Jerusalén porque es la ciudad del Gran Rey- , ni por tu cabeza – ¡porque no puedes hacer ni que un pelo tuyo sea negro o blanco! Cuando dices Sí, que sea sí; y cuando dices No, que sea no. Todo lo que se le añada a eso tiene su raíz en el mal.

Una de las cosas que nos extrañan en el Sermón del Monte es el número de ocasiones en que Jesús les recuerda a los judíos cosas que ya sabían. Sus maestros ya les habían insistido en la obligación suprema de decir la verdad. « El mundo se mantiene en pie sobre tres cosas: la justicia, la verdad y la paz.» «Cuatro tipos de personas son excluidas de la presencia de Dios: el burlón, el hipócrita, el mentiroso y el divulgador de calumnias.» « El que ha dado su palabra y luego cambia es tan malo como el idólatra.» La escuela de Sammay estaba tan casada con la verdad que prohibía los cumplimientos -«cumplo y miento», que decía don Juan Fliedner de la sociedad; como, por ejemplo, el decirle a la novia que estaba encantadora cuando la verdad era que estaba corriente, si acaso. Los maestros judíos insistían todavía más en la verdad si se había reforzado con un juramento. Este principio se establece repetidamente en el Nuevo Testamento. El mandamiento decía: «No pronunciarás el nombre del Señor tu Dios en vano; porque el Señor no dará por inocente al que pronuncie Su nombre en vano» (Éxodo 20:7). Ese mandamiento no se refiere exclusiva ni necesariamente a las blasfemias, sino a jurar que una cosa es verdad cuando no lo es, o cuando se hace algún juramento en falso. (Jurar es < Afirmar o negar una cosa, poniendo por testigo a Dios, o en sí mismo o en sus criaturas», según el primer sentido que recoge el D.R.A.E.). «Cuando alguien haga un voto al Señor, o haga un juramento ligando su alma con alguna obligación, no quebrantará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca» (Números 30:2). «Cuando hagas voto al Señor tu Dios, no tardes en pagarlo, porque ciertamente te lo demandará el Señor tu Dios, y cargarías con un pecado» (Deuteronomio 23:21).

Pero en tiempos de Jesús había dos cosas reprobables sobre los juramentos.

La primera era lo que podríamos llamar los juramentos frívolos, el tomar o hacer juramento cuando no era necesario ni adecuado. Se había hecho muy corriente el empezar una aseveración diciendo: « ¡Por mi vida!», o « ¡Por mi cabeza!», o «¡Que no vea yo el consuelo de Israel si…!» Los rabinos establecían que el usar cualquier fórmula de juramento en una simple aserción era pecado.

«El sí de los justos es sí –y su no es no.»

Es necesario hacer aquí una seria advertencia, y más aún a los hispanohablantes. Demasiado a menudo se usa un lenguaje de lo más sagrado sin la menor necesidad ni sentido. Se pronuncian nombres sagrados sin el menor sentido ni relevancia. Los nombres sagrados deben reservarse para temas sagrados.

La segunda costumbre judía era, en cierto sentido, todavía peor. Se podrían llamar juramentos

evasivos. Los judíos dividían los juramentos en dos clases: los que eran absolutamente vinculantes, y los que no. Cualquier juramento que incluía el nombre de Dios era absolutamente vinculante; cualquier juramento que se las ingeniaba para evitar en nombre de Dios, no era vinculante. El resultado era que, si una persona juraba por el nombre de Dios en cualquier forma, estaría obligada a cumplir su juramento; pero, si hacía un juramento por el Cielo, o por la Tierra, o por Jerusalén, o por su cabeza, se sentía perfectamente libre para incumplirlo. En consecuencia, se hacían verdaderas virguerías en este arte de la evasión en los juramentos.

La idea detrás de todo esto era que, si se usaba el nombre de Dios, Dios era parte de la transacción; mientras que si no se Le nombraba, no tenía nada que ver con el asunto.

El principio que Jesús establece está muy claro. En efecto, lo que Jesús dice es que, lejos de tener que hacer a Dios parte en ningún asunto, no se Le puede excluir de ninguno. Dios está en todo. El Cielo es el trono de Dios; la Tierra es el estrado de Sus pies; Jerusalén es la ciudad de Dios; la cabeza de un hombre no le pertenece a él, sino a Dios; su vida pertenece a Dios; no hay nada en el mundo que no pertenezca a Dios; y, por tanto, el que se Le nombre con todas las letras o no, no es esencial; el hecho es que Dios está en todo.

Aquí tenemos una gran verdad eterna. La vida no se puede dividir en compartimientos estancos, en algunos de los cuales está Dios y en otros no. No puede haber una clase de lenguaje en la iglesia, y otra en el mercado, en la fábrica o en la oficina. No puede haber un nivel de conducta en la iglesia y otro en el mundo de los negocios. El hecho es que Dios no necesita que se Le invite a ciertos departamentos de la vida, y se Le impida la entrada en otros. Está en todo; en toda la vida y en todas las actividades. No oye sólo lo que Le decimos en la iglesia dirigiéndonos a Él por nombre.

Lo oye todo. No puede haber ciertas expresiones que eviten que esté implicado en una transacción. Consideraremos sagradas todas las promesas si tenemos presente que siempre se hacen en Su presencia.

EL FIN DE LOS JURAMENTOS

Este pasaje concluye con el mandamiento de que, cuando uno tenga que decir que sí, debe decir que sí, y nada más; y cuando tenga que decir que no, que diga que no, y nada más.

El ideal es que una persona no necesite nunca un juramento para reforzar o garantizar la verdad de lo que diga. Su carácter debería hacer el juramento totalmente innecesario. Su garantía y su testimonio deberían estar en la clase de persona que es. Sócrates, el gran maestro y orador griego, decía: «Una persona debe llevar una vida que genere más confianza en ella que la que pueda producir nunca un juramento.» Clemente de Alejandría insistía en que los cristianos deberían vivir de tal manera y demostrar tal carácter que a nadie se le ocurriera nunca exigirles un juramento. La sociedad ideal sería una en la que la palabra de una persona no requiriera nunca un juramento que garantizara su veracidad, y ninguna promesa suya necesitara un juramento para asegurar su cumplimiento.

¿Prohíbe entonces esta palabra de Jesús el hacer un juramento en cualquier caso -por ejemplo, como testigo de un juicio? Ha habido dos clases de personas que se negaban rotundamente a hacer un juramento. La primera fueron los esenios, una antigua secta judía. Josefo escribe acerca de ellos: «Son eminentes en su fidelidad, y son ministros de la paz. Lo que quiera que digan es más firme que un juramento. Evitan el jurar, y lo consideran peor que el perjurio. Porque dicen que el que tiene que jurar para que se le crea se autocondena.»

La segunda fueron, y todavía son, los cuáqueros, que se niegan a hacer juramentos en ninguna situación. A lo más que llegaba su fundador George Fox era a usar la palabra bíblica Verily, de cierto. Escribe: « No he defraudado jamás a ningún hombre o ninguna mujer en todo ese tiempo [que trabajó en los negocios]. Cuando hacía ese servicio, usaba en mis contratos la palabra Verily, y todos decían: «Si George Fox dice Verily, no habrá nada que le haga cambiar.»»

En la antigüedad, los esenios no hacían un juramento en ninguna circunstancia, y hasta el día de hoy los cuáqueros hacen lo mismo.

¿Tienen razón en seguir esta línea de conducta? Hubo ocasiones en las que Pablo, por así decirlo, recurrió al juramento. «Invoco a Dios por testigo sobre mi alma -escribe a los corintios-, que por ser indulgente con vosotros no he pasado todavía a Corinto» (2 Corintios 1:23). «En esto que os escribo – e scribe a los gálatas-, ¡os aseguro delante de Dios que no miento!» (Gálatas 1:20). En estas ocasiones, Pablo recurre a un juramento. El mismo Jesús no protestó cuando se Le sometió a juramento. En Su juicio ante el sumo sacerdote, este Le conjuró por Dios mismo: « ¡Te conjuro por el Dios viviente -Te increpo con un juramento por Dios mismo- que nos digas si eres Tú el Cristo, el Hijo de Dios!» (Mateo 26:63). ¿Qué hacer en esa situación?

Veamos la última parte del versículo 37, que dice que se debe contestar sencillamente sí o no, porque «todo lo que se le añada a eso tiene su raíz en el mal.» ¿Qué quiere decir esto? una de dos cosas.

(a) Si se le tiene que tomar juramento a una persona, eso proviene del mal que hay en la humanidad. Si no existiera ese mal, no harían falta tomar juramento. Es decir: el hecho de que sea necesario a veces hacer que alguien haga un juramento es una prueba del mal que hay en la criatura humana sin Cristo.

(b) El hecho de que sea necesario tomarle juramento a una persona en algunos casos procede del hecho de que este es un mundo malo. En un mundo ideal, en un mundo que fuera el Reino de Dios, no haría falta recurrir a juramentos. Es necesario porque el mundo es malo. Lo que Jesús está diciendo es: una persona realmente buena no necesita recurrir a juramentos; la veracidad de sus dichos y la realidad de sus promesas no necesitan más garantía. Pero el hecho de que los juramentos sean a veces necesarios es prueba de que ni las personas ni el mundo son buenos.

Así que este dicho de Jesús nos coloca bajo dos obligaciones. La primera es la de ser tales, que los demás vean en nosotros nuestra bondad transparente y no nos exijan nunca un juramento; y la segunda es la de hacer que este mundo sea tal que la falsedad y la infidelidad sean tan eliminadas en él que se pueda abolir la necesidad de juramentos.

LA LEY ANTIGUA

Habéis oído lo que se dijo: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero Yo os digo que no os resistáis al mal; sino, al que te dé una bofetada en la mejilla derecha, ofrécele también la izquierda; y si alguien quiere obtener sentencia contra ti para quitarte la túnica, dale también la capa; y si alguien te requisa para que recorras una milla de servicio público, ve con él dos millas. Dale al que te pida, y no te despistes del que quiera pedirte prestado.

Pocos pasajes del Nuevo Testamento contienen tanta esencia de la ética cristiana como éste.

Aquí tenemos la ética característica de la vida cristiana, y la conducta que debería distinguir a los cristianos de los que no lo son.

Jesús empieza citando la ley más antigua del mundo -ojo por ojo, y diente por diente. Esa ley se conoce como la Lex Talionis, y se puede describir como la ley del toma y daca aplicada a las ofensas. Aparece en el código de leyes más antiguo de los que se conocen, el Código de Hammurabi, que reinó en Babilonia de 2.285 a 2.242 a.C. El Código de Hammurabi hace una curiosa distinción entre el caballero y el trabajador: « Si alguien causa la pérdida del ojo de un caballero, perderá un ojo suyo. Si ha dañado el miembro de un caballero, el miembro suyo correspondiente será dañado. Si ha sido la causa de que un pobre perdiera un ojo, o quedara con un miembro dañado, pagará una mina de plata… Si ha causado el que a un hombre que es su igual se le caiga un diente, se le hará caer uno de los suyos. Si ha hecho que se le caiga a un pobre, pagará un tercio de una mina de plata.» El principio está claro y es aparentemente sencillo: Si un hombre ha infligido una injuria a otro, deberá sufrir una injuria igual.

Esa ley llegó a formar parte integrante de la ética del Antiguo Testamento. En él la encontramos establecida no menos de tres veces: «Pero si le causan otro daño, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe» (Éxodo 21:23-25). «El que cause una lesión a su prójimo, según lo hizo, así le sea hecho: Rotura por rotura, ojo por ojo, diente por diente; según la lesión que le haya causado al otro, igual se hará con él» (Levítico 24:19s). « No lo compadecerás: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie» (Deuteronomio 19:21). Estas leyes se citan a menudo entre las más sanguinarias, salvajes y despiadadas del Antiguo Testamento; pero antes de empezar a criticar, deberíamos notar ciertas cosas.

(i) La Lex Talionis, la ley del toma y daca, lejos de ser una ley salvaje y sanguinaria, es de hecho el principio de la misericordia. Su finalidad original era sin duda la limitación de la venganza. En los días más primitivos la venganza de sangre era característica de la sociedad tribal. Si un hombre de una tribu causaba un daño a un hombre de otra tribu, inmediatamente todos los miembros de la tribu del perjudicado salían a vengarse de todos los miembros de la tribu del que había hecho el daño; y la venganza deseada no era nunca menos que la muerte. Esta ley limita deliberadamente la venganza.

Establece que solamente el hombre que ha causado el daño debe ser castigado, y su castigo no debe exceder al equivalente del que él mismo ha causado. Vista en el trasfondo de su situación histórica, ésta no es una ley sanguinaria, sino misericordiosa.

(ii) Además, ésta no fue nunca una ley que le diera a la persona individual el derecho a vengarse por sí misma; siempre fue una ley que establecía cómo tenía que estipular el castigo un juez de un tribunal legal (cp. Deuteronomio 19:18). Esta ley nunca tuvo la finalidad de darle al individuo el derecho a complacerse ni siquiera en la venganza del toma y daca. Siempre se pretendió que fuera una guía para un juez en la estipulación del castigo que debía recibir cualquier obra violenta o injusta.

(iii) Y además, esta ley no se cumplió nunca literalmente, por lo menos en ninguna de las sociedades semi-civilizadas. Los juristas judíos razonaban acertadamente que el cumplirla literalmente podría ser de hecho lo contrario de la justicia, porque obviamente podría suponer el pago de un buen ojo o buen diente con un mal ojo o un mal diente. Y se llegó muy pronto a compensar el daño causado con dinero; y la ley judía establece meticulosamente en el tratado Baba Kamma cómo se ha de valorar el daño. Si una persona ha perjudicado a otra, puede haber sido de una de estas cinco maneras: Con injuria, dolor, tratamiento médico, pérdida de tiempo, e indignidad.

En cuanto a la injuria, el injuriado se considera como un esclavo que se pone a la venta en el mercado. Su valor antes y después de la injuria se estipula, y el responsable de la injuria tiene que pagar la diferencia. Había sido responsable de la pérdida de valor de la persona injuriada. En cuanto a dolor, se estimaba cuánto dinero aceptaría una persona por estar dispuesta a sufrir el dolor de la injuria infligida, y el responsable de la injuria tenía que pagar esa suma. En cuanto a tratamiento médico, el causante del mal tenía que pagar todos los gastos del tratamiento médico necesario hasta que se llegara a una cura total. En cuanto a la pérdida del tiempo, el ofensor tenía que pagar la compensación por los salarios perdidos mientras el ofendido estuviera incapacitado para trabajar, y también tenía que pagar compensación si el ofendido había tenido una posición bien pagada, y luego quedaba, a consecuencia del daño, capacitado solamente para un trabajo menos remunerado. En cuanto a la indignidad, el ofensor tenía que pagar los daños por la humillación y la indignidad que la injuria había infligido. En esta práctica legal, el tipo de compensación que establecía la Lex Talionis es sorprendentemente moderna.

(iv) Y lo más importante de todo: Hay que recordar que la Lex Talionis no es ni mucho menos toda la ética del Antiguo Testamento. Hay atisbos y hasta esplendores de misericordia en el Antiguo Testamento. «No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo» (Levítico 19:18). «Si el que te aborrece tiene hambre, dale de comer pan, y si tiene sed, dale de beber agua» (Proverbios 25:21). < No digas: «Haré con él como el hizo conmigo»» (Proverbios 24:29) «Dé la mejilla al que lo hiere y sea colmado de afrentas» (Lamentaciones 3:30). Hay abundante misericordia en el Antiguo Testamento.

Así que la ética antigua se basaba en la ley del toma y daca. Es verdad que esa ley era ya misericordiosa; es verdad que era una ley para un juez y no para la persona individual; es verdad que nunca se llevaba a cabo literalmente; es verdad que había acentos de misericordia que se percibían al mismo tiempo. Pero Jesús obliteró el mismo principio de esa ley, porque la venganza, por muy controlada y restringida que esté, no tiene lugar en la vida cristiana.

EL FIN DEL RESENTIMIENTO Y DE LA VENGANZA

Así que para el cristiano, Jesús abole la antigua ley de la venganza limitada e introduce el nuevo espíritu que excluye el resentimiento y la venganza. De ahí pasa a dar tres ejemplos del espíritu cristiano en acción. El tomarlos con un literalismo crudo y obtuso seria perderse totalmente su enseñanza. Por tanto, es muy necesario, comprender lo que Jesús está diciendo.

(i) Dice que si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha debes ofrecerle también la otra. Hay aquí más de lo que parece a simple vista, mucho más que una mera cuestión de bofetadas. Supongamos que el hombre es diestro, y quiere darle una bofetada al que tiene delante en la mejilla diestra, ¿cómo lo haría? A menos que haga las contorsiones más complicadas, lo cual privaría al golpe de toda su fuerza, no puede dar la bofetada más que de una manera: Con el revés de la mano. Ahora bien, según la ley judía rabínica, el golpear a una persona con el revés de la mano era doblemente insultante que si se le hubiera dado con el derecho de la mano. Así que, lo que Jesús está diciendo es: < Aun en el caso de que un hombre te dirija el insulto más calculado y peor, no debes vengarte de ninguna manera ni guardarle el menor resentimiento.»

No es probable que nos suceda a menudo, ni casi alguna vez, que alguien nos dé una bofetada; pero una y otra vez la vida nos brinda insultos, grandes o pequeños; Jesús está diciendo aquí que el verdadero cristiano ha aprendido a no tener resentimiento ni buscar venganza de ningún insulto o desprecio. A Jesús mismo le llamaban glotón y borracho. Le llamaban amigo de publicanos y de prostitutas, sugiriendo que era como ellos. A los primeros cristianos los llamaron caníbales e incendiarios, y los acusaron de inmoralidad brutal y desvergonzada, porque sus cultos incluían La Fiesta del Amor. Cuando Shaftesbury asumió la causa de los pobres y de los oprimidos le advirtieron de que eso querría decir que «se haría impopular con sus amigos y la gente de su propia clase,» y que «tendría que renunciar a toda esperanza de llegar a ser nunca miembro del parlamento.» Cuando Wilberforce empezó su cruzada para liberar a los esclavos se divulgaron deliberadamente acusaciones calumniosas de ser un cruel marido, de golpear a su esposa, y de que estaba casado con una negra.

Una y otra vez en la iglesia alguien se siente ofendido porque no le han invitado a una fiesta, o han omitido su nombre en el voto de gracias, o no se le dio el puesto o el reconocimiento que merecía. El verdadero cristiano ya no se acuerda de lo que quiere decir que le insulten; ha aprendido de su Maestro a aceptar cualquier insulto sin resentimiento, y sin buscar jamás la venganza.

(ii) Jesús pasa a decir que si alguien trata de quitarnos la túnica en un juicio, no sólo debemos permitírselo sino ofrecerle también la capa. Aquí también hay mucho más de lo que aparece a simple vista.

La túnica, jitón, era la camisa larga interior que se hacía de algodón o de lino. Hasta el más pobre tendría una muda de túnicas. La capa era la pieza de ropa exterior grande, de abrigo que uno se ponía encima de la túnica, y que usaba como manta por la noche. De ésta no tenía un judío corrientemente más que una. Ahora bien, decía expresamente la ley judía que la túnica de un hombre se le podía retener en prenda, pero no la capa: «Si tomas en prenda el vestido (capa) de tu prójimo, a la puesta del sol se lo devolverás, porque sólo eso es su abrigo, el vestido para cubrir su cuerpo. ¿Con qué dormirá?» (Éxodo 22:26s). El detalle es que no era legal retenerle a una persona la capa permanentemente.

Así que, lo que Jesús está diciendo es que: « El cristiano no insiste nunca en sus derechos; nunca discute sus derechos legales; no considera que tiene derechos legales en absoluto.» Hay personas que no hacen más que insistir en sus derechos, que se aferran a sus privilegios y no se los dejarán arrebatar, que irán a los tribunales militantemente antes que sufrir lo que consideren la más ligera infracción de ellos. Las iglesias están trágicamente llenas de personas así: encargados cuyo territorio ha sido invadido, o a los que no se ha asignado el lugar merecido; de juntas que realizan su cometido con el reglamento siempre encima de la mesa, no sea que se le invadan a alguien sus derechos. Esas personas no han ni siquiera empezado a ver lo que es el Cristianismo. El cristiano no piensa en sus derechos sino en sus deberes; no en sus privilegios, sino en sus responsabilidades. El cristiano es una persona que ha olvidado si tiene derechos o no; y el que lucha hasta la muerte legal por sus derechos, dentro o fuera de la iglesia, está lejos del camino cristiano.

(iii) Jesús pasa entonces a hablar de que le obliguen a uno a ir una milla; y dice que en tal caso, el cristiano debe estar dispuesto a ir dos millas.

Aquí tenemos una escena que se refiere a un país ocupado. La palabra que se usa para obligar es el verbo angareuein, que es una palabra con historia. Se deriva del nombre angareus, que era la palabra persa para un correo. Los persas desarrollaron un sistema postal maravilloso. Todas las carreteras estaban divididas en etapas a recorrer en un día. En cada etapa había comida para el correo y agua y pienso para los caballos, y caballos de repuesto. Pero, si algo faltaba por lo que fuera, se podía requisar a cualquier persona, obligándola a dar comida, alojamiento, caballos, ayuda, y hasta a llevar él mismo el mensaje una etapa. La palabra que indicaba esa obligación era angareuein.

Por último esta palabra acabó por usarse para cualquier clase de requisa obligatoria para cualquier servicio en un país ocupado. En tal situación se podía obligar a los ciudadanos a que proveyeran alimentos, o alojamiento, o llevaran el equipaje. Algunas veces el poder imponía su derecho de requisa de la manera más tiránica y desconsiderada. Este peligro siempre pendía sobre las cabezas de los ciudadanos. Palestina era un país ocupado. En cualquier momento un soldado romano podía darle un golpe en el hombro con lo plano de la espada, y ya sabía el ciudadano que estaba obligado a servirle, hasta de la manera más vulgar. Eso fue lo que le pasó a Simón de Cirene cuando le obligaron (angareuein) a llevar la cruz de Jesús.

Así que, lo que Jesús esta diciendo es: «Suponte que tus amos se te presentan y te obligan a actuar de guía o de mozo una milla. No la recorras con un resentimiento amargo y obvio. Está dispuesto a ir dos millas con buena disposición y gracia.» Lo que Jesús está diciendo es: « No estés siempre pensando en tu libertad para hacer lo que te dé la gana; piensa siempre en tu deber y en tu privilegio de ser útil a otros. Cuando se te imponga una tarea, aunque sea injusta y odiosa, no la cumplas de mala gana y con resentimiento; sino como un servicio que se presta de buena gana.» Hay dos maneras de hacer las cosas. Se puede hacer el mínimo irreductible, y ni una pizca más; se puede hacer de forma que quede bien claro que le asquea el asunto; puede hacerlo con el mínimo de eficacia, y nada más. O se puede hacer con una sonrisa, con simpática cortesía; con el propósito, no sólo de hacer lo que sea, sino de hacerlo bien y con agrado. Puede hacerse, no sólo tan bien como se debe, sino mucho mejor de lo que nadie tenga derecho a esperar de uno. El obrero incompetente, el subordinado resentido, el ayudante obligado, no han empezado ni a hacerse idea de lo que es la vida cristiana. Al cristiano no le corresponde hacer las cosas como quiera, sino simplemente ayudar, aunque la demanda de ayuda sea descortés, irrazonable y tiránica.

Así es que, en este pasaje, bajo la guisa de cuadros orientales gráficos, Jesús establece tres grandes reglas: El cristiano no debe tener resentimiento ni buscar revancha por un insulto, por muy calculado y humillante que sea; el cristiano no debe regirse por sus derechos legales u otros que crea poseer; el cristiano no debe reclamar su derecho a hacer lo que le dé la gana, sino saber que su deber es siempre ser de ayuda. La cuestión es: ¿Cómo se consigue eso?

EL DAR GENEROSO

Por último, Jesús nos demanda dar a todo el que nos pida, y no evadirnos del que quiera que le prestemos algo. En su cima, la ley judía del dar era encantadora. Se basaba en Deuteronomio 15:7- I1:

Cuando haya algún pobre entre tus hermanos en alguna de las ciudades de la tierra que el Señor tu Dios te da, no le endurezcas tu corazón ni le cierres la mano a tu hermano pobre, sino ábresela liberalmente y préstale lo que realmente necesite. Guárdate de albergar en tu corazón este pensamiento perverso: «Está próximo el séptimo año, que es el de la remisión, » para mirar con malos ojos a tu hermano pobre y no darle nada; pues él podría clamar contra ti al Señor, y se te imputaría como un pecado. Sin falta le darás, y no serás de mezquino corazón cuando le des, porque por ello te bendecirá el Señor tu Dios en todas tus obras y en todo lo que emprendas. Pues nunca faltarán pobres en medio de la tierra; por eso te mando: ¡Ábrele tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso de tu tierra!

El detalle del séptimo año es que cada siete años se cancelaban todas las deudas, y el que fuera tacaño y mezquino podría rehusar prestar nada cuando estaba cerca ese año, por si se le cancelaba la deuda y se quedaba sin lo que hubiera prestado.

Era en ese pasaje en el que se basaba la ley judía sobre el dar. Los rabinos establecieron cinco principios que debían gobernar el dar.

(i) No se le puede negar a nadie. «Ten cuidado de no rehusar la caridad, porque a todos los que la rehúsan se los pone en la misma categoría que a los idólatras.» Si una persona se negaba a dar, podría llegar el día que tuviera que pedir limosna, y tal vez de las mismas personas a las que les había negado su ayuda.

(ii) Lo que se da debe corresponder a la persona a la que se le da. La ley del Deuteronomio había dicho que hay que darle a la persona lo que necesite. Es decir, que no se le debe dar lo imprescindible para seguir viviendo, sino lo necesario para retener al menos algo del nivel y comodidad que tuvo un día. Así, se dice que Hill.lel arregló las cosas para que al hijo de una familia noble que había venido a menos se le diera, no simplemente lo necesario para que no se muriera de hambre, sino, además, un caballo para cabalgar y un esclavo para que corriera delante de él; y una vez, cuando no había ningún esclavo disponible, Hil.lel mismo actuó como su esclavo y fue corriendo delante de él. Hay mucho de generosidad y de encanto en la idea de que el dar no debe ser exclusivamente para sobrellevar la pobreza, sino también para aliviar la humillación que conlleva.

(iii) El dar se ha de llevar a cabo privada y secretamente. Nadie tiene que estar presente. Los rabinos hasta llegaron a decir que, en la clase más elevada de dar, el que da no debe saber a quién da, y el que recibe no debe saber de quién lo recibe. Había un cierto lugar en el templo al que iba la gente en secreto para hacer sus ofrendas; y esas ofrendas secretas se usaban en secreto para ayudar a los miembros empobrecidos de familias que habían sido nobles, y para proveer a las hijas de esas familias empobrecidas las dotes sin las cuales no se podrían casar. Los mejores judíos habrían despreciado el dar que se hiciera por prestigio, publicidad o autoglorificación.

(iv) La manera de dar debe estar en consonancia con el carácter y el temperamento del que lo recibe. La regla era que si una persona tenía medios, pero era demasiado tacaña para usarlos, se le debía hacer una donación, pero luego reclamarla de su estado como un préstamo. Pero si la persona era demasiado orgullosa para pedir ayuda, rabí Ismael sugería que el dador debería dirigirse a ella y decirle: «Hijo mío, a lo mejor necesitas un préstamo.» Así se respetaba su dignidad; pero luego no se le reclamaba el préstamo, porque en realidad había sido un regalo. Se llegaba hasta a establecer que, si una persona era incapaz de responder. a una petición de ayuda, su misma negativa debía ser tal que mostrara que, si no podía dar otra cosa, por lo menos contribuía con su simpatía. Hasta una negativa había de hacerse de tal manera que ayudara y no ofendiera. El dar había de llevarse a cabo de forma que la manera como se hiciera ayudara tanto como la aportación.

(v) El dar era al mismo tiempo un privilegio y una obligación, porque en realidad era a Dios a Quien en realidad se daba. El darle alguna ayuda a una persona necesitada era algo que uno tal vez no escogía hacer, sino algo que debía hacer; porque, si se negaba, Se lo estaba negando realmente a Dios. « A1 Señor presta el que da al pobre; el bien que ha hecho, se lo devolverá» (Proverbios 19:17). « A todo aquel que tiene misericordia de otras personas se le muestra misericordia desde el Cielo; pero al que no tiene misericordia de los demás, no se le muestra misericordia desde el Cielo.» A los rabinos les encantaba indicar que la misericordia era una de las pocas cosas a las que la Ley no les ponía límite.

¿Quiere esto decir que Jesús impuso a los hombres solamente lo que podría llamarse un dar indiscriminado? No se puede dar una respuesta sin matizaciones. Está claro que el efecto del dar en el que recibe debe tenerse en consideración. El dar nunca debe ser tal que le anime a la persona que lo recibe a la pereza o a la irresponsabilidad, porque entonces sería sólo perjudicial. Pero, al mismo tiempo, hay que recordar que muchas personas que dicen que no darán nada más que a través de canales oficiales, y que se niegan a ayudar directamente en casos personales, están en realidad frecuentemente haciendo una excusa para no dar, y están suprimiendo completamente el elemento personal en el dar. Y hay que tener presente también que es mejor ayudar a una veintena de pedigiieños fraudulentos que correr el riesgo de rechazar a uno que esté verdaderamente necesitado.

EL AMOR CRISTIANO

Su significado

Mateo 5:43-48

Habéis oído que se ha dicho: Ama a tu prójimo, y odia a tu enemigo; pero Yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen, para que lleguéis a ser los hijos de vuestro Padre Que está en el Cielo; porque Él hace que Su sol salga sobre malos y buenos, y les manda la lluvia a los justos y a los injustos. Si no amáis más que a los que os aman, ¿qué recompensa podéis esperar? ¿Es que no hacen eso hasta los publicanos? Si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué tiene eso de extraordinario? ¿Es que no lo hacen hasta los gentiles? Así que debéis ser perfectos hasta como lo es vuestro Padre celestial.

El investigador judo C. G. Montefiore llama a ésta «la sección central y más famosa» del Sermón del Monte. Es indudablemente cierto que no hay ningún otro pasaje en el Nuevo Testamento que contenga una expresión tan concentrada de la ética cristiana de las relaciones personales. Para cualquier persona normal, este pasaje describe el Cristianismo esencial en acción, y hasta la persona que no pisa jamás el umbral de la iglesia sabe que Jesús dijo estas cosas, y muy a menudo condena a los cristianos profesantes por quedarse muy cortos en el cumplimiento de sus demandas.

Cuando estudiamos este pasaje, debemos en primer lugar tratar de descubrir lo que Jesús estaba realmente diciendo, y lo que demandaba de Sus seguidores. Si vamos a tratar de vivirlo de veras, obviamente debemos antes de nada estar completamente seguros de lo que se nos pide. ¿Qué quiere decir Jesús con amar a nuestros enemigos?.

El griego es una lengua rica en sinónimos; sus palabras tienen a menudo matices que no posee el español. En griego hay cuatro palabras diferentes para amor.

(i) Está el nombre storgué, con el verbo correspondiente storguein. Estas palabras son las más características de la familia amor. Son las que describen el amor de los padres a los hijos, y de los hijos a los padres. « Un hijo -decía Platónama (storguein) y es amado por los que le trajeron al mundo.» «Dulce es un padre a sus hijos -decía Filemón- si les tiene amor (storgue).» Estas palabras describen el afecto familiar.

(ii) Está el nombre erós, con el verbo correspondiente eran. Estas palabras describen el amor entre un hombre y una mujer; siempre conlleva pasión y es siempre amor sexual. Sófocles describía erós como «un anhelo terrible.» En estas palabras no hay nada esencialmente malo; simplemente describen la pasión del amor humano; pero, con el paso del tiempo empezaron a ensuciarse con la idea de la concupiscencia, y no aparecen nunca en el Nuevo Testamento.

(iii) Está filía, con el verbo correspondiente filein. Éstas son las palabras griegas más cálidas y mejores para el amor.

Describen el amor verdadero, el verdadero afecto. Hoi filuntes, el participio de presente, es la palabra que describe a los amigos más auténticos e íntimos de una persona. Es la palabra que se usa en el famoso dicho de Menandro: «El que los dioses aman, muere joven.» Filein puede querer decir acariciar o besar. Es la palabra que indica la clase más sublime de amor, el afecto cálido y tierno.

(iv) Está agapé, con el verbo correspondiente agapan. Estas palabras indican una benevolencia inconquistable, una buena voluntad invencible. (Agapé es la palabra que se usa aquí). Si miramos a una persona con agapé, esto quiere decir que no importa lo que esa persona nos haga, o cómo nos trate; no importa que nos insulte o injurie u ofenda: No dejaremos que nos invada el corazón ninguna amargura contra ella, sino la seguiremos mirando con esa benevolencia inconquistable y esa buena voluntad que no procurará sino su bien supremo. De aquí surgen algunas cosas.

(i) Jesús no nos ha pedido nunca que amemos a nuestros enemigos de la misma manera que amamos a nuestros íntimos y próximos. La misma palabra es ya diferente; amar a nuestros enemigos de la misma manera que amamos a nuestra familia no sería posible ni justo. Ésta es una clase de amor diferente.

(ii) ¿Dónde está la diferencia? En el caso de nuestros familiares, no podemos evitar amarlos. Hablamos de enamorarnos; es algo que nos sucede sin buscarlo; es algo que nace de las emociones del corazón. Pero en el caso de nuestros enemigos, el amor no es algo solamente del corazón; es también algo de la voluntad. No es algo que no podemos evitar; es algo que tenemos que estimularnos a hacer. Es, de hecho, una victoria sobre lo que le sucede instintivamente al hombre natural.

Agapé no quiere decir un sentimiento del corazón, que no podemos evitar, y que nos sucede sin quererlo ni buscarlo; quiere decir una decisión de la mente mediante la cual conseguimos esta inconquistable buena voluntad aun para los que nos hacen daño u ofenden. Agapé, ha dicho alguien, es el poder para amar a los que no nos gustan y a los que no gustamos. De hecho, sólo podemos tener agapé cuando Jesucristo nos permite conquistar nuestra tendencia natural a la ira y al resentimiento, y lograr esta buena voluntad invencible para con todo el mundo.

(iii) Es totalmente obvio que lo que no quiere decir agapé, el amor cristiano, es que dejemos a la gente hacer absolutamente lo que les dé la gana, sin nuestra más mínima intervención. Nadie diría que un padre ama de veras a su hijo si le deja hacer y vivir como le dé la gana. Si miramos a una persona con una invencible buena voluntad, a menudo esto querrá decir que tenemos que castigarla, reprimirla, disciplinarla y protegerla contra sí misma. Pero también querrá decir que no la castigaremos para satisfacer nuestro deseo de venganza, sino para que se realice como persona. Querrá decir que toda disciplina y todo castigo cristiano debe proponerse, no la venganza, sino la cura. El castigo no debe ser nunca meramente retributivo; tiene que ser curativo.

(iv) Hay que notar que Jesús estableció este amor como la base para las relaciones personales. La gente usa este pasaje como una base para el pacifismo y como un texto en relación con las relaciones internacionales. Por supuesto que lo incluye todo, pero lo primero y principal es que se refiere a nuestras relaciones personales con nuestra familia y con nuestros vecinos y con las personas que encontramos en nuestra vida diaria. Es mucho más fácil ir por ahí declarando que no debería haber tal cosa como guerra entre las naciones, que vivir una vida en la que nunca permitamos que las desavenencias invadan nuestras relaciones con los que tratamos a diario. En primer lugar y principalmente, este mandamiento de Jesús se refiere a nuestras relaciones personales. Es un mandamiento del que tenemos que decir en primer lugar y principalmente: «Esto va por mí.»

(v) Debemos notar que este mandamiento es sólo posible para un cristiano. Sólo la gracia de Jesucristo puede capacitar a una persona para tener esta inconquistable benevolencia y esta buena voluntad invencible en sus relaciones personales con otros. Sólo cuando Cristo vive en nuestros corazones llega a morir la amargura y brota este amor a la vida. Se dice a menudo que este mundo sería perfecto con que sólo la gente viviera según los principios del Sermón del Monte; pero el hecho escueto es que nadie puede ni empezar a vivir según estos principios sin la ayuda de Jesucristo. Necesitamos a Cristo para que nos capacite para obedecer el mandamiento de Cristo.

(vi) Finalmente -y esto puede que sea lo más importante de todo- debemos notar que este mandamiento no solamente no implica dejar que la gente haga lo que quiera con nosotros; también implica que nosotros debemos hacer algo por ellos. Se nos manda orar por ellos. Nadie puede orar por otra persona y seguir odiándola. Cuando se presenta ante Dios con la otra persona que tiene la tentación de odiar, algo sucede. No podemos seguir odiando a nadie en la presencia de Dios. La manera más eficaz de acabar con la amargura es orar por la persona que estamos tentados a odiar.

EL AMOR CRISTIANO

Su razón de ser

Ya hemos visto lo que quería decir Jesús cuando nos mandó tener este amor cristiano; y ahora debemos pasar a ver por qué nos demandó que debíamos tenerlo. ¿Por qué, entonces, demanda Jesús que una persona tenga este amor, esta benevolencia inconquistable y esta buena voluntad invencible? La razón es muy sencilla y tremenda: Es que ese amor hace que la persona se parezca a Dios.

Jesús señalaba la acción de Dios en el mundo, que es la de la benevolencia inconquistable. Dios hace que Su sol salga sobre los buenos y sobre los malos; envía Su lluvia sobre los justos y los injustos. Rabí Yoshua ben Nehemiah solía decir: «¿Te has fijado que la lluvia caiga en el campo de A, que es justo, y no en el campo de B, que es injusto? ¿O que el sol salga y brille sobre Israel, que justo, y no sobre los gentiles, que son malvados? Dios ,hace que Su sol brille tanto sobre Israel como sobre las naciones, porque el Señor es bueno con todos.» Hasta a este rabino judío le conmovía e impresionaba la prístina benevolencia de Dios, lo mismo con los santos que con los pecadores.

Hay una leyenda rabínica que cuenta la destrucción de los egipcios en el Mar rojo. Cuando las aguas los cubrieron, así dice la historia, los ángeles iniciaron un himno de alabanza; pero Dios dijo tristemente: « La obra de Mis manos está sepultada en el mar, ¿y vosotros queréis cantar delante de Mí?» El amor de Dios es tal que no puede complacerse nunca por la destrucción de ninguna de las criaturas que han formado Sus manos. El salmista decía: «Los ojos de todos esperan en Ti, y Tú les das su comida a su tiempo. Abres Tu mano y colmas de bendición a todo ser viviente» (Salmo 145:15s). En Dios hay esta benevolencia universal hasta para con los que han quebrantado Sus leyes y Su corazón.

Jesús dice que debemos tener este amor para llegar a ser «hijos de nuestro Padre que está en el cielo.» El hebreo no es rico en adjetivos; por esa razón usa muchas veces hijo de… con un nombre abstracto donde nosotros usaríamos un adjetivo. Por ejemplo: un hijo de paz es una persona pacífica; un hijo de consolación es un hombre consolador. Así que un hijo de Dios es un hombre que se parece a Dios. La razón por la que debemos tener esta benevolencia y buena voluntad inconquistable es que Dios las tiene; y, si las tenemos llegamos a ser nada menos que hijos de Dios, personas que se parecen a Dios.

Aquí tenemos la clave de una de las frases más difíciles del Nuevo Testamento: La frase con que termina este pasaje. Jesús dijo: «Por tanto, tenéis que ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.» A primera vista, esto suena como un mandamiento que no es posible que se refiera a nosotros. No hay nadie que considere que podemos ni acercarnos a la perfección de Dios. La palabra griega para perfecto es teleios. Esta palabra se usa a menudo en griego en un sentido muy especial. No tiene nada que ver con lo que podríamos llamar perfección abstracta o metafísica.

Una víctima que es apta para el sacrificio a Dios, que no tiene defecto, es teleios. Un hombre que ha alcanzado su plena estatura es teleios en contraposición a un chico que está creciendo. Un estudiante que ha alcanzado un conocimiento maduro de su asignatura es teleios en oposición a otro que no ha hecho más que empezar y que todavía no ha captado suficientemente las ideas. Para decirlo de otra manera: La idea griega de la perfección es funcional. Una cosa es perfecta si cumple plenamente el propósito para el que fue pensada, diseñada, y hecha. De hecho, ese sentido se implica en los derivados de esta palabra. Teleios es el adjetivo que se forma del nombre telos. Telos quiere decir fin, propósito, objetivo, meta. Una cosa es teleios, si cumple el propósito para el que fue planificada; una persona es perfecta si cumple el propósito para el cual fue creada. Tomemos una analogía muy sencilla. Supongamos que tenemos un tornillo suelto en casa y queremos ajustarlo. Echamos mano de un destornillador, y vemos que se ajusta perfectamente a la mano y a la cabeza del tornillo. No es ni demasiado grande ni demasiado pequeño, ni demasiado áspero ni demasiado suave. Lo ajustamos a la muesca del tornillo, y nos damos cuenta de que encaja perfectamente. Le damos las vueltas necesarias y el tornillo queda fijo. En el sentido griego, y especialmente en el del Nuevo Testamento, ese destornillador es teleios, porque cumple perfectamente el propósito para el que lo necesitábamos.

Así pues, una persona es teleios si cumple el propósito para el que fue creada. ¿Con qué propósito fue creada la persona humana? La Biblia no nos deja en la menor duda en esto. En la antigua historia de la creación hallamos a Dios diciendo:

«Hagamos al hombrea Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza» (Génesis 1:26). El hombre fue creado para parecerse a Dios. La característica de Dios es esta benevolencia universal, esta inconquistable buena voluntad, este constante buscar el bien supremo de cada criatura. La gran característica de Dios es Su amor al santo y al pecador por igual. No importa lo que los hombre Le hagan: Dios no busca nada más que su bien supremo. Eso es lo que ve en Jesús.

Cuando se reproduce en la ‹da de una persona la benevolencia incansable, perdonadora, sacrificial de Dios, esa persona se parece a Dios, y es por tanto perfecta en el sentido de la palabra en el Nuevo Testamento. Para decirlo de una manera todavía más sencilla: La persona que se interese más por los demás será la persona más perfecta.

La enseñanza de la Biblia es unánime en decir que realizamos nuestra humanidad solamente pareciéndonos a Dios. Lo único que nos hace semejantes a Dios es el amor que nunca deja de preocuparse por los hombres, le hagan lo que le hagan. Realizamos nuestra humanidad, alcanzamos la perfección cristiana, cuando aprendemos a perdonar como Dios perdona, y a amar como Dios ama.

Mateo 5-7 es denominado el Sermón del Monte porque Jesús lo pronunció en una colina cercana a Capernaum. Este «sermón» probablemente resume varios días de predicación. En él, Jesús proclamó su actitud hacia la Ley. La posición social, la autoridad y el dinero no son importantes en su Reino; lo que importa es la obediencia fiel del corazón. El Sermón del Monte desafió al orgullo de los líderes religiosos legalistas de ese entonces. Era un llamado a regresar al mensaje de los profetas del Antiguo Testamento que, como Jesús, enseñaban que la obediencia de corazón es más importante que la observancia legalista.

Multitudes numerosas seguían a Jesús; era el comentario del pueblo y todos querían verlo. Los discípulos, que eran personas bien cercanas a este hombre popular, se vieron tentados a sentirse importantes, orgullosos y a ser posesivos. Estar con Jesús les daba prestigio y una gran oportunidad para obtener riqueza.

La multitud estaba otra vez reunida, pero antes de dirigirse a ella, Jesús llamó a sus discípulos a un lado y les advirtió acerca de la tentación que enfrentarían como ayudantes suyos. No esperen fama y fortuna, les dijo Jesús, sino aflicción, hambre y persecución. Sin embargo, les aseguró que serían recompensados, aunque quizás no en esta vida. Habrá momentos en que seguir a Jesús traerá consigo gran popularidad. Si no vivimos tomando en cuenta las palabras de Jesús en este sermón, nos hallaremos usando el mensaje de Dios solo para promover nuestros intereses personales.

Jesús empezó su sermón con palabras que aparentemente se contradecían. Pero la forma en que Dios quiere que vivamos muchas veces contradice la del mundo. Si quiere vivir para Dios debe estar dispuesto a decir y hacer lo que para el mundo parecerá raro. Deberá estar dispuesto a dar cuando otros desean quitar, amar cuando otros odian, ayudar cuando otros abusan. Al hacerlo, un día recibirá todo, mientras los otros terminarán sin nada.

Aquí tenemos por lo menos cuatro maneras de entender las bienaventuranzas: (1) Son un código de ética para los discípulos y norma de conducta para todos los creyentes. (2) Contrastan los valores del Reino (lo que es eterno) con los valores mundanos (lo que es temporal). (3) Contrastan la «fe» superficial de los fariseos con la fe verdadera que Cristo quiere. (4) Muestran que las expectativas del Antiguo Testamento se verían cumplidas en el Reino nuevo. Estas Bienaventuranzas no pueden ser tomadas selectivamente. Uno no escoge lo que quiere y deja el resto, sino que deben tomarse como un todo. Describen lo que debemos ser como seguidores de Cristo.

Cada Bienaventuranza habla de cómo ser afortunado y feliz. Algunas versiones dicen felices o dichosos en vez de bienaventurados. Estas palabras no prometen carcajadas, placer ni prosperidad terrena. Jesús pone de cabeza el concepto terreno de la felicidad. Para Jesús, felicidad es esperanza y gozo, independientemente de las circunstancias externas. Para hallar esperanza y gozo, la forma más profunda de la felicidad, sigue a Jesús a cualquier costo.

Con el anuncio de Jesús de que el Reino se había acercado (4.17) naturalmente, la gente preguntaba: «¿Qué necesito hacer para ser parte del Reino de Dios?» Jesús dijo que en el Reino de Dios las cosas no son como en los reinos terrenales. Debían buscar beneficios y recompensas muy distintas de los que los fariseos y publicanos estaban buscando. Mucha gente busca felicidad pero esta fácilmente se desvanece. Muy pocos buscan el gozo de Dios que nunca se desvanece. ¿Son sus actitudes una copia del egoísmo, el orgullo y las ansias de poder del mundo, o reflejan el ideal al que Dios lo llamó?

Jesús dijo que nos regocijáramos cuando somos perseguidos. La persecución puede ser provechosa porque (1) aparta nuestros ojos de las recompensas terrenas, (2) aleja a los creyentes superficiales, (3) fortalece la fe de los que permanecen, y (4) sirve como ejemplo a los que vendrán después de nosotros. Podemos ser confortados al saber que los grandes profetas de Dios sufrieron persecución (Elías, Jeremías, Daniel). La persecución demuestra nuestra fidelidad. Por ser fieles, en el futuro Dios nos premiará dejándonos entrar en su reino eterno, donde no hay más persecución.

Si la sazón no da sabor, no tiene valor. Si los cristianos no se esfuerzan por hacer un impacto en el mundo que los rodea, son de poco valor para Dios. Si somos muy parecidos a los del mundo, no tenemos valor. Los cristianos no deben confundirse con los demás. En su lugar, debemos impactarlos positivamente, como el condimento que da mejor sabor a la comida.

¿Se puede ocultar una ciudad que está en la cima de una montaña? Por las noches su luz se ve a la distancia. Si vivimos por Cristo, vamos a brillar como luces, mostrando a otros como es Cristo. Ocultamos nuestra luz al (1) callar cuando debiéramos hablar, (2) hacer lo que todos hacen, (3) negar la luz, (4) dejar que el pecado empañe nuestra luz, (5) no dar a conocer nuestra luz a otros, o (6) no fijarnos en las necesidades de los demás. Sea un faro de la verdad: no esconda su luz del resto del mundo.

Dios nos dio las leyes morales y ceremoniales para ayudarnos a amarle con todo el corazón. A través de la historia de Israel, sin embargo, estas leyes fueron citadas inexactamente y aplicadas erróneamente. En el tiempo de Jesús, los líderes religiosos habían convertido la Ley en una masa confusa de reglas. Cuando Jesús se refirió a una nueva forma de comprender la Ley de Dios, no estaba sino llevando a la gente a su propósito original. No habló contra la Ley en sí misma, sino contra los abusos y excesos a los que ella estaba sujeta.

Si Jesús no hubiera venido a abolir la Ley, ¿estarían todas las leyes del Antiguo Testamento todavía en vigencia? En el Antiguo Testamento, había tres categorías de Ley: ceremonial, civil y moral.

1) La ley ceremonial estaba relacionada específicamente con la adoración de Israel (véase Lev_1:2-3, por ejemplo). Su propósito primario fue señalar a Cristo Jesús. Estas leyes, sin embargo, dejaron de ser necesarias después de la muerte y resurrección de Jesús. Si bien es cierto que ya no estamos atados por las leyes ceremoniales, los principios que los respaldan, adorar y amar al Dios santo, son todavía aplicables. Los fariseos con frecuencia acusaban a Jesús de violar las leyes ceremoniales.

(2) La ley civil era la Ley de Dios que tenía que ver con el vivir diario de Israel (véase Deu_24:10-11, por ejemplo). Por el hecho de que la cultura y la sociedad modernas son radicalmente diferentes, todas estas directivas no pueden seguirse al pie de la letra. Pero los principios que las sustentan no tienen fin y deben guiar nuestra conducta. Jesús los cumplió para dar el ejemplo.

(3) La ley moral (como los Diez Mandamientos) es mandato directo de Dios y requiere obediencia estricta (véase Exo_20:13, por ejemplo). Como revela la naturaleza y la voluntad de Dios, se aplica todavía hoy. Jesús obedeció la ley moral en su totalidad.

Algunos en el grupo eran expertos en decir a los demás lo que debían hacer, pero pasaban por alto lo más importante de las Leyes de Dios. Jesús clarificó que obedecer la Ley de Dios era más importante que explicarla. Es mucho más fácil estudiar la Ley de Dios y decir a otros que la obedezcan que ponerla en práctica. ¿Cómo le va a usted en su obediencia a Dios?

Los fariseos eran exigentes y escrupulosos en el cumplimiento de la Ley. ¿Cómo puede Jesús, razonablemente, llamarnos a una mayor justicia que la de ellos? La debilidad de los fariseos radicaba en que se sentían satisfechos obedeciendo la Ley en lo exterior sin permitir que cambiara sus corazones (actitudes). Jesús dijo que la calidad de nuestra piedad tiene que ser superior a la de los fariseos. Podemos aparentar piedad y seguir lejos del Reino de Dios. El juzga nuestros corazones y nuestras obras. Es en el corazón donde en verdad radica la sumisión. Cuidemos nuestras actitudes, que la gente no ve, y las acciones que todos ven.

Jesús decía a sus oyentes que necesitaban una piedad totalmente distinta (amor y obediencia), no una versión más intensa de la piedad de los fariseos. Nuestra bondad debe (1) proceder de lo que Dios hace en nosotros, no de lo que podemos hacer nosotros mismos, (2) estar centrada en Dios, no en nosotros, (3) estar basada en la reverencia a Dios, no en la aprobación de la gente, (4) e ir más allá del solo hecho de cumplir con la Ley amando los principios que la respaldan.

Cuando Jesús dijo: «Pero yo os digo» no estaba aboliendo la Ley ni agregando sus propias opiniones. Más bien estaba ofreciendo una explicación completa de por qué Dios hizo tal Ley. Por ejemplo, refiriéndose a que Moisés dijo: «No matarás», Jesús enseñó que «cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio». Los fariseos leían esta Ley y, como jamás habían matado, se sentían muy rectos. Sin embargo estaban tan enojados con Jesús que ya pronto estarían planeando matarlo, aunque no con sus propias manos. Perdemos la verdadera intención de la Palabra de Dios cuando leemos sus normas para la vida sin procurar comprender por qué las dio. ¿Cuándo guarda uno las normas de Dios pero pasa por alto su verdadera intención?

Asesinar es un pecado terrible pero la cólera es un gran pecado también porque viola el mandato de Dios de amar. La ira, en este caso, se refiere a la amargura creciente en contra de alguien. Es una emoción peligrosa que puede llevar a la pérdida de dominio propio, y puede conducir a la violencia, al daño emocional, a una tensión mental creciente y a otros resultados destructivos. La cólera impide que desarrollemos un espíritu agradable para Dios. ¿Alguna vez se ha sentido orgulloso de no haber cometido el error de decir lo que tenía en la mente? El dominio propio es bueno pero Cristo quiere que dominemos también nuestros pensamientos. Jesús dijo que seremos juzgados aún por nuestras actitudes.

Cualquier ruptura de relaciones puede afectar nuestra relación con Dios. Si tenemos un problema con un amigo, debemos resolverlo lo antes posible. Somos hipócritas si manifestamos tener buenas relaciones con Dios mientras no las tenemos con otra persona. Nuestras relaciones con los demás reflejan nuestra relación con Dios (1Jo_4:20).

En los días de Jesús, si alguien no podía pagar sus deudas, iba a la cárcel hasta que la deuda fuera saldada. A menos que alguien pagara la deuda, el prisionero moría preso. Es un consejo sabio resolver nuestras diferencias con nuestros enemigos antes de que su cólera cause más problemas (Pro_25:8-10). Sus desacuerdos pudieran no llevarlo hasta el tribunal, pero aun los conflictos pequeños se solucionan más fácilmente si tratamos de arreglarlos de inmediato. En un sentido amplio, estos versículos nos aconsejan arreglarnos con nuestro prójimo antes de presentarnos delante de Dios.

La Ley del Antiguo Testamento dice que no se puede tener relaciones sexuales con otra persona que no sea su cónyuge (Exo_20:14). Pero Jesús dijo que el deseo de tener relaciones sexuales con otra persona es adulterio mental y pecado. Jesús enfatizó que si el acto es equivocado, también lo es la intención. Ser fiel al cónyuge con el cuerpo y no con la mente es romper la confianza que es vital para un matrimonio sólido. Jesús no está condenando el interés natural en el sexo opuesto ni el deseo sexual sano. Está condenando el dejar deliberada y repetidamente que la mente se llene de fantasías que serían malas si se hicieran realidad.

Algunos creen que si los pensamientos lujuriosos son pecado, ¿por qué no consumarlos de una vez? Porque es peligroso en varios sentidos: (1) sería excusar el pecado en vez de buscar formas de evitarlo; (2) destruye matrimonios; (3) es una rebelión deliberada contra la Palabra de Dios; y (4) siempre hiere a otro, además de a uno mismo. El acto pecaminoso es más peligroso que el deseo pecaminoso, y por eso no debe consumarse. Sin embargo, los deseos pecaminosos son igualmente dañinos a la virtud. Descuidarlos podría traer como consecuencia acciones erróneas y alejamiento de Dios.

El divorcio es tan hiriente y destructivo hoy como lo fue en los días de Jesús. Dios quería que el matrimonio fuera una entrega de por vida (Gen_2:24). Cuando optan por el matrimonio, las personas nunca deben tener el divorcio como una opción para resolver sus problemas ni como una forma de escapar de una relación que aparentemente está muerta. En estos versículos, Jesús también está atacando a los que a propósito quebrantan el contrato matrimonial, y se divorcian para satisfacer sus deseos lujuriosos contrayendo matrimonio con otra persona. ¿Están sus acciones fortaleciendo su matrimonio o lo están desgarrando?

Jesús dijo que el divorcio no es permitido «salvo por causa de fornicación». Esto no significa que el divorcio debiera ocurrir al instante en que uno se entera de la infidelidad del cónyuge. Uno debiera primero intentar perdonar, reconciliarse y restaurar las relaciones. Debemos buscar maneras de restaurar nuestro matrimonio en vez de buscar excusas para romperlo.

En este pasaje, Jesús enfatiza la importancia de decir la verdad. La gente rompía sus promesas y empleaba un lenguaje sagrado ligero y descuidado. Mantener los votos y las promesas es importante, porque ayuda a establecer confianza y hace posible las relaciones humanas serias. La Biblia condena el hacer votos a la ligera, el dar la palabra y no cumplirla y el jurar en vano por el nombre de Dios (Exo_20:7; Lev_19:12; Num_30:1-2; Deu_19:16-20). El juramento es necesario en ciertas situaciones solo porque vivimos en una sociedad pecaminosa que engendra desconfianza.

Los votos y los juramentos eran comunes, pero Jesús dijo a sus seguidores que no debían jurar, que su palabra debía bastar (véase Jam_5:12). ¿Se le conoce a usted como una persona de palabra? La veracidad parece ser algo tan raro que sentimos que debemos finalizar nuestra declaración con un «lo juro». Si decimos siempre la verdad, no tendremos necesidad de respaldar nuestras palabras con una promesa o juramento.

El propósito de Dios al dar esta Ley era ofrecer misericordia. Se dijo a los jueces: «que el castigo sea acorde al delito». No era una guía para la venganza personal (Exo_21:23-25; Lev_24:19-20; Deu_19:21). Su propósito era limitar la venganza y ayudar al juez a aplicar castigos que no fueran ni estrictos ni livianos. Algunas personas, sin embargo, estaban usando esta frase para justificar la venganza. La gente todavía trata de excusar sus actos de venganza diciendo: «Estaba cobrándome lo que me hizo».

Cuando somos agraviados, con frecuencia nuestra primera reacción es buscar desquite. Jesús nos dice que debiéramos hacer el bien a los que nos causan daño. No debemos guardar resentimientos, sino amar y perdonar. Esto no es natural: es sobrenatural, y solo Dios puede darnos la fuerza para amar como El lo hace. En lugar de buscar venganza, ore por los que lo hieren.

Para muchos judíos de ese tiempo, estas declaraciones eran ofensivas. Un mesías que daba la otra mejilla no podía ser el líder militar que esperaban que encabezara una revuelta contra Roma. Como estaban bajo la opresión romana, soñaban con represalias contra sus enemigos. Pero Jesús sugirió una nueva respuesta a la injusticia. En lugar de demandar nuestros derechos, debemos cederlos. La declaración radical de Jesús dice que es más importante impartir justicia y misericordia que demandarlas.

Al llamarnos a no tomar represalias, Jesús nos libra de tomar la justicia en nuestras manos. Al orar y amar a nuestros enemigos en lugar de buscar represalias podemos vencer el mal con el bien.

Los fariseos interpretaban que Lev_19:18 enseñaba que se debía amar a los que amaban, y que Psa_139:19-22 y 140.9-11 instaba a odiar a los enemigos. Pero Jesús les dijo que debían amar a sus enemigos. Si ama a sus enemigos y los trata bien, demuestra que Jesús es el Señor de su vida. Esto lo logran los que se dan totalmente a Dios, porque solo El puede liberar al hombre de su egoísmo natural. Debemos confiar en que el Espíritu Santo nos ayuda a amar a aquellos por quienes no sentimos amor.

¿Cómo podemos ser perfectos? (1) En carácter. En esta vida no podemos ser impecables, pero podemos aspirar a ser más semejantes a Cristo. (2) En santidad. Como los fariseos, debemos separarnos de los valores pecaminosos del mundo. (3) En madurez. No podemos lograr tener el carácter de Cristo y vivir en santidad de golpe y porrazo, pero podemos luchar por la perfección. Así como esperamos una conducta diferente de un bebé, de un niño, de un adolescente y de un adulto, Dios espera actitudes diferentes de nosotros, según nuestro nivel de desarrollo espiritual. (4) En amor. Podemos buscar amar a los demás como Dios nos ama. Uno es si su conducta es apropiada para su nivel de madurez: perfectos, pero aún con mucho espacio para crecer. Nuestra tendencia a pecar nunca debe detenernos en el empeño de ser cada vez más semejantes a Cristo. El llama a todos sus discípulos a la excelencia, a superar el nivel de mediocridad y a madurar en todo, hasta llegar a ser como El es. Los que se esfuerzan por llegar a la perfección un día lograrán ser perfectos como El es perfecto (1Jo_3:2).

LECCIONES CLAVE DEL SERMON DEL MONTE

Bienaventurados: Los pobres en espíritu (1Jo_5:3)

Previsión en el Antiguo Testamento: Isa_57:15

Valores mundanos contradictorios: Orgullo e independencia personal

Recompensa de Dios: Reino de los cielos

Cómo desarrollar esta actitud: Jam_4:7-10

Bienaventurados: Los que lloran (Jam_5:4)

Previsión en el Antiguo Testamento: Isa_61:1, 2

Valores mundanos contradictorios: Felicidad a todo costo

Recompensa de Dios: Consuelo (2Co_1:4)

Cómo desarrollar esta actitud: Salmo 51; Jam_4:7-10

Bienaventurados: Los mansos (Jam_5:5)

Previsión en el Antiguo Testamento: Psa_37:5-11

Valores mundanos contradictorios: Poder

Recompensa de Dios: Heredar la tierra

Cómo desarrollar esta actitud: Mat_11:27-30

Bienaventurados: Los que anhelan justicia (Mat_5:6)

Previsión en el Antiguo Testamento: Isa_11:4-5; Isa_42:1-4

Valores mundanos contradictorios: Buscar satisfacer necesidades personales

Recompensa de Dios: Satisfacción completa

Cómo desarrollar esta actitud: Joh_16:5-11; Phi_3:7-11

Bienaventurados: Los misericordiosos (Phi_5:7)

Previsión en el Antiguo Testamento: Salmo 41.1

Valores mundanos contradictorios: Fuerza sin sentimiento

Recompensa de Dios: Alcanzar misericordia

Cómo desarrollar esta actitud: Eph_5:1, 2

Bienaventurados: Los de limpio corazón (Eph_5:8)

Previsión en el Antiguo Testamento: Psa_24:3-4; Psa_51:10

Valores mundanos contradictorios: El engaño es aceptable

Recompensa de Dios: Ver a Dios

Cómo desarrollar esta actitud: 1Jo_3:1-3

Bienaventurados: Los pacificadores (1Jo_5:9)

Previsión en el Antiguo Testamento: Isa_57:18-19; Isa_60:17

Valores mundanos contradictorios: Buscar la paz personal sin importar el caos mundial

Recompensa de Dios: Ser llamados hijos de Dios

Cómo desarrollar esta actitud: Rom_12:9-21; Heb_12:10-11

Bienaventurados: Los perseguidos (Heb_5:10)

Previsión en el Antiguo Testamento: Isa_52:13; Isa_53:12

Valores mundanos contradictorios: Compromiso débil

Recompensa de Dios: Heredar el Reino de Dios

Cómo desarrollar esta actitud: 2Ti_3:12

En su más largo sermón registrado, Jesús comienza describiendo las características que estaba buscando en sus seguidores. Llama bienaventurados a todas las personas que tenían estas características porque Dios tiene reservado algo especial para ellas. Cada bienaventuranza es casi una directa contradicción a la forma de vida típica de la sociedad. En la última bienaventuranza, Jesús aun advierte que un esfuerzo serio por desarrollar estos requisitos provocará oposición. El mejor ejemplo de cada característica se encuentra en Jesús mismo. Si nuestra meta es ser como El, las bienaventuranzas cuestionan nuestra forma cotidiana de vivir.

EL DISCIPULADO EN EL REINO

El Sermón del monte es uno de los pasajes más conocidos y más citados en el Evangelio de Mateo. Hay una lista impresionante de libros que se limitan al estudio de este pasaje y unos cuantos que se ocupan solamente de las bienaventuranzas. Indudablemente el Sermón del monte encierra algunos de los pasajes más sublimes del Evangelio.

Introducción

La mención de algunos de los títulos que distintos autores han asignado al Sermón del monte (nombre dado por Agustín) indica la variedad de enfoques que se le han dado: “El manifiesto antifarisaico”, “Un diseño para la vida”, “Las enseñanzas en la colina”, “La carta magna del reino”, “La ética del reino”, “El discurso de ordenación de los apóstoles”, “El compendio de la doctrina cristiana”, “La constitución del reino de Dios”, “El puro evangelio” y “La ley del reino”. Algunos de estos títulos son deficientes, hasta posiblemente erróneos. Por ejemplo, algunos implican que el Sermón abarca toda la esencia del Evangelio, pero en realidad, como veremos más abajo, omite todo lo que tiene que ver con la entrada en el reino, la Segunda Venida y la vida más allá. En un intento por descubrir el mensaje verdadero, vibrante y desafiante del Sermón, por un lado, y evitar algunos de los errores de interpretación y aplicación, por otro, trataremos varios temas introductorios: la ocasión, la unidad, la estrategia, el método y el contenido del Sermón.

La ocasión“ Mateo describe la ocasión: Cuando vio la multitud, subió al monte… (v. 1). Varias preguntas surgen: ¿Dónde sucedió? ¿Cuándo sucedió? ¿Quiénes formaron el público? ¿Quiénes fueron los oyentes? ¿Cómo se relaciona con el relato de Lucas? No hay seguridad en cuanto al monte que se menciona donde ocurrió este evento, sin embargo muchos opinan que probablemente sucedió no lejos de Capernaúm, quizá al oeste (comp. 8:5).

Mateo ubica el Sermón cerca del principio del ministerio público de Jesús, mientras que Lucas lo ubica a mediados. Según Lucas, Jesús pronunció este discurso después de la elección de los doce (Luk_6:13 ss.); pero según Mateo, antes. Como hemos visto, Mateo no se preocupó por un orden cronológico, sino temático. Por esta razón y por otras mencionadas abajo, aceptamos el orden de eventos presentado por Lucas, es decir, el Sermón ocurrió después de comisionar a los doce.

La unidad del discurso“ Se discute si el Sermón fue presentado en una sola ocasión, o si es una colección de enseñanzas agrupadas en forma temática. Los que apoyan la teoría de una colección señalan las siguientes evidencias: (1) Hay demasiado material para una ocasión; (2) no hay unidad y continuidad de tema a tema, es decir, no hay una relación lógica entre algunas de las secciones y las que siguen; (3) hay dos versiones —Mateo y Lucas— entre las cuales existen varias discrepancias. Por ejemplo, el discurso en Mateo abarca 111 versículos de los cuales 29 aparecen en Lucas en un lugar (Luk_6:20-49), 35 están esparcidos a través de Lucas y 47 versículos no se encuentran en su Evangelio.

El argumento de “demasiado material para una ocasión” está basado en la costumbre de cultos contemporáneos donde el predicador está limitado a aproximadamente una hora. En cambio, Jesús seguramente se extendió en su discurso durante varias horas, quizá un día entero, o aun más (comp. 15:32). La presentación de Mateo parece ser un breve resumen de las principales enseñanzas de una serie de temas distintos, siendo el tema unificador “el reino de los cielos”. Si es que Jesús presentó una serie de temas a lo largo de un día de conferencias, no habría necesariamente una continuidad lógica entre éstos. Por otro lado, algunos versículos del Sermón presentado por Mateo, esparcidos en Lucas, probablemente son evidencia de la práctica de repetir las mismas verdades en distintas ocasiones, como es común entre maestros en todos los tiempos.

Los que apoyan la teoría de que fue un sermón presentado en una ocasión citan las siguientes evidencias a favor de su posición: (1) la descripción del comienzo y conclusión del sermón: subió al monte (5:1) y descendió del monte (8:1); (2) se dirigió a un grupo definido: se le acercaron sus discípulos y… les enseñaba diciendo… (5:1); (3) se menciona la reacción de las multitudes, al finalizar el Sermón: estaban maravilladas de su enseñanza. Estas tres evidencias nos parecen más convincentes. Concluimos, pues, que Mateo y Lucas presentan dos versiones del mismo sermón.

La estrategia de Jesús“ Cuando Jesús contempló las multitudes, hizo dos cosas: (1) Subió al monte y (2) al sentarse él, se le acercaron sus discípulos… [y él] les enseñaba… El texto indica que Jesús, en efecto, dejó las multitudes atrás y se volvió a un pequeño grupo de discípulos para enseñarles a ellos. Probablemente se formó un semicírculo de discípulos delante de Jesús, con las multitudes detrás de ellos escuchando lo que podían (7:28, 29). Hay por lo menos dos explicaciones para esta acción sorprendente de parte de Jesús. Las multitudes no estaban preparadas para entender, apreciar y recibir las enseñanzas acerca del reino. Más importante aun es que Jesús estaba siguiendo una estrategia que mantuvo durante todo su ministerio terrenal. Compartiría su vida y enseñanzas con un grupo pequeño de discípulos escogidos con la meta final de llegar a las multitudes por medio de ellos. Jesús dejó a las multitudes para luego llegar a las multitudes más eficazmente. Un ejemplo gráfico de esta estrategia se ve en la alimentación de las multitudes por medio de los discípulos. Jesús proveyó la comida, pero los discípulos la repartieron. Las iglesias deben procurar implementar el ministerio espiritual a las multitudes por medio de miembros bien equipados en programas de discipulado.

El método que Jesús empleó para llevar a cabo su estrategia fue el equipamiento de los discípulos por medio de la enseñanza. El verbo “enseñaba” es del tiempo pretérito imperfecto que describe una acción repetida. Este solo verbo capta en gran medida la esencia del ministerio terrenal de Jesús. Acompañando el verbo “enseñaba”, hay dos expresiones más que indican que Jesús enseñaba y no predicaba. Dice el texto que Jesús se sentó, adoptando la postura de un rabí judío cuando enseñaba la ley. El famoso comentarista Barclay observa que la expresión “abrió su boca” se emplea cuando el maestro comienza una enseñanza solemne y cuando abre su corazón para compartir algo muy personal e importante.

El mensaje del Sermón“ El Sermón del monte presenta con claridad inconfundible la naturaleza espiritual del reino en contraste con el concepto popular y erróneo de un reino material y político. Jesús enfatiza la demanda de parte de Dios de una religión interior, del corazón, en contraste con una religión exterior de tradiciones y ritos. Dios se fija primeramente en el carácter de una persona y luego en sus acciones; primeramente en su ser y luego en su hacer. El Sermón contiene una serie de principios para guiar a los hombres, más bien que una lista de reglas o leyes para obedecer.

Hay tres errores, a lo menos, a evitar en el estudio y la aplicación del Sermón del monte: (1) el error de considerar el Sermón como una serie de demandas no realistas, que serán vigentes sólo en un período futuro; (2) el error de obedecer algunos versículos literalmente, como por ejemplo 5:29, 30; y (3) el error de pensar que las demandas se dirigen solamente a los ministros asalariados y a los líderes eclesiásticos.

El Sermón presenta la demanda última y absoluta dirigida a pecadores a quienes se les ofrece aceptación delante de Dios en base a su misericordia y perdón. No estamos autorizados a rebajar las demandas, ni las más exigentes, como por ejemplo 5:48. Por otro lado, no significa que alguien pudiera cumplir cabalmente sus demandas, excepto, por supuesto, Jesús mismo. El Sermón no implica ni asume que un discípulo pudiera vivir sin pecar.

Las Bienaventuranzas del discipulado

Hay tres consideraciones introductorias que tienen que ver específicamente con las bienaventuranzas: su número, su naturaleza y su nombre. Hay siete bienaventuranzas, según algunos, considerando los vv. 10-12 como una transición al tema siguiente, o por lo menos de naturaleza distinta. Algunos comentaristas encuentran diez, con el fin de establecer una analogía entre las bienaventuranzas y los diez mandamientos. Para lograr este número, los vv. 10, 11 y 12 forman tres. La mayoría de los comentaristas consideran que la mejor división resulta en ocho, entendiendo que los vv. 10-12 constituyen una sola bienaventuranza.

Las bienaventuranzas son de naturaleza mesiánica, es decir, se refieren una y otra vez a las promesas mesiánicas del AT. Constituyen una ética de gracia, basada en la misericordia de Dios, en vez de una ética de obediencia. El hecho de hacer ciertas cosas no es el camino para obtener la felicidad, o la bendición de Dios. Se presentan en forma de paradojas, es decir, aparentes contradicciones que sirven para despertar interés y grabar las enseñanzas en la mente del oyente. Son descripciones de carácter en forma de exclamación, declaraciones con un elemento de sorpresa. Revelan la voluntad de Dios para todos los súbditos del reino. Estas ocho cualidades de carácter se relacionan estrechamente, de modo que ninguna de ellas puede existir separada de las demás.

El término “bienaventurado” (makários G3107) se usa unas 50 veces en el NT y frecuentemente aparece el mismo concepto en el AT. Originalmente significaba “grande” y se refería a la prosperidad exterior y material. Se usaba para referirse a los dioses paganos griegos, benditos en poder y dignidad, en su libertad para gozar de la vida sin límites morales. Los griegos consideraban que la dicha del hombre era una condición interior que se basaba en el conocimiento. En cambio para el AT “dichoso” es el hombre de fe en Dios, el que vive una vida santa. Pero todavía se medía su dicha mayormente en términos de prosperidad material, buena salud, muchos hijos, es decir, en lo exterior. En el NT el hombre bienaventurado es el que confía en Cristo como Salvador , se somete a él y le obedece como señor y procura una vida santa. La felicidad se manifiesta en una condición interior o espiritual: una conciencia de paz, gozo, reposo y bienestar. Esta es la voluntad de Dios para los miembros de su reino en la tierra. Es una condición que no depende de circunstancias exteriores. No describe tanto lo que uno siente en su ser interior, sino su estado de dicha desde el punto de vista de Dios. Se traduce el término makários G3107 con varios adjetivos en castellano: dichoso, feliz, bienaventurado, favorecido, bendito, afortunado, contento.

Los pobres en espíritu (v. 3). Lucas dice sencillamente los pobres (Luk_6:20), pero se debe entender en espíritu como Mateo especifica. No hay bendición inherente en la pobreza material. En griego hay tres términos que se traducen “pobre”, pero el que se emplea aquí es el que describe la condición más desesperante, la absoluta destitución. Se refiere al mendigo que depende de la bondad de otros para su existencia, uno que no tiene recursos propios. Jesús está describiendo al discípulo que reconoce en su corazón que no tiene recursos espirituales o méritos propios. Aparte de Cristo no hay nada, no se tiene nada y no se puede hacer nada (Joh_15:5). Los pobres en espíritu son los humildes de corazón (comp. 11:29), que no confían en sí mismos como autosuficientes, sino que se aferran a Jesucristo como única fuente de seguridad y felicidad. Se someten a Cristo como rey soberano. La humildad es la primera letra del “alfabeto cristiano”.

La razón o causa de su dicha es que el reino de los cielos ya pertenece a ellos, y solamente a ellos (v. 3b, trad. del autor). Ellos tienen motivo de sentirse dichosos. Cristo mismo los considera dueños y participantes del reino. De ellos (v. 3b) es enfático, indicando que el reino es exclusivamente de ellos. Más aun, el reino es una realidad presente para ellos. El reino se compone de los que se someten al gobierno de Dios y le obedecen, de los que oran: … venga tu reino, sea hecha tu voluntad… (6:10).

Los que lloran (v. 4). La segunda letra del “alfabeto cristiano” está íntimamente relacionada con la primera. Hay muchos motivos que llevan a los hombres a llorar; motivos de temor, enojo, gozo, dolor, pérdida material. Pero el motivo aquí es un motivo moral y espiritual, un reconocimiento de su pecado y ofensa ante Dios, dolor por su desobediencia y fracaso (comp. Luk_22:62), y compasión por la condición espiritual de los que nos rodean (ver Luk_19:41). Los que lloran son los pobres en espíritu quienes han llegado a ser agudamente conscientes de su propia falta en cumplir la voluntad del Rey. Las lágrimas manifiestan un sincero arrepentimiento y deseo de reconciliarse con su Señor.

Ellos [y solamente ellos] serán consolados (v. 4b). Es una promesa firme del Rey. El verbo en tiempo futuro no indica que tendrán que esperar para recibir la consolación, sino expresa más bien certeza de que efectivamente reciben consuelo. No se menciona el agente que produce la consolación, pero es evidente que el Consolador es Jesús mismo por medio del Espíritu Santo (ver Juan 14-16). Es una perfecta consolación porque el Consolador es perfecto. Para experimentar esta consolación que Jesús promete, primeramente es necesario experimentar la aflicción y lágrimas que llevan al arrepentimiento y compasión. La consolación prometida a Israel (Isa_40:1-2; Isa_61:2-3) llega a los hombres en el Mesías y su reino.

Los mansos (v. 5). La tercera letra del “alfabeto cristiano” describe el carácter suave, apacible, dócil, dulce, benévolo, considerado y modesto. En hebreo, “pobre” y “manso” provienen de la misma raíz. El término “manso”, en la Biblia, significa humildad, ausencia de pretensión y disposición a sufrir ofensas sin reaccionar. En el griego antiguo el término traducido “manso” (praús G4239) describía animales domesticados, sometidos a su amo, obedientes. El discípulo manso es el que aprendede, sesometea, y obedecea su Rey. Jesús es el ejemplo máximo de la mansedumbre, pues se sometió y obedeció radicalmente al Padre y su voluntad (Isa_11:29; Isa_26:39). La Biblia llama a Moisés como el hombre más manso de todos los que había en su tiempo (Num_12:3). Antes de su conversión, Pablo fue muy autosuficiente y arrogante, pero después se sometió a Cristo y le obedeció hasta la muerte (Act_9:6 :Act_26:19; 2Ti_4:7). La mansedumbre depende del nuevo nacimiento; es don de Dios y fruto del Espíritu Santo (Gal_5:23). La paradoja se ve en el contraste entre quiénes son los dichosos según el mundo —rígidos, astutos, ricos, poderos— y quiénes lo son según Dios.

Los mansos [y solamente ellos] …heredarán la tierra. Esta es una de las declaraciones más sorprendentes en el Evangelio. ¿Cómo y cuándo tendrá lugar el cumplimiento de esta promesa? Dios prometió la tierra de Palestina a Abraham y a sus descendientes (Gen_13:15; Gen_15:7) lo que se cumplió bajo Josué. La promesa se repite más tarde en el Job_37:10-11. Algunos como Broadus entienden que la promesa se cumple en el sentido espiritual: “Los mansos serán ciudadanos en el reino mesiánico… disfrutando todos los derechos y privilegios.” Otros dicen que la promesa se cumple en el sentido de que el código que ellos proclamaron y practicaron predomina en el mundo. Otros afirman que habrá un cumplimiento literal, hasta con títulos de propiedad. Se cita como ejemplo el destierro a América de los mansos de Inglaterra, quienes heredaron el continente. Otros hablan de un cumplimiento en el milenio. Pero puesto que Jesús proclamó un reino de naturaleza espiritual, es más consecuente aplicar dicho criterio en este caso. Siendo así, el cumplimiento de la promesa es una realidad presente.

Los que tienen hambre y sed de justicia (v. 6). El hambre y la sed son dos condiciones trágicas para un número creciente de personas en el mundo. Desde el punto de vista médico, sin embargo, el hambre y la sed son señales de vida y de salud. Son términos que expresan una conciencia de aguda necesidad de algo esencial para la vida. El término “justicia” es un verdadero camaleón en cuanto a su significado en el NT. En este contexto, parece que hay por lo menos dos enfoques contemplados. El primero sería la sed por la justicia personal, el ser y hacer lo que es recto según las normas de Dios. También incluye la pasión por establecer y extender el reino de Dios entre los hombres. El apetito por la justicia personal y por la extensión del reino de Dios conduce al crecimiento espiritual y a la felicidad (ver Job_42:1-2; Job_63:1; Job_84:1-2).

Así como Jesús satisfizo el hambre de las multitudes cuando estaba en la tierra, promete satisfacer el hambre y sed de sus discípulos que anhelan la justicia de Dios en sus vidas. Son dichosos porque ellos tendrán la completa satisfacción de ver la manifestación de la justicia de Dios en su propia vida y en el mundo, parcialmente ahora y perfectamente en la vida más allá. Las profecías de Isaías y Jeremías abundan con promesas de Dios de establecer su justicia en el mundo por medio del Mesías que vendría. Los súbditos del reino de Dios tienen el privilegio, gozo y dicha de participar en la concreción de la justicia de Dios en el mundo.

Los misericordiosos (v. 7). La quinta letra del “alfabeto cristiano” expresa uno de los atributos de Dios que se menciona con mayor frecuencia en la Biblia (Sal. 103, 136). El término “misericordioso” describe el carácter de una persona que es altamente sensible a las necesidades de otros, se identifica con ellos y responde con los recursos a su alcance para aliviar o satisfacer la necesidad. En casos de ofensas personales, describe la disposición de perdonar. Se traduce con sinónimos tales como “compasivo”, “simpatizante” y que tiene lástima de otro”. Jesús revela la misericordia del Padre, que manifiesta predilección por los pobres, pecadores y gente menospreciada (ver Luc. 15; Job_19:10). Dios demanda la misericordia de sus hijos (Mic_6:8; Luk_6:36; Luk_10:25-37; Mat_18:33-35; Mat_23:23).

Son dichosos los que manifiestan misericordia hacia otros porque ellos, y solamente ellos, recibirán misericordia de Dios. Generalmente, aunque no siempre, serán tratados con misericordia por sus semejantes. A pesar de su gran misericordia hacia otros, Jesús fue crucificado por los hombres sin misericordia, pero librado de la muerte y resucitado por el Padre misericordioso (Act_2:23-24).

Los de limpio corazón (v. 8). La sexta letra en el “alfabeto cristiano” introduce un énfasis moral: un corazón limpio. Jesús establece una condición moral para poder tener una visión espiritual. El corazón es el asiento de pensamientos y motivos, mente y emociones. El énfasis en la condición del corazón está en contraste con el concepto farisaico (comp. 23:25, 28). La pureza de corazón no es el estado natural del hombre (ver Jer_17:9); es distintivamente una virtud cristiana. El término “limpio” significa “no mezclado”, “no adulterado”. Basándose en Jam_4:8, el filosofo danés Kierkegaard escribió un ensayo bajo el título: «La pureza del corazón es el desear una sola cosa.» Otros autores concuerdan con él al decir que únicamente el que desea lo bueno, lo establecido por Dios, puede desear una sola cosa (comp. Phi_4:8). Jesús mismo dijo que nadie puede servir a dos señores (Phi_6:24), lo cual resultaría en motivos y lealtades mezclados y en un corazón contaminado. La pureza de corazón es poder concentrar todo el ser en Dios.

Solo el limpio de manos y puro de corazón (Job_24:4) podrá entrar en la presencia de Dios y contemplarlo. El poder ver a Dios no es un asunto de una visión óptica, 20×20, sino de comunión y compañerismo con Dios.

Los que hacen la paz (v. 9). El mundo considera que la paz es esencialmente ausencia de conflicto, es decir, cuando no hay guerra. Si fuera así, el cementerio sería el mejor ejemplo de perfecta paz. La paz es más bien armonía y tranquilidad en el corazón para con Dios y los semejantes. El saludo judío, shalom, significa “paz” y es la expresión de un deseo por las bendiciones de Dios sobre otra persona. Dios es conocido como el Dios de paz (Rom_15:33; 1Co_14:33); Jesús es el Príncipe de Paz (Isa_9:6) y su venida al mundo significaba paz para los hombres de buena voluntad (Luk_2:14). Jesús prometió su paz a los discípulos (Joh_14:27). El saludo paulino, gracia a vosotros, y paz (1Co_1:3; Gal_1:3), expresaba el deseo del Apóstol para todos los seguidores de Cristo. La paz es el fruto del Espíritu (Gal_5:22). Dios toma la iniciativa para hacer la paz con los hombres: Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo (2Co_5:19).

Los que han sido reconciliados con Dios, por fe en Cristo, se convierten en reconciliadores, pacificadores. Jesús dijo: ¡Paz a vosotros! Como me ha enviado el Padre, así también yo os envío a vosotros (Joh_20:21). Jesús es nuestra paz (Eph_2:13 ss.), vino para lograr la paz entre Dios y los hombres, y nos manda llevar adelante esa misión en el mundo.

La dicha y recompensa de los pacificadores es que serán reconocidos por lo que son, hijos de Dios, pues demuestran el carácter y misión de Dios. Su parentesco con Dios es visible.

Los que son perseguidos por causa de la justicia (vv. 10-12). Los pacificadores serán también los perseguidos. Parecería que el mundo debiera felicitar a los discípulos por su aporte al bienestar social y moral de la humanidad. Sin embargo, durante gran parte de la historia del cristianismo ha sido todo lo contrario. Jesús advirtió a los discípulos del costo de seguirlo, parte del cual sería la persecución (Luk_11:49; Luk_21:12; Joh_15:20). Como su vida y enseñanzas chocaron con el sistema de valores de la humanidad y le crucificaron, los que se identifican con él frecuentemente recibirán el mismo trato. Por causa de la justicia (v. 10) es sinónimo de por causa de mí (v. 11). Se refiere a la identificación de los discípulos con Cristo y su reino (ver v. 6). El v. 11 especifica dos tipos comunes de persecución: vituperios y mentiras.

La paradoja es evidente y sorprendente. Jesús llama a los perseguidos dichosos, todo lo contrario a lo que normalmente se piensa. La razón para esta dicha es triple: (1) El reino pertenece a ellos, (2) tendrán una recompensa grande en los cielos y (3) forman parte de una gran compañía de profetas que fueron perseguidos. Por estas razones, el discípulo debe enfrentar la persecución con gozo y alegría (Act_5:41; Act_16:25). Gozaos y alegraos (v. 12) son imperativos del tiempo presente, indicando una acción continua, en todo momento. La persecución purifica la iglesia, fortalece el testimonio y produce un crecimiento numérico. Esta verdad ha sido confirmada desde el primer siglo hasta nuestros días.

Nótese que en la primera y octava bienaventuranza se utiliza el verbo “ser” en tiempo presente, mientras que desde la segunda a la séptima se emplea el verbo en tiempo futuro. Todos los verbos del v. 3 hasta el 9 son de tercera persona singular o plural, mientras en los vv. 11 y 12 se emplea la segunda persona plural.

La intervención del evangelio Ser sal implica tener influencia en la sociedad. La situación social del mundo pide a gritos la participación de los hijos de Dios. En el año 1818 llegó el primer misionero evangélico a América Latina. La situación por entonces era muy lamentable. Existían muy pocas escuelas, y éstas eran deficientes y precarias. La gente del pueblo no tenía acceso a la instrucción. El misionero que llegó era Diego Thompson, quien ofreció a los gobiernos el método de instrucción «lancasteriano». El método consistía en utilizar a los alumnos más avanzados para que enseñaran a los principiantes. El gobierno apoyó a Thompson y en su primera escuela se inscribieron cien alumnos. Su libro de lectura era la Biblia. El progreso fue notable. Pronto se establecieron cien centros de enseñanza con cinco mil alumnos. Esto ocurría en Buenos Aires, pero también Montevideo recibió su visita. Luego el gobierno de Chile lo contrató. Cuando estuvo en Perú fue grande la sorpresa al recibir la visita del libertador San Martín que lo invitaba a impartir la enseñanza en Lima. Luego visitó Trujillo, Quito, México y muchos otros lugares. Todos sintieron el paso de Thompson, que con su Biblia y su ministerio de la educación ayudaba a la formación de grandes hombres y a darles un modelo de vida.

Las responsabilidades del discipulado

Habiendo presentado una descripción del carácter de los súbditos en el reino de los cielos y su dicha, Jesús procede a señalar algunas de las responsabilidades inherentes al discipulado. Estas se relacionan directamente con el nuevo carácter adquirido al someterse a Dios en su reino. Por este nuevo carácter, se destacarán, llamarán la atención.

Jesús emplea dos figuras, o comparaciones, para señalar la responsabilidad de dejar una influencia positiva y redentora. Aunque el Sermón del monte se dirige primeramente a los doce, no se limita a ellos. Se aplica a todos los que se someten al señorío de Cristo en su reino.

(1) Servir como sal,Act_5:13“ La sal era un artículo de mucho valor y de gran demanda en el tiempo de Jesús. Los griegos decían que era divina; los soldados romanos frecuentemente recibían su sueldo en sal (de allí “salario“) y se consideraba una ofrenda digna para los dioses. Cumple varias funciones: purifica, preserva, cura, da sabor y despierta sed. Recuerdo de mi niñez cómo mi padre carneaba los cerdos y preservaba la carne en un cajón con hileras de sal. Aun en días calurosos, la carne no se echaba a perder.

El discípulo debe ser una influencia que purifica, preserva, cura, da sabor y despierta sed en el sentido espiritual y moral. Si manifiesta las características del verdadero discípulo (vv. 3-12), su testimonio tendrá este efecto. La sal que usamos hoy en día no puede perder su sabor, pero la sal que usaban en el primer siglo se producía en el mar Muerto y tenía una mezcla de varios minerales. La sal podría diluirse en agua y perderse, dejando los demás minerales, parecidos a la sal. También el creyente, o la iglesia, pueden perder su salinidad, guardando las apariencias, pero no deja de ser insípido y no cumple su propósito.

(2) Servir como luz,Act_5:14-16“ Realmente Cristo es la luz del mundo (comp. Joh_1:4-9; Joh_8:12). Los creyentes son la luz del mundo solamente en la medida que Cristo mora y reina en sus vidas. Más bien, el creyente refleja la luz de él. Cultivar diariamente una comunión vital con Cristo es la única manera para asegurar que la lámpara esté encendida. Cuando la luz está encendida, para cumplir su función debe colocarse en un lugar alto y visible, como una ciudad asentada sobre un monte (v. 14). Sería absurdo encender una lámpara, cuya función es iluminar en la obscuridad, y esconderla de modo que no se vea la luz. Así los discípulos deben vivir delante del mundo y en el mundo. Sus vidas deben ser visibles a todos de modo que puedan ver el poder y beneficios del evangelio: sus vidas transformadas y sus buenas obras a favor de otros. La motivación debe ser la de glorificar a Dios, no de ensalzarse a sí mismos. Glorificar a Dios significa dejar que él se vea tal cual es: todo poder, todo amor, toda bondad y toda misericordia.

La vida práctica implicada en el discipulado

El evangelio de Jesucristo es altamente práctico. Tiene mucho que decir sobre cómo vivir en la tierra, cómo relacionarse con Dios y los semejantes, cómo llegar a los cielos. Jesús presenta, en el resto de este Sermón, una serie de principios que deben gobernar la vida del creyente en el mundo.

(1) La norma de justicia : Jesús y la ley, 5:17-20“ ¿En qué consiste la justicia que Dios acepta? ¿Qué relación tienen las enseñanzas de Jesús con la ley? Jesús contesta estas preguntas con afirmaciones categóricas. Por un lado, niega lo que algunos judíos aparentemente esperaban del Mesías. Basándose en Jer_31:31, pensaban que el Mesías vendría para hacer un nuevo pacto, en el sentido de anular el anterior, con sus nuevas leyes. Jesús les advierte que ni deben comenzar a pensar tal cosa. Por otro lado, Jesús corrige el error de los fariseos, que insistían en la vigencia de la ley y los profetas, pero le daban una interpretación legalista y externa, ignorando la intención de Dios al promulgarla. Probablemente la Ley o los Profetas (v. 17) se refiere también a las interpretaciones de la ley, o sea, el Talmud. El Talmud incluye más de 600 leyes de menor y mayor importancia.

Jesús dice que no había venido para abrogar (v. 17), término que significa “destruir, hacer pedazos, deshacer, anular”. Por otro lado, dice que había venido para cumplirla, término que tiene tres posibles significados: (1) llevar a cabo todas las demandas en una obediencia perfecta, (2) dar una interpretación nueva y acertada y (3) poner fin a las leyes ceremoniales y rituales. Hizo las tres cosas, pero en este contexto parece que Jesús tenía el segundo significado en mente.

La permanencia de la ley moral y ética del AT se afirma hasta que todo haya sido cumplido (v. 18). Hasta que se refiere a la Segunda Venida del Señor. La jota (v. 18b) es la letra más pequeña en el alfabeto hebreo y griego, como nuestra letra “i”. Una tilde es la pequeña marca (literalmente, cuerno) que se usa para formar algunas letras en el idioma hebreo, como el acento en castellano.

Cualquiera que los cumple y los enseña (v. 19b) indica el orden correcto en la vida del discípulo. Como hizo Jesús, uno debe practicar antes de enseñar. Jesús dice que los escribas y fariseos son hipócritas porque procuran enseñar, sin primero practicar (Jer_23:4). La justicia de tales personas es una justicia de méritos propios y revela que no entienden el propósito de la ley ni cumplen con lo poco que entienden. La sorpresa de la expresión es que la gente pensaba que los escribas y fariseos habían logrado una justicia superabundante delante de Dios. Al exigir una justicia mayor, Jesús está señalando la necesidad de otra clase de justicia que él presentará a continuación.

(2) La ética cristiana superior a la judía,Jer_5:21-48“ Jesús presenta, a continuación, seis contrastes entre su interpretación y la dada por los escribas y fariseos. En cada caso, respeta la validez y vigencia de la ley, pero indica que la interpretación que habían oído por parte de los líderes era superficial, posiblemente errónea. Las demandas de Dios son mucho más exigentes que las presentadas por los escribas y fariseos. En tres de estas aparentes antítesis —ira, adulterio, odio— Jesús destaca lo que se implica en los mandatos mosaicos en contraste con la interpretación literal y legalística de parte de los escribas. En los otros tres —divorcio, mentira, venganza— parece a primera vista que Jesús está anulando en efecto lo que Moisés enseñaba, pero en realidad no es así.

a“ Jesús y la ira,Jer_5:21-26. No cometerás homicidio fue la sexta ley de Moisés y tenía el propósito de asegurar el respeto por lo sagrado de la vida. Jesús lleva el asunto a la condición del corazón donde nacen las actitudes violentas. Literalmente el texto dice no matarás, pero el contexto indica que se refiere al homicidio y no al hecho de matar en general. Algunas versiones agregan sin causa, que capta el espíritu del texto, pero el agregado no se encuentra en los mejores manuscritos.

Hay dos palabras en griego para “enojarse”: thumóo G2373 y orguídzo G3710 . La primera se refiere a la pasión, o reacción del momento, mientras que la segunda, usada en este texto, se refiere al enojo que se deja cultivar y crecer. Es el enojo cultivado que lleva a uno a la concreción premeditada. Algunos encuentran una progresión de términos de culpa y castigo: El enojo será tratado en el consejo local; el llamarle necio (v. 22b) es más grave que el acto anterior; es la primera exteriorización, y será castigado en el Sanedrín, o corte suprema; el llamarle fatuo (v. 22c; quizá significa “excluido”, o “rechazado”) es motivo de ser excluido para siempre en el infierno de fuego, o “Gehena de fuego”.

El término “Gehena” se refiere al valle de Hinom, una barranca al sur de Jerusalén donde antiguamente sacrificaban a los hijos al dios pagano Moloc, acto prohibido por Dios (Lev_18:21; 2Ki_23:10). En el tiempo de Jesús era un pozo donde echaban la basura de Jerusalén, inclusive cuerpos de animales muertos. Allí mantenían fuego día y noche para quemar la basura. Jesús utilizó este lugar como una figura gráfica del infierno de fuego donde los incrédulos serán castigados eternamente.

En los vv. 23 al 26 Jesús enseña que la conducta del discípulo es más importante para Dios que cumplir ciertas prácticas. Más aun, en los vv. 23 y 24, Jesús implica que Dios no aceptará la ofrenda de aquel que, ofendido por un hermano, no ha tomado medidas para reconciliarse con el que ofendió. Nótese que aquí el que ofende tiene la responsabilidad de tomar la iniciativa. En 18:15 ss. Jesús pone esta responsabilidad sobre el ofendido. Una razón práctica para esto es que frecuentemente uno se siente ofendido cuando el hermano que “le ofendió” lo hizo sin querer, o sin saber, o quizá ni aun hubo ofensa, excepto en la mente del “ofendido”. Puesto que se trata de algo entre hermanos en la fe, es bueno que ambos sientan responsabilidad para buscar la paz. Así evitarán discordia en la congregación. Para que el evangelio de reconciliación que predicamos sea convincente y aceptado, el cuerpo de Cristo, la iglesia, debe demostrar la reconciliación en comunidad.

Los vv. 25 y 26 presentan un caso distinto. Se trata de un adversario, o literalmente, uno que ha iniciado un pleito judicial. Es sabio, para evitar ser echado en la cárcel; y cristiano, para mantener buen testimonio; hacer todo lo posible para arreglar el pleito en el camino, antes de llegar al tribunal. Quizás la enseñanza se refiera a la importancia de arreglar las diferencias en esta vida, en el camino, antes de llegar al juicio final.

Verdades prácticas En muchos matrimonios hay conflictos. Algunos de ellos parecen no tener solución. En todo caso, se deben dar algunos pasos para evitar un desenlace insoluble. En toda desavenencia no se debe culpar sino más bien preguntarse cómo ha surgido el onflicto. También hay que aprender a escuchar el uno al otro. Se debe clarificar el hecho y estar dispuesto a creer o confiar en la verdad. Si había un responsable, hay que dar oportunidad al arrepentimiento y no insistir en la acusación. El perdón debe seguir siempre a la actitud que se asume para comprender el problema. Finalmente hay que emprender una nueva experiencia juntos. Con Cristo es posible hacerlo.

b“ Jesús y el adulterio, 5:27-30“ No cometerás adulterio (Exo_20:14) es la séptima ley de Moisés y tiene el propósito de asegurar el respeto por lo sagrado del matrimonio, que es la base de la sociedad. Otra vez Jesús lleva el asunto al corazón, donde nacen los buenos y malos deseos. Según la interpretación de los escribas, el pecado consistía en llevar a cabo el acto. Jesús dice que, ante los ojos de Dios, el que permite y acaricia tal pensamiento en su corazón ya es un adúltero. Esa mirada prolongada, sensual, saboreando la fantasía de una relación ilícita, indica una actitud que ofende a Dios. Te es ocasión de caer (v. 29a) traduce el verbo griego skandalízo G4624, del cual viene el término “escandalizar”. Este término se refería antiguamente al gatillo de una trampa, “lo que hace caer la trampa sobre la presa”. El ojo, medio por el cual la tentación entra en el corazón, y la mano, instrumento con que se lleva a cabo la caricia, son como “gatillo de trampa”. Ante tal situación, Jesús recomienda una medida radical. Emplea una exageración para indicar cuán grave es el caso y cuán necesario corregir la actitud. Una medida drástica es necesaria para evitar una consecuencia drástica: ser echado al infierno (v. 29b). Es mejor tener un cuerpo faltándole un miembro, que tener el cuerpo íntegro y perderlo todo en el infierno. Por supuesto, Jesús no recomendaba la mutilación literal del cuerpo, acción que no necesariamente daría el resultado deseado.

c“ Jesús y el divorcio,Exo_5:31-32“ Cualquiera que despide a su mujer, déle carta de divorcio (v. 31; cita de Deu_24:1) representa una concesión dada por Moisés al pueblo, por causa de la dureza del corazón de ellos (comp. 19:8). Dios ordenó la monogamia en el principio, pues la santidad y la permanencia del matrimonio es la base fundamental para la sociedad. No hay otro tema más escabroso en la aplicación del evangelio que éste. Reservamos para el cap. 19 una discusión más amplia sobre el divorcio. Este texto destaca dos cosas: (1) la única causa por la cual Jesús permite el divorcio y (2) el efecto del divorcio en la mujer divorciada y en la persona con la cual luego se casa.

A no ser por causa de adulterio (v. 32) es la interpretación de Jesús del término cosa vergonzosa (Deu_24:1), por medio de la cual se identifica con la escuela rabínica de Shamai, más estricta en cuanto a su interpretación de los textos bíblicos. La escuela más liberal de Hillel interpretaba el término “cosa vergonzosa” como cualquiera cosa que desagradara al esposo. Hay dos términos griegos en el v. 32 que se traducen en nuestro texto como “adulterio”. El que se emplea primero es porneía G4202, del cual viene el término «pornografía». A veces este término se traduce “fornicación”, entendiendo un acto sexual entre solteros. El término griego no se limita a este acto, es un término de aplicación general y se refiere a cualquiera acto sexual ilícito. El otro término griego es moixeía G3430, tiene una aplicación más específica y se traduce “adulterio”. Se encuentra dos veces en el v. 32.

Jesús advierte que el divorcio por otro motivo que no sea adulterio, crea una situación pecaminosa para la mujer si ella vuelve a casarse: comete adulterio. Aun la persona que se casa con la divorciada comete adulterio (v. 32c). El pasaje no indica explícitamente, por lo menos, la situación resultante del esposo que se divorcia.

d“ Jesús y los juramentos,Deu_5:33-37. El cuarto ejemplo de la justicia del reino en contraste con la que los escribas enseñaban probablemente se basa en Exo_20:7 que prohíbe tomar en vano el nombre de Jehová (comp. Lev_19:12). La cita no es directa, sino más bien un resumen de lo que el AT enseña sobre el tema. Los escribas y fariseos habían elaborado un sistema de juramentos que les permitía engañar a los “simples”, simulando comprometerse cuando su intención era lo contrario. Si el juramento incluía el nombre de Jehová, debía obedecerse. Si no, si se juraba —por el cielo, por la tierra, por Jerusalén— el que juraba no quedaba comprometido con su juramento. Jesús rechaza tal hipocresía.

Jesús quería construir su reino sobre la veracidad. Dios es verdad. Y Jesús dijo: Yo soy… la verdad (Joh_14:6). El evangelio es verdad de Dios, el Espíritu Santo es Espíritu de verdad, y Dios manda que hablemos y andemos en la verdad. Nuestro hablar deber ser sencillo y sincero. No debe ser necesario reforzar nuestras palabras con juramentos (Jam_5:12). El pasaje tiene que ver con conversación general; no prohíbe juramentos civiles. Por ejemplo, parece que el sumo sacerdote puso a Jesús bajo juramento, y Jesús respondió bajo juramento (Jam_26:63-64).

e“ Jesús y la venganza,Jam_5:38-42“ En este párrafo, Jesús cita la ley de Moisés (Exo_21:24; Lev_24:20; Deu_19:21) que permitía que un juez, no el afectado, aplicara una medida de juicio de acuerdo al daño hecho. La intención de la ley era la de evitar un castigo excesivo. Jesús menciona cinco ocasiones cuando uno, por reacción natural, tendría deseos de vengarse, o por lo menos se sentiría molesto: un golpe en la mejilla, un pleito por la túnica, una demanda de servicio por parte de un soldado romano, una petición de limosna y solicitud de un préstamo.

Obviamente no tenemos aquí una lista de reglas a seguir, pues ninguna lista puede contemplar todas las situaciones posibles. Jesús está más bien dándonos un criterio, o un principio, con varios ejemplos, de cómo el amor responde en tales situaciones. El principio del amor indica que uno debe controlar sus reacciones ante la violencia, evitar el odio y manifestar un espíritu generoso. Debemos resistir el mal y al malo (Jam_4:7), pero no debemos buscar la venganza por el mal que otros nos hacen. Debemos vencer el mal con el bien (Rom_12:21; comp. 1Co_13:4-7). Jesús mismo protestó cuando uno de los guardias le dio una bofetada (Joh_18:22-23), pero no devolvió el golpe, ni volvió la otra mejilla. Esto nos lleva a la conclusión de que los vv. 39 y 40 deben entenderse generalmente como exageraciones que buscan sentar un ejemplo por medio del extremo.

Según la ley judaica, uno podía demandar en pleito la túnica de otro, que era su ropa interior de manga larga; pero nunca su manto, pues el manto se necesitaba para abrigo cuando hacía frío (Exo_22:26-27). También los soldados romanos tenían derecho de demandar que cualquier judío llevase su carga una milla. Jesús recomendaba que de buena gana la llevase dos millas. El trato generoso de parte del creyente no depende de si el necesitado lo merece o no; depende solamente de la necesidad del semejante. Así Dios nos ha tratado a nosotros los cristianos.

f“ Jesús y el odio,Exo_5:43-48. Seguramente este párrafo marca el punto culminante en el contraste entre la justicia de los escribas y fariseos, por un lado, y la del reino de los cielos, por otro. No hay otro pasaje como éste en el NT que contenga una expresión tan concentrada de la ética cristiana en cuanto a relaciones personales.

Amarás a tu prójimo (v. 43) es un mandato de la ley (Lev_19:18). El término “prójimo” significa literalmente “cercano”, o “próximo”. Los judíos entendían que esto se refería a gente de su propio pueblo. Es posible que los fariseos lo limitaban a otros fariseos. De todos modos, la expresión aborrecerás a tu enemigo (v. 43b) no se encuentra en el AT, pero sí, en la literatura de Qumrán, conocida como “Los documentos del mar Muerto”. La cita de Jesús es evidencia de que los rabíes habían corrompido el texto de Levítico, agregando aborrecerás a tu enemigo.

Jesús rechaza la actitud de odio hacia los enemigos, indicando que si somos realmente hijos de Dios, debemos responder al enemigo como Dios lo hace: mandando lluvia y sol sobre buenos y malos. Es decir, hay algunas bendiciones que Dios reparte a todos, sin distinción. Por otro lado, hay bendiciones espirituales que Dios reserva para los que responden en fe y obediencia a su amor: perdón, salvación, paz, esperanza. De otro modo estas bendiciones serían una imposición.

El amor (agape G26) que Jesús exige a los ciudadanos del reino, es el amor manifestado supremamente en la cruz, el amor sacrificado, que se da a favor de otros, sin reserva y sin considerar los méritos del otro. Jesús intercedió por sus verdugos desde la cruz. Esteban, lleno del Espíritu Santo, imploró a Dios: ¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado! (Act_8:60). De los cuatro términos griegos que significan amor, agape G26 es el más parecido al amor de Dios. Este amor es una acción de voluntad más que de sentimiento emocional. No es un asunto de sentir sino de actuar en cierta manera: orar por ellos y desearles la bendición de Dios. Los que aman solamente a los que les aman, y a los hermanos amables, no son mejores que los publicanos y gentiles. Estos fueron considerados pecadores miserables, condenados.

El mandato de ser perfectos, como vuestro Padre… es perfecto (v. 48) ha sido motivo de mucha confusión, frustración y aun falsas doctrinas. Por ejemplo, algunos enseñan que el creyente puede, en esta vida, llegar a la perfección moral y espiritual. Otros, con más certeza, enseñan que “perfecto” significa “maduro”. ¿Pero puede uno llegar a ser “maduro” como nuestro Padre en los cielos es “maduro”? Aunque el término téleios G5046 (perfecto) puede traducirse “maduro”, el contexto indica que es mejor mantener el sentido básico de la palabra: completo, cumplido, perfecto, íntegro (no dividido) y comprensivo (lo incluye todo). El corazón de David fue íntegro para con Jehová su Dios (1Ki_11:4). Algunas versiones traducen el término “íntegro” como “perfecto”. No significa que David fue moralmente perfecto, sino que tuvo un corazón no dividido en su lealtad hacia Dios.

El comentarista Tasker entiende que el término “perfecto” debe entenderse como “comprensivo”, o “lo incluye todo”. En este contexto significa que el súbdito del reino debe amar con un amor comprensivo, que encierra a todos en su afecto y expresión de buena voluntad.

En resumen, podemos decir que Jesús de ninguna manera abroga la ley (1Ki_5:17), sino ratifica la ley moral del AT. Además, se siente con autoridad para ampliar conceptos y desafiar las interpretaciones oficiales de la ley con habéis oído que fue dicho a los antiguos…, pero yo os digo (vv. 21, 22, 27, 28, 31, 32, 33, 34, 38, 39, 43, 44). El pronombre personal “yo” es enfático en cada una de las seis ilustraciones.

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