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Marcos 15: El silencio de Jesús

Inmediatamente, a la. madrugada, los principales sacerdotes, juntamente con los ancianos y los maestros de la Ley -es decir, todo el Sanedrín- celebró una sesión. Maniataron a Jesús y se Le llevaron para entregársele a Pilato. Pilato le preguntó:

-¿Eres Tú el Rey de los judíos?

-Tú eres el que lo estás diciendo -le contestó Jesús.

Los principales sacerdotes se pusieron a acusar a Jesús de muchos delitos. Pilato Le preguntó de nuevo:

-¿No tienes nada que contestar? Mira de cuántas cosas Te acusan.

Jesús no le contestó nada más, y Pilato estaba alucinado.

Tan pronto como hubo luz del día se reunió el Sanedrín para ratificarse en las conclusiones a las que habían llegado en su reunión nocturna. No tenían poder para ejecutar la sentencia de muerte. El gobernador romano era el único que la podía dictar y ejecutar.

Es Lucas el que nos cuenta lo profunda e insistente y amarga que era la malicia de los judíos. Como ya hemos visto, la acusación a la que habían llegado era de blasfemia, de insulto a Dios. Pero aquello no era un crimen por el que pudieran llevar a Jesús ante Pilato. Sabían perfectamente bien que Pilato no se mezclaría en lo que consideraba supersticiones religiosas de los judíos. Cuando Le llevaron a Jesús Le acusaron de pervertir al pueblo prohibiéndoles dar tributo al César y presentándose como Rey (Luk_23:1 s). Tuvieron que amañar un crimen político para que Pilato lo tomara en serio. Sabían muy bien que aquella acusación era falsa -y Pilato también lo sabía.

Pilato Le preguntó a Jesús: « ¿Eres Tú el Rey de los judíos?» Jesús le dio una extraña respuesta. Le dijo: «Tú eres el que dice eso.» Jesús no dijo sí o no. Lo que sí dijo fue: «Puede que yo haya pretendido ser el Rey de los judíos; pero tú sabes muy bien que la interpretación que le dan mis acusadores a esas palabras no es la Mía. Yo no soy ningún revolucionario político. Mi Reino es el Reino del Amor.» Pilato lo sabía perfectamente bien. Entonces pasó a interrogar a Jesús de nuevo, y las autoridades judías pasaron a multiplicar sus acusaciones; y Jesús permaneció totalmente callado.

Hay veces cuando el silencio es más elocuente que las palabras, porque puede expresar lo que las palabras no pueden.

(i) Existe el silencio de admiración maravillada. Es un cumplido que se hace a cualquier representación o conferencia cuando se la recibe con un aplauso prolongado; pero es un cumplido todavía mayor cuando se responde con un silencio contenido que muestra que el aplauso estaría fuera de lugar. Es un cumplido el que le alaben o le den las gracias a uno de palabra, pero es un cumplido todavía más grande el recibir una mirada que dice claramente que no se puede con palabras.

(ii) Existe el silencio de desprecio. Se pueden recibir afirmaciones o argumentos o disculpas de alguien con un silencio que muestra que no merecen una respuesta. En lugar de contestar a las protestas de alguien, el que escucha puede volverle la espalda y dejar las cosas como están.

(iii) Existe el silencio del miedo. Una persona puede guardar silencio por la sencilla razón de que tiene miedo de hablar. La cobardía de su alma puede que le impida decir lo que sabe que debería decir. El miedo puede amordazarle, obligándole a un silencio vergonzoso.

(iv) Existe el silencio del corazón quebrantado. Cuando se ha herido de veras a una persona, no rompe en protestas y recriminaciones y exabruptos. El más profundo dolor es un dolor mudo, que está más allá de la ira y de la reprensión y de todo lo que se pueda expresar con palabras, y que sólo puede mostrarse en el silencio.

(v) Existe el silencio de la tragedia, cuando se guarda silencio porque ya no hay nada que se pueda decir. Fue por eso por lo que Jesús mantuvo silencio. Sabía que no podía haber un puente entre Él mismo y las autoridades judías. Sabía que no había nada en Pilato a lo que pudiera apelar en última instancia. Sabía que las líneas de comunicación estaban rotas. El odio de los dirigentes de los judíos era un telón de acero que las palabras no podían atravesar. La cobardía de Pilato frente a la multitud era una barrera que las palabras no podían perforar. Es terrible que el corazón de un hombre llegue a tal punto que hasta Jesús sepa que no tiene sentido hablar. ¡Que Dios nos libre de ello!

LA ELECCIÓN DE LA MULTITUD

Marcos 15:6-15

Por el tiempo de la fiesta tenía la costumbre el gobernador de dejarle en libertad al pueblo a un preso, y se les dejaba escoger a quién. Había uno que se llamaba Barrabás, en la cárcel de los revolucionarios, que había cometido un asesinato durante la insurrección. La multitud acudió al tribunal de Pilato y se puso a pedirle que les cumpliera el procedimiento de costumbre. Pilato les preguntó:

-¿Queréis que o suelte al Rey de los judíos? -Porque sabía que los principales sacerdotes se Le habían entregado nada más que por malicia.

Los principales sacerdotes incitaron a la multitud a que insistiera en pedir la liberación de Barrabás. Pilato les preguntó otra vez:

-¿Y qué queréis que haga con el hombre que llamáis el Rey de los judíos?

De nuevo se pusieron a chillar:

-¡Crucifícale!

Pilato les dijo:

-¿Pues qué crimen ha cometido? La gente siguió gritando, cada vez más enloquecida: -¡Crucifícale!

Pilato quiso complacer a la multitud, y les soltó a Barrabás y entregó a Jesús para que Le crucificaran después de azotarle.

De Barrabás no sabemos nada más que lo que leemos en los evangelios. No era un ladrón, sino un bandolero, por lo menos. No era ningún ratero vulgar, sino un bandido peligroso, y debe de haber sido lo suficientemente audaz para ganarse el aprecio de la multitud. Tal vez podamos suponer la clase de persona que era. En particular había un grupo de judíos llamados los sicarii, que quiere decir portadores de dagas, que eran en realidad nacionalistas fanáticos y violentos. Estaban juramentados para cometer crímenes y asesinatos. Llevaban la daga bajo la capa, y la usaban a la primera oportunidad. Es muy probable que Barrabás fuera uno de esos hombres y, aunque era un asesino, era un hombre valiente, un verdadero patriota para muchos; y es comprensible que fuera popular con la multitud.

Para muchos ha sido siempre un misterio el que, menos de una semana después que la multitud aclamara a Jesús en Su entrada en Jerusalén, estuvieran pidiendo a gritos Su crucifixión. Pero no hay tal misterio. La razón es bien sencilla: se trataba de dos multitudes diferentes. Considerad el arresto de Jesús: fue deliberadamente secreto. Es verdad que los discípulos huyeron, y es probable que extendieran la noticia; pero ellos no podían haber sabido que el Sanedrín iba a violar sus propias leyes y llevar a cabo un simulacro de juicio por la noche. Debe de haber habido muy pocos de los simpatizantes de Jesús en aquella multitud.

Entonces, ¿quiénes eran? Pensadlo otra vez: la multitud sabía que había esa costumbre de soltar a un prisionero para la Pascua. Bien puede ser que fuera una multitud que se había reunido con la intención determinada de pedir la libertad de Barrabás. Serían entonces una multitud de simpatizantes de Barrabás. Cuando vieron la posibilidad de que quedara libre Jesús en vez de Barrabás se enfurecieron. Para los principales sacerdotes esta fue una oportunidad de oro. Las circunstancias les sonreían. Avivaron el clamor popular a favor de Barrabás, y les resultó fácil, porque era el deseo de la liberación de Barrabás lo que los había reunido allí aquel día. No es que la multitud fuera voluble, sino que era una multitud diferente.

Sin embargo, tenían que hacer una elección por sí mismos. Ante la alternativa de Jesús o Barrabás, escogieron a Barrabás.

(i) Escogieron la ilegalidad en vez de la legalidad. Eligieron a alguien que quebrantaba la ley en lugar de Jesús. Una de las palabras del Nuevo Testamento para pecado es anomía, que quiere decir ilegalidad. En el corazón humano hay una vena que rechaza la ley, que quiere hacer las cosas como le dé la gana, que quiere deshacer las barreras limítrofes y pisotear los restos de toda disciplina. Hay algo de esa actitud en todos los seres humanos. En Mandalay, Kipling hace decir al soldado:

Mándame adonde sea al Este de Suez, donde los mejores son como los peores, donde no existen los Diez Mandamientos y uno puede provocar una hambruna.

Hay veces cuando casi todos quisiéramos que no hubiera Diez Mandamientos. Aquella multitud representaba a hombres que prefieren la ilegalidad a la ley.

(ii) Eligieron la guerra en lugar de la paz. Escogieron al hombre sanguinario en vez de al Príncipe de Paz. En casi 3,000 años de Historia ha habido menos de 130 años en los que no hubiera una guerra rugiendo en algún sitio. La humanidad, en su increíble necedad, ha perseverado en tratar de arreglar las cosas mediante la guerras, que no arreglan nada. La multitud estaba haciendo lo que los hombres han hecho tantas veces, eligiendo al guerrero y rechazando al Pacificador.

(iii) Eligieron el odio y la violencia en lugar del amor. Barrabás y Jesús representaban dos actitudes opuestas. Barrabás representaba el corazón del odio, el puñal asesino, la violencia de la amargura. Jesús representaba el amor. Como ha pasado tantas veces, el odio reinó supremo en los corazones de los hombres, y el amor fue rechazado. Los hombres insistían en seguir su propio camino hacia la conquista, y rehusaron ver que la única verdadera conquista era la conquista del amor.

Puede que haya oculta una tragedia en una palabra. «Después de azotarle» es una sola palabra en el original. Los azotes Romanos eran algo terrible. El reo estaba doblado y atado de tal manera que tenía totalmente expuesta la espalda. El azote era una larga tira de cuero con trozos de hueso o de plomo incrustados. Literalmente desgarraba la espalda a tiras. Algunas veces le saltaba algún ojo al reo. Algunos morían en la tortura; otros se volvieron locos; pocos se mantenían conscientes hasta el final. Eso también Se lo hicieron a Jesús.

LAS BURLAS DE LOS SOLDADOS

Marcos 15:16-20

Los soldados se llevaron a Jesús a una sala que era el pretorio, y llamaron a toda la compañía. Le vistieron a Jesús con una túnica púrpura, y trenzaron una corona de espinos y se la pusieron, y empezaron a saludarle:

-¡Salve, Rey de los judíos!

Y se pusieron a golpearle en la cabeza con una caña y a escupirle, y a arrodillarse ante Él como para rendirle homenaje. Y después de divertirse con Él, Le quitaron la túnica púrpura y Le pusieron Su propia ropa. Y luego Le llevaron a crucificar.

El ritual romano de la ejecución estaba establecido. El juez decía: Illum duci ad crucem placet, «La sentencia es que este hombre sea conducido a la cruz.» Entonces se volvía a la guardia y decía: 1, miles, expedi crucem, «Ve, soldado, y prepara la cruz.» Fue mientras estaban preparando la cruz cuando Jesús estuvo en las manos de los soldados. El pretorio era la residencia del gobernador, su cuartel general, y los soldados implicados serían la cohorte de la guardia del cuartel general. Haremos bien en recordar que Jesús ya había padecido el tormento de los azotes antes de estas burlas soeces.

Bien puede ser que, de todo lo que Le sucedió, esto fuera lo que menos daño Le hacía a Jesús. Las intervenciones de los judíos habían estado envenenadas de odio. El resentimiento de Pilato había sido una evasión cobarde de su responsabilidad. Había crueldad en la acción de los soldados, pero no malicia. Para ellos Jesús no era más que un reo más que iba a la cruz, y llevaron a cabo la pantomima de homenaje y adoración en el cuartel, tal vez no para hacer sufrir más al reo, sino para pasar el rato con una parodia burda.

Era el principio de muchas burlas por venir. Siempre los cristianos estuvieron expuestos a que los tomaran a broma. Escrito en los muros de Pompeya que nos han conservado los grafitos de entonces hasta nuestros días está la caricatura de un cristiano arrodillado delante de un burro, y debajo se pueden leer las palabras: «Anaxímenes adora a su Dios.» Si tenemos que sufrir a veces burlas por ser cristianos, nos ayudará recordar que eso fue lo que hicieron con Jesús de una manera mucho peor que lo que nos corresponda sufrir a nosotros.

LA CRUZ

Marcos 15:21-28

Y requisaron a un hombre que se llamaba Simón, de Cirene, que pasaba por allí de vuelta de su campo, el padre de Alejandro y de Rufo; y le obligaron a llevar la Cruz de Jesús. Así fue como Le llevaron a Jesús al lugar que se llama Gólgota, que quiere decir el lugar de la Calavera. Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero Él no quiso tomarlo.

Le crucificaron. Y se repartieron Su ropa jugándose a los dados lo que le correspondía a cada uno. Eran las 9 de la mañana cuando Le crucificaron.

Y el cartel con el delito que se Le imputaba estaba colocado en la Cruz: «EL REY DE LOS JUDÍOS.»

Crucificaron con Jesús a dos bandidos, uno a Su derecha y otro a Su izquierda.

La rutina de la crucifixión no variaba gran cosa. Cuando se tenía lista la cruz, el reo tenía que llevarla al lugar de la ejecución. Se le colocaba en medio de cuatro soldados. Por delante marchaba un soldado llevando un cartel en el que se podía leer el crimen del que era culpable el reo. Posteriormente se fijaba ese cartel a la cruz. No iban al lugar de la ejecución por el camino más corto, sino por el más largo. Pasaban por el mayor número posible de calles y callejas para que los más posibles vieran y tomaran nota. Cuando llegaban al lugar de la crucifixión se colocaba la cruz horizontalmente en el suelo, se estiraba sobre ella al reo y se le clavaban las manos. Los pies no se le solían clavar sino se les ataban. Entre las piernas del prisionero sobresalía un trozo de madera llamado burlescamente «la silla» para aguantar su peso cuando se levantara la cruz -le otra manera los clavos rasgarían las manos. Entonces se ponía en pie la cruz, y se afirmaba en un hoyo; y se dejaba allí al condenado hasta que le sobreviniera la muerte. La cruz no era muy alta; tenía la forma de la letra T, generalmente sin saliente por arriba. Algunas veces los condenados se mantenían vivos tanto como una semana, muriendo lentamente de hambre y de sed, sufriendo a veces hasta el punto de dar señales de locura.

Este debe de haber sido un día aciago para Simón de Cirene. Palestina era un país ocupado, y se podía requisar a cualquier hombre para prestar un servicio a los Romanos en cualquier tarea. La señal de la requisa era un golpe en el hombro con lo plano de la lanza romana. Simón era de Cirene, en África. Sin duda había venido desde tan lejos para la Pascua. Habría economizado y ahorrado muchos años para poder venir. Sin duda estaba cumpliendo la ilusión de toda una vida de comer una Pascua en Jerusalén. Y entonces le sucedió esto.

En aquel momento, Simón tiene que haber sentido un resentimiento terrible. Tiene que haber sentido odio hacia los Romanos, y también hacia ese criminal cuya cruz le obligaban a llevar. Pero podemos legítimamente especular acerca de lo que le sucedió a Simón. Puede que fuera su intención, cuando llegaran al Gólgota, tirar la cruz al suelo con rabia y alejarse lo más deprisa posible de la escena. Pero tal vez no fue eso lo que hizo. Tal vez se quedó allí, porque se sentía fascinado por algo que había visto en aquel Reo.

Marcos nos dice que aquel Simón era el padre de Alejandro y de Rufo. Se da a entender que los creyentes para los que escribió su evangelio serían capaces de reconocerle por esta referencia. Lo más probable es que el evangelio de Marcos fuera escrito originalmente para la iglesia de Roma. Ahora veamos la carta de Pablo a los Romanos, y leamos en 16:13: «Saludad a Rufo, eminente en el Señor, y también a su madre y mía.» Rufo era un cristiano tan apreciado que era eminente en el Señor. La madre de Rufo le era tan querida a Pablo que la consideraba como su propia madre. Algo debió de sucederle a Simón en el Gólgota.

Ahora veamos en Act_13:1 . Hay allí una lista de hombre de Antioquía que enviaron a Pablo y Bemabé en aquella histórica primera misión a los gentiles. Entre ellos figura un cierto Simeón, al que llamaban Níger (La Reina-Valera pone Simón). Simeón es otra forma de Simón. Níger era el nombre corriente que se daba a una persona de piel oscura como los de África, y Cirene está en África. Bien puede ser que aquí nos encontremos otra vez con Simón. Puede que la experiencia de Simón en el camino del Gólgota vinculara su corazón para siempre a Jesús. Puede que le hiciera cristiano. Puede que más tarde fuera uno de los responsables de la iglesia de Antioquía, e instrumental en la primera misión a los gentiles. Puede que fuera porque le requisaron para llevar la cruz de Jesús por lo que aquella primera misión a los gentiles tuvo lugar. Eso querría decir que nosotros somos cristianos gracias a que un día un peregrino de la Pascua venido de Cirene fue requisado, a su pesar entonces, por un soldado romano anónimo para llevarle la Cruz a Jesús.

Le ofrecieron a Jesús vino drogado, pero Él no quiso beberlo. Una compañía de mujeres piadosas y compasivas de Jerusalén acudía a las crucifixiones para darles a los reos una bebida compuesta de vino y drogas que aliviaba los terribles dolores de la crucifixión. Se lo ofrecieron a Jesús, pero Él no lo aceptó. Cuando el doctor Johnson estaba padeciendo su última enfermedad, le pidió al médico que le dijera honradamente si se podría recuperar. Le contestó el médico que no, a menos que sucediera un milagro. « Entonces -dijo Johnson- no tomaré más medicinas, ni siquiera calmantes, porque Le he pedido a Dios que me conceda entregarle mi alma a Dios despejado.» Jesús estaba decidido a saborear la muerte en toda su amargura, e ir a Dios con los ojos abiertos.

Los soldados se jugaron a los dados Su ropa. Ya hemos visto que el reo era conducido al lugar de la crucifixión entre cuatro soldados, que tenían como sus gajes las ropas del condenado a muerte. Un judío llevaba cinco artículos: la camisa interior, la exterior, las sandalias, el cinto y el turbante. Cuando se habían repartido las cuatro piezas menores, les quedaba todavía la gran túnica exterior. Habría sido una pena cortarla en trozos, así es que los soldados se la jugaron a la sombra de la Cruz.

Jesús fue crucificado entre dos ladrones. Fue aquello un símbolo de toda Su vida, el que hasta el final estuvo asociado con pecadores.

EL AMOR ILIMITADO

Marcos 15:29-32

Los que pasaban por allí Le lanzaban insultos moviendo la cabeza despectivamente y diciéndole:

-¡Bah! ¡El que iba a derribar el Templo y edificarlo en tres días, baja de la cruz y sálvate a Ti mismo!

También estaban allí los principales sacerdotes, bromeando entre sí con los maestros de la Ley y diciéndose:

-¡El Que salvó a otros, ahora no Se puede salvar a Sí mismo! ¡Que este Ungido de Dios, este Rey de Israel, Se baje de la Cruz para que lo veamos y creamos en Él!

Hasta los que estaban crucificados con Él Le lanzaban insultos.

Los gobernantes de los judíos Le lanzaron un último desafío: «¡Baja de la Cruz -Le dijeron-, y creeremos en Ti!».Era precisamente el desafío imposible. Como el General Booth dijo hace tiempo: «Es precisamente porque Jesús no bajó de la Cruz por lo que creemos en Él.» La muerte de Jesús era absolutamente necesaria; y por la razón siguiente: Jesús había venido a comunicarle a la humanidad el amor de Dios. Más aún: Él mismo era el amor de Dios en persona. Si hubiera rehusado la Cruz, o si al final hubiera bajado de la Cruz, aquello habría querido decir que el amor de Dios llegaba hasta ese punto, pero no más; que había algo que aquel amor no estaba dispuesto a sufrir por los hombres; que había una línea límite que no estaba dispuesto a rebasar. Pero Jesús recorrió todo el camino, y murió en la Cruz, y esto quiere decir literalmente que el amor de Dios no tiene límite; que no hay nada en todo el universo que ese amor no esté dispuesto a arrostrar por los hombres; que no hay nada, ni siquiera la muerte en una Cruz, que se niegue a soportar por los hombres.

Desde la Cruz Jesús nos está diciendo: «Así ama Dios, con un amor sin límites que acepta cualquier sufrimiento.»

TRAGEDIA Y TRIUNFO

Marcos 15:33-41

Cuando eran las 12 del mediodía, cubrió la oscuridad toda la tierra, y duró hasta las 3 de la tarde. A las 3 de la tarde Jesús clamó a gran voz:

-¡Eloi, Eloi! ¿Lama sabafhani? -que quiere decir: «¡Dios Mío, Dios Mío! ¿Por qué Me has abandonado?»

Cuando algunos de los presentes oyeron aquello dijeron:

-¡Fijaos! ¡Está llamando a Elías!

Uno corrió, y mojó una esponja en vinagre, y Le dio un trago.

-¡Sea! -dijo- ¡Veamos si viene Elías a bajarle!

Jesús dio otro grito, y murió. Y el velo del Templo se rasgó por la mitad de arriba abajo. Cuando el centurión que estaba al frente vio cómo había muerto dijo:

No cabe duda de que este Hombre era el Hijo de Dios.

Había algunas mujeres mirando desde cierta distancia, entre las cuales estaban María de Magdala, y María la madre de Santiago el menor y José, y Salomé. Habían formado parte del grupo de Jesús en Galilea, y Le habían ayudado en Sus necesidades. Y había muchas otras que habían venido con Él a Jerusalén.

Aquí llegamos a la última escena, una escena tan terrible que el mismo cielo se oscureció inexplicablemente y parecía que hasta la naturaleza no podía soportar el ver lo que estaba sucediendo. Fijémonos en algunos de los personajes que aparecen en esta escena.

(i) Estaba Jesús. Jesús habló dos veces.

(a) Profirió el terrible grito: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué Me has abandonado?» Hay un misterio en ese grito que no podemos sondear. Puede que fuera que Jesús había tomado sobre Sí esta vida nuestra; había realizado nuestro trabajo, y arrostrado nuestras tentaciones, y soportado nuestras luchas; había sufrido todo lo que la vida puede imponer; había conocido el fallo de Sus amigos, el odio de Sus enemigos, la malicia de Sus adversarios; había experimentado el dolor más agudo que la vida pueda ofrecer. Hasta este momento Jesús había pasado por todas las experiencias de la vida excepto una: no había conocido las consecuencias del pecado. Ahora bien, si hay algo que haga el pecado es separarnos de Dios. Pone entre nosotros y Dios una barrera realmente infranqueable. Esa era la única experiencia humana por la que Jesús no había pasado nunca, porque Él fue sin pecado.

Puede ser que en este momento Le sobreviniera esa experiencia -no porque hubiera pecado, sino porque, a fin de identificarse totalmente con nuestra humanidad, tenía que pasarla. En este momento inflexible e inexorable Jesús Se identificó real y totalmente con el pecado humano. Aquí tenemos la paradoja divina: Jesús supo lo que era ser un pecador, y esta experiencia debe de haber sido incalculablemente agonizante para Jesús, porque Él nunca había conocido lo que era estar separado de Dios por esta barrera.

Por eso Él puede comprender tan bien nuestra situación. Por eso no tenemos por qué tener nunca miedo de acudir a Él cuando el pecado nos deja incomunicados con Dios. Porque Él lo ha pasado, puede ayudar a los que lo estén pasando. No hay sima de experiencia humana que Cristo no haya sondeado.

(b) Hubo un gran grito. Tanto Mateo (27:50) como Lucas (23:46) se refieren a él. Juan no lo menciona, pero nos dice que Jesús murió después de decir: «¡Consumado es!» (19:30). En el original eso sería una sola palabra; y esa única palabra fue el gran grito: «¡Consumado!» Jesús murió con el grito de triunfo en Sus labios, Su tarea cumplida, Su misión realizada, Su victoria ganada. Después de la terrible oscuridad se hizo de nuevo la luz, y Jesús volvió a Dios como el Héroe Vencedor.

(ii) Estaba el espectador que quería ver si vendría Elías. Tenía una especie de curiosidad morbosa ante la Cruz. Toda aquella escena terrible no le movió al temor o a la reverencia ni a la piedad. Quería experimentar mientras Jesús moría.

(iii) Estaba el centurión. El endurecido soldado romano sería el equivalente de un comandante moderno. Habría peleado en muchas campañas y habría visto morir a muchos hombres; pero nunca había visto morir a nadie así, y estaba seguro de que Jesús era el Hijo de Dios. Si Jesús hubiera seguido vivo en este mundo, y enseñado y sanado, habría atraído a muchos a Sí; pero es en la Cruz donde habla directamente a los corazones humanos. –

(iv) Estaban las mujeres a cierta distancia. Estaban alucinadas, quebrantadas, inundadas de dolor pero estaban allí. Le amaban tanto que no podían dejarle. El amor se aferra a Cristo aun cuando la inteligencia no puede comprender. El amor es lo único que nos puede mantener unidos a Cristo de tal manera que hasta las experiencias más demoledoras no nos puedan arrancar de Él.

Hay todavía otra cosa que advertir: « El velo del Templo se rasgó por la mitad de arriba abajo.» Este era el velo que aislaba el Lugar Santísimo, al que no se podía entrar. Simbólicamente esto nos dice dos cosas.

(a) El acceso a Dios se abrió definitivamente. Al Lugar Santísimo solamente podía entrar el sumo sacerdote, y solamente una vez al año, el Día de la Expiación. Pero ahora, porque Jesús ha muerto por nosotros, el velo se ha rasgado, y el acceso a Dios está abierto para todos.

(b) Dentro del Lugar Santísimo moraba la misma esencia de Dios. Ahora, con la muerte de Jesús, el velo que ocultaba a Dios se ha rasgado, y Le podemos ver cara a cara. Dios ya no está escondido. Ya no hay que andar a tientas y suponer. Ahora podemos mirar a Jesús y decir: «Así es Dios. Así me ama Dios.»

EL QUE LE PRESTÓ SU TUMBA A JESÚS

Marcos 15:42-47

Cuando ya era por la tarde, como era el día de la preparación -es decir, el día antes del sábado-, José de Arimatea, que era un miembro respetado del consejo, y que esperaba el Reino de Dios, se aventuró a ir a Pilato a pedir el cuerpo de Jesús. Pilato se sorprendió de que ya hubiera muerto Jesús. Mandó llaMarcos al centurión, y le preguntó si hacía mucho que había muerto; y, cuando se enteró por el centurión de lo sucedido, le concedió a José el cuerpo de Jesús. Y José compró tela de lino fino, y bajó el cuerpo de Jesús de la Cruz, y le envolvió en el lino, y le puso en una tumba que había construido vaciando la roca; y rodó una gran piedra para cerrar la entrada. Y María de Magdala y María la madre de José vieron dónde se había puesto el cuerpo de Jesús.

Jesús murió a las 3 de la tarde del viernes, y el día siguiente era sábado. Ya hemos visto que los días empezaban a las 6 de la tarde; por tanto, cuando Jesús murió ya era el tiempo de preparación para el sábado, y no había tiempo que perder, porque después de las 6 entraría en vigor la ley del sábado y no se podría hacer ningún trabajo.

José de Arimatea actuó con diligencia. Ocurría con frecuencia que los cuerpos de los condenados a muerte no se llevaban a enterrar, sino se bajaban de la cruz y se dejaban a merced de los buitres y los demás animales carroñeros. De hecho se ha sugerido que Gólgota puede que recibiera ese nombre porque estaba sembrado de calaveras de ejecutados. José se dirigió a Pilato. Sucedía a menudo que los crucificados tardaban días en morir, y Pilato se sorprendió de saber que Jesús ya había muerto, sólo seis horas después de ser crucificado. Pero, cuando comprobó los Hechos con el centurión, le dio a José el cuerpo de Jesús.

José es un personaje evangélico sumamente interesante; y tal vez, como hemos dicho de Pedro en el momento de su debilidad, debamos revisar nuestro juicio acerca del discípulo secreto José de Arimatea.

(i) Hay algo trágico acerca de José. Era miembro del Sanedrín, y sin embargo no tenemos la menor insinuación de que dijera ni una palabra a favor de Jesús o interviniera de alguna manera a Su favor. José es el hombre que Le prestó a Jesús una tumba después de muerto, pero que guardó silencio cuando estaba vivo. Es una de las tragedias más corrientes de la vida el que guardemos las coronas de flores y los elogios para los muertos, cuando habría sido infinitamente mejor darles algunas de estas flores y palabras de aprecio cuando todavía estaban vivos.

(ii) Bien puede ser que fuera por José por quien se llegara a saber cómo había sido el juicio de Jesús ante el Sanedrín. Por supuesto que ninguno de los discípulos estaba allí. La información debe de haber venido de algún miembro del Sanedrín, y es probable que ése fuera José. En ese caso hizo una contribución importante al relato evangélico. Pero también puede ser, a juzgar por el coraje que desplegó José en este pasaje, que no le faltara tampoco en el Sanedrín, y que el hecho de que no tengamos noticias de sus intervenciones en el juicio de Jesús fuera debido más bien a su discreta humildad.

(iii) En cualquier caso José fue uno de aquellos a quienes la Cruz movió aún más que la vida de Jesús. Cuando vio a Jesús vivo, sintió Su atracción, pero tal vez no llegó a comprometerse totalmente con Él; pero cuando vio a Jesús morir -y es de suponer que estuviera presente en la crucifixión- se le quebró el corazón de amor, y no dejó que ninguna actitud de prudencia le impidiera darse a conocer corito amigo de Jesús cuando hasta Sus mismos discípulos estaban escondidos.

Primero el centurión, y después José. Es maravilloso lo pronto que empezaron a hacerse realidad las palabras de Jesús cuando dijo que cuando fuera levantado de la tierra atraería a Sí a todos los hombres (Joh_12:32 ).

Marcos 15:1-47

15.1 ¿Por qué los judíos enviaron a Jesús a Pilato, el gobernador romano? Los romanos le quitaron a los judíos el derecho de aplicar la pena de muerte, por lo cual tenían que sentenciarlo los romanos. Más importante aún, los judíos querían que crucificaran a Jesús, forma de ajusticiar que creían que incluía la maldición de Dios (véase Deu_21:23). Esperaban persuadir al pueblo de que Jesús estaba bajo maldición, no bajo la bendición de Dios.

15.3, 4 Los judíos tuvieron que inventar nuevas acusaciones contra Jesús para llevarlo ante Pilato. Como para el gobernador romano el cargo de blasfemia no tendría ninguna importancia, lo acusaron de otros tres delitos: (1) soliviantar al pueblo para que no pagara impuestos a Roma, (2) afirMarcos que era «el Rey de los judíos», (3) provocar disturbios en todo el país. La evasión de impuestos, la traición y el terrorismo sí eran motivos de preocupación para Pilato (véase también Luk_23:2).

15.5 ¿Por qué Jesús no contestó a las preguntas que le hizo Pilato? Habría sido inútil contestarlas, además, el tiempo llegó para dar su vida a fin de salvar al mundo. No tenía motivos para prolongar el juicio ni intentar salvarse. El fue el supremo ejemplo de paz y confianza en sí mismo. En esto ningún criminal ordinario podría imitarlo. Nadie podría detenerlo en su plan de consuMarcos la obra que vino a realizar en la tierra (Isa_53:7).

15.7 A Barrabás lo arrestaron por participar en una rebelión en contra del gobierno romano y, aunque cometió asesinato, los judíos lo consideraban un héroe. Los judíos independentistas acérrimos detestaban que los gobernaran los paganos de Roma. Aborrecían pagar impuestos que financiaran a tan despreciable gobierno y sus dioses. La mayoría de las autoridades romanas, que tenían que resolver las disputas entre judíos, odiaban a su vez a estos. Este período de la historia era propicio para la rebelión.

15.8 Tal vez esta multitud era de judíos leales a sus líderes. Pero, ¿dónde estaban los discípulos y las multitudes que días antes gritaron: «¡Hosanna en las alturas!» (11.10)? Los seguidores de Jesús temían a los líderes judíos por lo cual se escondieron. Otra posibilidad es que entre la multitud había mucha gente que participó en el desfile del Domingo de Ramos, pero que se volvieron en contra de Jesús cuando vieron que no iba a ser un conquistador terrenal.

15.10 Los judíos odiaban a Pilato, pero acudieron a él para que les hiciera el favor de condenar a Jesús a la crucifixión. Es obvio que Pilato se dio cuenta de que todo era un teatro. ¿Por qué otra cosa esta gente que lo odiaba a él y al Imperio Romano que representaba le iba a pedir que declarara convicto de traición y condenara a la pena de muerte a uno de sus paisanos judíos?

15.13 La crucifixión era la pena que los romanos aplicaban por el delito de rebelión. Solamente los esclavos y los que no eran ciudadanos romanos podían crucificarse. Si crucificaban a Jesús, moría como un rebelde o un esclavo, no como el Rey que proclamaba ser. Esto es, precisamente, lo que los líderes religiosos judíos querían al incitar a la multitud hasta el frenesí. Además, la crucifixión lo haría aparecer como que los romanos lo mataban y por lo tanto la multitud no culparía a los líderes religiosos.

15.14, 15 ¿Quién fue el culpable de la muerte de Jesús? En realidad, todos. Los discípulos lo abandonaron aterrorizados. Pedro negó conocer a Jesús. Judas lo traicionó. La multitud que lo siguió se quedó estática sin hacer nada. Pilato trató de agradar al pueblo. Los líderes religiosos promovieron activamente la muerte de Jesús. Los soldados romanos lo torturaron. Si usted hubiera estado allí, ¿cuál hubiera sido su reacción?

15.15 La calurosa y polvorienta región de Judea, donde Pilato era gobernador, no era mucho más que una avanzada del Imperio Romano. Debido a que estaba muy lejos de Roma, a Pilato se le asignó un pequeño ejército. Su principal deber era mantener la paz. Por los recuentos históricos sabemos que a Pilato ya se había advertido de otros alzamientos en la región. Aunque no vio ninguna culpa en Jesús, ni razón alguna para condenarlo a muerte, se asustó cuando oyó a la multitud decir que lo se lo comunicarían al César (Joh_19:12). Un informe así, acompañado de una rebelión, podría costarle su posición y sus esperanzas de ascenso.

15.15 Aunque de acuerdo con la ley romana Jesús era inocente, Pilato cedió ante la presión política. Echó a un lado todo cuanto sabía que era bueno. Trató de congraciarse con los líderes judíos dictando una sentencia que agradaría a todos y lo protegería a él. Cuando hacemos caso omiso de las declaraciones de Dios sobre lo bueno y lo malo, y tomamos decisiones basadas en el qué dirán, caemos en componendas e ilegalidades. Dios promete honrar a quienes actúan rectamente, no a quienes tratan de complacer a todos.

15.19 Los soldados «le hacían reverencias»; en otras palabras, se burlaban de Jesús simulando adoración.

15.21 Fuera de Judea había colonias de judíos, Simón vino de Cirene, al norte de Africa, en un peregrinaje con motivo de la Pascua. Sus hijos, Alejandro y Rufo, se mencionan aquí porque evidentemente llegaron a ser muy bien conocidos en la iglesia primitiva (Rom_16:13).

15.24 Los soldados echaron suerte para decidir con cuál ropa de Jesús se quedaría cada uno. Los soldados romanos tenían el derecho de conservar la ropa de los crucificados. Este acto hizo que se cumpliera la profecía del Psa_22:18.

15.25 La crucifixión era una temible y vergonzosa forma de morir. Obligaban a la víctima a cargar su cruz a través de la ruta más larga al sitio de la crucifixión, como una forma de advertencia para el pueblo. Hay cruces de diversas formas, así como diferentes métodos de crucifixión. A Jesús lo clavaron en la cruz. A veces, a algunos condenados a morir crucificados se les ataban a sus cruces con cuerdas. En cualquier caso, la muerte venía por asfixia porque el peso del cuerpo hacía más y más difícil la respiración a medida que el reo perdía las fuerzas.

15.26 A menudo se ponía en la cruz un letrero en el que se declaraba el crimen por el que se crucificaba a la persona. La idea era que sirviera de advertencia al pueblo. Como a Jesús no pudieron culparlo de nada, la única acusación que figuró sobre su cabeza fue el «crimen» de haber dicho ser el Rey de los judíos.

15.27 Lucas narra que uno de los ladrones se arrepintió antes de morir y que Jesús le prometió que estaría con El en el paraíso (Luk_23:39-43).

15.31 Jesús se pudo haber salvado, pero prefirió sufrir por amor a nosotros. Pudo haber elegido no sufrir ni ser humillado en la forma que lo fue; pudo haber dado muerte a todos los que se mofaban de El, pero soportó el sufrimiento porque ama aun a sus enemigos. Nosotros también tuvimos una parte importante en el drama de esa tarde, porque nuestros pecados también estaban sobre la cruz. Jesús murió por nosotros y el castigo de nuestros pecados los pagó con su muerte. La única respuesta adecuada que podemos realizar es confesar nuestros pecados y aceptar que Jesús pagó por los pecados para que nosotros no tuviéramos que hacerlo. No insultemos a Dios al ser indiferentes ante el más grande acto de amor en la historia.

15.32 Cuando Jacobo y Juan pidieron lugares de honor próximos a Jesús en su Reino, El les contestó: «No sabéis lo que pedís» (10.35-39). Aquí, como Jesús preparaba la inauguración de su Reino a través de su muerte, los lugares a la derecha y a la izquierda lo tomaron criminales moribundos. Como Jesús les explicó a sus dos discípulos deseosos de poder, alguien que quiere estar cerca de Jesús debe estar preparado a sufrir y morir como El. El camino del Reino es el de la cruz. Si queremos la gloria del Reino, debemos tener la voluntad de permanecer unidos al Cristo crucificado.

15.34 Jesús no hizo esta pregunta sorprendido ni desesperado. Citaba la primera estrofa del Salmo 22. Este salmo es una profecía acerca de la profunda agonía del Mesías al morir por el pecado del mundo. Jesús sabía que esta separación temporal de Dios llegaría en el momento en que echara sobre sí los pecados del mundo. Esta separación fue lo que lo aterrorizó, según oró en Getsemaní. La agonía física fue horrible, pero la separación espiritual de Dios fue la tortura mayor.

15.37 Con esta exclamación Jesús tal vez pronunció sus últimas palabras: «Consumado es» (Joh_19:30).

15.38 Un velo pesado colgaba ante la parte del templo llamada Lugar Santísimo. Era un lugar que Dios reservó para El. Simbólicamente, el velo separaba al Dios santo de la humanidad pecadora. Una vez al año, en el Día de la Expiación, el sumo sacerdote entraba a ese lugar y presentaba sacrificio por el perdón de los pecados de todo el pueblo. Cuando Jesús murió, el velo se rasgó en dos, mostrando así que su muerte por nuestros pecados dejaba abierta la entrada hasta la presencia del Dios santo. Esto fue de arriba hacia abajo, lo que muestra que Dios abrió el camino. En Hebreos 9 se encuentra una más completa explicación de estos hechos.

PILATO

En los días de Jesús, cada sentencia de muerte tenía que aprobarla el funcionario romano de más alto rango del distrito. Poncio Pilato era gobernador de la provincia de Judea, en Jerusalén. Cuando los líderes judíos tuvieron a Jesús en su poder y solicitaron su muerte, el obstáculo final era conseguir la autorización de Pilato. Así que una mañana temprano, Pilato encontró a una multitud frente a su puerta pidiendo la muerte de un hombre.

Las relaciones de Pilato con los judíos eran siempre tormentosas. Su firmeza y equidad romanas la opacaban su cinismo, sus compromisos y sus errores. En varias ocasiones sus acciones ofendieron profundamente a los líderes religiosos. Las manifestaciones y el caos resultantes quizás hicieron recapacitar a Pilato. Intentaba controlar a un pueblo que trataba a sus conquistadores romanos sin ningún respeto. El juicio de Jesús fue otro de los muchos problemas que ya tenía.

Pilato no tenía duda alguna respecto a la inocencia de Jesús. En tres diferentes ocasiones declaró a Jesús exento de toda culpa. No entendía por qué esta gente quería la muerte de Jesús, pero el temor a la presión de los judíos le llevó a permitir la crucifixión de Jesús. Ante la amenaza de que lo acusaran ante el emperador de no querer eliminar a un rebelde en contra de Roma, decidió hacer lo que sabía que no era bueno. En su desesperación escogió lo que en realidad no deseaba.

Pilato era tan humano como nosotros. A veces sabemos lo que es bueno, pero optamos por lo opuesto. Tuvo su oportunidad en la historia y ahora nosotros tenemos la nuestra. ¿Qué hacemos con nuestras oportunidades y responsabilidades? ¿En qué manera juzgamos a Jesús?

Puntos fuertes y logros :

— Gobernador romano de Judea

Debilidades y errores :

— Falló en su intento de gobernar a un pueblo que aunque lo derrotaron militarmente, nunca se dejó dominar por Roma

— Sus constantes pugnas políticas le hicieron un árbitro cínico y tolerante poco compasivo, susceptible a las presiones

— Aunque vio que Jesús era inocente, cedió a las demandas de la gente que pedía su ejecución

Lecciones de su vida :

— Grandes males pueden suceder cuando la verdad está a merced de las presiones políticas

— Resistir la verdad deja a una persona sin propósitos ni rumbo fijo

Datos generales :

— Dónde: Judea

— Ocupación: Gobernador romano de Judea

— Familiares: Esposa, no se menciona su nombre

— Contemporáneos: Jesús, Caifás, Herodes

Versículos clave :

«Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos, y les dijo: Yo no hallo en El ningún delito. Pero vosotros tenéis la costumbre de que os suelte uno en la pascua. ¿Queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos?» (Joh_18:38-39).

La historia de Pilato se narra en los Evangelios. También en Act_3:13; Act_4:27; Act_13:28; 1Ti_6:13.

15.42ss El sábado comenzaba con la caída del sol del viernes y finalizaba con la caída el sol del sábado. Jesús murió unas pocas horas antes que el sol del viernes se pusiera. Iba en contra de la Ley judía hacer cualquier trabajo físico o viajar el día de reposo. También iba en contra de la Ley dejar que un cuerpo permaneciera colgado durante toda la noche (Deu_21:23). José vino para sepultar el cuerpo de Jesús antes que comenzara el sábado. Si Jesús hubiera muerto en sábado, cuando José no podía hacer nada, los romanos habrían bajado su cuerpo de la cruz. Si los romanos hubieran hecho tal cosa, los judíos no hubieran tenido confirmación de su muerte, por lo que hubieran podido negar su resurrección.

15.42, 43 Después de la muerte de Jesús en la cruz, José de Arimatea pidió el cuerpo, lo puso en una tumba nueva y la selló. Aunque era un miembro honorable del concilio judío, José era un discípulo secreto de Jesús. No todos los líderes religiosos odiaban a Jesús. José arriesgó su reputación para dar sepultura adecuada a su Señor. Asusta arriesgar la reputación aun por lo que es bueno. Si su testimonio cristiano pone en peligro su reputación, acuérdese de José. Hoy en día, la iglesia cristiana lo recuerda con admiración. ¿Cuántos de los demás miembros del concilio judío podemos nombrar?

15.44 Pilato se sorprendió que Jesús hubiera muerto tan pronto, por lo que ordenó a un soldado que lo comprobara a fin de estar absolutamente seguro que el informe era veraz. En la actualidad, en un esfuerzo por negar la resurrección, algunos sostienen que Jesús no murió. Su muerte, sin embargo, la confirmó el soldado, Pilato, José de Arimatea, los líderes religiosos y las mujeres que presenciaron el sepelio. Jesús experimentó una verdadera muerte física en la cruz.

15.46 Sin duda, esta tumba era una cavidad hecha a mano en el cerro y lo bastante grande como para caminar dentro. José envolvió el cuerpo de Jesús, lo colocó en la tumba y puso una piedra pesada en la entrada. Los líderes religiosos también vieron donde se colocó el cuerpo de Jesús. Después pusieron guardas ante la tumba y sellaron la piedra para asegurarse que nadie robara el cuerpo para decir luego que había resucitado (Mat_27:62-66).

15.47 Fue muy poco lo que estas mujeres pudieron hacer. No hablaron ante el Sanedrín en defensa de Jesús, no apelaron ante Pilato, no se enfrentaron a la multitud, no vencieron a los soldados romanos. Pero hicieron lo que pudieron. Se mantuvieron cerca de la cruz cuando los discípulos huyeron, siguieron tras el cuerpo de Jesús cuando lo llevaron a la tumba y prepararon especias aromáticas para su cuerpo. Debido a que aprovecharon la oportunidad que tuvieron, fueron las primeras testigos de la resurrección. Dios bendijo su entrega y diligencia. Como creyentes, debemos aprovechar las oportunidades que tenemos y hacer todo lo que podamos por Cristo, en lugar de apesadumbrarnos por lo que no podemos hacer.

¿POR QUE JESUS TENIA QUE MORIR?

El problema

Todos hemos hecho cosas malas y hemos desobedecido la ley de Dios. A causa de esto, estamos separados de Dios nuestro Creador. Separación de Dios significa muerte; pero no podemos hacer nada para reconciliarnos con El.

Por qué Jesús pudo ayudar

Jesús no solo era hombre; sino el unigénito Hijo de Dios. Gracias a que nunca desobedeció a Dios y nunca pecó, puede ser puente entre el Dios sin pecado y la humanidad pecadora.

La solución

Jesús voluntariamente ofreció su vida y murió por nosotros en la cruz. Al hacerlo llevó sobre sí todas nuestras maldades y nos libró de las consecuencias del pecado (entre ellas el juicio de Dios y la muerte).

Los resultados

Jesús llevó nuestros pecados pasados, presentes y futuros sobre El para que tuviéramos vida nueva. Debido al perdón de toda nuestra mala conducta, quedamos reconciliados con Dios. Además, la resurrección de Jesús es prueba de que Dios aceptó su sacrificio por nosotros en la cruz y su resurrección ha venido a ser fuente de vida nueva para todo aquel que cree que Jesús es el Hijo de Dios. Todo aquel que cree en El tendrá esta vida nueva y vivirá junto a El.

Marcos 15:1-15

Estos versículos comienzan el capítulo en que S. Marcos describe la muerte del «Cordero de Dios que borra los pecados del mundo.»De la historia Evangélica esta parte debería leerse siempre con especial reverencia. Deberíamos recordar que Cristo fue muerto, no por El, sino por nosotros. Dan_9:26. Deberíamos tener presente que su muerte es la vida de nuestras almas, y que si su sangre no hubiese sido derramada, hubiéramos perecido miserablemente en nuestros pecados.

Marquemos en estos versículos que prueba tan convincente dieron los gobernadores judíos a su nación que los tiempos del Mesías habían llegado.

El capítulo principia narrándonos que los príncipes de los sacerdotes ataron a Jesús y «lo entregaron a Pilato,»que era el gobernador romano. ¿Por qué lo hicieron? Porque no tenían ya facultades para condenar a nadie a muerte, y estaban bajo la dominación de los Romanos. Por éste acto y hecho declararon que se había cumplido la profecía de Jacob: que el cetro había sido quitado a Judá, y de su muslo el caudillo, y que el Scilo, el Mesías, que Dios había prometido enviar, debía haber venido. Gen_49:10. Sin embargo, nada muestra en lo más mínimo que recordasen la profecía; estaban ciegos; no podían, o no querían ver lo que estaban haciendo.

No olvidemos nunca que los malvados realizan muchas veces las predicciones de Dios para su propia ruina, y sin embargo no lo comprenden. En medio de los excesos de su locura, de su necedad, e incredulidad, están a menudo sin saberlo suministrando nuevas pruebas de la verdad de la Biblia. Los desgraciados burladores que hacen escarnio de todo lo que es más respetable en religión, y no pueden hablar del Cristianismo sin ridiculizarlo y burlarse de él, harían bien en recordar que su conducta hace mucho tiempo que fue prevista y predicha : «en los postrimeros días vendrán burladores, que marcharán a merced de sus propias concupiscencias.» 2Pe_3:3.

Marquemos, en segundo lugar, en estos versículos, la mansedumbre y humildad de nuestro Señor Jesucristo. Cuando fue llevado ante el tribunal de Pilato, y «acusado de muchas cosas,» nada respondió. Aunque los cargos que se le hacían eran falsos, y no conoció el pecado, aceptó el sufrir la contradicción de los pecadores que estaban contra El, no respondiendo. Heb_12:3. Aunque inocente, se sometió sin murmurar a las acusaciones infundadas que se le dirigían.

¡Grande es el contraste entre el primer Adán y el segundo! Nuestro primer padre Adán fue criminal, y sin embargo trató de excusarse. El segundo Adán estaba inocente, y a pesar de eso no se defendió. «Como cordero delante del que lo trasquila enmudecerá, y no abrirá su boca.» Isaías 53.7.

Aprendamos una lección práctica del ejemplo de nuestro Salvador. Aprendamos a sufrir pacientemente, y a no quejarnos, cualesquiera que sean las amarguras que Dios juzgue conveniente enviarnos. Tratemos de guardar nuestros caminos, para no pecar con nuestra lengua, en la hora de la tentación. Psa_39:1 Guardémonos de dejarnos arrastrar por la irritación y el mal genio, por provocantes o inmerecidas que nos parezcan las pruebas que atravesamos. Nada en el carácter cristiano glorifica tanto a Dios como el sufrir con paciencia. «Pero si obrando bien sufrís con paciencia, esto es agradable delante de Dios. Que para esto fuisteis llamados, puesto que también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus huellas.» 1Pe_2:20-21.

Marquemos, en tercer lugar, en estos versículos, la conducta titubeante e incierta de Pílalo.

Del pasaje que tenemos a la vista se deduce muy claro que Pilato estaba convencido de la inocencia de nuestro Señor. «Sabia que los príncipes de los sacerdotes lo habían entregado por envidia.»Lo vemos luchando aunque débilmente por algún tiempo para obtener la absolución de nuestro Señor, y satisfacer su propia conciencia. Cede al fin a la importunidad de los judíos, y «queriendo contentar al pueblo,» entrega a Jesús para que sea crucificado, y para eterna desgracia y perdición de su alma.

Un hombre sin principios religiosos colocado en un alto puesto, es uno de los espectáculos más tristes que puede presentar el mundo; es como un gran navío impelido por las olas de un lado a otro por los mares, sin brújula ni gobernalle. Su misma grandeza lo rodea de lazos y tentaciones, pues le da poder para el bien y para el mal; poder, que si no usa rectamente, le suscitará mil dificultades y lo hará seguramente desgraciado. Oremos mucho por los poderosos; necesitan de mucha gracia para mantenerse libres de la influencia del espíritu del mal. Los altos puestos son lugares muy resbaladizos, y no debemos admirarnos que S. Pablo recomiende que se interceda «por los reyes y por todos los que están en autoridad.» 1Ti_2:1. No envidiemos a los que gozan de altos destinos y grandezas; están expuestos a muchas tentaciones que les son peculiares. Muy difícil le será a un rico entrar en el reino de Dios. «¿Y tú buscas para ti cosas grandes? no las busques.» Jere. 45:5.

Notemos, en cuarto lugar, en estos versículos, el crimen nefando de los Judíos en la muerte de Cristo, En el último momento loa príncipes de los sacerdotes tuvieron una oportunidad para arrepentirse si hubieran querido aprovecharse de ella. Se les ofreció elegir a quien querían que se pusiese en libertad, si a Jesús o a Barrabas; pero fría y deliberadamente persistieron en su plan sanguinario, y prefirieron que se diese libertad a un asesino y que se ejecutase al Príncipe de la Vida. Ya no tenían el poder de ejecutar en Jesús la sentencia de muerte; pero asumieron públicamente la responsabilidad de esa muerte. «¿Qué queréis que haga con él?» les preguntó Pilato. «Crucifícalo, crucifícalo» fue su terrible respuesta. Los agentes de la muerte de nuestro Señor fueron indudablemente Gentiles, pero la culpa recae principalmente sobre los judíos.

Nos admiramos de la maldad de los judíos en todo lo que se refiere a esta parte de la historia de nuestro Señor, y en verdad que es con mucha razón. Rechazar a Cristo y preferir a Barrabas es un hecho asombroso, tal parece que es llegar al límite extremo de la ceguedad, de la locura, del delirio; pero cuidemos de no seguir involuntariamente su ejemplo. Obremos con cuidado no sea que al fin encontremos que hemos escogido a Barrabas y rechazado a Cristo. He ahí que ante nosotros se hallan el servicio del pecado y el servicio de Dios; la amistad del mundo está apelando de continuo a nuestras simpatías. ¿Escogemos bien? ¿Nos unimos al Amigo que nos conviene? Estas son cuestiones muy importantes. Feliz aquel que pueda dar a ellas una respuesta satisfactoria.

Marquemos, finalmente, en estos versículos, que tipo tan marcado del plan Evangélico de la salvación nos presenta la soltura de Barrabas. El criminal es puesto en libertad y el inocente llevado a la muerte; el gran pecador es soltado, y el santo queda cargado de prisiones; Barrabas es perdonado y Cristo crucificado.

Tenemos en este hecho tan notable un emblema vivido de la manera con que Dios perdona y justifica al impío; lo hace porque Cristo ha sufrido en su lugar, el justo por el injusto. Merecen ser castigados, pero un poderoso Sustituto ha sufrido por ellos. Merecen la muerte eterna, pero un glorioso Fiador ha muerto por ellos. Todos estamos por naturaleza en la condición de Barrabas; somos criminales, impíos, merecedores de condenación: pero «cuando estábamos sin esperanza « Cristo el inocente murió por loa impíos.

Y ahora Dios por causa de Cristo puede ser justo, y al mismo tiempo «justificador de aquel que cree en Jesús..

Bendigamos a Dios por habernos ofrecido tan gloriosa salvación. Debemos alegar siempre, no que merecemos el perdón, sino que Cristo ha muerto por nosotros. Cuidemos ya que tenemos tan gran salvación de hacer realmente uso de ella en bien de nuestras simas. No descansemos hasta que no podamos decir con fe, « Cristo es mío. Merezco el infierno; pero Cristo ha muerto por mí, y al creer en él tengo la esperanza del cielo..

Marcos 15:16-38

El pasaje que acabamos ahora de leer nos muestra el amor infinito de Cristo a los pecadores. Los sufrimientos que en él se describen llenarían nuestras almas de una mezcla de horror y de compasión, si se los hubieran hecho sufrir a quien hubiera sido solamente hombre como nosotros. Pero cuando reflexionamos que el paciente era el Hijo eterno de Dios, la admiración y el estupor nos sobrecogen. Y si continuamos reflexionando que esos tormentos fueron sufridos voluntariamente con el objeto de librar a los pecadores, como nosotros lo somos, del infierno, podremos comprender mejor la frase de S. Pablo cuando dice que «el amor de Cristo excede a nuestra inteligencia,» Efes. 3:19; y que «Dios encarece su amor a nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.» Rom_5:8.

Encontraremos útil examinar separadamente los diferentes períodos de la pasión de nuestro Señor. Sigámoslo paso a paso desde el momento de su condenación por Pilato hasta su última hora en la cruz. Hay una profunda significación en las circunstancias más pequeñas y al parecer más indiferentes de sus amarguras. Todas fueron emblemas animados de verdades espirituales; y no olvidemos al meditar en esta historia maravillosa, que nosotros y nuestros pecados fuimos la causa de todos esos sufrimientos. «Cristo padeció por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios.» 1Pe_3:18. Estamos leyendo la historia de la muerte de nuestro Fiador y Sustituto.

Primeramente vemos a Jesús entregado en manos de los soldados romanos, como un criminal condenado al último suplicio. Aquel ante quien el mundo se presentará un día para ser juzgado, permitió ser sentenciado injustamente, y ser entregado en manos de los perversos.

¿Y porqué fue así? Para que nosotros, hijos de los hombres, pobres y pecadores, pudiéramos librarnos del abismo de la perdición, y del tormento de las cadenas del infierno. Para que pudiéramos quedar absueltos de todos los cargos el día del juicio, y presentarnos inmaculados y rebosando de alegría ante Dios Padre.

Vemos después a Jesús insultado y blanco de la befa de los soldados romanos. Por burla «lo vistieron de púrpura,» y lo coronaron con «una corona de espinas « para hacer irrisión de su reino.

«Le golpearon la cabeza con una caña, y lo escupieron» como un ser despreciable, y no mejor que «la escoria del mundo.» 1 Cor,1Pe_2:13.

¿Y porqué fue así? Para que nosotros, aunque viles, pudiéramos recibir gloria, honor y vida eterna por nuestra fe en la expiación de Cristo; para que pudiéramos ser recibidos triunfantes en el reino de Dios el día final, y recibir una corona inmarcesible de gloria.

Vemos en seguida a Jesús despojado de sus vestidos y crucificado desnudo ante sus enemigos. Los soldados que lo condujeron al patíbulo «se dividieron sus vestidos, echando suertes..

¿Y porqué fue así? Para que nosotros, que no tenemos justicia propia, nos revistamos de la perfecta que Cristo nos ha conseguido, y no nos encontremos desnudos ante Dios el día del juicio final. Para que nosotros que estamos todos manchados por el pecado, podamos tener un traje de boda, con el que nos sentemos al lado de los ángeles, y no nos avergoncemos.

Vemos después a Jesús sufriendo la muerte más ignominiosa y humillante de todas, la muerte de cruz; pues era el castigo reservado a los peores malhechores, y el hombre a quien se le imponía, era considerado maldito. Está escrito, «Maldito todo aquel que es colgado en el madero.» Gal_3:13.

¿Y porqué fue así? Para que nosotros, nacidos en pecado, e hijos de ira, fuésemos considerados benditos por causa de Cristo. Para remover la maldición que todos merecemos por el pecado, haciéndola recaer sobre Cristo. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición.» Gal_3:13.

En quinto lugar vemos a Jesús declarado transgresor y pecador. «Con él crucifican a dos ladrones.»El que no cometió pecado, y en quien no hay culpa, « fue contado con los transgresores..

¿Y porqué fue así? Para que nosotros, miserables transgresores que somos por naturaleza y por voluntad, seamos declarados inocentes por medio de Cristo ; para que nosotros que no merecemos sino castigos, seamos juzgados dignos de salvarnos del juicio de Dios, y seamos absueltos ante el género humano congregado. Vemos, por último, a Jesús insultado y burlado en los momentos dé espirar, acusado de impostor, e incapaz de salvarse a si mismo.

¿Y porqué fue así? Para que nosotros en nuestros últimos momentos tengamos el gran consuelo de la fe en Cristo. Todo esto sucedió para que gocemos de una seguridad perfecta, para que supiéramos en quien hemos creído, y atravesemos el valle de las sombras de la muerte sin experimentar temor alguno.

Dejemos este pasaje con la profunda convicción de la enorme deuda que todos los creyentes debemos a Cristo. Todo lo que poseen, y son, y esperan, tiene su origen y fundamento en los actos y en la muerte del Hijo de Dios. Por su condenación serán ellos absueltos, por sus sufrimientos tienen paz, por su vergüenza gloria, y por su muerte vida. Sus pecados a El le fueron imputados, y la justicia de El a ellos se les imputa. No es de maravillarse que S. Pablo diga, «Gracias a Dios por su inenarrable don.» 2Co_9:15.

Finalmente al concluir las meditaciones-sobre este pasaje grabemos en nuestras almas la profunda convicción del amor indecible de Cristo. Recordemos que somos pecadores, malos, corrompidos y miserables, y que Jesús nuestro Señor es el Hijo eterno de Dios, el Creador de todas las cosas; y recordemos entonces también que Jesús por amor a nosotros sufrió voluntariamente la más penosa, la más terrible y la más afrentosa de las muertes. Seguramente que el recuerdo de ese amor nos obligará diariamente a vivir no para nosotros mismos, sino para Cristo ; nos debería dar voluntad y disposición para presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo a Aquel que vivió y murió por nosotros. 2Co_5:4 y Rom_12:1. Que la cruz de Cristo esté de continuo ante nuestros ojos; bien comprendida, ningún otro símbolo del Cristianismo puede tener sobre nuestras almas una influencia más santificante ni más consoladora.

Marcos 15:39-47

La muerte de nuestro Señor Jesucristo es el acontecimiento más importante del Cristianismo; en ella estriban las esperanzas de todos los pecadores redimidos, tanto en el tiempo como en la eternidad. No debemos, por tanto, sorprendernos al ver el empeño con que se establece cuidadosamente la realidad de su muerte de una manera indudable. En los versículos que acabamos ahora de leer se nos presentan tres clases diferentes de testigos del acontecimiento. El centurión romano que estaba cerca de la cruz, las mujeres que siguieron a nuestro Señor desde Galilea hasta Jerusalén, y los discípulos que lo enterraron, fueron todos testigos que Jesús murió realmente. Sus testimonios contestes están por encima de toda sospecha. No pudieron engañarse; lo que vieron no fue desmayo, ni trance, ni insensibilidad pasajera. Vieron a ese mismo Jesús que fue crucificado, entregar su espíritu, y obedecer hasta morir. Fijemos esta circunstancia en nuestras almas: nuestro Salvador murió real y verdaderamente.

Notemos ante todo en este pasaje, que mención Lan honrosa se hace aquí de las mujeres. Se nos dice especialmente, que cuando nuestro Señor exhaló el último suspiro «había unas mujeres que lo estaban mirando de lejos;» y se conservan los nombres de algunas de ellas. Se nos dice también que eran las mismas que habían seguido a nuestro Señor por Galilea y lo habían servido, y que allí había además «otras muchas mujeres que vinieron con el a Jerusalén..

Muy poco podíamos esperar que se nos relatasen estas circunstancias y pues debíamos suponer, que cuando todos los discípulos habían abandonado a nuestro Señor y huido, el sexo más débil y más tímido no se hubiera atrevido a presentarse como amigo da El. Esto prueba lo que la gracia puede hacer. Dios escoge algunas veces las cosas débiles de este mundo, para confundir a los poderosos, y los postreros suelen ser los primeros, y los primeros los postreros. La fe de las mujeres se mantiene firme y erguida algunas veces, cuando la de los hombres desfallece y se postra.

Pero es interesante descubrir en el Nuevo Testamento con cuanta frecuencia la gracia de Dios ha sido glorificada -en las mujeres, y cuantos beneficios plugo a Dios conferir por su medio a la iglesia, y al mundo. Vemos en el Antiguo Testamento que la trasgresión de la mujer fue la causa productora del pecado y do la muerte. Vemos en el Nuevo nacer a Jesús de una mujer y con ese nacimiento milagroso producirse la vida y la inmortalidad, tu el Antiguo Testamento a la mujer servir con frecuencia al hombre de obstáculo y de tropiezo. Las mujeres de antes del diluvio, y las historias de Sara, Rebeca, Raquel, Dalila, Bet-sabé, y Jezabel, son tristes ejemplos de esta verdad. Vemos generalmente en el Nuevo Testamento que las mujeres se mencionan sirviendo de ayuda y de sostén a la causa de la verdadera religión. Isabel, María, Marta, Dórcas, Lidia, y las mujeres que S. Pablo nombra en su epístola a los Romanos, son otros tantos comprobantes. El contraste es muy marcado, y es innecesario decir que sin duda es intencional. Es una de las muchas pruebas de que la gracia abunda más bajo el Evangelio que bajo la ley. Parece que el objeto es enseñarnos que las mujeres ocupan un lugar importante en la iglesia de Cristo, lugar que debe asignárseles, y que ellas deben ocupar. Hay en ella una gran obra que las mujeres pueden realizar en gloria de Dios sin ser maestros públicos. ¡Feliz la congregación en que las mujeres lo saben, y obran en conformidad con ese conocimiento.

Notemos además en este pasaje, que Jesús tiene amigos de quienes muy poco se sabe. Prueba convincente de ello es la aparición de ese José de Arimatea, que aquí se menciona por la primera vez. No conocemos la historia anterior de este hombre; no sabemos como aprendió a aMarcos a Cristo, y a experimentar el deseo de tributarle honor; ni nada tampoco sabernos de su historia ulterior así que nuestro Señor dejó este mundo. Todo lo que sabemos es la interesante narración de los hechos que estamos considerando. Se nos dice que «había esperado el reino de Dios,» y que en la época en que los discípulos del Señor lo habían abandonado «se dirigió valerosamente a Pilato, y le pidió con instancia el cuerpo de Jesús,» y lo enterró respetuosamente en su propio sepulcro. Otros habían honrado y confesado a nuestro Señor cuando lo veían haciendo milagros, pero José lo honró y se confesó discípulo suyo, cuando lo vio convertido en cadáver frió y ensangrentado. Otros habían manifestado su amor a Cristo cuando hablaba y vivía, pero José cuando estaba silencioso y muerto.

Consolémonos con la idea de que hay verdaderos cristianos en este mundo, de quienes nada sabemos, en lugares en que no esperábamos encontrarlos. No hay duda que los fieles son siempre pocos; pero de ahí no debemos deducir precipitadamente que no haya gracia en una familia o en una parroquia, porque nuestros ojos no la ven. Conocemos en parte y en parte solamente vemos, fuera del círculo en que la suerte nos ha destinado a movernos. El Señor tiene a muchos «escondidos» en la iglesia, que, a menos que las circunstancias no los descubran no serán conocidos hasta el último día. No deben olvidarse las palabras que dirigió Dios a Elías, «Sin embargo me he reservado siete mil en Israel.» 1Ki_19:18.

Notemos, por último, en este pasaje, que honor ha conferido nuestro Señor Jesucristo al sepulcro permitiendo que El fuese colocado en uno. Leemos que fue «colocado en un sepulcro labrado de la roca, y que una piedra fue rodada contra la entrada..

Este es un hecho que debiéramos recordar siempre en un mundo en que se ha de morir. Decretado está que los hombres mueran un día. Todos nos vamos dirigiendo al mismo lugar, y a su vista nos contraemos horrorizados. El ataúd y el funeral, los gusanos y la corrupción, son todos objetos dolorosos; nos hielan, nos entristecen y nos llenan el espíritu de tristeza. No es de la carne y de la sangre el contemplar estos objetos sin experimentar sentimientos muy solemnes. Una cosa debe consolar, no obstante, a los creyentes, y es la idea que el sepulcro es «el lugar en donde el Señor fue colocado una vez.» Tan cierto como El se levantó victorioso del sepulcro, todos los que en El creen resucitarán gloriosamente el día en que El aparezca en su segunda venida. Al recordar esto pueden contemplar tranquilos «la habitación que está aparejada para todos los vivientes.» Pueden recordar que el mismo Jesús se encontró en ella por nuestro bien y le arrancó a la muerte su aguijón. Pueden decirse a sí mismos, «el aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley: pero gracias a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.» 1Co_15:56-57.

Lo importante para nosotros y lo que más nos interesa, es estar seguros de que nos encontramos espiritualmente enterrados con Cristo, mientras vivimos. Debemos unirnos a El por la fe y conformarnos a imagen, suya. Con El debemos morir para el pecado, y ser sepultados juntamente con El en la muerte por el bautismo. Rom_6:4. Con El debemos resucitar y ser reanimados por su Espíritu. Si no comprendemos estas cosas, la muerte de Cristo y su entierro jamás se aprovecharán.

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