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Marcos 15: El silencio de Jesús

Este debe de haber sido un día aciago para Simón de Cirene. Palestina era un país ocupado, y se podía requisar a cualquier hombre para prestar un servicio a los Romanos en cualquier tarea. La señal de la requisa era un golpe en el hombro con lo plano de la lanza romana. Simón era de Cirene, en África. Sin duda había venido desde tan lejos para la Pascua. Habría economizado y ahorrado muchos años para poder venir. Sin duda estaba cumpliendo la ilusión de toda una vida de comer una Pascua en Jerusalén. Y entonces le sucedió esto.

En aquel momento, Simón tiene que haber sentido un resentimiento terrible. Tiene que haber sentido odio hacia los Romanos, y también hacia ese criminal cuya cruz le obligaban a llevar. Pero podemos legítimamente especular acerca de lo que le sucedió a Simón. Puede que fuera su intención, cuando llegaran al Gólgota, tirar la cruz al suelo con rabia y alejarse lo más deprisa posible de la escena. Pero tal vez no fue eso lo que hizo. Tal vez se quedó allí, porque se sentía fascinado por algo que había visto en aquel Reo.

Marcos nos dice que aquel Simón era el padre de Alejandro y de Rufo. Se da a entender que los creyentes para los que escribió su evangelio serían capaces de reconocerle por esta referencia. Lo más probable es que el evangelio de Marcos fuera escrito originalmente para la iglesia de Roma. Ahora veamos la carta de Pablo a los Romanos, y leamos en 16:13: «Saludad a Rufo, eminente en el Señor, y también a su madre y mía.» Rufo era un cristiano tan apreciado que era eminente en el Señor. La madre de Rufo le era tan querida a Pablo que la consideraba como su propia madre. Algo debió de sucederle a Simón en el Gólgota.

Ahora veamos en Act_13:1 . Hay allí una lista de hombre de Antioquía que enviaron a Pablo y Bemabé en aquella histórica primera misión a los gentiles. Entre ellos figura un cierto Simeón, al que llamaban Níger (La Reina-Valera pone Simón). Simeón es otra forma de Simón. Níger era el nombre corriente que se daba a una persona de piel oscura como los de África, y Cirene está en África. Bien puede ser que aquí nos encontremos otra vez con Simón. Puede que la experiencia de Simón en el camino del Gólgota vinculara su corazón para siempre a Jesús. Puede que le hiciera cristiano. Puede que más tarde fuera uno de los responsables de la iglesia de Antioquía, e instrumental en la primera misión a los gentiles. Puede que fuera porque le requisaron para llevar la cruz de Jesús por lo que aquella primera misión a los gentiles tuvo lugar. Eso querría decir que nosotros somos cristianos gracias a que un día un peregrino de la Pascua venido de Cirene fue requisado, a su pesar entonces, por un soldado romano anónimo para llevarle la Cruz a Jesús.

Le ofrecieron a Jesús vino drogado, pero Él no quiso beberlo. Una compañía de mujeres piadosas y compasivas de Jerusalén acudía a las crucifixiones para darles a los reos una bebida compuesta de vino y drogas que aliviaba los terribles dolores de la crucifixión. Se lo ofrecieron a Jesús, pero Él no lo aceptó. Cuando el doctor Johnson estaba padeciendo su última enfermedad, le pidió al médico que le dijera honradamente si se podría recuperar. Le contestó el médico que no, a menos que sucediera un milagro. « Entonces -dijo Johnson- no tomaré más medicinas, ni siquiera calmantes, porque Le he pedido a Dios que me conceda entregarle mi alma a Dios despejado.» Jesús estaba decidido a saborear la muerte en toda su amargura, e ir a Dios con los ojos abiertos.

Los soldados se jugaron a los dados Su ropa. Ya hemos visto que el reo era conducido al lugar de la crucifixión entre cuatro soldados, que tenían como sus gajes las ropas del condenado a muerte. Un judío llevaba cinco artículos: la camisa interior, la exterior, las sandalias, el cinto y el turbante. Cuando se habían repartido las cuatro piezas menores, les quedaba todavía la gran túnica exterior. Habría sido una pena cortarla en trozos, así es que los soldados se la jugaron a la sombra de la Cruz.

Jesús fue crucificado entre dos ladrones. Fue aquello un símbolo de toda Su vida, el que hasta el final estuvo asociado con pecadores.

EL AMOR ILIMITADO

Marcos 15:29-32

Los que pasaban por allí Le lanzaban insultos moviendo la cabeza despectivamente y diciéndole:

-¡Bah! ¡El que iba a derribar el Templo y edificarlo en tres días, baja de la cruz y sálvate a Ti mismo!

También estaban allí los principales sacerdotes, bromeando entre sí con los maestros de la Ley y diciéndose:

-¡El Que salvó a otros, ahora no Se puede salvar a Sí mismo! ¡Que este Ungido de Dios, este Rey de Israel, Se baje de la Cruz para que lo veamos y creamos en Él!

Hasta los que estaban crucificados con Él Le lanzaban insultos.

Los gobernantes de los judíos Le lanzaron un último desafío: «¡Baja de la Cruz -Le dijeron-, y creeremos en Ti!».Era precisamente el desafío imposible. Como el General Booth dijo hace tiempo: «Es precisamente porque Jesús no bajó de la Cruz por lo que creemos en Él.» La muerte de Jesús era absolutamente necesaria; y por la razón siguiente: Jesús había venido a comunicarle a la humanidad el amor de Dios. Más aún: Él mismo era el amor de Dios en persona. Si hubiera rehusado la Cruz, o si al final hubiera bajado de la Cruz, aquello habría querido decir que el amor de Dios llegaba hasta ese punto, pero no más; que había algo que aquel amor no estaba dispuesto a sufrir por los hombres; que había una línea límite que no estaba dispuesto a rebasar. Pero Jesús recorrió todo el camino, y murió en la Cruz, y esto quiere decir literalmente que el amor de Dios no tiene límite; que no hay nada en todo el universo que ese amor no esté dispuesto a arrostrar por los hombres; que no hay nada, ni siquiera la muerte en una Cruz, que se niegue a soportar por los hombres.

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